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reseñas y críticas Bajo treinta
Jóvenes Narradores

«Es curioso el revuelo que se ha formado con las dos antologías de relatos de reciente aparición que han buscado ahondar en aquellos escritores que no llegan a los treinta años. Por un lado Bajo treinta (Salto de Página) y por otro Última temporada (Lengua de Trapo). En el caso que nos ocupa, la selección ha corrido a cargo de Juan Gómez Bárcena, que ha optado por catorce narradores de diferentes registros y géneros. Hay autores con un bagaje sorprendente para su juventid (Matías Candeira, Aixa de la Cruz o Aloma Rodríguez, por citar algunos de ellos); otros están buscando su camino en un mundo editorial recubierto de caspa y obstáculos. De ahí que apenas llame la atención que las críticas más graves se hayan referido precisamente a la juventud de los autores más que a la calidad de los textos presentados. Bajo treinta quizás no sea una recopilación perfecta (huiese sido preferible una mayor unidad textual), quizás tampoco de autores, pero sí ofrece la posibilidad de adentrarse en otros puntos de vista más allá de los que marcan los grandes grupos y las voces ya consagradas.»

Alex Oviedo, Pérgola, marzo de 2014
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Unos cardan la lana

«Un respeto para el fotógrafo. Porque él no tiene la culpa. Así titulaba un galería suya Wilhelm Busch, el inventor o al menos el maestro de la novela gráfica, allá en 1890, cuando aún hacía falta quedarse quieto ante el objetivo. Y si el sujeto no era capaz de aguantarse, ¿qué culpa tenía el tipo detrás de la lente de que la fotografía saliese como salía?

»Diferentes son las antologías. Cuando alguien quiere hacer una foto fija del estado de la literatura en su país y a tal fin reúne en un volumen obras selectas de, digamos, una decena de autores menores de treinta años, sí tiene la culpa. Tiene libertad para pedir y para rechazar. El lector, por su parte, no lee la obra de cada uno de los autores: sólo conocerá lo que el antólogo ha tenido por bueno salvar de la criba. Al menos, éste es mi caso: sin que sea mérito de mi parte, antes al contrario, no soy, por circunstancias más bien geográficas, seguidor de la narrativa española de la última década. Y por esas extrañas carambolas del destino o la conspicua ausencia de ellas, no conozco a ninguno de los autores personalmente, ni tengo referencias de ellos, ni me he informado en esa crónica de la humanidad que algunos llaman internet. Ah, y conste también que esta lejanía emocional y geográfica —me protegerá contra el peligro de que me escupan en la copa de pacharán el próximo sábado noche en la Alameda— es uno de los motivos por los que me ha caído tamaña responsabilidad de reseña.

»Empezamos mal. Empezamos con Guillermo Aguirre (Bilbao, 1984), pero no un relato sino con un capítulo de la novela Leonardo. Y qué quieren que les diga. El antólogo, Juan Gómez Bárcena, defiende en el prólogo “la pertinencia de incluir no sólo relatos sino también fragmentos de novela” para no “prescindir de la aportación de autores relevantes“, pero descarta los relatos de estos mismos autores por no estar a la altura de sus obras más largas. Meter un relato malo en lugar del fragmento de una novela buena habría sido “un desprecio al propio género del relato, que habría quedado relegado al papel de escaparate, de recurso comodín para que los novelistas pudieran demostrar su valía“. ¿Y a qué ha quedado relegado, díganme ustedes, si se mezclan relatos de verdad, es decir el más noble y el más difícil de los géneros literarios, con un conjunto de páginas arrancados de su medio natural? Esto no quiere decir que Leonardo sea una mala novela. Pero no me pidan juzgar a partir de un trozo de dedo si una señora es bella o fea.

»Yo mataré monstruos por ti, de Víctor Balcells Matas (Barcelona 1985) sí es un relato, apenas tres folios, construido como un recuerdo infantil sobre la muerte del abuelo. Lo malo es que se lee como si fuera realmente un recuerdo infantil, como si relatar una sensación personal fuera toda la pretensión del autor. Lo que en los talleres de literatura llaman un ejercicio de estilo. Similar al de Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1983) en Delfines: si alguien necesita diez líneas para describir las diversas relaciones entre abuelos, padres y tíos de su familia para relatar un entierro, es que aún le falta reemplazar el álbum familiar por la creación de personajes. Y tampoco pasan de ejercicio las elucubraciones sobre un esqueleto de clase de anatomía que hace Almudena Sánchez (Mallorca, 1985) en Cualquier cosa viva. Ni mucho menos La última obra de arte, un monólogo ante mamá que Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) colocó de prólogo a una novela —nos informan— y que tampoco quisiera juzgar. La novela, digo.

»Muy distinto es En la antesala, de Matías Candeira (Madrid, 1984). Esto sí es un relato construido con ganas. Con ganas terriblemente malvadas. No me va mucho el gore, pero aquí se destila con más sorna que unas gotas de cabernet-sauvignon envenenado en un decantador de cristal de bohemia.

»Los hombres que miran, de Irene Cuevas (1991), se inscribe más bien en una corriente minimalista, que relata poco, pero consigue crear una ambientación sutilmente erótica, al menos original. Al igual que Marta González Luque (Santander, 1984) en Vietnam: aquí el ambiente recrea una opresiva soledad adolescente que deja huella. Más, en todo caso que Cristian Crusat (Ibiza, 1983) con Piedras, donde parece haber una historia que pugna por salir, sin alcanzar más que otro ejercicio de estilo. Aunque, eso sí, mejor que Romperse, de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988), que se queda en una única escena de un deportista obsesionado con su alimentación: un retrato psicológico, sí, pero un retrato no es un relato.

»O prueben leerse Verlaine hijo de María Folguera (Madrid, 1984) prescindiendo de la palabra Verlaine, que parece más un reclamo publicitario que otra cosa: queda una confusa reflexión sobre violencia familiar y homoerotismo, demasiado confusa.

»La viuda, de Jenn Díaz (Barcelona, 1988) es otro capítulo de novela, pero no lo adivinaríamos si no lo advirtieran: sí tiene forma de relato. Eso sí, basado en algo que parece poco más que un chascarillo de pueblo ambientado en ese espacio-tiempo indefinido que tiene la ventaja -para el escritor, no para el lector- de que no hay que intentar ser realista, pero no nos queda claro para qué sirve aquí el irrealismo. En eso acierta Julio Fuertes Tarín (Valencia, 1989), con un inverosímil mono de circo heroinómano y ladrón de sombreros en Una deslumbrante muestra de esplendor heterogéneo: aquí, la incredulidad del lector es precisamente el efecto buscado y bien construido.

»Y queda por dilucidar qué pretende Cristina Morales (Granada, 1985) con Yo no iba a venir, un relato, perdón, otro capítulo de novela, en el que describe, nombres reales y correos electrónicos incluidos, su participación en una mesa redonda para escritoras. ¿Denunciar el machismo inherente a la promoción literaria oficial, por crear mesas redondas aparte para escritoras? ¿lucirse un poco al sol del nombre de Juan Bonilla? ¿hacerse la graciosa? En todo caso, no hacer literatura.

»Bien. Me quedo con Candeira y con Tarín. El resto, al menos en las facetas que muestra de ellos Bárcena, parece escogido para confirmar la segunda frase del prólogo de éste: “que las nuevas generaciones no son capaces de generar literatura de calidad“.»

Ilya U. Topper, Estado Crítico, 11 de febrero de 2014
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Bajo treinta. Antolog√≠a de nueva narrativa espa√Īola

«Recuerdo uno de esos momentos en los que la prensa internacional anunciaba otro error garrafal de la Historia, una de esas meteduras de pata relativa a la contabilidad de los años en las que los historiadores reparan cada poco tiempo. Ya saben: “Arrastramos un accidente histórico, hemos sumado un par de siglos al calendario maya, hay que descontar”, esas ocasiones en las que se nos pide que redibujemos nuestros orígenes con alegría.

»Las noticias informaban de que, según nuevos cálculos, Jesucristo no había muerto con treinta y tres años, sino con cuarenta y tres. Tocaba borrar del imaginario colectivo todas esas esculturas y figuraciones que nos mostraban a un tipo todavía firme y apuesto colgado en la cruz, y añadir a la postal algún que otro colgajo, una buena dosis de arrugas y, sobre todo, un creciente grado de cansancio y desazón en la mirada de aquel hombre desesperado que poco tiempo antes pedía a su padre que terminase con todo aquel circo en cuanto fuera posible.
Aquella fue una revelación similar a la que uno sentía cuando vencía su Carnet Joven, un dato que implicaba un severo cambio en nuestro concepto de juventud. La noticia dejaba entrever también que todas aquellas ideas tan interesantes de Jesús provenían, en realidad, de un cerebro bastante más maduro de lo que nos habían contado… Por suerte, por una vez en la vida, para un escritor, aquello no era el final, sino el principio. Un descubrimiento, en realidad, bastante positivo para los narradores.

»Según dictaban los cánones, según señala el nivel de descolgamiento de los culos que se sientan en los tronos de la Real Academia de las Letras, el ritmo de los trabajadores de las ideas es lento, los escritores son señores mayores y, como mucho, disfrutamos de sus obras prematuras mucho más tarde, cuando las llamamos óperas primas y admiramos su ímpetu incorrupto.

»Amigos… esa visión se está yendo al garete.

»Esta antología es una fotografía inmediata, una polaroid del presente que recoge el chispazo de una panorama narrativo realmente potente, serio, pero también fresco y divertido.
Seleccionados por Juan Gómez Bárcena, al que podemos leer ampliamente en otros títulos de la editorial, los relatos de este libro nos descubren a unos escritores obscenamente jóvenes, en general firmemente conectados con el presente, que satisfacen ese ansia de frescura que, a veces, asuela al buen lector de relatos.

»La compilación funciona perfectamente como exorcismo del hastío y como manual para principiantes en la nueva literatura española. El prólogo de Gómez Bárcena ofrece un interesante contexto general del medio, y pasamos de unos géneros y estilos a otros de la mejor manera posible, bien informados, con los antecedentes y galones de cada narrador a la vista, preparados para afrontar una pieza en ocasiones excéntrica y, en otras, altamente representativa del conjunto de la obra de las autoras y autores incluidos. ¡Sí! Entre las páginas de este libro hay un montón de mujeres y, cosa rara, el título no hace hincapié en ello.

»Destacar a algúno/a sería feo y complejo. Para los seguidores del panorama contemporáneo hay viejos conocidos —metafóricamente, se entiende—, muchos de ellos también publicados por Salto de Página. En cualquier caso, por contexto, calidad, originalidad y energía, cada uno de ellos merece una atención especial. Aquí hay relatos que emocionan por su absoluta madurez y otros por su frescura e inocencia.

»Hay que leerlo.»

Fernando Epelde, La playa de Madrid, 14 de enero de 2014
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Bajo treinta. Antolog√≠a de nueva narrativa espa√Īola

«Editorial Salto de Página publica esta antología sobre autores de menos de treinta años y entre los quince elegidos algunos ya han ganado premios y todos ellos acumulan algunas obras en su currículum creativo. En el prólogo, Juan Gómez Bárcena realiza una panorámica interesante y argumentada sobre los antologados, explicando las coordenadas que unen o desunen la literatura de esta generación. Lo hace en base a un conocimiento amplio sobre su obra que yo no tengo, por lo que me ciño a lo que me sugieren los relatos de esta selección. Lo que sí me queda claro es que es una generación con muchas ganas de escribir y con muchas ideas sobre cómo debe hacerse. Esta antología es una gran oportunidad para empezar a conocerlos.

»‘Leonardo’, de Guillermo Aguirre, es, en realidad, un capítulo de una novela. Asistimos en sus páginas a las coartadas que un infiel se ofrece a sí mismo. El texto está bien cocinado y tiene ingredientes de calidad, aunque a veces se pasa con las salsas y las especias. Juegos de palabras como ‘brazo y abrazo’, o ‘gráfico y pornográfico’ tienen siempre el peligro de parecer más hijos del ingenio que del talento.

»‘Yo mataré monstruos por ti’, de Víctor Balcells, en una historia sobre el azar, sobre la muerte y sobre las relaciones entre nietos y abuelos, con un elemento literalmente generacional como esa Nintendo compartida por los dos personajes principales.

»‘En la antesala’ es el relato de Matías Candeira, quien organiza una escena de Apocalipsis mezclada con la crítica social más corrosiva; recuerda a aquellos ‘jóvenes caníbales’ italianos de los noventa.

»Aixa de la Cruz, en su ‘Romperse’ transita esos mismos mundos, con algo más de gore. Un adolescente gordito se vuelve vigoréxico y acaba protagonizando lo que parece la peor borrachera de un Erasmus. Casi al final encontramos la mejor frase del relato, con ese descubrimiento de madurez sobre la locura de la condición humana.

»En esa misma sintonía se mueve ‘Cualquier cosa viva’, de Almudena Sánchez, donde un esqueleto que recuerda a su novia es el motivo argumental.
‘Piedras’, de Cristian Crusat, nos recuerda al realismo sucio americano y guarda una gran metáfora final.

»Gómez Barcena sitúa el relato de Aloma Rodríguez, ‘Delfines’, también en la estela del realismo sucio, por su prosa austera. Encuentro que ese estilo pulcro y preciso es el mejor para el tono del relato, libre de grandilocuencias, y en el que las anécdotas sencillas y los detalles minúsculos son capaces de describir un carácter o explicar la mar de fondo emocional que puede esconderse en una situación cualquiera. Esa escritura lo hace uno de los relatos más redondos de toda la selección.
 

»La viuda’ de Jenn Díaz es de otro universo literario completamente opuesto, el del realismo mágico, un camino a veces un poco trillado pero no en este relato que se salva a cada paso de la previsibilidad.

»María Folguera realiza en ‘Verlaine’ un ejercicio de metaliteratura, tan de moda, muy interesante.
‘Vietnam’, de Marta González Luque es la confirmación de que esta generación ha sido criada totalmente por la cultura audiovisual, aunque las decepciones de la adolescencia son eternas.

»‘Yo no iba a venir’, de Cristina Morales, es un acercamiento con mucha ironía al mundillo de las charlas, conferencias, y premios que hay alrededor de la literatura. O quizá una venganza. En todo caso, un relato con mucho que rascar.

»La familia es un elemento muy presente en esta selección. La falta de ella y cómo construirse una, aunque sea un sucedáneo disfuncional es el asunto que se trata con mucha brillantez en ‘Una deslumbrante muestra de esplendor heterogéneo’, de Julio Fuertes Tarín. En ‘La última obra de arte’ de José Soto Ivars, lo que hay, por el contrario, es una familia monoparental que no funciona, y cuyas derivas se muestran en este texto que es el primer capítulo de una novela. En ‘Los hombres que miran’, de Irene Fuertes, los ojos de una niña nos llevan a preguntarnos si hay en realidad familias normales.»

María José Montesinos, Literaturas.com, 9 de enero de 2014
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Bajo treinta, de varios autores

«Otro libro de relatos, sí. Bajo treinta era otro de los libros que estaba en casa, paciente, esperando mi vuelta. Es un libro de relatos, pero no es un libro cualquiera. Y es que Bajo treinta tiene un subtítulo que es bastante explicativo: Antología de nueva narrativa española.

»Bajo la dirección de Juan Gómez Bárcena descubrimos nada y más y nada menos que a catorce autores españoles menores de treinta. Gómez Bárcena es el encargado de seleccionar a los autores y sus textos y, además, de escribir un acertadísimo prólogo en el que nos deja las cosas bien claras: en España hay talento, y mucho.

»Catorce autores de variado pelaje que sólo comparten dos características: que son españoles y que tienen menos de treinta años. A partir de ahí, monstruos. O más bien, pequeñas joyas que nos demuestran las ganas que hay en este país de escribir, y sobre todo, de escribir bien.

»Como os podéis imaginar, hay sitio para todo tipo de relatos en esta antología. Hay asesinos, fisgones, infieles, abuelos y nietos, escritores, viudas, pintores, estudiantes y muchos más representantes de esa fauna humana con la que nos cruzamos cada día por la calle. En algunos nos vemos reconocidos, a otros los leemos con repulsión, pero todos son tan humanos como nosotros.

»Como siempre ocurre con las antologías, hay relatos que nos gustan más y otros que nos gustan menos. En el primer caso, tengo que destacar Yo mataré mnstruos por ti de Victor Balcells Matas o Los hombres que miran de Irene Cuevas. Nombraría también a Matías Candeira, con La antesala, pero resulta que yo os hablé de su libro en su momento, lo cual no le quita mérito, por supuesto, pero ya era un viejo conocido.

»En la parte negativa, tengo que admitir que no me ha gustado especialmente que muchos de los textos no fueran relatos, si no capítulos de diferentes libros. Ojo, que esto son manías mías muy personales, porque muchos de ellos podrían funcionar como relatos a la perfección, como es el caso de La viuda de Jenn Díaz. Como relato menos favorito tengo que señalar Yo no iba a venir de Cristina Morales, que, curiosamente, fue uno de los primeros que leí porque me llamó mucho la atención su título. Tampoco me ha gustado especialmente Una deslumbrante muestra de esplendor heterogéneo de Julio Fuertes Tarín, que sin embargo obtuvo el Premio Jóvenes Talentos Booket en 2009.

»Como os digo, esta antología funciona como deben funcionar las antologías, es decir, como cantera para descubrir nuevos autores a los que seguir leyendo. Ese es su objetivo primordial, pero es que además, en este caso concreto, quiere demostrarnos que en España la narrativa joven está más fuerte que nunca. Objetivo cumplido, chicos.»

Sarah Manzano, Papel en Blanco, 20 de diciembre de 2013
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¬ęUn solo hallazgo justifica una antolog√≠a, esto lo sabe todo el mundo¬Ľ

«Vaya por delante que una antología con la intención de seleccionar a los mejores autores menores de treinta años es tan aleatoria (respecto a la totalidad de autores antologables) como una antología que reúna a los mejores escritores rubios o a los mejores escritores con manos grandes y viriles. Y vaya por delante que hacer una crítica sobre autores jóvenes y que su edad sirva como atenuante o agravante o excusa es inútil, pues todo autor es, sobre todo, un autor; independientemente de los adjetivos que quieran adjuntársele, sean éstos  «comercial», «joven» o «astuto». Los adjetivos aplicables a un autor no debieran juzgarse, como tampoco se juzga un accidente. Y ahora sí.

»Bajo treinta se incardina a la costumbre de la editorial Salto de Página de publicar una antología anual, que comenzó con La lista negra y tuvo su exponente anterior en Prospectivas el pasado año. Si la primera recopilaba relatos de género negro y la última fue un excelente combinado de lo mejor de la ficción prospectiva (sic), llámese ciencia ficción o ficción especulativa o de anticipación, Perturbaciones y Aquelarre (fantástica/maravillosa y terror, respectivamente) completaban hasta hoy esta línea editorial que continúa con la presente selección.

»El fin de un libro así es evidente: aspira a mostrar a sus lectores escritores que el sello y el antólogo consideran que es lo mejor (y, en tanto jóvenes, menos accesibles) de esta cambiante escena editorial llena de editoriales glocales, grandes fagocitaciones corporativas, terrores tecno y miríadas de autores primerizos que se autoeditan (trasladándose de lo creador-fornicante a lo vendedor-masturbatorio). Pues eso está muy bien. El lector que confíe bien en la editorial, bien en el antólogo, encontrará en ella una selección de la que se puede afirmar que tiene buen gusto. Como en un muestrario de telas, uno puede pasear entre ellas y admirar su color y su tacto. De alguna pediremos ver el rollo entero. De eso se trata al final. De abrir la puerta. Toda antología es un catálogo.

»Del último texto, yo pediría ver el rollo entero. Lástima que el resto no esté escrito. Lo firma Juan Soto Ivars y arriesga con un narrador atípico que peca de solemne nada más, bien acabado. Soto Ivars tiene oído y buena mano. Los tiene, oído y buena mano, también Matías Candeira que recupera un relato de su último libro en el que pueden observarse los rasgos más llamativos de su inquietante y elíptica prosa. Éste es el único autor (si exceptuamos al antólogo que, no faltaba más, ha evitado incluirse a sí mismo) publicado previamente por Salto de Página. El relato que aporta Víctor Balcells es quizá uno de los mejores de su primer libro, publicado por la Editorial Delirio, aunque en mi opinión no es el más representativo de cierta dimensión entusiasmante y festiva de su estilo. Se ha optado aquí por elegir un tono más sentimental. Cabe destacar también de entre los catorce, por no alargarme demasiado, a Irene Cuevas, cuyo estilo muy hermoso y dulcemente surrealista ha sido un hallazgo. Un hallazgo para mí, claro; para quienes la hayan leído, no lo será tanto. Un solo hallazgo justifica una antología, esto lo sabe todo el mundo.

»Dado que la mitad de los jóvenes está oficialmente en paro y que a esa edad se tiende a idealizaciones persistentes del futuro, sin duda hay muchísimos jóvenes escritores. Muchísimos. Casi puede oírse el tecleteo por la tarde a la hora de la siesta desde aquí. Eso no es bueno ni malo. Sin embargo, es cierto que el mercado es inabarcable, confuso, siempre atestado de novedades y oscuras maniobras de márquetin. Las antologías cumplen funciones de nodo, conectan lo conocido con lo desconocido; no importa si el criterio es aleatorio: juventud o madurez o convicción política. Relacionan autores y textos que estaban aislados y, lo pretendan o no, establecen su propio discurso sobre la realidad a partir de la suma de sus autonomías. Es fácil hacer política. Ya ven. Y no es menos cierto que los jóvenes escritores no lo tienen fácil para hacerse un hueco en esta merienda de negros. Por ambos motivos y porque está hecha por un sello que se ha ganado el respeto de sus lectores con buen gusto, Bajo treinta es una buena noticia para los lectores.»

M. Track, tanyible, 11 de diciembre
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Bajo treinta. Antolog√≠a de nueva narrativa espa√Īola

«Catorce narradores y un antologador menores de treinta años —nacidos después de 1983— unidos ante las adversidades de un mercado editorial en crisis. En eso consiste esta antología de textos, en cuyo prólogo Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) expone con claridad los criterios de su selección (una antología debe tenerlos, y también errores y ausencias, para no ser un catálogo). No se defiende la existencia de una generación, sino que se reivindica a un puñado de autores con “una obra sólida que se defiende por sí sola”. El criterio cronológico es el que es por razones más o menos sociales: cree Gómez Bárcena que los autores nacidos en los 80 acceden con más dificultad al prestigio literario (entiéndase: ciertos sellos, ciertos reconocimientos, cierta notoriedad) que los nacidos una década antes. Se pretende visibilizar a algunos narradores poco conocidos para la mayoría. No se han encargado textos para la ocasión ni se han elegido sólo cuentos. Así pues, aparecen también recopilados fragmentos de novelas. De modo que esta antología es ante todo un toque de atención.
Conviene advertir que entre los ausentes se echa de menos al propio autor de la selección (y de un libro de relatos sorprendente, Los que duermen), quien se ha mantenido al margen. Entre los presentes, destaca el cuento —inédito— de Irene Cuevas (1991), desolada crónica de la desintegración de una familia y el espacio que habita; o el de María Folguera, una de las más veteranas, sobre la perversión de la paternidad de un personaje llamado Paul Verlaine. Sorprende lo autoconclusivos que pueden llegar a ser ciertos fragmentos de novela (Soto Ivars, Jenn Díaz, Guillermo Aguirre), conmueve el omnipresente pesimismo de los textos (Víctor Balcells, Julio Fuertes) y las inevitables referencias a la actualidad (Cristina Morales, Candeira).
Antologar a autores vivos en el principio de sus carreras supone un riesgo evidente. Con los años veremos si el buen criterio lector de Gómez Bárcena es comparable a su talento como narrador. Mientras tanto, este libro es de obligada lectura para quienes no quieran perderse nada.»

Care Santos, El Cultural, 6 de diciembre de 2013
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Momentos creativos

«No es fácil encontrar en la historia de la literatura narradores precoces capaces —como hiciera Rimbaud con su poesía o Mozart con su música— de crear obras geniales en plena adolescencia. Más bien parece que el cuentista y el novelista consiguen sus grandes obras tras un largo proceso de aprendizaje, de disciplina y acaso una alta dosis de tenacidad. A los veinte años Kafka ya tenía escritos de cierta envergadura, a los veinticinco publicó sus primeros relatos, pero es alrededor de los treinta cuando su obra se hace más sólida y escribe algunos de los textos más relevantes que continuarán hasta su temprana muerte. El propio Vila-Matas confiesa en Fuera de aquí que, con treinta años, tras haber publicado cuatro libros y apenas recién iniciada su obra, pensó en dejar de escribir. Pero esa decisión que, afortunadamente, no llegó a tomar, llevaba implícita una acción creativa que le conduciría a configurar su particular mundo literario. A partir de los treinta o cuarenta años parece que disminuye la reorganización de las neuronas implicadas en funciones como el aprendizaje, la consolidación de conocimientos o determinadas pautas emocionales. Por eso se dice que el máximo apogeo de nuestra creatividad está en torno a esa edad y es en ese momento cuando se generan las ideas más importantes de nuestro desarrollo cultural. No es casual entonces que, al igual que le ocurrió a Kafka con trabajos que más tarde concluiría, en ese momento surgiera en Vila-Matas la idea de hacer su catálogo de bartlebys aunque lo escribiese mucho después. Esta demora, en la que hay un largo proceso de maduración, es frecuente en muchas grandes obras literarias pero la génesis de estos grandes proyectos suele estar alrededor de esa edad que ahora nos parece joven.

»El libro que nos ocupa es una antología que reúne algunos de los mejores fragmentos de novelas y relatos de catorce narradores menores de treinta años con una trayectoria en narrativa muy definida y, en muchos casos, avalada por importantes premios. Más que la edad actual de los escritores, quizás habría que fijarse en la edad con la que publicaron estas piezas que ronda de media los veintiséis años, siendo el más precoz Julio Fuertes Tarín, cuyo relato fue premiado cuando tenía veinte años. Es una muestra —como defiende Juan Gómez Bárcena en su magnífico prólogo— de que en España algunos escritores jóvenes hacen una literatura de gran calidad. Los estilos y los intereses de los autores son necesariamente heterogéneos. Aquí se habla de las relaciones familiares, de la infidelidad, de la inadaptación social, de las obsesiones y de la soledad. Hay textos deliciosamente irreverentes, otros con fuerte carga poética y otros en los que abundan la ironía, el cinismo o el humor abierto. Descubrir autores jóvenes que son capaces de desplegar un gran talento narrativo nos hace presagiar un futuro prometedor para nuestra literatura. Ahora no podemos aventurar cuántos de ellos tendrán la convicción de ser escritores, cuántos perseverarán en su empeño, cuántos contarán con el apoyo de las editoriales; pero, lo más probable, es que en un futuro próximo podamos seguir disfrutando de la lectura de grandes obras escritas por alguno de los autores o autoras que participan en esta antología.»

Ricardo Reques, Diario Córdoba, 7 de diciembre de 2013
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Bajo treinta / √öltima temporada

«Académicos y lectores, tened esperanza: no todos los menores de treinta años única y exclusivamente saben escribir blogs y confesionarios abiertos en sus perfiles de las redes sociales, includias ingeniosas frases en menos de 140 caracteres: también escriben novelas, relatos, cuentos, ensayos e historias que van más allá de la superficialidad de la urgencia contemporánea. O, como mínimo, saben reciclarla en potenciales manuales de estilo que recordaremos dentro de varios años.

»La generación de nuevos escritores, de la sobreinformación, la sobre-lectura y los (sic) sobres, quizá no tenga la chispa automática de generaciones pasadas, mucho más naturales al enfrentarse a la hoja en blanco con menos cantidad de referencias, pero son, a la postre y en la actualidad, algunas de las voces más prometedoras del territorio patrio al enfrentarse, ahora, a su hoja de Word. Tanto en el caso de Bajo treinta como de Última temporada, tanto Salto de Página como Lengua de Trapo deciden recopilar, a medio camino entre el alegato editorial de su propio sello, la antología apresurada y la labor de rastreo entre la juventud que proyecta en ciernes algunos de los, a buen seguro, mejores trabajos literarios de los años venideros, más de veinte escritores jóvenes, nacidos en ya en democracia, atados a los nuevos medios de difusión y producción literaria, y sin sobrepasar, en ningún caso, los 33 años como mucho.

»Con algunos autores coincidiendo en ambas ñu-antologías, entre extractos de novelas ya publicadas o que están por venir y relatos sueltos, inéditos o escritos exclusivamente para la ocasión, entre lo más destacado de este dream-team pura proyección nos podemos encontrar con la honestidad 2.0 de Aixa de la Cruz, Laura Fernández y Marta González Luque, desvelando todos los gags de la nueva chavalada y los aplican a la nueva métrica narrativa en sendos relatos; la negrura políticamente incorrecta tanto de Matías Candeira como de Juan Soto Ivars (dos de los nombres más premiados y reconocibles de esta antología y del llamado nuevo drama); la inclusión de gags de la cultura popular para una narración tan descriptiva y contemporánea como ingeniosa y urgente en manos de Jimina Sabadú; la sapiencia lírica, entre sensualidad y costumbrismo, de Irene Cuevas; la micro-novela de moderneo cuasi físico-antropomórfico de Miqui Otero; o una suerte de texto que entrecruza autobiografía, ensayo, crítica y novela en primera persona, en manos de la granadina Cristina Morales. Chavalada nui, sí.»

Alan Queipo, Notodo, diciembre de 2013
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Bajo treinta

«Leer completamente una antología tiene, a veces, su recompensa. Al lado de textos, de escritores que una conoce, se suman otros, valiosos, recién leídos. El prólogo impecable de Juan Gómez Bárcena nos presenta su selección de catorce autores y catorce relatos (algunos, parte o capítulo de novelas), un conjunto heterogéneo que consigue acercarnos a la literatura inmediata, actual y, sin duda, interesante que se está haciendo entre nosotros. Todos, el prologuista también, tienen menos de treinta, por lo que cuentan con mucho en común, y está bien leerlos unos junto a los otros, para apreciar, una vez más, sus diferencias.

»Así, el quinto capítulo de la novela Leonardo, de Guillermo Aguirre, que abre la antología, invita no solo a la búsqueda y lectura de su novela sino a la continuación de lo que vendrá en nuestra antología. Extrañeza y apertura extralímites en "Piedras", de Cristian Crusat, mucha vida, vida de la buena en "Los hombres que miran", de Irene Cuevas. Luz entrando por la ventana del aula, (ventanas por todo el libro), en "Cualquier cosa viva" (maravilloso título) de Almudena Sánchez. Reminiscencias de autores que los precedieron, desde Carver a Tizón, Capote, Cheever… lectores de relatos en todo el espectro. Referencias, nunca antes tantas, visuales, musicales, una realidad muy subjetiva en ocasiones, ganas de inventar y de contar, preguntas, ganas de lenguaje en la boca, en el cuerpo, en lo que tocan y finalmente, en lo que escriben.

»La longitud de los textos, su lectura rápida se agradece, lejos de esas antologías mastodónticas en las que una se pierde como en enciclopedias y estudios costosos. En este librito, las medidas están bien tomadas, imprescindible para hacerse una idea, para disfrutar de algunos buenos relatos, de un estupendo prólogo, descubrir, al menos, una o dos joyitas, alguna relectura, y descartar también, sobre gustos, los colores. Trayectorias marcadas por el género, el híbrido de géneros, el gusto por la ciencia ficción fantástica, el apocalíptico escenario de moda, la cultura popular mezclada con la extrañeza, hacia la novela o el humor negros, como la de Matías Candeira, María Folguera, Juan Soto Ivars, Aixa de la Cruz. Personajes de edad similar a la de los propios autores, senos familiares, urbanismo también familiar en los relatos "Yo no iba a venir", "Delfines", "Yo mataré monstruos por ti", "Vietnam", e incluso historias fantásticas como "La viuda", de Jenn Díaz o "Una deslumbrante muestra de esplendor heterogéneo", de Julio Fuertes.

»Los narradores de este libro han escrito mucho a pesar de ser jóvenes, han publicado a pesar de seguir buscando su estilo, según los propios autores, de dilucidar de qué y cómo quieren escribir, de ser, tal vez, capaces de hacerlo, y se han hecho a sus lectores a base de tenacidad, de trabajo. Sin hablar de grandes promesas, como pide el prologuista, creo que algunos de ellos llegarán a ser mucho mejores escritores de lo que son ahora. Lo cual, leyendo el resultado de este libro, es una excelente noticia.»

María Cabrera, Culturamas, 29 de noviembre de 2013
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Bajo treinta, VV. AA:

«Hoy, gracias a los muchos y fabulosos avances en las varias ciencias que componen la narratología, sabemos de buena tinta que son sobre todo dos las hebras que tejen la literatura: lo que se dice y lo que no se dice. Existe siempre la tentación de confundir lo que no se dice con lo que se calla lo cual, por supuesto, es un error morrocotudo. Callar implica una cierta volición, querer ocultar con el silencio algo que, por las razones que fueren, no se quiere o no se puede sacar a la luz. No decir, es un espectro más amplio: ahí cae la ignorancia, el descuido, el desinterés o la sujeción a ciertas normas que componen la costumbre y arman la verosimilitud, pero también, claro, todo cuanto entra en la callada: la mentira, el disimulo, el encubrimiento, el tapujo y cualquier forma de silencio que haya sido moldeado o filtrado por la voluntad.

»Quienes no hayan seguido de cerca los avances de la teoría literaria en el último siglo desconocen hasta qué punto esta sobria dicotomía de «lo que se dice» vs «lo que no se dice» ha costado sangre sudor y lágrimas a algunos de los más finos analistas de esta provincia de la cultura que es la literatura. Para llegar a ese concentrado de sutil sabiduría, muchos hombres grandes, medianos y pequeños han pasado noches en vela, a veces literalmente, devorando libros inmensos y escribiendo libros más inmensos todavía hasta llegar a la elegante conclusión de que esta es una forma perfectamente válida de enmarcar toda la literatura habida y por haber y hasta la no habida o la que no tendrá lugar.

»Dicho esto —sobre lo que volveremos— Bajo treinta quizás no debiera analizarse como una obra literaria, aunque si hay que ponerle un nombre, desde luego tendría que ser el de literatura. Pero el nombre se le dará por los materiales que componen el artefacto y no por el conjunto en sí. Decir que una antología es literatura es como pretender que una casa es un montón de ladrillos o que un ser humano es un conjunto de células montado con relativo buen tino. Digamos ya que las antologías, por lo menos en cierto modo, nunca son una obra literaria —a pesar de que no puedan ser otra cosa— sino más bien herramientas de indagación. Algo así como sondas que exploran un sector determinado y que dan cuenta de lo que sucede en tal o cual sitio, en determinado momento o bajo un cierto nombre en el que el lector, se supone, encuentra algún interés.

»Incluso cuando se trata de una antología de obras de un mismo autor no existe en ellas nada parecido a una conclusión o a una posición literaria, salvo aquellas que haya querido proponer el antólogo y que siempre irán en contra de la pureza de la observación. La selección, que es inevitable, condicionará necesariamente la función de la antología como muestrario. Toda antología, sin embargo, está forzada a partir de una conclusión, por ejemplo, de una idea acerca de lo que es la literatura o de una idea acerca de qué es la literatura de calidad, y dicha conclusión, inevitablemente, ofrece al lector un horizonte limitado de aquello que pretende representar.

»En el caso de una antología como esta Bajo treinta nos encontramos que los dos parámetros que acotan el libro son, por un lado, la característica exigida a los autores (una edad determinada) y, por otro, la selección y las ideas acerca de la literatura del antologista: Juan Gómez Bárcena, que además de antologista es un escritor notable y probablemente la ausencia más flagrante de su propio catálogo. La modestia tiene estas cosas, mire usted, aunque yo, que en términos generales estoy dispuesto a darle la razón al señor Gómez Bárcena en todo lo que sugiera, creo que ahí se ha equivocado, porque la modestia es suya, pero el libro es del lector, que no participa en ella. Cuestión de opiniones.

»Consciente del carácter arbitrario de su trabajo como antologista —y hasta se diría que incluso algo azorado por él—, Gómez Bárcena ha querido oponer cierta resistencia al natural excluyente de la antología. Ha aflojado las costuras del género y, aunque los textos que se recogen son siempre breves, no se ha limitado a cuentos sino que, cuando lo ha considerado oportuno, ha preferido escoger fragmentos de obras mayores, bajo la premisa de que un cuento no es una novela que no ha podido ser ni un novelista es un cuentista que se ha puesto el pantalón largo, es decir, que hay novelistas que lo son por vocación de escribir novela y no por haber podido superar el estado larvario del cuentista y que, por lo tanto, lo mejor de su escritura estará mejor representado en un fragmento de novela que en un concentrado de narrativa escrito ex profeso y corriendo sobre el filo de una coartada.

»La sensación es que Juan Gómez ha tenido muy presente esa cierta función fiscal que es propia de la antología y ya en el prólogo advierte que, de lo que aquí se trata, no es de intentar configurar una generación, tal y como se nos han enseñado las generaciones literarias. No es una foto de familia, ni el mapa de un movimiento, sino más bien, como decíamos, una cala, una sonda que se lanza en un punto concreto y de la que no se espera que devuelva una teoría unificada de la literatura contemporánea, sino que arroje información sobre lo que se encuentra en su camino.

»Decíamos que Bajo treinta no debe considerarse como una obra literaria, aunque esté hecho de obra literaria, porque su función no es «crear» literatura, sino captar, reunir, recopilar y ofrecer información literaria para que sea el lector el que, a partir de ahí, pueda extraer sus conclusiones desde unas instrucciones básicas. «Esto es lo que se escribe en este país cuando se es joven y se escribe». «De esto se habla en este país cuando se es joven y se escribe»; «Así es este país cuando se es joven y se escribe».

»En las primeras líneas del prólogo Juan Gómez se lamenta de que la juventud parece haberse convertido en un defecto en España, al menos en lo que a literatura se refiere. Yo no sé hasta qué punto la queja es justa o, al menos, no sé hasta qué punto es justa si se compara con otras épocas. ¿Ha habido momentos en los que la juventud haya sido una moda literaria? Por supuesto que sí. El romanticismo, por ejemplo, se prendó de la juventud. También la época de las vanguardias, que es quizás la hija más reconocible del romanticismo. Juan Gómez alude incluso a una época mucho más cercana, apenas una década atrás, cuando eso que se llama «industria editorial» decidió que en este país había jóvenes que escribían y que eso que escribían lo escribían lo bastante bien como para merecer sus premios y sus publicaciones.

»Podemos hacer el ejercicio de pensar qué puede haber cambiado desde aquellos momentos gloriosos de la juventud a estos días nuestros en los que, es cierto, los escritores jóvenes sobreviven en la vida literaria gracias al empeño de unas pocas editoriales empeñadas en dar espacio a estos autores que no llegan a la treintena. En este sentido el catálogo de autores y editoriales representadas, aunque breve, es bastante exhaustivo: Salto de Página, Xórdica, Menoscuarto, Páginas de Espuma, Lengua de Trapo, la desaparecida Libros del Silencio y alguna más (que me tendrá que perdonar el descuido) forman un frente reconocible de defensa de la juventud, aunque esto de frente de la defensa de la juventud sea un nombre horrendo, como de señoras con pieles y hucha en ristre que piden moneditas agrupadas en patrullas y rondas de maitines.

»¿Qué ha cambiado? ¿Por qué los autores jóvenes parecen haber quedado relegados fuera de los grandes premios y marginados de las editoriales más potentes? Por supuesto, una de las primeras razones será, ay, la crisis. Las editoriales no piensan tanto en triunfar con algún nombre hasta ahora desconocido como en salvar los muebles y las cuentas apostando por los autores seguros. Yo no sé si ahora a usted le dará un no sé qué de pudor eso de leer lo de «autores seguros» como si hubiese algo seguro en esta cosa de los libros, pero ya sabe que no es algo que haya que tomar literalmente. Llamamos autor seguro (ponga usted las comillas donde le venga en gana) a aquel en el que ya se ha hecho la inversión de los premios, el que ya haya conquistado alguna columna más o menos regular en algún diario de buena tirada y para el que el tema de la promoción vaya, por lo menos, un poco más rodado. ¿Se les puede culpar por ello? Esto de los libros, al final, es una industria y un negocio y la pasión, para bien o para mal, siempre ha sido el patrimonio de los pobres.

»Pero la crisis no puede ni debe explicarlo todo. Más allá de ella habrá que pensar si existe quizás un cierto descrédito de la juventud y, por qué no, si existe un cierto divorcio entre la juventud y la literatura. El primer supuesto pertenece a la sociología. El segundo a la literatura, al menos en esa forma que tiene el nombre «literatura» que dibuja sombras extrañas como las antologías o las revistas de crítica.

»Antes hemos mencionado dos periodos dorados de la juventud, el romanticismo y las vanguardias. Es probable que podamos establecer una serie de paralelismos entre ambos periodos. Ambos son periodos de renovación, sí, aunque también lo fue, por ejemplo, el neoclasicismo (nos parece que no, pero sí lo fue, y puedo demostrarlo). Pero hay diferencias. Una diferencia está en que la renovación del clasicismo estaba forjada en una cierta serenidad que, personalmente, no puedo entender sin la disolución del individualismo. El neoclasicismo partía de una concepción del arte que muchas veces tiende incluso a lo pedagógico, porque se concibe desde una función social. No es aquí la función social lo que nos interesa, sino cómo esta actúa como disolvente de ese impulso individualista. La presión resultante dio lugar al romanticismo, en el que el individuo se libera hasta crear la forma del artista moderno, esa gemación extraña que, para bien y para mal, ha resultado tan decisiva en la posterior evolución del arte. Creo que hay cierto paralelismo entre el romanticismo y su relación con la ilustración y las vanguardias y su relación con el último (y no más brillante) periodo del realismo. El centro de la cuestión es el individualismo, con sus mejores y sus peores consecuencias.

»En este tajo que hace Bajo treinta en la literatura contemporánea no me interesa demasiado hablar acerca de si existe o no calidad literaria. En estas páginas de Factor Crítico hemos hablado ya de varios de los autores y de las obras que aparecen en la antología, por lo que vamos a asumir que nuestra parte en la defensa de la literatura joven ya está mejor o peor cumplida. Así que, en lugar de hablar de si existe o no buena literatura hecha por jóvenes en este país vamos a aprovechar la ocasión para pensar en qué clase de literatura hacen esos jóvenes. Vamos a aprovechar la ocasión para repasar, aunque sea de forma muy rápida, lo que dicen y lo que no dice esa nueva literatura.

»Y es que, sin querer, ni mucho menos, abogar por la idea de una generación, grupo, escuela ni zarandajas semejantes, resulta sorprendente la importancia de la melancolía en los textos breves que aquí se reúnen.

»Leonardo, la novela de Aguirre, el primer texto de esta antología, trata sobre un individuo que, esencialmente, es incapaz de asumir su incipiente madurez, lo sigue un texto de Víctor Ballcells que habla de la relación de un joven con su abuelo, continúa un cuento de Matías Candeira que, a pesar de estar envuelto en sarcasmo, no deja de tratar sobre una serie de individuos que están a punto de morir… Sea por el ambiente, por el tema, por la forma de tratar el paso del tiempo, etc, es posible que sólo "Yo no iba a venir" de Cristina Morales, escape a esta profunda nostalgia.

»Y esto, claro, no tiene nada que ver con la literatura, porque Bajo treinta no es una obra literaria, aunque no merezca otro nombre y aunque no esté echa de nada que no sea literatura. Pero aquí no estamos hablando de literatura, aunque no hablemos de otra cosa. Un ejemplo, Belfondo, de Jenn Díaz, que también está incluida en esta antología, es una maravillosa (repito, maravillosa) muestra de literatura y es también, al mismo tiempo, un libro profundamente nostálgico: un libro que mira hacia otro tiempo y que se mueve con otro tiempo también, con un tiempo que ya no existe, salvo en la memoria, en la añoranza y en las obras de una serie de escritores que no han llegado a la treintena.

»Así que, de esto hablan los jóvenes que escriben en España. De esto hablan y, por correlación, de esto mismo no hablan: ahí tiene usted los huecos para leerlos si quiere. Recuerde siempre que en todos los libros la mitad del espacio lo ocupan renglones en blanco y que usted paga por el conjunto. Recuérdelo al notar que los jóvenes que escriben en este país hablan, casi obsesivamente, de lo que ha pasado. Poco, muy poco, de lo que está por venir. Producen libros que, aunque muchas veces estén barnizados por la ironía, parecen aspirar más a la sabiduría que a la pulsión desordenada del artista. Apenas hay extravagancia en este libro. Apenas hay desorden individual. Los jóvenes que escriben en nuestro país han madurado una prosa sensata. Acierta bien Juan Gómez en el prólogo cuando señala que esta generación se ha librado del influjo de ciertas corrientes americanas y vuelve a tornear frases subjuntivas y bien pesadas. Ni uno solo de los textos aquí reunidos cae en el vicio de la retórica.»

Miguel Carreira, Factor Crítico, 26 de noviembre de 2013
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Bajo treinta. Antolog√≠a de nueva narrativa espa√Īola

«La editorial Salto de Página sigue apostando por la nueva narrativa española en su Colección Púrpura, esta vez en forma de antología, Bajo treinta (Madrid, 2013), en la que Juan Gómez Bárcena selecciona y prologa una colección de catorce narraciones de otros tantos escritores españoles que no han superado todavía los treinta.

»El proyecto surge, como cuenta en el prólogo Juan Gómez Bárcena, también narrador (Los que duermen, Salto de Página, 2012), con la voluntad dar voz a un grupo emergente de narradores ausentes de los catálogos de los grandes sellos editoriales en español, una narrativa de autores jóvenes que por desconocida tiende a considerarse de peor calidad o simplemente, a ignorarse.

»No es fácil ser joven en estos tiempos convulsos para lo profesional, y la generación de los 80 se enfrenta a una encrucijada me atrevería a decir que decisiva para las delimitaciones de nuestro futuro. Si en otros ámbitos de la sociedad, más accesibles al gran público, como el deporte, la moda o incluso la música, el talento ha llevado al éxito a nuestros compañeros de aulas, la visibilidad de la generación mejor formada de este país tiene todavía una losa sobre la espalda en el camino intelectual, una espada de Damocles apuntándonos en cada esquina con el dedo acusador hacia quien tiene todavía la vida por delante. Te llaman porvenir, porque no vienes nunca, como decía el poeta.

»La voluntad de Gómez Bárcena en la colección de relatos y capítulos de novela es precisamente señalar a una generación capaz también de postular a la modernidad desde las humanidades, desde el arte, desde la literatura, con la confianza de quienes escriben el presente sin esperar a que llegue su momento. Bajo treinta no reúne catorce currículums brillantes de futuras promesas, sino que establece un camino que ya está siendo recorrido por autores con trayectorias incipientes, sí, pero propias, personales, presentes. Esa es quizá la pregunta de una generación, cómo dar el golpe, cómo volcar una formación intelectual amplia y en funcionamiento constante ante los discursos de la desesperanza y las actuaciones de la depresión, generalmente disparados desde aquellos que sostienen el poder y se resisten a depositar la confianza en la nueva generación. Y en las páginas de Bajo treinta tenemos un buen ejemplo, una salida del laberinto para el talento y la calidad de un imaginario preparado para sacarnos del embrollo moral de este inicio de siglo XXI.

»Como toda antología, la elección fragmentaria de autores y relatos aleja al lector de las mitologías personales de obras que en muchos de los narradores presentes son ya consistentes. Aunque termine destacando la sensación de pertenencia de los relatos que presenta, no hay en la propuesta del antólogo una voluntad estética de creación de grupo o etiqueta literaria, como acostumbran las antologías canónicas y las definiciones de generación, sino que se plantea como una nómina heterogénea de propuestas literarias unidas exclusivamente por el arbitrario criterio de la edad. Relatos cortos, capítulos de novelas, actos teatrales recorren las páginas de la antología con temas diversos y preocupaciones centrales como las relaciones adictivas de Leonardo, de Guillermo Aguirre o “Piedras” de Cristian Crusta, o las vinculaciones familiares de “Yo mataré monstruos por ti” de Víctor Balcells, “Los hombres que miran” de Irene Cuevas o el fragmento de Belfondo, de Jenn Díaz. Realismo mágico, realismo sucio, realismo desgarrador, serie B, narrativa fantástica presentan resultados estéticos en muchos momentos encontrados, pero que no se olvidan de unos tópicos de época que emergen en la inconciencia de la narración y que configuran el universo literario de los narradores de menos de treinta años.

»Una generación sin generación y una propuesta literaria con catorce propuestas literarias y una insistencia en el individualismo estético de la postmodernidad, sobre la que dicho sea de paso, estoy de acuerdo. Aunque a veces quien escribe se plantea si ese puñado de nombres, si ese puñado de tópicos y definiciones necesarias para conformar un imaginario de época, de grupo, de estética, del que siempre huimos como emblema de que hemos matado a nuestros padres, no acabará siendo la solución para establecer definitivamente el valor intelectual real del imaginario literario que se postula en las páginas de Bajo treinta, una muestra excelente de las posibilidades de la literatura de quienes comenzaron a construir sus mitologías con las Olimpiadas de Barcelona 92. Hay que gritar por algún lado, matar monstruos por ellos, o como en el relato de Matías Candeira, meter la mano de aquel que quiere rebajarte el sueldo en una triturada de papel, como quien habla del tiempo, del tiempo que queremos.»

Víctor Manuel Sanchis Amat, Revista cultural Salitre, 25 de noviembre de 2013
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¬°Eureka!

«Para mí la literatura no tiene nada que ver con la edad. Es decir, se puede escribir bien —lo que para mí es escribir bien— con independencia de la edad que se tenga. La juventud no es para mí ningún merito en sí ni un motivo para desconfiar o sospechar. Se puede ser un genio o un mediocre con veinte años. Y con treinta. Y con cuarenta. Y con cincuenta.

»Con esto no quiero decir que crea que esta antología sea innecesaria. Ninguna lo es. Me hubiera parecido igual de bien una de escritores manchegos o de coleccionistas de sellos. Lo que me importa es el resultado, no el motivo que los reúne. Me parece muy bien que Juan Gómez Bárcena haya seleccionado y nos presente a un grupo de escritores que como él han nacido en la década de los ochenta y que por edad representan a “la nueva narrativa española” y que gracias a este libro podamos conocer una parte de “su más joven presente”.  Lo que realmente me sorprende es que haya hoy en día alguien con menos de treinta años interesado en la literatura. Sólo por eso ésta antología es una muy buena noticia. Y un alivio. Hay alguien ahí.

»Estoy de acuerdo con Juan en la conveniencia de una antología como ésta para dar a conocer, hacer visibles, darles publicidad y difusión a unos autores a los que —por su juventud— los “grandes sellos” editoriales ignoran. En reconocer el valor de nuevas editoriales independientes que están dispuestas a publicarles y darles una oportunidad. Y también —aunque eso Juan no lo dice— que en cuanto puedan —tal vez antes de cumplir los cuarenta— alguno de esos autores firmarán un contrato con una editorial “grande” y brindarán con cava por subir a primera división. Pero eso forma parte del juego y no quita para reivindicar “el trabajo” de las editoriales “Indie” y su necesaria existencia: los que hoy tienen menos de veinte pasado mañana tendrán menos de treinta y necesitaran a alguien que les publique si es que queda alguno que crea que la literatura sirve para algo.

»Pero a lo que iba. Para mí esta antología tiene el mismo valor y fin que cualquier otra: darme la oportunidad de descubrir a un buen escritor que no conocía. Un nuevo nombre que apuntar en mi libreta de libros pendientes. Y de los catorce autores seleccionados hay dos que ya conocía: Matías Candeira y Juan Soto Ivars. De Matías ya hablé en su momento, siendo “En la antesala” —el cuento que se incluye en este libro— uno de los buenos relatos que tiene su irregular libro Todo irá bien. Y de Juan se incluye un texto inédito: “La última obra de arte” —que es el prólogo a su novela El futuro no os recordará, que escribe desde 2008 y que me confirma lo que ya sabía: su enorme talento y estilo personal que espero no abandone por conseguir que le lean amas de casa o funcionarios en el metro.

»De los doce restantes he apuntado con asombro y sincera alegría de ¡Eureka! los de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. De ellos —tras esta brillante presentación— espero poder leer los libros de relatos y novelas que han publicado y espero también no perderme lo que hagan después. Y me han parecido excelentes por uno: no hacer de la literatura algo abstruso, o dos: no convertir a la narración en la simple trascripción de un vídeo doméstico.

»Y es que en general parece que entre los escritores jóvenes hay dos tendencias o estilos mayoritarios. Por un lado el gusto por la narración abstracta, simbolista, subterránea o incluso psicodélica; premeditadamente enrevesada con tal de no hacerla caer en lo sencillo o evidente. No reniego de que en los relatos pueda haber un cierto —e incluso saludable— componente metafórico, pero no me gustan los cuentos que, abusando de la extrañeza, acaban no siendo otra cosa que un arcano inextricable.

»La otra tendencia que parece también repetirse es la de pretender hacer de los cuentos la reproducción narrada y fidedigna de un cortometraje en el que no pasa nada. Un realismo de lo cotidiano que curiosamente es todo lo contrario a ese enrevesamiento cubista y excéntrico. Pero pasar a ese extremo creo que tampoco es la solución porque la literatura; escribir no es hacer una copia de Dogma 95. Convertirla en eso es desvestirla, desnaturalizarla, hacerla inocua, anodina, inane. La literatura no es simplemente la narración fría, plana y deshidratada de unos hechos.

»Ya sé que la literatura es un recipiente maleable en el que cabe todo; que cada estilo puede tener sus seguidores; pero me resisto a que a cualquiera de esas dos tendencias se les otorgue otra cosa que no sea el visado de turista. Para mí lo peor que puede pasarle a la literatura es uno: que se convierta en un lugar con acceso restringido, un lenguaje extraño que lleve a la frustración; o dos: que no sea otra cosa más que una pálida naturaleza muerta que no conmueva, no provoque ninguna emoción, ninguna reacción en nuestro sistema nervioso.

»Por eso me quedo con los textos de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. Por su sensibilidad, riqueza y profundidad; por su lenguaje salvaje, impactante, vertiginoso e hiriente, por reformar el costumbrismo y en un nuevo territorio hacer neo-realismo agridulce, por su desbordante imaginación, humor desbocado e indiscutible talento; por su ironía metaliteraria y su personalidad.

»No nos basta con una píldora que tenga proteínas y aminoácidos líricos. No somos astronautas más allá de Orión. Necesitamos comida de verdad y no un chicle de nicotina.»

Luís Borrás, Entretanto Magazine, 22 de noviembre de 2013
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Lean a estos jóvenes

«La sospecha que rodea al término "joven". ¿Es cierto el discurso de que la literatura joven española está en crisis? La responsabilidad del mercado en la invisibilidad de escritores emergentes (y las pequeñas editoriales independientes como salvadoras). La responsibiliadad también de los propios autores «jóvenes-no-interesados-en-el-presente.» «¿Reconocerían como clásicos en vida también a Joyce, a flaubert, a Cervantes?» Juan Gómez Bárcena va planteando todos estos asuntos con habilidad en el prólogo de Bajo treinta. Antología de nueva narrativa española. Pero sus reflexiones perderían cualquier fuerza si no sucediera lo que por suerte sucede: que al pasar la página 21, cuando el prólogo termina, el lector se olvida por completo de la arbitraria generación «bajo treinta» y de los mercados asfixiantes y, simplemente (y porque la calidad de los textos lo permite), se entrega a la lectura de , en general, buenos relatos que no caben en estas líneas breves. Merece verdaderamente la pena leer, por ejemplo, «La viuda» de Jenn Díaz. Junto a ella, María Folguera, Guillermo Aguirre, Víctor Balcells o Julio Fuertes Tarín. Un consejo: no se los pierdan.»

P. Torres, ABC Cultural, 2 de noviembre de 2013
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Bajo treinta

»Menos de treinta años, trayectorias dispares y un denominador común: mucho talento narrativo en una corta trayectoria vital. Las letras españolas tienen el  relevo asegurado.

»Tener menos de treinta años no implica necesariamente una carencia de experiencias vitales o aplomo narrativo. Esa obviedad cristaliza de manera rotunda en el volumen que edita ahora Salto de Página, y que incluye muestras del talento de un grupo de autores españoles bisoños en recorrido, pero sustanciosos en el verbo. Juan Gómez Bárcena, Guillermo Aguirre, Víctor Balcells Matas, Matías Candeira, Irene Cuevas, Cristian Crusat, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, María Folguera, Julio Fuertes Tarín, Marta González Luque, Cristina Morales, Aloma Rodríguez, Almudena Sánchez y Juan Soto Ivars son los protagonistas de esta compilación. Gómez Bárcena, por ejemplo, editó su primera novela con tan solo dieciocho años. Aloma Rodríguez, perteneciente a una familia de letras, fue talento FNAC hace unos meses con su primera novela, Solo si te mueves, en la que se aprecia la influencia de Félix Romeo. Junto a los autores más consolidados aparecen varios compañeros de viaje y generación, cuya valía podrá empezar a atisbarse en esta breve salida a la superficie.»

Zona de obras, 21 de octubre de 2013
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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