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reseñas y críticas El viajero de Leicester

«¿Hasta qué punto debe una novela requerir un manual que desentrañe su lectura? Tras un prólogo atractivo pero engañoso, en cuanto marco realista que principalmente busca sustentar el estallido de fantasía posterior, El viajero de Leicester se sumerge en un delirio fascinante y perturbador, sí, pero al que en muchos momentos no nos sentimos invitados. Como cuando nos relatan un sueño ajeno, asistimos a una sucesión de escenas entre líricas y pintorescas (también, si el narrador actúa desde la sinceridad, incómodas, porque los instintos instintos son y el subconsciente no entiende de convenciones sociales), pero una y otra vez se nos escapan esas conexiones íntimas y personales, del todo intransferibles, que podrían arrojar luz sobre el desfile de símbolos y referentes. Es lo que viene a solucionar, a la sazón, el epílogo de la obra, preceptivo retorno al realismo inicial que, además, como decíamos, se lanza a responder ruegos y preguntas a partir del comentario de los más místicos (y, sin duda, oscuros) textos del filósofo y teólogo sueco Emanuel Swedenborg. Y lo que se nos había antojado un divertimento privado entre El juego de los niños de Juan José Plans y la Lolita de Nabokov, sembrado de guiños a la historia y urbanismo leoneses, adquiere una nueva dimensión espiritual, revela un andamiaje ciertamente sólido, aboca prácticamente a la relectura. Para bien o para mal, pues, nos cuesta responder a la pregunta que abría estas líneas. Quede sentado, al menos, que la estructura hasta aquí diseccionada añade a esa duda una sensación molesta, por cercana al recurso del deus ex machina.»

Milo J. Krmpotic, Qué Leer, 15 de abril de 2013
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Juan Pedro Aparicio, niños siniestros, amores tórridos y otros misterios

«El viajero de Leicester (Salto de Página) es el título de la inquietante nueva novela del escritor castellano Juan Pedro Aparicio. Estamos ante una historia angustiosa, pegajosa, compacta, alucinada y adictiva donde el género fantástico, la literatura de fantasmas y la filosofía convergen. El planteamiento es el siguiente: un ciudadano español coincide casualmente con un compatriota en el tren de Londres a Leicester. Este le relata una historia que no podrá olvidar. En Lot, un trasunto de León, conoció a Cristina, el amor de su vida.Tras pasar una tórrida noche de San Juan con ella, desaparece. Durante las horas que han pasado juntos, han tenido que huir de un tenebroso grupo de niños, asesinos y siniestros, que aseguran que el territorio de la noche les pertenece. Uno de los personajes de esta claustrofóbica trama asegura que esos niños odian a los adultos porque ellos jamás llegarán a serlo. Por todo ello, cuando al día siguiente su amada no está y su lugar en la cama lo ocupa una niña ensangrentada, el protagonista de la historia, Vidal Ocampo, teme que los niños la hayan secuestrado o asesinado. Por la ciudad, donde pasado, presente y futuro parecen mezclarse caóticamente, se pasean además los antiguos Reyes de Castilla, tartanas y conocidos de la infancia. En su relato se cruzarán el enigmático Viranda, el niño Dani, Don Millán… personajes todos bien definidos. Y como si de un personaje más se tratara, la luz. El maestro del cuento José María Merino se refiere a ella en el prólogo a este libro como “una iluminación cárdena, inclemente, que da a los lugares y a los sucesos aire de permanente alucinación”.

»Hay que destacar que Aparicio rinde homenaje al nórdico Emanuel Swedenborg. De hecho, El viajero de Leicester se abre con la siguiente cita de este autor: “Sin dos soles, el uno vivo y el otro muerto, no habría creación”. Como no queremos destripar la novela, que también conlleva una buena dosis de intriga, solo diremos que la referencia es importante. Swedenborg, de hecho, reaparece al final del libro, cuando los viajeros ya se han separado, en un capítulo final que ilumina hacia atrás y que, en cierto modo, redondea, explica y, a mi entender, sobreexplica, esta trama, por lo demás, subyugante.»

Txani Rodríguez, Pompas de papel, 11 de abrild e 2013
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El viajero de Leicester

»Calificar esta novela de fantástica no deja de ser una manera de intentar aclarar las cosas, porque no se trata de una novela de género. Incluso me atrevería a señalar que, también sin adscripción de género, sin ser una novela de terror, toda ella está impregnada de una insoslayable atmósfera terrorífica, dice José María Merino en el prólogo a El viajero de Leicester del escritor Juan Pedro Aparicio.

»Las palabras de la portada nos invitan a subir a un tren y hacer el viaje junto al narrador: En el tren de Londres a Leicester un ciudadano español cuenta su historia a un compatriota, ocasional compañero de viaje. Él jamás volverá a España. En su primera noche de amor verdadero ha perdido a la mujer de su vida a manos de unos niños que la han matado o la han secuestrado; criaturas dueñas de la noche que, imposibilitadas de hacerse mayores, odian a los adultos, a los que persiguen y asesinan al tiempo que tan torpemente imitan. Unos y otros, mayores y niños, se hallan, sin embargo, condenados a no morir del todo, o a vagar sin muerte, mientras alguien, en el otro lado, guarde memoria de ellos. Todo es inquietante en esta espléndida novela, desde la atmósfera, onírica y desasosegante, hasta el tratamiento del amor, sobre cuya imposibilidad crece el relato en páginas que se inscriben en la mejor tradición literaria de lo turbador, la simetría misteriosa y el laberinto. Con esta reedición de El viajero de Leicester invitamos al lector a conocer una de las creaciones más originales y representativas de la obra de Juan Pedro Aparicio».

»La novela, escrita en primera persona,da comienzo con una frase de Emanuel Swedenborg: "Sin dos soles, el uno vivo y el otro muerto, no habría creación".

»Con una prosa elegante y rigurosa tomamos conciencia de lo que representa este viaje para Vidal: "miraba a los viajeros con una curiosidad empapada de rutina", "De lo que llamamos viaje, esa visita de días o de horas a otro lugar, lo que siempre me ha gustado más es el desplazamiento, el hecho físico de ir, o mejor, de ser llevado. El tableteo monocorde del ferrocarril suele sumirme en un estado de letargo muy estimulante para la imaginación". Y en esos casos, el viajero, no desea ser molestado. Pero no siempre sucede así.

»El personaje es consciente, al principio de la obra, de la presencia de un lector. Dice: "Pero como el lector sin duda ya habrá notado". Es un recurso clásico, pero también y sobre todo, una parte del juego, porque la lectora o el lector tendrán que adivinar, unir las piezas para hacerse con este puzzle que es El viajero de Leicester.

»La novela se publicó por primera vez en 1998, a cargo del Centro de Estudios Ramón Areces, y en esta ocasión, es la editorial Salto de Página quien acaba de presentarla en su Colección Cian.

»A la conciencia de la existencia de un lector, y al margen del hilo narrativo de la historia, hay que sumar una preocupación por el paso del tiempo y el significado del hombre en este mundo: "salíamos a las afueras y la Vía Láctea, colgada de lo oscuro, transmitía el vértigo helador de la eternidad", "su vida se extinguía como el movimiento de un papel cuando cesa el viento que lo arrastra por el suelo", observen las paradojas; también se evidencia una preocupación por el uso del lenguaje: "El deterioro del lenguaje ha llegado hasta los parvularios o mejor dicho empieza en los parvularios".

»Las páginas de la novela condensan el desasociego de un mundo, en el que nada parece lo que es: "Yo miraba a Cristina y la tomaba de la mano o por encima del hombro con la duda de si todo aquello no era un sueño o, lo que es peor, una burla. Porque con ser mucho lo que no entendía de cuanto ocurría, nada me parecía tan anómalo como la relación de Cristina con los niños". En la ciudad que habitan estos personajes, reconocemos partes de realidad e irrealidad, que también se parecen a la nuestra. "Yacía la ciudad como en una pesada pila de agua bendita, y aún cuando el movimiento de coches y de gentes la agitara, no lo hacía más que la acción de los dedos que se aplican luego en la señal de la cruz. En el nombre del Padre, del Hijo..." "Allí estaba entera la ciudad en su quietud fósil, como un pecio a la deriva de los siglos". El ambiente, que bien podría recoger el pasado y el presente de España, también es otra cosa: "No había fuego. Todo lo contrario, la pétrea exudación de la mañana había extinguido el fulgor de la noche, satinando de gris las calles, como si el cemento y el asfalto se prolongaran en el cielo". Una ciudad de niños salvajes, de escritores, de hombres de dudosa procedencia y conducta, de niñas y mujeres. Nada encaja, todo encaja, nada se comprende, todo se comprende y encadena en un sutil juego de encuentros y desencuentros, que va más allá de lo que se dice, me refiero a la eficaz presencia de las elipsis que nos emborronan las imágenes y nos hacen dudar hasta de nuestros propios pensamientos, mientras surgen prejuicios que no imaginábamos pudiéramos tener. Sufrimos por esos niños, nos sorprenden las preguntas: "—¿Te pegan en tu casa?" En este mundo convertido en ficción, también existe "la banalidad del mal" para la que nunca alcanzan las explicaciones que pudiéran ofrecernos personajes como Rosa, Viranda, Cristina, Arturo, Daniel, Honorino, Aparicio, Millán... ¿Cuál es la verdad? ¿Dónde está la verdad? Si nosotros pensamos a otros, ¿otros nos piensan a nosotros? ¿Pensar es crear? Descrear, o si se tercia, descreer, es no pensar, acaso no sentir? «Ajeno a cualquier mirada, caminó unos pasos con mucho aplomo, como si no hubiera nadie o como si todos los que allí había, y ya he dicho que había mucha gente, fueran los espectadores del patio de butacas de un cine y él fuera la criatura de celuloide que los demás veíamos".

»En este mundo, el de Lot, cualquier figura o situación puede desvanecerse, pese al afán de las palabras, pese a escribirlas, pese a nombrar con ellas a las personas que se ama o se desea, pese a buscar el amor de una mujer, pese llegar a Leicester, en donde la historia pondrá el punto final al detenerse el tren y separar a los personajes principales: el que confesó su historia y el que fue obligado a escucharla, narrador al que escuchamos nosotros como lectores, por el interés que suscita la historia.

»Es, en definitiva, una obra de corte fantástico, "expresionista", que nos trae ecos de otras obras que hemos leído con placer; por ejemplo, el Café Central que aquí se cita, bien podría recordarnos a otros muchos cafés que hemos visto aparecer en infinitas novelas, esos espacios en donde algún escritor se resguarda para escribir. La muerte de los que acaban su vida, esa «chatarra humana», nos trae el recuerdo triste de las "migajas de humanidad sobrante" de las que habló Baudelaire, en uno de sus poemas; la búsqueda del amor de una mujer a tantas otras búsquedas de la literatura; los ritos a las creencias en las que sostenemos nuestra vida; los posibles planos de existencia, a viejas y nuevas teorías que intentan dar fe de nuestra vida.

»Les animo a leer esta obra. Recuerden: dos viajeros en un tren. Los dos persiguen diferentes fines. Uno está de paso. El otro no desea un regreso a los orígenes. Uno desea hablar, al otro sólo le tocará en suerte escuchar, convertirse en la voz narrativa, y, por momentos, en la del escritor que ha creado los personajes.

»Y tampoco fue cosa mía que se animara a contarme los pormenores de aquella historia que tanto decía que lo atormentaba; aunque, desde que me anunció que quería olvidarla, solo hizo que buscara el modo de empezar a contármela. Dijo, por ejemplo, mientras el tren, lejos ya de la gran ciudad, dejaba atrás un pequeño cementerio con sus lápidas blancas recogidas en torno a la iglesia como un rebaño de ovejas rodeando a su pastor: —En España los muertos no están en el cementerio.

»Recuerden: No somos nada, sino tiempo.

Pilar Alberdi, Sobre Literatura fantástica, 6 de abril de 2013
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«En el tren de Londres a Leicester, un ciudadano español cuenta su historia a un compatriota, ocasional compañero de viaje.

»Juan Pedro Aparicio (León, 1941) ve como su novela de 1998 se reedita a través de Salto de Página este año 2013. Una novela corta pero desasosegante.

»Bien podríamos hablar de ciencia ficción, pero creo que estamos ante algo real, por muy inquietante que resulte: unos niños amos y señores del mundo, criaturas dueñas de la noche, que odian a los adultos, tienen  razones para ello, y que les hacen la vida imposible, hasta el punto de matar.

»Vagan en un mundo paralelo, un mundo al que todos alguna vez iremos. Ahí está la inquietud. ¿Hay dos soles como dice el científico y eminente filósofo y teólogo sueco Emanuel Swedenborg? Uno espiritual y otro natural. Y que estamos abocados a vagar entre ellos tras la muerte.

»Aunque personalmente no sé qué da más terror, si la historia en sí, o la frialdad con que Juan Pedro Aparicio la cuenta. Distante, sin emoción. Cruda. Ya lo dice José María Merino en el prólogo del libro, este es un libro de fantasmas, en toda su definición: ser irreal que se imagina o se sueña.

»Y Vidal Ocampo, el protagonista de esta fantasía, puede que sea un ser irreal o simplemente un sueño de alguien adormilado en un viaje en tren. En él conocerá a su amor Cristina. A Viranda, que sabe perfectamente quién es el asesino nada más empezar a ver la película, a don Millán, don Manuel, incluso al monstruo con su nariz en la nuca Orencio Mosácula.

»Aunque los auténticos personajes del libro son los niños. Desde Dani, hasta la muchacha del vestidito blanco reluciente que poco a poco se insinúa a Vidal y acaba trastornándolo.

»Todo ello ocurre en la noche de San Juan, una noche mágica, la más corta del año y donde se encendían hogueras con el propósito de dar más fuerza al sol. Siempre el sol. El de aquí o el de allí.

»El viajero de Leicester resulta sin quererlo filosofía pura y nos mantiene alerta de los hechos venideros.»

Propera parada: cultura, abril de 2013
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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