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reseñas y críticas Padres hijos y primates

«Cancún, gracias a las agencias de viaje y a sus sugestivas fotos de playas de agua cristalina y lujosos resorts con vistas al océano, se ha convertido en nuestro imaginario en el destino ideal para lunas de miel. Su nombre es sinónimo de lujo, de confort. De Paraíso de arena dorada, cocos, toboganes de agua con forma de pirámide azteca, cielos despejados y piscinas con barra libre. Imposible no ser feliz en semejante estampa caribeña, no sentir el hedonismo de los dioses, no creer que vives en la mítica Edad de Oro rodeado de mujeres y hombres tan puros e inmortales como tú. Pero, ¿qué pasaría si una serie de imprevistos amenazasen con reducir a esquirlas tu mundo de cristal? Jon Bilbao, en su novela Padres, hijos y primates (Salto de Página, 2011) indaga en las probables reacciones que experimentaría cualquiera de nosotros zarandeado por una oleada de infortunios en medio del Edén. El novelista asturiano despliega sobre el mapa de su obra la maquinaria bélica de ataque y destrucción de la tranquilidad: un simio, un suegro, un huracán, un éxodo, un encuentro fortuito con el hombre que te apartó de tu futuro en plena juventud. Con estos ingredientes, Bilbao analiza los cambios que se operan —o pueden operarse— en la personalidad humana. En principio, hay personas poco fiables, mentirosas y dehonestas con las que no es posible convivir. Y en oposición, las hay flexibles y de trato amable; son aquellas que allanan el camino de la vida, cuya presencia relaja y reconforta. Bilbao enfrenta en su obra a dos personajes pertenecientes a estas categorías: un viejo profesor de matemáticas y un antiguo alumno —un ingeniero al frente de una modesta empresa de aires acondicionados—, que pasan en Cancún sus vacaciones. El escritor se pregunta en su obra si sus rasgos de personalidad son inamovibles o pueden alterarse sometidos a cierta presión. La respuesta que ofrece a los lectores los mantendrá atornillados al libro hasta el desenlace. Padres, hijos y primates se caracteriza por un estilo sobrio, lacónico, pero eficaz y práctico. Lo relevante de la obra no descansa en la riqueza estética ni en el ideario ideológico; sino en la tensión psicológica, así como en el montaje de la novela, muy cinematográfico. Parece mentira que una obra tan buena como ésta no se haya llevado todavía a la pantalla grande. El libro de Jon Bilbao es un escalofriante relato sobre la naturaleza humana, sus instintos y pasiones, sus monstruos y el deseo de exorcizarlos; materia suficiente como para que, interpretada por buenos actores, resultase una película magistral a propósito del poder y de la venganza.»

Ariadna García, El rompehielos, 2 de septiembre
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Padres, hijos y primates, de Jon Bilbao

«Padres, hijos y primates es la obra de un ingeniero. Esa afirmación a primera vista no parecería muy halagadora en el mundo de las letras, aunque lo es. Porque en la historia de la narrativa ha habido grandes escritores con esa profesión como Juan Benet o el mismo Dostoyevski. Y el autor (que es ingeniero de minas, aparte de licenciado en filología inglesa) arma toda una trama con esa precisión que les caracteriza, sin dejar piezas sueltas que puedan quebrar la narración y derrumbar la obra.

»El argumento en sí es sencillo. Al protagonista la vida no le ha ido tan bien como podía esperarse de su trayectoria inicial. Cuando estudiaba en la Escuela de Ingenieros todos le auguraban un brillante futuro, pero éste no se ha cumplido convirtiéndose en un empresario/vendedor de máquinas de aire acondicionado, actividad que uno puede pensar que es lo último que haría una persona en su sano juicio. Su empresa está al borde de la quiebra. Sin embargo todo podría cambiar, gracias a un importante contrato. En estas circunstancias, a su pesar viaja a la Riviera Maya en México para asistir a una boda. Una vez allí, una alerta de huracán le obliga a abandonar su hotel en la costa y trasladarse al interior en busca de refugio. En el trayecto se encuentra por casualidad con un antiguo profesor de la universidad y su mujer, que huye también del huracán y que viven su propia tragedia. En ese entorno duro y distante, el protagonista tendrá oportunidad de interactuar, no sólo con personas, sino también con primates (muy bueno!), hasta su brusco desenlace final.

»Una narración dosificada, mantenida sin trucos ni fuegos de artificio, en la que Jon Bilbao pone al límite a personas normales alejándolos de la civilización. En esa tesitura sus comportamientos, sus reacciones son diseccionados con total habilidad mostrando una buena capacidad psicológica.

»En fin, un autor relevante, un narrador con un lenguaje sereno y fluido, y sobre todo un escritor que cumple de manera fiel con sus principios de honestidad, imaginación, emoción y ambición.»

Gonzalo Garrido, 14 de septiembre de 2011
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Jon Bilbao: Padres, hijos y primates

«Prólogo general a la reseña: Padres, hijos y primates es la segunda novela de Jon Bilbao y su quinto libro de narrativa. Antes de éste había publicado un libro titulado 3 relatos, la novela El hermano de las moscas y dos libros de relatos más: Como una historia de terror y Bajo el influjo del cometa. Todos sus libros han gustado un montón a la crítica y este Padres, hijos y primates no es la excepción. De hecho, para que vea usted hasta dónde llega la cosa, el libro le ha gustado incluso al malévolo Juan Malherido, que ha dicho algo así como que es la novela que John Ford hubiese escrito. Esto es un disparate como cualquier otro, porque lo que hace Jon Bilbao y lo que hacía John Ford no tiene absolutamente nada que ver, pero yo creo que la frase, en el fondo, no busca delatar ninguna similitud, sino que esa es la forma que tiene el Sr. Malherido de decir que el libro es la ostia, sólo que dicho siguiendo las normas de un cierto código en el que decir que algo parece hecho por John Ford es el halago máximo, el más elevado galardón, la orden de jarretera. La ostia, vamos.

»Ahora a lo que estábamos, que es la reseña, y que hemos dividido en varias partes, las cuales no hay porqué leer consecutivamente, cosa que yo considero que es un rasgo de lo más postmoderno.

»Parte número 1. Consideraciones más o menos técnicas, escritas sin pretensión de exhaustividad. Esta parte va precedida de las reflexiones de dos novelistas ilustres. Uno nunca teorizó sobre la literatura, se llamaba Roberto Bolaño y muchos lo consideran uno de los grandes escritores del siglo. Del que empieza o del que ya ha terminado, da igual. Bolaño creía que la novela moderna no puede estar ya justificada por la trama. Como Borges, creía que había apenas un puñado de historias que contar y que lo único que el escritor podía hacer con ellas era contarlas de una forma distinta, a su manera. Fiaba así el éxito de la narración a la estructura.

»El otro, además de un gran novelista, es un conocido teórico literario. David Lodge considera que toda buena novela debe funcionar como una retórica, en el sentido de que debe convencer al lector de que comparta una cierta visión del mundo que ha de durar tanto como la lectura, con el efecto de crear en el lector un efecto de inmersión en la realidad creada.
Padres, hijos y primates cumple con los dos preceptos a la perfección. La estructura, sin ser novedosa, resulta particularmente elegante, sobre todo hacia el final, en su resolución, cuando se recogen varios elementos que el narrador había ido sembrando en el texto. La cosecha de los elementos resulta efectiva, primero, porque mantiene un avance constante en la novela, sin necesidad de referencias a momentos anteriores o posteriores, ni tampoco a hechos al margen del puro instante que se está contando. Segundo, porque, al tiempo que mantiene la pureza de la narración, la recolección y revalorización de elementos consigue hacer verosímiles aspectos de la trama cuya credibilidad habría llegado a ser problemática. Por ejemplo, cuando casi al principio de la novela nos enteramos de que los pasajeros de un autobús han obligado a bajar de un autobús a una pareja de ancianos —que incluye a una mujer inválida— el mismo día que se espera la llegada de un huracán, la situación puede resultar un tanto difícil de admitir, pero, en adelante, el comportamiento de la pareja y determinadas acciones de estos hacen del hecho algo verosímil. La novela se justifica, como dice Lodge, funcionando como un artilugio retórico que se hace creíble a sí misma.

»Parte número 2. Consideraciones genealógicas. Esta parte va precedida también por una frase, pero, en este caso, es menos aforística que anecdótica. En una ocasión Félix de Azúa dijo sobre alguien, no recuerdo quién, que escribía tan bien como un inglés. A mí esto me parece un halago superlativo. No recuerdo a quién iba dirigido y, por tanto, no sé si el Sr. de Azúa tenía razones para llegar a tanto. Probablemente sí, porque el Sr de Azúa suele ser bastante razonable en sus alabanzas y sólo exagera un poco cuando se trata de enfundarse en disfraz de enfant terrible y lanzar exabruptos por doquier. Hace no demasiado dijo que toda la arquitectura contemporánea —menos Zumthor— le parecía una mierda. Exageraba, claro. Vamos, digo yo.

»De Jon Bilbao no se puede decir que escriba como un inglés. En ocasiones da la sensación de que escribe como un norteamericano. Al decir norteamericano, claro, nos referimos sobre todo a estadounidense, aunque la novela está ambientada en México y, llegado a este punto, un servidor tiene muchas, pero muchas ganas de decir algo sobre Rulfo. Pero es cierto que al decir norteamericanos decimos sobre todo estadounidenses y esta es una frase dirigida a esa estirpe de lectores convencidos de que, desde Hammett en adelante, no se puede decir algo mucho mejor de un escritor. Ya hemos dicho que Juan Malherido lo ha comparado con John Ford. Exageraba, claro. Vamos, digo yo.

»Parte número 3. Consideraciones genéricas. Esta parte no va precedida de ninguna frase, y está apenas justificada por la idea, un tanto peregrina, hay que decirlo, de que Padres, hijos y primates no es, en realidad, una novela, sino un cuento largo. Esta idea, para que no nos equivoquemos, no tiene nada que ver con la extensión del libro, que cumple con las medidas reglamentarias para ser incluido en el género novelesco, sino con la disposición de los elementos que aparecen en la narración.

»La idea es peregrina, pero esto es porque casi todas las interpretaciones que giran en torno a la distinción entre géneros suelen serlo. No es un incidente aislado. La obsesión ilustrada por catalogar las narraciones ha provocado que personas perfectamente serias y tremendamente cualificadas hayan dedicado años de trabajo y páginas enteras de su producción personal a distinguir entre lo que es un cuento, un cuento largo, una novela corta y una novela así, sin más. El concepto “novela larga” nunca ha sido acuñado por la crítica seria lo cual, sin duda, es una laguna notabilísima y una prueba de su fracaso. La ofuscación taxonómica ha provocado también que personas perfectamente serias y tremendamente cualificadas hayan llegado a suponer que la diferencia entre el cuento largo y la novela corta es que una narración de menos de quince mil palabras es un cuento y de ahí para arriba novela. Esto, por increíble que parezca, se ha propuesto totalmente en serio y, si lo comento aquí, es para dar una idea de lo inestable que es el terreno en el que nos movemos y de cómo las estupideces se pueden encontrar en los sitios más impredecibles, pero también en los manuales de teoría literaria.

»En este caso, la distinción entre novela y cuento no es mucho más fiable y se basa en una mera impresión, en la sensación, o la idea, o el prejuicio de que la novela, por lo general, suele presentar una trama más “dispersa”, mientras que el cuento pretende agotar su tema en un único impulso perfectamente programado. En Padres, hijos y primates da la impresión de que hasta el último detalle está puesto al servicio del avance de la trama, sin apenas digresiones dedicadas a profundizar en las motivaciones de los personajes o en la recreación de ambientes. Cierto que, dicho de este modo, nos ligamos, probablemente demasiado, a una formulación clásica de novela realista, pero lo estamos haciendo sólo para disponer un bonito fondo sobre el que pintar.

»De aquella formulación clásica que dice que llegamos a conocer a los personajes de las novelas por lo que dicen y por lo que hacen da la impresión de que Bilbao se queda, de largo, con lo que hacen y que lo que dicen es, más que una forma de penetrar en la psicología de los personajes, una acción más de los mismos. No una forma de expresión, sino un medio de relacionarse —e incluso de imponerse— con su entorno, no muy distinta de cavar una zanja o conducir un coche. Se me ocurre ahora una frase estupenda para cerrar el párrafo que es algo así: Decir como acto performativo.

»Toma ya.

»En este sentido, quizás la única digresión novelesca sea la conversación entre dos personajes en la habitación de un hotel, cuando uno de ellos explica —ahora quiero evitar adelantar nada de la novela— una delirante y, en más de un sentido aterradora, teoría sobre la creación del universo y el choque de elementos.

»Parte número 4. Teorías etológicas. La etología, por si usted no se acuerda, es el estudio del comportamiento del hombre, pero también de los animales. Esta parte número cuatro va precedida por esta aclaración pero, en sí misma, no aporta nada a la crítica de Padres hijos y primates sino que es la plasmación de un proyecto personal: la reconstrucción de la biblia y, más concretamente, del antiguo testamento, por escritores españoles. Si esto se llega a hacer, le dejaremos la parte de Caín y Abel a Unamuno, más que nada porque ya está escrita y los españoles no somos mucho de repetir trabajo. La parte sobre Job la escribirá cualquier redactor de economía que encontremos por ahí y la parte del arca de Noé le tocará, desde ya, a Jon Bilbao, al que le gusta mucho eso de meter animales en los libros. Está obsesionado el hombre. Como decíamos al principio, antes de este Padres, hijos y primates había escrito una novela titulada El hermano de las moscas y luego dos libros de cuentos en los que cada vez que sale una bestezuela alguien queda muy mal parado. Yo me imagino que si este proyecto sale adelante el arca de Noé, según Jon Bilbao, puede ser una mezcla entre Goldwin, Stephen King y un capítulo de Waku-waku.

»Parte número 5. Showing y telling o la literatura como cine. En la página 119 de Padres, hijos y primates encontramos esta párrafo, característico pero que, sin embargo, ha sido escogido más o menos al azar:

Joanes conducía indignado sobre el volante. El viento y la lluvia azotaban el coche. Dejaron atrás el camino de acceso al hotel y pasaron a la carretera de los tigres y la siguieron dejando el pueblo a sus espaldas. Avanzaban despacio, por culpa de la casi nula invisibilidad y las ramas atravesadas en la carretera.

»En este párrafo podemos encontrar dos de las características más destacadas del libro:

»Por un lado, la extrema sobriedad de la prosa. En este párrafo, ya digo, tomado poco menos que al azar, encontramos incluso una doble copulativa, que es casi un delirio barroco en comparación con el resto del texto.

»Por otro lado, y esto quizás resulte más interesante, la preocupación por priorizar el componente visual de la narración. Prácticamente todo lo que sucede en Padres, hijos y primates lo podemos ver. Prácticamente, pero no todo.

»Aunque quizás sea demasiado pronto para decir algo así, tengo la sensación de que Jon Bilbao pertenece a una generación de escritores cuya relación con el cine es muy distinta a la de sus predecesores. Desde la aparición y la popularización del cine, éste siempre ha sido tenido en cuenta por los escritores y es indiscutible que el cine y sus recursos han tenido una gran influencia en la literatura de los siglos XX y XXI. Sin embargo, esa relación casi nunca aparece como una relación inmediata. Puede ser una relación de admiración, de rechazo, de homenaje o de reacción y búsqueda de recursos eminentemente literarios que contraponer a la espectacularidad de la imagen. Pero creo que, hasta ahora, no se había conseguido una familiaridad con el lenguaje cinematográfico que permitiese hacer lo que sí parece que están consiguiendo autores como Jon Bilbao: crear una novela tan visual que podría pasar por una película y, sin embargo, valerse de los recursos propios de la literatura, aquellos que el cine no puede utilizar y que aquí se usan con naturalidad y eficacia y sin ningún complejo de superioridad o de inferioridad.

»Como ejemplo de esto, pienso ahora en la parte final de Padres, hijos y primates, cuando entran en escena dos personajes decisivos para el desenlace de la trama cuya aparición queda inoculada por una tensión que arrasa las páginas siguientes y que se desencadena por una simple declaración del narrador: Más adelante se preguntaría infinidad de veces por qué lo hizo, por qué dejó entrar al desconocido.

»La próxima crítica que alguien haga de Padres, hijos y primates podría empezar por esa misma frase.»

Miguel Carreira, Revista Lecturas, julio de 2011
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Padres, hijos y primates, de Jon Bilbao

«Ya hemos cantado alabanzas sobre el buen hacer de Jon Bilbao en esta web, así que no les descubriré nada nuevo si les digo que Padres, hijos y primates, su última novela, es una lectura sobresaliente, aunque se le puedan poner algunos peros. La novela es intensa, mantiene bien el ritmo a lo largo de sus ciento y pico páginas, rebosa tensión casi desde el comienzo y presenta unos personajes que, si bien llevados al extremo, en casi ningún momento pierden su humanidad. Todo ello, que así enumerado puede no suscitar demasiado interés, es más que encomiable, y convierte la lectura en una experiencia emocionante y enriquecedora.

»Padres, hijos y primates nos presenta a Joanes, un ingeniero que regenta un negocio de aires acondicionados y que se encuentra en la Riviera Maya de vacaciones cuando se desencadena una alerta por huracán. Debido a distintas circunstancias, inicia un viaje hacia el interior en busca de refugio solo y sin su familia; durante el trayecto se topará con un antiguo profesor de universidad, al que admira y desprecia a partes iguales. En esas desoladoras circunstancias Joanes se tendrá que enfrentar a su propio pasado y también conocerse para descubrir qué tipo de persona es en realidad.

»Este resumen —poco afortunado, lo reconozco— nos da una idea muy somera de lo que podemos encontrar en la novela. Bilbao pone en juego a un protagonista que en principio confunde por su aparente inanidad, pero que poco a poco nos irá embelesando gracias al progresivo empeoramiento de las situaciones que vive y su manera de encararlas. Joanes es un personaje curioso, intrigante y, a la postre, perturbador; la incapacidad para formarse una opinión precisa acerca de él es, a juicio del que suscribe, una de las bazas más importantes del libro. El autor crea un protagonista oscuro, casi tragicómico, con el cual podemos identificarnos o al que podemos despreciar sin rubor. Sus decisiones y sus actuaciones son tan imprevisibles como humanas, y el verdadero eje de la novela es el progresivo desvelamiento de su personalidad, tan llena de claroscuros como la de cualquiera.

»Es una afirmación trillada el hablar sobre los dobleces de la personalidad de un personaje literario, pero en esta ocasión es imposible evitar comentarlo. Joanes es un protagonista bien construido, trazado con sabiduría y que ejerce una fascinación sobre el lector insoslayable. La novela tiene momentos en los que la historia se detiene un tanto, con algunas escenas que cortan el fluir natural de la narración; pero gracias a la voz narrativa que sigue al personaje el ritmo se mantiene intacto, jugando con las expectativas del lector y llevando la trama hacia un clímax impactante, algo inesperado y sobrecogedor. E incido en este último adjetivo porque Jon Bilbao, como ha demostrado con sus relatos, es un magnífico diseccionador de la parte oscura del ser humano; y en esta ocasión nos ofrece un retrato tan preciso como desolador de esa faceta.

»Padres, hijos y primates es un libro que merece la pena leer; no sólo por las razones que acabo de comentar, sino (sobre todo) porque es una gran novela: una novela que nos habla directamente, que nos interpela sin parecerlo y que no hace concesión alguna para mostrar el lado menos amable que todos tenemos. Jon Bilbao demuestra que también sabe moverse en textos más largos y que su capacidad para la creación de situaciones de tensión y escenarios inquietantes sigue funcionando a la perfección. Una gran lectura.»

Emiliano Molina, solodelibros, 15 de julio de 2011
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Familiares disecados

«La vinculación entre el título y la cubierta (una fotografía demasiado humana de un chimpancé) de la última novela de Jon Bilbao trajo a mi memoria aquellos libros donde el naturalista Gerald Durrell cuenta su infancia en la isla griega de Corfú: Mi familia y otros animales y Bichos y demás parientes. Y la relación no resultó despreciable. Las experiencias con animales del hermano pequeño de Lawrence tienen mucho que ver con la escritura de Bilbao. La presencia de animales es constante en el libro —y en otros suyos, pero eso ya es otra historia— tanto desde un punto de vista argumental como parte de la descripción general de la historia. Si se quiere describir un resort en el Caribe, uno puede hablar de las bañistas, las playas, los daiquiris o de las injusticias sociales que produce el entorno, pero el libro comienza así: “Los animales se ocultaban, o quizá percibían lo que se avecinaba y habían huido tierra adentro en busca de refugio” y continúa con constantes referencias a lagartos, aves y serpientes.

»Al tratarse de un argumento localizado en la selva mexicana podría interpretarse como una intención realista del autor, pero las páginas nos van alejando de esta idea cuando descubrimos que la selva y sus habitantes son mucho más que un contexto más o menos exótico en el que ubicar a los personajes. Continuando gloriosas estelas literarias (El corazón de las tinieblas, La Vorágine), la naturaleza salvaje descrita en la novela se duplica en el corazón de los hombres presuntamente civilizados y rescata el lado oscuro e irracional que en otras circunstancias hubiera permanecido dormido.

»La vida de Joanes es, efectivamente, una suma de humillaciones que encaja como puede y acumula en una montaña de rencor. Una vaga actitud fatal ante la vida le permitesobrevivir y disimular su frustración, pero ese viaje a Cancún, el inesperado huracán y el resto de acontecimientos que provocará la tormenta despertarán lo más profundo de su ser.

»Hay dos elementos que están tratados con maestría: el suspense y lo siniestro. Ambos están hilvanados perfectamente en el argumento y entremezclados entre sí, de tal manera que serán su conjunción el elemento más magnetizador del texto. Un ejemplo de cómo el suspense se tiñe de lo siniestro y lo realimenta es la súbita presencia de un chimpancé en la selva. La perversión de lo razonable o incluso de lo familiar es lo que produce lo siniestro. Parece normal que haya chimpancés en la selva, por lo que en un primer momento no es más que un hecho ligeramente fortuito. Sin embargo, poco más adelante se nos dice que no existen chimpancés en América, por lo que lo cotidiano se pervierte y se convierte en un hecho siniestro que sumirá al lector en un estado de inquietud e inestabilidad, un estado de suspense digno de los grandes autores del XIX.

»Sirva este ejemplo como señal de la fuerza que tiene esta novela, que además está estupendamente escrita: sin artificios ni decoraciones exageradas, con un ritmo sobradamente ágil y un final de lo más memorable.»

Fernando Gonz√°lez Ariza, Culturamas, 14 de julio de 2011
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Padres, hijos y primates

«Hace ya algún tiempo que les hablé de Jon Bilbao y su prodigioso exquisito talento literario.

»Si en su día no me hicieron caso y aún no se han dado el gusto y el placer de leer a este autor imprescindible de nuestras letras actuales, mejor que no sigan leyendo. No pierdan el tiempo con este texto y lánzense rápidamente a sumergirse en cualquiera de sus recomendabilísimos libros.

»Luego, si les apetece, vuelvan aquí.

»Este libro que ahora nos ocupa, Padres, hijos y primates, supone un paso lógico y necesario en la carrera de Bilbao. Necesario porque, una vez dominado el relato como lo domina, los que le seguimos queríamos verle también en otros terrenos de mayor extensión. Lógico porque no se ha lanzado a escribir una novela extremadamente larga, sino que ha sido consecuente y nos regala una historia de centena y media de páginas en las que no sobra ni falta ninguna.

»Joanes es un ingeniero que está atravesando una mala racha. Ha viajado junto a su familia hasta Cancún para asistir a la boda de su suegro. Allí, la inminencia de un huracán hará que su camino se separe momentáneamente de los suyos y que los malos presagios y las casualidades le lleven hasta una espiral esquizoide de la que sólo podrá salir de una manera.

»Como ya comenté en su día, al terminar de leer la narración, uno advierte claramente que una de las características del estilo de Bilbao, anglosajón sin duda alguna (ahí está la impronta de Carver o Cheever para corroborarlo), es su capacidad para dotar a la cotidianeidad de un aura de misterio, extrañeza y peligro muy marcado y efectivo. En sus manos, hábiles, una vida normal dejará de serlo con toda la naturalidad del mundo, un ser humano corriente se transforma en un ser más complejo de lo que cabría esperar, un ser capaz de desatar su capacidad destructora si se dan las circunstancias adecuadas.

»Historia de tensión creciente, tenebrosa, como de pesadilla, Padres, hijos y primates cuenta con personajes muy bien construídos y definidos, con los que uno empatiza, ya sea para odiralos o para comprenderlos y en los que uno descubre con horror cercano que la normalidad no es más que una sucia falacia. Todo lo que aquí acontece viene a ser como un duelo crepuscular, apocalíptico, como el enfrentamiento entre las dos mentes antagónicas (pero muy próximas) de los dos únicos supervivientes de un futuro incierto, bestias que tienen que adelantarse al otro en sus movimientos y pensamientos.

»Cuando lo lean, convendrán conmigo en que tal vez más que el protagonista en sí, el hallazgo de la novela sea su némesis, ese odioso ex-profesor de la Universidad, gélido, calculador, manipulador. Un personaje de los más odiosos y que mejor escritos están de lo que he leído en lo que va de año.

»No se lo piensen ni un momento y lean este libro. Deleitense con otra maravilla más de Jon Bilbao.»

Tengo boca y no puedo gritar, julio de 2011
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Jon Bilbao: Padrs, hijos y primates

«Si antes fue el influjo del cometa ahora es el influjo del huracán tropical. Con Padres, hijos y primates Jon Bilbao no deja de invocar los elementos adversos con tal de remover lo peor que esconde la psique humana, o primate, que es lo mismo, pues en ese orden estamos. El cometa (Bajo el influjo del cometa, Salto de Página, 2010) me dejó su impronta. Por eso recuerdo de aquél un relato iniciado con un lenguaje pretendidamente negro cinematográfico manejado por algún tipo bravucón, grandón autoinvestido de autoridad para manejar la vida de los demás.

»“Mueve el culo. Ya he untado al que se encarga del asunto. También va a largarse y no quería encender la sauna tan tarde”, leemos decir al suegro de Joanes, el alma mater de Padres, hijos y primates. Hablan dos metros de carne a lo alto por casi dos metros a lo ancho.

»Resuelta esta fórmula arquetípica de bar de carretera de la Norteamérica menos cool, esa concesión al realismo sucio en cuanto al lenguaje, el autor despliega su tramoya, su literatura con denominación de origen: el inquietante relato de una mínima road movie, una aventura a escala reducida pero intensa, en la que el protagonista nos lleva de la mano a visitar aquel pasado que le deparaba una fulgurante carrera como ingeniero de prestigio en una firma de automática. Y con la otra mano nos cruza de acera a un presente en el que todo está patas arriba y en el que el huracán no es más que la guinda que termina de derribar el castillo de naipes que es la vida de este hombre, de Joanes.

»Pero antes de nada tengo la impresión de que Jon Bilbao consigue inocular en el lector dosis sabiamente calculadas de incertidumbre. Leo en la contraportada del libro: “En el trayecto se encuentra por sorpresa con un antiguo profesor de la universidad, que huye también del huracán. El profesor, un reconocido matemático, tiene un carácter manipulador que invita a desconfiar de cuanto hace y dice”. Y en ese “invita” está la clave de esta novela escrita en clave de relato. Clave de relato porque todo es contundente pero no hay nada definitivo, el lector tiene que seguir digiriendo la historia después de tragarla, decidir qué hay de verdad. Todo en esta novela “invita” a mirar por detrás. Pongamos como ejemplo la dignidad herida de Joanes. Su suegro, el viudo grandón, adinerado, que en parte mantiene los caprichos de su hija, de su nieta y del mismo Joanes, los invita a ir a México porque allí ha dispuesto celebrar su boda (se casa con una Barbie Melones). Pero claro, a Joanes no le gusta lo de “Dame pan, y luego dime tonto”, solo le gusta lo de “Dame pan”. ¿Por qué entonces no corta Joanes el cordón umbilical (o la cadena de oro) que lo une al suegro? Pero este Bilbao gira la cosa para que consideremos solo el lado chulesco del abuelo, su afán de auditor de cuentas.
Aunque el suegro, la nueva suegra, la esposa y la hija de Joanes quedan barridos de la escena tan pronto como se les acomoda (o “incomoda”, dado que tienen que compartir habitación) en el Valladolid mexicano. No van por ahí los tiros, o los vientos racheados. El verdadero conflicto de la novela se anuda entre Joanes y su antiguo profesor de Cálculo numérico en la Escuela de Ingenieros.

»Joanes se ha retrasado en la evacuación del hotel, ha perdido el convoy que habría de apartarlos hacia el interior del país. Eso porque cogió el coche de alquiler para dar un rule y atropella a una chimpancé. Ya sé que México lindo no es un país donde uno no espere encontrar primos nuestros, ya sé que parece un detalle disparatado que “invita” a echarse unas risas, pero no estamos ante otra licencia del autor, y para no decir mucho, ya advierto que todo lo sembrado se recoge más adelante.

»Joanes, hombre al que el narrador nos presenta como alguien a quien la vida ha tratado ¿tan mal?, va camino de Valladolid desde el Yucatán, para reunirse con la familia. La cosa no empeora solo por causa del tiempo atmosférico. En plena cuneta ve a su antiguo profesor de cálculo numérico y su esposa inválida, a quienes desde luego tenía que haberse encontrado en España y no aquí, arrojados por la fuerza tras el motín que se produce en el autobús que los sacaba del huracán (eso en palabras del profesor).

»Paralelamente a las turbulencias exteriores y aprovechando el viaje en coche con el matrimonio, los posos de memoria de Joanes empiezan a revolverse. Ahora resulta que está sacando del atolladero a aquel que se supone que tanto daño le hizo. ¿Quién lo supone? Joanes, el envidiado y brillante estudiante de ingeniería a quien no sabemos si realmente el profesor hizo tanto mal. Y es que por encima de todo está la duda. Incluso por encima de la ciencia, como se plantea en la acalorada discusión entre los dos hombres, dos machos alfa que quieren tener la razón y a quienes la esposa del profesor debe recordar su falta de raciocinio a expensas de su enfrentamiento verbal en torno a cuestiones científicas (sí, científicas, y es que la novela brilla en el universo del género negro a partir de ese apartarse de los convencionalismos del género: situaciones poco probables y casi disparatadas que cobran una lógica implacable en el transcurso de la narración).

»Nosotros como lectores deberemos dudar de un narrador que a toda costa nos quiere meter una bola (la del Joanes víctima). Narrador inteligente: apenas nos deja mirar por una rendija y ya abandona, no la bola, sino la pelota, en nuestro tejado. ¿Joanes envidia al profesor? ¿Qué hay de obsesivo en su fijación por este hombre? ¿Es un resentido que quiso alcanzar su reconocimiento y no lo logró? Puede tardar poco más de un día en terminar el libro. Decidir quien es el malo le va a costar más. La duda nos aleja de los autómatas (bueno, eso si exceptuamos la lógica fuzzy) y nos acerca a los primates. Desde luego es más divertido.»

José Cruz Cabrerizo, ojosdepapel.com, 4 de julio de 2011
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«Creo que existen pocos temas literarios tan atractivos como la venganza. En el interior de Joanes, protagonista de la segunda novela que Jon Bilbao publica en la editorial Salto de Página, la venganza habita desde hace mucho tiempo como un tumor dormido, como una bomba de relojería que, más tarde o más temprano, despertará, terminará activándose. Joanes es un buen tipo, un hombre civilizado que coge sin rechistar un vuelo transoceánico para asistir a la boda de su despreciable suegro, a pesar que lo mucho que lo detesta; un padre de familia que lucha por sacar adelante un nada boyante negocio de aire acondicionado y por mantener por sus propios medios a su mujer y a su hija, autora precoz de una novela de vampiros nihilistas. Pero, además de todas esas cosas, o quizás habría que decir antes que todas esas cosas, Joanes es una víctima que desea vengarse del hombre al que hace responsable del fracaso vital que le ronda desde que terminó sus estudios universitarios y todo comenzó a irle mal. Jon Bilbao consigue darle a esa venganza que vive en Joanes una dimensión total en su última y, desde luego, magnífica novela.

»Padres, hijos y primates  es la historia de una venganza que se intuye como amenaza desde las primeras páginas, que se va gestando como una fuerza cósmica, en paralelo al violento tornado que asola México durante el viaje de Joanes y su familia. El estilo seco, de frases cortas y poco dado a la adjetivación que Jon Bilbao ha convertido en uno de los rasgos más reconocibles de su escritura, es un afilado punzón con el que perfila una trama que va haciéndose más asfixiante párrafo a párrafo, que nos hace temer desde muy temprano lo peor, sin que acertemos a precisar qué es exactamente ese lo peor; intuir, en definitiva, que algo terrible está siempre a punto de pasar. Y esto, sin aspavientos ni efectismos, sirviéndose con sabiduría de una serie de elementos diseminados aquí y allá que parecen anticipar otros, fundamentales dentro del relato. Así, el tornado, una fuerza natural que desencadena el caos, precede simbólicamente a la violenta explosión emocional que amenaza con apoderarse del en apariencia inofensivo protagonista.

»La figura masculina autoritaria del suegro, un macho alfa que siempre parece cuestionar la valía de su yerno y su capacidad para sacar adelante a su familia, podría interpretarse como sutil cartel anunciador de otro personaje, el profesor al que Joanes responsabiliza de todas las cosas que han ido saliendo mal en su vida desde que abandonó la universidad. El primer chimpancé que aparece en el tramo inicial de la novela, una simpática hembra con una pulserita de plástico en la muñeca, prefigura también a un segundo mono, trascendental en el desenlace que conocemos en la tercera y última parte. Por otro lado, Jon Bilbao hace que el paraíso amable del México de los resorts y los desayunos pantagruélicos vaya fundiéndose con un entorno más y más peligroso e ingobernable,cada vez. El hombre occidental que se siente a resguardo en su cómoda habitación de hotel cinco estrellas, armado con un teléfono móvil vía satélite, empieza a pisar un terreno movedizo cuando se aleja demasiado de esa seguridad en el fondo tan precaria y se adentra en una carretera mexicana caótica que parece no conducir a ninguna parte y donde, curiosamente, coincidirá con el hombre tan admirado y odiado que en su día, a muchos años y kilómetros de distancia, sentenció que su vida sea tal cual es.

»Es admirable cómo en un espacio verdaderamente breve, apenas ciento cincuenta páginas, Jon Bilbao construye esta bajada a los infiernos de un hombre moderno, civilizado, amante de su familia y cortés con los desconocidos. Una bajada a los infiernos que se concreta en la tercera sección de la novela, en el barracón siniestro, sin luz eléctrica, ni muebles, más parecido a una cueva prehistórica que a un refugio de viajeros perdidos al que van a parar Joanes, el viejo profesor y su esposa inválida. Para entonces, el clima asfixiante que el autor ha creado ya no afecta tan solo a sus criaturas de ficción, sino que cada lector es una víctima más de esa tensión insoportable, de la atmósfera de odio y de lucha a vida o muerte que se hace más intensa por momentos entre los personajes. Dentro del ruinoso barracón asistiremos, presas del terror y de la fascinación por el mal, como ellos mismos, a una serie de acontecimientos que se precipitan y suponen, sin duda, un paso atrás en la evolución de nuestra especie, una regresión a aquel pasado salvaje, primitivo, en el que el hombre y el mono eran todavía seres prácticamente idénticos.»

Patricia Esteban Erlés, Anika entre libros, junio de 2011
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Padres, hijos y primates

«Jon Bilbao (1972) ya es un autor conocido en el panorama literario merced a haber ganado a algunos premios literarios importantes. Su anterior libro, Bajo el influjo del cometa, publicado también por Salto de Página, tuvo un éxito notable. En aquel caso era un conjunto de relatos. Ahora con Padres, hijos y primates, Jon Bilbao reemprende la escritura con una desasosegante novela. El argumento de la misma no es excesivamente complicado y probablemente el mérito esté en el tratamiento de los personajes y la capacidad del autor de analizar su interior y reflejar su modo de obrar en situaciones límite.

»Joanes, un ingeniero al que todos auguraban un éxito profesional futuro, ha llegado a un punto de su vida en el que el hartazgo y la monotonía, además del peligro de quiebra, se han convertido en una constante.

»Un viaje de placer y la posibilidad de cerrar un negocio se entremezclan. Joanes viaja con su familia a México, a la Riviera Maya. Lo que se preveía un viaje de placer se convierte en una estancia tediosa por culpa de su suegro y porque el negocio empieza a torcerse. A todo ello se añade un temporal en forma de huracán que se acerca peligrosamente. De cómo logrará llegar a buen puerto o no habla Jon Bilbao.

»En la presentación del libro en Barcelona, el autor dijo tener muy presente su deseo de realizar algo así como una adaptación moderna de un clásico como El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. De hecho, en Padres, hijos y primates hay mucho de supervivencia y de lucha por la vida, de reacciones extrañas y a destiempo movidas por las situaciones vitales.  Joanes se ve luchando por su propia vida y contra los infortunios climatológicos y humanos.

»En determinados momentos, la carencia de leyes que se produce ante la situación de riesgo extremo me recuerda a otra novela que habla sobre la supervivencia, El señor de las moscas de William Golding. Esta obra del Premio Nobel comparte con la novela de Bilbao un planteamiento en el que el/los protagonistas se ven arrastrados a sobrevivir bajo el influjo de la ley natural, de la ley del más fuerte, olvidando la justicia que impera en nuestras vidas.

»Uno de los personajes al que seguramente todo lector terminará odiando es el del profesor. Tan odiosamente humano como insoportable. Ese tipo de personas con el que no compartirías ni un vaso de agua en el desierto. Y eso le sucede al protagonista, Joanes, que se ve arrastrado a una serie de hechos que no puede controlar por no querer compartir.
Otras de las novelas que creo firmemente emparentadas con Padres, hijos y primates son las de Jack London, básicamente todas aquellas que hablan de supervivencia: La llamada de la selva, Colmillo blanco, etc…

»Padres, hijos y primates es una novela corta que en ningún momento pierde el hilo a pesar de algunos pequeños retrocesos en el tiempo que nos sirven para explicar algunos acontecimientos obscuros en el pasado de Joanes y del profesor, aspectos sin los que sería difícil entender la relación que se da entre ellos y la paciencia infinita que soporta Joanes a modo de un moderno Job.

»Probablemente el punto con el que me quedo más insatisfecho sea el final, pero dejo a los lectores que opinen sobre el mismo. No obstante recomiendo la lectura de este libro de Jon Bilbao, una prosa directa y nada enrevesada que va directamente a donde quiere ir.»

Luis Vea, Rese√Īados, 16 de junio de 2011
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Padres, hijos y primates

«Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), autor de libros de cuentos premiados con el Ojo Crítico en 2008 y el Tigre Juan en 2010, ha publicado dos novelas: El hermano de las moscas (2008), de naturaleza fantástica, y Padres, hijos y primates, de corte realista, si bien con materiales de relatos de horror y pesadilla. Porque, partiendo de un comienzo con elementos reales, la novela se adentra en oscuros territorios aislados y azotados por fenómenos naturales, lo cual es propicio para la violenta explosión de turbias pasiones.

»El protagonista es un ingeniero cuya empresa está en momentos difíciles, a la espera de un contrato que no acaba de firmarse. En tal situación Joanes viaja, con su esposa y su hija, a la costa mexicana de Cancún para asistir a la boda de su suegro. La amenaza de huracán en la costa obliga a trasladar a los turistas hacia lugares del interior. Antes de que comience la evacuación, por un accidente, Joanes queda separado de su familia, y se encuentra con un viejo profesor suyo en la Escuela de Ingenieros, que viaja con su mujer en silla de ruedas. A partir de este casual encuentro el interés de la novela se concentra en la tensa relación entre alumno y profesor, hasta que las pasiones se desatan en un trágico final.

»Lo mejor de la novela está en su organización constructiva, ideada y medida para conducir a los personajes a una situación límite. Cada una de las tres partes, contadas por un narrador omnisciente, termina con un capítulo en letra cursiva, cuyo contenido se aparta de la acción principal, si bien la enriquece con informaciones complementarias que influyen en su desarrollo. El que cierra la primera parte se refiere al contrato que tanto necesita el protagonista; en el último de la segunda se informa del accidente que ha tenido el hijo del profesor en Egipto; y estos son los motivos por los que se acrecienta la tensión dramática entre alumno y profesor: aquel, que culpa a este de su pobre carrera profesional, necesita su móvil, con la batería muy baja, para atender la llamada que espera; y el profesor lo quiere para saber algo de su hijo.

»La novela se ha encaminado hacia esta situación límite en la que tres personajes con mucho que recordar, y un aparato de telefonía móvil que necesitan, en una situación de peligro, dan rienda suelta a la violencia, sin reparar en tretas ni en crueldades. A pesar de todo, lo menos logrado está en el final de la novela, demasiado elíptico. Mas hay que resaltar como mérito indiscutible la eficaz construcción de una estructura narrativa que se va haciendo dramática de acuerdo con el desarrollo del conflicto central. Y la configuración del profesor es un acierto, así como la alternancia de pasado y presente en la segunda parte y las connotaciones simbólicas en la transición de espacios abiertos hacia lugares cerrados y solitarios. »

√Āngel Basanta, El Cultural, 3 de junio de 2011
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Padres, hijos y primates, de Jon Bilbao

«Hace un año escribí una reseña de El hermano de las moscas, la novela que puso en el mapa a Jon Bilbao y que me había dejado con una sensación agridulce; después de un gran comienzo, la narración se debilitaba al extenderse más de la cuenta. Salto de página acaba de publicar una nueva novela de Bilbao y la valoración que hago es absolutamente positiva: ratifica las sensaciones que me dejó El hermano de las moscas además de corregir los aspectos que menos me habían convencido; es una obra ciertamente breve (menos de 200 páginas) y tiene una estructura mucho más estilizada.

»Padres, hijos y primates cuenta las tribulaciones de Joanes, dueño de un negocio de aire acondicionado en crisis de vacaciones en la Riviera Maya. Un huracán se cierne sobre la península de Yucatán y, a la espera cerrar una gestión que puede suponer la salvación de su empresa, se queda en el hotel mientras su familia es evacuada hacia el interior. Las cosas no salen como esperaba y, al día siguiente, conduce por su cuenta para encontrarse con su familia. Durante el trayecto se topa con dos sucesos que transformarán ese viaje: atropella a un chimpancé escapado de no sabe dónde y se encuentra con un antiguo profesor universitario al que se ve obligado a socorrer.

»Jon Bilbao plantea Padres, hijos y primates en tres actos. En ellos define perfectamente la presentación de los personajes y los conflictos que sufren además de, una vez expuesto el detonante de la historia, arreglárselas para urdir una enorme tensión narrativa. Y eso que durante más de un tercio de la novela se asiste a un relato cotidiano sobre una persona común en una posición más o menos normal mientras se recuerda cómo se frustraron sus sueños de relativa grandeza. Nada alejado de lo que podemos imaginarnos y de lo que, en otro registro, consiguiera en la mencionada El hermano de las moscas. Aquí con un mayor grado de destilación.

»Y mientras en aquella exploraba las relaciones de familia, los diferentes lazos que trazamos con las personas que nos rodean, las prioridades y las renuncias que llevan aparejados… aquí se aproxima a otro aspecto básico de nuestras vidas: las interpretaciones de las cosas que nos suceden, tengamos o no indicios suficientes para soportarlas; la diferencia entre lo que sabemos y lo que creemos saber; la manera en que los prejuicios modelan nuestras percepciones;… Y sus consecuencias. Algo en lo que es fácil identificarse con Joanes, atrapado en esa tela de araña que es el “soy uno más”, situación de la que culpa a un punto de giro grabado a fuego en su memoria: la conversación que tuvo con su profesor un día al terminar su carrera.

»El autor asturiano utiliza su habitual estilo uniforme construido a base de frases breves, palabras comunes y descripciones justas que dejan el papel protagónico a los diálogos. Certeros, verosímiles, ásperos cuando tienen que serlo, en los que cada personaje tiene su voz y el ritmo se dispara cuando se inician las conversaciones. Relatados con una técnica semejante a la de Cormac McCarthy, sin utilizar los guiones para marcar su comienzo o su final, ni pausas descriptivas que los frenen. Imprimen un ritmo vertiginoso sin que, por ello, el lector se pierda. Aunque al narrador omnisciente quizás sea un tanto monocorde y se eche en falta un poco más de mordiente.

»El gran inconveniente de Padres, hijos y primates lo encuentro en el punto hasta el cual un lector es capaz de asumir que toda una serie de circunstancias casuales puedan coincidir en tan corto tiempo. Porque todos nos hemos encontrado con la persona más insospechada mientras disfrutábamos de una visita en un monumento a miles de kilómetros de nuestras casas. Pero que ese hecho ocurra, por ejemplo, mientras un volcán islandés haya entrado en erupción dos días antes, paralizando el tráfico aéreo de toda Europa; que el día antes tú atropeyases un perro en Oxford Street a la vez que el hermano de tu conocido sufriera un accidente en casa con una olla a presión; que, al día siguiente, te encuentres con el dueño del perro en plena campiña inglesa mientras viajas al aeropuerto en compañía del conocido, al que has recogido en tu taxi después que el suyo pinchase una rueda… Pocas veces el hado se encuentra tan inspirado.

»De nuevo vuelve a ser una cuestión de indulgencia. Si aceptas entrar en este juego Padres, hijos y primates es un tour de force muy bien estructurado que, traspasado tu ecuador, me parece imposible de dejar a un lado. Y la confirmación que Jon Bilbao es un nombre a seguir muy de cerca. Si no…»

Ignacio Illarregui, Aburreovejas en tierra extra√Īa, 30 de mayo de 2011
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En el hurac√°n La estupenda trayectoria del joven Jon Bilbao se reafirma brillantemente con la publicaci√≥n de esta obra, muestra perfecta de las leyes no escritas de la novela corta, una obra cerrada y completa, sugerente y apasionante. En ella, nada sobra y nada falta. El chimpanc√© que aparece por sorpresa en las primeras p√°ginas sabe el lector que debe ser elemento importante de la resoluci√≥n. 'Carretera', 'Hotel' y 'Barrac√≥n' son los t√≠tulos de las tres partes de extensi√≥n desigual en que se distribuye lamateria narrativa: preparaci√≥n, ampliaci√≥n y concreci√≥n, e impresionante desenlace que se proyecta hacia el incierto futuro. El protagonista, un hombre frustrado profesionalmente, viaja sin desearlo a M√©xico. Muchos detalles muestran lo desagradable e inoportuno del viaje. La amenaza de un hurac√°n (un s√≠mbolo m√°s que evidente) obliga a la poblaci√≥n a dirigirse al interior. Es la situaci√≥n ideal para un encuentro inesperado que pone en duda las certezas del protagonista y le arrastra a situaciones extremas. En un lenguaje escueto pero muy revelador e intenso, el narrador transmite los di√°logos, las acciones y las percepciones junto a alguna noticia de hechos del pasado, pero no expresa fuertes emociones ni ofrece valoraciones para que el lector reciba el material narrativo netamente, que d√© la impresi√≥n de que nadie ha escogido t√©rminos o presentado hechos. Percibimos personajes, inermes pero jactanciosos, que creen hasta el √ļltimomomento en su capacidad de dominio aunque la realidad les sobrepasa. El narrador (y con √©l el autor) parece estar sorprendido (y, quiz√°s, incluso disgustado) por el comportamiento de sus personajes y cuando es evidente la f√°bula dibujada por la narraci√≥n cede las riendas al lector para que se interrogue sobre los hondos problemas humanos planteados y sus consecuencias √©ticas (omorales). Es como un desaf√≠o, se le pide que valore los hechos que acaba de conocer. Y eso sin poder estar seguro (inevitable y admirable ambig√ľedad de la literatura) de que conoce todo lo necesario y no ha recibido informaci√≥n tendenciosa. Creo que es un desaf√≠o estimulante. Desde luego, el lector se entretiene, se emociona e intriga, pero tambi√©n cavila y resuelve sobre graves cuestiones.
Lluís Satorras, Babelia, 21 de mayo de 2011
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Terror, muertes, monos y huracanes en la √ļltima novela de Jon Bilbao

«Tras los aclamados libros El hermano de las moscas, Como una historia de terror y Bajo el influjo del cometa, que entre otros le han reportado el Premio Ojo Crítico o el Tigre Juan, el escritor asturiano afincado en la capital vizcaína, Jon Bilbao, regresa a las librerías con la novela Padres, hijos y Primates, editada por Salto de Página. El protagonista de la historia es Joanes, un ingeniero, propietario de un negocio que atraviesa por serias dificultades. Casado, padre de una hija adolescente, se nos presenta como una persona equilibrada, racional, inteligente y algo atribulada. Pendiente del cierre de un contrato que estabilice su fututo empresarial, se ve en la obligación de asistir en la Riviera Maya a la boda de su suegro, un hombre controlador y atosigante, con una jovencita poco refinada. El viaje que, como vemos nace ya de la contrariedad, se complicará con la llegada de un huracán. Los miembros de la familia tendrán que abandonar el hotel para buscar refugio en el interior del país. Debido a una serie de vicisitudes, Joanes decide aplazar su partida un día y cuando se dirige en coche a reencontrarse con su familia, se encontrará en la carretera con un antiguo profesor de la universidad a quien culpa, con un fundamento relativo, del poco éxito profesional que ha cosechado.

»Dividida en tres partes, que se corresponden con los escenarios de la historia, Carretera, Hotel y Barracón, el texto, que encadena escenas magistrales y situaciones de conflicto, mantiene continuamente la tensión, incluso en los momentos, pocos pero los hay, en los que los protagonistas se enfrascan en diálogos científicos, admirablemente armados. Preciso y certero, Jon Bilbao construye una novela sólida, sin fisuras, compacta, que introduce en la lectura un pálpito inquietante que presagia nuevos acontecimientos. Cercana a la road movie, al género negro o al terror psicológico, Padres, hijos y primates supone también un claustrofóbico viaje hacia la ferocidad humana, explosiva como el huracán que les amenaza; y que, alcanzado un extremo, puede llegar a desatarse para dejar a su paso, desperdigados como restos de una edificación que arrastró el viento, todo tipo de cuestionamientos morales.»

Txani Rodríguez, Pompas de papel, 18 de mayo de 2011
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Turismo de aventura

«Es gratificante la filiación que tenemos Jon Bilbao y yo por la elegancia de los buenos guiones, de modo que abundaré en lo maravillosamente construida que está su nueva novela, ora elástica cuando se trata —algo habitual en este autor— de pintar un fresco perverso y agitado para su atmósfera; ora concentrada, como una puñalada en la cuarta costilla, cuando abunda en el retrato psicológico —quizá excesivamente explicado en el caso de los motivos de Joanes—. El tema, por tanto, tampoco nos es ajeno si lo escribe Bilbao: haga usted su cóctel, con las circunstancias y los motivos justos, y obtendrá un infierno interior, emparentado con el de los personajes y sus demonios en Bajo el influjo del cometa o Como una historia de terror.  El encierro forzoso de Joanes, junto a un antiguo profesor al que considera culpable y dios ciego de todas las desgracias y malas jugadas de su vida, no por concentrado —la novela no sucumbe a la metástasis de las subtramas—, tiene menos valor.

»En un alarde de irresponsabilidad, preferiría destacar algunos recursos que no se han reducido al puro hueso y la elegancia del buen informante, sino que tienen el aroma de esos abandonos lúcidos del autor al goce que le proporciona el material que está trabajando. Bilbao ya sabe que prefiero ese centro desplazado de sus historias, como la pausada conversación del profesor con Joanes acerca del nacionalsocialismo o la cosmogonía del hielo, o el entierro de la mona, cruel y bella escena de recogimiento donde llegué a ver a Graham Greene y su sacerdote, el de El poder y la gloria, saludándome entre la espesura.

»Ya desde su primer libro, nunca creí que Bilbao fuera a perpetrar una «primera obra desigual». Por eso me gustaría devolverle una feliz paradoja: esas mismas palabras que su Joanes, hecho de terror, de bestias y de viento, pronuncia en el mejor momento de la novela. Escuche, Jon, «usted es alguien muy importante para mí».

Matías Candeira, 330 ml., mayo de 2011
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Padres, hijos y primates

«Hace poco, muy poco, poquísimo, dije: “Y como hay que probar de todo voy a probar a qué sabe Padres, hijos y primates de Jon Bilbao, aunque confieso que no espero demasiado de ella; eso sí, la portada es sensacional”. La primera en la boca. La portada es sensacional, sí, pero la novela no lo es menos. Para que vean que al igual que ustedes yo también me equivoco aquí van mis disculpas.

»Este libro lo elegí no sé muy bien por qué. Bueno, sí lo sé, lo que quiero decir es que no había un único motivo: ni soy fan del escritor ni me leo todo lo que incluya chimpancés, padres o hijos. Lo cierto es que la portada, como el título, tuvieron tanto que ver como el que no fuese de ninguna de esas editoriales que se ven venir a la legua —independientes incluidas; también que la tuviesen disponible en mi biblioteca y que me apeteciese probar un autor del que no hubiese leído nada. Además recién se estrenaba y yo siempre he sentido querencia por los bollos calientes. (Todo este conglomerado de condiciones es mucho más arriesgado de lo que parece; la última vez que intenté algo así acabé leyendo el “Hilo Musical” de Miki Otero.) El resultado soy yo sentado en un banco del parque con este libro en la mano. Lo siento pero no me he traído las fotos del evento.

»Pero me voy a dejar de chorradas. Les voy a hablar de la novela. Como esto va a vuelapluma y no sé muy bien cómo empezar vamos a intentarlo con un pequeño resumen de la historia: la cosa va de un chaval de mi edad, superlisto también como yo, que tiene muy mala suerte (ídem): su negocio de aire acondicionado va como el culo y pende de un hilo que es un señor que está montando tres hoteles. Nuestro protagonista se tiene que ir a Cancún para ver como se casa su suegro, exitoso pintor de brocha fina, con una chavala que está buenísima y que cree que los pinceles sólo sirven para arreglarse las pestañas. Allí, a nuestro amigo, le ocurre lo peor que le puede ocurrir a quien esté pasando un fin de semana con los gastos pagados en Cancún: la visita de un huracán. Pero el problema no es tropezarse con el huracán sino con sus consecuencias en forma de antiguo profesor de su etapa universitaria al que recuerda medio hijo de puta. Por razones que no vienen al caso y que incluyen al primate de la portada acaban los tres personajes principales, maestro, alumno y la paralítica mujer del viejo, encerrados en la habitación de un hotel de mala muerte. Y entonces, en esa habitación (y después, en otra menos habitación) es cuando tienen lugar y se dicen las cosas que hacen de esta novela la delicatesen que ha resultado ser y sobre las que entenderán que guarde silencio.

»Este tercer bloque debería ser el que yo dedicase a hablarles de las excelencias artísticas de esta novela atendiendo a criterios estrictamente objetivos, pero yo no he sido objetivo en mi puta vida y por eso se van a quedar ustedes con las ganas. Lo que sí les digo, y yo casi nunca miento, es que esta novela me parece cojonuda por un montón de razones —todas ellas subjetivas— algunas de la cuales voy a resumirles rápidamente porque se me está enfriando la cena. Hay gente que sabe escribir y gente que no sabe escribir (ya supongo que están al corriente de este hecho incontestable) y este señor, basándome en la corta experiencia de mi juventud (ejem) parece que vamos a tener que incluirlo en el grupo de los primeros. Dosifica con extraordinaria habilidad y mesura la tensión narrativa sin caer en ningún momento en el recurso fácil de alargar la trama con melodramas baratos, subtramas inútiles, diálogos insustanciales u/y obviedades varias. Pero por encima de todo, lo que más me gusta, lo que hace que esta novela sea todo lo redonda que me ha parecido y no simplemente una buena historia, es la construcción y definición de los personajes: el dotarlos a todos de una ambigüedad que tiene mucho que ver con el desconocimiento de su pasado (pretérito o inmediato) con la intención de situar al lector exactamente en el mismo plano en que habitan ellos. Lo que quiero decir es que el escritor no recurre al engañabobos que es hablarnos —para cubrir la cuota habitual de banalidades— de la infancia de los protagonistas, sus amigos y sus hábitos y costumbres diarias. Nos va a contar lo que nos interesa, únicamente y exclusivamente lo que tiene que ver con la trama, lo que afecta al drama que nos ocupa.

»Cuanto mayor me hago más radical me vuelvo (voy camino de ser el viejo cascarrabias que ustedes imaginan) y más me molesta todo aquello que no tiene otro objetivo que el lucimiento personal del escritor. En esta novela, y lo digo como el cumplido que es, al escritor no se le ve en ningún momento. Jon Bilbao bien pudiera ser el hombre invisible. La narración, que es de una elegancia ejemplar, está al servicio de la historia en todo momento y las contadas digresiones (entre las que no incluyo, por apasionante, la Cosmogononía Glacial de Hörbiger y el nacionalsocialismo) no provocan, como suele ocurrir, la espantada de los legos.

»En definitiva, Padres, hijos y primates es una excelente manera de pasar una tarde, una mañana, una noche. Una novela que cumple sobradamente las exigencias del lector y que demuestra que la mal llamada literatura de entretenimiento puede ser mucho más que eso.»

Carlos González Peón, La medicina de Tongoy, 6 de mayo de 2011
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Contra el hurac√°n

«Heredero de una tradición sobria y perversamente imaginativa, más anglosajona que meridional, más narrativa que autosatisfecha, su especialidad literaria consiste en desvelar el lado peligroso de las vidas corrientes. Lo extraordinario encuentra acomodo en las inteligentes ficciones de Bilbao. Y en los corazones sin importancia de sus personajes hay espacio para las grandes pasiones destructoras. Dueño de un mundo feroz y distinguible, el autor consigue con sus historias poderosos efectos de fascinación y extrañamiento.

»En Padres, hijos y primates Jon Bilbao vuelve a poner en pie una historia al tiempo plausible y pesadillesca. Joanes, el protagonista de la novela, es un ingeniero en horas bajas que se ve arrastrado a Cancún para asistir a la boda de su suegro. Una vez allí, la inminencia de un huracán hace que Joanes y el resto de los turistas tengan que desplazarse hacia el interior del país. En un estado de alarma colectiva, el protagonista termina separado de su familia, conduciendo por una carretera de mala muerte donde vive un suceso —extraño, simbólico y verosímil— que funcionará a modo de mal presagio.

»No será el único encuentro que marque el destino de Joanes. Mientras busca un lugar donde ponerse a salvo, el ingeniero se topa en una cuneta con uno de sus profesores de la Universidad, un tipo implacable que tuvo cierta importancia en su vida pasada y a quien el protagonista ha dado en culpar de su posterior mala suerte profesional.

»El profesor está de vacaciones en México con su mujer impedida y Joanes ayuda a la pareja, esta vez desde una posición dominante. En cierto modo, es la consecución de una vieja fantasía: encontrarse con el profesor "en una situación desesperada" en la que no tuviera "más remedio que pedirle auxilio".

»La construcción del carácter gélido y manipulador del profesor es uno de los hallazgos del texto. Entre él y el protagonista se entabla un logrado duelo psicológico que constituye el alma de una novela que aumenta a gran ritmo sus niveles de intriga y crueldad.

»El libro, más una nouvelle que una novela propiamente dicha, cruza en ciento cincuenta páginas la ruta que va de la anécdota al drama violento. La estructura de la narración es altamente efectiva y se confirma que Bilbao se maneja con inusual autoridad en la oscura sala de máquinas del relato. Quizá haya momentos en que la escritura del texto no funcione tan bien: en su afán minuciosamente descriptivo, la prosa de Bilbao puede terminar llamando la atención sobre sí misma. Es el principal reproche que puede hacérsele esta obra contundente, madura y eficaz.»

Pablo Mart√≠nez Zarracina, El Diario Monta√Ī√©s, 29 de abril
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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