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reseñas y críticas La línea del frente

La introspección es un estadio, en ocasiones voluntario, en ocasiones obligado, que conduce al ser humano a un replanteamiento generalizado de su vida en todas sus dimensiones. Si a todo esto le sumamos un entorno generacional altamente inestable y vivencias en un entorno político realmente trágico y convulso, nos encontramos (contiene mucho más desde luego) con la novela de Aixa de la Cruz. Un relato a múltiples bandas, donde la turbulenta soledad y el aislamiento son la marca característica de la narración. Un aislamiento escogido y vehiculado en torno a la figura de Sofía quien se muda a casa de sus padres en Laredo para terminar su tesis doctoral (cuestión ésta de estricta soledad) que aborda la compleja obra de Mikel Areliza, autor vasco que perteneció a ETA y termina por suicidarse (otra muesca en el revólver del abandono) en Buenos Aires, a la par que inicia o retoma una relación con Jokin, amigo desde la adolescencia y que está penando prisión en El Dueso. A estos personajes se le suma el portero de la abandonada urbanización y un inquietante vecino.
Esta galería de personajes que tienen como eje de interactuación su aislamiento, en unos casos decidido y en otros obligado, nuclean una obra narrada en tres capas (la narración de la propia Sofía, los diálogos entre Jokin y Sofia y el diario del autor bonaerense sobre los últimos días de Areliza) y situada sobre el telón de fondo de la violencia etarra, adolece en su inicio de cierto ritmo pero que superada un tercio de la mismo despliega una especia de narcótica adicción hacia los acontecimientos, de tal forma que los elementos dispares que la conforman terminan por conjugarse de forma acertada, nítida y necesaria (quizás la parte que más cojea sea la del diario) en una narración solvente y muy notable en gran parte de ella.
Un libro certero en la expresión del desasosiego vital, político y emocional de parte de una generación en permanente letanía sentimental porque, tal como expresó Gustavo Adolfo Bécquer:  «La soledad es el imperio de la conciencia.»

Juan A. Ruiz-Valdepeñas, Todo indie, 13 de noviembre de 2017
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Una de las facetas más enriquecedoras que nos ofrece la literatura es abrirnos ventanas no convencionales que nos permiten adentrarnos en asuntos desde ópticas diferentes a las habituales. Sin duda, también están las “ventanas convencionales”, o lo que es lo mismo, ficciones de corte ortodoxo que versan sobre asuntos reales, históricos y actuales, que utilizan historias más o menos explícitas y que son, por supuesto, perfectamente legítimas (y valiosísimas en muchas ocasiones).
No obstante, son las primeras, las ventanas no convencionales, las que más nos interesan, aquellas que abordan un determinado tema mostrando perfiles a los que otros antes no habían podido acceder. ¿Habéis visto Stranger Things? Pues, disculpadme la extravagancia, pero me refiero a ese mundo no visible que solo es capaz de ver uno de los protagonistas, que convive con el mundo real, el evidente, pero que casi nadie ve. Se trata de la cara del dado oculta, y es ahí donde la literatura adquiere una dimensión que los libros de historia nunca van a poder alcanzar.
En un momento en el que la literatura sobre el conflicto vasco está en plena efervescencia (Patria como abanderada, su mérito en este sentido es indiscutible),  el nuevo libro de Aixa de la Cruz supone una pequeña revolución. La línea del frente representa una nueva manera de llegar a la verdad por caminos secundarios, más sinuosos y peligrosos que las cómodas autopistas narrativas.
Sofía es la protagonista de la historia, una joven vasca que, tras una traumática ruptura sentimental y la necesidad de retiro para retomar su proyecto académico, decide refugiarse en la vieja casa de verano familiar de Santoña.
El proyecto – su tésis doctoral – versa sobre la vida y obra de Mikel Areilza, un escritor exmilitante de ETA que se suicidó en el exilio. El estudio de la vida del autor (visto por la protagonista desde el punto de vista de los diarios del dramaturgo argentino que intentó llevar a los escenarios la obra de Areilza) se mezcla en el relato con la relación de Sofía con Mikel, un ex novio de juventud con el que retoma la relación; ella desde su refugio, él desde la cárcel de El Dueso, a pocos kilómetros de ella, lugar que se presenta con un impacto visual casi asfixiante, frente a la ventana de la casa que durante esos días es su hogar.
El tercer elemento de la historia, casi como un espectador, neutro pero incómodo, es un vecino que ocupa la misma urbanización que Sofía, personaje, como ella, desubicado, ocupando los espacios que llenan las familias en verano pero que en invierno presentan un aspecto distópico y apocalíptico. El espectador, observador y observado, acaba por interaccionar con Sofía, desvelándonos un pasado revelador para ella y para nosotros.
Como os decía antes, lo valioso de La línea del frente es que Aixa de la Cruz nos muestra una forma diferente de abordar el conflicto vasco como una parte de un todo mucho más complejo y no como un todo absoluto que lo domina todo. Creo que la ficción necesita afrontar este tipo de realidades de esta manera, tangencial, escorada, que no es una forma cobarde de tratar el asunto sino todo lo contrario, ya que lo muestra precisamente como esas sustancias gelatinosas que desprenden algunas plantas y que son tan difíciles de limpiar, impregnándolo todo.
 Asumámoslo, hay una generación de jóvenes (algunos afortunadamente escritores) para los que ETA y su historia son parte de un paisaje de algo que ocurrió hace muchos años (y que probablemente no han vivido) pero que está lleno de vestigios y huellas del presente. Y esta pedagogía también es necesaria para comprender la realidad. Sin duda, tratar de conceder el título de “gran novela sobre el conflicto vasco” a un solo libro es una empresa tan inútil como poco inteligente. El asunto presenta tal cantidad de aristas que todas ellas son bienvenidas y merecen ser representadas.
Desde luego, si este blog tuviera línea editorial, apostaríamos sin duda por las propuestas valientes, inteligentes y enriquecedoramente creativas que autoras como Aixa de la Cruz o Edurne Portela (hace unos días reseñamos El eco de losdisparos) ofrecen al lector y al conflicto. Como casi siempre, los mejores no son los que triunfan, de ahí que la reivindicación de estos libros frente a otros adquiere una importancia mayor aún si cabe.
Sin duda, uno de los libros de 2017 que va a dejar huella en el universo literario nacional.

Ni un día sin libro, 8 de noviembre de 2017
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Una novela notable, con una visión diferente e interesante del conflicto vasco en un libro que se hace corto.

Basilio Pujante, Lecturas iletradas, 4 de noviembre de 2017
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Basta un pequeño vistazo a tu alrededor para darse cuenta de que a mucha gente no le vendría mal unos pocos remordimientos. Basta con que sea otro el que lo eche, para que piense que a ti no te vendrían mal unos pocos remordimientos. Si está en lo cierto, entonces, ¿qué hacer con ellos? ¿Y qué hacer con otras emociones que fueron tu verdad? ¿Qué hacer con algo que se convirtió en tu verdad cuando, para ser sinceros, intentabas que fuera tu trabajo? Será el otro el que te salve. Será mirar al otro y comprender que esa contradicción que tú padeces la han padecido cualquier ser sensible. Tal vez en eso consista la compasión, que es el tema de la nueva obra de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988).
La línea del frente nos lleva a la costa norte, a Laredo, un extraño lugar para la batalla, dado que la costa, y sobre todo la costa del Cantábrico, representa el retiro contemplativo. Así lo plantea de inicio Aixa, pues asistimos a una novela de situación, de reflexión, en la que los sucesos no acontecen a lo largo de la obra, sino que tuvieron lugar previamente. La voz que ocupa la mayor parte de la obra es interior, como se corresponde a la soledad elegida. La protagonista elige una urbanización y una época en la que está casi vacía, para terminar su tesis a la par que se prepara para visitar a su antigua pareja, con quien parece haber mantenido fidelidad. Sucede que su pareja está en un penal en una isla, como el Conde de Montecristo, por algún delito inexplicado del todo, hasta el final de la obra, relacionado con la violencia terrorista. Los años de condena se corresponden a los últimos de baja actividad de ETA, y el encuentro se ha postergado casi diez años, en los que la relación se ha mantenido de forma epistolar, debido a que la residencia original de la protagonista está en Barcelona, rodeada de colegas, pero sin amigos.
Casi por imposición, Aixa construye el relato testimonial de una generación en la que el conflicto vasco había nacido mucho antes de que ellos llegaran al mundo. Aixa elige temas y no cronología para su narración. Una voz que se intercala con la de un director de teatro argentino, fundamental para la interpretación de los hechos. El director de teatro muestra poca fe en el teatro, como si estuviera convencido de que el teatro no es nada más que eso, teatro, en el sentido más convencional del término, como si cualquier representación no fuera nada serio. Su punto de vista sobre nuevas formas teatrales, como el biodrama, lo ponen todo en tela de juicio. Todo, excepto el derecho a la lucha, que es el cimiento de la actitud de Jokin, el presidiario. Entre todos ellos, se juzga y se llega a entender la rabia, que es un momento de expresión del héroe. En realidad, la relación entre los dos protagonistas está sin definir y el momento en que Aixa elige para narrarla es en el que ambos pretenden definirla. Las intenciones de uno y otra parecen distantes, pero la necesidad igual de intensa. Sofía, la voz protagonista, construye el relato de la vida de Jokin, para lo cual se vale de las entrevistas y de algún vis a vis, al parecer lo más útil que ella puede hacer por él. ¿Útil es lo mismo que bueno? Tal vez. Pero no despejaremos la ecuación, pues sería revelar el final de la novela, en la que las leyendas se ponen en tela de juicio. Y eso ya en sí es muy valiente, también en literatura, en el teatro, en el relato.

Ricardo Martínez LLorca, Culturamas, 25 de octubre de 2017
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El principio de identidad afirma que toda cosa es idéntica a sí misma: una escalera es una escalera, una pluma es una pluma, un libro es un libro y, en fin, del tópico a la verdad: una rosa es una rosa. Pero ¿y una persona? Quizá no, quizá una persona no es sino el relato con el que cada cual se la explica –incluida ella misma–. Esta es la tesis que subyace a La línea del frente, lo nuevo que Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) acaba de publicar en Salto de Página y que, en un momento editorialmente dado a proclamar las grandes novelas de cada coordenada, ciertas voces anuncian como «la gran novela sobre el conflicto vasco». Esta suerte apellido compuesto va en pugna con la aparatosamente celebrada Patria de Fernando Aramburu. Si bien los circuitos y el ruido de fondo son distintos, La línea del frente es, sin duda, una novela más completa a pesar de su comparativa ligereza (184 páginas frente a 648). En esa cuarta parte de extensión, la autora hace gala de destrezas narrativas y dominio de recursos teóricos de fondo poco habituales y siempre bienvenidos.
La voz de Sofía Icaza es la que nos lleva por la mayoría de páginas de La línea del frente, una joven vasca de buena familia y complejos procesos mentales que al inicio de la novela se instala en la segunda vivienda de sus padres, un apartamento en Laredo. El principal objetivo de ese aislamiento voluntario es escribir la tesis a la que le ha dedicado los últimos años: un estudio sobre el final de Mikel Areilza, escritor y ex militante de ETA exiliado en Argentina. Sin embargo, en la práctica el encierro es empático y desarrolla otro tipo de investigación: recupera el contacto con un antiguo ex novio, Jokin, y trata de darle sentido y consistencia narrativa a lo que sucedió en los años que vivieron separados –aquella unidad buscada–: «Quién sabe cuándo empiezan las historias. Depende de quién hable, de quién seleccione, y de lo mucho que se quiera remontar a los orígenes». Jokin está en la cárcel de El Dueso y desde que Sofía lo sabe mantienen una correspondencia que acelera el abandono de su vida gris en Barcelona para acercarse al epicentro de esa otra historia. La razón por la que él está preso se irá desvelando al tiempo que la protagonista se plantea hasta qué punto es determinante en última instancia: «Necesito convencerme de que los detalles no importan, importa la esencia, lo que demostramos en los instantes clave, cuando decidimos contemplar una injusticia por televisión o enfrentarnos a ella, cuando nos salpica la sangre de una herida abierta y reaccionamos como si fuera nuestra propia sangre. Lo demás es intercambiable, deducible, probablemente falso».
La novela intercala los capítulos más clásicamente planteados con entradas del diario de Arturo Cozarowski (dramaturgo argentino que mantuvo estrecho contacto con Areilza y conoce quizá sus razones) y el relato teatral, dialogado, de las visitas que Sofía hace a Jokin en la cárcel. Aunque De la Cruz ha comentado en alguna ocasión que el motivo es el conocimiento de sus limitaciones tanto como el deseo de evitar cierto aburrimiento en la escritura, el resultado es una brillante coreografía narrativa en la que se va desvelando no ya el secreto de la historia sino su sentido último.
No es imprudente ni apresurado a estas alturas anunciar que Aixa de la Cruz es, probablemente, la mejor narradora de su generación. Da cuenta de ello su prosa impecable, la capacidad de diseccionar los ángulos muertos de una historia, la presencia de ideas originales y de calado casi en cada párrafo y la extrañeza descarnada de sus propuestas. Así, no se aleja –en contra de algunas apreciaciones– de su anterior publicación, el libro de relatos Modelos animales (Salto de Página, 2015), sino que supone, en tal caso, una maduración de los antecedentes y una línea ya segura aunque variada: la aplicación con éxito del principio de identidad a su propio estilo y producción literaria.

Azahara Alonso, Ámbito cultural, 11 de octure de 2017
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De Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) leí en 2015 su libro de relatos Modelos animales (Salto de página, 2015), un libro del que guardo un buen recuerdo. (...) Pese a su juventud, La línea del frente es la tercera de De la Cruz, que empezó a publicar en 2007, es decir, a los dieciocho o diecinueve años.
La protagonista y narradora de la novela es Sofía Rodríguez Icaza, de veintinueve años y originaria de Bilbao. En el primer capítulo, Sofía llega a la casa de veraneo que su familia posee en una urbanización de Laredo, cuando ya ha pasado la temporada turística. Esto provoca que sólo se encuentre allí con Agustín, el conserje, con un hombre diez años mayor que ella que vive en una casa de otra urbanización, y que es un posible drogadicto que se pasa los días vegetando, y con un gato. «Ya estamos todos. Personajes de una novela de aventuras. En esta orilla, Robinson Crusoe, y en la opuesta, el Castillo de If, la prisión del conde de Montecristo»: así acaba el primer capítulo en la página 22.
El conde de Montecristo, insinuado en el párrafo anterior, es Jokin, novio del instituto de Sofía, que en la actualidad cumple condena en la prisión de El Dueso, cerca de la casa de Sofía en Laredo.
Sofía se ha mudado desde Barcelona a Laredo (dejando a su novio Carlos) con un doble propósito: quiere acabar de escribir la tesis que tiene entre manos sobre el escritor y exetarra Mikel Areilza, que se suicidó en Argentina adentrándose en el Río de la Plata con los bolsillos llenos de piedras (igual que Virginia Woolf, se dice en el texto); y también para verse con Jokin, con quien ha vuelto a cartearse después de acabar su noviazgo una década antes.
Sofía se ha vuelto a interesar por Jokin desde que lo vio en televisión dos años antes, cuando se encontraba en Barcelona. Jokin participaba en un enfrentamiento con la Ertzaintza, que tuvo lugar cuando unos manifestantes trataron de defender a un rapero al que querían detener por unos comentarios en redes sociales, en los que enaltecía el terrorismo. Después del alto el fuego de ETA, la Ertzaintza sigue actuando en el País Vasco con la contundencia de los peores tiempos del terrorismo, parece considerar Sofía.
Sofía empieza a sentir que ella no se involucró de ningún modo en el llamado «conflicto vasco», que su familia adinerada siempre hizo esfuerzos para acercarla al mundo de la cultura, mientras que la alejaba del de la política. Sin embargo, siente ahora, Jokin sí tomó el camino de la significación, algo que empieza a considerar como una decisión valiente, y que la lleva a contemplar ahora a su exnovio bajo el prisma del «heroísmo». Esto la llevó a contactar con él en la cárcel y a iniciar una correspondencia que le ha hecho dejar a su actual novio, al hacerle revivir una relación del pasado. En Laredo empezará a visitarle en la cárcel, mediante encuentros ordinarios a través de un cristal, y otros con vis a vis.
La fijación de Sofía por el escritor Mikel Areilza proviene de su renovado interés por Jokin. Entre los dos empieza a establecer paralelismos, hasta el punto de querer indagar en los motivos de la lucha política de Jokin, igual que en el pasado de Areilza al escribir su tesis. Para tratar de alumbrar la vida de Areilza, Sofía dispone del diario del escritor argentino Arturo Corazowski, que trató con Areilza en Buenos Aires porque consiguió embarcarlo en el proyecto teatral del «biodrama». Éste consistía en subir al escenario a una persona real para hacer de sí mismo y observar cómo puede uno cambiar su historia o su pasado al sentirlo como una representación. Algo que pudo destrozar a Areilza y, tal vez, conducirlo al suicidio.
Esta idea del «biodrama» es importante en la construcción de la novela, puesto que en La línea del frente, De la Cruz se ha propuesto reflexionar sobre la influencia de las ficciones en nuestra mirada sobre el mundo. En la página 114 podemos leer: «Mi gran pecado ha sido siempre la inacción, la parálisis. Durante veintisiete años no hice nada heroico ni ruin salvo dejarme contagiar por aquellos vivas a ETA que se coreaban al final de los conciertos, mirar hacia otro lado, pero sin saber, siquiera, que lo hacía. No tengo derecho al examen de conciencia del que tanto se habla últimamente; nadie quiere que yo pida perdón. El cómputo suma cero. Y aunque es paradójica esta culpa por no haber cometido ninguna falta, es culpa, después de todo. La culpa inútil del empresario al que atormentan las hambrunas, la culpa que me inoculó Jokin cuando irrumpió en mi burbuja a través de una pantalla de plasma».
Sofía parece experimentar hacia Jokin una doble culpa: la de su inacción y la de la mala conciencia de clase, puesto que, aunque compartieron aulas en el instituto, ella pertenecía a una clase social más alta que él. «A finales de los ochenta, cuando se implantó el modelo de inmersión lingüística en vasco, los colegios públicos se llenaron de clase media-alta, de la prole de abogados y políticos nacionalistas que querían predicar con el ejemplo. Mis padres, a quienes era indiferente aquella lengua que jamás aprendieron, se dejaron llevar por la moda» (pág. 19). Además, para ella Jokin supone un misterio, puesto que no consigue averiguar cuáles son los motivos que le llevaron a enfrentarse a la policía y que le condujeron a la cárcel.
La novela comienza con un tono intimista, puesto que Sofía ha decidido recluirse voluntariamente en la casa de una urbanización sin vecinos, y con muy pocas ocasiones para interactuar con otros seres humanos (el conserje, el vecino de la otra urbanización y Jokin). Pero no toda la novela está escrita con la voz narrativa de Sofía, puesto que el lector puede acercarse a algunas de las páginas de los diarios de Arturo Corazowski, referidas a su relación con Mikel Areilza. Además, los encuentros en la cárcel entre Sofía y Jokin están narrados como si se tratasen de actos teatrales, con diálogos y anotaciones en tercera persona de este estilo: «Desde el lado opuesto del cristal, Jokin imita el gesto y sitúa su mano sobre la silueta de la mano de Sofía» (pág. 53). En estos capítulos, se incide sutilmente en la idea de la representación, de cómo la concepción narrativa de nosotros mismos o de los demás cala en nuestra forma de actuar.
Muchas de las comparaciones de la novela son muy actuales, abundando las referencias a series de televisión, pero también a textos literarios más clásicos.
La línea del frente es una novela relativamente corta, pero compuesta por múltiples capas. En muchas páginas, el lector tiene la sensación de que las ideas expresadas en el texto están simplemente sugeridas y que le corresponde a él llevar a cabo una labor de indagación en sus significados. Esto le lleva a leer en un estado de alerta permanente. Posiblemente, Aixa de la Cruz podría haber escrito una novela mucho más larga, mostrando el pasado de los personajes, por ejemplo, pero ha escrito un libro de 177 páginas y éstas parecen suficientes para sustentar su mundo de sugerencias y escenas a media luz. He tardado poco en leer el libro, me apetecía seguir leyendo cuando lo tenía en las manos. Me ha gustado La línea del frente.

David Pérez VEga, Eñe, 19 de septiembre de 2017
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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