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reseñas y críticas Manual de autoayuda

No conocía a Miguel Ángel Carmona del Barco y aunque aún no lo conozca, ahora, después de leer su Manual de autoayuda sé bastante más de él de lo que sabía antes. Esto, que podría resultar evidente, no lo es tanto. Porque este primer libro de relatos del joven autor extremeño (Badajoz, 1979) es sobre todo un libro valiente. Esta ha sido mi primera impresión al terminarlo, que la pluma de Carmona del Barco es atrevida, directa, de una suavidad traicionera y afilada como una cuchilla de afeitar. Si no vas con cuidado, te cortas, y sangras.

La editorial Salto de Página, a través del autor tuvieron la gentileza de enviarme un ejemplar hace unos meses como una invitación a la lectura y la posterior reflexión escrita, llámese reseña, crítica o sencillamente impresiones de un lector, que es ante todo lo mejor que aspiro a ser. Les dije que si el libro me gustaba así lo haría. Y si no, pero esto no lo dije, pasaría a ocupar un olvidado centímetro escaso más de mi librería. Estoy seguro que Miguel Ángel entenderá este grado de sinceridad porque sabe muy bien que a veces, incluso la verdad forma parte del argumento. Y la verdad es que cuando le tocó el turno de lectura a su libro, por el no siempre estricto orden de llegada en la famélica estantería de lecturas pendientes, leí los primeros dos o tres relatos y le dije, más o menos: ya he empezado a leer tu libro y creo que ya no voy a tener más remedio que terminarlo…

Y aquí estamos.

El libro está compuesto por dieciocho relatos de extensión muy similar, siempre en primera persona y siempre en presente. He aquí una de las razones de la valentía a la que me refería antes. Ese uso directo y cercano, casi de crónica, lo convierte en un libro de narración clara, transparente. Pienso aquí en aquello que decía Albert Camus, algo así como que los que escriben con claridad tienen lectores, y los que escriben oscuramente tienen comentaristas… Y lo digo yo, que tengo algunos oscuros predilectos. Pero otra cosa son aquellos colegas que empiezan y que se presentan oscuros a ultranza, difíciles de entender como estrategia para parecer mejores en medio del despiste. Aquellos que ejercen de oscuros y diletantes y se esconden en una elipsis no siempre sumadora. Desde luego, Carmona del Barco apunta a tener lectores a los que les guste la suciedad de lo real, la mugre de la verdadera realidad que nos acecha. Porque el estilo de este autor es así de descarnado y descarado. La mayoría de las historias tienen a la mujer como protagonista pero todas son historias sórdidas, de personajes aquejados por diferentes taras, trastornos o desgraciados avatares que marcan su inmediato devenir y que los convierten en seres atormentados. Gente a los que un día, de repente claro, les ocurre algo que los hunde en una crisis existencial de la que intentan huir, casi siempre sin conseguirlo. Personajes que intentan acercarse al ideal de lo que querrían ser, a la utopía y la imagen falsa de sí mismos. Recuerdo aquí también una de las cuestiones de manual literario, que no de autoayuda, por cierto, que el título cada vez me parece más irónico; y que consiste en aquello de que la vida de color de rosa no tiene literatura o dicho de otra manera, que la literatura se alimenta del conflicto y la tristeza humana. ¿Hay algo más triste que una prostituta que le lee Cioran, precisamente Cioran, a un amigo ciego? Pues eso es lo que hace la protagonista del relato McHegel, a mi modo de ver, uno de los destacados. Un relato que ilustra especialmente las pinceladas poéticas del estilo de Carmona del Barco, quien sin embargo tiende a lo truculento, lo irónico o lo surreal. McHegel, empieza así: Me doy asco porque trabajo para el Demonio y no me muero de hambre. (…) o sigue, más adelante, en pleno diálogo con Sebas, el ciego, un personaje secundario extraordinario al que la protagonista le dice: Con tus venas cargadas de noches, te hallas entre los hombres como un epitafio en medio de un circo.

Además de este, los relatos que más me han gustado son Mínima alma mía, Se ofrece mujer triste como modelo para fotógrafo loco o El título.

Mínima alma… se abre con la cita de un poema fúnebre de Publius Aelius Hadrianus:

Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos…

Del que no me resisto a plasmar la traducción de un tal Julio Cortázar aquí mismo:

Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño…

Y como sugiere la cita, trata de la degradación del alma humana, hasta el descenso a los infiernos. En este caso, el infierno de unos lavabos públicos, donde un homosexual va a buscar el puro placer, pero a través de ello, también la sensibilidad y el amor de sus desconocidos, atropellados  y ocasionales amantes. En lugar de ello, un día lo que encuentra es a otro homosexual reprimido y vencido por el odio hacia sí mismo, un maricón, cosa que el mismo personaje dice querer comprobar que no es. Una bestia, una víctima del monstruo sin rostro de los homófobos tiempos que corren, y que termina por agredirlo casi hasta la muerte. Y el protagonista, desde el dolor de la agresión siente compasión, seguro de que el agresor no tuvo la suerte de haber sido amado como él cuando era niño, por una madre por ejemplo como la suya, a quien tiene en casa y cuida como a una reina.

Se ofrece mujer triste como modelo para fotógrafo loco narra dos huidas, la de una mujer desahuciada a la que le queda un mes de vida y un solo pecho, y la ausencia del izquierdo, subrayada por una cicatriz que parece una sonrisa cosida… y la huida del propio fotógrafo cuya cámara le sirve para ahuyentar la insoportable existencia. Y entre ambas, la mirada del niño, hijo del fotógrafo, que ilustra la esperanza de salvación.

Finalmente El título es una historia de superación, o de su desesperada búsqueda, la de una mujer venezolana, inmigrante y recientemente enviudada. Es bella y está preparada intelectualmente, tiene un título, un Máster en Sociolingüística por la Universidad de Caracas y debe reconstruir su vida después de la viudedad. Pero no le será fácil, como su difunto esposo el mundo es machista, y la miran como a un objeto sexual que cazó en su día al marido español. Debería ser horrible o incluso deforme para que en las oficinas de empleo no la mirasen solo al escote, y se siente atrapada y vencida por esos prejuicios y ese machismo, incluso como el del propio cuñado, que fantasea con seducirla ahora que está libre como un taxi. Desesperada piensa en el suicidio pero afortunadamente, al final recuerda a su padre que siendo ella estudiante, le colgó su primer examen suspendido en la nevera y que ante su pregunta, llorando ella, de porqué hacía eso; el padre le contestaría: Por tu bien Amelia. También estamos hechos de fracaso.

Además de estos cuatro relatos destacados, tenemos también a un payaso ex toxicómano que quiere redimirse mediante la sonrisa y la tristeza de su máscara, tenemos cárceles y delincuentes vocacionales, personajes en definitiva que viven inmersos en su propia miseria y que no aspiran a otra cosa que a poder contarlo para que su voz de fe de haber vivido.

Quiero añadir que en general, todos los relatos van ganando en interés línea a línea, empiezan con una tensión cautelosa, como tanteando la historia y al lector y se disparan hacia una tensión final en un in crescendo de dramatismo, de lirismo o a una sorpresa final, que te zarandean de placer en el desenlace.

Un poco como le ocurre al conjunto del libro pero quizás al revés, ya que por ponerle alguna pega, los relatos según mi opinión van de mayor a menor interés o calidad, siendo infinitamente mejores y muy buenos los primeros y no así tanto los últimos.

En cualquier caso, doy por confesada mi grata sorpresa ante este joven narrador y le auguro otros buenos y aún mejores libros en un futuro próximo.

Jorge Gamero, 14 de mayo de 2017
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«Un buen amigo mío tiene la teoría de que el 90% de las buenas novelas (aplíquese también a los relatos) son duras. O tristes. O hablan de lo que nos falta. Carencias y aflicciones. No anda equivocado y al leer este Manual de autoayuda de Miguel Ángel Carmona del Barco, publicado por Salto de Página, enseguida he pensado en él y en que voy a regalarle un ejemplar del libro, porque su teoría cuadra aquí a la perfección, no faltan en estos cuentos carencias y aflicciones como él dice y que en estos relatos se desgranan de manera persistente, horadándonos el alma.

»Queda avisado el posible lector que no va a encontrar unas historias amables, ni de fácil digestión. Al contrario, a medida que avanzamos la lectura, algo nos va removiendo y revolviendo en lo más profundo de nuestro interior, de la manera más directa e intencionada posible.

»No saldremos indemnes de la lectura y ahí radica la grandeza de estas historias.

»La narrativa de Carmona del Barco atrapa, atenaza y no suelta; ahoga y hiere, de tal manera que tocados de muerte por una especie de masoquismo lector, es imposible parar de leer, hasta acabar, uno tras otro, todos los cuentos.

»En su mayoría son relatos sórdidos, protagonizados por perdedores, desesperados, hombres y mujeres que viven perdidos en sus propias miserias, confundidos y marginados aunque no obstante, buscan y se aferran a lo que puede ser para ellos una mínima esperanza de redención, quizá un mínimo sentido a sus confusas y precarias vidas.

»Todos los protagonistas de estos cuentos, en el fondo, buscan respuestas como hace el payaso de "Hilvanes": "Rebusco en los cajones del único mueble: el que contiene los escasos enseres que me cosen a la vida, los hilvanes de mi paso por esta tierra". Todos saben que "estamos hechos de fracaso", como revela el padre a la protagonista de "El título". Todos se enfrentan a sus circunstancias sin miedo pero con una cierta esperanza: "...no me asusta el dolor, pero preferiría que me quisieran", como dice la adolescente con problemas de peso en "Más sola que la luna" o "Hay tanto odio en el mundo; tanta falta de amor. Yo busco mi porción en las estaciones de autobuses" ("Mínima alma"). Todos anhelan un cambio, como el "Pasajero": "Escucho los gritos, las sirenas y un gran estruendo de teléfonos móviles, como pájaros en bandada. Sueño con levantar el vuelo y marcharme con ellos." Todos comparten una actitud parecida frente a su suerte: "Uno siente pena por los demás cuando necesita creer que la vida de los otros es peor que la propia". ("Anagnórisis").

»Cada historia tendrá su desenlace, cada personaje correrá la suerte que le depara el destino pero quizá aún hay esperanza cuando Dios brilla en forma de luz en los ojos de un niño ("Se ofrece mujer triste como modelo para fotógrafo loco"). Una bella imagen cargada de fuerza y poesía de la que también gozan estos cuentos.

»A lo largo de las historias, de vez en cuando, a modo de pinceladas o salpicaduras vamos descubriendo imágenes tan poéticas como "me duele la imaginación" ("Hilvanes"), "La piel es el uniforme de nuestra raza" o "Sebas no es un hombre; es un salón con chimenea dónde sentarse en una tarde lluviosa" ("McHegel"), "Mi madre me recibe, como siempre en el último mes, con las lágrimas inundándole el cerebro" ("El transplante"), "Necesitaba estar sobria de compañía", "El aroma de una mandarina se asoma al pasillo para ver si sigo ahí" o "Una sábana de luna arropa la pierna adelantada. ¡Qué caricias hace la luz!" ("El título"),  o ese "perfume artesanal con notas de envidia, ansiedad y una fuerte presencia de felicidad" ("Una mosca en la pared").

»Entre tanta tristeza, sordidez y drama aún hay esperanza, aunque sea mínima, aunque sea un leve destello de belleza entre la miseria por el que vale la pena seguir viviendo... Y vale la pena que Carmona del Barco siga dedicándose a la escritura, porque desde luego lo seguiremos leyendo.»

Boulevard literario, 22 de julio de 2016
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Con voz propia

«Escribir ficción en primera persona del singular y, a la vez, en presente de indicativo exige poner en marcha un doble artificio narrativo y supone, por ello, un doble reto. En primer lugar, porque obliga a impostar una voz, la del narrador, que no es la propia, sino la del protagonista, la de un personaje secundario o, tomando más distancia, la de una suerte de observador que nos cuenta, desde lejos, pero a pie de página, lo que está pasando. Eso por lo que respecta a la persona gramatical, porque la elección del presente como tiempo verbal implica, además, la necesidad de hacer creer al lector que quien habla no sabe lo que va a suceder, lo que no deja de ser, como decíamos, un complicado artificio, pues si el narrador puede no ser omnisciente, el que escribe sí debería serlo -al menos en buena medida-, y conocer, de antemano, el final del relato, y eso le exige una meticulosa labor de camuflaje.

»Si les hablo de estos elementos, coordenadas esenciales del punto de vista de un relato, y del doble riesgo que la primera persona y el presente implican, es porque asumiendo ese reto están escritas las piezas que componen Manual de autoayuda, el libro de relatos del pacense Miguel Ángel Carmona del Barco, quien, gracias a su experiencia como escritor y como responsable de talleres literarios, consigue salir airoso del lance, con una colección historias recias, contundentes, urdidas con un lenguaje preciso, directo, rico en elaboradas, sugerentes imágenes visuales.

»Podríamos decir que, con carácter general, al adoptar semejante punto de vista, el escritor pretende hacernos partícipes del futuro incierto de sus personajes, haciéndonos compartir el asombro ante a lo que el mañana les pueda deparar. Sin embargo, en los relatos de Miguel Ángel Carmona apenas hay, a mi modo de ver, ese asombro, esa sorpresa. Sí que hay, sin duda, una clara voluntad de ponernos en la piel de sus protagonistas, personajes que, por lo general, no parecen contemplar el futuro con demasiada incertidumbre, pues son individuos duros, con vidas difíciles, marginados o con serios problemas personales -entre ellos varios toxicómanos, una prostituta, una muchacha bulímica o un enfermo terminal de cáncer-, que parecen tener claro su poco halagüeño destino, afrontándolo unas veces con coraje, otras con rabia, conscientes de que a menudo no hay salida.

»Por esta razón, porque a menudo no hay salida, el título de la colección, Manual de autoayuda, puede acabar resultándonos sarcástico, porque no parece que para sus protagonistas haya ayuda posible ni que estén muy necesitados de orientación o aliento alguno, aunque, por otra parte, bien mirado, en un libro que, según el texto de la contraportada, pretende ser “una invitación a asomarnos a la oscura complejidad del alma humana, encerrada en estos relatos como insectos atrapados en ámbar”, el abanico de historias que nos ofrece, muchas de ellas, como decimos, terribles, truculentas, acaba por convertirse en un consolador muestrario de las innumerables formas en que los hombres afrontan la existencia, una existencia que, en ocasiones -en muchas ocasiones para algunos-, se nos revela atroz y despiadada, y, por esa razón, el libro, quizá, acabe siendo una cruda, y literaria, sesión de psicología.»

Juan Ramón Santos, planVe, 22 de julio de 2016
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«Este Manual de autoayuda tiene tantos protagonistas como el mundo en el que vivimos, ese que parece constantemente sumido en la psicosis colectiva y la crisis del individualismo. No nos engañemos: pensar que este planeta es un lugar feliz es infantil e inocente aunque a veces lo teñido de dolor tenga algo de bucólico, de bello. Sí, el dolor puede resultarnos poético cuando vive en las experiencias vitales de otros. Y eso es lo que supone este Manual de autoayuda, una suerte de atalaya relativamente cómoda desde la que parece más fácil poetizar el dolor ajeno y cotidiano de nuestras calles, de nuestros vecinos, de las entrañas de una sociedad en la que las vidas rotas no pasan de soslayo y en la que el odio, una palabra fea que creemos casi extinta y reducida a hechos puntuales, acaba por inundarlo todo.

»Tras leer el conjunto de relatos y cerrar el Manual de Autoayuda de Miguel Ángel Carmona del Barco (Salto de página, 2016) puede quedarnos una sensación un tanto amarga, manchada de realidad, como cuando al despertar de una pesadilla comprendes que has estado recreando durante todas las fases del sueño la película que viste la noche anterior. Esta sensación puede ser una respuesta ante la cobardía de no querer distinguir realidad y ficción o un reflejo de la ceguera a la que nos sometemos por pura voluntad de no ver, de ser tuertos interesados.  Aún así no siempre podemos mirar a otro lado. Los diarios nos obligan a leer con rabiosa actualidad algunos de los relatos de Manual de autoayuda como esas “Cargas familiares” que soporta el policía que debe abatir manifestantes sin cuestionarse el color de su mordaza. Con la misma rabia aunque con menos actualidad deberíamos leer “El padrino” por ser la venganza un tema atemporal con cabida en cualquier época y cultura, muchos más en una tan catársica como la nuestra.

»¿Y qué hay del resto de relatos del Manual de autoayuda de Carmona del Barco?

»Mujeres maltratadas, prostitutas, crímenes inconfesables, prejuicios, cambios de identidad, atentados, drogas,...Demasiados entes como para que la muerte, personaje omnipresente en forma o fondo y que cuando no aparece se intuye entre líneas, tenga importancia. La muerte ya la hemos asumido como propia, como elemento unificador para todos sin importar sexo, edad o dinero en el bolsillo, así que es todo lo demás lo que nos hace cerrar el libro, cambiar de postura en el sofá, sentirnos incómodos.

»La solución más fácil ante esta desazón sería que nos trasplantaran el alma, mejor, que se lo trasplantaran a la sociedad. Porque la crisis de identidad afecta a los individuos pero también al conjunto social, al tejido mismo, a la trama que vamos formando cuando intercambiamos expresiones y palabras con otros y cuando convivimos. Y sí, sabemos que esta trama está rota de antemano, que fue construida sobre escombros y que alguien se llevará la peor parte. Total, habrá quien diga que es sólo cuestión de 21 gramos. Parece fácil. La otra opción es marcharnos. Podemos marcharnos. De hecho deberíamos marcharnos. Todos. Huir es la opción más segura. Pero de nada sirve si no salimos del bucle. Encadenar una huída tras otra tampoco serviría de nada.  Autoanalizarnos puede ayudar aunque si el espejo es demasiado afilado también rasga. Como dice uno de los personajes de “Una parcela en el infierno” “duele mucho que te hurguen en las vísceras con un hierro afilado”. Volvemos, pues, a la postura de la quietud, a la inmovilidad ante el miedo, a mirar hacia otro lado ante el dolor ajeno, “(...) intentando poner en pie al título de aquella película de Buñuel en la que los burgueses permanecen recluidos en el salón de una casa por una inexplicable falta de voluntad para salir. Quizá nos esté pasando a nosotros lo mismo”. Quizá realmente no queremos reparar la sociedad, ni cambiar las cosas,  ni poner remedio. Nos sentimos cómodos con cierta distancia y eso es suficiente. Quizá con el dolor poético nos vale, por lo menos hasta que alguien nos hace bajar de la atalaya a golpes o a mordiscos.

»Es este punto, en esta reflexión,  donde el nombre de Manual de autoayuda para este conjunto de relatos cobra sentido (para mi, obvio) gracias en un fragmento del relato "McHegel". Sí, McHegel, el diablo y el filósofo alemán en la misma expresión. "McHegel" me parece el mejor de este conjunto de relatos, el más contundente, el más reseñable, el que nos pone alerta sobre la necesidad real de un manual de autoayuda para nuestra sociedad. El más revelador, aquel porque el que este libro de Miguel Ángel Carmona del Barco tiene bien merecido su título. Y éste es sólo un fragmento:

»“Detesto a la gente que vuelve la vista en la carnicería, cuando el carnicero despieza el pollo. ¡Mira ahí, cobarde! Ese ser ha muerto para que tú vivas. Lo mínimo que puedes hacer es acompañarle hasta el último momento, reconocer su sacrificio. De la  misma manera, sacrificamos a mil quinientos millones de personas en el mundo para mantener nuestro estado del bienestar. Deberíamos tener el valor suficiente para verlos morir. Sería la única manera de que descubriéramos que somos demonios o únicamente nos lo han puesto demasiado fácil

»Más allá de lo que remueve por dentro Manual de autoayuda tiene una forma bonita, bonito continente para  el contenido que duele. No creo que debamos encuadrar estos relatos dentro del realismo sucio. Personalmente me parecen, más bien, crónicas imaginadas aunque no imaginarias. Es una definición personal, como cualquier otra, pero a mi me vale. Además cada historia está construída con tino, con perfección, sin dejar detalle suelto y con gancho. Despierta la avidez lectora que dirían algunos. Y es muy interesante la versatilidad de estilos de Carmona del Barco, algo de agradecer cuando lees un libro de relatos que te sitúa en diversos lugares, cuerpos y espacios vitales. Quemar voces puede llegar a quemar la vista del lector. Por suerte en este manual hay píldoras refrescantes para la vista.

»Aparte de recomendar leer Manual de autoayuda como lectura de verano también me tomo la licencia, sin consulta previa de su dueño, de invitaros a que os paséeis por la página web de su autor. Aviso: puede sorprenderos. También es interesante el vídeo que comparto aquí.

»Mientras tanto seguiremos pensando como “moscas posadas en la pared” ( es el título de otro de los relatos que más me ha gustado mucho) sin saber si estamos ciegos, alerta o sí con nuestra quietud somos cómplices del mismísimo demonio aún siendo conscientes de que en algún momento habrá que dar un paso adelante.»

Mapi Pamplona, Dime lo que escribes, 20 de julio de 2016
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«La expresión más repetida en los manuales de autoayuda, es esa de aprender a quererse a uno mismo. Repetir esta paradoja puede servir para viajar en el curso de los días en una buena dirección, pero a la hora de la verdad, ningún razonamiento ni sugestión vital, ningún sentimiento se corresponde a esa afirmación. Los monjes budistas hace tiempo que la abandonaron, por su concepción de uno y el universo, y el más pequeño de los apuntes cínicos dictaría que uno no puede ser al mismo tiempo sujeto activo y pasivo de la acción del amor. Sin embargo, a los personajes de este libro de relatos no les vendría mal aprender a quererse, y aprender a hacerlo en condiciones. Aunque ese amor fuera mentira. Este es el tema que unifica este volumen, concebido como tal y no como una recopilación de narraciones breves de distinto calado. De ahí, por ejemplo, que todos los relatos estén narrados en primera persona y que la voz sea bastante uniforme. Existen, sí, matices que los diferencian. Pero el sonido de cómo hablan, o piensan, los personajes es similar. Algo claramente intencionado por parte de Miguel Ángel Carmona del Barco (Badajoz, 1979).

»En primer lugar, para poder quererse a uno mismo hace falta una buena práctica del ejercicio de la memoria. Es decir, comenzar por tener memoria, pues algunos de los protagonistas parecen carecer de ella, y luego utilizarla en el propio provecho, pues ninguno sabe cómo hacer de los recuerdos una garantía para ser un poco menos desgraciado. En segundo lugar, una buena memoria no se atiene solo a momentos o imágenes. También a las emociones. Si las emociones son más potentes que uno, todas, sean de la estirpe que sean, el exceso visceral será una constante en cada acto y cada minuto. Eso también les sucede a los personajes centrales, que solo saben sentir las emociones a altísimo voltaje. En tercer lugar, está ese saber convivir con uno mismo, aunque sea a través de la autohipnosis de quererse bien, para percibir el mundo tal y como es, o tal y como lo representa la verdad de cada uno. Es decir, para no encontrarnos fuera de la realidad, que es otra constante en estos relatos. Uno diría que nos enfrentamos a un libro de relatos de realismo sucio, si es que las voces tuvieran algo que ver con la realidad. Se da el caso de que más de la mitad de los dieciocho relatos están en boca de mujeres, tal vez porque Carmona del Barco considere que hay algo más depresivo en ser mujer, tal vez, dicho de forma muy subjetiva, reivindicando la lucha por abandonar ese mundo más secreto y más oscuro del que empezaron a salir hace muy poco tiempo. Por alguna razón, en este volumen Carmona del Barco se siente atraído por los personajes sufrientes. Pero no se queda ahí: se trata de odiadores. Personajes que se odian a sí mismos.

»Ahí está, para empezar, el payaso triste, amputado, rehabilitado en su drogadicción, en un mundo donde no deja de hacer mal tiempo, esperando a que surja de quién sabe dónde una niña que le consuele un instante. O la pérdida de conciencia de la realidad de los oftalmólogos que asisten a un congreso y se contagian del virus de El ángel exterminador. Por el libro circula la pornografía, incluida una mujer que trabaja en un espectáculo porno y que lee a Cioran junto a su único amigo, que es ciego. O esa gente desnortada que da con sus huesos en la cárcel, un lugar violento donde no sabemos si habrá un resquicio para la ética. Los homosexuales pueden ser maricas de sesenta años que aguardan su oportunidad en baños públicos, y que con frecuencia terminan golpeados y justificando sus marcas a una madre que debería estar en un geriátrico. No faltan los matones, aunque su pistola dispare pis en lugar de balas, gente que busca, con ganas, la fatalidad. Y siempre los que huyen de su pasado o, como expresa uno de los personajes, acaba de hacerse un trasplante de alma. Aunque existen muchas formas de huir, como por ejemplo la del padre de familia que ante una situación de estrés sustituye su mirada por la cámara de fotos. Los que no pueden huir, como la inmigrante venezolana que ha vivido la maldad en carne propia, se resignan a acondicionar sus días y sus noches a esa maldad, a ser parte de ella, en lugar de combatirla.

»El mundo se desmorona por varios de sus costados. Eso nos dice Carmona del Barco. Y sus personajes proyectan ese desmoronamiento en lo que debería ser la realidad. Porque lo que está lleno de escombros, con seguridad, son sus entrañas. Lo del mundo, suponemos, lo deja para la siguiente oportunidad en que nos regale un nuevo libro. Lo estaremos esperando.»

Ricardo Martínez Llorca, Culturamas, 6 de junio de 2016
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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