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reseñas y críticas El hermano de las moscas
El hermano de las moscas

«En el mundo editorial, pese la crisis, hay una sobreabundancia de títulos. ¿Cómo elegir uno para leer? Las librerías ofrecen una orgía de novedades casi todas las semanas. Tomos que en cuestión de días desaparecen y son sustituidos por otra hornada de obras recién impresas. Por supuesto, el primer criterio es meramente personal. Cada lector tiene sus gustos e intereses. Y busca por los pasillos de las librerías o por las ventanas de su portátil el flechazo de un argumento, el impacto de una buena cubierta. Quizás los críticos literarios (los de los suplementos y los de la blogosfera) motivemos alguna lectura de tanto en tanto. Los libreros también cobran protagonismo en estas decisiones. Yo misma lo viví en La Central: mujeres, hombres y niños que ponen en tus manos el futuro de sus horas de ocio, que dejan a tu albedrío las emociones que los sacudirán por dentro las siguientes semanas. Y luego están las propias editoriales, la confianza que despierten sus catálogos. Las hay que nunca fallan. O muy poco. El lector sabe por experiencia que sus libros son dianas seguras en el centro de la satisfacción, que sus obras son misiles guiados hacia la calidad. Tenemos la fortuna de que en la última década han nacido varias editoriales que responden a este perfil. Hoy selecciono una, Salto de Página. Sus responsables son un bastión que defiende la entrada de manuscritos dentro del catálogo. Aquellos que eligen ya han sido sometidos a pruebas exigentes; ya han demostrado su potencia, su innovación o sus artes seductoras. Recordemos algunos: Mujer abrazada a un cuervo, de Ismael Martínez Biurrun; Diástole o Cenital, de Emilio Bueso; Los que duermen, de Juan Gómez Bárcena; El hombre sin rostro, de Luis Manuel Ruiz.

»Añadamos ahora El hermano de las moscas, de Jon Bilbao. Todos sabemos de casos en los que las familias han de hacer frente a situaciones extremas, en que las teorías de la fuerza de la sangre y de las propiedades poderosas del vínculo sanguíneo deben ser puestas en práctica. Sin titubeos. Sin condiciones. Jon Bilbao aborda este asunto en su primera novela, lanzándonos preguntas a cada página. ¿Tú qué sacrificarías por un hermano enfermo? ¿Y si su enfermedad encerrase un peligro? ¿Y si el peligro consistiese en la transmisión de un sinfín de achaques, molestias y trastornos porque tu hermano se convirtiera –anualmente– en un enjambre de moscas? Bilbao somete a sus personajes a un experimento angustioso. Y lo hace con una prosa magnífica, sobria. Se trata de un narrador de mirada panorámica. De mirada de mosca. No hay ángulo desde el que no contemple el desarrollo de la trama. Esa visión polifocal dota a su novela de profundidad y de realismo, pese a las transformaciones fantasiosas de uno de los hermanos. El lector se adentra en el seno de una familia acomodada del Norte: el padre, jede de seguridad en una refinería; la madre, cirujana; la hija va creciendo con la historia; el hermano maldito, antiguo propietario de un negocio turístico en Tailandia que ha de reconvertirse en jardinero. Las escenas familiares se alternan con los capítulos relativos a las metamorfosis (intendencia, alimentación, limpieza) y algunos episodios donde la naturaleza se torna salvaje (violentas granizadas, un magnífico ataque de estorninos descrito en plano aéreo –y en presente– desde la perspectivas de las aves…). Las cuatrocientas páginas se suceden casi sin darte cuenta. Cuando las terminas sabes que más pronto que tarde volverás a leerlas.»

Ariadna García, El rompehielos, 6 de octubre de 2014
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El hermano de las moscas

«Establecer paralelismos entre esta novela y el famoso relato de Kafka La metamorfosis es inevitable. Comparten elementos comunes, principalmente el planteamiento realista truncado por la presencia de un elemento fantástico, el cual, además, tiene naturaleza de insecto. Este particular no es gratuito: los insectos son seres vivos, móviles y, por regla general, al menos, inquietantes. Poca gente tiene mascotas de este orden, mucha menos aun, moscas.

»Este es uno de los pilares de la novela: la presencia inexplicable de un enjambre de moscas en el hogar de una ordenada familia acomodada es un punto de tensión argumental inigualable cuando dicho fenómeno está ligado al hermano "hijo pródigo" que vuelve a buscar refugio en su seno. La clave de la historia reside, de hecho, en esta dualidad: el elemento perturbador tan utilizado en las historias de terror y de fantasía aquí está ligado de un modo inextricable a los protagonistas. No es un accidente externo al cual oponerse formando dos bandos, buenos y malos, sino una característica que se ha filtrado entre ellos, algo que no se puede "extirpar" sin oscuros sacrificios.

»En cierto modo, este planteamiento hace que El hermano de las moscas sea una novela eminentemente realista, casi de retrato social. La perturbación del sistema, que diríamos los ingenieros, se limita a ser una anomalía, no la regla general. El foco en la narración sigue siendo el mundo, un mundo cotidiano y mundano que Bilbao plasma con mucho acierto. La fuerza de sus personajes, tan asequibles y creíbles como el vecino de al lado, es la que hace que el lector se enganche, la trama avance y la tensión crezca.

»La coherencia del escenario es otro de los puntales del libro. El entorno laboral, social y sentimental de los personajes es respetado en todo momento: el autor no deja que la premisa fantástica interfiera en los mecanismos del mundo contemporáneo. Esto hace que la situación sea todavía más dura, pues la implacable rutina del día a día no hace concesiones a los protagonistas. En El hermano de las moscas estos no obtienen ninguna tregua para afrontar sus problemas, ningún pase especial para actuar como héroes a pesar de enfrentarse a retos hercúleos.

»Cabe señalar que, como señalábamos en Fin, de David Monteagudo, aquí tampoco vamos a encontrar explicaciones sobre el fenómeno que articula la historia. Aparte de resultar innecesarias, atentarían en gran medida contra la propia premisa de la novela.

»Con estos elementos, El hermano de las moscas resulta una novela especialmente indicada para los que disfruten con el desarrollo de personajes y el suspense. La ágil prosa del autor, el singular planteamiento de la historia y el buen pulso narrativo con el que se desarrolla la trama hacen el resto. Un libro de lo más entretenido y recomendable.»

OcioZero, 24 de noviembre de 2011
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El hermano de las moscas

«Puede que el título os recuerde a aquel gran libro de William Golding, El señor de las moscas. Tengo que reconocer que me sentí atraída por él precisamente por el título, que ciertamente es muy llamativo, y que todavía me tentó más al leer su argumento:

»Héctor es un hombre tranquilo que ocupa un cargo de responsabilidad en una refinería de petróleo y vive felizmente casado en una apacible zona residencial. El mismo día en que nace su primogénita, recibe la visita inesperada de su hermano Grego. Éste lleva una vida errática y aventurera en el sudeste asiático, donde malvive de los escasos ingresos de un negocio de alquiler de embarcaciones. Visiblemente enfermo, se retira a descansar al cuarto de invitados. A la mañana siguiente, Héctor encuentra la habitación ocupada por un inmenso enjambre de moscas. No hay rastro de Grego. Desde ese momento la familia se ve inmersa en una pesadilla brotada de su propio seno, horrible y fascinante a un tiempo, que pone a prueba la resistencia de sus vínculos y amenaza la cordura de cada uno de sus miembros.

»Un argumento sugerente, ¿no es cierto? El hermano de las moscas es mucho más. No sólo tiene un argumento interesante y misterioso, sino que en cuanto a estilo y profundidad también supone un estupendo trabajo.

»Pongámonos en la situación del protagonista, que en realidad no es Grego (aunque lo parece). A mi modo de ver, el título se refiere a Héctor, puesto que éste se convierte progresivamente en hermano de esas moscas que van ocupando su espacio vital. Este hombre tiene una vida normal: una mujer preciosa que acaba de tener una hija, un estupendo trabajo, una magnífica casa en una de las mejores urbanizaciones de la ciudad. Sin embargo, no todo en su vida es perfecto, pues su hermano Grego no lo es. Va a ser éste durante toda la novela el que trastocará la paz familiar. Desde un primer momento se nos deja claro que Héctor es un hombre responsable, preocupado por su trabajo y por su familia; todo lo contrario que Grego, un vividor un tanto irresponsable. La relación entre hermanos no es muy buena, y lo será todavía menos en el momento en el que irrumpa en esa paz familiar de la que hablábamos antes. Grego no trae consigo simplemente unos recuerdos lejanos que sacuden a Héctor, también trae un nuevo problema, mucho peor que los anteriores.

»Evidentemente, la desaparición de Grego provoca la tensión entre el matrimonio, pero no sólo esta desaparición sino sobre todo su aparición, ya que Grego aparecerá al cabo de unos días, desnudo, en el suelo de la habitación, y no encontrarán ni rastro de las moscas. Héctor y su mujer llegan a la conclusión de que hay algo extraño en ello, algo que escapa al control de la mente humana, un hecho que es fascinante. Puede que no tenga mucho sentido, en este caso opino que no es en sí esta transformación (o digamos mejor metamorfosis) la que provoca que el libro sea interesante (está claro que es un factor bastante importarte, pero hay otros) sino que Jon Bilbao a través de este hecho insólito nos va narrando cómo transcurre la vida familiar y laboral de la familia.

»Llaman la atención los distintos mecanismos que el autor utiliza para provocar al lector y acaparar su atención. Por ejemplo, cómo está dividida la novela. En este caso Bilbao divide el libro en partes, y cada una de ellas tiene a su vez capítulos distintos. Estas partes están ordenadas cronológicamente, de este modo vemos una cronología, algo que en cierto modo es importante en el transcurso de la novela. Por otra parte, es algo también bastante llamativo el modo de introducirnos en la lectura. Por ejemplo, no sólo encontramos una narración simple, sino que también va a presentar capítulos en los que se nos hace un análisis científico exhaustivo sobre la mosca (esto es algo que otros autores ya emplearon en su momento, véase el caso de Horacio Quiroga, escritor del fantástico latinoamericano y su Almohadón de plumas). Este capítulo es muy interesante, tal vez retrase un poco la acción, pero la verdad es que también puede ser muy útil para conocer comportamientos sobre este insecto y sobre la transformación de Grego.

»Jon Bilbao se centra mucho en los detalles. Como dije anteriormente no se nos cuenta simplemente el hecho de que Grego se transforme misteriosa e inexplicablemente en un enjambre de moscas. En realidad esto parece ser un apoyo para lo que de verdad interesa en la novela: la vida de esa familia, sus acciones, sus sentimientos, los pensamientos que tienen, las relaciones y lazos que se establecen. No sólo conocemos a los personajes principales, sino también a otros que son secundarios, pero que a su manera se vuelven también muy importantes en la historia a medida que va avanzando.

»Nos retrata la cotidianidad rota por esta metamorfosis extraña. Como bien sabemos, en la novela de Kafka se hace un tratamiento totalmente normal de esa situación y en ningún momento se nos hace dudar. Lo mismo sucede con El hermano de las moscas. Llega un momento en el que esa metamorfosis se hace normal, es algo que subyace en la naturaleza de Grego. Él es las moscas, y las moscas son él. No debemos pensar en nada más, debemos centrarnos en esos personajes, en esas acciones, en el tratamiento del argumento.
Puede resultar extraño que Bilbao se detenga en tantos detalles y a veces puede acabar convirtiéndose en un estorbo, pero hay que aceptar lo que expuse anteriormente y es que, en sí, lo que realmente importa es cómo se desarrolla la vida a partir de entonces y por eso es necesario recrearse, regocijarse ante hechos que pueden parecer simples o triviales, sin embargo, en esta novela nada es gratuito.

»Por ello, debo recalcar que si alguien piensa que en esta novela va a encontrar un porqué a ese misterio está equivocado. Me remito de nuevo a los autores del fantástico y neofantástico latinoamericano. No es necesario llegar a una conclusión ni a una solución. Es más importante el hecho que se nos narra, el misterio que envuelve la historia. También señalar lo que dije antes, y es que a veces Bilbao profundiza demasiado y eso puede resultar engorroso para algunos lectores a los que les guste una acción y un desenlace rápidos.

»En fin, una novela altamente recomendable. Jon Bilbao es un escritor que se está haciendo oír gracias a novelas con planteamientos realmente sugerentes.

Elena Montagud, OcioZero, 19 de octubre de 2010
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El hermano de las moscas

«La editorial Salto de Página se ha hecho con un estimable hueco entre las editoriales de nuestro país a base de mimar aspectos como la calidad de sus ediciones, con un refrescante diseño cuidado hasta el detalle más pequeño; su confianza en las colecciones de relatos, ya sea de escritores en solitario o con antologías genéricas y/o temáticas; y su política de autor, entre los que destacan nombres como Carlos Salem, Alejandro Hernández (ganador del premio a la mejor novela histórica de 2009  que concede la Semana Negra) o Jon Bilbao. Este último es, quizá, el gran descubrimiento de la editorial y uno de sus principales valores comerciales tras el éxito de crítica de la colección de relatos Como una historia de terror, que ganó el premio Ojo Crítico de Narrativa del año 2008, y de la novela El hermano de las moscas, ganadora del premio Xatafi-Cyberdark a la mejor novela escrita en España (premio compartido con El mapa del tiempo de Félix J. Palma)

»Mi relación con esta última es, cuanto menos, inconstante. Mi presi, Carmen Pila, me la recomendó hace más de año y medio. Me leí su primer acto y tuve que darle la razón: la presentación de la trama en la que, entre otras cosas, un personaje (Héctor) asiste a la transformación de su hermano (Grego) en miles de moscas y las cuida a la espera de que dicha transformación revierta, resulta opresiva, claustrofóbica, angustiosa… Sin embargo la relación entre ambos personajes, tratada con una distancia elevada, y el estilo con el que Bilbao narra estas primeras 80 páginas, casi tan aséptico como un quirófano de hospital, también me dejaron muyyyyyy frío. Se acumularon libros que reseñar para Prospectiva, la pila comenzó a trazar mi lista de lectura con renglones torcidos… y El hermano de las moscas quedó escondido en la mesilla de noche hasta que hace un mes lo retomé y lo terminé en tres sentadas.

»No he encontrado nada diferente a lo que comentaba antes: frialdad, distancia y contención unidas a una cotidaneidad poco habitual en las novelas de género. Lo que me conduce a una valoración un tanto contradictoria que Ismael Martínez Biurrun resumió así en la reseña que escribió para su blog:

El hermano de las moscas es un libro sombrío, gélido, aburrido, genial.

»La genialidad parte, sobremanera, de su naturalidad. La transformación de Grego queda envuelta en una incertidumbre que no se esclarece y tanto Héctor como su mujer, Sara, se ven obligados a velar por todos los aspectos esenciales de su vida: encontrar un remedio para su mal, buscarle trabajo, preparar un recinto en el que pueda pasar sin peligro su transformación, prevenir que nadie descubra su secreto… Mientras, Grego se preocupa por desempeñar de la mejor manera posible su trabajo, establece relaciones sentimentales, genera un lazo muy cariñoso con su sobrina… El hermano de las moscas es un relato de cómo sobrevive una familia a un drama aterrador sin estridencias ni extravagancias, desde toda la normalidad que puede ser posible ante dicha situación.

»Además la novela brilla por la excelsa construcción de sus tres personajes protagonistas: Héctor, sacrificado por intentar ayudar a su hermano a pesar de la distante relación que tenían en el pasado; Sara, que entre otras posturas manifiesta una imparable curiosidad por el problema de su cuñado; y Grego, que busca una vida normal imposible de conseguir. Tres personas comunes sujetos de una desdicha que se acentúa a medida que surgen nuevos retos y presiones, y tan humanos como ese vecino que tenemos enfrente del que nada sabemos cuando cierra la puerta de su casa. Personajes que no sorprenden pero tampoco defraudan y que evolucionan por una serie de estadios establecidos con una precisión milimétrica que dan fe de lo bien tramada que está El hermano de las moscas.

»Aunque al final se acaba resintiendo de sus principales valores. Existe tanta normalidad, todo sigue una pauta tan lógica y racional, la contención de las emociones se mantiene a un nivel tan elevado… que me ha resultado imposible no distanciarme por más esfuerzo que he realizado. Más cuando se podría haber prescindido de algún episodio y haber acortado la duración en unas 50 páginas.

»Así, El hermano de las moscas resulta el contrapunto idóneo para romper con las narraciones de (cualquier) género que se suelen encontrar en las librerías. Aunque también requiere de una complicidad (muy) superior a la habitual.»

Nacho Illarrregui, Aburreovejas, 21 de julio de 2010
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El hermano de las moscas de Jon Bilbao

«Me consta que Jon Bilbao tenía una dura competencia entre los finalistas del Premio Ojo Crítico de Narrativa 2008, así que habrá que suponerle una gran calidad a su colección de relatos Como una historia de terror, con la que se llevó el gato al agua. Lo que pasa es que yo soy muy mal lector de cuentos y por eso he preferido empezar a conocer a este autor asturiano por su primera (y única) novela, El hermano de las moscas (Salto de Página).
»Cuenta la historia de un tipo que se transforma en moscas una vez al año. Tal cual. Y de cómo es acogido en la casa de su hermano, precisamente en el momento en que su esposa acaba de tener un bebé. Para más detalles del argumento, aquí.
»El hermano de las moscas es un libro sombrío, gélido, aburrido y genial. Sombrío y gélido, porque el argumento, a medio camino entre La metamorfosis de Kafka y La mosca de Cronemberg, está tratado de forma seria y realista. El compromiso del autor con su premisa fantástica es íntegro, y consecuentemente, el tono para abordar semejante historia sólo puede ser dramático, oscuro, claustrofóbico. Imagináoslo. Vuestro hermano se transforma en asquerosos insectos una vez al año, como quien pasa una gripe, pero por supuesto no podéis buscar la ayuda de nadie, porque se trata de un fenómeno para el que ninguna ciencia médica ni de otro tipo tiene respuesta ni tratamiento posibles. Tenéis que ocuparos de él, aseguraros de que ninguna mosca salga volando por la ventana mientras dura la transformación, y mientras tanto, procurar que vuestra hija pequeña no presencie nunca algo que pueda dejarla traumatizada de por vida.
»Pero es aburrido, sí, bastante plomo. La metamorfosis tenía cien páginas, éste tiene cuatrocientas. Aunque esa no es la cuestión, claro. La cuestión es que la trama no avanza porque, en realidad, no existe ninguna trama. La investigación del fenómeno nunca llega a consolidar una línea argumental; no hay misterio por resolver, no hay búsqueda de cura. Cuando vamos por la página ciento y pico ya asumimos que el libro no trata de eso, sino de la convivencia. De los personajes. Personajes que tienen una vida de lo más rutinaria, a parte de las moscas. Sus conflictos son internos: autoestima, carencias de afecto. Cine europeo, digamos. Más cerca de Haneke que de Cronemberg. De Cheever y Carver que de Stephen King. Pero no, tampoco ése es el problema; yo también adoro a Cheever y Carver (ejemplos de cómo un estilo puede ser gélido y al mismo tiempo emotivo, pero también ejemplos de lo difícil que es sostener un relato de muchas páginas con ese estilo). Mi problema es con la manera tediosa en que Bilbao nos cuenta el transcurso del tiempo. Lo siento, admito que se trata de una manía personal, pero no soporto los capítulos que arrancan con expresiones plúmbeas de calendario como: "Llegó el mes de junio..."; "A comienzos de primavera..."; "Con el transcurrir de las semanas..". Ya sé que es una tontería, en realidad se trata sólo del síntoma de algo más grave que es la falta de progresión dramática en todo el bloque medio de la novela. Exceptuando un par o tres de sucesos o episodios brillantes, no sentimos que la historia gana velocidad hasta los últimos momentos (eso sí, la intriga sobre el desenlace es poderosa), y da la sensación de que toda la parte central es un puzle montado con piezas que podrían cambiarse de lugar indistintamente, puesto que apenas les une un vínculo causa-efecto. A Bilbao le preocupa más conseguir un efecto descriptivo de slice of life, mostrar la vida cotidiana de los personajes de forma pausada y fragmentada, que componer un crescendo narrativo de los que te hacen preguntarte qué sucederá en el siguiente capítulo y volver las páginas cada vez con mayor ansiedad.
»Genial, he dicho también. El hermano de las moscas es una novela genial, porque a pesar de la distancia escalofriante con la que el narrador cuenta la historia, se nota que Bilbao tiene una sensibilidad fuera de lo común para las distancias cortas, el gesto, los silencios, en definitiva para hacer visible el drama invisible. Y eso es muy muy difícil. El dominio de lo no dicho es lo que marca la diferencia entre un escritor correcto y uno excepcional, seguramente. Bilbao no sólo se toma en serio la premisa de las moscas sino que sobre todo se toma en serio a sus personajes, y me refiero a todos ellos, incluso a los que aparecen una sola vez y por casualidad; en cierta forma, al hilo narrativo le sucede a veces como al hermano, que se disgrega, no en moscas sino en correlatos y fotografías móviles de esos personajes fugaces, dando un relieve y una verosimilitud extraordinarias al conjunto del relato.
»Otra palabra que me venía a la cabeza mientras lo leía: valiente. Es un libro muy valiente, o al menos me lo ha parecido desde mi butaca de autor que también tontea con lo fantástico. Jon Bilbao disponía de una carta buenísima por el lado efectista, pero ha decidido jugarse la partida a la carta más baja: los personajes y sus miserias cotidianas. Y al final, a pesar de que la lectura se hace larga y exige demasiado crédito al lector, creo que Bilbao ha ganado la partida. El libro es especial. Y a fin de cuentas eso es lo más valioso, opino, dar con una historia que nunca antes se haya escrito, al menos nunca de esa manera.
»¿Qué más puedo decir? Alguien que es capaz de construir una novela tan sólida sobre una premisa tan inestable merece toda la atención y todo el reconocimiento que le caigan. Tendré que leerme su dichoso libro de cuentos, me temo. Y me gustará.»

Ismael Martínez Biurrun, Nuevas palabras mágicas, 7 de diciembre de 2008
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El hermano de las moscas

Como en la inmortal obra de Franz Kafka La metamorfosis, un referente más que evidente, Jon Bilbao construye una obra donde la cuestión fundamental es cómo una familia, perpleja ante la inaudita transformación periódica de uno de sus miembros, puede seguir viviendo con sensatez. Sólo un hecho, el hombre suplantado por un enjambre de moscas, es imposible; todo lo demás se ajusta al rigor ineludible de la realidad. En un lenguaje preciso, cortante y libre de preciosismos se cuenta en El hermano de las moscas cómo la aberración de Grego (llamado así en recuerdo de Gregorio Samsa) es también la de los otros. La perplejidad ante los hechos y la dificultad de prever el futuro se apodera de los personajes, del narrador y del lector en comunión perfecta.
En una película singular, decididamente admirable, La mosca, dirigida por Kurt Neuman en 1958 (nada que ver con “moscas” más modernas), hay una mirada neutra y lúcida, contenida en la mostración de lo fantástico y minuciosa en la plasmación de lo cotidiano. En ella debió inspirarse el autor para presentar una visión tan perturbadora de la realidad y un panorama tan completo del desmoronamiento de los ideales. El lector asiste a una tragedia metafísica. Les aseguro que así es la novela hasta su mitad. Después, se alarga innecesariamente, se vuelve monótona pues la situación no da más de sí y la resolución no está a la altura debida. Pero Bilbao nos ha demostrado al principio que es un autor con cosas que decir.

LLuís Satorras, Babelia, 12 de julio de 2008
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El hermano de las moscas

Cuando Grego llega a España procedente de Tailandia, donde vive, trae consigo, además de su petate, los síntomas de lo que parece un brote de malaria: dolor de cabeza, fiebre y escalofríos, así como un extraño hormigueo que recorre su cuerpo. tras saludar a su hermano mayor y a su cuñada y conocer a su sobrina recién nacida, el viajero se acuesta en la habitación de invitados. Necesita descansar, se encuentra mal. A la mañana siguiente, el único rastro que queda de él son sus ropas en el suelo y las sábanas revueltas. Nada más. salvo cientos de moscas revoloteando por el cuarto. La ausencia de Grego durará diez días y será la primera de muchas, porque la pauta se repetirá a lo largo de los años, siempre entre el diez y el veinte de junio.

Los personajes de Jon Bilbao se enfrentan a lo inexplicable. Una amenaza ensombrece sus vidas. La inquietud de no saber qué ocurrirá si la transformación se produce sin previo aviso, o al aire libre, o más de una vez al año. La angustia de ignorar qué será de Grego si durante esos diez días cruciales algunas moscas escapan de su encierro o mueren.

Antonio Fontana, ABCD, 20 de marzo de 2008
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El hermano de las moscas en Literatura en breve

Pincha en este enlace para escuchar el programa en mp3.

Juan Jacinto Muñoz Rengel, RNE, 11 de marzo de 2008
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Crónica de la reconstrucción

La primera novela de Jon Bilbao es un ejercicio de precisión, un juego de relojería exacta que se afina en cada página, y avanza con decisión hasta el último punto. En sus publicaciones anteriores (3 relatos, y la participación en Ficciones) ya había demostrado esta capacidad para fabular mediante una prosa rigurosa y pulcra, una estela literaria que lleva de Cheever a Richard Ford, pasando por Cormac McCarthy. Jon Bilbao toma de la narrativa norteamericana todas las posibilidades expresivas, las hace suyas y luego las devuelve para contar una historia. Presentación, nudo y desenlace. Un novelista de madera.
En este caso, nos cuenta los padecimientos de Grego, un joven que sobrevive en Tailandia alquilando embarcaciones a turistas. Un día empieza a encontrarse mal y viaja a España a ver a su hermano Héctor. Llega el mismo día del nacimiento de la hija de Héctor y Sara. Al terremoto familiar de un nuevo miembro se une la enfermedad de Grego: se convierte en un enjambre de moscas. El proceso dura unos días, después de los cuales Grego vuelve a transformarse en ser humano, aunque con ciertas molestias. En sucesivas transformaciones, las molestias irán en aumento.
El referente principal, y obvio, de la novela es La Metamorfosis de Kafka, y al igual que en la obra del checo, en la novela de Jon Bilbao el argumento no debe oscurecer el tema: las relaciones familiares. Si Kafka traducía a la imagen de un coleóptero la difícil relación que mantenía con su padre, Jon Bilbao reflexiona en El hermano de las moscas sobre la relación entre Héctor y Grego; uno es ambicioso, serio, metódico, familiar, típico representante de la burguesía de clase alta, de casa con jardín y profesión liberal; el otro es un bon vivant, un aventurero que progresa a salto de mata, sin preocupaciones ni remordimientos. Los dos caracteres se hallan frente a frente y chocan al principio, pero menos de lo que el texto parece intuir que sucedió en el pasado. Porque muy pronto, lo que parecía una crónica del desencuentro se convierte en una crónica de la reconstrucción de un vínculo esencial. Los dos hermanos van progresivamente comprendiendo y comprendiéndose.
Es aquí cuando se añaden el resto de variables de la ecuación literaria que el autor nos propone: Sara, la esposa que considera a su cuñado un caradura sin perdón; Carol, la canguro con la que mantiene una relación muy particular con Grego, y que podría interpretarse como un trasunto de su vida pasada; y finalmente Diana, el daño colateral, enamorada de Grego y desahuciada por una situación que no entiende. Todos estos personajes sirven a la acción.
¿Y cuál es la acción? Más bien poca, porque Jon Bilbao, como digno emulador de cierta narrativa norteamericana, no hace avanzar la trama más que en la progresiva reducción de los espacios de tiempo que median entre cada recaída de Grego. El autor describe minuciosamente (en algunos casos con innecesaria minuciosidad) el devenir diario en las vidas de los protagonistas. Sus preocupaciones, sus alegrías, sus miedos, la metamorfosis del hermano como decorado invisible de la historia, los ecos que nos llega de la urbanización, ese cuadro hipócrita, morboso, de vecinos que se comportan como porteras, con dimes y diretes sobre la vida de los demás.
El verdadero mérito de esta novela se halla en la tupida red que el autor teje para escenificar la historia. Su pormenorizada descripción, a lo largo de los años, de la familia de Héctor tiene como objetivo decir más con lo que no se narra que con lo que sí se cuenta. Los silencios juegan un papel más decisivo que las palabras. Las piezas encajan como en un puzzle. Incluso las citas que acompañan a cada parte de la novela han sido elegidas con inteligencia: un frase del personaje de La mosca de David Cronenberg, un pasaje de La Metamorfosis de Kafka, evidenciando la deuda literaria, una frase del norteamericano James Salter, en cuya obra Años luz narra la destrucción de una familia (¿pretende Jon Bilbao jugar al equívoco sobre el final de El hermano de las moscas?), y unos versos de John Ashvery, que remiten a penas y calamidades.
Al autor le interesa meditar sobre el engaño de las apariencias, sobre la falsedad de lo perfecto. Pero las reflexiones están desterradas de la narración, los personajes hablan, se mueven, protagonizan una vida anodina (exceptuando, claro, la peculiaridad de la metamorfosis), y el interés se mantiene porque la expresión literaria de Jon Bilbao es impecable. Cada frase está escrita de la única forma posible, con las palabras adecuadas, sin retóricas ni adornos, sin construcciones sintácticas arriesgadas. Pulcritud máxima la de una novela, en el sentido más estricto del género.

José Ángel Gayol, Clarín,
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Si el monstruo es sólo un enfermo

A pesar de lo que nos interesa creer, tenemos menos control sobre nuestras vidas del que querríamos. En la primera novela del escritor vasco Jon Bilbao, personajes como Héctor nos descubren ésta y otras verdades.

A menudo, cuando las cosas nos van bien, pensamos que permanecerán así para siempre. Hacemos planes a corto, medio y largo plazo, seguros de que todos nuestros deseos se cumplirán. Olvidamos, inocentemente, que la vida no está del todo bajo nuestro control (en realidad, ni siquiera una mínima parte). Lo inesperado, para bien o para mal, puede aparecer en cualquier momento. Ésta es la premisa de partida de El hermano de las moscas, la primera novela del escritor asturiano Jon Bilbao.

Héctor tiene todo lo necesario para ser feliz: un trabajo de responsabilidad en una refinería de petróleo, una mujer guapa e inteligente, una casa en un bonito barrio residencial y, además, está a punto de ser padre. Lo que menos puede esperar Héctor en el día del nacimiento de su hija Beatriz es la visita de Grego, su hermano menor, al que no ve desde hace años. Lo repentino de la visita no hubiera tenido mayor importancia si no fuera porque Grego llega enfermo, y no de una enfermedad cualquiera: por algún motivo desconocido, Grego se transforma en mosca. Este hecho, que se repite en el tiempo, condicionará la vida de los personajes a lo largo de los años. De moscas y otros insectos, de transformaciones inexplicables en esta clase de animales invertebrados, se ha hablado mucho en la literatura. De eso es consciente el propio autor, Jon Bilbao, pues lo demuestra con citas y guiños a obras como La metamorfosis de Kafka a lo largo de las páginas de su obra. Pero a diferencia de otras narraciones que versan sobre el fascinante, y a la vez repulsivo, mundo de los insectos cuando se entremezcla con la naturaleza humana, y tal y como reza el título, en  El hermano de las moscas el protagonista no es el que padece la extraña enfermedad, sino su hermano. Héctor es un hombre práctico, resolutivo y fiable, según todo el mundo. Es un hermano, padre y marido protector, preocupado en todo momento por su familia. Sin embargo, por mucho que ascienda en la escala social, y por buenas que sean todas sus cualidades, le falta mucho para ser un hombre carismático. Como principales personajes secundarios tenemos a Grego, el hermano aventurero y de personali-dad atrayente, que tiene que cambiar toda su forma de vida a raíz de su enfermedad; y Sara, la esposa de mente analítica, de carácter duro al principio, que se va suavizando con el tiempo. Podría decirse que esta es una historia con ritmo ‘in crescendo’. En una primera parte, el narrador (externo a la trama) nos introduce poco a poco en la historia: los personajes son presentados al lector, se describe el escenario en el que tendrá lugar casi toda la acción. Da la sensación de que la enfermedad de Grego podrá ser sobrellevada sin afectar en demasía a la vida de la familia en conjunto. No obstante, la historia se va complicando poco a poco, a la vez que el narrador se va acercando cada vez más a la psicología de los personajes, hasta que llega un momento en el que dejar la lectura es prácticamente imposible. Y es que todo se vuelve más oscuro conforme las transformaciones se distancian menos en el tiempo. La parte que a la ciencia ficción pueda dedicar esta novela queda relegada a un plano posterior. Los personajes concentran sus fuerzas en guardar el secreto de la increíble enfermedad, en no despertar la atención del resto del mundo. Grego es una carga cada vez mayor para la familia, sobre todo para su paciente hermano. La tensión entre todos los actores se intensifica hasta límites insospechados. Es inevitable, después de leer esta obra, pensar en todas aquellas personas que tienen familiares a su cargo, de cómo, al igual que en esta historia, su salud mental puede verse en peligro cuando la situación de enfermedad –sobre todo si ésta es grave y/o degenerativa– se vuelve más desesperada. Quizá no seamos conscientes de que algo así también podríamos vivirlo nosotros. Tanto ellos, los que cuidan, como los enfermos dependientes, merecen todo nuestro apoyo y comprensión, no tan sólo en días señalados en el calendario. No podemos adivinar si nuestros planes se verán o no cumplidos en el futuro. Sin embargo, tampoco podemos quedarnos con los brazos cruzados esperando que las cosas vengan a nosotros, ni dejar de hacer planes por miedo a que la fatalidad los arruine. Pensar en leer este libro e ir hasta la librería más cercana para conseguirlo, eso sí que es un buen plan.

Cristina Monteoliva, La opinión de Granada, 29 de marzo de 2008
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El hermano de las moscas, de Jon Bilbao

Un hombre se convierte en un enjambre de moscas. Durante el periodo de trasformación se queda al cuidado de su hermano y de su cuñada. Tiene una sobrina que le adora. Una asistente muy curiosa y particular. Una refinería de petróleo. Una comunidad de burgueses adinerados, con coches de alta cilindrada, amantes, sueños pasajeros y vidas marcadas por el ascenso social. En este entorno, bajo la sombra de Kafka, Jon Bilbao nos presenta su primera novela, un feliz acontecimiento plagado de logros.
Desde la estilística más depurada, con frases cortas y contundentes, precisas, duras en ocasiones, certeras siempre, diálogos inteligentes y buena dosis descriptiva, Jon Bilbao nos habla de ese mundo subterráneo, que olvidamos a menudo, llamado cotidianeidad. El autor asturiano describe a la perfección el día a día de todos nosotros. El vehículo es una familia acomodada que sufre el terremoto de una extraña enfermedad (¡la metamorfosis de un hombre en un enjambre de moscas!), aunque el tema subyacente de la historia consiste claramente en la narración del tejido relacional entre Grego (el hermano díscolo que vuelve de Tailandia padeciendo una escalofriante mutación) y Héctor (el hombre hecho a sí mismo, términos tan admirados hoy día, que tiene una familia exquisita, un buen trabajo y un respeto y consideración social crecientes).
La bipolaridad entre ambos opuestos crea una fuerza de atracción y oposición entre ellos, y también el resto de miembros de la familia, muy especialmente la mujer de Héctor, que se ve en cierto modo desplazada de esa relación peculiar que tienen los dos hermanos.
Héctor, por su parte, comienza a vencer los miedos que la vida de Grego supone en su esquema mental, porque la historia de El hermano de las moscas es la historia de los miedos de nuestros días. Grego representa las incertidumbres, lo desconocido, la muerte como hecho real, todo aquello que apartamos de nuestras vidas, desterrándolo al olvido, pensando que la táctica del avestruz puede ser válida contra un destino que siempre nos alcanza. Los valores que se inculcan en el mundo occidental, fruto de una aculturación permanente, a través de la familia y de los medios de comunicación, de un estado filosófico que inspira nuestro proceder diario, una ética de la “felicidad por obligación” que lleva a la angustia inevitable cuando no se logran los objetivos que la propia sociedad impone como irrenunciables.
Grego es la abominación, la cara oculta de la Luna, el reverso que nuestra existencia no puede hacer desaparecer, a pesar de las distracciones, los infinitos mecanismos de ocio, las drogas, la absorción de un trabajo demoledor y alienante… La reflexión que encierra la novela de Jon Bilbao no se cifra en la posibilidad de un hombre convertido en enjambre de moscas. Las razones son elementos secundarios. Lo principal, el hielo sumergido de ese iceberg que citaba Hemingway para ejemplificar la función del relato, es la dura, consistente, inevitable certeza de nuestras limitaciones. ¿Cuál es el camino que queremos seguir? ¿Dinero? ¿Respeto social? ¿O simplemente vivir con todas las consecuencias? El protagonista de El hermano de las moscas es la Vida. Con mayúsculas. Y Jon Bilbao la describe con aliento, elegancia, y simpleza no reñida con profundidad.
Prosa limpia, buenas bases narrativas, conocimiento del oficio, y atención inteligente a los detalles. En definitiva, calidad.

José Ángel Gayol, Paralelo Sur,
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Los demás y las ciencias naturales

Héctor tiene un buen trabajo, una mujer guapa y una vida ordenada. El día que va a nacer su primera hija, su hermano Grego se presenta por sorpresa en su casa. A la mañana siguiente, Grego ha desaparecido. En su lugar un enjambre de moscas ocupa la habitación de invitados. Atendiendo a una corazonada, Héctor no se deshace de ellas, sino que las alimenta y las cuida. Diez días después, Grego reaparece en la habitación; las moscas se han desvanecido.
Han pasado apenas 40 páginas del libro.
El Hermano de las Moscas, primera novela de Jon Bilbao, nos presenta un argumento que homenajea sin disimular a Kafka. Gregorio aquí no es un comercial, aunque sí un viajero compulsivo, y el tratamiento de las relaciones familiares y laborales tiene algún eco de la "Metamorfosis", aunque beba más de la exploración carveriana de lo cotidiano que de la obra del autor checo. Pero no son estos los rasgos que sorprenden más al lector, sino más bien todo lo oculto que hay en la novela, que presenta un juego fascinante con la presencia de lo animal en el mundo de los humanos. Se suceden las inquietantes apariciones de cabras, murciélagos, perros y hasta una ballena. Graniza. A Héctor le cae un rayo. Estos fenómenos sin explicación irrumpen en la cotidianeidad y modifican la existencia de los personajes.
La acción se sitúa en una urbanización sacada de una película de David Lynch. Uno de esos lugares donde a veces hay accidentes, a veces muere alguien o alguien es violado. Lo salvaje rodea la organizada comunidad donde vive la familia de Héctor. La rodea, y a veces la penetra momentáneamente y es repelido. Grego está aparentemente moribundo, pero Héctor, después de dedicarle innumerables atenciones, sólo quiere irse a una cena con su mujer y unos amigos. No llegamos a acostumbrar a estos acontecimientos, que planean sobre la narración en forma de brevísimos episodios. Una mujer enloquece y denuncia la aparición de ectoplasmas en su casa. Otra vez las apariciones, en las que el autor no se recrea individualmente. Con frialdad, las narra y se deshace de ellas. Se acumulan sin que nos demos cuenta.
Es raro que una primera novela huya tanto del adorno. Uno recuerda a Miles Davis, que cuantos más años tocaba, menos notas necesitaba. Mientras que ésta suele ser una evolución en el tiempo, Jon Bilbao parece escribir como si no tuviera nada que demostrar, como si llevara años publicando novelas de calidad. Y es ésta una de las principales virtudes de su libro. El uso de un lenguaje simplificado al máximo, que deja que la escritura descanse sobre la observación y el detalle, oculta el hecho de que estamos leyendo una novela tan extraña. Sin florituras, Jon Bilbao nos sumerge en una situación desquiciante, donde todas las opiniones que nos vamos formando a lo largo de la lectura se quedan pequeñas. En un momento, Héctor se pregunta si su familia no estará loca: «Una vez que Grego volvía a ser Grego, no quedaba rastro de las moscas.  Sí, la suciedad.  Pero tampoco la había visto nadie.  Quizá limpiaban un refugio limpio. Un refugio levantado para nada.  Héctor ni siquiera podía estar seguro de eso.» Los episodios, en apariencia deshilachados, se hilvanan mediante una coherencia interna que no podemos llegar a explicar del todo. Jon Bilbao enriquece el texto buscando cualquier punto de vista (un hámster) y recurso (à la Moby Dick, con citas de Plinio el Viejo incluidas), y con ellos hace avanzar la narración, manteniendo siempre un tono uniforme y provocando una sensación que oscila entre la fascinación y el asco.
Al principio de la novela, una tortuga con una cruz naranja pintada en el caparazón irrumpe en el jardín de Héctor. Grego queda vagamente disgustado. Más adelante, las puertas se abren «con un zumbido». No estamos a salvo. Pero, ¿qué es exáctamente esta presencia que denominamos «salvaje»? El libro no ofrece respuestas, pero sí da un repertorio de preguntas que merece la pena hacerse. ¿Es lo salvaje deforme? ¿Es sólo deforme para nosotros, o es la civilización una deformidad de lo natural? En un episodio intenso, los habitantes de un pueblo quieren asesinar a una cabra que ha nacido deformada. No podemos evitar preguntarnos si los bárbaros no son quienes pretenden enfrentarse con violencia a la cabra lisiada. Los humanos no sabemos enfrentarnos a lo animal. Cuando nos vemos obligados a hacerlo, utilizamos nuestro lado más animal; el menos humano.
Pero El hermano de las Moscas es, ante todo, una novela de personajes. Héctor, su mujer y su hija, Grego, y dos o tres secundarios más, se nos presentan de forma sólida, no tanto mediante el retrato, sino por una lógica en sus acciones, siempre concordantes. En la novela se enfrentan personalidades bien definidas, entre sí mismas y ante una situación límite, e incluso en los momentos más extremos nadie pierde sus señas de identidad. Sólo así consigue la narración seguir pegada a lo cotidiano. Jon Bilbao, atento al detalle, no se olvida de narrar las reacciones de los vecinos, las explicaciones que hay que darles, los rumores que corren... La novela abarca más de lo que aparenta.
En entrevista, el autor confesaba que reescribiría algunos fragmentos del libro. Ciertamente, hay algún diálogo mal resuelto, algunos adjetivos que no aportan nada (después del parto, Sara está «fatigada y feliz»); pero la atmósfera de banalidad e inquietud podría resentirse con correcciones. Es más, los peores momentos de El hermano de las Moscas surgen de momentos en que el autor entra demasiado en la novela («aumentaba el peso de lo absurdo»), o cuando parece tener momentos de duda y quiere añadir lirismo a un conjunto que no lo necesita.
Sin embargo, en El hermano de las moscas predomina la sobriedad estilística y la inventiva científica en un debut que ya en sí es una singular joya, y que hace que esperemos la siguiente publicación de Jon Bilbao con mucha atención.

Álex Ingrisano, El crítico, 22 de abril de 2008
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El hermano de las moscas es un debút más que prometedor para las letras españolas. Mitad thriller, mitad historia fantástica, mitad drama familiar, mitad elegía a los barrios residenciales y las familias clásicas está escrito con un rotundo sentido del ritmo y la narrativa y lo que me parece más admirable aún, sin dejar un solo rastro de historia inacabada, de planteamiento sin final. Jon Bilbao maneja los personajes, las situaciones y los diálogos con una seguridad envidiable, cocinando sus propios elementos lentamente pero sin dudar un segundo en toda su crudeza e incomprensión. Jon Bilbao, alejándose de los peligros con su saber hacer, sorteando los precipicios con un verdadero malabarismo narrativo, consigue una novela que se lee de un tirón, entretenida, dramática, una «robanoches» muy recomendable. ¿Qué mejor que leer entretenidos, transportados a un mundo que conoces plenamente, en el que posiblemente reconozcas a muchos de los arquetipos que lo pueblan, disfrutando de ver cómo el mundo se les derrumba a sus pies? Jon Bilbao, me da, ha venido para quedarse. Y al menos un fan ya tiene: yo. Estoy convencido de que va a dar mucho que hablar.

Javier Giner, Superfluor,
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El hermano de las moscas, de Jon Bilbao

Héctor es feliz con su mujer, Sara. Ella está embarazada y él ocupa un puesto razonablemente bueno en una refinería. Viven en una urbanización de las afueras razonablemente exclusiva y llevan una vida cómoda y ordenada. Pero el día en que nace su hija Beatriz, el hermano de Héctor, Grego, regresa de Asia extrañamente enfermo. Héctor le deja ocupar un dormitorio de su casa y vuelve al hospital. El hermano cierra el cuarto y se tiende en la cama.
Y procede a transformarse en un enjambre de moscas.
Situación que persiste durante diez días. Tras los cuales, Grego vuelve a aparecer.
Cosa que se repite una vez al años. Al menos.
Y así comienza El hermano de las moscas (Salto de Página, 2008) de Jon Bilbao, una historia extraña. Extraña, como mínimo, por el conjunto de circunstancias.
El elemento extraño, irracional y fantástico habita un mundo ordenado de clase media, de burguesía. Grego, el hombre que una vez al menos una vez al año se transforma en moscas, se ve obligado a ingresar en un entorno social –él, que siempre ha sido un despreocupado, un hombre que ha procurado trabajar lo menos posible y que hasta hace poco regentaba un negocio de alquiler de embarcaciones que le permitía ligar con las turistas- con el orden suficiente para mantenerle con vida. Pero a pesar de intentarlo, a pesar de convertirse en empresario más o menos responsable, a pesar de buscarse novia, hay cosas que le están vedadas. Sobre todo, cuando los ataques empiezan a acelerarse, dándose cada vez a intervalos más cortos.
Por otra parte, su Héctor, Sara y Beatriz siguen viviendo en su mundo de siempre. Es decir, hacen lo posible por ayudar a Grego, en los que invierten mucho esfuerzo y, sobre todo Sara, intentan averiguar qué pasa. Pero a la vez, sus vidas siguen igual, trabajando y cumpliendo uno a uno todos los sueños de su clase social. Que un hombre periódicamente se convierta en un montón de moscas no modifica sustancialmente sus vidas. En el fondo viven igual que si él no hubiese vuelto.
El estilo de la novela es deliberadamente seco, contada de la forma más simple y directa posible y con una trama que se desarrolla con estricta lógica (incluyendo una conclusión final que apunta más allá). Digo deliberadamente, porque hay un capítulo, ambientado en el futuro y que cuenta las vivencias posteriores de algunos personajes, que tiene un tono muy diferente, más luminoso y liberado. La lectura es muy ágil y el resultado final da que pensar. Quizá sea una obra sobre lo fácil que es ocultar lo extraño y diferente –como esa niñera que escribe rarísimas obras teatrales- bajo el manto de la más absoluta normalidad.
O quizá no.

Pedro Jorge Romero, pjorge.com, 24 de junio de 2008
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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