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reseñas y críticas El viento y la hoja

«Lo primero es evitar aquel error atribuido a Esperanza Aguirre, que siendo ministra de Cultura y en una visita a la Fundación Alberti, no tuvo otra ocurrencia que preguntar: ¿Ah, pero Rafael también era pintor? No caigamos en eso: Kiarostami, creámoslo, era poeta. Y artista plástico. Y fotógrafo. Y también lo que todo el mundo sabe, uno de los cineastas más libres y delicados de nuestro tiempo. No hagamos como Aguirre, pero no nos limitemos a disimular. Leámoslo. Por ejemplo, en esta hermosa edición de Salto de Página.

»El viento y la hoja se abre con un revelador, imprescindible prólogo de Santos Zunzunegui. No hagan como de costumbre, no se lo salten. Ahí se nos explica que la brevedad de los poemas de Kiarostami es tan deudora del haiku japonés como de la tradición iraní de los joravaní; se nos anima, muy acertadamente, a eludir la tentación de establecer demasiados paralelismos entre la poética visual de sus películas y la que sustenta sus proyectos literarios. Y se recomienda entender que lo que vincula ambos empeños es, a lo sumo, su constante voluntad de “hacer más con menos”, esa economía que le llevará a amar lo “inacabado e incompleto”, reclamando siempre del espectador la tarea de completar los eventuales vacíos de la obra. Con eso nos basta.

»No sé si es una buena idea agrupar por bloques temáticos piezas tan breves, pero Kiarostami lo hace. Empieza con la luna como protagonista, y sigue con la nieve, la lluvia, la guerra, los alimentos, el amor, la soledad, los sueños… Como si fueran ciclos de un orden natural propio, hace repetir las palabras más sencillas como mantras. A veces, entre una pieza y otra se establecen, a través de variaciones, pasadizos secretos, parentescos inesperados.

»Otras, todo hay que decirlo, esa búsqueda de esencialidad a la que aludíamos antes roza lo absurdo, lo anecdótico, lo banal (“¡Chitón!/ papá está dormido”), sin que al autor, sucesivamente transformado en pintor, su vocación juvenil, en fotógrafo o en metafísico –entre otros registros sutilmente barajados–, parezca importarle demasiado. Todo merece su atención, todo es digno de cobrar forma de poema.

»El libro entero acaba siendo, como acaso toda la obra del iraní, una invitación a detener el ruido y la prisa cotidiana y contemplar la vida como es, en su desarmante sencillez y en su complejidad impenetrable. Objetos anodinos, gestos mecánicos, luces que señalan el momento del día, todo es susceptible de ser observado y pensado. Entonces unas palabras escritas hace mucho tiempo, muy lejos, pueden cobrar una insólita proximidad y vigencia: “La sentencia de desahucio/ se emitió/ para una casa con pocas cosas”. Otras pueden encerrar, en su brevedad, toda una novela. “El quiromántico/ se fija en la palma de la mano/ la muchacha/ en el quiromántico”. O provocar extrañas emociones con apenas tres golpes de pincel: “Vine/ no estabas/ me fui”…

»No todos los textos reunidos en El viento y la hoja se hallan a la misma altura, obviamente. De eso se trata. El escritor hace sus propuestas, pero son las palabras, las imágenes generadas por ellas, los sonidos, los que tienen que saltarle a la cara al lector, sacudirlo, estremecerlo o hacerle cerrar por un momento el libro, posarlo sobre sus rodillas y perder la mirada un buen rato en el horizonte. Y sí, puede incluso que los más obstinados entrevean imágenes de filmes como El sabor de las cerezas o A través de los olivos, llenos de curvas y árboles recortados en el horizonte. “Doscientos kilómetros/ conduje/ veinte minutos/ otros veinte kilómetros/ dormí sobre el volante”. O: “Fui a un campo/ no había cultivo alguno/ ni labriego,/ solo un espantapájaros decapitado”.

»Como espléndido colofón, se nos ofrece un diálogo de Kiarostami con Ahmad Taherí, donde entre otras cosas se habla de la importancia de la poesía en el día a día de Irán, y de la intención del autor de conciliar las formas poéticas breves de Oriente con la nueva cultura del SMS, de tal suerte que los jóvenes pudieran recibir y transmitir a su vez mensajes deudores de tradiciones muy enraizadas.

»Hace unos meses traté de contactar con Abbas Kiarostami para invitarlo a un evento en España. Se excusó aludiendo que se encontraba en La Habana, no sé si rodando o impartiendo algún curso. Me gustaría saber qué pudo registrar el director en su cuaderno durante aquella estancia, qué poemas les sugerirían las calles de El Vedado o las espumas del Malecón, tan diferentes (¿o no?) a su lejana Persia. La otra noche, al saber que había fallecido, volví sobre El viento y la hoja y busqué uno de los textos que tenía marcados, uno de los más sencillos y hermosos: “El glorioso día del nacimiento/ el amargo día de la muerte/ entre ambos unos días”.»

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El viento y la hoja: Abbas Kiarostami pone el pie más allá de la alfombra

«En Culturaca somos felices cuando nos pasan estas cosas. Tras años devorando y disfrutando de las películas de Abbas Kiarostami, un día nos enteramos que aparte de dedicarse al cine y a la fotografía, el bueno de Abbas además escribe poesía. Y, encima, nos dice que ya era amante de la poesía mucho antes de descubrir y revolucionar el séptimo arte. El autor de El sabor de las cerezas y El viento nos llevará practica un género poético breve, conciso, sin rima. Su forma es parecida a la de los haiku haponeses debido principalmente a su brevedad.

»Hay un género en Irán llamado poesía sepid (que significa literalmente ‘blanco’). Es un movimiento de verso libre que se separa de la poesía clásica persa. Lo primero que destaca al leer las composiciones poéticas de Kiarostami es la simplicidad del lenguaje. Sus creaciones huyen completamente del lirismo y de recursos estilísticos recargados. Su lenguaje es sencillo, llano, con múltiples referencias a la naturaleza, a los oficios, a la vida cotidiana. Previsiblemente, su estilo poético conecta de alguna manera con su lenguaje cinematográfico. Lejos de mi intención es reducir el vasto universo visual de Kairostami a una serie de conceptos concretos, pero como meros apuntes sugerentes puedo decir lo siguiente: individualidad, intimismo, cotidianidad, preciosismo, espiritualidad, vida, muerte.

»En estos pequeños poemes, sutiles y compactos, Kiarostami consigue el mismo efecto que los grandes maestros japoneses del haiku: concentrar en unas pocas palabras una tajada sólida de realidad, de vida, de filosofía, de realidad, de tiempo, de espacio. Son composiciones que parecen destinadas a capturar la realidad a través del lenguaje. Su punto de partida es siempre la observación. Por lo tanto, se centran eminentemente en pequeñas experiencias, momentos y narrativas. Tratan alegría, tristeza, juego y desesperanza con el mismo lenguaje. Kiarostami prescinde de recursos poéticos habituales como la metáfora. Pero, de alguna forma, cada uno de sus pequeños poemas es en sí una metáfora. Veamos algunos ejemplos:

»Todo el ritual del sacrificio
ante mis ojos
se realizó
cuchillo y tenedor dispuestos


»En la boca del desagüe
las pieles de las naranjas
dan vueltas


»Puse el pie
más allá de la alfombra
no pasó nada


»En mi vida no tan corta
ni tan larga
habrá nevado unos diez años

»El único absoluto
es ese
yo soy yo

»Si el prólogo de Santos Zunzunegui es interesante y el libro denso y precioso, al final tenemos un gran regalo. A modo de postfacio, encontramos De la imagen, de la letra y del movimiento, un diálogo entre Ahmad Taherí y Abbas Kiarostami. Es un diálogo extenso y rico en el que Kiarostami ahonda en su infancia, en su juventud, en su educación y en su relación con la poesía y el resto de las artes. Todo el diálogo es imprescindible, pero me permito destacar un pequeño fragmento. Se trata de la respuesta que da Kiarostami a la pregunta de Taherí: ‘En la última década parece que se ha dedicado más a la literatura que al cine. ¿Será por alguna inquietud literaria?’.

»K: No me atrevo a decir que soy un hombre de literatura, o sea, la literatura no es mi tarea. De niño mi padre, en sus conversaciones cotidianas nos recitaba poemas. Pensaba que eran sus poemas. Después de su muerte empecé a leer libros de poesía y me enteré de que no era así: los versos que decía mi padre eran de grandes poetas. No sólo la vida artística, sino la vida cotidiana de la sociedad iraní se produce acompañada por literatura, o mejor dicho, por la poesía. Mi interés por la literatura viene de ahí, de antes del cine y de la fotografía.

»Pues ya sabes lo que te toca. Busca este libro y sumérgete en el fascinante universo poético de Kiarostami. Llévatelo a todas partes y ve rescatando, pescando o reencontrando sus poemas una y otra vez. Vete a dormir con ellos, despierta con ellos. Aviso: es una verdadera adicción.

»Estaba dormido
cuando verdeció la hierba
»

Jaume Muñoz, Culturaca, diciembre de 2015
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El viento y la hoja

«En la película Close Up (1990), Abbas Kiarostami pone en boca de Sabzian (un obrero aficionado al cine que se hace pasar por el famoso director iraní Mohsen Makhmalbaf) estas palabras, que bien valen una poética: “El arte debe surgir de la vida”. Este apego a lo real, pues, lo encontramos tanto en su filmografía como en su obra literaria; de hecho, la voz que enuncia nos confiesa en un texto: “Era un mero observador”.  Ambos Kiarostamis, el cineasta y el poeta, parece que tomen apuntes al natural, ya sea para seleccionar imágenes que filmar los días de rodaje, o para escribir poemas breves, a modo de relámpagos, que iluminen un área de su entorno. ¿Cuántas veces nos hemos metido, de la mano de Kiarostami, en el interior de un coche y hemos recorrido la geografía persa, conociendo a sus gentes? El lector que escoja El viento y la hoja (Salto de Página, 2015) tendrá esa misma sensación de ir descubriendo escenarios y tipos a bordo de los más de 350 poemas que recoge el volumen. Si Kiarostami en El sabor de las cerezas (1997) mostraba al mundo planos del paisaje iraní y de sus habitantes, en sus composiciones líricas realiza otro tanto. En ocasiones los textos se centran en la escenografía: los árboles, la nieve, los campos de labranza, los arrozales; y a menudo, en la galería humana: soldados, obreros, poetas, leñadores, campesinos, maestros. En otros poemas, sin embargo, el autor se abstrae de la realidad cotidiana y reflexiona sobre el paso del tiempo, la amistad o la propia existencia (“Sin pena/ ni alegría/ sigo mis pasos/ hacia algún sitio”, pág. 118). Pero además de unos temas comunes, el cine y la lírica de Kiarostami comparten otro rasgo: la técnica. En sus sus películas vemos planos fijos, en sus poemas percibimos la desnudez retórica. En ambas artes domina la sencillez formal. La fuerza de Kiarostami descansa en las imágenes y en la honestidad (y compromiso) de su mirada (“Una muñeca sin cabeza/ en las manos de una niña dormida/ en brazos de una mujer/ desorientada” pág. 64). Sus poemas, minimalistas, recuerdan no ya sólo a los de Omar Jayyam o Rumi (a quien editó), sino que se insertan en la corriente contemplativa oriental que une a la mística persa con el haiku medieval japonés (“Al posarse/ la abeja en la flor/ la mariposa se levantó” pág. 30). No faltan en el libro textos irónicos, de plena actualidad, cargados de sátira política y económica: “A los cajeros/ les faltaba poesía/ en las cajas”, “Los bancos/ planeaban abrir/ sucursales de poemas” pág. 77. En conclusión, El viento y la hoja deleitará a los amantes del cine de Kiarostami y de la poesía en general, honesta y sencilla.»

Ariadna GarcĂ­a, El rompehielos, 27 de octubre de 2015
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Kiarostami, poeta

«Desde su descubrimiento tardío allá por 1987 con ¿Donde está la casa de mi amigo?, el cine de Abbas Kiarostami se ha instalado entre la nueva cinefilia como uno de los más necesarios e importantes de estas dos últimas décadas, al tiempo en que se iba depurando cada vez más hacia un esencialismo pedagógico de primer orden sobre los mecanismos especulares de la imagen y la representación. La poesía no es ninguna veleidad ni ningún capricho de última hora para el cineasta iraní. Bien al contrario, forma parte, como la fotografía, de sus inquietudes desde una etapa muy temprana de su actividad creativa, que puede entenderse como un todo interconectado en el que también se incluyen sus instalaciones museísticas.

»Y la poesía atraviesa su cine no sólo en la forma de la palabra, sino también en ciertas figuras, rimas y tropos visuales, como esos senderos zigzagueantes en el horizonte, que reconocemos en sus mejores películas, de El viento nos llevará a la ascética y contemplativa Five. Es precisamente en esta última, homenaje a Yasujiro Ozu articulado en cinco largos y estáticos planos-secuencia, donde tal vez sea más fácil encontrar el vínculo entre una mirada foto-fílmica y unas formas líricas que se asemejan al haiku o al josranaví de la tradición persa, al trazo breve, depurado y elíptico de una escritura que parece buscar la fijación de los destellos de un mundo efímero a través del cuerpo y la voz del poeta.

»Como apunta Santos Zunzunegui en el prólogo de este hermoso libro, hay dos maneras de leer estos poemas: tomándolos uno a uno al azar, "como relámpagos de visión que centellean en la brevedad del fugaz encuentro con los mismos"; o en una lectura continua, que revela las transiciones de un tema a otro en un sutil ejercicio narrativo que en cierto modo se asemeja a un fundido encadenado cinematográfico.

»Se haga de una forma u otra, El viento y la hoja desarma al lector culturizado en su retorno a una sencillez arcana y primigenia, por momentos casi infantil, y no tanto por el carácter lúdico sino por la ingenuidad y la limpieza de unas imágenes y la cadencia de unos ritmos que parecen estar descubriendo el mundo, la naturaleza, por primera vez.»

Manuel J. Lombardo, Diario de Sevilla, 17 de mayo de 2015
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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