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reseñas y críticas El escondite de Grisha
El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun

«Después del relativo éxito de sus dos anteriores novelas, Rojo alma, negro sombra y Mujer abrazada a un cuervo, premios Celsius 2009 y 2011 respectivamente, Ismael Martínez Biurrun da con El escondite de Grisha un paso más en una carrera que gana peso a cada nueva entrega. En ella explora una nueva fórmula narrativa sin sacrificar señas de identidad arraigadas como la solidez en la construcción de sus personajes, el cuidado en la elaboración del lenguaje o el sutil uso de los elementos genéricos para enriquecer la trama.

»El escondite de Grisha está contada en primera persona por Olmo, un trabajador recién llegado a una biblioteca de Madrid donde conoce a Grisha. Un joven de poco más de diez años que mantiene un curioso ritual en sus visitas diarias. Olmo y Grisha inician una relación de amistad que les terminará conduciendo hasta Ucrania, el país de donde procede Grisha y en el que se encuentra un niño de su edad con el que mantiene una insólita conexión.

»La elección de Olmo como narrador protagonista no es gratuita sino que responde a una necesidad expositiva: se desnuda a través de una serie de revelaciones para, a medida que se acumulan y se aproxima el desenlace, dejar al descubierto sucesos, contados o sugeridos, que ponen en cuestión su veracidad. Unos hechos que, también, terminan por definirle; por lo que cuenta y, sobre todo, por lo que deforma. Pero no es lo único que merece la pena destacar de esta elección.

»Olmo es un contador de historias orgánico: interpela asiduamente al lector de su relato, proporciona pistas (hasta el punto que en la página 54 él mismo autocuestiona su verosimilitud), cambia el tono de su exposición de manera esporádica… Incluso autojustifica el uso de ciertos componentes retóricos que Martínez Biurrun suele trabajar especialmente, caso de las metáforas (página 47). Aunque frente a la sobreabundancia de estas en ciertos pasajes de Mujer abrazada a un cuervo, aquí su uso es más comedido. Quizás porque una narración en primera persona se presta menos a ciertos excesos. También he de confesar que, a pesar de esta mayor mesura y lo que he disfrutado con Olmo, la trama me ha satisfecho menos que la de Mujer. Más compleja, con mayor número de elementos mejor integrados.

»Como muestra que fondo y forma van siempre de la mano, que cada capítulo, cada página, cuentan, abundan los pasajes sobre los que merece la pena detenerse, caso del siguiente

»Y en el comienzo de mi historia, me deslizo a toda velocidad. Pedaleo colina arriba, colina abajo entre campos de arroz. Tengo quince años y una bici de carreras Orbea con la que corto en zigzag los veranos bajo el ímpetu de mis piernas kilométricas. Son los días en los que el vértigo funciona de manera inversa, asaltándome cuando me detengo. Así que vuelo, me escapo. El niño huye del hombre en que se convierte cuando se queda quieto.

»que resume ese frenesí con el que se vive durante la infancia y que se pierde a medida que se “madura”.

»Por último, en la trama es fundamental la catástrofe de Chernobyl, cuyo 25 aniversario se celebró el año pasado y que se ha visto también en otras novelas publicadas en los últimos meses. Por ejemplo, Emilio Bueso utilizaba ampliamente la zona controlada alrededor de los restos del reactor en algunos los pasajes más impactantes de Diástole. Y sus consecuencias también son parte sustancial de Cielo rojo, novela juvenil de David Lozano publicada a finales de 2011. Un coincidencia que pone de relieve cómo marcó este hecho a la generación que creció en la década de los 80 y se nutrió de los temores despertados por el accidente. Lo que ya no es casualidad es cómo el género gana importancia en la literatura contemporánea española. Un proceso imparable al que se suman cada vez más jóvenes autores y que está dando novelas tan estimables como esta (y otras muchas que no lo son. Pero ese es otro asunto).»

Ignacio Illarregui, C, 21 de abril de 2012
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En la niebla

«En el mundo de las siluetas, el hogar de la niebla, cualquier cosa es a la vez lo que sugiere y lo que oculta. Cuando nos enfrentamos a una silueta, nos enfrentamos siempre a una incógnita, un acertijo que, como todo buen acertijo, solo ofrece un contorno. La respuesta, la debemos encontrar en nosotros mismos.

»En ese mundo de siluetas, en ese vagar por la niebla, cuestionándonos, a cada paso, que es lo que vemos, parecen encontrarse “El escondite de Grisha”, su protagonista, Olmo, y su autor, Ismael Martínez Biurrun.

»Cuando un autor te viene recomendado por activa y por pasiva como gran autor pueden suceder dos cosas: decepción o confirmación; pero difícilmente sorpresa. Con Ismael, pues efectivamente he llegado tarde a su fiesta, me ha sucedido lo segundo. Y también lo menos esperado, la sorpresa.

»Creo que ha sido así porque en este territorio de nadie que debemos completar, como Olmo, con metáforas, la sorpresa es la mejor antorcha con la que alumbrar el camino. Y sigo con las metáforas, porque parecen invadir a uno cuando intenta aproximarse a desentrañar “El escondite de Grisha”. Y es que parece protegerse para evitar que lo descifren.

»Pero hagamos un esfuerzo.

»Dos cosas debe dominar el gran autor: el cómo y el qué. La primera se bifurca a su vez en dos sendas, el estilo y la estructura, esto es, lo insustancial, lo metafísico del texto, que responde solo al hechizo de la palabra, y lo sustancial, o, mejor dicho, la ordenación de lo sustancial.

»Ismael domina con maestría estas dos caras del cómo. En primer lugar, su estilo es continente y contenido en sí mismo, porque no simplemente es vehículo de la historia sino que dota en paralelo a la narración de otra fuente de significado, más esotérico e impreciso. En segundo lugar, la arquitectura de su narración dosifica con mano maestra el qué; entiende todas las reglas del ritmo y conoce también cuándo hay que iluminar la trama y cuándo conviene sumirla en tinieblas.

»Con estas dos facetas, “El escondite de Grisha” sería ya una novela notable, pues un cómo bien trabajado, en sus dos vertientes, es motivo más que suficiente para deleitarse en este peculiar inefable (¿placer?, ¿religión?, ¿alimento del alma?) que llamamos literatura. Ahora bien, con un qué como el que se nos ofrece damos un paso más allá de la buena literatura y nos encontramos en la gran literatura.

»De alguna manera, esta historia de un huérfano (triple huérfano podríamos decir, y no contamos más por no arruinar sorpresas) y su peculiar padre adoptivo (Olmo, nombre más que adecuado, pues no deja uno de imaginarse su alma como un árbol hueco y desnudo) contiene ese fantasma histórico que fue la segunda mitad del S. XX, fantasma porque, quemada ya una década del XXI, ya está muerto y fantasma porque, aun cuando estaba vivo, era la sombra de otros horrores, de otras pesadillas de las que solo podía reclamar su silueta.

»Con precisa imprecisión, arriesgando en la sugerencia, en contra de esa obsesión tan malsana (y arraigada) que es pedirle certezas a los sueños, Ismael Martínez Biurrun nos regala una pieza única que es a la vez obra de orfebre y de poeta. Brochazos de genio y milimétricos trazos de arquitecto.

»He llegado tarde a la fiesta, sí. Pero, desde ahora, no me perderé ni una.

»PD: Curiosamente, las tres obras del fantástico español del pasado 2011 que más me han impresionado hasta la fecha (a saber: “Cuerpos Descosidos”, “Diástole” y la presente), narran (al menos, en buena parte, pues “Cuerpos Descosidos” es una novela peculiar hasta en sus narradores) en primera persona del presente, capturando la inmediatez de la vida. Ríos que corren paralelos sin saberlo, configurando lo que luego llamaremos “rasgos compartidos de tal o cual generación”. Acertijos en la niebla. Siluetas aguardando respuesta. »

Ángel Luis Sucasas, reseña.org, marzo de 2012
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El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun

«Se viene distinguiendo en los últimos tiempos Ismael Martínez Biurrun en los territorios de la narración pura, satisfactoria, en el que la hondura no se disfraza en un exceso de artificios, centrada en el placer reflexivo para el lector. Con El escondite de Grisha da un paso más hacia la madurez como narrador sólido, muy suelto y de lectura agradecida, disminuyendo un tanto en este caso respecto a anteriores obras la dosis de fantástico, para incrementar unas gotas de componentes de thriller y una mayor ambigüedad psicológica en los retratos de caracteres respecto a las ya satisfactorias Rojo alma, negro sombra y Mujer abrazada a un cuervo.

»La novela tiene como punto fuerte el narrador en primera persona, construido de forma sólida y con voz propia, confusa en ocasiones, límpida en otras. Olmo, simplemente Olmo, vive ante nuestros ojos una convincente metamorfosis, que en realidad es retorno y enfrentamiento con su propia naturaleza, a través de la relación con Grisha, un muchacho adoptado procedente de la Ucrania cercana a la central de Chernobyl. Se encontrarán en reconocibles tardes anodinas de biblioteca de barrio, que darán paso a una relación progresivamente más estrecha.
Porque ambos inadaptados —el gigantón convertido en ese un tanto improbable bibliotecario, el chaval escondido entre libros para eludir su realidad— se atraen inmediatamente en medio de la repulsión generalizada, y ligan de manera inexorable sus destinos. Poco a poco, la relación da paso al descubrimiento del pasado de ambos: la agresividad sólidamente cimentada de Olmo y la soledad desgarradora de Grisha se apoyarán mutuamente como dos borrachos que caminan hombro con hombro en un delicado equilibrio.

»Ambos se verán obligados a romper con todo y salir en busca del pasado de Grisha para que al menos uno de los socios sea capaz de sobrevivir. La novela tiene sus mejores páginas en páginas de road movie paneuropea y alucinada, en la que me parece sentir ecos del Picnic Extraterrestre de los hermanos Strugatski, hacia un final catártico del que aún surgirá una coda demoledora.

»Por su estilo puro pero evocador, la contundencia de sus escenas de acción, las aportaciones sobre un tema generacionalmente significativo como Chernobyl, la ternura de algunos de sus secundarios —en particular es interesante la relación de Olmo y Euge— y la autenticidad de los sentimientos que plasma, El escondite de Grisha deja en la memoria el regusto de texto valioso, de secreto que es necesario compartir.»

Julián Díez, La Tormenta en un Vaso, 15 de febrero de 2012
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El escondite de Grisha

«Aunque Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972) tiene ya en su haber tres novelas, solo ahora descubro el narrador cuajado y de calidad que desconocía en El escondite de Grisha. De entrada, este libro llama la atención por la personalidad de su mundo literario, al margen por completo de los asuntos habituales en nuestra narrativa última. Algo se debe esta impresión a que ofrezca puntos de contacto con el relato fantástico, tan poco frecuentado por las letras castellanas, y esté trufado con fenómenos paranormales. Pero el motivo fundamental debe buscarse en la firmeza con que se cuenta una anécdota psicologista fuera de modas e intemporal: una buena, original y desasosegante historia de almas trastornadas.

»El escondite de Grisha refiere un argumento claro. El bibliotecario Olmo Lasa conoce en su trabajo a Grisha, un extraño niño ucraniano adoptado por una familia española fallecida en accidente, y establece con él estrechos vínculos. Esta relación le complica en la muerte del tutor del chico, Amer, un mafioso del Este. A consecuencia del homicidio y también arrastrado por la necesidad de Grisha de revivir las circunstancias de su nacimiento, Olmo viaja a Chernóbil con el niño. Aquí, el hombre padece situaciones límite que, superadas, suponen la liberación de viejos traumas.

»Esta trama unitaria se desarrolla con la disposición clásica de planteamiento, nudo y desenlace, pero ese eje principal se ramifica y da entrada a diversidad de historias y personajes. Olmo vive una relación amorosa con la policía que investigó un oscuro episodio de su pasado, a la vez que dirige su narración, en primera persona, a Julia, la psiquiatra que antaño le atendió más allá de lo profesional y cuya muerte pesa en su conciencia. En cuanto a Grisha, su terrible historia descubre los abismos tenebrosos de la condición humana.

»Los personajes aportan conflictos de alta intensidad que llegan al trastorno enajenante en Olmo y Grisha, quienes, cada cual por su lado, asumen una dimensión trágica. A Olmo le pesa el parricidio cometido con 15 años. A Grisha, el que no sea quien creía, hijo de un héroe de Chernóbil, sino el desvalido ser a quien su padre vendió con meses por dinero. Así, la pareja, algo forzada, se justifica bien. Ambos personajes tienen trazas de símbolos del desasistimiento y encarnan variantes del arquetipo del fugitivo acosado por la expiación de la culpa.

»Asuntos tan complejos y densos suponen el reto de convertirlos en materia novelesca atractiva que sortee el doble riesgo de la especulación y lo abstracto. Lo supera Martínez Biurrun con atinados recursos. La excepcionalidad de los personajes se contrapesa con una cualidad de individuos concretos y comunes. El fondo onírico y la atmósfera de pesadilla conviven con un dramatismo intenso y con la narración verista de los sucesos, magistral en el impactante episodio de la adopción del niño. Un soporte de intriga mantiene vivo el interés de la historia Creativas imágenes enriquecen una cuidada prosa comunicativa. El énfasis dostoievskiano y el hondo existencialismo no restan veracidad ni emoción a la inquietante tesis del libro: por tal puede tenerse la creencia del traumatizado bibliotecario de que “todos somos huérfanos”.»

Santos Sanz Villanueva, El Cultural, 6 de enero de 2012
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Escribir con los ojos cerrados

«Dice Aristóteles en ese manual fundacional de narrativa que sigue siendo la Poética que, en lo que a la verosimilitud de un relato se refiere, se debe preferir lo imposible verosímil a lo posible creíble. Esta regla de oro, que a primera vista parece adaptarse como un guante al género fantástico, es, sin embargo, la base que debería sostener cualquier historia, sea cual sea el género en que esta se encuadre, en tanto un relato funciona siempre como imitación (más o menos distorsionada) de la vida. El pamplonés Ismael Martínez Biurrun lleva cuatro novelas haciendo verdaderos malabarismos sobre la fina línea que separa lo verosímil de lo increíble. Hasta ahora, siempre ha resultado ileso; de hecho, es precisamente ese sentido del riesgo —junto a una prosa impecable y una férrea voluntad por trascender las fronteras del género, de cualquier género— lo que lo ha convertido, a día de hoy, en una de las voces más sólidas, inconformistas e imprevisibles del fantástico español actual. Con El escondite de Grisha, su siguiente novela tras la impecable Mujer abrazada a un cuervo, Martínez Biurrun ha ejecutado el que probablemente sea el salto mortal más osado (y temerario) de su carrera hasta el momento.

»La trama de El escondite de Grisha se sustenta en la amistad que se establece entre Olmo, un bibliotecario de espeluznante pasado recién llegado a una biblioteca infantil, y Grisha, un niño de origen ucraniano y carácter huraño, usuario de esta misma biblioteca. El elemento fantástico irrumpe en la cotidianidad de Olmo cuando descubre el asombroso don que permite a Grisha comunicarse con otro niño a kilómetros de distancia: escribiendo en un cuaderno con los ojos cerrados. No es, sin embargo, en este quiebro perturbador donde Martínez Biurrun se la juega —todo lo que concierne a Grisha está contado con la habilidad y la elegancia que parece ya marca de la casa—, sino en el desarrollo más terrenal de la trama. Concretamente en un par de escenas que tienen como vector principal la muerte y que definen las motivaciones de Olmo para hacer lo que hace. Verdaderos puntos de giro en su sentido más canónico, es en estos momentos de descarnada humanidad donde el talento de Ismael Martínez Biurrun se la juega —como ya ocurría en Mujer abrazada a un cuervo, pero quizás con menos intensidad— y marca la diferencia con respecto a otros cultivadores del género menos osados. El triunfo, por lo tanto, es mayor.

»Ni este caminar sobre el alambre ni nada de lo que sucede en El escondite de Grisha es trivial, y prueba de ello es la estrategia narrativa que Martínez Biurrun emplea para defender en su relato estos y otros instantes tanto o más peliagudos: esta es la elección de Olmo como narrador en primera persona del presente, recurso que no sólo condiciona la información que el lector va obteniendo de la novela, sino que, sobre todo, ayuda a construir una atmósfera de neblinosa irrealidad que (con)funde personaje e historia y que, finalmente, termina por derribar cualquier frontera entre ese imposible verosímil y ese posible creíble al que aludía Aristóteles. Cualquier cosa que suceda en la cabeza de Olmo es la realidad, y en esta máxima radica la auténtica y transgresora concepción del fantástico que maneja El escondite de Grisha. En este sentido, la cuarta novela de Martínez Biurrun es la obra de un narrador en plenas facultades, que ha aprendido a construir sus historias de dentro a fuera de sus personajes —lo que lo acerca al mejor Shyamalan en el cine— aún a costa de renunciar a una parte de sus potenciales lectores —la frialdad de Olmo como narrador puede ahuyentar a un tipo de lector acostumbrado a las amabilidades del mainstream, la escena de la granja, de lejos lo mejor del libro, puede no responder a todas las preguntas que ha sembrado la trama, tal y como cierta literatura nos ha (mal)acostumbrado—. La mejor noticia es que El escondite de Grisha no parece marcar el cenit de nada: las mejores novelas de Ismael Martínez Biurrun aún están por llegar.»

Rubén Sánchez Trigos, Otro Lunes. Revista hispanoamericana de cultura, 10 de enero de 2012
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El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun

«Ismael Martínez Biurrun es un hombre tranquilo que escribe historias fantásticas tan cercanas a la realidad que producen desasosiego. Con un gran control del lenguaje y de la narración, nos presenta una obra rica en matices emocionales que van más allá del género fantástico, y del thriller.  Novela dura, arriesgada, de personajes al límite que huyen de sí mismos sin saber que en el fondo lo que inician es una carrera por ordenar sus instintos, sus propias vidas.  Misterio e intriga policial se dan la mano en esta magnífica escapada (como si de una road movie se tratara) hasta los mismísimos tuétanos de la radiactiva y contaminada Chernóbil.

»La novela nos cuenta la historia de Olmo, un hombre solitario y gris, marcado por un pasado bastante borroso, y que es incapaz de definir sus propios sentimientos.  Huyendo de ese pasado, comienza a trabajar en una biblioteca pública, donde espera volver a reordenar su vida.  Pero nada más lejos de lo esperado pues allí conoce a un singular e introvertido niño de diez años llamado Grisha, que pronto atrae su atención: siempre solo, alejado del resto de niños, y que de manera repentina y con los ojos cerrados, escribe sobre su cuaderno en extraños caracteres cirílicos lo que parece ser el diario de otro niño que no conoce.  Olmo no contaba con volver a verse reflejado en la mirada dura de un niño, y no puede evitar convertirse en su protector.

»Grisha es un niño ucraniano adoptado, dos veces huérfano, y que ahora bajo la protección de un allegado familiar con turbios negocios, ha aprendido a protegerse por sí solo y a esconder sus secretos.  La sombra de los malos tratos hace que Olmo intervenga en su trayectoria.  De ese encuentro, y del asesinato que juntos cometen, surge un viaje de redención, una huída hacia delante en busca de respuestas que creen posible encontrar en la profunda Ucrania, donde Grisha podrá localizar a sus verdaderos padres.

»El autor ha levantado una inquietante historia, dramática, sobrecogedora, dónde los personajes por el mismo hecho de ser atípicos, se nos hacen cercanos e identificables tanto en sus fuerzas como en sus debilidades.  Biurrun ha desarrollado un ejercicio narrativo encomiable a fuerza de intensidad, donde el lenguaje sin ser complejo ni rebuscado, fluye armonioso, imaginativo y poético.  El tiempo presente en boca de Olmo como narrador de la historia, nos da sensación de inmediatez y de agilidad, haciendo que los lectores nos sintamos más cerca de los conflictos que lastran al protagonista.

»Es un verdadero deleite ir pasando las páginas de este libro, un perfecto regalo para el lector ávido de sensaciones, de metáforas, de espectros y de experiencias psicológicas, de bellas imágenes y de recónditas identidades.  Los elementos fantásticos que trabaja el autor se convierten en exclusivas herramientas que permiten adentrarnos en la mente del personaje.  Los aspectos del thriller mantienen la tensión narrativa hasta resolver la trama.  Las reflexiones del narrador nos abren al profundo abismo de las carencias.  En definitiva, el autor nos demuestra sobradamente su capacidad para mezclar géneros rompiendo los esquemas que los delimitan, para hacer una escritura de calidad, para practicar una literatura de riesgo de la que se ha convertido en referente obligado.»

Benito Garrido, Culturamas, 3 de enero de 2012
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El escondite de Grisha

«Hablar de El escondite de Grisha pasa, necesariamente, por sus personajes. Es curioso que en una obra donde podemos destacar la precisión y la madurez de la prosa, el estilo propio que el autor es capaz de imprimir a la narración, la originalidad de la trama, la fuerza de los escenarios y la precisión con la que los elementos presentados van convergiendo hacia el final, entre otras cosas, tengamos que claudicar y centrarnos, principalmente, en los personajes. Pero es que El escondite de Grisha es, en gran medida, estos.

»Por supuesto, el propio Grisha, ese misterioso niño de origen ucraniano que ha traído su propio mundo imposible a Madrid y que sirve de eje para ese juego ambiguo de fantasía realista que tan bien sabe manejar Ismael Martínez Biurrun. Pero, en mayor medida, también Olmo, el narrador y el vehículo de la historia, el verdadero protagonista aun siendo en apariencia quien acompaña al primero.

»La elección de la primera persona como modo narrativo es la primera clave, aunque hay que aclarar que no es una mera opción formal. El autor no se ha limitado a conjugar verbos de una determinada manera, sino que ha dejado que la naturaleza del personaje impregne toda la historia, que sus ojos den forma al escenario. Y no era una tarea sencilla, ya que Olmo no es solo un personaje peculiar, sino uno rico en matices. Es algo que queda claro desde el arranque, pero que se confirma con cada paso que da la historia. Descubrir a Olmo, lidiar con sus fantasmas, es una experiencia tan apasionante que te arrastra página tras página.

»El resultado es una novela a quemarropa, que exige al lector una cercanía que es la que hace que se estremezca a lo largo de la trama. Y hablo de estremecerse porque estamos ante una historia melancólica, épica pero con claros tintes fatalistas, que emociona desde lo pequeño, que es como se construyen las cosas grandes.

»La magnífica prosa de Biurrun seduce desde la primera página, con esa primera descripción que no es solo un alarde de oficio como escritor, sino una pieza clave del puzle que se va a desentrañar a lo largo de la novela. Un laberinto de pasiones color ceniza cimentado en personajes muy humanos, únicos. En definitiva, una obra muy recomendable. Por muchos motivos.»

Juan Ángel Laguna Edroso, OcioZero, 17 de diciembre de 2011
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El miedo de lo cotidiano puede ser fantástico

«Ismael Martínez Biurrun publica su cuarta novela, confirmando su capacidad para generar atmósferas de inquietud y elevándose como autor de referencia nacional en el género del terror introspectivo

»El terror con que arma Ismael Martínez Biurrun su imaginario no está habitado por monstruos, noches relampageantes ni chirridos. Su propuesta está lejos de los clichés clásicos, muy cerca de uno mismo. Tan próximo, que aterra. Así lo apuntaba en su primera novela (Infierno nevado, 2006), de esa forma lo fue madurando en las dos siguientes (Rojo alma, negro sombra, 2008; Mujer abrazada a un cuervo, 2010) y así lo remata en El escondite de Grisha.

»Como en las obras precedentes, junto a su capacidad para la recreación de atmósferas perturbadoras, Martínez Biurrun despliega la virtud de entremezclar esferas históricas y psicológicas distantes apriori que, agitadas en una coctelera de referencias y encuentros, acaba despuntando por la originalidad de planteamientos. Una virtud a la que suma el tacto para administrar losmisterios que encierran cada una de las historias y con lo cual cierra círculos literarios que en otras manos correrían el riesgo de presentar aristas en el verismo.

»En este caso, el punto de partida es el Grisha que da título a la novela y el encuentro de este niño de diez años adoptado y dos veces huérfano con Olmo, un bibliotecario del centro al que el chaval acude diariamente para ahuyentar sus miedos. La vinculación soterrada del primero con su familia original a miles de kilómetros de distancia y el oscuro pasado del segundo que incluye un historial de muerte y trastornos, acaba convirtiéndoles en aliadas necesarios para redimirsemutuamente en un viaje interior y otro físico desde un barrio acomodado de Madrid hasta una minúscula localidad rural de Ucrania.

»El músculo adquirido por Martínez Biurrun (no sólo en la articulación de las tramas, sino en el manejo de los códigos) es evidente. Lo ratifica el inventario de premios cosechados en su abultada trayectoria que incluyen dos galardones Celsius de la Semana Negra de Gijón o el premio Nocte de la Asociación Española de Escritores de Terror, pero sobre todo en la forja una voz propia en un terreno tendente al estereotipo grotesco.

»Es posible que ese caminolo haya encontrado no ya a partir de las referencia bibliográficas que laten en éste y los relatos precedentes, sino en su bagaje cinematográfico. Especialista también en la escritura y desarrollo de guiones, el navarro se escora hacia esa banda, haciendo factible dar en su escritura más con ecos de Night Shyamalan que de Lovecraft y poder jugar así en la misma liga de José Carlos Somoza o Albert Sánchez-Piñol. Un autor de género capaz de extraer el terror que destila cada uno compartiendo la reflexión que el protagonista de El escondite de Grisha vuelca en la propia novela: "Vuelvo pensando que la ciudad es un cuerpo hinchado y cubierto de cicatrices. Si te fijas bien, las heridas todavía exudan una grasa blancuzca y antropomorfa: somos nosotros".»

Teri Sáenz, La Rioja, 30 de septiembre de 2011
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El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun

«Entre todas mis lecturas al cabo del tiempo, varios son los autores  con los que me voy  quedando con su nombre para leer todo lo que publiquen, sea en el género que sea. Y remarco esta última parte de la frase. Me da igual que sea terror, fantasía, novela negra o realismo, lo que me interesa es su forma de escribir, en cómo me cuentan la vida y obra de los personajes y me da lo mismo la etiqueta que luego le coloquen.

»Uno de esos autores es Ismael Martínez Biurrun, que con El escondite de Grisha llega ya a cuatro novelas publicadas (más algunos relatos, aunque no es un género en el que se prodigue, en Aquelarre (Salto de Página) o en Hombre Lobo (451 Editores), y todas ellas tienen alguna característica muy destacable. Si bien es cierto que tras leerlas todas, a unos nos gusta más esta o aquella, pero TODAS ellas son merecedoras de elogios y alabanzas por la exquisita forma en que se nos presentan.

»Las aventuras de Olmo el bibliotecario y Grisha son un nuevo paso adelante en la prosa de Ismael. Poco a poco va abandonando las gotas de fantasía que salpimentaban sus dos anteriores novelas, sin olvidarse del todo de ello, y sigue conformando un collage realista con sus personajes que es lo que realmente nos interesa. Los matices de sus vidas, de sus perfiles, de su interacción. Y cómo va desarrollando la trama, cómo nos va dejando con la ansiedad de conocer qué les ocurre, por dónde van a trascurrir sus caminos.

»La novela está contada desde la visión de Olmo, un tipo harto curioso que ejerce de bibliotecario y que descubre entre los visitantes a un chaval también con características poco normales. Grisha es un introvertido niño con un estremecedor pasado y la extraña capacidad de escribir en cirílico, un idioma que desconoce, durante los arrebatos que le hacen garabatear en una libreta, poseído por una suerte de comunicación extrasensorial que a medida que avance la trama terminará por resolverse. Aunque el niño sea el protagonista del título, no es equivocado decir que es Olmo sobre el que gira todo el eje de la historia. Es el aglutinador de todas las sensaciones, de todas las esencias, e incluso de todas las escenas. Claro, eso es debido a la manera elegida para contarnos la trama, que como ya he señalado está narrada con Olmo con narrador, por lo que es lógico y normal. Quizá pensemos que esto podría hacer que nos llegáramos a cansar de él, pero tiene tal magnetismo su personaje, que quieres seguir viendo con sus ojos.

»Ismael pertenece asímismo a una generación que tiene varios hitos o desgracias históricas marcadas en la retina. Compartimos esa visión histórica, con hitos como la caída del Muro de Berlín, el 11S, y un desastre nuclear que marcó y seguirá marcando a generaciones venideras, que no es otra que el desastre de Chernóbyl. Y al igual que en un libro precedente, Diástole de Emilio Bueso (otro autor de esta generación), tendremos algunos episodios enmarcados en este paraje ucraniano.

»Así pues, El escondite de Grisha es la confirmación por parte del autor navarro de que tiene voz propia en su prosa, que sigue absorbiendo al lector y haciendo que tenga la tentación de no despegarse de sus páginas para seguir conociendo a los personajes, para mí uno de los puntos fuertes de Ismael. Y si se quiere fomentar la lectura entre los jóvenes, que se olviden de agobiarlos con los clásicos, que busquen lecturas e historias más cercanas, a buen seguro que disfrutan mucho más con Grisha, amén de que si quieren escribir sus propias novelas, tendrán un claro ejemplo de cómo se debe hacer.

»Espero ya con ganas la siguiente. A ciencia cierta de que nos seguirá embelesando.»

Fernando Martínez Gimeno, Athnecdotario incoherente, 2 de diciembre de 2011
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El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun

«Ismael Martínez Biurrun nació en Pamplona en 1972. Ha publicado varias novelas: Infierno nevado, Rojo alma, negro sombra, Mujer abrazada a un cuervo,... Con este último obtuvo el Premio Celsius en 2011. Según menciona la editorial en la solapa del libro... "Vive en Madrid, muy cerca de una biblioteca pública".

»Y es que es una biblioteca pública el lugar en el que comienza la historia en El escondite de Grisha (Editorial Salto de página), en el que se conocen los dos protagonistas principales: Olmo y Grisha, Grisha y Olmo. Olmo llega a la biblioteca pública para ocupar su puesto. Sus compañeros le ponen al tanto de las obras de la institución y de lo habituales de la biblioteca. Y le hablan de Grisha, un niño muy especial, centro de las burlas y risas de los demás niños. En la biblioteca y cada tarde, Grisha entra en una especie de trance en la que, con los ojos cerrados, escribe de forma frenética y compulsiva en un idioma que no conoce, el ucraniano, lo que parece el diario de otro niño. ¿De otro Grisha? Pero Olmo, con su enorme estatura, más que dejarlo tranquilo, como le recomiendan, se erige en su protector. El niño, de diez años, llama su atención con esos enorme ojos en los que Olmo ve reflejado su propio dolor.

»Grisha nunca miente, como él mismo dice, pero con Olmo, el narrador, siempre se tiene la sospecha de que oculta algo, de que no cuenta toda la verdad. La incertidumbre, y la angustia se apodera del lector, que no sabe muy bien a qué atenerse y anda inicialmente un poco perdido... La locura y el sinsentido parecen al límite. Olmo además se dirige a alguien que no aparece en la novela y cuya identidad no se desvela hasta muy avanzada la historia. Las incógnitas se van revelando y el mundo de dolor y sufrimiento tanto de Olmo como de Grisha se nos va mostrando.

»Desvelar todos los misterios de la novela, en la que lo fantástico y sobrenatural juega un importante papel, engancha hasta el final. Y estos misterios abarcan las muchas incógnitas del pasado de Olmo, la tragedia de Chernóbil y sus consecuencias, los "liquidadores", el pasado, presente y futuro de Grisha. ¿O es que el verdadero Grisha no tiene futuro? Y a la búsqueda de respuestas inician su viaje hasta Ucrania, su huida tras el asesinato que ambos han cometido. Y en ese viaje descubrirán, y con ellos el lector, que tras un ser aparentemente monstruoso puede surgir, esconderse, lo bello, lo elevado, lo más puro.

»Las sensaciones que se experimentan a lo largo de las 251 páginas cubren un amplio espectro, desde la angustia y la incertidumbre, pasando por la desolación, la ternura y la tristeza, hasta el miedo y la indignación. El escondite de Grisha, con un estilo lleno de ricas y originales imágenes, es una muy buena novela que, sin duda, os recomiendo.»

Carmen Forján, Carmen y amig@s, Noviembre de 2011
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El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun

«Ismael Martínez Biurrun es un nombre que probablemente no os suene demasiado, no es uno de los grandes autores consagrados  de la literatura española contemporánea y tampoco pertenece a alguna de esas generaciones que parecen tener la vida de una mosca de la fruta. Sin embargo, tras ganar dos Premios Celsius por sus anteriores novelas, tenía a más de un lector, entre los que me encuentro, con muchas ganas de hincarle el diente a su siguiente novela, El escondite de Grisha.

»La historia es, como siempre ocurre con Biurrun, una mezcla de realidad y ficción: Olmo, un bibliotecario de pasado un tanto misterioso, conoce a Grisha, un joven de diez años, problemático y con un extraño magnetismo. Poco a poco descubre que algo rodea al niño, un aura de irrealidad que le amenaza a través de los Liquidadores, unos sombríos personajes creados a partir de los soldados que dieron su vida para cerrar el reactor de Chernobyl. Porque Grisha es de Ucrania y su padre uno de esos liquidadores. ¿O no? ¿Qué es cierto y qué mentira en sus historias?

»Biurrun consigue una vez más dotar a su historia de algo muy difícil, la verosimilitud de una historia improbable, rozando la ficción absoluta pero dejándola caer pesada como la realidad, guiándonos en un viaje a través de sus personajes cuyo resultado final muestra siempre una ambigüedad cómplice.

»Sin duda son los personajes, Olmo y Grisha, los que llevan la historia sobre sus hombros. Los demás cumplen su papel como acompañantes, sombras, puede que en realidad ni existan y sean producto de la imaginación de Olmo, y ayudan a que las transiciones entre escenarios sean mucho más fluidas y menos áridas. Aquí es donde aprecio una mayor evolución de Biurrun como escritor desde Mujer abrazada a un cuervo, excelente novela, pero cuya protagonista se me atragantaba (reconozco, no obstante, que es una apreciación totalmente personal).

»En resumen, El escondite de Grisha es un libro para aventureros de la literatura, ideal para enfrentarse a una manera de escribir poco practicada en español y que se agradece por su frescura y por su manera de ocultar una historia tan oscura en un envoltorio por momentos brillante. Desde aquí agradecer a Salto de página por arriesgarse con libros como este, todo un acierto.»

Alfredo Álamo, Lecturalia, 7 de noviembre de 2011
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El escondite de Grisha

»Decía el cineasta David Lynch, llevando la contraria a los entendidos, que lo importante de una historia, más que lo que se cuenta o cómo se cuenta, es lo que se agita por debajo de lo contado. Con El escondite de Grisha, Ismael Martínez Biurrun ha aportado una obra inquieta, rica en sugerencias, con gran capacidad para la metáfora. Y en este caso, podemos aplicar el comentario de Lynch: lo más importante es lo que se agita por debajo, lo subyacente, porque la experiencia de la lectura trasciende con mucho la mera lectura literal.

»La mirada de Ismael Martínez Biurrun

»Estas páginas taciturnas, llenas de melancolía –quizás al estilo de Ray Bradbury o Richard Matheson– nos narran el encuentro entre Olmo y Grisha. Son personas atípicas, dotadas de capacidades inusuales, pero Biurrun eludirá saciar de manera inmediata la curiosidad del lector, y por tanto no recurrirá a flashbacks folletinescos que nos ilustren los traumas y poderes de los personajes; al contrario, nos invitará a seguir, a veces de forma críptica, la aventura acompañados por ellos dos, dos seres inusuales que emprenden el camino de su redención.

»Lo que en otras manos hubiera derivado en un relato de suspense lleno de sorpresas, se convierte en manos de Martínez Biurrun en una narración sentimental, bella dentro de su extrañeza, donde los sucesos se siguen con fluidez unos a otros, y no hay lugar para grandes sobresaltos.

»Finalmente, y después de haber disfrutado el misterio, nos daremos cuenta de que en la novela apenas hay elementos sobrenaturales; que toda la magia y la capacidad de evocación no está más que en la mirada de Ismael Martínez Biurrun, que ha sido lo suficientemente convincente como para hacernos ver fantasmas y aparecidos por el rabillo del ojo. Intentaremos, una vez cerrado el libro, retener todas esas presencias con nosotros antes de que se evaporen definitivamente.»

David G. Panadero, Prótesis, 14 de octubre de 2011
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El escondite de Grisha

«Tras tres novelas, dos de las cuales se hicieron merecedoras del premio Celsius de la Semana Negra a mejor libro fantástico del año, Ismael Martínez Biurrun regresa a las librerías con El escondite de Grisha, confirmando una proyección de la que no se adivina límite.

»La novela nos narra la historia de Olmo, un bibliotecario gigantón, con un pasado sombrío, que acaba de entrar a trabajar en la sección infantil de una biblioteca pública madrileña. Allí conoce a Grisha, un niño retraído, de unos diez años, que acude todos los días y, de forma invariable, entra en una especie de trance durante el cual escribe lo que aparenta ser un diario en caracteres cirílicos. Lo más extraño del asunto no es que lo haga con los ojos completamente cerrados, sino que, pese a su ascendencia ucraniana, Grisha no conoce otro idioma que el castellano.

»Poco a poco, salvando con delicadeza las barreras interpuestas, Olmo va involucrándose en el misterio de Grisha, un chaval que, a su edad, ya es doblemente huérfano (de sus padres naturales y de los adoptivos), acogido bajo la protección de un mafioso (antiguo amigo de su padre español) y que por las noches busca a hurtadillas la protección del póster del duende que pide silencio a la entrada de la sección infantil de la biblioteca (y que, por alguna misteriosa conexión, le protege de “los liquidadores”).

»Con el desarrollo de los acontecimientos, se hace necesario bucear en sus orígenes para encontrar la fuente de su maldición, y esta línea de acción apunta a Ucrania, a unos 120 kilómetros al norte de Kiev, a la ciudad abandonada de Chernóbil y las tierras ponzoñosas que circundan el clausurado reactor 4.

»La relación que se establece entre Olmo y Grisha es atípica. Más cercana a una mutua dependencia que a la jerarquía que sería de esperar dadas sus edades respectivas. Porque si bien Grisha vive sumido en una profunda crisis de identidad, pues la única pista que tiene sobre sus orígenes es la medalla de liquidador (así se llamó a los “voluntarios” encargados de la limpieza del desastre nuclear) de su padre… y el diario ucraniano, que describe una vida muy diferente a la suya, quizás la que le hubiera correspondido soportar en Ucrania, lo cierto es que Olmo acarrea sus propios fantasmas y el recuerdo de unos acontecimientos sin explicación que lo han dejado (o quizás sea ésta una condición preexistente) emocionalmente tullido.

»Pecado y redención, enfermedad y cura, hechos y consecuencias se enmarañan, depositando sobre las jóvenes espaldas de Grisha un peso insoportable, heredado de unos padres que apenas conoce, que se manifiesta en amenazantes sombras nocturnas y que sólo podrá ser retirado abrazando su doble vital, el Grisha que pudo ser, corrigiendo a través del conocimiento un error trágico del que no es sino una víctima inocente. En cuanto a Olmo, no le resulta menos opresiva la necesidad, si quiere serle de ayuda a Grisha, de enfrentarse a sus taras internas, aquéllas que oculta ante los demás y ante sí mismo tras pantallas metafóricas para no verse obligado a procesar y analizar lo inconcebible.

»He procurado ser un tanto críptico en mi análisis con tal de no arruinar la experiencia lectora, pues El escondite de Grisha no constituye en modo alguno una lectura de interpretación unívoca. Por añadidura, sería simplón (y un tanto arrogante) tratar de dar una respuesta directa a unos conflictos tan arraigados. Pese a su relativa linearidad, hay en la novela suficientes giros y subtramas (como la de Euge) para proporcionar más material de reflexión de lo que permite abordar la longitud de una reseña. Sin embargo, hay un detalle en el que me gustaría detenerme un momento, y es en la elección del accidente de Chernóbil como punto pivotal de la historia.

»En esto, y no me parece casualidad, como trataré de defender en los siguientes párrafos, se asemeja a otra novela publicada recientemente en la misma colección, Diástole, de Emilio Bueso. Para los que rondamos la edad de Olmo, la fuga radioactiva de Chernóbil constituye un punto de inflexión, un hito en el desarrollo de nuestra percepción del mundo (similar, supongo a la crisis de los misiles cubanos para una generación anterior o al atentado de las Torres Gemelas para una posterior). El propio Olmo describe un recuerdo de telediarios hablando de patrones climáticos y previsión de los vientos, sobre un mapa de Europa manchado por tentáculos de amenaza radioactiva.

»La temida contaminación nuclear no alcanzó físicamente España, pero el concepto de una nube tóxica, invisible, generada a miles de kilómetros de distancia (al otro extremo del mundo por todo cuanto sabíamos, más allá incluso del Telón de Acero), que podía obligarnos a quedarnos encerrados en casa, que incluso podía provocar enfermedades terribles, sí que caló. Y lo peor era que tan poco habíamos tenido que ver con su génesis como podíamos hacer por solventar la papeleta. En otras palabras: en este mundo a veces las cosas se tuercen sin más, y ante determinados desastres no importa lo que hagas, estás vendido. Una descripción tan buena como cualquier otra de la sensación de indefensión existencial que nos embarga en medio de un escenario político-económico empeñado en tratarnos como peleles sin voz ni voto (voto de verdad, no la pantomima que ejecutamos cada X años en las urnas).

»Por último, no quisiera cerrar el análisis sin hacer una referencia al estilo. Está confirmado: Ismael lo ha conseguido; ha desarrollado por completo su propia voz narrativa. Es la voz que pudo apreciarse por primera vez en Rojo alma, negro sombra, y que al evolucionar en Mujer abrazada a un cuervo, para mi gusto, incurrió en pequeños excesos (como cuando se desequilibra el contenido de una bandeja y, si no se cuenta con experiencia, se tiende a sobre compensar). En El escondite de Grisha, por contra, brilla sin deslumbrar, aplicando la intensidad justa a cada expresión, a cada metáfora, a cada vocablo, maximizando el placer puramente estético de la lectura. La próxima, por favor.»

Sergio Mars, Rescepto, 4 de octubre de 2011
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El escondite de Grisha

«El escondite de Grisha es la cuarta novela de Ismael Martínez Biurrun. He leído todas ellas, en riguroso orden de salida, y una vez más compruebo que Ismael nos ofrece una historia de emociones fuertes, personajes en busca de respuestas y carreras a contrarreloj.

»La novela tiene su inicio en el apaciguado ambiente de una biblioteca, aunque el itinerario sigue por calles madrileñas, oscuros prostíbulos, desvencijados apartamentos, aeropuertos europeos, granjas ucranianas y hostales franceses.

»El protagonista, narrador a su vez, es Olmo, un gigante zancudo de dos metros, bibliotecario recién incorporado a una biblioteca pública, el cual me recordó vagamente, en esos inicios de presentaciones y expresión atónita de sus compañeros, al personaje de la película Big Fish, de Tim Burton. El otro personaje, en el que recae la mayor relevancia, es Grisha, en sus dos vertientes (ya lo entenderán cuando lo lean), un introvertido niño con un estremecedor pasado y la extraña capacidad de escribir en cirílico, un idioma que desconoce, durante los arrebatos que le hacen garabatear en una libreta, poseído por una suerte de comunicación extrasensorial que a medida que avance la trama terminará por resolverse.

»Del elenco de personajes secundarios destacaría especialmente a Patricia, una solitaria inspectora de policía, experta en mafias rusas, que rehuye las relaciones de pareja estables; Ricard Amer, dueño de varios prostíbulos y negocios turbios; el enigmático Babka, cuyo tatuaje siempre está presente en la retina de los protagonistas, y Euge, amigo del que Olmo perdió el contacto.

»De todos estos personajes mencionados, muy bien escogidos para interpretar la historia, intuyo la predilección de Martínez Biurrun por autores de la talla del magnífico Bradbury. Tatuajes extraños en la piel de personajes malvados, una pátina de nostalgia en el ambiente, niños que maduran ante la adversidad y reflexivos tutores con singulares afecciones son características también comunes en el maestro estadounidense.

»Así, como en algunas historias de Bradbury, Ismael juega con los fantasmas y las metáforas, la parapsicología y la psicología para tejer una historia compleja con diálogos acertados y bellas imágenes. Capaz de descripciones sencillas que trasmiten cuanto desea (“Viene hasta la cama y se sienta al estilo indio ante mí, con la taza en el regazo, como si yo fuera su programa favorito de televisión”) o retratos precisos (“Visto de frente, el rostro de Emilio es como un cuenco de arcilla roja en el que bailan dos guijarros grises, inexpresivos.”).
El primer incidente en la biblioteca, con los liquidadores, planta la semilla de la incertidumbre, y desde entonces el enigma domina la trama hasta alcanzar el domicilio de los Matsyuk, y más allá.

»Recuerdo momentos memorables, como la descripción del gigantesco sarcófago de Chernóbil, o el escalofrío que sobrecoge a la agente de policía cuando reconoce a los tres personajes en un dibujo que les enseña Grisha. Puedo asegurar que yo también sentí ese escalofrío.

»A esta notable novela solo voy a ponerle un pequeño inconveniente que no lastra su lectura, ni mucho menos. La desgarradora conversación entre el protagonista y uno de los personajes más importantes, previa al punto de inflexión que cerrará la primera parte del libro, se me antoja una escena un poco forzada, aunque el giro que supone, cuando empieza a descubrirse la verdadera identidad de Olmo, consigue hipnotizarme hasta el final.

»Por todo lo anterior, no me equivoco al considerar que esta última obra afianza un poco más al autor como uno de los referentes insoslayables de la literatura fantástica en castellano.»

Óscar Bribián, OcioZero, 30 de septiembre de 2011
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El escondite de Grisha

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido

«Ese Olmo podría ser el narrador y protagonista de El escondite de Grisha, la última novela de Ismael Martínez Biurrun. Tiene profundas heridas que no han terminado de cicatrizar, y está en terapia permanente, exorcizando sus demonios con confesiones disfrazadas de metáforas. Pero llegan las lluvias y el sol, y las hojas verdes aparecen cuando Grisha, un niño ucraniano dos veces huérfano (heridas todavía sangrantes) se cruza en su camino.

»Con esta novela, el autor de Rojo alma, negro sombra y Mujer abrazada a un cuervo, demuestra de nuevo su capacidad para transgredir géneros, o para utilizarlos como pretexto, sin que lleguen a convertirse en el leitmotiv. Y es que el elemento fantástico no es aquí un vehículo, sino el equipaje de mano al que el autor recurre sólo cuando es imprescindible. Más que fusionar los géneros, los entrelaza con naturalidad; la misma que sus personajes tienen para aceptar lo inexplicable, tal y como sucedía con los protagonistas de sus dos anteriores novelas. Ni ellos ni el lector se cuestionan la veracidad de los hechos imposibles, porque simplemente suceden.

»La aventura de Olmo y Grisha, con su  apariencia de pesadilla, no deja de ser un viaje de redención; demasiado cierto para ser bueno. Olmo es una bomba de relojería, y Grisha una cinta de seda alrededor, aunque intercambiarán sus roles según avanza la trama. Quizás haya momentos en los que uno puede tener la sensación de que, por primera vez, el autor haya precipitado acontecimientos, dejando cabos sueltos demasiado evidentes. Es un espejismo, porque nada se le ha pasado por alto.

»En el aspecto narrativo, se agradece que se trate de una novela relativamente corta, ya que nos la traslada en primera persona, bajo el punto de vista de Olmo, con todo lo bueno y malo que implica la densidad del personaje. Como decía, la metáfora es su única forma de expresión, y gracias a esto nos vemos arrastrados por una montaña rusa interminable de frases lapidarias; una prosa de belleza incomparable (lo único para lo que no estamos preparados) sin necesidad de recurrir a un  vocabulario rebuscado. Este es otro de los puntos fuertes, ya que comprobamos la capacidad de Martínez Biurrun para adaptar el estilo en función de la historia y el personaje. Desde Infierno nevado, no había vuelto a recurrir a la primera persona, y aquí lo hace con un resultado abrumador, contándonos los sucesos en presente, con el ritmo y la inmediatez que eso exige.

»De nuevo, una novela imprescindible, un ejercicio de estilo abrumador, un potente uppercut directo a la mandíbula del lector, que descubrirá con esta obra lo que muchos ya intuíamos: nos encontramos ante una de las voces más personales y reconocibles de la literatura nacional.

»Menos mal.»

Darío Vilas Couselo, www.h-horror.com, 30 de septiembre de 2011
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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