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reseñas y críticas Gólgota
El Bosco se zurra con Scorsese

«Hace unas semanas cruzó el charco por primera vez. Tampoco hace mucho que llegó a la novela: en 2004 fue finalista del Permio Clarín-Alfaguara y en 2007 le conocimos acá, gracias a la trepidante novela Chamamé que la editorial Salto de Página tuvo a bien traer a nuestras librerías. Lo lleva encima. Toda esa experiencia la arrastra en su cuerpo y en su indumentaria. Una chupa de cuero desgastada, una gorra beisbolera y camiseta azul con el símbolo de Superman que le resta frialdad a una mirada que le rezuma calvario. Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973) parece haber esperado toda su vida a poder escribir, parece haberse hinchado más y más del mal rollo que mamó en el extrarradio de la capital argentina para soltarlo de golpe en un año. Un año pletórico, en el que pasó de estar a cero, de no ser nadie a publicar cinco libros. Los tenía ahí dentro metidos, le hacían daño.

 »Pelea y resiste
 
 »En su primera visita a España no sé si tuvo tiempo para visitar “la cancha” y el Prado. Me dijo que no quería marcharse de aquí sin conocer El jardín de las delicias de El Bosco. Toda esa capa de acero se le cae de golpe. No podía quitarme de la cabeza que delante tenía a un tipo silencioso que se tatúa el título de todas sus novelas a lo largo y ancho de su cuerpo. El de Chamamé lo tiene pecho arriba, casi en el cuello. Y Gólgota, que es la última novela que podemos leer de él por acá, estaba a punto de tatuárselo. Le asoma en el antebrazo el nombre de Ramón, su hijo. Sus libros también son hijos suyos. Estaba hablando con el mismo sujeto al que había leído decir que a todos nos pueden crucificar, pero que también podemos crucificar; que la venganza corre libre y que hay que decidir cómo llegar al Calvario, crucificando o crucificado; que puedes poner la otra mejilla, pero que si lo haces, prepárate a pasarlo mal el resto de la vida. A Leonardo, su padre le enseñó a pelear cuando era un mocoso para que nadie le tocase un pelo. Porque él no estaría ahí para defenderle.
 
»Muerde y mata
 
 »Al final ha terminado escribiendo como pelea. Es rápido, dribla, lleva el ritmo en el cuerpo, tiene mala leche, no baja la guardia ni un momento, es sucio y pringoso, cuesta quitárselo de encima y te hace trizas de una página a otra. Sus otros maestros son Tarantino y Scorserse, porque cuentan cosas que están pasando en cualquier callejón oscuro del mundo. Y esa es la materia prima de Oyola: la realidad de las narices, la chunga, la de su barrio, la de primero tú y luego tus compañeros. La realidad que muerde y mata. Su literatura es exorcismo y suelta lastre. Se vacía y experimenta con todo lo que vivió. Lo trae una y otra vez, le pasa la capita de ficción para que no haya tanta autobiografía, ensucia y ya no hay huellas.»
Peio H. Riaño, Público, 4 de abril de 2008
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Gólgota en Literatura en breve

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Juan Jacinto Muñoz Rengel, RNE, 4 de abril de 2008
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Gólgota, de Leonardo Oyola

«¿Se pueden encontrar en 128 páginas todos los elementos necesarios para realizar una novela excelente? La respuesta es sí.
»Y es que Gólgota, no es sólo una novela trepidante de principio a fin, arriesgada. Esta obra representa el cambio generacional de unos escritores argentinos de género negro que no se andan con chiquitas. Ya con su cuarta novela en el mercado se atreve a entregarnos una trama entretenida, criminal y bastante personal. Y es que esta pequeña editorial no hace más que sorprenderme con sus títulos, breves pero directos.
»Leonardo está considerado como el enfant terrible actual de la novela argentina, y normalmente colabora con la revista Rolling Stone.
»En Villa Scasso, al oeste de Buenos Aires. Las leyes las marcan las callejuelas y las estructuras de ladrillo piel, con sus propias leyes – las de los pibes del Scasso- de que los policías – los patas negras- se mantienen al margen.
»Calavera y Lagarto, son dos oficiales de policía. El primero salido de la villa, aún siente los efectos en su cuerpo de la ley de su barrio: brutalidad y asqueo. El segundo se atreve a dejarse llevar por los acontecimientos que gobiernan la violencia en las calles.
»Esta es la historia de una vendetta en un enclave salvaje; de policías que juran devoción a las estampas de San Jorge, y otra de delincuentes que veneran a la San La Muerte y de una extraña guerra urbana en los que sobreviven, los que matan quedan corrompidos de por vida.
»La muerte se menea como la vida, pero con más soltura, y la ley del silencio es la clave para no traspasarse al otro barrio de un certero balazo.»

José Andrés Espelt, Cruce de cables, 6 de mayo de 2008
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Oyola, El talento que vino

«A los dos lados del charco, los escritores nacidos después de 1970 se lanzan a la tarea de contar un tiempo sin tiempo, el que vino tras el desencanto ideológico de sus padres y la muerte oficial (siempre hay alguien dispuesto a firmar el certificado) de las grandes utopías. Había que contar una España que no siguiera navegando novelísticamente en el charco de la Transición o en el pozo negro de la guerra Civil. Había que contar, por ejemplo, una Argentina después de Videla & cía (y la CIA, of course); una Argentina crecida en el desengaño cuando la democracia volvió pero volvieron con ella los mismos de siempre, y otros clonados de la misma célula de su puta madre.
»De momento, allí lo van consiguiendo más que aquí, donde parece que el bienestar tambaleante y el ansia de ser considerados europeos de verdad y no sólo españoles, ha llevado a muchos a jugar a la pijería literaria de la globalización, olvidando que la palabreja viene de globo.
»Y que los globos se pinchan. Los condones también.
»Larga introducción, espero que necesaria, para presentar a un novelista que se presenta solo, con su obra. Leonardo Oyola es uno de los que «allá» se ha echado encima esa tarea de contar y contar bien. Para muestra, dos botones, ambos publicados en España en menos de un año, por la editorial Salto de Página.
»Chamamé es una historia de delincuentes que no pueden ser otra cosa, que se engañan y trampean y persiguen por la tropical zona de la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. Pero es mucho más que eso. Es también una novela llena de ritmo y maestría narrativa, en la que el pop, el rock y la televisión son elementos algutinantes de la cultura popular, pero no mirada con el monóculo del pijo que va buscando frikadas para elevarlas al altar de lo kitch; sino desde abajo, desde cerca, como puntos de encuentro emocional, puntos de partida al fin. De esta primera novela de Oyola en España (la segunda en publicarse, antes lo fue en Buenos aires Siete y el Tigre Harrapiento, finalista del Premio Clarín-Alfaguara), se ha dicho que huele a pólvora y a Western moderno, y se ha dicho como un elogio.
»Pero a mí Oyola no me engaña. Los dramas que él cuenta, aunque sucedan en las villas miseria sembradas de chabolas que rodean la Buenos Aires de postal, son dramas de factura shakespeariana, y beben de esa copa universal: amor, traición, amistad, venganza. El cocktail de la vida desde siempre, pero tan bien mezclado que incluso cuando innova, no lo hace como el que niega todo lo que antes se ha escrito. Él escribe lo nuevo porque leyó y respeta lo viejo, y desde ese trampolín salta. Y cae bien.
»Chamamé nos muestra a dos personajes de fuerte perfil: Manuel Ovejero, El Perro, convicto y fugitivo, de si mismo y de una Justicia que estando en la cárcel lo sacaba para robar en su beneficio; y su contrapartida, el Pastor Noé, un mesiánico delincuente convencido de que Dios le habla desde las canciones de la radio. Hay también un botín birlado, una novia que pudo ser más, y toda una lección sobre los códigos de honor de los malandras. Cualquiera (yo mismo, sin ir más lejos), con estos materiales, se hubiera dejado tentar por la sátira o por la épica, igual de cómicas cuando se preparan con recetas y elementos precocinados. Oyola no cae en esa trampa y factura una novela en perfecto equilibrio, rebosante de talento y madurez. Quien no sepa que tiene treinta y pocos, creerá que está ante un autor con experiencia de décadas y frescura intacta.
»Y el segundo botón, presentado en marzo en Madrid, no brilla menos que el primero. Novela del desarraigo y la pertenencia, Gólgota es más breve que la anterior, pero no menos intensa. Narra la historia de dos policías de la periferia bonaerense, vecina de las chabolas y en la que la ley es apenas una bandera raída y un escudo en la fachada de la comisaría. Uno de esos maderos, Lagarto, es el cínico observador de todo lo que ocurre y frecuenta ambas orillas de este río sin agua y con fronteras sutiles, sin sentirse incómodo en ninguna de ellas. Su compañero, más jóven, Calavera, viene de las chabolas y no se ha alejado mucho geográficamente, pero sí en la escala social, al precio de hacerse policía. Ya no pertenece a ese mundo, nunca ha dejado de pertenecer a él. Y en esa contradicción compartida se teje el drama cuando los que tienen el deber de impartir justicia deciden hacerlo, pero hacerlo de verdad.
»Estremecedora y basada, según el autor, en la convicción de que todos podemos ser crucificados, pero también podemos crucificar, Gólgota es universal porque habla de algo que no pasa de moda: la actitud del hombre frente el sistema. Aunque en este caso el sistema sean los Pibes de Scaso, mafia pobre y mortal, pero mafia al fin, que se traga todo lo que tiene alrededor y se atraganta cuando alguien dice «no» y está dispuesto a pagar el precio por hacerlo.
»Oyola estuvo unas semanas entre nosotros, y ahora, en Buenos aires, trabaja ya en la cocina de la novela de 2009, de la que conozco la trama pero no pienso contar nada. Mientras llega, tenemos tiempo para darnos dos buenos atracones de talento. Un talento que vino y que, afortunadamente, volverá.»

Carlos Salem, Revista digital Escribirte, abril de 2008
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Gólgota de Leonardo Oyola

«Quizá al terminar de leer esta novela negra-social también se plantee mi misma pregunta: si el bueno permite al malo hacer de las suyas, pero sólo allí donde no moleste al bueno, entonces ¿sigue siendo bueno, o sólo es un malo cómodo?
»Gólgota, la cuarta novela del joven escritor Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973), no es una novela sobre malos y buenos que les ganan. Porque los “buenos” combaten a los malos según el momento. Porque al final nadie sale vencedor, salvo la muerte (que cultiva en ambos bandos), y su agente comercial la violencia (“La reina de reinas no es la madre de Cristo. No es la virgen. La reina de reinas acá y en todas partes es y será la violencia. Porque esa sí es madre… de todos los males”). Es en todo caso una novela de contrarios, de un policía solitario a punto de jubilarse (Lagarto) que siempre creyó en lo que está haciendo, aunque a veces eso implique jugar sucio, incluso fabricar pruebas, y que siente un deber de padre protector hacia el otro policía (Calavera), joven instalado en la treintena que a base de esfuerzo logró salir de la opresión de las calles de Villa Scasso, donde de seguro estaría condenado a ser uno de los otros, uno de los matones de los Pibes, y que contrariamente a Lagarto tiene un hogar con una familia que le espera.
»La policía no se mete con los pibes, los pibes se mantienen en su zona. Una hija muere desangrada por un aborto clandestino en los brazos de su madre, y la madre se suicida. ¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro? Pues que este último es un incidente que lleva a reabrir la guerra “patas negras”, “azules” o “policías” versus Pibes de Villa Scasso o delincuentes. Como correa de transmisión actuará el propio Calavera, que se convierte en vengador, justiciero, o juez y parte en esta guerra que él desata y en la que sucumbe. Su particular gólgota como no podría ser de otra manera está en Villa Scasso.
»La verdad es que al lector no le salpica mucha sangre. En su mayor parte corre por dentro, por los canales de los sentimientos de Calavera, que se desbordan ante el acontecimiento que le toca de plano, la muchacha muerta bien podría haber sido su hija de haber mediado otras circunstancias entre él y la madre de aquella que fuera su antigua novia. También por los canales de los sentimientos de Lagarto, que pierde  lo más parecido a un hijo y al que las reglas del honor obligan a lavar con otra sangre la de su compañero. Bueno, algo de sangre sí que hay.
»Si en la novela negra convencional la acción apunta ahí mismo, a la acción, partiendo de un fuerte nudo que poco a poco hay que desatar con constantes avances y retrocesos en el proceso, o sea, manteniendo la tensión, en esta novela negra-social, el nudo y el peso de la acción lo soportan los sentimientos, siempre contradictorios entre sí, de cada uno de los dos policías: el mayor ya lo hemos dicho, que cree en lo que hace pero que a veces se tiene que plantear si eso es lo correcto, que hubiera deseado con todas sus fuerzas una familia a quien querer (nada más lejos del policía arquetípico de novela negra convencional). Eso sí, como un policía de esos que hablamos, también empina el codo (aunque solo en el bar en cuyo espejo roto se refleja su figura; en el “Tenéme al chico” (Es irónico que un espejo hecho mierda te muestre en verdad quien sos”, su familia de barra en el barrio de Atalaya, una historia colateral que infla con mucho tino al personaje Lagarto. El joven, no es un novato (“Calavera había perdido la cuenta de los tiroteos en los que había intervenido”), sino un luchador curtido antes de la policía, en la ley de los suburbios, pero que siente que ha traicionado a su gente, no a los delincuentes, sino a la gente humilde y sencilla que lucha por sobrevivir con el fruto de su trabajo y con la que el padre Gregorio (“Un gallego de otro planeta que hace su obra social en Scasso”) lucha también. Su figura no se refleja en el espejo roto de ningún bar, sino en la figura de Kuryaki, otro de los Masters del Universo. Gran acierto por parte del autor el introducir esta especie de cuña informativa sobre esta serie de dibujos animados, que se nos desvelan al principio del capítulo “La corona de espinas; ahí entendemos el porqué de los apodos”.
»Los modismos y giros están bien usados, vienen colocados de forma que uno no necesita un diccionario de argentinismos, sino que por el contexto deducirá el significado de cada uno de ellos. Y por último añadir que si bien el lector acaba el primer capítulo de la novela confundido, es decir este capítulo no le aclara lo que debe esperar, y hasta bien avanzada la novela no sabrá que está inmerso en un flashback, la novela es de fácil lectura, lo que no quiere decir una novela fácil. Como tampoco es fácil la lucha entre esos verbos que los que aprenden español confunden en uno solo: ser y estar, y que son la esencia de esta más que recomendable obra.»

José Cruz Cabrerizo, La biblioteca imaginaria, 10 de noviembre de 2008
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.