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reseñas y críticas Los valientes

«Estupenda novela, con unos personajes inolvidables, con una estructura viva que te mantiene siempre atento, porque contiene un repaso de la utopía y porque plantea una alternativa sorprendente. Muy recomendable.

»El argumento es apasionante, como es la historia que cuenta: Tirso y David son los hijos de uno de los astronautas que se desintegró en el aire junto con sus compañeros en un transbordador espacial, en su reentrada a la atmósfera. Y esta es la historia, entre otras cosas, de cómo sobrevivieron al accidente, a la muerte del padre, sus hijos, junto con Julia, la madre, la mujer del astronauta, William Gibbon.

»Y cada uno lo hace como puede. Julia, la madre y esposa, una física brillante, rompe con su mundo anterior y se dedica a intentar fotografiar al espíritu de su marido, desde el principio, y se pierde entre sus cámaras y el sonido del diafragma cerrándose, periódicamente. David descubre la escalada, el valor de la cordada, y cuando tiene que dejar de escalar, se recluye en un piso patera, donde intenta construir la máquina del movimiento perpetuo. Tirso termina siendo un trabajador social, comprometido, combativo, bueno. Y entre ellos está Helena, la maravillosa Helena, que sufre los malos tratos y la violencia de su padre, y que lleva toda la vida huyendo pero que encuentra en Tirso y en David a su única familia, que busca el amor y la ternura, pero casi siempre lo único que ha encontrado son golpes.

»Pero lo extraordinario de esta novela es cómo están contados esos personajes, con la pasión, con la precisión que están cincelados, las escenas poderosas, cómo está contada la historia, y cómo la estructura no lineal de la novela nos va llevando atrás y adelante para explicarnos porqué los valientes son los que deciden huir, los que deciden enfrentarse pero comprometiéndose, los que de verdad quieren cambiar las cosas.

»Porque la novela habla, sobre todo, de eso: de la utopía, de lo que podríamos haber construido y no hemos hecho, de la especie tan destructiva que somos y de cómo es posible la libertad. Y lo hace a través de los sentimientos de los personajes, de las luchas, de la profundidad de la desesperación, y aún así, del valor. Es una novela dura, llena de dolor, de sufrimiento, de pena, pero también llena de esperanza. La primera parte de la novela es fantástica.

»Además, la novela cuenta la historia de Rudo, un hombre que desde muy joven ha buscado la utopía. Y lo ha hecho de verdad, emprendiendo viajes alucinantes en busca de lugares legendarios donde podía darse una sociedad libre, social, justa. Y recorre el mundo para terminar en un piso de Madrid, haciendo un butrón para acceder a un cine abandonado y creando el Club de los Oficios Inútiles.

»Por eso no puedo dejar de recomendar que os dejéis llevar por la utopía y antes de huir, como los valientes, hacia una sociedad posible, más justa, antes de que el mundo, tal y como lo entendemos, se acabe y termine por destruirse, os leáis esta novela tan especial, y la disfrutéis tanto como la he disfrutado yo.»

Antonio Martínez Asensio, Tiempo de silencio, 13 de enero de 2016
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«El protagonista de Los valientes es Tirso, un treintañero que ejerce de trabajador social en uno de los últimos veranos de un Madrid ardiente. Roberto de Paz también es trabajador social e imagino que habrá usado su experiencia laboral para ilustrar más de una de las anécdotas que sobre esta profesión recorren el libro. Tirso empieza después de años a cuestionarse su trabajo: “Cómo se sienten las personas cuyos empleos están libres de consideraciones éticas y existenciales.” (pág. 21)

»A Tirso le acaba de dejar su novia, y este hecho parece actuar como un motor de impulso para acercarle a su pasado. A través de capítulos que alternan el presente con la historia familiar de Tirso vamos conociendo al resto de personajes: Julia, la madre, fue una destacada licenciada en Físicas, que se casó con William Gibbons, el primer astronauta británico, que murió en 1986, en el accidente del trasbordador espacial Challenger (si bien el Challenger de esta novela se desintegrará al reingresar en la Tierra tras realizar su décima misión y no en el despegue, como ocurrió en la realidad). En la actualidad Julia ha dejado atrás su pensamiento científico y trata de encontrar la presencia de su marido en universos alternativos, a través de las continuas fotografías de los espacios de su casa. David, el hermano de Tirso, también estaba presente en la estación de Robledo de Chabela para ver en directo como su padre volvía a la Tierra cuando ocurrió el accidente. David tiene un carácter introvertido, y junto a su hermano se aficionó de niño a los grupos scouts. Esta afición le llevará a la escalada, hasta que acaba teniendo dos accidentes serios que le llenarán de culpabilidad. En el presente de la novela vive encerrado en un bajo, tratando de encontrar una máquina que consiga el movimiento perpetuo. Otro de los personajes será Helena, vecina de Rosa, la tía de Tirso y David en Alcorcón, ciudad del sur de Madrid a la que se trasladará a vivir Julia con sus hijos después del accidente en el que ha perdido a su marido. Helena es hija de un padre maltratador, y al comienzo del libro, cuando aún el lector no conoce a los personajes,  tienen lugar dos escenas claves, que cobrarán significado, una vez lo acabe: Tirso intentó en el pasado vengarse del padre de Helena, por el daño que le había causado a ésta, y en el presente vuelve a estar dispuesto a terminar el trabajo que dejó inacabado de adolescente.

»Los valientes está narrada en tercera persona y en la mayoría de las páginas se acerca al punto de vista de Tirso, pero también nos narrará el pasado de Julia en la sierra de Cádiz o la importancia que tuvo para David la escalada en su formación personal. Helena, David y Tirso han formado desde adolescentes un triángulo amoroso: Tirso creció enamorado de Helena y ésta de David, quien dejó embarazada a una chica y muy joven tuvo que empezar a trabajar en la construcción.

»Uno de los recursos estilísticos que más llaman la atención de la prosa de Roberto de Paz es el de la comparación. Continuamente en el texto la realidad descrita se compara con algo más, lo que le dará a la realidad propuesta su tono sensorial. En más de un caso estas comparaciones tienen que ver con el ámbito de la ciencia ficción, género literario al que Tirso parece aficionado. Así el calor de Madrid es como el de los desiertos de Dune, opina Tirso. Y un poco después se dice: “A dejar la ciudad como una maqueta de plástico achicharrada con un soplete.” (pág. 21). En la página siguiente leemos: “Las pintadas que trepan por los muros como enredaderas.”, y “Sigue caminando, y como si las aceras fueran cintas trasportadoras para acercarle de manera imperceptible a su destino, cuando quiere reaccionar está a pocos metros de casa.” En la misma página, Tirso ha pensado que se ha llegado a convertir en el Alex de La naranja mecánica. Vemos que en solo dos páginas podemos encontrarnos dos referentes muy claros de la ciencia ficción: Dune y La naranja mecánica y además tenemos en la novela ese detalle tan extraño para la biografía de un personaje que se ha criado en Alcorcón: un padre astronauta y muerto en el espacio. El tono de la novela es realista, pero no debemos olvidar estas pequeñas señales que se están sembrando en el texto: como ocurre en las novelas realistas de Michel Houellebecq, el final de Los valientes (esas personas que han descubierto que lo realmente valiente es huir) se adentra, aunque sea mínimamente, en la ciencia ficción apocalíptica, y se une así —cuando uno ya no lo esperaba— a la propuesta de otras obras del catálogo de Salto de Página sobre el agotamiento de los recursos y la necesidad de la autosuficiencia.

»Como lector, me resultaba reconfortante reconocer casi todos los espacios físicos en los que Roberto sitúa a sus personajes: cuando Tirso pasea por Callao, por ejemplo, y se acerca a un quiosco, puedo ver exactamente de qué quiosco está hablando. O, lo que para mí es aún más curioso, cuando habla de Alcorcón y de la estación de metro Joaquín Vilumbrales, también conozco el lugar bastante bien. Quizás este comentario no sea pertinente, o incluso absurdo, para un lector de fuera de Madrid, pero lo que reconocerá seguro cualquier lector español es el trasfondo histórico-social sobre el que la novela está escrito: los años del pelotazo y los posteriores de la crisis: “Los compañeros de obra de David se empleaban a fondo los fines de semana para dilapidar parte del maná que fluía del ladrillo. Llenaban los centros comerciales, compraban alegremente coches que sus padres sólo se habían permitido tras veinticinco años de vida laboral. España iba bien, eran buenos tiempos y todo estaba a un simple movimiento de tarjeta de crédito.” (pág. 97). “David se fija en el anuncio de la inmobiliaria y recuerda que no hace tanto formó parte de esa locura colectiva.” (pág. 106). “Suelta el aire despacio y durante varios segundos, sólo durante dos o tres, no más, se descubre de acuerdo con la facción neoliberal que tanto detesta, con los mismos que han dejado de ingresarle el sueldo, con los que perciben los servicios públicos como un despilfarro intolerable, como algo cuya gratuidad amenaza la viabilidad del sistema, incluso los valores del esfuerzo, del trabajo duro.” (pág. 111)

»Entre las personas a las que Tirso ha de atender como trabajador social aparecerá Rudo, un anciano de más de noventa años que le propone contratarle (sabe que Tirso escribe o al menos lo hacía) para redactar su biografía. Rudo pone en contacto a Tirso (y más tarde a David y Helena) con un grupo de personajes curiosos, el Club de los Oficios Inútiles. Rudo irá contando su vida a Tirso, episodios que tienen lugar al fin de la guerra civil española, en el Caribe o en Israel. Esto hace que la novela se abra a más relatos, al estilo de las propuestas de Roberto Bolaño, y dé más colorido a las páginas de Los valientes.

»Como posible punto flojo de la narración podría apuntar que al principio, cuando las escenas saltaban de la vida de Tirso como trabajador social, a las escenas claves de su pasado, y de nuevo a las escenas del presente en que las que se hablaba de su relación con su hermano, su madre o Helena, no tenía muy claro hacía dónde quería ir la novela. Digamos que no estaba seguro de que Roberto de Paz hubiese planteado una historia con una trama precisa que hiciera avanzar la historia —para el lector— hacia una conclusión. Es cierto que leía el libro con agrado —está escrito con un estilo ameno— pero ¿hacia dónde va  esta historia después de habernos presentado a los personajes?, me preguntaba. Según me acercaba hacia el final, y habían aparecido sobre la escena narrativa las historias de Rudo, todo comenzaba a cobrar más forma, y a tensarse los hilos que podían haber estado hasta entonces un poco sueltos, y al final los conflictos del pasado quedarán más o menos resueltos y la novela terminará —como ya he insinuado antes— con un final sorprendente, siendo Los valientes una narración agradable, levantada sobre los mimbres de nuestro pasado más reciente, pero que indaga también en pasados más remotos y nos adentra incluso en futuros aún más inciertos.»

David Pérez Vega, Desde la ciudad sin cines, 13 de diciembre de 2015
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«Hay que ser valientes para mantener a flote una editorial en pleno tsunami económico, para mantener un catálogo con novelistas jóvenes; pero también para colocarse al otro lado del libro, para encarnar la piel de un escritor (o una escritora) que todavía crea que la inventiva humana nos puede hacer mejores, que mezcle en la probeta de su texto cucharadas de esperanza y de crítica, sabiendo que un mínimo error en la administración de una dosis puede destruir un trabajo de años. En eso, precisamente, consiste la literatura: en asumir riesgos. Por suerte, de unos años a esta parte se ha dado a conocer una generación de escritores que agrupa imaginación, osadía y talento. Una de estas nuevas voces pertenece a Roberto de Paz. Ya en El hombre que gritó la tierra es plana (451 editores, 2011), Roberto dio muestras de poseer un mundo narrativo propio, así como un estilo pulcro, detallista y lírico. Su nueva novela, Los valientes, parte de esa sólida base para ofrecer a los lectores un libro mucho más cohesionado, donde las diferentes historias (se trata de una novela coral) se ensamblan a la perfección en el desenlace del libro. Si bien en los primeros compases de la novela se escuchan notas y melodías que recuerdan a la anterior (personajes que trabajan en servicios sociales, que han perdido a su padre, el gusto por la descripción meticulosa de las herramientas y utensilios de una ferretería), enseguida la obra se bifurca en cinco perspectivas focales que suponen una novedad con respecto al monólogo interior que leíamos  en El hombre que gritó la tierra es plana. En la obra se conjuran el gusto por la ciencia-ficción, la narrativa de anticipación, el recuerdo de la Guerra Civil, el alpinismo y la crítica social para que se manifieste ante nosotros un producto estético e ideológico de gran calidad. El libro narra las vidas entrecruzadas de cinco personajes. Tirso y David son hermanos. Cada uno asumió a su manera la muerte prematura de su progenitor, astronauta del Challenger. Roberto de Paz describe con maestría la psicología de ambos, su duelo, sus heridas, su entereza para sobreponerse colaborando en la construcción de un –trémulo– tejido social. Julia, la madre, abandona su brillante carrera científica tras el accidente, la mantiene con vida su fe en la permanencia del amado en una dimensión paralela, desde donde la aguarda. El personaje de Helena nos muestra el reverso de la moneda que representa Tirso. Éste trabaja en los servicios sociales, a través de sus ojos vemos una galería de dramas: ancianos sin plaza de residencia, ludópatas, escolares absentistas que malviven en una –deprimente y abandonada– residencia familiar. Los recortes de la administración incrementan la sensación de fracaso colectivo. Helena es la víctima, la niña que a la hora del recreo confiesa a su profesora de gimnasia la pesadilla que la tiene sin dormir cada noche. Ambos personajes respiran, tienen poros, nos identificamos con ellos. Y esto es así porque están perfectamente contruídos. Roberto de Paz sabe de lo que habla. Es trabajador social. Se ha curtido en los pueblos de la sierra oeste. En él se combina la experiencia real con una aguda capacidad perceptiva, tiene sensibilidad e inteligencia para trasladar al papel los mundos que sospechamos, pero que nuestra sociedad –pensada para el consumo y la satisfacción de los deseos– nos impide ver. No obstante, para eso escribe su obra, para hacernos mirar en dirección opuesta a los anuncios, la telebasura y el dircurso político de autocomplacencia. El personaje de Rudo, un adinerado anciano de 92 años, y de su esposa –así como de los integrantes de El Club de los Oficios Inútiles–, nos concilia con la especie humana. Su ideario utópico, libertario, supone una liberación en medio de la pobredumbre espiritual reinante. Sus ganas de vivir son contagiosas. De su voz recorremos el planeta en busca de modelos existenciales alternativos al capitalismo, autogestionados. Si la prosa de Roberto de Paz es admirable, lo mismo que la estructura de la novela, la carga ideológica del libro es explosiva. Sus páginas apelan a nuestra responsabilidad individual –a nuestra valentía– para virar el barco que nos transporta y alejarlo de las tempestades en que nos afanamos en meterlo, como si fuéramos una tripulación sádica que se regodea cada vez que una ola barre de cubierta a nuestros compañeros, pensando –erróneamente– que no necesitamos de esos brazos para mantener la nave sobre la línea de flotación.

Ariadna García, El rompehielos, 13 de octubre de 2015
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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