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El humo en la botella
«Biedma nos tenía acostumbrados a su estilo peculiar, desde El manuscrito de Dios, al que en El espejo del monstruo dio rienda suelta y con El Imán y la brújula ya dio un salto brutal. El resultado de esta evolución es El humo en la botella, en la que Biedma se ha convertido en un malabarista del idioma. Pilla al vuelo las palabras, desecha las muy vistas, forma imágenes mentales novedosas, estruja el lugar común y hace papiroflexia verbal como quien masca un chicle. Ofrece el resultado al lector con una sonrisa, que se adivina sardónica, como un mago que ayuda al espectador a introducirse en la caja china donde unas señoritas le harán picadillo con una motosierra.
»Bajo la impenetrable mueca del mago en el que se ha convertido, Biedma nos señala la puerta de entrada al pandemónium. Dentro, debajo de descomunales barrigas cerveceras travestorros con braguitas rosas y medias de rejilla puede que le inflen a hostias si usted rehúsa tirarse a su esclavo, postrado ante una nevera, el culo en pompa. O que le inviten al atraco de un banco clandestino, mientras le pasean de aquí allá por una Sevilla tenebrosa y fantasmal donde las trastiendas albergan a tipos de lo más extraño que intentan sobrevivir arrinconados entre sus enfermedades y las enfermedades mentales de los demás.
»Set Santiago, el detective de esa Sevilla neogótica, el padre de unas gemelas de la que ya sólo queda una, la sícopata, va detrás de Eme, huido de un centro de reposo, —ya no hay manicomios y sólo los pudientes pueden permitirse el lujo de estar zumbados—. Eme va detrás de Peña siguiendo las oscuras indicaciones de un cuaderno: ADENA. Peña, Mengele y Anube van detrás de Victor, y detrás de todos ellos van los Padres de Ateneza.
»La narrativa de Juan Ramón Biedma es una puerta abierta que el lector franquea con la seguridad de que, pasado el umbral, caerá una lluvia acida persistente, que ira decapando la NORMALIDAD, y dará paso a una sociología delirante volviendo visibles a los que en ella son invisibles. Hay una ternura evidente en el trato a los personajes por mucho que un humor socarrón, por veces encabronado, sea el rasgo que más abunde en la novela. El maridaje del cuento de terror, neogótico, el negro y el cómic con juegos de espejos literarios donde manuscritos apócrifos se convierten en tratados filosóficos, todo ello pasado por la soltura estilística de Biedma , conforman una originalísima manera de narrar.
»Es difícil despejarse del libro una vez has cometido el atrevimiento de abrirlo, intenten si no leerlo mientras, en el parque, cumpliendo con sus compromisos de abuelo guardería gratis, vigila a su nietecita de dos años, jugando a subirse por la pendiente de bajada del tobogán. La narración, lo comprobarán, tomará un cariz especial —uno más—. Con un ojo en las páginas del libro, el otro siguiendo las travesuras de los monstruitos reales, vigilando para que no se descalabren, o en caso de que lo hagan que no le pillen a usted disfrutando leyendo marranadas.
»Al poco rato acabará confuso y estresado…, muy estresado y, para salvar lo que queda, decidirá marcharse del parque con Peña de la mano, mientras tu nieta se desgañita desconsolada en las calles de una Sevilla lóbrega, que no conoce , rodeada por un camionero en bragas y Austria, a la que los ojos le hacen chiribitas ante un exquisito plan.
»Al alba felizmente todo recobra su lugar natural: Austria sigue durmiendo plácidamente en su camita y su nieta seguirá en las lista de desaparecidos. En cuanto a usted, aunque les diga a los enfermeros que tiene las correas demasiado prietas, seguirán sin hacerle ni puñetero caso.» |
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Zeki,
La Gangsterera,
Julio de 2010
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El humo en la botella
La mayoría de la gente se pregunta qué sería de su vida si no hubiera tomado ciertas decisiones equivocadas. Si él anulaba todos los errores que había cometido, no le quedaría vida que cambiar.
«Pocas veces una frase puede describir tan bien, y de una forma sólo aparentemente sencilla, la existencia al límite de un loco, un chiflado. Porque los protagonistas de El humo en la botella, la última novela de Juan Ramón Biedma, recién publicada por la siempre atenta editorial Salto de Página, son todos unos dementes. Unos dementes de libro. Clínicamente certificados, o sea.
»Locos de atar, como diría alguien que no conociera el fascinante, denso, abigarrado, oscuro y barroco universo literario de Juan Ramón Biedma. Como una cabra. Porque Juan Ramón nutre las páginas de su inquietante bibliografía con esos locos que, en un mundo como el que nos ha tocado vivir, quizá sean los más cuerdos. Los más clarividentes. Los más iluminados.
»Sevilla, convertida en territorio mítico de un Biedma absolutamente desatado, presenta un aspecto tan desolado como desolador, oscura por los continuos apagones, miserable por cuanto a las casas en ruina, los desmontes, los solares abandonados, los edificios carcomidos, las calles desiertas en unas madrugadas que, por fortuna, nada tienen que ver con las famosas y angustiosas Madugrás…
»Y en ese espacio, los Anube, Mengele, Peña, Boris o Eme se conducen en una aventura tan imposible como su futuro. Todos ellos son deshechos de una sociedad no apta para hipersensibles, hiperactivos, superdotados, esquizofrénicos y paranoicos. Porque los manicomios han cerrado y, ahora, los locos están en las calles. Pero ¿quiénes son los locos? Y, sobre todo, ¿por qué?
»¿Y si es cierto que lo que genéricamente conocemos como “enfermedades mentales” no son sino los efectos colaterales de los superpoderes de unos cuantos elegidos por el destino para cambiar el curso de la historia? Y, de existir esos Todopoderosos, ¿qué institución querría captarlos para que hicieran proselitismo de su inmemorial ideología? ¿Qué institución se ha encargado, históricamente, del cuidado de los más desfavorecidos de entre los desfavorecidos de la sociedad?
»En todo este maremágnum, al abogado Set Santiago le encargan la búsqueda de Eme, uno de los loquitos, fugado de una “casa de reposo” de lujo tras recibir un ejemplar de una novela misteriosa: “La orden de la buhonería” e iniciar la búsqueda de su misterioso autor. Peña, por su parte, anda preparando el secuestro del hermano de Eme. Con la ayuda de Mengele. Y de Anube. Al que le proponen participar en el atraco de un banco ilegal de dinero negro proveniente de la economía sumergida. Y más. Mucho más.
»Pero si la acción, la trama y el argumento pintan tan bien, lo mejor es la prosa de Biedma. Como balazos en la frente. Pinceladas brutales para definir a cada personaje. Sus historias, sus orígenes. Sus motivaciones. Párrafos de una intensidad sin parangón en la moderna narrativa escrita en castellano, hasta el punto de que, si al libro le quitaras las pastas y cualquier otro elemento identificativo… daría igual: el lector siempre sabría que estaría leyendo una novela de Biedma. Todo un clásico.
»¡Que me alegro de que Juan Ramón haya vuelto a publicar! Otro novelón. Como nos viene acostumbrando.» |
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Jesús Lens,
Pateando el mundo,
30 de junio de 2010
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Humo y botellas
«Querido Biedma:
»No es fácil para mí hablar de tu nueva novela, y no lo es por muchos motivos. Porque la vi gestarse, la vi imaginarse casi, y te vi escribirla, y me vi leyéndola. Me vi dándote la paliza con mis ocurrencias e incluso me vi sufriendo porque la quiero como mía, porque te vi dolido y porque te hicieron sufrir (bien lo sabes). No obstante, no habiendo mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, también es cierto, hermano, amigo, que lo bueno no puede ocultarse, que el talento desborda límites, rompe costuras y se impone. El talento sabe más que los mortales, y se muestra a los que saben escuchar sus susurros.
»Y la gente de la editorial Salto de Página ha sabido. Hurra.
»El humo en la botella es, como siempre, una novela de novelas que viene a cerrar un ciclo, a culminar una trilogía. Esa que comenzaste con El espejo del monstruo (donde la pesadilla se nos presenta en mitad del sueño), y que continuó con El efecto Transilvania (donde todo se precipita hacia el delirio). Ahora del delirio surge una loca realidad en la que todo converge y de la que nada puede decirse más allá de la sensación de estupefacción, la sorpresa, el misterio. Por supuesto, y ahí está la mayor ironía —tal vez magia— de todo esto, se puede arrancar la lectura por cualquier parte porque las locuras siguen cursos en espiral y todo principio viene de un final que se transforma en comienzo. En efecto. Estamos ante una odisea psicológica repleta de giros, laberintos, avances y retrocesos. Durante un tiempo la llamé “realismo alucinatorio”, y creía que era una buena descripción, pero he terminado por entender que no he entendido casi nada. Que todo es más profundo e insondable.
»Y en ello estoy. Buscando el final de la caída libre.
»Algo he aprendido sin embargo: que nadie puede estar cuerdo en un mundo en el que “los asilos de lujo para enfermos psiquiátricos son tan relajantes que termina siendo casi imposible resistirse a incendiarlos con sus cuidadores dentro”. En efecto. Nadie. Quizá la locura no sea otra cosa que excentricidad maldisimulada o puede que la enajenación ni tan siquiera exista. Que sea un invento más de entre los muchos con los que nos ha venido a alumbrar esa falacia llamada Ilustración. La luz. Sólo porque hay iluminadores, iluminados e iluminación, es que hay sombras, penumbras, recodos negros. Quizá ilustrar e ilustrarse solo sea posible por comparación: enfrentándose a los necios. Quizá la cordura sólo exista por reflejo, como negación de todo aquello que no nos gusta reconocer en nuestra naturaleza. El humo que flota en el interior de nuestras cabezas (botellas).
»No sé si tú, visitante, eres un lector habitual de mi querido Biedma. No tengo ni idea. Si lo eres no habrá nada que yo pueda decirte al respecto, pero si decides intentarlo te aseguro que no te vas a arrepentir, que no podrás probar sólo una, que no te faltarán las emociones intensas, que vas a enfrentarte a las páginas de uno de los mejores escritores actuales —sin duda alguna— en lengua castellana… Que vas a disfrutar de veras haciendo eso que a ti y a mí nos gusta hacer: leer y gozar leyendo.
»El humo te está esperando dentro de la botella. En tu librería. Sin duda me lo vas a agradecer tanto como yo se lo agradezco al bueno de Juan Ramón. Muchas cosas le debo como lector y como escritor. Tantas que no se las puedo pagar con palabras. Espero, amigo, que te conformes con la profunda admiración que experimento al leerte.
»El placer siempre es mío.» |
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Francis P. Fernández,
El subcultural,
2 de junio de 2010
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Libros que merece la pena leer
«A finales de este mes se pone a la venta El humo en la botella, la esperadísima nueva novela de Juan Ramón Biedma en la que el autor retoma y completa el periplo seguido por los personajes de El efecto Transilvania situándolos varios años después. Una novela que, por fortuna y tras no pocas vicisitudes, ve por fin la luz de la mano de los chicos de Salto de Página, lo cual no resulta ni mala compañía ni poca garantía.
»Albergo admiración por un amplio número de escritores, pero hay muy pocos a quienes realmente envidie. Dentro de ese reducido grupo, Juan Ramón Biedma ocupa un lugar preferente. Como novelista, yo mataría por firmar una novela como El imán y la brújula, por ejemplo. Biedma sabe manejar como nadie un espacio narrativo muy difícil de ejercer sin caer en excesos, un territorio que si tratásemos de etiquetarlo y calificarlo, tarea realmente ardua tratándose de un autor tan incalificable como Biedma, podríamos decir que se acerca a —sería más acertado decir que sobrepasa— los márgenes de lo que podríamos llamar fantasía de inspiración gótica. Pero la literatura de Biedma es realmente mucho más que eso. Tan desasosegante como sutil, sus textos se introducen por los resquicios del lector y se dedican a manejar nuestros temores con una destreza inaudita a base de pulsar resortes que incluso nosotros desconocíamos que se encontrasen ahí. Oscuros e inquietantes, los mimbres con los que teje sus tramas dan lugar a personajes y ambientes desquiciados, oníricos, distorsionados, fuera de foco y sin embargo, tan genuinamente cautivadores que, una vez te halles inmerso en el universo Biedma, una vez hayas sido atrapado por sus tentáculos, te será imposible salir de él. Leer un texto de Biedma supone una experiencia que va más allá de lo literario. Supone aceptar un juego en el que, aun disfrutándolo, hasta el final nunca estarás seguro de si vas a ganarlo o no.
»Los Biedmanófilos estamos de enhorabuena. Y tú también. No te pierdas El humo en la botella. Atrévete. No te arrepentirás.» |
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Pedro de Paz,
14 de mayo de 2010
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