título rese˝as y críticas

imagen cabecera críticas A timba abierta
reseñas y críticas A timba abierta
Ninguna mujer se llamaba Pandora

«Pequeña gran novela esta primera incursión en el género negro del joven autor madrileño Óscar Urra. Como dice Carlos Salem al final del prólogo, A timba abierta crea adicción. Y es que una vez leída siente el lector la imperiosa necesidad de saber más cosas del singular detective Julio Cabria y, por lo tanto, de que la serie siga y con urgencia.

»Después de perder una importante suma de dinero en una partida de póquer el detective-ludópata  Julio Cabria se dispone a terminar con su vida dejándose rodar desde la cornisa de su despacho (“un enérgico salto al vacío le parece demasiado alegre y vitalista para su estado de ánimo y para sus circunstancias”). Pero en el último momento aparecen dos lacayos de un mafioso del barrio al que todo el mundo llama el Botines para ofrecerle un caso. Se trata de encontrar a la novia italiana del viejo. La muchacha se llama Pandora y ha desaparecido sin dejar rastro. Las tres personas que han intentado localizarla han muerto. El Botines ofrece treinta mil euros de recompensa (cien al día para que Cabria no se los funda en el juego). Cabria se lo piensa y al final acepta el caso.

»A timba abierta es una novela que seduce en primer lugar gracias a una magnífica prosa. No hay duda de que Urra es un virtuoso en este sentido. La escritura del autor madrileño es elegante, barroca, ingeniosa y para nada pretenciosa. Es  algo así como una mezcla bien agitada entre Montero Glez, el mismo Carlos Salem y el Sabina de las mejores canciones y los mejores sonetos. Cada frase, cada párrafo entraña una mezcla casi perfecta de poesía, guiño humorístico y descripción irónica de los modos de vida y supervivencia de personajes casi totémicos del barrio de Tirso (Vitriolo, Meléndez, el mismo Botines...)

»En cuanto a la historia, el autor revisita un tema recurrente del género (la desaparición de una joven a quien el detective Cabria debe localizar) que utiliza como excusa para hablarnos del otro Madrid Centro, el que no se ve a primera vista, “el que se enciende cuando los demás se apagan”, como dice Salem, y también de anarcosindicalismo y activismo hacker. Hay en la novela de Urra una intención de crítica social fuerte desde posiciones libertarias que recorre la historia de un extremo a otro en forma de reflexión anónima que aparece y desaparece (como la gente en las plazas) sobre las contradicciones del sistema capitalista y la necesidad de una revolución cibernética a gran escala.

»Por otra parte creemos ver en la aproximación al género negro del autor madrileño una especie de distancia irónica que, un poco a la manera de Salem, explota los lugares comunes del noir, pero no para repetir fórmulas sino para crear una especie de ready-made que reactualiza el género y le da un nuevo alcance y una nueva vida en tanto que artefacto literario de crítica social y entretenimiento inteligente.

»La casualidad y la familia han querido que leamos A timba abierta desde Nápoles, que sigue igual de bonita y caótica que siempre (uno se pregunta con qué criterio deciden las autoridades de la ciudad abrir o cerrar el tráfico en Via Caracciolo, ¡es delirante!) y se nos ocurre que tal vez la capacidad delictiva que en la novela se atribuye a la camorra napolitana es excesivamente sofisticada. La realidad (lo ha contado muy bien Saviano) es mucho más cutre y salvaje. En cualquier caso esto es solo un detalle del que el lector de esta reseña puede prescindir perfectamente. Óscar Urra es un gran escritor y se le ve capaz de construir una saga detectivesca a la altura de los mejores escritores del género. Si tienen ocasión, síganle la pista. Nosotros lo haremos.»

31 de diciembre de 2014
....................................................................................
A timba abierta

«Debutar en el género negro y hacerlo de esta forma no es de lo más sencillo, pues la novela es de una calidad muy por encima de la media. Es todo un aldabonazo sobre las cabezas de los amantes a la novela clásica de género, pues esta narración cuenta con todos los elementos para considerarla como tal. Posee policías, inspector privado, ambiente negro o sencillamente realista, mafiosos, mujeres guapas, exmujeres de genio indomable, camareros persuasivos, chivatos profesionales, ácratas, o lo que es lo mismo un mundo de muy variopinto pelaje, todo rodeado de la ciudad, de Madrid, del centro de la ciudad, de ese territorio tan añejo como imprescindible, donde la delincuencia y el alma palpitante de la ciudad conviven.

»Si en algún momento se consideró que el binomio, detective privado con problemas y un mundo negro, era cuestión del pasado Óscar Urra consigue que dicha afirmación se quede prácticamente en eso, en una afirmación sin mucho sentido. Con narraciones de este calibre queda meridianamente claro que el género goza de muy buena salud, pues con unos mimbres tan clásicos, el autor madrileño es capaz de crear una pieza de inconfundible sabor y de elevada calidad.

»El sabor lo pone ese espacio geográfico que tan cercano parece y que tan bien trabaja otro de los exponentes más salvajes de la novela negra, Juan Madrid, de quien no se puede soslayar la influencia entre las páginas de Urra. Pero la novela es algo más pues posee una prosa muy cuidada, muy trabajada, por momentos usada de una forma tan fina y sutil que se acerca más a ser un arma afilada. Véase como ejemplo:

“Cabria sintió todo el desgaste de la jornada acumularse en su espalda y sus piernas, y un cosquillo concreto y antiguo le clavó alfileritos en la yema de los dedos: el que sentía cuando llevaba mucho tiempo sin tocar la fría y pulida superficie del naipe. Si este caso no se resolvía tampoco lo harían sus problemas, y entonces más le valdría buscar tapetes en otras ciudades, razonablemente lejos de sus acreedores, donde pudiera ejercer su vocación de aficionado a la supervivencia.” Pag. 114.

»Ahí va otra:

“...pero sé algo más, sé quién hay en esa casa, y eso me inmoviliza, por que el destino está hecho de decisiones mal tomadas y de peligrosas balas perdidas.” Pag. 127-128.

»De tales alfilerazos está plagada la novela, donde el lenguaje es una de las normas del escritor, pues está tratado y muy cuidado. Sostiene además una trama con un ritmo elevadísimo de lectura y de adicción, que hace que devoremos la novela con una celeridad asombrosa.

»Percibo la influencia más clásica en el escritor, se nota desde lo más recóndito de sus palabras, se percibe el sabor de otros detectives, desde los que han marcado el género hasta personajes más recientes, incluso en algún momento casi llego a notar la presencia de algún personaje de la comisaría de Leganitos que aparecieron en otras novelas de otro inconfundible autor.

»En resumen una novela más que recomendable, todo un golpe de naipe sobre la mesa de la novela negra actual, pues hay que reconocer la valentía del autor, de con aspectos muy conocidos y en algunos casos manidos, es capaz de crear una muy buena novela con algunos personajes que resistirían una saga y algo más. Con Óscar Urra volvemos a un Madrid canallesco, malote, bocazas, poderosísimo en su fuero más interno algo que no podíamos perdernos nunca.»

Sergio Torrijos, El placer de la lectura, 29 de marzo de 2012
....................................................................................
A timba abierta

«La apuesta de Salto de página por ciertos nombres funciona y, poco a poco, afianza su política de autor. Les ha ido bien con Jon Bilbao o Carlos Salem y parece que las cosas también están encarriladas para Ismael Martínez Biurrun, que en breve verá publicada su nueva novela, El escondite de Grisha, u Óscar Urra. De este último acaban de aparecer Bacarrá, su tercera novela en la editorial, y la reedición de A timba abierta, el comienzo de las aventuras del detective Julio Cabria.

»Cabria se presenta en sus páginas como un ludópata irremediable, de los de jugarse hasta los ahorros de su hija en las timbas de mala muerte en las que participa por Madrid, hasta haber perdido en una de ellas todo el dinero que no tenía. A punto de arrojarse desde la azotea del edificio donde tiene su despacho, es contratado por un mafiosillo local, El Botines, para encontrar a Pandora: una mujer que no conoce y cuya mera mención causa la violenta muerte de cualquiera que ande tras ella. Ahí se inicia una búsqueda por la zona más céntrica de Madrid (la Cava Baja, La Latina, Antón Martín, la plaza de Tirso de Molina…), si es que Madrid tiene de eso, en la que Cabria, además de localizar a Pandora, dará rienda suelta a su pasión por los gin tonics, algún que otro chuletón y las timbas que llenan sus noches de póker, blackjack…

»Éste es el argumento por el que se mueve el inicio de las aventuras literarias de Cabria, que posteriormente han proseguido en Impar y rojo y en Bacarrá. Un lugar narrativo donde el día a día del (pequeño) bajo mundo de esta zona de Madrid se recrea con las extravagancias justas y cuya descripción supone el leit motiv de A timba abierta. La historia de Pandora no deja de ser, en la mayor parte de su extensión, un MacGuffin destinado a hacer interaccionar a los personajes; una excusa para tener algo que contar más allá de la construcción de un escenario y unos personajes bien fundamentados. De hecho, la propia aparición de Pandora supone una pequeña decepción cuando se materializa. Se muestra como un personaje absolutamente ajeno a lo que la experiencia de Cabria supone y abre las puertas a un recurso argumental bastante traído por los pelos que, en mi caso, me ha sacado de una novela que, más o menos, estaba disfrutando. Quizás habría tenido más sentido en una nueva aventura del detective, y aquí haber hecho uso de un recurso más cotidiano, más integrado con el paisaje y el paisanaje.

»Una mención merece la técnica con la que Urra relata la novela. En su mayor parte A timba abierta está narrada en tercera persona y, además de en las andanzas de Cabria, se centra cuando es necesario en otros personajes como Meléndez, un policía que va a contraer matrimonio con la exmujer del detective; o César, dueño de El Portón, el bar donde Cabria echa las horas muertas. Además, en cursiva, se plasman las soflamas anarquistas que un personaje vierte en su blog y que serán relevantes llegado el desenlace. Lejos de utilizar un lenguaje funcional más centrado en la narración que en la creación de imágenes, o de usar uno directo tal y como suele ser habitual en mucha novela negra, Urra construye un estilo donde destaca la abundancia de figuras retóricas. A partir de ellas urde un discurso deliberadamente ambiguo donde los dobles sentidos se acentúan mientras las frases se alargan y retuercen, rozando en ocasiones la extenuación. Un estilo que ahonda la personalidad A timba abierta… aunque a veces enlace información no del todo relevante para la historia.

»No tengo del todo claro que siga con la siguiente novela, Impar y rojo, pero entre la brevedad de la obra y los aciertos de Urra tampoco me cierro a seguir con la serie. Supongo que, como tantas veces, será cuestión de ver por dónde me llevan los impulsos en las próximas visitas a la librería.»

Ignacio Illarregui, Aburreovejas, 1 de septiembre de 2011
....................................................................................
A timba abierta

«Con motivo de la publicación de la segunda edición de esta novela, A timba abierta, que abre la trilogía de novelas cuyo protagonista es el detective Julio Cabria (las otras dos son Impar y Rojo y la recién editada Bacarrá), y dado que últimamente mis lecturas se están interesando por este género de historias, allá que me puse en la labor de conocer a este personaje y sus acompañantes.

»Ya desde las primeras líneas se nota una nota de humor negro en las peripecias del señor Cabria, pues arrancaremos desde la cornisa de la terraza desde la cual se quiere tirar al vacío, eso sí, piensa que si salta será algo con mucho espectáculo y prefiere dejarse caer rodando, una pequeña declaración de intenciones desde ese primer párrafo que nos enfrentan al tópico del detective perdedor, en esta ocasión un adicto a los juegos de cartas (véanse los títulos de las novelas haciendo alusión a este problema). Su investigación vendrá acompañada por una serie de secundarios (César, el Vitriolo, el Botines, etc.) de los que tienen su parte protagonista, los que dejan huella en la trama.

»Mención aparte tiene y merece el policía Meléndez, que por otras circunstancias personales y no solo las profesionales, debe ocuparse también de Julio y así, la controversia que suele haber en las novelas de género negro entre el investigador privado y el policía, se acentúan. Y sobre todo destacar sus personalidades, ya que Meléndez, a pocas fechas de su jubilación, pareciera que debería estar más metido en el despacho pasando el tiempo que en la calle, pero es hombre de acción y aunque desde su último éxito ya ha pasado cierto tiempo, está deseoso de retirarse cerrando el caso.

»La novela es conclusiva en su investigación y solución del caso, pero entiendo que alguno de estos secundarios volverá a salir en las posteriores novelas, así como el desarrollo del perfil del detective Cabria, y su demonio del juego. Y hablando de secundarios, también es destacable el dibujo que se nos ofrece del Madrid más sórdido, más pobre y que no está tan alejado como parece del mismo centro de la capital.

»También me ha parecido muy acertado el prólogo que acompaña a la edición, que es del escritor Carlos Salem. Si hay prólogos que apenas te inducen a leer la novela que presentan, o que hablan de algo muy diferente a lo que hay tras ellos, el prólogo de Salem invita y seduce para adentrarte en sus páginas. Y me pongo como ejemplo, ya que curioseé el prólogo y ya no pude sino sentarme a leer la novela.

»A timba abierta es una nueva ventana dentro del género negro en la que espero asomarme de nuevo muy pronto con las dos novelas siguientes. Y es que Salto de Página ha apostado muy fuerte por este género y este título es buena prueba de ello.»

Fernando Mart├şnez Gimeno, Ociozero, 25 de julio de 2011
....................................................................................
A timba abierta

«El poder de saber cosas. O el poder de creer saber cosas. La jodida información, siempre jodiendo. Todo es un grito desesperado, sobre todo cuando aparece el suicidio como única salida. Pero lo peor, el infierno, como casi siempre, es una cosa muy personal. Sobre eso trata A timba abierta, la novela de Óscar Urra. Y el siguiente minuto lo marca todo. Los relojes, como el infierno, siempre llamando la atención. El poder de saber cosas. O el poder de creer saber cosas. Y cuando juegas a las cartas, o a lo que sea, tienes muchas probabilidades de perder. Muchísimas. Y puedes perderlo todo. Lo que tienes y lo que no tienes, incluso piensas que la muerte es una buena solución. Y sólo en los bares puedes obtener la información que necesitas. La buena información. El poder de saber cosas. Todo es frenético, incluso el anhelo. Pero en el Madrid de las timbas abiertas no hay capacidad de reflexión. Todo es un cine abierto en el que la sesión continua no es nada aconsejable. Y las casualidades, llamadas como se llamen, no existen. Nadie desaparece así como así, nadie busca basura en elcongelador. Y allí aparece Marx, y el Estado Opresor, y la Interpol, y Bakunin, y la policía, y un camarero nada recomendable, y Kropotkin, y una mujer que busca a una amiga y a su hermano, y la mafia italiana jugando a ser el Señor Rosa, y la sociedad de masas, y el vecino que todo lo ve, y los medios de comunicación e información, y las exmujeres sedientas de venganzas, y las herencias perdidas, y los favores desatendidos, y los confesionarios informantes en busca de la feligresía adecuada, y el espectro de Lope de Vega, y los gintonics con almendras. En fin, que todo se junta y, a veces, algo se entiende. Pero como decía un conocido mío, no hay que saber, hay que tener amigos que sepan. Saber cosas te mete en problemas, casi siempre. Y todo lo demás»

Salvador Juan Fernández, gintonicdream, 22 de julio de 2009
....................................................................................
El anarco que amaba a Pandora

«Dice Urra que en su novela próxima visitará descampados, polígonos industriales casi remotos, saldrá al extrarradio. Dice Urra que es obligado que un detective privado se mueva por aquellos espacios donde la ciudad cambia de nombre. Dice que, sin embargo, Cabria vive y seguirá viviendo donde siempre ha vivido; que los vecinos e inspiradores de Cabria son los anarcos que se autocitan en los locales de CNT en Tirso de Molina y en el Mariano; el lumperío que los acompaña anónimamente, y los ancianos, bohemia buen rollito y gente general residente en La Latina.
»A timba abierta, la primera novela de Urra, es Novela Negra, Novela Negra de detective. O sea, protagonizada por personaje que vive a contracorriente de los tiempos; que acorrala y elimina a mafiosos que sí viven a corriente del tiempo que les ha tocado vivir; que se lleva mal con cualquier policía y que frente a la corrupción que le envuelve define su propia ética de perdedor, en espera de que lleguen tiempos mejores que le den la razón, mientras barre la zona de macarras, asesinos sin escrúpulos en pos del vil metal y se convierte en antihéroe.
La peculiarísima geografía de A timba abierta es reducida: Tirso de Molina, Jesús y María, Dr. Cortezo, Plaza Lavapiés... Dispone de no más de dos kilómetros cuadrados. Y en esta breve cartografía, nos dice Cabria, se concentran personajes de un interés vital superior a los que habitan otras áreas más extensas.
»Pasen y vean: en este escenario reducido la intensidad de la acción no la provocan luces, ni vestuario; no hace falta otro despliegue de medios escenográficos más que la solidez de los personajes que por él deambulan y otro elemento poco visto: la solidez y preocupación y brillantez por la materia de la escritura: el lenguaje.
»Pasen y lean una novela donde la prosodia e inteligencia del lenguaje acompaña y se hace una misma cosa con el interés de la trama. Donde el ritmo de las palabras es el ritmo de la acción. Donde la honestidad de la escritura describe la honestidad de unas creencias. Y en una Novela Negra eso es mucho decir.
»Cuando el detective Cabria ha decidido acabar con su vida y sus deudas, un mafioso de medio pelo, el Botines, aparece para proponerle un nuevo caso: encontrar a Pandora, una mujer de la que sólo se sabe que es italiana y que ha sido vista por Tirso de Molina. Los hilos de los que tirar son pocos, y para desentrañar la madeja Cabria debe recurrir a su propio olfato, a camareros cultos, a soplones del barrio. Cabria se enamora de Nadia bajo la mirada atenta de Bakunin y Kropotkin, mientras el policía Meléndez se va hundiendo en su propio fango y las adolescentes de los colegios cercanos distraen como pueden el tedio de los planes de enseñanza.
»Mientras y por encima de todos ellos, el discurso del anarquista Alfonso sobre la libertad: “Alguna vez tenía que ser que el fracaso se alzase con la llave y la espada..., bendita individualidad libertaria..., lloverán chuzos como puntas...”, se abre y cierra como un abanico y las cabezas de sus compañeros en Tirso de Molina asienten y chapotean aplausos entre el humo denso del salón de actos del segundo piso.»

Diagonal, Abril de 2009
....................................................................................
Jugar a ganar

«La novela negra, o mejor dicho el género negro (pues hay que incluir también al cine) tiene virtudes guadianescas, sale a la superficie, desaparece, vuelve a aparecer por las tierras bajas de la notoriedad literaria, según corran los vientos de la moda o la feliz aparición de una novela o película que marquen época. El caso es que siempre anda transitando por los subterráneos de la literatura, pone un fondo de reverberación en toda escritura, impregna con su oscuro limo otros géneros y su corriente nunca se agota.
»La primera novela del madrileño Óscar Urra puede ser una buena ocasión para no diré reavivar el género, que se encuentra en buena forma, sino constituir uno de esos hitos que ponen de manifiesto la pertinencia de este tipo de literatura, y su carácter eminentemente literario, carácter que muchas veces se pone en cuarentena por tratarse de obras de “género” y por el hecho de estar en ocasiones más cerca de lo fílmico que de lo literario.
»A timba abierta es una novela de género, pero es sobre todo una novela literaria. Digo más: podemos considerarla literatura en estado puro que ha decidido manifestarse en forma de novela negra. Empezando por un detalle que, como botón de muestra, nos sirve para calibrar la calidad de la escritura y el genio de su autor. Sabido es que todos los detectives que se precien tienen alguna peculiaridad o monomanía, muchas veces rayana en la excentricidad. Pues bien, la obsesión de este Julio Cabria, protagonista del relato, aparte de la ludopatía, es la lectura meditada de nuestros ilustrados del siglo XVIII, para pasmo de más de un lector. Por no hablar de la afición cinéfila de Cabria que le lleva a recabar información crítica de las películas con el fin de elegir la más apropiada para conciliar el sueño en la sala oscura.
»Azar y orden, caos y lógica forman dos de los ejes centrales en torno a los que se articula temáticamente la novela. Nada más contradictorio (o quizá más lógico) que un obseso del azar que se emociona leyendo las representaciones de un mundo ordenado, sometido a la estricta razón de los ilustrados del siglo XVIII. No obstante, gracias a ese sorprendente contraste el autor llega a una iluminadora conclusión sobre la esencia de la novela negra. Saber demasiado puede llevar a la perdición, como ha demostrado una y otra vez el cine y la literatura; la seguridad quizá estriba en adentrarse en las sombras, dejarlo todo a la ciega baraja del azar. La novela nos viene a mostrar que no siempre es posible ni necesariamente bueno desvelar “la verdad”, no “una verdad” sino la verdad esencial de un mundo que ha quedado esquematizado en unas cuantas vidas. El instante de reflexión de Cabria en las escaleras, entre la clarividencia y la epifanía (pp. 134-135), es un momento clave del relato para dar cuenta del género en su conjunto. Todo esto tiene a la vez una lectura metaliteraria en tanto que el placer del lector del género negro es destruido en cuanto conoce la verdad o desvela el misterio que ha dado sentido a su búsqueda. Esto, sin embargo, no ocurre en A timba abierta, pues por encima de la peripecia central se alzan otros valores que hacen que la novela pueda ser leída con disfrute de nuevo incluso una vez conocido su desenlace.
»Otra de las claves para comprender esta obra es verla como el resultado de la degradación de un mundo mítico. La rica galería de personajes: el agente Meléndez (un Meléndez Valdés inverso y expeditivo), César el camarero, el desmadejado Vitriolo imán de todos los golpes y faro de todas las desgracias, parecen sacados de una mitología en horas bajas, herederos de una historia que fue épica un día y ahora ha dejado sólo desechos vagando por el Madrid alucinado (entre castizo, postmoderno y multicultural) del barrio de Tirso de Molina y Lavapiés. Y sin embargo todos tendrán su momento de heroísmo y su oportunidad de demostrar un valor que está por encima de su alcance, incluido el mismísimo Vitriolo, el personaje menos heroico que uno se pueda imaginar.
»Este complejo mundo humano que al lector le es fácil reconocer enseguida pero que al mismo tiempo no deja de sorprenderle a cada instante es sometido a la incisiva observación por parte del narrador, lo que se traduce en el texto en cierto tono de humor negro con algo de sátira de costumbres, pero que va más allá de ello al hacer de lo anecdótico sólo una superficie bullente a la que afloran elementos de un interior mucho más oscuro: ese profundo malestar social y espiritual del que da cuenta todo el género negro.
»Ello va sostenido por la profunda ironía con que se tiñe todo el texto. Los personajes no son conscientes de estar recreando una historia ancestral, y es por tanto el narrador el que parece comprender su mundo mejor que ellos mismos que, inmersos en sus aventuras y desventuras, no ven su propia realidad, el ciclo de degradación mítica del que forman parte. Los guiños en este sentido son continuos a lo largo del relato: no sólo es que la principal amenaza de la obra se llame Pandora, es que incluso los butaneros son émulos de Sísifo en el infierno de los edificios sin ascensor del centro de Madrid.
»Son personajes a los que la vida más que maltratarlos podemos decir que los ha dejado un poco de su mano. A pesar de la necesaria distancia que pone la ironía a que me acabo de referir y que en algunos casos llega a la sorna, el narrador no obstante deja apreciar también un fondo de ternura y de humanidad en la mirada que les lanza. Se diría que son criaturas a las que hay que cuidar porque representan un mundo que se acaba. Durante toda la novela tenemos la impresión de que estamos ante seres que ya no pertenecen al tiempo en que viven, incluso el delito con el que se enfrentan ahora, a pesar de las apariencias de clasicidad, es de un tipo completamente nuevo para ellos. Sus métodos artesanales de investigar se presentan cargados de cierta nostalgia de cuando los barrios eran de andar por casa y no una representación del mundo globalizado, un mundo conectado por redes planetarias que ellos ni sospechan, acostumbrados a la hogareña cuadrícula central de Madrid. El tiempo los ha dejado orillados como reliquia, aptos para ser novelados como curiosidad antropológica e incluso arqueológica, fósiles de personas, a las que Óscar Urra sabe sacar todo el partido. Salvando las distancias temporales y genéricas, ese tono entre lúdico y mordaz y esa sensación de un tiempo crepuscular me recuerdan bastante al ambiente de Tirant lo Blanch.
»En cuanto al protagonista de la novela, el detective Julio Cabria, merece mención especial. En él Óscar Urra clava uno de esos personajes que van a vivir con el lector después de haber cerrado el libro. Ludópata, otoñal, hombre sin planes definidos ni en la vida ni en el trabajo más allá de rebañar unos cuantos euros para seguir la suerte sobre el tapete color esperanza. El autor tiene el acierto de hacérnoslo conocer justo en el momento en que planea acabar su vida con un desangelado salto desde la azotea del edificio donde tiene su despacho a la madrileña calle del Doctor Cortezo. Este gesto que podía ser heroico, pero que no pasa de ser un apresurado expediente para quitarse de enmedio mete al lector de hoz y coz en la psicología del protagonista.
»Pero la gran baza de la novela, lo que hace que traspase el umbral de ser una muestra brillante de la narrativa negra, es su estilo. Incisivo, juguetón, grotesco, de una asombrosa riqueza de tonalidades, nos recuerda el mejor Valle-Inclán del esperpento al que se le hubieran echado unas gotitas del humor acerbo de Larra, pero sin su desesperación. Estamos ante una prosa con brillo, palpitante, llena de sorpresas verbales que acompañan a las sorpresas de la acción. La aparición constante de guiños lingüísticos a clichés y proclamas y la sabia aceptación de múltiples registros va en la línea de una lúdica sátira y asume la polifonía fundamental de la novela moderna.
»Se trata, en suma, de una obra de mérito, además de sumamente entretenida que pone en nuestras vidas a un nuevo personaje de cuerpo entero y una geografía urbana inédita, por redescubierta desde una perspicaz mirada. Seguramente los lectores queden al final, como me ocurrió a mí, con la sensación de que las posibilidades que abre esta novela son muchas y que, por tanto, tendrá su continuación en una prometedora serie.»

├üngel Luis Luj├ín, Esp├ęculo. Revista de estudios literarios, Mayo de 2009
....................................................................................
Es una mierda este Madrid en que ni las ratas quieren vivir

«A menudo se ha comentado que el origen de la novela negra anglosajona se remonta a la novela de caballerías. Por eso mismo, encontramos detectives con nombre de aroma aristocrático, como Philip Marlowe. Esos detectives creen en la Justicia, así, con mayúsculas, y poseen una entereza moral que les condena a la soledad, a la vez que les hace ser únicos y míticos.
»Sin embargo, si tuviésemos que buscar un origen que dignificara la tradición de la novela negra española, sería la picaresca lo que tendríamos más a mano. Porque en nuestras novelas abundan, sobre todo, los buscavidas que sólo aspiran a seguir paseando por su barrio, salir del paso haciendo chapucillas, para escuchar boleros con el transistor, como el Toni Romano de Juan Madrid.
»Otros se conforman con tener un paquete de Ducados en el bolsillo, poder leer un libro de poemas, y encontrar en sus bolsillos la suficiente pasta como para apuntarse a la próxima timba, para jugar a tumba abierta. Es el caso del detective Julio Cabria, creado por el novelista debutante Óscar Urra.
»Al igual que en las novelas de David Torres o Antonio Jiménez Barca, en A timba abierta (2008), de Urra, se acusa el paso del tiempo. Sus personajes, desde Cabria hasta el policía Goyo Meléndez, pasando por César, el camarero, viven en un Madrid que el tiempo está volviendo irreconocible. La plaza de Tirso de Molina ya no es lo que era, y por más que el Ayuntamiento se esfuerze en embellecerla, no consigue erradicar a los que siempre la han poblado: indigentes, putas y yonquis. Los cines de sesión continua han desaparecido, y sólo nos quedan salas de versión original, donde el público asiste con un fervor religioso, perdida ya la diversión inocente de antaño, del cine de pipas y bocata.
»Siguiendo los pasos de autores ya clásicos, como Carlos Pérez Merinero, Jorge Martínez Reverte, o, sobre todo, Juan Madrid, Urra plantea una trama policial que sólo podría transcurrir en Tirso de Molina, que carecería de sentido si intentáramos trasladarla a otro barrio, a otra ciudad. Para otorgarle este sello único, inequívoco, combina el sentimentalismo y el culto a la acción de Raymond Chandler con el tono achulado y madrileño de un Edgar Neville, sin olvidarnos del humor negro de un, pongamos por caso, Fernán Gómez.
»Urra nos cuenta su historia con desparpajo. Y puede que esa historia no sea excesivamente original –un detective recibe un encargo que sería mejor desatender, pero no podrá dar marcha atrás, y serán tantos los interesados en resolver el misterio, que acabará colaborando con personas que, por decirlo con finura, no son de su total agrado–. Pero el autor disfruta fabulando, y nos contagia ese disfrute, a la vez que despliega una sorprendente riqueza estilística, donde abundan los dobles sentidos, las metáforas más inesperadas, incluso las imágenes surreales. De muestra un botón: “Cabria encendió un ducados y expulsó el humo intentando formar en el aire un enorme signo de interrogación”.
»Conforme el detective Julio Cabria y sus compañeros van pelando capas de la cebolla, descubrirán, quizás a su pesar, que lo que parecía un simple asunto de venganzas, se convierte en una trama de dimensiones mundiales. Quizás a Cabria todo esto le venga grande, porque lo suyo es el juego, jugar a timba abierta. Y pasar las tardes en el bar, para que César le recomiende alguna película de estreno. Y, por encima de todo, seguir moviéndose por su barrio, Tirso de Molina, que conoce como la palma de la mano.»

David Panadero, Pr├│tesis, 15 de marzo de 2009
....................................................................................
El azar organizado: la timba

«La joven editorial Salto de Página, con apenas un año de vida, ha logrado dos premios importantes, el «Dashiel Hammett» y el «Silverio Cañada», con sus escritores Carlos Salem y Leonardo Oyola. Y no creemos que se hayan detenido ahí. Tal vez su secreto se halla en apostar por la calidad, aunque sus escritores no naveguen en los círculos del renombre literario.
A timba abierta es su última publicación. En la que su autor, Óscar Urra (Madrid, 1970), con una prosa libre de oropeles morosos, a lo que se une la elegancia y un humor sutil, ha debutado de una forma potente en la literatura negra.
»Urra crea a su antihéroe, Julio Cabria, un detective privado aspirante a suicida que patea los tugurios nocturnos de Madrid en busca de una buena timba, cuando se cansa de apostar contra sí mismo. Ya que le gusta el azar, pero con orden, de ahí que se le antoja la timba como el azar organizado. A su lado le colocará al policía de la vieja escuela, Meléndez, que se desliza de bar en bar como los orangutanes bailan en las lianas. Ambos pululan personajes por un Madrid que patrullan por igual policías y delincuentes, todos ellos conocidos entre sí.
»La misión: encontrar a una tal Pandora, que nadie sabe quién es, pero todos aseguran que la han secuestrado. Aparentemente, el argumento no se aleja mucho de lo ya conocido y manido. No se equivoquen, aún queda mucho por cortar. El autor nos introduce una voz en off que cada ciertos capítulos nos envía un mensaje. En el que identifica la aldea gala, de Asterix y Obelix, resistente a la ocupación romana con la lucha del hombre común contra un sistema socioeconómico manejado por manos e hilos invisibles fuera de nuestro control, lo dijese o no Adam Smith. Hasta la pócima mágica del Druida tiene su equivalente hoy en día en una especie de combate por las ideas.
»Otro dato a tener en cuenta es esa posición de los nuevos valores del género en provocar una ruptura con los "detectives gastronómicos" de los que se ha copiado hasta el hastío. Si para Simenon la gastronomía no dejaba de ser una forma de ir mostrado las variables culturales de Francia; si para Truman Capote era el arma a través de la cual nos muestra las diferencias de clase en una América de tarta de manzana recién horneada y crema de cacahuete, frente a la otra América, la de la fritanga; si Vázquez Montalbán la usó para mostrarnos el sibaritismo de su detective; si... A partir de los ya citados, muchos creyeron que ahí radicaba el secreto del éxito. Y nos apabullaron hasta el hartazgo copiando y copiando. Hay novelas en las que se adivina, nada más comenzar, que el escritor nos va a soltar una receta de cocina de un momento a otro. Bien, contra esto se rebelan los nuevos creadores, entre los que podemos incluir a Óscar Urra (Pág. 68). Estaremos atentos a sus nuevas novelas.»

Alejandro M. Gallo, La nueva Espa├▒a, 26 de febrero de 2009
....................................................................................
Un motivo para no ver la televisi├│n

«Nunca fue tan cierto aquello de que la realidad supera a la ficción. Cada día, los periódicos nos ofrecen magníficas historias de podredumbre, mafia y delincuencia en un Madrid que se descompone en mil pestilentes pedazos. Por eso tiene tanto mérito escribir novelas como ésta, que describen una ciudad real sembrada de personajes de ficción que resultan tan sucios y repugnantes, y cargan con motes tan patéticos, como los originales.
»Tirso de Molina y alrededores. Los que conozcan el barrio saben que se trata de un cruce de caminos entre el Madrid de la Gran Vía, el de Atocha y el del Rastro, con lo mejor y lo peor de la ciudad circulando por unas calles abandonadas y no siempre recomendables. Por esas calles que huelen a entresijos, caracoles y meadas camina el detective Julio Cabria, aficionado al poker y a la derrota. Y también el Botines, un mafioso dispuesto a hacerle un encargo con mucha miga. Todos quieren encontrar a Pandora, la mujer que va acompañada del dolor y la muerte.
»Muy recomendable esta primera novela negra de Óscar Urra, con detalles castizos y sembrada de humor salvaje, que no tiene nada que envidiar a los mejores títulos de esos escritores madrileños que todos tenemos en mente.»

Soitu.es, Febrero de 2009
....................................................................................
A timba abierta, de Óscar Urra

«En el Madrid más céntrico, el que remolonea al rededor del centro, en Tirso de Molina, concretamente, sitúa Óscar Urra su notable debut literario A timba abierta. Una historia breve y deliciosa, bien urdida y mejor escrita, que respetando los cánones temáticos y de estilo del género negro más clásico se lee como algo fresco y novedoso.
»Su protagonista, el detective y ludópata, Julio Cabria, está llamado, si tiene continuidad y ojalá que la tenga, a convertirse en esos inquilinos ficticios que se acogen con todo el escaro a los lugares reales. Su secundarios son, de primera categoría y aportan riqueza, humor, locura, realismo y, en resumen, humanidad.
»Y ese lugar será el Madrid castizo y cutre, tierno y sórdido de Cabria y Urra. Un espacio urbano muy reconocible y a la vez misterioso, donde hay partidas de cartas clandestinas y los gángsters pasean por calles bien conocidas para todo madrileño. Sus descripciones son gráficas y las adereza con una fina ironía.
»La trama es sencilla pero sorprendente: se sostiene bien hasta el final y su resolución es satisfactoria, sin trampas ni trucos baratos. Urra mezcla los chivatos de barrio y las corrientes criminales más globales con agilidad y un buen resultado.
»A timba abierta es, por tanto, otra prueba más del excelente estado de forma del género negro en nuestro país en general, y del negro madrileño, en particular, y por ende, una deliciosa novela negra tan breve como apetecible.»

David Yag├╝e, Best seller espa├▒ol, 28 de enero de 2009
....................................................................................
A timba abierta

«La vida puede parecerse a muchas cosas, todo es cuestión del gusto del que la venga a comparar. Por ejemplo, en alguna que otra ocasión hemos visto aquí que la existencia humana, sus idas y venidas, puede ser como un ring de boxeo del que nos levantamos una y otra vez. Pero no a todo el mundo le gusta tanto el boxeo como para ver así su vida. Puede que para muchos la existencia sea, más bien, como una partida de cartas, como una verdadera timba. Y precisamente A timba abierta es el título de la novela de Óscar Urra que hoy trataremos. »Julio Cabria, investigador privado de cincuenta años de edad, está a punto de suicidarse cuando unos matones y su jefe se presentan en la azotea desde la que pretende lanzarse al vacío. Botines, el pintoresco jefe mafioso, quiere que Cabria investigue el paradero de la misteriosa Pandora, una italiana de la que muchos han oído hablar pero que pocos conocen verdaderamente. Todo el que la ha buscado hasta ahora, ha corrido con la peor de las suertes. ¿Será Cabria el que consiga desvelar el misterio?
»Existe un hábil guía en esta historia que prefiere vivir la acción desde fuera, pero que guarda la suficiente relación con los personajes como para saberlo todo de ellos, tanto de su presente como de su pasado, hasta el más mínimo de sus movimientos. Este ser que nos transporta a través de las páginas, además, sabe cuando dar paso a los actores para que éstos se conviertan en narradores por un momento y transmitirnos, así, sus más íntimos pensamientos, sus temores, sus dudas.
»Cabria, el protagonista de esta apasionante historia, es un hombre con pocas razones para seguir viviendo: está divorciado, apenas ve a su única hija y, por si fuera poco, suele perder grandes cantidades jugando a las cartas. Tan sólo le queda una persona a su lado: su hermano sacerdote. Sin embargo, y como pronto descubrirá el lector, no hay nadie mejor en el Madrid de Óscar Urra que este investigador desahuciado, ludópata, aficionado a la buena lectura de los clásicos y cinéfilo empedernido, para descubrir qué es lo que pasa en las calles del centro de la capital de España, en ese mundo alternativo que los turistas no llegan siquiera a intuir, en todos esos oscuros rincones que para cualquier otro pasarían desapercibidos.
»Entre los personajes secundarios de A timba abierta destacaremos a Meléndez, un policía con unos métodos muy peculiares, a punto de ser prejubilado por sus jefes por su bajo rendimiento en los últimos años; Vitriolo, un soplón de poca monta que parece estar siempre en el sitio menos indicado para su salud; y César, el camarero de El Portón (bar de encuentro habitual de los personajes), el único que sabe servir los gin-tonics como le gustan a Cabria, siempre acompañados por un platito de almendras.
»Por si estos argumentos no os resultaran suficientemente atractivos os diré, además, que la de Óscar Urra no es, ni por asomo, una novela policiaca al uso. Y es que Urra, con su maravillosa prosa, ciertamente elegante, llena de divertidos símiles e imaginativas metáforas, y cargada de un sentido del humor tan oscuro como el nombre del género en el que encajamos esta obra, da un nuevo sentido precisamente al género negro, demostrando, así, que la buena escritura no conoce de encasillamientos, pues todo depende, al fin y al cabo, de la hábil mano del escritor que esté tras las historias que leemos. Por tanto, los que se decidan por A timba abierta, no encontrarán tan sólo una historia de mafiosos, policías y soplones, sino una pequeña joya de la que es difícil olvidarse después.
»Puede que sea cierto, puede que la vida sea una gran partida de cartas en las que algunos apuestan todo lo que tienen por un puñado de billetes. A unos pocos les sonríe la suerte, otros van de farol, y a muchos, sin duda, nos toca perder más de una mano. Pero lo cierto es que esta A timba abierta es una novela que no os la deberíais perder ninguno de los que ahora me leéis, creedme cuando lo digo.»

Cristina Monteoliva, La biblioteca imaginaria, 26 de enero de 2009
....................................................................................
A timba abierta

«Como toda novela negra, A timba abierta trata sobre la información. Sobre cómo se malinterpreta. Fue Schleiermacher quien dijo que el ser humano era incapaz de escapar a las malinterpretaciones, y por eso consideraba de capital importancia establecer una serie de reglas que permitieran entender correctamente un texto. Fue el padre de la moderna hermenéutica, se suele decir.
»Pero aquí los personajes no tienen tiempo para hermenéuticas. La información vuela de mano en mano, y hay que tirar del hilo sin importar mucho a dónde lleve. Así trabajan, así se mueven los personajes de A timba abierta, a base de rumores que pueden hacerte rico o llevarte a la ruina. Lo curioso es que esta misma regla se aplica también al narrador: como siempre, pero más en este caso, el narrador es un gestor de la información que se le suministra al lector. Tiene que saber qué hilos va a dejar sueltos, para que el lector tire de ellos, y qué otros dejar bien atados hasta el final.
»Pues bien, Óscar Urra sale airoso. Ha escrito una novela ágil, entretenida y veloz. Supone, lo cual es su mayor virtud, que el lector es inteligente (cosa escasa en la literatura y el cine de los últimos tiempos): construye una trama bien llevada a partir de sugerencias sutiles, alusiones que aportan luz y descripciones certeras.
»El libro consigue lo que se propone, lo cual no es decir poco.»

Los ritos de paso, 22 de diciembre de 2008
....................................................................................
A timba abierta

«Hace unos días, analizando el estallido de violencia estudiantil y juvenil acaecido en Grecia, podíamos leer el siguiente titular en un periódico: “Una revuelta a ritmo de blog y SMS”, que venía a demostrar que las nuevas tecnologías se han puesto al servicio de los ardientes acontecimientos helenos.
»¿Qué tiene que ver eso con una novela negra titulada A timba abierta, ardoroso debut literario de un autor llamado Óscar Urra, publicado por la inquieta y necesaria editorial Salto de Página y radicada en el Madrid de toda la vida?
»Pues, para saberlo, habrán de hacerse un favor y leer la novela. Una novela protagonizada por un detective privado español —que haberlos, haylos— llamado Julio Cabria. Y por un poli al borde la prejubilación, Meléndez. Y por el camarero de El Portón, uno de esos bares que son mucho más que bares, casi templos en que los parroquianos habituales se juntan para ver pasar el tiempo.
»Una novela que, como su propio nombre sugiere, es cachonda y juguetona, mezclando el naipe y el burle con una trama que avanza a velocidad vertiginosa, desde que el Botines le encarga a Cabria que localice a una misteriosa chica italiana, Pandora. Una novela que, además, acontece en el centro de un Madrid cuyos rectores municipales se han empeñado en hacer desaparecer de todas, todas: Tirso de Molina y alrededores. Un Madrid mítico, turbio, noctámbulo. Un Madrid de toda la vida que se quiere llenar de puestecitos clónicos de flores para intentar aromatizar los amaneceres resacosos de alcohol, juego, juerga y violencia.
»Porque en toda novela negra que se precie tiene que haber unas ciertas dosis de violencia. ¿O no? En A timba abierta, faltaría más, la hay. Hay palizas, interrogatorios brutales, golpizas, apaleamientos y hasta torturas. Pero todo ello contado a través de esa fina ironía que impregna todo el texto. Costillas rotas, narices partidas y cejas echadas abajo forman parte del paisaje de esta novela, muy tarantiniana.
»Y, además, unos enigmáticos mensajes, en forma de entradas o posts blogueros, en que unas consignas de corte apocalíptico-anarquista mezclan la revolución con Astérix. Y humor. Humor, del bueno, a raudales. ¿Cabe todo ello en poco más de ciento cincuenta páginas construidas a base de un material altamente adictivo, de hondo alcance, que deja en el lector un regusto más que agradable?
»Por supuesto que sí. Porque si lo bueno, breve, es doblemente bueno; la contundencia, el desparpajo, el humor y el ritmo que Óscar Urra imprime a esta A timba abierta, convierten al autor madrileño en uno de los debutantes más interesantes del panorama de las letras negras nacionales.
»Urra, un tipo al que seguir. Muy de cerca.»

Jes├║s Lens Espinosa de los Monteros, Pateando el mundo, 22 de diciembre de 2008
....................................................................................
El pubis madrile├▒o

«Madrid, crisol de culturas antagónicas, kilómetro cero de ilusiones y deseos, dónde las niñas hace mucho, muchísimo, que dejaron de querer ser princesas, contempla desde hace bien poco las desgracias de un nuevo huelebragetas, Julio Cabria, desdichado ex de muchas cosas, tantas que no puede macerarlas en alcohol ni desdibujarlas con una buena mano de naipes, por eso un día se sube a la cornisa de su bloque, ese lugar mágico dónde comienzan y terminan tantas historias, para dejarse rodar por otro abismo buscando un destino tan incierto como el suyo.
»Quizás el miedo a llevarse en su desgracia algún impaciente espectador del teatro Calderón o algún otro enamoradizo con prisas por meterle mano a su pareja en los cines Ideal, le hace reflexionar mas de la cuenta, cosa inevitable, pero que no debería hacer un suicida si tiene claras sus intenciones porque de este modo puede darle tiempo para que lo encuentren esos dos secuaces-guardaespaldas-hombres para todos tan tarantinianos del mafioso del barrio, Andrés Escribano Antúnez, El Botines. Y cuando El Botines busca alguien lo encuentra y más en este barrio púbico de Madrid, dónde en la trastienda de cualquier oscuro garito pueden llegar a compartir timba Toni Romano, Julio Cabria y si me apuras hasta el mismísimo Carlos Salem.
»Y El Botines lo busca porque él también busca y no encuentra a su supuesta novia italiana Pandora que ha desaparecido sin dejar rastro alguno. La investigación, a priori, no debería resultar complicada, salvo porque en la misma se entromete Meléndez, la mala leche personificada en madero y para colmo prometido de la ex de nuestro detective. La cosa, como es de esperar, resulta ardua y nadie parece saber nada de la italiana, salvo Vitriolo, un asiduo como el resto, del bestiario de El Portón, el bareto en el que César distribuye cada día con desgana los ceniceros por la barra de nogal a la vez que atiende a los clientes con alcohol e información.
»Julio Cabria, adicto a todo menos a la vida, se meterá de lleno en esta complicada búsqueda que llenará sus días de humo, golpes y desamor.
»Óscar Urra consigue con esta novela ilusionarnos a todos los que añorábamos un personaje como Cabria, deteriorado detective venido a menos que habita con su infortunio los rincones más sórdidos de ese cinturón de Madrid que componen barrios como Lavapies o Tirso de Molina, menos Clásicos y visitados que el centro, pero tan sólo a un paso del mismo.
»Además, con su perfecta prosa y su narrativa precisa, compone una historia atractiva atestada de personajes secundarios merecedores de una continuidad que sin duda la joven editorial Salto de Página tendrá a bien prolongar.
»Sin duda A timba abierta es uno de esos satisfactorios descubrimientos que recuperan a los lectores más escépticos con el género.»

Jos├ę Ram├│n G├│mez Cabezas, Blog Novelpol, 11 de diciembre de 2008
....................................................................................
A timba abierta

«Hace aproximadamente un mes estuve en Madrid, pateando cámara en ristre las calles del centro como buen turista de provincias. Desde Malasaña —visita obligada ese Bukowski que codirige Carlos Salem en San Vicente Ferrer— hasta Lavapiés, desde Atocha a Sol, podía haberme evitado el viaje en AVE, los nosecuantos euros de vellón que me dejé en el hotel, las ampollas en los pies... No habría disfrutado del sabor de las cañas siempre acompañadas con una tapa —a ver si vamos tomando ejemplo en otras capitales— pero me habría ahorrado todo lo demás de haber tenido antes entre las manos esta primera novela de Óscar Urra, A timba abierta.
»Porque, en clave de novela negra, de la mejor novela negra, Urra ofrece un recorrido digno de figurar en una guía de viajes, pero no de una cualquiera sino de una de esas que te permiten conocer los rincones menos monumentales pero más humanos, los bares sórdidos, los cines decadentes que se defienden como pueden de las salas asépticas y siempre iguales de los centros comerciales.
»Y lo hace de la mano de cuatro cicerones que conocen esos barrios como nadie, cuatro perdedores de manual pertenecientes a cuatro estamentos distintos pero construidos con los mismos genes, cuatro ases de una misma baraja: Julio Cabria, detective y ludópata —o viceversa—, al borde de la azotea y del suicidio en el momento en que recibe el encargo que le hará posponer su despedida de este mundo cruel; Gregorio Meléndez, policía que se resiste a ser prejubilado, cínico, violento y un tanto desconcertante en su modo de actuar; César, camarero de raza, de los que dominan el arte de tirar una buena caña de cerveza y con algún vicio inconfesable aunque sea de dominio público; y el Vitriolo, experto en mantener las orejas permanentemente abiertas y la boca siempre cerrada salvo que haya dinero por medio.
»A estos cuatro elementos se irán uniendo otros no menos importantes, desde el mafioso castizo apodado el Botines y sus dos inseparables guardaespaldas a un personaje enigmático que se dedica a abofetear con sus soflamas libertarias la cara de quienes están dispuestos a escucharle, desde tres mafiosos de los de Italia de toda la vida a una intrigante Pandora a la que todos buscan...
»Escenario reconocible y perfectamente descrito, personajes de carne y hueso, una trama que —como diría un chef pijo y sin querer avanzar nada de la misma— aúna tradición y modernidad... Con todo ello ya tendríamos una muy buena novela, pero lo que hace de A timba abierta una novela excelente es el extraordinario dominio del lenguaje que demuestra su autor, que sabe mezclar lo descarnado con lo lírico, que demuestra con palabras precisas su profundo amor a todo un barrio y a unos personajes a los que parece conocer muy bien, posiblemente a fuerza de haberlos visto a diario entre la cola para el pan y la lectura de la prensa en una terraza soleada.
»Lo decía al principio: hace aproximadamente un mes estuve unos cuantos días por Madrid, recorriendo esas mismas calles de las que habla Urra; hoy, gracias a su novela, creo que he llegado a conocerlas de verdad.»

Ricardo Bosque, La Balacera, 26 de noviembre de 2008
....................................................................................
Entre Panorámix y Prometeo

«Por la parte central de Madrid, en torno a Tirso de Molina, antes Progreso y ahora adornado con unos cubos posmodernos para gloria de alcaldes faraónicos, hay un personaje que nos deleita con sus andanzas. Se llama Julio Cabria y es hijo primogénito de Óscar Urra. Se trata de un detective privado, un huelebraguetas, según Meléndez, un policía cabrón donde los haya. Es verdad que Cabria cumple los tópicos del detective privado, bueno, no todos. El amigo Julio solo está divorciado, no parece, por ahora, que tenga problemas con el alcohol y, que sepamos, no ha sido policía ni ha matado a ningún inocente persiguiendo a delincuentes. Los demás tópicos no hacen al caso, porque tiene que ser cierto el hecho de que los detectives privados en España no se comen una rosca.
»Nuestro recién descubierto detective privado vive en la Cava Baja y tiene su despacho en Doctor Cortezo, a cinco minutos andando despacio. Su centro de operaciones se sitúa entre Tirso, el de los inútiles cubos posmodernos, hasta Malasaña, pasando por los Austria y las Letras (las que están en el suelo, las que pagamos los hipotecados y las eufemísticas que, aunque muy escasas, dan nombre al barrio). El Madrid castizo, el Madrid de Galdós, el Madrid de la chulapa mía. El Madrid de unos personajes de los que Carlos Salem en una lúcida introducción —no podía ser de otra manera— nos avisa de que nos los podemos encontrar en la calle, en una terraza, en cualquier sitio. Están ahí, son del barrio. César, el camarero de El Portón, amante del cine que le recomienda a Cabria las películas que debe ver, consejo que sigue a rajatabla para dormirse antes de sentarse en la butaca. El Botines, un matarife del tres al cuarto, aprendiz de gangster. El Vitriolo que vive del oído, capaz de escuchar, seguir y recordar tres conversaciones a la vez, además de mantener la suya con quien sea. Meléndez, el policía chulo, arrogante y violento. Los hermanos, Nadia y Alfonso, habitantes de un palacio destartalado, como todo el barrio. Y Julio Cabria, enganchado a cualquier forma de probar la mala suerte, sobre todo póquer y black-jack; conocedor de los tugurios clandestinos del barrio y de los misterios de la noche. Y observador de las frías pupilas de los tahúres.
»Claro que no estamos en tiempos de Galdós, ahora los desheredados del pastel forman una tribu de nómadas de la botella, ronca, desdentada y animosa que se llevó sus orines (tras la remodelación de la plaza antiguamente llamada del Progreso), sus disputas estentóreas y sus imitaciones de Camarón a los portales de las calles colindantes. No se fueron los punkis ni los libertarios, entre otras cosas porque éstos tienen su sede en la misma plaza de Tirso. Es verdad que ahora el dramaturgo del siglo XVII, don Gabriel de Molina o Tirso Tellez, como ustedes deseen, sólo mira de costado el bodrio posmodernista, cuando antes no le daba dolor mirarlo de frente a pesar de la antigua arena épica.
»La trama de A timba abierta es muy sencilla. Una tal Pandora, italiana de nacimiento —aunque yo creo que tuvo su origen en la Antigua Grecia— llega a Madrid, al barrio de Cabria pero ha desaparecido. A nuestro detective se le encarga buscarla. Buscándola se cruza con El Botines, con El Vitriolo, con el Meléndez, con Nadia y su hermano Alfonso. Lean la historia, que les va a encantar, si quieren saber si encontró a la tal Pandora. Sepan, no obstante, que la cosa está entre Prometeo y Panorámix, entre una goma de sujetar el pelo y el aparato cibernético más sofisticado. Sepan también, como cuenta la leyenda, que la esperanza (así, con minúscula, no quiero que nadie la pueda confundir con otra que rige los designios de los madrileños y que de tal no tiene nada) quedó dentro. Para mí un mérito más a añadir a los que suma Carlos Salem en la introducción (la elección del barrio, de los personajes y su lenguaje y el protagonista), es el final. No es fácil desencadenar un final coherente y Urra lo ha conseguido, sin precipitaciones, con intriga, con tensión y hasta con aventura y peligro. ¡Qué buen final! Si señor. Además un final abierto. Se quedan tantas cosas en el tintero (¿o ya podemos decir el disco duro?) que cada uno de nosotros puede interpretarlo como quiera o… O es muy posible que el amigo Julio Cabria vuelva a jugar otra partida. Si así es estaré presto para echarle mano.
»Un lenguaje muy apropiado, entre castizo y sabio. Unas frases muy labradas y unos narradores, puesto que hay varios como diversas son las historias, que se cruzan todas al final. Y un protagonista más, el Madrid entre Lavapiés y Malasaña.
Madrid está de enhorabuena, a pesar de que en la Barcelona Negra se afirmó en un hipotético “enfrentamiento” entre Madrid y Barcelona, algo que ya se había hecho en Getafe Negro (Méndez versus Romano). De enhorabuena, digo, porque en Madrid están surgiendo, de la mano del maestro inconfundible Juan Madrid, o alejados de él, otros buenos escritores. Tenemos a un Yebra irónico y culto, a una Castro sorprendente, un Torres lírico, un Salem cosmopolita, un Silva con traje verde, un Paz que trae a Madrid olores del Este, un Madrid con solera y ahora (seguramente me olvido de más de uno, no es mi deseo, estoy escribiendo sin mis notas) un Óscar Urra castizo y entrañable. Además debemos añadir a un Alejandro M. Gallo que quiere a Ramalho echando raíces en Vallecas. Madrid de enhorabuena, de enhorabuena la novela negra.
»Pero no quiero terminar esta reflexión sin apuntar un dato nuevo. Bueno, no tan nuevo. Cuando se habla de novela negra mediterránea se entiende que hay una novela que está contribuyendo a generar una identidad mediterránea. ¿Qué entendemos por identidad mediterránea? ¿La luz, el clima, la dieta, la siesta, la impuntualidad, la pereza, la noche…? No seamos folclóricos. Evidentemente Wallander disfruta de mucha menos luz que Jaritos, pero en Escania explotan a la gente igual que en Atenas. Rebus disfruta de un clima que nada tiene que ver con el que goza Carvalho, pero en los dos lugares se trabaja a destajo. La siesta ha hacen en Tokio, en Zamora y en Vigata, pero en las tres ciudades (y en cientos de miles más) la educación es una vía de crear sumisos. ¿La dieta? ¡Pues menuda identidad!. ¿Qué Kaméskaya no come garbanzos? Bueno, oye música italiana.
»Y es que yo creo que no. Que no existe eso que se llama novela negra mediterránea, sobre todo porque lo intentan fijar en la comida. Creo que ni Jaritos, ni Montalbano, Carvalho, Montale… hablan de unas características propias del Mediterráneo. El Mediterráneo no es comer ni beber. Evidentemente todos comemos y bebemos, de lo contrarío moriríamos. Pero para comer no es necesario estar en silencio (Montalbano), mancharse las manos (Jaritos), acudir a recetas de la vecina (Montale) o provocar las iras de la izquierda ascética (Carvalho). También Llob come y Toni Romano y Ramalho da Costa y ahora también Julio Cabria. La comida, pues, no es un signo característico de una nación. Mejor dicho, si lo es, pero no necesariamente uno tiene que ser un gourmet. Y si no, vean ustedes la reflexión tan acertada que lleva a cabo este último personaje, Julio Cabria: cocinar, un lujo vulgar; y explicar a los demás lo que pergeñas en la cocina (como hacían en la ficción los detectives mediterráneos y en la realidad cualquier mindurri con una sartén en la mano) una insufrible experiencia, melíflua y aburridísima. Y va más allá nuestro recientemente descubierto detective, hacer filosofía o estética sobre algo tan prosaico como lo que ingerimos y cómo lo ingerimos se le antojaba una fácil maniobra de distracción del que te acaricia el paladar para robarte la cartera ideológica, o la cartera si más. Acabamos de descubrir a un nuevo provocador. Sí señor. Si Carvalho se gastaba un pastón en comer en tiempos de bocata de japuta con la sola intención de despertar las iras de una izquierda ascética, mística, estoica...; Cabria come un kebab o una hamburguesa (como también Ramalho) quizá con el secreto propósito de provocar ahora a una izquierda que de estoica devino epicúrea y de la calle (cuando sólo era de Fraga, el demócrata) pasó a grandes despachos. Democráticos, por supuesto.
»Muy buen acierto, amigo Óscar, solo me queda apuntar aquello de ¡Hip, hip…! Y poner una hache delante.»

Enrique Bienzobas, Liberty, Febrero de 2009
....................................................................................
A timba abierta, de Óscar Urra

«Soy un “tramposo”. Y es que desde que nos han demostrado que el póker no es un juego de azar sino de posibilidades, uno puede esperar tranquilamente el tiempo necesario y lanzarse con un farol, que es exactamente lo que he realizado, con el comentario de esta novela.
»Al pobre autor se le ha exigido llevar un cártel inexistente, “la nueva novela policial madrileña”, y es que nunca ha sido nueva, ni vieja …. sólo estaba aletargada pero funcionaba, eso sí, en pequeñas editoriales. Una de ellas, Salto de Página, tiene el valor de sacar a esos pequeños narradores escondidos (no en sus máquinas de escribir) pero si en sus ordenadores; y de relato en relato te aparece una persona con una buena historia que contar.
»Y aquí entra Óscar, desde su barrio y prácticamente sin esfuerzo visual (debido a su altura).  Hace un recorrido de viajero guiri. Calles extrañas, individuos sospechosos y correa en mano para sujetar bien el contenido de nuestras absurdas posesiones.
»Un detective suicida y ludópata que es salvado in extremis, cuando recibe en el último momento un encargo que no aclarará mucho su vida en este mundo, pero que posiblemente le pague el entierro a este elemento Julio Cabria; se le sumaran en la novela: un policía desquiciado; un camarero con gustos un poco variantes y un soplillos que se encargará de ser radio onda siempre que la cartera sea generosa con él.
»Después, se sacará de la “manga” un mafioso (madrileño de genes ancestrales), el Botines, agasajado de guardaespaldas; individuos italianos relacionados con la Mafia, y diversos personajes que realizarán el papel de secundarios de lujo. La finalidad de todo ello, una misteriosa búsqueda: Pandora (no la caja).
»Creo que después de acabar la novela puedo afirmar rotundamente que nos encontramos ante una novela extraordinariamente narrada y que augura un prometedor futuro para todos esos escritores que reiteramos, tienen algo que contar. Un Hurra por Óscar.»

Jos├ę Andr├ęs Espelt, Cruce de cables, 20 defebrero de 2009
....................................................................................
 
Ir a reseñas  |  Críticas destacadas  |  Ir al libro  |  Leer un fragmento

© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

Otras editoriales del grupo: Biblioteca Nueva