título reseńas y críticas

imagen cabecera críticas Oro ciego
reseñas y críticas Oro ciego
oro, sin más

«Juraba y perjuraba Fernando Marías en la presentación de Oro ciego que la tercera novela del cubano Alejandro Hernández le parecía, ni más ni menos, el mejor libro publicado a lo largo de 2009. O por lo menos, el mejor de los que él había leído. Resulta tentador ocupar la presente reseña en rebatir o confirmar las palabras de Marías. Tentador y estéril, me temo. La cuestión no radica en si el libro de Hernández es superior (o peor) a este o a otro. La cuestión es que en un panorama editorial trufado de experimentos más o menos posmodernos, operaciones mercantiles que casi requerirían pasamontañas por parte de los editores, agentes y autores que las perpetran, y cantos de sirena triunfales que confunden el arte con la prisa, Oro ciego es literatura. Lo es porque esta caza del tesoro ambientada en la Guerra de Cuba consigue emociones que sólo la letra impresa puede perseguir, con herramientas que sólo la letra impresa tiene a su alcance. A saber: el empleo de las diferentes personas como instrumento definitorio de los puntos de vista o la manipulación del espacio-tiempo sin florituras o más segundas intenciones que las estrictamente narrativas. Esto, viniendo de un autor que sobre todo es guionista —suyos son, por ejemplo, los libretos de Hormigas en la boca (Mariano Barroso, 2005) o Malas temporadas (Manuel Martín Cuenca, 2005)— tiene su miga. Más aún cuando la novela que nos ocupa tiene su origen en un tratamiento cinematográfico nunca llevado a la pantalla, de cuyo rastro se diría que ha quedado el poderoso ritmo narrativo propio de este arte y poco más. Por cierto, que muchos de nuestros guionistas desgranen sus mejores argumentos en otros medios -la literatura y el cómic en general- no delata sino la desidia de un sistema de producción más atento a la rentabilidad intelectual y/o autoral que a la caza de auténticas ideas. Pero Oro ciego es una novela, y como tal hay que abordarla. Caza del tesoro, decía, contada con nervio y audacia. Alex Pashinantra, soldado metido a cocinero, cocinero metido a buscador de quimeras, se enfrenta a un juicio que puede costarle la vida en el inicio de esta narración. Como él, Cuba también se enfrenta a su propio ocaso, y como Cuba, Alex también va ambicionar esa riqueza prometida, ese mcguffin —un tesoro en las entrañas de la tierra- alrededor de cuya órbita giran las vidas de los personajes. La peripecia de Alex es también la peripecia de un país vuelto contra sí mismo, y lo que Alejandro Hernández cuenta no es sino la búsqueda de un caudal que nunca existió, un oro que puede ser la paz, la estabilidad o la gloria, pero que amenaza con destruir y destruirse antes que dejarse coger. Mediante un estilo preciso y engañosamente distante, Oro ciego necesita de pocas páginas para revelar sus verdaderas armas, más allá de frescos históricos: ya en el tercer capítulo se exponen los horrores de una suerte de campo de concentración, con una naturalidad —que no indiferencia— tal que violaciones, torturas, hambre o pilas crematorias palpitan en las retinas imaginarias del lector durante mucho tiempo después haber cerrado el libro. Baste este pasaje como ejemplo de las virtudes de la novela: Hernández no se recrea en los detalles sórdidos de lo que cuenta con objetivos epatantes, sino que se limita a emplear el lenguaje con la seguridad de quién conoce su oficio. Y es aquí donde Oro ciego se eleva por encima de otras propuestas contemporáneas, en el manejo de las emociones, un valor hoy en peligroso desprestigio —frente a ejercicios de exhibición como la literatura fragmentada—. Celebremos entonces la honestidad y el arrojo de su autor. El tiempo, estoy seguro, las acabará premiando como es debido.

Rubén Sánchez, Otro Lunes, enero de 2010
....................................................................................
Premio Gordo

«Hace poco dije que comprar un libro es como comprar una papeleta en una tómbola. Puede tocarte el premio gordo pero también el perrito piloto.

»Pues Oro ciego de Alejandro Hernández es, sin duda, uno de los premios gordos de esa tómbola llamada literatura. Por eso en este tiempo de libros de vida efímera y con fecha de caducidad, de mercadotecnia y best-sellers, esta novela, sin otra recomendación que la de los lectores, va por la segunda edición.

»Y eso que en la solapa dice que Oro ciego mereció en 2010 el Premio Espartaco de la Semana Negra de Gijón a la mejor novela histórica. Y bien por lo del premio, pero la marca “novela histórica” a mi me da alergia. Cuando paso junto a esa sección de las librerías siempre desvío la mirada y cambio el rumbo, como el que se encuentra a un charlatán en un mercadillo medieval que vende antigüedades Made in Taiwán. Pues esta vez el buhonero resulto ser un mago al que le compré —con alegría y entusiasmo— toda la mercancía que tenía en el tenderete. Y si fuera un predicador que necesitara un ayudante me hubiera convertido en su más fiel seguidor, voceando en plena calle su novela como el más eficaz remedio contra el tedio y el escorbuto, antídoto contra la picadura de la mosca Tsé-Tsé, elixir que hace desaparecer el esplín francés y recuperar la fe. Todas las variedades del tónico reconstituyente en un solo frasco.

»Oro ciego transcurre en Cuba en plena guerra de 1898. Y hasta ahora la única referencia que manejaba de ese mítico año era Héroes de Cuba, de Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March, y que forma parte de sus “Episodios Nacionales Contemporáneos”. Exigua lista a la que ahora sumaré esta novela de Alejandro Hernández en un estilo y desde un punto de vista completamente distinto.

»Oro ciego es de esas narraciones que le dan sentido a la palabra novela. En cuarenta páginas ya has vivido varias vidas. Y quedan trescientas treinta más por delante. En muy poco tiempo has estado frente a un pelotón de fusilamiento y milagrosamente te has salvado; has estado en un campo de prisioneros y has visto y sufrido toda la crueldad de la que el hombre es capaz; has sido guerrillero en la selva y has matado para que no te mataran. Podrías haber muerto miles de veces y de mil maneras distintas, pero has sobrevivido. Y al terminar la guerra todavía no estás a salvo, puedes morir de otras cien, otras mil formas diferentes en tiempo de paz.

»Lo mejor de Oro ciego es que muestra los límites de la vida humana no como un muro infranqueable sino como una simple línea que siempre es posible cruzar. Cruzas vivo esa línea roja y piensas que es la última, que ya no es posible que haya más, y sin embargo el destino te arrastra, te empuja y la cruzas, pasas al otro lado, sobrevives y sigues cayendo hasta la siguiente, pensando al llegar lo mismo que en la línea anterior: que es la última. Y sin embargo la cruzas. Otra y otra y otra vez más. Líneas, fosos, abismos, emboscadas, ciénagas, balaceras, enfermedades, cuevas, túneles, colmillos y explosiones. Caer, sobrevivir y volver a empezar. Alrededor locura, amistad, disentería, trampas, treguas, sueños, amor, sexo, esperanzas, traiciones, oscuridad y resurrección. Una muerte detrás de otra; la muerte y sus mil nombres; la suerte y sus mil sinónimos, y una vida que no es vivir.

»Oro ciego va mucho más allá de la trepidante aventura. Novela que se acrecienta y enriquece con cada nuevo personaje y su biografía. Su vida y su muerte. Su pasado a cuestas, su presente, su final. Novelas dentro de la novela. Una isla que es un continente inmenso. Una tierra de emigración, futuro, ambición, independencia, lucha y muerte; de guerra en sesión continua. Termina una y empieza la siguiente. Muere un general insurrecto y le sucede otro. Muere un hombre y otro ocupa su puesto. Se marchan unos y llegan otros.

»Novela en la que hay una parte de aventura épica, salvaje, heroica y cruel. Una parte de western caribeño y su fiebre del oro, su avaricia y su precio. Una parte de historia, política, desengaño, religión, psiquiatría, milagro, demonio, familia, recuerdo, enajenación,  huida, amor, sexo, verdad y mentira. Una parte de selva y ciudad. Tacto, vista y olfato. Otra de angustia, barro, hambre, sed, polvo, sangre y un motivo que sirve lo mismo para morir o vivir.

»Y un todo absoluto, estilístico, narrativo, escenográfico, carnal, hipnótico y magnético de literatura y premio gordo.»

Luis Borrás, Diario Siglo XXI, 22 de junio de 2010
....................................................................................
Oro ciego

«Este es un libro que tal vez me hubiera llamado la atención por la portada pero que no habría despertado mi interés después de leer la sinopsis. Sin embargo, me alegro de que haya sido uno de esos libros que caen en mis manos con cierta obligación y, por supuesto, me alegro de haberlo leído. Uno de los motivos de esa alegría es que he descubierto a un autor con una prosa excelente y con un estilo directo, sin tapujos y sin edulcorar; y con una historia dura y cruel que te va atrapando muy poquito a poco como si de arenas movedizas se tratase, te atrapa y te atrapa hasta que ya no puedes salir de ese fango, hasta que no tienes más remedio que asumir lo que el autor te está contando y tragar con lo que viene. No es una historia de digestión fácil y, lo peor de todo, es que el trasfondo histórico es real, lo que Alejandro Hernández nos cuenta de Cuba y de los enfrentamientos americanos y españoles de aquel final de siglo XIX es tan verídico que hiela la sangre. Huelga decir que parte de ese mérito es del propio autor que sabe poner la piel de gallina, decir las cosas tal cual son ni obviar los hechos con sutilezas. Es políticamente incorrecto y ese precisamente es el elemento que da veracidad a toda la obra, porque la vida es así y él no quiere que se pierda un ápice de esa esencia, a veces dulce y otras muy amarga.

»La historia nos la cuenta Alexander Pashinantra, un inmigrante de tercera generación, nieto de Ravin, un hindú que decidió cruzar medio mundo hasta Cuba para buscar una nueva vida y echar raíces. Alex apenas ha sobrepasado los veinte años de vida y ya se ve envuelto en una guerra y sus miserias. Me sorprendió descubrir que los campos de concentración y las crueldades del alma humana ya eran habituales en aquella Cuba revolucionaria y que eran los españoles los artífices de tales atrocidades. Fue duro leer la crudeza de la desesperación con la que se enfrentan los moribundos a la muerte y se aferran a la vida. Creo que en ese aspecto, Alejandro Hernández ha sabido muy bien representar esa perversidad movida por el hambre en todos sus aspectos, no solamente el que atañe al aparato digestivo. Y es por eso que no me extraña que Oro Ciego recibiera el Premio Espartaco de novela histórica de la Semana Negra de Gijón en su edición de 2010 y que el consagrado escritor Fernando Marías dijera palabras tales como que "estamos ante una novela que Jack London ha escrito desde el más allá… Una de las mejores novelas históricas que se han escrito en los últimos años." Así, Oro Ciego es una novela terrorífica y con tintes de una realidad muy cruda que amenaza nuestro bienestar emocional abriéndole grandes brechas. Es una obra muy recomendable, pero no apta para corazones sensibles.»

VĂ­ctor Morata Cortado, Cultura Hache, Abril de 2012
....................................................................................
Alejandro Hernández, Oro ciego

«Cuando hace tanto calor como hoy, lo que realmente me refresca es saber que hay gente que pasa por este infierno casi todos los días del año. Sí, sí —la desgracia ajena me trae un poco de alivio.

»Otra cosa es que con toda probabilidad la gente que vive, por ejemplo, en el Caribe está muy contenta con el clima y me miraría como a una loca al leer estas palabras.
Yo sin embargo nunca podría vivir con aquellas temperaturas y humedad —me asfixiaría.

»Así me sentía la mayor parte del tiempo que dediqué a la lectura de Oro ciego de Alejandro Hernández. Este western caribeño transmite el ambiente del lugar de una forma maestra: el lector se siente igual de sucio y sudoroso que leyendo Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, La vorágine de José Eustasio Rivera o El amor en los tiempos del cólera de García Márquez. A lo mejor no llega a los niveles de El coronel no tiene quien le escriba del padre de Macondo, en cuyo caso, el mejor lugar para su lectura es una ducha fría, o casi.

»Oro ciego se desarrolla en Cuba en 1898 durante y justo después de la guerra entre España y E.E.U.U. Su protagonista y narrador, Alex Pashinantra, descendiente de hindúes, superviviente de los horrores de los campos de concentración españoles (por lo menos los Castro no venden souvenirs de esos lugares infames) y ex-combatiente mambí se topa con una historia poco creíble de oro escondido en una cueva. Junto con un pariente suyo y algunos compañeros decide ir en su búsqueda.

»Es una experiencia muy compleja durante la cual ve morir a mucha gente de maneras inimaginables, se enamora, se convierte en estrella de porno de la época, es secuestrado, lucha contra unos mastines ciegos- guardianes del oro- y al final... Bueno, el final es, digamos, como poco, sorprendente. Pero Alex se lo toma con paciencia y tranquilidad. Deberíamos aprender algo de los hindúes en este aspecto.

»La novela está muy bien escrita y se lee muy bien, eso sí, siempre que no le importen al lector la mugre, el fango, la mierda, la sangre y el sudor.»

Por la estanterĂ­a, 6 de agosto de 2009
....................................................................................
Oro ciego

«Pocas veces nos hemos encontrado con un personaje que le toma el pelo al lector. Alex Pashinantra, el protagonista de esta atrapadora novela, se toma el atrevimiento, y entonces ¿quién no se rinde a deborar el resto del libro? Desde ese preciso instante uno decide que la tercera novela de Alejandro Hernández (La Habana, 1970) no se quedará olvidada en la estantería. Oro Ciego nació como un argumento de una película que jamás se rodó y que, sólo como eso, como un argumento, se hizo merecedora del primer premio de un concurso del Instituto de Cine en Cuba, que, aparte de ocho mil pesos, incluía un contrato que le permitió a su autor comenzar a ejercer de guionista. El tema: la Guerra del 98. Nos encontramos ante una novela de aventuras escrita de forma casi cinematográfica, a veces demasiado cruda, nunca mejor dicho por exigencias del guión, y es que la descripción de los campos de concentración españoles, que parecen haber inspirado a los trágicamente conocidos nazis, no aceptan eufemismos. Una prosa fluida y eficaz que engancha de principio a fin. De esta manera el escritor cubano afincado en Madrid nos traslada a la isla caribeña a especular junto con sus personajes sobre la existencia de unas minas de oro en las cuevas de un valle, una especie de "fiebre del oro" al estilo del oeste americano pero situado en las selvas de Pinar del Río. Alex, soldado y cocinero mambí descendiente de hindúes y superviviente de mil historias y una guerra, sortea la muerte, recuerda y revive la infancia, se reencuentra con su pasado y por supuesto, conoce a Gador, la impúdica protagonista femenina. En esta especie de diario personal, de estructura sencilla y fácil de seguir, el protagonista describe a todos los demás personajes que le acompañan en su búsqueda del tesoro sin recurrir al recato, contanto sin pudor las miserias humanas de las que él todavía con el mínimo de cordura que le permite haber luchado en la guerra, y mantenerse vivo. Oro Ciego es la tercera novela de Alejandro Hernández, después de La Milla (1996) y Algún demonio, publicada por Salto de Página en 2007.»

notodo.com, septiembre de 2009
....................................................................................
Después de la guerra: viaje al centro del infierno

«Debajo del fango yace a veces el oro. Y también detrás de la mierda, la sangre, la guerra. De eso se trata en esta extraña y extraordinaria novela de Alejandro Hernández, que tiene como marco la segunda guerra de independencia de Cuba, que se desarrolló entre 1895 y 1898 contra la potencia colonial española y que concluyó con la intervención de las tropas estadounidenses. Pero, antes de llegar a la paz y a la independencia, la historia acuñó un nuevo vocablo, «reconcentración», que, con una ligera modificación, iba a marcar la totalidad del siglo XX, el de los campos.
»La política llevada a cabo por el capitán general Valeriano Weyler a partir de 1896 tenía como objetivo aislar a los insurrectos cubanos, los mambises, de los campesinos, considerados como colectivamente culpables porque constituían una de sus bases de apoyo. Eso provocó una hambruna espantosa, al desmembrar las cosechas en la isla, y la muerte de centenares de miles de ciudadanos. Las fotos difundidas en la prensa de Estados Unidos produjeron un sentimiento de simpatía hacia la población cubana y, en fin de cuentas, resultaron ser una de las causas fundamentales, junto con la explosión que hundió al Maine en la bahía de La Habana en 1898, de la intervención de las tropas estadounidenses para acabar con la dominación española en Cuba.
»El narrador de la novela, Alex Pashinantra, cocinero y soldado, casi por casualidad, del ejército mambí, fue un "reconcentrado". En el libro narra su experiencia. La descripción del campo en que estuvo preso es dantesca: "Sólo una mente enferma puede idear algo así. Lo sé por mí mismo, y por las caras de los soldados que nos custodiaban. Traídos a Cuba a matar insurgentes y enviados a vigilar una turba sin culpa de nada que pagaría por todo. Así estaba yo, en aquel foso lleno de desconocidos que miraban sin ver, con sus pieles pálidas, sucias, abiertas por erupciones de dudoso origen, atravesadas de sarpullidos y granos que estallaban en sangre. Niños desnudos mostrando sus costillas y el surco de la sarna trepándoles al mentón. No había visto yo imagen igual".
»Tal es la descripción de uno de los campos de reconcentración de Weyler, con auras tiñosas y otros pájaros ensañándose con los muertos, el hambre perenne, "un agujero en el centro de mi cuerpo que crece y crece aunque ingenie mil formas de engañarlo", los cuerpos quemados ("Toda la noche arden los muertos. Toda la noche el humo revolotea sobre nosotros").
Alejandro Hernández no ha inventado nada. Su relato está basado en los testimonios de aquella época, incluyendo alguna fotografía tomada por reporteros estadounidenses. Podría reprochársele haber contado el horror en primera persona (individual o colectiva), haber transformado esa realidad en una ficción picaresca que por momentos recuerda a Primo Levi, no tanto al de Auschwitz como al de después de la liberación del campo de concentración, el de La tregua, el de los vagabundeos por toda Europa después del cautiverio.
»Claro que el autor no vivió eso, pero vivió otra guerra: la de Angola, donde las tropas cubanas estuvieron implicadas durante cerca de quince años, entre 1975 y 1989. Y todas las guerras acaban por parecerse. En este libro se habla de nuestra contemporaneidad. Es el pasado el que se inmiscuye, sin avisar, en el presente. Oro ciego no es una novela histórica. Lo que pretenden sus protagonistas es, simplemente, escapar de la miseria de los momentos inmediatamente posteriores a la guerra de independencia. Unos están en un bando, otros están en otro, los demás no están en ninguno. Enemigos hasta ayer mortales se juntan para ir en busca de un semblante de prosperidad.
»"En Cuba, no hay oro", afirma uno de los personajes del libro. Y, sin embargo, todos necesitan creer que sí lo hay, escondido en las profundidades del magnífico valle de Viñales, en la provincia de Pinar del Río, al oeste de la capital. El metal precioso podría lavar los desastres y las heridas de la contienda. Pero, para encontrarlo, hay que hundirse en las profundidades de los mogotes del valle, un lugar situado en aquel entonces "en el culo del mundo", y explorar las furnias y las galerías, llenas de cadáveres dejados allí por las tropas españolas, en una matanza más, y de perros ciegos rabiosos, que son los guardianes celosos de las profundidades de la tierra, custodiando el oro como su tesoro. La bajada a las entrañas de la tierra es como un viaje alucinado al centro de los infiernos.
»Una vez hundidos en los túneles de esas cuevas, no hay forma de salir. Y, si el narrador logra escapar a los mastines y al derrumbe de la montaña, es sólo para volver a encontrarse con las secuelas de la guerra, que acabarán con él. Al fin y al cabo, la vida en la superficie de la tierra es peor que el intermedio en los infiernos. Allí, por lo menos, lejos de la civilización, lejos de los dos bandos, el cubano y el español, lejos también de la ocupación estadounidense posterior al conflicto, Alex Pashinantra (hijo de un inmigrante hindú a Cuba) y sus compañeros de esperanzas e infortunio intentan construirse un mundo aparte. Tampoco afuera hay salvación.
»Oro ciego es una novela desesperada. De esa búsqueda frenética del metal precioso, nadie se salvará. Encontrarlo es un sueño, o una pesadilla, como ya había sido anteriormente el caso en California. Y no se sabrá en el relato si lo que los buscadores de oro llegan a vislumbrar en una de aquellas cuevas es una realidad o una visión inmediatamente anterior a la muerte, una de esas visiones que aparecen como un último resplandor, como el preludio a la oscuridad por venir.
»La única luz es un instante intermedio, un amor inesperado de Alex Pashinantra en medio de un universo poblado de incestos, de crímenes pasionales primitivos. Se llama Gador y solamente ha conocido la guerra, los cadáveres putrefactos de los soldados, de un bando y de otro, que se entremezclan en la entrada de las galerías que albergan la ansiada riqueza. Frente al terror generalizado, surge el deseo de irse, de abandonar la isla, como el que atenaza, igual que el hambre, a los cubanos de nuestros tiempos: "Quiero marcharme con Gador. Lo hago por ella, y por mí. No me preocupa lo que ocurra en La Florida. Necesito cambiar [...] que la vida me lleve lejos, a la Norteamérica profunda, donde no se hable de Cuba ni de sus gentes, ni de sus guerras ni de futuro".
»Antes de pensar en irse para Estados Unidos, a la vez esperanza y condena, los enamorados deberán conocer una Habana que despierta de nuevo a la vida, que se transforma, que se emancipa en sus relaciones humanas y que permite una explosión sexual inimaginable en el campo de donde vienen los dos jóvenes. Aquí es donde Oro ciego pierde un poco de su poder evocativo de destrucción de los cuerpos. Alejandro Hernández hace algunas concesiones a lo que se espera en nuestros días de una novela cubana: mucho sexo sin tabú. El intermedio sentimental y sexual se vuelve demasiado largo, hasta que, llamado por la fiebre del oro, Alex regresa, obligado, a su destino, en un viaje alucinado a los orígenes del dolor, de donde nadie sale vivo. La guerra no termina cuando acaban los combates. Se mantiene en el recuerdo, en cada paso que dan los que lograron sobrevivir a ella, no por mucho tiempo. La Cuba del pasado que aquí se narra es parecida a la del presente: un territorio salvaje, de donde sus habitantes prefieren huir antes de que se los traguen las profundidades de una tierra magnífica, sólo en superficie.»

Jacobo Machover, Revista de Libros, Julio / agosto de 2009
....................................................................................
Oro ciego

«Estamos en Cuba en la guerra de la independencia con los españoles, donde un trío de personajes compuesto por dos integrantes del ejército revolucionario y un médico, están buscando oro en las cuevas de un rincón recóndito de la isla caribeña.
»El protagonista Alex, junto con su amigo el cocinero Berisa, las ha pasado canutas para intentar sobrevivir a las guerrillas contra los hispanos y al acabar busca un negocio que le ayude a sobrevivir sin estrecheces. Su primo Luis, un psiquiatra de prestigio en la gran ciudad, ha conseguido saber donde se halla una mina de dicho metal amarillo, gracias a la hipnosis efectuada a un paciente que encontraron los mambises (componentes del ejercito cubano), desnutrido y totalmente desorientado con las manos llenas del polvo áureo, al que ningún interrogatorio salvaje ha conseguido sacar ni una palabra aclaradora de su procedencia.
»No sin problemas previos los tres han resuelto ir en busca de su dorado particular, donde han encontrado todo tipo de sorpresas inesperadas dignas de las novelas de Julio Verne. Aunque particularmente la historia no se centrará en una simple búsqueda del tesoro cual novela de aventuras al uso, pues la historia les persigue durante todas las travesías de ida y vuelta. Acompañada de drogas, muerte, pobreza o reflexiones políticas, sexo en todas sus vertientes y, lo más importante de todo, la lucha por la supervivencia.
»El cubano Alejandro Hernández nos deleita los sentidos con una descripción de sus experiencias en forma de novela desarrollada un siglo atrás. Pues ha sido soldado y habitante durante muchos años de la isla caribeña, de la que sin duda se ha empapado de todos sus rincones tanto histórica como geográficamente. Añadiéndole una pizca de sus dotes como guionista, para crear un ritmo a la novela destinado a que el lector se quede pegado a sus páginas hasta llegar a su resolución sin perder el interés en ningún momento.
»Concibe una excelente descripción de las técnicas de guerra y de las trifulcas que vivieron los cubanos al desprenderse de la presión ejercida por los españoles durante tanto tiempo, con la ayuda del vecino yankee. Así como la desidia que sintieron la clase obrera y campesina al descubrir que tras la guerra se debían a otra patria que les explotaba de forma similar a la anterior, en la que tan solo habían cambiado las fisonomías de los que les mandaban.»

Xavier Borrell, El Camp de TĂşria, 10 de junio de 2009
....................................................................................
Oro y muerte en la Cuba de 1899

«Tenemos muchas manías, muchos prejuicios.
»Como la novela histórica. No podemos con ella.
»Por megalómana, por esa solemnidad de cartón piedra, por escapista, por mentirosa. Y por haberse convertido en una auténtica plaga. Aunque la moda parece que ya está remitiendo.
Exageramos y generalizamos. Es nuestra tónica.
»Hay alguna buena, seguro. Incluso dos o tres. Aunque a nosotros sólo se nos ocurre Reconstrucción (Ed. Tusquets), de Antonio Orejudo. Muy buena, buenísima, una de las mejores novelas españolas de los últimos años. Pero es que eso no era una novela histórica, sino todo lo contrario: una antinovela histórica, que hablaba del pasado para en realidad hablar del presente, y que estaba llena de ironía y de sentido del humor, casi una parodia del género. Y al mismo tiempo, con mucho calado.
»Oro ciego (Ed. Salto de Página), de Alejandro Hernández, al principio no nos llamó la atención por lo que acabamos de explicar, por "histórica".
Pero nos insistieron: es buena, merece la pena...
»Y decidimos darle una oportunidad, la única posible: coger el libro y empezar a leer. No hizo falta mucho: en la primera página, o casi, ya pensamos, joder, sí, esto es otra cosa.
Oro ciego cuenta las peripecias de Alex Pashinantra, un joven de origen indio en la Cuba de finales del siglo XIX, tanto en la Guerra de Independecia contra España como inmediatamente después, cuando el protagonista se embarca con su primo y un amigo en una aventura desesperada en busca de una mina de oro.
»Desde la contra, la editorial habla de "ritmo absorbente".
»Y es cierto, sobre todo en la primera parte: Alejandro Hernández (cubano, de 1970, ex soldado en Angola y ahora, guionista afincado en España) te trae y te lleva por donde a él le da la gana, sin dejarte un segundo de tregua. Pero sin histerismos. Oro ciego no es una de esas novelas espídicas y aceleradas.
»Oro ciego es una novela llena de personajes y de historias asombrosas. Hernández va saltando de una a otra, a través del tiempo y del espacio, hacia delante y hacia atrás, gracias a una voz, la de su protagonista, muy sólida, incuestionable. Y gracias a su talento para armar una trama con todos esos elementos y hacer que avance sin que se atasque, y sobre todo, sin liar al lector.
»Oro ciego tiene poco menos de 400 páginas pero en ella y en los mil giros que da el argumento hay de todo: campos de prisioneros en los que las madres enloquecen y matan a sus propio hijos, escenas de guerra que parecen sacadas de un grabado de Goya, misioneros yanquis que pretenden redimir a la humanidad, comunistas alemanes con el mismo objetivo pero métodos completamente distintos, putas francesas que mueren de gripe, pioneros de la psiquiatría y de la industria pornográfica, marihuana, cocaína, perros ciegos que viven en las profundidades de la tierra, pasiones exaltadas, venganzas que tardan años y años en consumarse, amores incestuosos, amores con animales y hasta algún amor verdadero.
»Hay también historia, la de un país que aspira a recuperar la normalidad después de una guerra. Y que además pretende ser libre, aunque acabará vendiendo su alma al diablo. O sea, a Estados Unidos.
»Y hay una aventura, ya lo hemos dicho, pero una aventura crepuscular y desquiciada. La única posible cuando se escribe con los dos pies bien asentados en el siglo XXI, como hace Hernández.
»Oro ciego es una gran novela, muy ambiciosa, muy currada, muy conseguida. Llena de imaginación y de tremendismo, un tremendismo tropical, a la cubana, quizá a ratos excesivo, pero muy eficaz, muy potente.
»Y con una bonita moraleja final: ¿quieres oro? Pues tendrás que hundirte en la mierda. Y ni aún así te aseguran que lo vayas a encontrar.»

Juan Vilá, Algo de libros, 19 de mayo de 2009
....................................................................................
Oro ciego

«La historia la conforman los pequeños personajes, las anónimas heroicidades de hombres y mujeres que desde la sombra de los hechos, con su búsqueda de sueños y de libertad, trazan sobre el lienzo de la humanidad un dibujo colorido algunas veces y muy gris tirando a oscuro la mayoría de las ellas. Es a esos personajes anónimos a los que Alejandro Hernández (La Habana, 1970) da voz en su espléndida novela Oro ciego, un “western histórico-tropical”, lleno de acción y de la búsqueda del único tesoro posible: la libertad.
»Alex Pashinantra el personaje principal de la novela sobrevive a la guerra de 1898 y nos relata su búsqueda de una nueva vida. En el camino le acompañará Luis, que era cocinero para las tropas mambises y desea poner una fonda. A ambos los libera nada más empezar la novela un milagro que se le atribuye a San Ignacio de Loyola. Busquen y lean. Después se encontrarán con Berisa, primo de Alex que esconde un secreto y da el camino a seguir que todo buen western requiere: sabe donde hay oro. En esa búsqueda del preciado tesoro se encontrarán por el camino con James, otro espectro, en busca de un proyecto religioso, que termina uniéndose a la expedición hacia el oro. Todos llegan hasta el lugar donde el tesoro está escondido, en la región de Pinar del Río, donde Alex conoce a Gador, el personaje femenino de esta novela, una mujer con una existencia durísima, tan terrible y atroz como la vivida por Alex y Luis durante la guerra.
»La atmósfera de esta novela, la humedad de la selva, los amaneceres, los ríos y las noches son ricamente elaborados por el autor que transmite con su técnica narrativa los ingredientes necesarios para olamos las sangre y escuchemos los grillos cantar en la noche cubana de hace más de un siglo, testigo de aquella independencia y desgarro de la última colonia española.
»Pero a pesar de ser una novela que se narra durante la post-guerra hispano-estadounidense la obra rompe todos los esquemas del género histórico para hacer buena literatura, con un ritmo cinematográfico que invita constantemente al lector a ver planos, disfrutar de texturas tropicales y le expone a un juego prodigioso de luces y sombras que dan el color exacto de esta novela.
»Oro ciego del cubano Alejandro Hernández es la búsqueda de un tesoro mayor: la libertad. De los fantasmas del pasado, de la brutalidad de la guerra, de infancias traumáticas, de miedos más que racionales que asaltan al lector en cada esquina de la novela. Hay también amor, sexo, risas e incluso partidos de beisbol que matan el tedio de la búsqueda y de la espera. Personajes redondos, visibles, bien construidos y que se desarrollan a lo largo del camino que seguimos subidos a la carreta con ellos o en el campo de batalla o en el inferno que describe Alex en la primer parte de la obra.
»Inquietantes resultan las páginas dedicadas a la exploración de las cuevas en busca del oro y la presencia de unos terribles mastines ciegos que el lector querrá encontrar para seguir su rastro y desvelar su origen misterioso y cruel, metáfora de la oscuridad y del mal que asecha en ella y en los laberínticos pasajes de la cueva que esconde el tesoro. El ritmo de esta novela, el tempo, invita constantemente a seguir, a que nos cuestionemos escenas y testimonios que parecen sueltos, que parecen sobrar, pero que poco a poco van estrechando un círculo que no es ni más ni menos que el veredicto final del juico al que Alex Pashinantra es sometido por un tribunal estadounidense. La causa y el veredicto final debe descubrirlo el lector que no debe pasar la oportunidad de buscar su propio oro en esta novela. Al final  encontrará lo que buscaba: literatura de la buena, literatura que promete muchas novelas más.
»Novela larga y épica que se ha librado del barroquismo acartonado del género histórico, Oro ciego nos ofrece con fluidez las peripecias de unos personajes que son dignos del cine y de una segunda lectura liberada de la voracidad curiosa que toda primera lectura de una novela que engancha lleva consigo.»

Pedro Crenes Castro, La biblioteca imaginaria, 20 de mayo de 2009
....................................................................................
Un viaje iniciático hacia el lado más podrido del alma

«Alejandro Hernández, cubano, ex combatiente, escritor e inmigrante, tiene una virtud: tiene el alma impregnada de esa extraña esencia que distingue al hacedor de historias en Hispanoamérica, y que le confiere una inmensurable capacidad para llegar a lo más recóndito de las emociones de quien lee sus relatos. Sencillez, calidez, ritmo, musicalidad, rasgos de un estilo que han cultivado todos los que han respirado ese embriagador aire y que, cada cual con su impronta personal, han parido auténticas obras maestras de la Literatura y han legado a sus sucesores esa magia que, con mayor o menor fortuna, suelen expresar en sus obras. No es Oro ciego una obra de género, vaya eso por delante, aunque atesora todos esos ingredientes que hacen de una novela ese placer para el espíritu y el conocimiento que, a priori, pretende ser, y descubre a un escritor ingenioso en los argumentos, diestro en la técnica y con ese pequeño don para expresar sentimientos, sensaciones y construir escenarios y personajes del que muy pocos pueden presumir.
»La tercera novela de Alejandro Hernández, después de La milla y Algún demonio, comienza con una escena que recuerda al arranque de Cien años de soledad; como Valeriano Buendía, Alex Pashinantra se encuentra ante un pelotón de fusilamiento en la Cuba de finales del siglo XIX y en plena guerra entre España y Estados Unidos. Junto a él, Luis Otero, compañero de armas en un grupo guerrillero mambí (cubanos oriundos que se rebelaron contra España) y cocinero con el que compartía labores y, por eso, se libró de muchos combates aunque no de penalidades. Y, de repente, un golpe de suerte: la guerra acaba y sus captores les dejan ir hartos de sangre y muerte. Alex y Luis tienen una ilusión, montar un restaurante, y para ello van a ver a Berisa, primo del primero con posibles para pedirle prestado el dinero necesario. Pero el primo tiene otros planes: por medio de la hipnosis ha logrado arrancarle a un soldado la información sobre la existencia de una mina de oro en un lugar perdido de la sierra y pretende encaminarse allí para buscarla. Pero no sólo él posee esa valiosa información; un capitán del ejército español está en el secreto y su irrupción en la casa de Berisa desencadena una sociedad entre los primos y Luis que les llevará a una huida frenética en busca de la riqueza. Son muchas las sorpresas que les deparará esa aventura, y la más sorprendente es la aparición de Gador, una bella y deshinibida chica que vive con su maltrecha familia en las cercanías de las cuevas donde se supone que se debe hallar el filón. Entre Alex y Gador surgirá una relación enfermiza que le conducirá de nuevo al camino que la fatalidad había escrito para él.
»Alejandro Hernández narra la peripecia de esta sociedad basada en la codicia con el desapego necesario para no inmiscuirse con juicios de valor o discursos retóricos acerca de la naturaleza humana, lo cual se agradece, pues no están los espíritus para lecciones. En cambio transita peligrosamente por los bordes de la tentación genérica y, si bien hay quien etiqueta esta obra de novela histórica, cabe decir que nada más lejos de la realidad, en tanto lo único que la catalogaría como tal es que la trama se ambiente en determinada época y la envuelva con hechos que engrosaron las efemérides. Pero nada más. Oro ciego es una historia de seres humanos y de sus miserias. Es una novela en la que su autor desentraña los límites del comportamiento, ilumina los rincones oscuros y muestra a sus criaturas enfrentadas ante sus propias naturalezas: el descubrimiento del sexo, el amor pervertidos por una sociedad podrida que se debate entre la resignación y el desconcierto.
»Oro ciego es una excelente novela, en la que el escritor cubano se descubre como uno de los talentos más sobresalientes del panorama literario en lengua española, y con ella devuelve el placer por la lectura, demuestra que es posible escribir aventuras y que nada está vedado a un espíritu emprendedor que sabe observar el alma y el entorno en el que existe.»

Antonio Ubero, El Faro de Murcia, 28 de abril de 2009
....................................................................................
Oro ciego de Alejandro Hernández

«El germen de Oro ciego se encuentra en un argumento de diez páginas que Alejandro Hernández envió a un concurso del Instituto de Cine, cuyo tema establecido en las bases debía ser la guerra del 98. El argumento era: un soldado, tras la guerra, no encuentra nada mejor que hacer para restablecer su vida y armar su futuro que ir en busca de una mina de oro a unas cavernas perdidas en un valle.
»Hernández ganó el concurso con el argumento. La película nunca fue rodada, pero Hernández la convirtió en novela.
»El escritor cubano radicado en Madrid, Alejandro Hernández (La Habana, 1970), acaba de publicar su tercera novela, después de La milla y Algún demonio, Oro ciego, volumen de aventuras no apta para todos los estómagos por su crudeza y su verismo.
»En ella, Alex Pashinantra, un descendiente de hindúes que combate en el ejército mambí contra los españoles en la guerra de Cuba de 1898, emprenderá un viaje iniciático marcado por la fatalidad. Alex (por Alexander, y Alexander por Alexander Von Humboldt) ha sido capturado y se encuentra ante un pelotón de fusilamiento. Pero la guerra acaba de terminar, tal y como anuncia un jinete que llega al trote: las tropas estadounidenses toman el control de la isla y España pierde su última colonia. Así pues, la novela va al meollo desde el principio, de una forma muy cinematográfica, y de ese modo seguirá el resto de las páginas.
»Así pues, con la segunda oportunidad que les brinda el destino, Alex y Luis deciden ir a la Habana con la idea de montar un restaurante. Para ello piden ayuda a Berisa, primo de Alex. Pero finalmente los tres acabarán seducidos por el fenicio brillo del oro perdido en una mina, de cual también tiene conocimiento un capitán del ejército español. En su frenética búsqueda del oro, Alex acabará a Dador, una desinhibida chica que vive con su familia en las proximidades de las cuevas donde se supone que se encuentra el oro.
»Pero Oro negro va más allá de un simple argumento cinematográfico. Algunas de sus páginas plasman una realidad que pocas imágenes pueden alcanzar. Como los campos de reconcentración que se describen en las primeras páginas. Es el propio protagonista el que sufre la experiencia de los campos de reconcentración de Valeriano Weyler, considerados hoy en día los primeros campos de concentración de la historia, y que fueron inventados por los españoles en Cuba. Unos campos de concentración que más parecen vertederos de bizarra ultraviolencia y que, a pesar de que Hernández los describe con distanciamiento casi notarial, dejará más de una imagen dantesca tatuada en el cerebro del lector.
»Por otro lado, la continua sucesión de acontecimientos convierte la narración en un monólogo ininterrumpido, casi hipnótico, que con su ritmo inalterable consigue el efecto de transportarnos a otro tiempo sin apenas esfuerzo, apoyándose a su vez en una documentación exhaustiva sobre el periodo histórico. Pero el ambiente histórico no es fundamental, sino los personajes. Estaba leyendo sobre la Cuba de hace un siglo al igual que si leyera sobre las idas y venidas de un grupo de habitantes marginales del extrarradio de cualquier ciudad contemporánea.
»Una especie de diario personal de prosa sencilla pero eficaz, directa, casi coloquial, que desgrana las aventuras del protagonista y sus acompañantes de forma lineal y esquemática, sin giros de tuerca, sin necesidad de abolir certidumbres, sin dosificar información. Pero, pese a todo, uno no puede dejar de consumir estas páginas llenas de insania y locura. Páginas protagonizadas por unos personajes que representan al eterno superviviente y que se conducen bajo sus necesidades más primarias; en ocasiones sus reacciones están más próximas a la visceralidad de las bestias que al raciocinio del hombre civilizado.
»Alex intenta escapar de esta ecuación. Pero la realidad parece empeñarse en que todos permanezcan en ese estadio prehumano que se guía por la máxima de pisar antes de ser pisado. Así pues, todos los personajes de Oro ciego son, esencialmente, vulnerables e imperfectos. Es decir, que Hernández ha trenzado una novela de aventuras folletinescas con la tenebrosa densidad psicológica de los personajes escapados de El corazón de las tinieblas de Conrad.
»En definitiva, una obra brillante, descarnada en muchos pasajes, dirigida tanto a los interesados en el contexto sociocultural en el que se desarrolla la aventura de Alex como a los que buscan iluminar los recovecos más oscuros del alma humana. En cualquier caso, no dejará indiferente, lo cual ya es representa el mejor cumplido que hoy en día podemos dedicarle a una novela.»

Sergio Parra, Papel en blanco, 10 de mayo de 2009
....................................................................................
MagnĂ­fico carrusel

«ALEJANDRO Hernández es guionista —en su haber figuran los libretos de películas como Hormigas en la boca, Habana Blues o Malas temporadas— y profesor de narrativa audiovisual. Su experiencia en el mundo cinematográfico se deja intuir en Oro ciego, tremendamente visual y dotada de un ritmo arrollador. Sin lugar para la pausa ni para la pérdida de interés, la novela, de lectura ágil y entretenida, se muestra como una vertiginosa sucesión de peripecias que transmiten tanta diversión como crudeza, tanto sentido del humor como horror.

»Construida con una estructura en la que todas las piezas se ensamblan de forma perfecta, Oro ciego narra las aventuras de Alex, un antihéroe al que un milagro en forma de mensajero anunciando el final de la guerra salva de la muerte segura ante el pelotón de fusilamiento. En los estertores de la Cuba colonial, el protagonista, luchador por la independencia de la isla, se encuentra después del golpe de suerte que le permite sobrevivir con toda una existencia de proyectos y paz por delante. Pese a la carga que supone todo el horror vivido durante la guerra —incluido el paso por un dantesco campo de concentración que relegó a los hombres a la categoría de bestias inmundas—, Alex marcha hacia La Habana con un compañero de milicia, dispuestos ambos a iniciar una nueva etapa vital. Allí, tras encontrarse con su primo Berisa, comenzará su aventura, una intensa y frenética aventura que les llevará a buscar oro en las mismas entrañas de la tierra y que les hará encontrarse con una inclasificable galería de personajes.

»Su periplo es narrado por el autor de forma magistral, interesando al lector por una historia llena de sorpresas que se devora de forma hipnótica y en la que destaca la capacidad para hacer de cada uno de los muchos personajes que aparecen en ella un ser de una pieza que carga con su intrahistoria y posee su propia esencia. Mujeres que desean partir hacia San Petersburgo sin saber siquiera el paradero de la ciudad, misioneros que ansían redimir a la humanidad, soldados españoles que pelean en Cuba sin saber la utilidad de su presencia en la isla, fotógrafos que buscan modelos para que posen desnudos después de fumar marihuana y un sinfín de personajes se dan cita en la novela, a la que proporcionan un aire de espontaneidad y frescura, haciendo que la búsqueda de oro termine por asemejarse a lo que daría como resultado la combinación de la épica película de John Huston El tesoro de SierraMadre con la aparente improvisación del cine de Luis García Berlanga o Emir Kusturica.

»Junto a ese tono canalla y desenfado, otros registros aparecen en la novela. Y es que en Oro ciego hay lugar para el sentido del humor, la risa y la aventura, pero también para el estremecimiento que provocan los apocalípticos y monstruosos peligros a los que tendrán que enfrentarse los protagonistas en su deambular.»

Javier Sánchez Zapatero, La Gaceta de Salamanca, 26 de abril de 2009
....................................................................................
Oro ciego

«Hacía tiempo que no leía una novela tan densa, pegajosa e hipnótica como Oro ciego, de Alejandro Hernández, publicada por esa editorial de la que tanto hablamos, Salto de página, una bocanada de aire fresco en el panorama literario español y que tantas alegrías nos viene dando en estos meses, como bien hemos reseñado en esta Bitácora, de Carlos Salem a Leo Oyola, pasando por Óscar Urra.
»En el caso que nos ocupa, el escritor cubano radicado en Madrid, Alejandro Hernández, nos cuenta una historia muy cubana, una novela de aventuras (aunque más bien son desventuras) protagonizadas por el singular Alex Pashinantra, un descendiente de hindúes que combate en el ejército mambí contra los españoles y al que le pasan muchas, muchas cosas.
»Estamos en 1898, ese año fatídico para los españoles, en que se acuñó la célebre frase “Más se perdió en Cuba”. Alex, como cierto personaje mítico de la literatura universal, se encuentra frente a un pelotón de ejecución. Y no es casualidad. Porque estamos ante una de esas novelas que, jugando con el Realismo Mágico de GGM, lo convierten, más bien, en un Crudo Fantástico, dado el tenor de los acontecimientos que están por llegarle al protagonista.
»El calor, la suciedad, el hambre, la enfermedad, la miseria… todo ello está tan bien contado que, cada vez que cierras el libro, te encuentras sudado, sucio, lleno de barro. Porque no se sale indemne de los campos de concentración, popularizados por la barbarie nazi, pero inventados por los españoles en Cuba.
»Como no se puede salir limpio de una expedición que parte en busca de oro. Sobre todo, porque, en este caso, el tesoro no está en la superficie de la Sierra Madre, sino en lo más hondo de las tierras más remotas de la Cuba más inhóspita, allá donde los perros de Tata Malanga se han convertido en ciegas fieras sanguinarias que siembran el terror a su paso.
»Decenas de personajes, escenarios y situaciones nos sirven para mostrar una Cuba dura y permanentemente bañada en sangre, con los mosquitos dándose grandes festines de sangre, una Cuba convertida en escenario para que lo peor de las pasiones humanas se ponga de manifiesto.
»Lo curioso es que esta novela parte de una idea para el cine que no sé si habrá productor que se atreva a poner en marcha, pero que requeriría de un nuevo Werner Herzog que consiguiera recrear el ambiente de insania, locura y putrefacción de su memorable “Aguirre, la cólera de Dios”.
»Literatura excelente, bien trabajada, que derrocha imaginación, pero también una ingente documentación sobre la Cuba de hace un siglo. Una novela en absoluto complaciente, pero que engancha al lector desde el primer momento, al ir directamente al meollo de las diferentes situaciones críticas por las que pasa un Alex Pashinantra al que ya adoramos como uno de esos personajes que nos acompañarán en nuestra memoria literaria por siempre jamás.
»Ni lo duden. Lean Oro ciego. Tiene todo lo que le faltó a aquella blandenguería de película, “Amanecer con hormigas en la boca”, una malograda historia cuyo aburrimiento es inversamente proporcional a la potencia de su título y en cuyo guión participó Alejandro Hernández, un autor que sabe bien de lo que habla, no sólo porque es cubano, sino porque ha participado en otra guerra tan sucia, lejana y perdida como fue la de Angola.
»Lo dicho: Oro ciego.

JesĂşs Lens, Pateando el mundo, 28 de abril de 2009
....................................................................................
 
Ir a reseñas  |  Críticas destacadas  |  Ir al libro  |  Leer un fragmento

© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

Otras editoriales del grupo: Biblioteca Nueva