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reseñas y críticas Polaris

«Me pasaba las tertulias malhablando de la narrativa española actual, exclamando cómo me aburrían los «maestros», cómo carecían de relevo. Pero hubo muchas colecciones que me hicieron de tapabocas: la de narrativa de DVD, la de Caballo de Troya, la de Lengua de Trapo, la de Paralelo Sur o la de Candaya, pero nada comparable a Salto de Página, que opino que ha dado a la imprenta textos especialmente relevantes, como lo es esta nueva novela, la tercera ya, de Fernando Clemot.

»Varios factores confluyen para que nos decidamos a destacar esta narración. En primer lugar, el género. Nos encontramos ante una novela del mar, cuyos referentes son bien claros y se nota que el autor los ha tenido en cuenta: Conrad, Melville, Poe y Stevenson. Un género poco cultivado en España, donde únicamente Baroja y el Benet de Sub Rosa (¡cuánto sabía lo que nos faltaba el malvado de Benet!) habían querido sumarse a esa tradición. Sin embargo, la cuestión del género debe dar más que hablar, porque no está tan claro que Polaris sea únicamente una novela de aventuras marítimas. Ante todo, se trata de una novela psicológica, e incluso con tintes policíacos. Un artefacto híbrido, pero sorprendentemente homogéneo, organizado a partir de inminencias y procesos íntimos de autodestrucción íntima.

»Lo que verdaderamente sorprende del texto es la densidad que llega a alcanzar la descripción del interior de una mente enferma, y la maestría con que se combinan los diversos planos o niveles por los que transita el discurso: la narración de los desastres que tienen lugar en el buque Eridanus, los recuerdos del protagonista, el torturado Dr. Christian, los de los diversos compañeros de su tripulación, y las respuestas al interrogatorio futuro a que es sometido el médico que nos habla. Planos convergentes que se superponen sin previo aviso, en estilo directo, magníficamente trabados. Y lo mejor es que esta densidad y esta complejidad no afectan ni lo más mínimo a la amenidad. Polaris es una de esas novelas que, cuando se agarran, uno ya no puede dejarlas.

»La propuesta es original: la creación de un mundo claustrofóbico e infernal, que sin embargo se mueve por espacios gélidos, y que explora emociones épicas y geográficas, las de las novelas de Kipling o Verne. Mención aparte merece el magistral empleo del correlato objetivo (esa constante y desasogante presencia sónica de la grotesca emisora de radio, esa presencia inquietante de las islas y del volcán dormido, ese recorrido obsesivo por los contornos serrados de los cabos, los istmos y las penínsulas, los ires y venires de una mente en descomposición).

»En un mundo de pequeñeces, este regreso a lo factual resulta de lo más estimulante. Pero no estamos hablando aquí de una epicidad grandilocuente, o imperialista. Nada más alejado de lo que nos propone Clemot. La epicidad de Polaris es como la de Remarque o Conrad, la de los autores que nos enseñan las entrañas de las grandes narrativas, la miseria moral que es el motor de las guerras, las exploraciones y el colonialismo. Ese realismo de las sentinas del ser humano, paralelas a las de los barcos, presentados como seres que destilan grasa, sebo, orina, aceite, como las personas destilan recuerdos y traumas, alcohol, pus y otros líquidos, combinado con la riqueza discursiva del texto, convierten la novela en un texto único, técnicamente superior.

»Polaris es una obra maestra de terrible encaje de bolillos. Ojalá no tarde mucho el autor en regalarnos su siguiente festival o sinfonía de la decadencia humana.»

Andreu Navarra, Barcelona review, febrero de 2016
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»La novela se desarrolla en un contexto masivamente traumático, con todo el peso existencial de los seres atormentados. Una manera de existir que sucede a las dos grandes guerras del XX, propia de los años cincuenta, antes de que la década de los sesenta, dentro de la guerra fría, de paso a la diversión, a las revoluciones del cono sur, a los movimientos sociales, a la sociedad del bienestar como antídoto del comunismo, y ponga las bases del capitalismo salvaje.

»El sentimiento de angustia, como algo abominable, aparece desde las primeras líneas en las entrañas del barco en el que se malvive de manera sobrecogedora. Todo se desarrolla de forma sesgada y turbia, tortuosa y secreta. Los ruidos, el paisaje, la radio, la música constante son elementos inquietantes, opresores. Lo que viene –lo que se impone— es un mundo nuevo del que se excluye la religión, la memoria, la culpa, el perdón, el remordimiento, la expiación, la rectitud (temas conradianos), donde, de manera exclusiva, lo que importa es el control y el poder sobre la base del miedo. La imposición de un mundo en el que no cabe el pusilánime, el débil, el atormentado capaz de expiación. Un mundo ineludible y poderoso que no responde a anhelos, ni da soluciones. Los sentimientos de angustia los solventará el poder y la ciencia. Lo nuevo no es susceptible de amar, de soñar, de embelesar…, pero será coherente. Se trata de depurar el pasado, hacer tabla rasa del horror de la guerra y de la hecatombe nuclear, ayudados por el predominio del pensamiento científico ante la duda, la perplejidad y el remordimiento. Órdenes de quien sabe verdaderamente lo que conviene. Órdenes a las que atenerse, aunque, “prima facie”, parezcan absurdas o carentes de sentido. Los nuevos dioses, “ellos”, sí saben cuál es el sentido final.

»No sé por qué, en algún momento, a lo largo de la lectura, aparecían en mi mente, referencias a 2001, Odisea en el espacio. Quizás porque la novela se desenvuelve, salvo las digresiones de la memoria del protagonista, en una nave. En este caso, un viejo barco anclado en el frio Ártico. El Eridanus, un barco gemelo del muy especial Polaris.

»Clemot plantea la novela como un “continuo” a modo de escucha interior, a partir del interrogatorio del protagonista por quienes representan el control, el poder, lo nuevo, y, con el recurso a la memoria imperfecta, a tientas, con avances y retrocesos —en lo que el autor es un maestro—, eleva la búsqueda, el análisis y su exégesis, a categoría de método, dando pie a información que convierte la historia en laberíntica, al quedar, a veces, disuelto el ritmo y el hilo conductor mediante sub-historias, cuya virtud, quizás, sea, de manera acertada, hacer más asfixiante el relato.

»Se trata de una novela interesante y sugestiva, muy bien urdida, que exige una reflexión considerable y un perenne releer por su permanente tensión interna y por la propia estructura de la novela. La inclusión de los diálogos dentro del texto narrativo dota al mismo de una densidad tal que obliga al lector a un esfuerzo redoblado en la comprensión de una historia compleja, sin perjuicio de una prosa rica, muy depurada y selecta.

»Puede que la indeterminación de los diálogos funcione muy bien en la literatura anglosajona y que se pretenda crear tendencia. Es posible que nuestra tradición sea, a mi modesto parecer, probablemente más clarificadora. Esta es una opinión en exceso atrevida para una junta letras como yo, con criterio lego en la materia. En una novela en la que el método inquisitivo es fundamental, dicho recurso, me obliga a replantearme creencias en un esfuerzo necesario para llegar a las certezas de un maestro.

»De conformidad con mi costumbre de ambientar mis lecturas asociándolas a una música determinada como banda sonora, las primeras páginas de Polaris me llevaron a Arnold Schönberg y su Pierrot Lunaire, porque me acordé de Theodor W. Adorno quien decía que parte de la obra de Schönberg tiene un sonido freudiano y la historia que nos relata Fernando Clemot da voz y eco al inconsciente. En este punto, además, me atrevo incluso a añadir, quizás con insolencia y de manera muy impulsiva, una imagen: “El grito” de Munch. Puede que Fernando Clemot haya escuchado, consciente o inconscientemente, el eco de ese “El grito”, al escribir esta novela.»

Bárbara Fernández Esteban, 7 de diciembre de 2015
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Un barco repleto de historias

«Fernando Clemot es un autor con una notable experiencia en la construcción de tramas y relatos. No en vano, además de los libros de cuentos Safaris inolvidables (2012) y Estancos del Chiado (2009), y de las novelas El libro de las maravillas (2011) y El golfo de los poetas (2009), tiene una larga experiencia enseñando en talleres literarios y es autor de un ensayo de narrativa creativa: Cómo armar y desarmar un relato (2014). Ese bagaje se observa a la perfección en su última novela: Polaris (Salto de Página, 2015). Para decir la verdad de mi experiencia lectora, hacía tiempo que no leía un texto en donde la información que se da al lector estuviera tan medida. Se nota que Clemot es un maestro del suspense, esa intriga que mantiene al lector en vilo hasta el final.

»La novela, dividida en doce capítulos, se estructura mediante una serie de interrogatorios, principalmente al doctor Christian, un médico noruego embarcado en el buque Eridanus por motivos profesionales, pero aparecen interrogatorios a otros personajes a modo de contrapunto. Cuando se habla de una narración que tiene lugar en un barco y de suspense, inmediatamente viene a la memoria el nombre de Joseph Conrad, y la verdad es que se observan muchos paralelismos entre la novela de Clemot y El corazón de las tinieblas. Si bien en este caso el autor nos describe lo que puede suceder en un infierno blanco, cercano al Polo Norte, también nos enfrentamos al drama interior del ser humano, plagado de traumas y episodios que es mejor silenciar.

»Por el uso que el autor hace del estilo directo, sin comillas ni guiones, lo que le proporciona al texto una atmósfera asfixiante, junto a la estructura del relato, en donde a través de las confesiones de Christian y otros personajes se engarzan pequeñas historias dentro de la historia general, además de las continuas referencias a la segunda guerra mundial, el libro también me ha recordado a la obra de W. G. Sebald, aunque desde una perspectiva mucho más psicológica y, porque no decirlo, absurda. Pues del carácter no fiable de Christian, del que se van descubriendo poco a poco su pasado nazi y sus traumas infantiles porque “el dolor y la memoria discurren siempre por un único conducto, como la orina y el semen” (134), se desprende una atmósfera mucho más kafkiana y subjetiva que la que solía utilizar el narrador alemán en sus historias.

»Este tono absurdo resulta fundamental para comprender el entorno global en el que se desarrolla la acción, la gran metáfora de esta novela. En medio de un hecho trágico e incierto, nos encontramos frente a una tripulación global (sirios, peruanos, nórdicos, estadounidenses) en un buque que no se sabe muy bien adónde se dirige ni qué misión tiene más allá de las órdenes de La Central. Una críptica organización que es la dueña de las vidas de sus trabajadores y ha sustituido a Dios en un nuevo orden global sin ideología pues, como él: “escribe recto con renglones torcidos” (35) y sabe que muchos piensan que “El hombre es en esencia un esclavo, necesita su amo, su redentor” (111), que es en buena medida la clave de la intriga. La Central es una entidad que se desempeña sabiendo que “lo mecánico y lo racional son la medicina de la angustia” (91), y que ha mandado a dos investigadores, Vatne y Dot, para desentrañar lo sucedido. Una perfecta metáfora del mundo contemporáneo, con los traumas que la han engendrado y las dinámicas que la están llevando a la deriva. La acción tiene lugar en 1960, pero bien podría suceder ahora mismo, lo que demuestra que para construir un relato que podríamos tildar de ciberpunk o de conspiranoia, no es necesario hacer florituras estilísticas o de formato, ni siquiera situar la acción en el futuro. Basta con una buena metáfora y un relato profundo como el que nos encontramos en Polaris. Una narración que te deja sin aliento en muchos momentos, sobre todo al final cuando descubrimos todo lo que se esconde tras el Polaris, ese buque naufragado que busca la tripulación del Eridanus, tras “el condenado experimento de los sueños” (152), y tras La Central. Y también que “la nueva civilización se basa en el miedo, en lo colectivo, en lo universal, y no hay nada más humano y universal que el miedo” (178). Pero no les revelaré ese descubrimiento. Permítanme que les emplace a la lectura de esta magnífica novela.»

Carlos Gámez, Suburbano, 26 de noviembre de 2015
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«Polaris es la última novela publicada por Fernando Clemot.

»La novela se desarrolla en el interior de un barco, el Eridanus, en el Océano Ártico en el año 1960. Sabemos que es un barco que se dedica a hacer prospecciones y que su cometido está basado en las cartas de órdenes que provienen de la Central, la compañía naviera propietaria del barco: “Un ente que está por encima de nosotros, no alcanzamos a entender sus decisiones”

»Estas cartas de órdenes sólo pueden abrirse el día que marca la Central, lo que induce a un estado de desconcierto entre la tripulación y en el lector que desconoce hacia dónde se dirige, tanto en términos de navegación como de lectura, y te incita a seguir leyendo en estado de intranquilidad.

»La historia transcurre a lo largo de unas pocas horas, en las cuales el médico del Eridanus, el doctor Christian, estará interrogado constantemente por dos hombres: Vedt y Dodt con el fin de averiguar qué ha ocurrido en el barco en las horas previas a este interrogatorio y que Fernando Clemot va desgranando hoja a hoja.

»El doctor Christian es un hombre atormentado por el pasado, con lapsos de memoria. Un hombre profundamente religioso que arrastra un sentimiento profundo de culpa. Con el paso de la narración iremos conociendo quién es y cuáles son esos acontecimientos que le han provocado esa desazón y la ansiedad en la que permanentemente vive.

»La lectura nos exige una atención completa. Los diálogos están ensartados dentro de la misma narración pero son completamente entendibles. Dentro de la declaración del doctor Christian hay saltos al pasado y regreso al presente. Así conoceremos su complicada relación con su hermano y su padre, su alistamiento en el ejército alemán, sus errores de memoria y la gran facilidad que tiene para recordar mapas de cualquier lugar en el que haya estado. Sus traumáticos recuerdos de la Segunda Guerra Mundial que sobrevuelan a lo largo de toda la novela.

»Polaris es una novela intensa que refleja perfectamente el estado de ansiedad, opresión y omnipotencia de ese ente – la Central – que ordena a Christian cumplir con unas obligaciones que rozan la locura.

»“Nos dirigimos hacia un mundo sin ideología, doctor, un mundo herramienta, pequeños engranajes que forman parte de un engranaje mayor. Todo debe estar sincronizado, ser previsible, pero para una completa destrucción de lo subjetivo se deben conocer en profundidad todos sus mecanismos, sus limitaciones, su topografía … y La Central lo quería para trazar este tipo de topografía, para que allanara el camino y sólo por eso decidió poner a su servicio a un médico algo inestable, con unas estrafalarias teorías sobre el recuerdo y los sueños”

»El Eridanus se convierte en una especie de isla donde las singularidades y recovecos de la mente humana salen a flote. Un thriller psicológico, con tensión contenida, lenta, con unos interrogadores crueles y un protagonista – el doctor Christian – en permanente estado de mortificación.

»Una novela que acentúa la capacidad narrativa de Fernando Clemot.»

Elena Casero, De libros y lecturas, 9 de noviembre de 2015
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Las puertas del infierno

«Esta nueva novela de Fernando Clemot, Polaris (Salto de Página, 2015), podría definirse como una distopía, o cacotopía, aunque su acción transcurra en el pasado, pues se trata de una narración sobre el control del individuo basado en el miedo y en los experimentos con seres humanos, que empezaron a practicarse durante la Primera Guerra Mundial. En suma, de una novela, dicho de manera abstracta, sobre el mal.

»En un barco que navega entre Noruega y Groenlandia, el Eridanus, de una misteriosa compañía llamada la Central, el 4 de mayo de 1960 se produce la misteriosa muerte del enfermero Mutter. Tres días después, Vatne y Dot, dos hombres enviados por la empresa para esclarecer los hechos, someten a algunos tripulantes a severos interrrogatorios, sobre todo al doctor Christian, el narrador protagonista de la historia, con quien el fallecido trabajaba de ayudante. Así, tanto los hechos como las reflexiones nos llegan tamizadas por la voz poco fiable del médico, un hombre enfermo, melancólico, que se atiborra de barbitúricos, de Veronal, que no miente a sabiendas, pero que sufre de ansiedad y náuseas con frecuencia, al que le falla la memoria y parece vivir en un delirio casi perpetuo.

»El Eridanus parte de Bergen, en Noruega, llega a Fugloy, al norte de las islas Feroe, de allí viaja a Raufarhofn, en la costa de Islandia (“un lugar tristísimo“, p. 40), pero entonces cambia de ruta y pone rumbo a la deshabitada isla de Jan Mayen, situada entre el Atlántico y el mar de Groenlandia, donde debe hacer unas prospecciones en aguas profundas que, al decir de los marinos, carecen de sentido (p. 107). Lo sorprendente es que tras abandonar Islandia la conducta de los marineros empieza a volverse violenta: se pelean o amenazan entre ellos, torturan a un delfín e incluso Mutter agrede al doctor. No puede extrañarnos, por tanto, que desde el comienzo del relato el narrador se queje de “esta maldita travesía“ (p. 14) y más adelante de “estos mares de hielo y muerte“ (p. 100), a la vez que los lectores nos preguntamos qué es lo que está sucediendo.

»El exhaustivo interrogatorio a que es sometido Christian propicia tanto la rememoración como las reflexiones, pues se trata de aclarar lo sucedido la noche del 4 de mayo en el Eridanus, mientras va desgranando importantes episodios sobre distintos momentos de su pasado (“el recuerdo es un lobo con piel de cordero“, p. 71), que reaparecen en varias ocasiones a lo largo de la trama, relacionándose unos con otros. Todo ello nos lleva a conocer los conflictos que atormentan al doctor, que comienzan en la infancia, se extienden a lo largo de toda su existencia y llegan hasta el presente, con la Segunda Guerra Mundial y la postguerra de fondo. Y nos sirve a los lectores para comprender la historia y la confusa personalidad del médico, contratado por la Central para ayudarlos a conocer mejor a sus empleados. Se trata, en esencia, de tres episodios significativos de su vida: los veranos de la infancia pasados en Feset, en la granja de su tía Alice, junto a su padre, también médico y miembro del NS noruego, la versión del Partido nacionalsocialista alemán que gobernó durante la ocupación, y su hermano Paul, gravemente enfermo; su participación en la batalla de Creta (1941), en el asalto al aeródromo de Maleme, en calidad de médico del bando alemán; su primer trabajo con la compañía en el Poel, realizando prospecciones en el Índico, entre Madagascar y las Islas Reunión, en Tromelin; y, por último, el anterior viaje que realizó con el Eridanus por el Mediterráneo, más los relatos que le cuentan en ambos trayectos y que no dejan de obsesionarlo.

»Así, tenemos en acción un barco que semeja “un cadáver flotante en descomposición“ (p. 8) mientras sigue un rumbo incierto, donde las únicas leyes son las de la Central; un ente incorpóreo que parece haber trazado de antemano la vida de todos ellos, la cual, mediante cartas que van abriéndose a diario, emite órdenes (“las órdenes no se meditan ni se discuten: se obedecen“, p. 49; pues, como si de Dios se tratara “la Central escribe recto con renglones torcidos“, p. 35); luego, un médico que, conforme progresa la trama, vamos viendo que no es quien en principio parecía ser, tras ir conociendo su pasado y las secuelas que le dejó; y, por último, un entorno de soledad en medio de un mar inmenso, en un viaje hacia el Ártico, a la nada. Sin embargo, los sucesos se precipitan cuando el doctor y sus ayudantes, Mutter y Agger, empiezan a realizar unas encuestas sobre los sueños de los marineros por mandato de la Central, algo que no se aclara hasta la p. 74. De la misma forma que hasta el final del séptimo capítulo (p. 137), no se nos proporciona el primer dato concreto sobre la tragedia a la que se viene aludiendo, con la aparición de un cadáver, que pende del cabrestante principal.

»Podría decirse, por tanto, que estamos ante una narración plagada de enigmas, algunos de los cuales, no todos, acabarán desentrañándose, en la que el lector tiene que ir recomponiendo la historia, con los pocos datos fiables que se le proporcionan. Así, no podrá dejar de preguntarse qué es la Central; qué órdenes aparecen en las cartas que tanto preocupan e indignan al doctor, mientras que a los demás les resultan rutinarias; o qué contenía la carga que llevaba el Nuuk, destinada a la torre de seguimiento de una base americana al sur de Thule. Pero también por qué cambian de ruta en medio de la travesía. Qué ocurrió en Islandia para que, al abandonarla, empezaran a surgir brotes de violencia. Qué sucedió la noche crucial del 4 de mayo. O bien, si el doctor intentó matar a su hermano (p. 102), y a Mutter (p. 137), y de ser así, por qué lo hizo, ¿tal vez por piedad, en el primer caso? De igual modo, ¿por qué hundieron los alemanes el tercer barco, el Polaris, y qué valiosa mercancia transportaba (pp. 141 y 161)? ¿Existió realmente ese buque? ¿Qué relación mantiene el doctor con la Central? ¿Conocía, quizá, las órdenes de la compañía, fue de él la idea del experimento, de escrutar en los sueños de los marineros? ¿Hasta cuándo compartió la ideología nacioalsocialista de Vidkun Quisling? Y si, por ultimo, el lector siente curiosidad indagará sobre la batalla de Creta, la historia de las islas de Jan Mayen y Tromelin, o sobre el citado líder noruego nazi, personificación del colaboracionista, del traidor.

»Se vale el autor también de distintos símbolos. El primero y principal es el mismo viaje, rumbo al corazón de otras tinieblas, que en esta ocasión no están en el África profunda, sino camino del Polo Norte; el segundo sería la idea de las islas como grandes barcos flotantes, como prisiones; la radio que les recuerda que siguen vivos; y, por último, los mapas, los cuales le sirven al doctor para relacionar distintos momentos de su vida (p. 70). Asimismo, podría decirse que la historia se construye mediante contraposiciones: el barco frente a la tierra firme, a la que tanto anhelan llegar los tripulantes; la “racionalidad absoluta“ de la Central versus la irracionalidad o el sentimentalismo que defiende el doctor (pp. 115 y 178); o el mundo antiguo de este, creyente protestante y nacionalsocialista, frente al nuevo mundo que defiende la Central, basado en la racionalidad, el control y el terror que produce la energía atómica (p. 180).
Llama la atención, sin embargo, que en una novela cuya acción transcurre durante una travesía en barco, apenas tenga protagonismo el mar. Quizá sea porque toda la historia se centra en el médico, en sus miedos y angustias, en los recuerdos que lo obsesionan, pues uno lo lleva a otro y el presente a su dramático pasado. No en vano, en el desenlace, Harris lo describe como “un hombre perdido en una fe que no llega a confortarlo [...], un hombre vacío, el más triste y aislado de sus malditos peones“ (p. 173). Por tanto, podría pensarse que si Christian indaga acerca del dolor, quizá se deba a que trata de apaciguar el que él mismo ha infringido o padecido, y por eso le inquieta tanto la historia de los náufragos de Tromelin, la muerte de Mutter, la cual le recuerda otra semejante que vio con espanto en Creta, los sufrimientos de la guerra, las huellas y traumas que le dejaron, cuyos horrores y consecuencias seguían todavía frescos en 1960. No en vano, se refiere a esos años como “la edad de hierro en la que vivimos“ (p. 46), o como “esta edad de ruina y plomo“ (p. 54). En el desenlace, que transcurre en la isla de Jan Mayen, se reencuentra con el mismo cielo estrellado de Feset o de Creta, y con los restos de un Junker de transporte JU-52, la clase de avión del que tuvo que saltar en paracaídas sobre la isla griega. Y aunque no parece quedarse allí a disgusto, algún lector se preguntará si logrará sobrevivir, si conseguirá llegar a la estación americana. Otros elementos que adquieren importancia a lo largo de la narración son la soledad, la memoria (la del doctor se manifiesta parcial, quizá por traumática: “A menudo mi recuerdo parece un cuarto revuelto al que no puedo poner orden“, p. 69), la culpa, el dolor, la dificultad de convivir...

»Esta es la tercera novela del autor, tras El golfo de los poetas (2009) y El libro de las maravillas (2011), quien también ha publicado dos volúmenes de cuentos: Estancos del Chiado (2009) y Safaris inolvidables (2012). Polaris se nutre de varios episodios del anterior libro de Clemot: la historia de María Aparecida, el reencuentro con el capitán Jensen (en esta novela llamado Denis) y la visita a su casa en “El muelle de Heysche“; y el viaje del Poel al Índico, en el cuento titulado “Tromelin“. Pero lo que en aquel leíamos como cuentos, aquí creo que funciona mejor como episodios de una novela.

»Además del periplo que emprende el barco, se narra también el viaje interior del protagonista, el combate mental que entabla con su propio pasado, que no deja de repicar en el presente. Diría, por tanto, que estamos ante una novela existencial, cuya trama se sustenta en la intriga, pero que compone una alegoría sobre el poder, y más en concreto sobre la crueldad humana (“el lugar más solitario del mundo se llena de muerte si desembarca el hombre“; “apenas hace falta la presencia del hombre para que el horror llegue con él“, pp. 68 y 73), y por tanto sobre el perdón, el castigo y la necesaria expiación. Y aunque la acción transcurra en el pasado, creo que apela al presente y nos alerta sobre el futuro (“Nos dirigimos hacia un mundo sin ideología –le espeta Vatne al doctor-, un mundo herramienta, pequeños engranajes que forman parte de un engranaje mayor. Todo debe estar sincronizado, ser previsible...“, p. 155), de ahí que nos atreviéramos a calificarla de cacotopía o distopía.»

Fernando Valls, El viejo topo, octubre de 2015
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«La acción tiene lugar en “una tierra yerma, un erial de cascajos, cenizas y coladas de volcanes. Una tierra muerta y estéril”, lo cual redunda en una sensación de peligro inminente. La narración abunda en advertencias crípticas y sangrientas emboscadas. La atmósfera de la novela es enigmática. Comienza cuando “callan las voces y cesa (…) el ruido en cubierta”, la del Eridanus, un viejo barco de prospecciones anclado frente a la isla de Jan Mayen, en el Océano Ártico. El narrador se dirige a nosotros desde un “cuartucho [donde] no existen el aire ni la luz (…) no brilla el sol ni alumbran las estrellas”, un lugar donde “no ha existido nunca nada ni volverá a existir”.

»La novela Polaris (Editorial Salto de Página, 2015) es el relato de un hombre “vacío, el más triste y aislado (…) el que peor arrastra su culpa, el más indefenso, el más débil, el más fácil de sacrificar en la partida”, que persigue a otro hombre, “un esclavo [en busca de] su amo, su redentor”. Su autor, Fernando Clemot (Barcelona, 1970) denuncia la naturaleza violenta de toda búsqueda. Regresa el autor de El libro de las maravillas (2011) y Safaris inolvidables (2012) con una historia sencilla de sorprendente complejidad, un relato de aventuras lleno de digresiones y observaciones, un artefacto cargado de matices psicológicos.

»La ficción se compagina con la Historia; la crítica al poder (corruptor por definición) de la compañía naviera la Central deviene en una parábola sobre la debilidad humana, sin diferencia de credo, raza o religión. Polaris es un oscuro vuelo de la fantasía, donde su autor hace girar con violencia la brújula moral del ser humano hasta conducirnos a las “islas de horror”, donde “el recuerdo más dulce filtrado por el tiempo produce nostalgia, que no es más que una versión atenuada del dolor. El recuerdo es un lobo con piel de cordero”.

»La narración está impulsada en gran medida por la culpa, “el juez que es nuestro dios [y] nos dice que debe pagarse por todo”. Su poder reside en su elocuente denuncia de la vanidad detrás de toda empresa. La historia que se cuenta tiene la visceralidad de un mito. Sería tentador ver la última novela del autor barcelonés como una parábola sobre la naturaleza humana. Se trata, sin duda, de un documento sobre las terribles consecuencias de la lucha de poderes tanto como una historia convincente. Como un poema largo, Polaris merece varias relecturas y como tal, gana en cada una de ellas.»

José de María Romero Barea, Sonograma, 29 de octubre de 2015
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Más allá del frío

«Si aceptamos que el horror exclamado por Kurtz es aquel que cada uno lleva dentro y si el aviso de Camus de que ya no quedan islas induce a pensar que las más recónditas geografías se hallan en el interior del ser humano, entonces tendremos la ecuación de esta novela. Una historia, dicho sea de paso, que hace reencontrarnos con aquellas aventuras clásicas de travesías marítimas y destinos inhóspitos. De todo eso hay en Polaris, pero sobretodo hay culpa, miedo, huida y búsqueda de redención. Fernando Clemot, narrador poderoso y alejado de las blandas corrientes argumentales y formales que hoy parecen el magro pan nuestro de cada día, ha sabido reducir a las dimensiones de un barco las miserias y las pocas bondades que afloran en todo grupo humano condenado a convivir, describiendo a la perfección las rencillas, la incomunicación, las frustraciones y las débiles esperanzas de unos seres cargados de traumas y soledades que, alejados de la civilización, se han encontrado con algo peor: con ellos mismos.

»El Eridanus es un vetusto barco de prospecciones anclado en la lejana y desértica isla de Jan Mayen, en el Océano Ártico. Después de una serie de graves sucesos a bordo, dos oscuros representantes de la compañía para la que trabajan se erigirán en jueces y verdugos en un afán discutible por esclarecer, a través de unos interrogatorios propios de un régimen policial, lo sucedido. La novela se desarrolla a través del testimonio embarullado del doctor Christian, el médico del barco, un hombre psicológicamente agotado y físicamente enfermo, temeroso, inestable y con heridas del pasado aún supurando. Sin duda uno de los grandes aciertos de la novela radica en la minuciosa construcción de este personaje, contradictorio y casi entrañable en su fragilidad, para lo cual Clemot ha desplegado todos sus amplios recursos de narrador. A través de su relato, casi un monólogo sólo interrumpido por las preguntas de sus interrogadores, el doctor Christian da cuenta de su propia vida, de su traumática experiencia bélica y de sus viajes anteriores, dejando al descubierto debilidades y zozobras de una dolorosa humanidad.

»Se ha citado, aquí y en otras partes, la influencia de la ineludible novela de Conrad El corazón de las tinieblas, quizá no tanto por la afinidad marítima de la historia como por la indagación que Clemot hace del funcionamiento de los mecanismos del poder. También podríamos citar, sin embargo, la única novela de Poe, ese viaje de Arthur Gordon Pym hacia un horror que el de Boston dejó aparentemente inacabado como para hacer hincapié en el hecho de que lo terrible es indescriptible. Tampoco Clemot nos cuenta del todo el final del doctor Christian, cuyo desenlace habremos de imaginar o intuir, enteleridos (y no sólo de frío).

»Y, en fin, ahora es cuando uno debe escribir aquella tontada de “estamos ante una estupenda novela de género”. Pero no: Polaris es una magnífica novela, sin géneros que valgan. Una novela de las de antes, de las siempre.»

Diego Prado, La bolsa de pipas, octubre de 2015
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«Nunca una historia fue menos dadivosa. Fernando Clemot escatima para nuestra  desesperación, no sólo la información en su novela, sino el camino para poder encajarla y convertir nuestras súplicas en la respuesta implorada. Polaris no regala nada al lector, y ese es el gran secreto de una novela excepcional.

»Atender hasta el aturdimiento, esforzarnos en seguir un rastro que diga por qué, quién, cuál es el motivo. Contentaros con unas primeras páginas donde un barco, el Eridanus, se encuentra varado en una isla del océano Ártico. Corre el año 1960 y algo muy descabellado ha tenido que ocurrir para que el doctor del navío, Christian, narre su estado actual cual preso a merced de inhumanos interrogadores. Se hallan presentes Vatne y Dodt, incisivos en sus preguntas tortuosas, o quizás, es el propio doctor Christian al que su memoria, sus respuestas y su propia salud mental le aturde el escenario provocando una inestabilidad propia y ajena. Todo es confuso, las relaciones con la tripulación, los flashes de un pasado que de repente hace aparición; y de soslayo, el paisaje desolador de la Segunda Guerra Mundial como parte de un attrezzo cargado de incertidumbre. Un sentimiento de culpa flota insistentemente en el discurso del doctor, queremos saber qué ha pasado apenas unas horas antes de ese encarcelamiento improvisado, queremos  conocer más sobre ese ente abstracto y omnipresente: las cartas de órdenes de la Central, al que todos obedecen cual Dios dispensador de voluntades. Queremos saber, queremos saber, queremos saber… Este estado angustioso, un estado claustrofóbico continuado recorren las ciento ochenta y siete páginas de Polaris al mismo tiempo que nuestro cuerpo. El ambiente opresivo es el primer protagonista de la novela de Fernando Clemot y sólo sintiéndolo, conseguiréis hallar las respuestas.

»Si de algo hay que hablar en este novela es de la particular destreza de su autor para construir la historia. Encontramos información dosificada y difusa, a veces dispersa. Una narración fuerte, con diálogos que no lo son, o que sí, tendréis que averiguarlo, y una prosa precisa capaz de conseguir el mejor de los ambientes ansiógenos. Ésta es la clave para no dejar al lector que respire ni se relaje, la concentración absoluta se hace indispensable para seguir la trama que además, cuenta con saltos temporales, los cuales nos acercarán un poco más al dudoso doctor Christian. En palabras del propio  Clemot “ningún narrador es fiable”, pero el de Polaris nos llevará a la cúspide de las inseguridades.

»Polaris es una novela compleja, hay un exceso de nombres (nada fáciles de recordar) que dificulta la distribución de las voces, nada ni nadie nos asegura que vayamos por buen camino en nuestras ideas preconcebidas sobre lo ocurrido, y además, el estilo narrativo tan intenso no da opción al mínimo despiste, eso sí, la proyección de la opresión en el lector merece con creces meternos de lleno en este barco cargado de interrogantes.»

Mercedes Suero, La cueva del erizo, 22 de octubre de 2015
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«Escalofríos. Los hay con frecuencia en Polaris. Estamos atrapados en el Oceáno Artico. Se hiela el año 1960. En el interior del Eridanus, un barco de prospecciones anclado ante la isla de Jan Mayen. Tenemos poco tiempo. Un interrogatorio inundará las páginas de misterios, dudas, recuerdos amotinados y horrores. Al contrario de lo que suele ser habitual lo primero que se dibujó de la novela en la mente de Fernando Clemot fue el título. “El nombre de Polaris, aparte de la estrella, apareció en una lectura sobre expediciones polares. Era el barco de un aventurero americano, Charles Francis Hall, que trató de llegar al Polo Norte en 1871 y fracasó”. “Polaris”, por lo tanto, “se empezó a escribir por el tejado”.

»Durante el viaje creativo surgieron obstáculos difíciles de sortear. Es lo normal tratándose de una novela que “tiene una estructura compleja de idas y venidas de memoria. Armonizarlo todo y que tuviera un clima único fue la parte más complicada de cerrar”.

»La coincidencia de muchas historias y muchas voces hace que al lector “le resulta grato ir avanzando a partir de las historias que se van desgranando, le van dando una imagen de la historia principal que puede forjar él mismo, sin grandes revelaciones o juicios. Las reflexiones de los protagonistas sobre el poder, el control, el miedo también pueden hacer reflexionar”.

»¿Y lo que más dudas llegó a generar en el autor? “Era una novela compleja y encontrar una voz narrativa sólida era la parte que podía hacerte dudar más. Eso no fue fácil pero creo que se resolvió bien”. Conrad, Stevenson, Melville... ¿Disfrutarían con su novela? “Espero que pudieran disfrutar una pequeña parte de lo que disfruté yo con sus lecturas. Al triunvirato uniría también dos nombres: Poe (con sus Aventuras de Arthur Gordon Pym) y las novelas de Jules Verne, que tiene muchas ambientadas en el mar. Todos autores del siglo XIX, en ese tiempo el mar era sinónimo de aventura, misterio y libertad”.

»¿Qué se va a encontrar el lector? “Una novela intensa, que trata bien el lenguaje. Es una novela de aventuras y misterio que mira también hacia el interior, hacia los recovecos de la memoria y la sociedad, una novela moderna dentro de un formato clásico”.

»¿La crueldad siempre va asociada al poder? “La excepción es que no se asocien poder y crueldad. Desde las primeras sociedades el poder ejercía su autoridad de una forma implacable. Las sociedades han ido ajustando sus herramientas de poder y de control a la complejidad de las sociedades que han tenido que gobernar. En la novela se habla de la era atómica, del miedo a esta energía, a una fuerza que excedía al pensamiento científico de la época y que servía para ejercer un control riguroso”.

»Existía pánico “a la aparición de esta fuerza aniquiladora. Los americanos expusieron muy bien esta nueva herramienta de control antes de acabar la Segunda Guerra Mundial y las dos bombas atómicas eran una prueba empírica de su poder: ‘Esto es lo que podemos hacer’, venían a decir. En nuestra época las herramientas de control se están asociando a los media y a la tecnología pero por sofisticados no resultan menos obscenos. En los años sesenta ya se oteaba este nuevo horizonte de control y creo que se refleja en el texto”.»

Tino Pertierra, La Nueva España, 22 de octubre de 2015
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la soledad del mar del Norte

«Antes de Polaris, Fernando Clemot (Barcelona, 1970) era ya autor de dos sobresalientes novelas que revelaban un escritor exigente con su ejercicio y con una manifiesta inclinación hacia la exploración de conciencias doloridas e incapaces de hacerse cargo de su realidad. En Polaris, Clemot levanta un marco narrativo diverso con los anteriores pero, como aquellos, ajeno a referentes culturales localistas para proseguir su reflexión sobre los mismos temas que en sus novelas precedentes: las vacilaciones de la racionalidad, la violencia congénita al género humano, la soledad del individuo. El doctor Christian, médico del buque Eridanus, que desarrolla una misión en las aguas del mar del Norte, protagoniza esta novela que se va tejiendo alrededor de su relato sobre lo ocurrido en los días previos: da cuenta de órdenes arbitrarias y carentes de sentido que debe ejecutar contra su voluntad, reyertas entre marineros y una misión cuyo objetivo es desconocido por la tripulación. Los paisajes desolados y con exiguo rastro humano de las inhóspitas islas del Norte están descritos con exactitud y contribuyen a crear en la conciencia del lector un desazonador clima de amenaza continua. El discurso del doctor está lleno de sombras, de vacilaciones. Mezcla experiencias del pasado —la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió, no está tan lejana en el tiempo ni, mucho menos, en el recuerdo del personaje; y algunos traumas de su infancia permanecen igualmente indelebles— con el relato de unos sucesos que tuvieron lugar unos pocos días antes, por los que es interrogado a lo largo de la novela y de los que el lector solo tendrá noticia cuando se aproxima el final del relato. Ese mundo de sombras en el que naufraga la memoria del protagonista pese al apremio de sus interrogadores resulta central. Para conseguir darle forma, Clemot ha tomado la decisión de no depositar íntegramente la voz narrativa en este personaje, sino que esta se desenvuelva a través de un interrogatorio conducido por dos misteriosos personajes, construyendo una dialéctica asimétrica entre quienes tienen un poder, delegados de la todopoderosa Central, la naviera propietaria del barco, y el sospechoso, débil e indigente protagonista. Este esquema discursivo permite comprobar hasta qué punto la patología del doctor Christian deriva de la violencia neutra y anónima e institucionalizada que ha regido toda su vida. Acentúa esta sensación otra acertada decisión del autor: entrelazar en los mismos párrafos preguntas, respuestas, contrarréplicas, dando lugar a un continuo orgánico de experiencias.

»Conscientemente, Clemot ha dejado no pocos cabos abiertos en la novela para desazón del lector: el porqué de la fabricación del barco varios lustros antes, la función del gemelo del Eridanus, el Polaris, la naturaleza de los sucesos por los que es interrogado el protagonista, el papel de la Central, el motivo de los odios entre los tripulantes… al tiempo que da cabida a relatos intercalados narrados por otros personajes, como el del oficial Denis y su solitario final. Sobre todo queda la duda de por qué el médico recibe una extraña orden que desata su desasosiego e incluso el incomprensible sistema que la Central tiene de planificar la misión a través de órdenes encerradas en sobres que son leídas diariamente por el capitán. Quizá son demasiados interrogantes, demasiada confusión. Pero quizá también todo ello resulte irrelevante en relación con las pretensiones de la novela, cuyo fin no es explicar y justificar los acontecimientos sino crear una atmósfera determinada y dar cuenta de un malestar insufrible y difuso. No es esto novedoso tampoco en la obra de Clemot: si en El golfo de los poetas —que seguimos considerando su mejor novela— el lector tenía que enfrentarse a las dubitaciones y vacilaciones del protagonista, habitualmente borracho, y si en El libro de las maravillas, el protagonista naufragaba entre las lagunas de su memoria, en Polaris, el problema del protagonista es que su pasado le impide construirse un futuro y que se refugia en los tranquilizantes para apaciguar una conciencia insoportable al tiempo que los confines de la realidad exterior se hacen cada vez más confusos. Clemot acierta reincidiendo en aquella dimensión que lo atrae más: las conciencias atormentadas, esclerotizadas y doloridas, las crónicas de vidas en decadencia, rotas y perdidas, que mira con comprensión muy humana.»

Fernando Larraz, Contrapunto, octubre de 2015
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«Polaris goza una tensión sostenida y creciente página a página, con un ambiente marítimo opresivo, claustrofóbico y con un narrador con una salud mental dudosa, un hombre confuso, bamboleante como el barco, poco fiable. Una historia de más de cuarenta marineros en la que se cuenta más de lo que pasa. Lo que pasa ya ha sucedido y solo queda rebobinarlo para hallar los porqués. No obstante el lector no sabe casi nada, avanza a ciegas tocando los mamparos del barco para acercarse a un final que desea que explote y acabe sacando todo lo oculto que tiene la novela. En este sentido es una obra conradiana como el El corazón de las tinieblas, nunca se llega por el río Congo y cuando se llega se desearía no haber llegado. Aquí Fernando Clemot avisa de la tormenta que va se avecina, de cosas que van a suceder (realmente han sucedido) y que nunca llegan.

»El ambiente es opresivo, las volutas de humo se acumulan en el techo, las luces son tenues, los mamparos estrechos. Como en Moby Dick la literatura aquí es introspectiva, oscura, densa, ominosa. ¿Cuál es la línea que separa la cordura de la locura?

»Estamos en 1960 un momento de paranoia atómica, de tensión nuclear. El fantasma de la Segunda Guerra Mundial está presente en muchos marineros que han estado allí. El buque Eridanus va navegando hacia el norte tocando puertos cada vez más vacíos, cualquier resquicio de vida es bienvenido; les alegra porque lo que les espera es aún peor. De reojo vamos viendo algo que va a ir a peor poco a poco y de forma irreversible.

»El libro comienza con la conversación que mantienen dos siniestros hombres con el doctor del barco Christian. Realmente un interrogatorio con un personaje en las sombras, callado, de manos fuertes. Las preguntas evolucionan hacia algún acontecimiento grave que no sabemos cuál es. Christian se bambolea en lo personal, en las descripciones, los recuerdos, divagando entre la realidad y lo soñado.

»A medida que el Eridanus avanza hacia el norte los ecos de la realidad y la cordura se van alejando, se apaga la radio, la oscuridad y el frío atacan. Por si fuera poco cada día hay que abrir las órdenes de la Sociedad, ordenes extrañas, conflictivas, que Christian se niega a ejecutar.

»Obra compleja y existencial con muchos flashback, mucho lenguaje marítimo, mucho baile de personajes, diferentes barcos, cuarenta y cuatro personas con sus relaciones entre ellos. Sincopada, con un ritmo entrecortado.

»Tercera novela de Clemot después de El golfo de los poetas y El libro de las maravillas. Obra diferente por planteamiento de las anteriores, más elaborada y compleja. Con el punto de locura de sus anteriores personajes pero sin resultar tan humana. Alegoría de la locura y la soledad del ser humano.»

Pepe RodrĂ­guez, El placer de la lectura, 15 de octubre de 2015
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«(...) Clemot nos traslada en su novela al océano Ártico en 1960, y construye su novela en el opresivo escenario de un barco. Empecé a leer Polaris sin mirar la contraportada, porque una vez que ya he decidido que voy a leer un libro prefiero no saber nada de lo que me voy a encontrar dentro (...).

»Sin saber que la contra comenzaba diciendo: «Océano Ártico, 1960» iba anotando frases para tratar de concretar el contexto histórico de la novela, porque la estaba empezando a leer como si estuviera ambientada en la actualidad. Poco a poco iba saliendo de mi error: el protagonista, el doctor Christian, ha participado en una guerra, que todo indica que debe ser la Segunda Guerra Mundial. Tampoco me quedaba clara la nacionalidad del doctor. Tardé en comprender que era un noruego que se alistó de forma voluntaria en el ejército alemán.

»He querido comentar estas pequeñas dificultades (o más bien pequeños enigmas que debía ir descifrando) con las que me he encontrado al leer la novela de Clemot porque me parecen significativas: Polaris no es una novela complaciente con el lector, y éste estará obligado a leer el libro con bastante atención si quiere entrar de lleno en él y disfrutarlo.

»La novela está compuesta por varias capas narrativas: el doctor Christian está siendo interrogado por Vatne y Dodt en el barco Eridanus acerca de unos acontecimientos trágicos que han tenido lugar a bordo (capa narrativa dos). La capa narrativa principal reconstruye –mediante la primera persona del doctor Christian- los días previos a los acontecimientos por los que el doctor está siendo interrogado (capa narrativa uno). El lector comprenderá (avanzado el libro) que el tiempo transcurrido entre estos dos estrados narrativos no es demasiado largo.

»Además de reconstruir esos días previos al de los “acontecimientos trágicos”, el doctor Christian divagará sobre su pasado de soldado en la isla de Creta (capa narrativa tres) y la relación conflictiva que tuvo con su padre y hermano (capa narrativa cuatro).

»Los diálogos que mantiene Vatne (Dodt parece ser un mero observador) con Christian están insertos en el texto del tal modo que a veces el lector empieza un párrafo pensando que la narración del doctor sigue avanzado, cuando el realidad –comprende- estamos ahora en el futuro narrativo y se apremia al interrogado para que concrete sobre algún punto específico de su evocación. El doctor Christian no parece una persona muy estable emocionalmente y a menudo tiene errores de memoria, aunque tiene también, por ejemplo y por otro lado, una gran habilidad para recordar las particularidades de los mapas.

»El lector atento disfrutará de la prosa envolvente de Clemot y de su gusto por el detalle: está muy conseguida la sensación de autenticidad del viaje marinero, con muchas pequeñas desviaciones narrativas sobre naufragios, crueles o extraños sucesos ocurridos en islas…

»La tripulación de la nave Eridanus se rige por los designios de las cartas de órdenes de la Central, la compañía dueña del barco. Estas cartas de órdenes tienen una correspondencia con las jornadas de navegación y sólo pueden abrirse en el día correspondiente. Esto hace que la tripulación no sepa nunca con exactitud cuál es la misión concreta de su viaje. El doctor Christian está preocupado por los requerimientos que estas cartas de órdenes empiezan a exigirle, una investigación que tiene que ver con el mundo de los sueños, y que acabará impregnando a toda la narración de un aire onírico, alucinado. Hay algo metafísico, expresionista y kafkiano en esas cartas de ordenes; esto se dice de la Central en la página 155: “Es un ente que está por encima de nosotros, no alcanzamos a entender sus decisiones.” El doctor Christian es una persona religiosa, con un fuerte sentimiento de culpa que arrastra por algunos de sus recuerdos del pasado, pero la suya no es una religión que admita el perdón, es una religión que necesita de la culpa y la expiación. Así Polaris es una novela opresiva, una novela de culpa y remordimiento. En este sentido, el doctor Christian me ha recordado al cónsul de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, aunque, posiblemente, la referencia más clara sería la de las novelas de Joseph Conrad, pero yo sólo he leído de él El corazón de las tinieblas y seguramente la clave aquí sería haber leído Nostromo (una novela marinera de Conrad que tengo pendiente).

»La densidad y la elegancia de la prosa de Clemot y su capacidad para crear una atmósfera opresiva (en esto me ha recordado a la novela Trasfondo de Patricia Ratto, que transcurre en un submarino) posiblemente estén por encima del misterio que platea la trama; aunque lo cierto es que el misterio de la historia no es desdeñable. He leído el libro con un deseo creciente por saber qué le exigían al doctor las cartas de órdenes y qué acontecimientos trágicos han tenido lugar en el barco para que los personajes, un tanto siniestros, de Vatne y Dodt tengan que estar interrogando al doctor. Pero además de la atmósfera opresiva me gustaría destacar de esta novela la gran capacidad (a lo Roberto Bolaño) de Clemot para fabular, insertando en la novela pequeñas narraciones (la historia de los esclavos negros abandonados en una pequeña isla, por ejemplo, es espeluznante) que funcionan casi como relatos independientes y que contribuyen a apuntalar esa atmósfera densa que emana de la brutalidad y del poder de lo desconocido. Las dos narraciones que he leído por ahora de Clemot me han parecido bastante sólidas, son relatos originales en cuanto a ambientación y contextos narrativos. Clemot empezó a publicar algo tarde (con treinta y nueve años), pero su irrupción en el mundo de las letras está siendo ciertamente destacable.»

David PĂ©rez Vega, Desde la ciudad sin cines, 27 de septiembre de 2015
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Puedes escuchar el podcast aquí

Eva DĂ­az Riobello, SER Madrid Norte, 22 de septiembre de 2015
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Entre salitre y sudor

“¿No es verdad que el mar es, como dice Algy, una dulce madre gris? El mar verde moco, el mar escrotogalvanizador.” (James Joyce, Ulises)

«Aunque por estos lares no somos muy dados a las travesías náuticas -nuestra literatura es, digamos, más de secano-, como se desprende de esta cita de Joyce, siempre es posible escribir sobre el mar de un modo distinto. Exceptuando el repaso que le da Ignacio Ferrando al diccionario marítimo en Un centímetro de mar y las divagaciones de Shakespeare a bordo del Nimrod en Shakespeare y la ballena blanca, de Jon Bilbao, no se me ocurre ninguna novela escrita por un español en los últimos años que no tenga lugar en tierra firme. Destaca en ese sentido esta novela de Fernando Clemot, ambientada en un barco, el Eridanus, anclado en el Océano Ártico en 1960.

»En el transcurso de unas horas, el médico a bordo, el doctor Christian, es sometido a un intenso interrogatorio para tratar de esclarecer una serie de acontecimientos que han tenido lugar en el Eridanus. Se da la circunstancia de que el doctor, capaz de mirar en los mapas como en sus radiografías, está “enfermo y atormentado, con lagunas de memoria pero también con fogonazos de lucidez”. Esto hace que el relato se aleje de la linealidad y fluya como las mareas, yendo y viniendo desde determinados puntos del pasado donde el doctor Christian parece estar anclado: su pasado bélico, su infancia junto a su padre y su hermano, Paul: “Es la misma noche que entonces. No se oye nada, el silencio que se inflama y se apaga, en Creta también la noche ardía de fuego pero no de silencio. Atronaban las explosiones y disparos cerca del aeródromo de Maleme, estaban lejos, pero llegaba el temblor a la espalda, a través de la tierra y las piedras que se clavaban en mis brazos, explosiones que retumbaban en la noche como la tos de Paul.” Además de la yuxtaposición de distintos momentos temporales en la misma escena —algunas de gran belleza—, las preguntas de los inquisidores y los diálogos están insertados en el texto, lo que es un gran acierto, ya que el libro gana en agilidad, pero exige un alto nivel de atención por parte del lector si no quiere acabar perdido en medio de una especie de Triángulo de las Bermudas.

»A medida que avanza el interrogatorio la angustia del doctor va ‘in crescendo’: “(…) en el colegio el profesor Burmann nos explicaba que a los generales victoriosos en el carro los acompañaba un siervo que les sujetaba la corona y les repetía una y otra vez: Memento mori, memento mori, recuerda que eres mortal, recuerda que eres mortal. Igual que aquel siervo, la ansiedad nos sujeta los laureles a los comunes. Hacía el trabajo del esclavo cuando te asfixiaba o te paralizaba, cuando te llenaba el cuerpo de alfileres te recordaba una y otra vez tu mortalidad, que no eras nadie y que ella estaba allí para gobernarte y que, de una u otra forma, tus horas estaban contadas.” Esta atmósfera agobiante que Clemot recrea con solvencia, esta angustia, se traslada también al lector que, igualmente vapuleado por el interrogatorio, acaba deseando que éste llegue a su fin. Tal vez como guiño al lector, uno de los inquisidores le dice al narrador que siga “con ese día tres, que casi está deseando que acabe de explicar lo que ocurrió aquella tarde, que no ve el momento de escuchar lo que recuerdo de aquella noche en que terminó todo”.

»Polaris es una novela intensa, nada complaciente, que hace sudar al lector. Más que la historia en sí, lo que más me ha interesado es el estilo cuidado y elegante de Clemot. Se nota su dominio en las distancias cortas. No en vano, se alzó con el Setenil en 2009 con Estancos del Chiado. Algunos elementos de Polaris aparecen ya en Safaris inolvidables: la idea de que la memoria “es un lobo con piel de cordero” o que hasta “el lugar más inocuo del mapa esconde una tragedia”. En ese sentido, la travesía del Polaris retoma los viajes a bordo del Google Earth de su anterior libro. No sé cuál será la próxima parada de su viaje, pero sin duda estaré pendiente de su singladura. Este libro confirma que Clemot es un autor a tener en cuenta.»

Rebeca GarcĂ­a Nieto, Estado CrĂ­tico, 4 de septiembre de 2015
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«Lo más asombroso, lo más terrible, lo más desconcertante de los seres humanos es que, aunque lo pretendamos, nunca llegamos a conocernos del todo a nosotros mismos. Siempre guardamos algún pliegue de sombra, alguna esquina donde no es posible indagar, algún laberinto de gelatina o podredumbre donde no existe posibilidad de sumergirse o donde no alcanza la luz, por más que pretendamos proyectarla hacia allí. Somos matriuskas infinitas donde los recuerdos, las pesadillas, la amnesia, el horror, la vergüenza o el asco se mezclan de una forma variable en la parte profunda, mientras nos esforzamos para que la máscara, la careta, el rostro, no delate ese fermento repulsivo que nos habita.

»Fernando Clemot (Barcelona, 1970) lo sabe muy bien, y por eso acaba de publicar en Salto de Página una novela excelente bajo el título de Polaris, que aborda una aproximación muy inteligente al complejo espíritu humano. Tras ganar el premio Setenil por su maravillosa colección de cuentos Estancos del Chiado (2009), continuar la línea exitosa con su novela El golfo de los Poetas (2009), afianzarse con El libro de las maravillas (2011) y repetir triunfo con Safaris inolvidables (2012), Fernando Clemot nos conduce de la mano hasta una zona poco habitual para la ambientación de novelas: el círculo polar ártico. Por sus aguas navega el Eridanus, un barco de prospecciones al que se define como “un cadáver flotando en descomposición, ajeno a Dios y a las leyes de los hombres” (p.8) y que está tripulado por un grupo de personas taciturnas, agrias, crispadas, lúgubres, que reciben sus órdenes de navegación y trabajo desde la Central, un enigmático núcleo de operaciones que nadie parece conocer, pero del que emana un poder oscuro e indiscutible. De todos los personajes que fluyen silenciosos por estas páginas (el capitán Farrard, el ayudante Mutter, el contramaestre Strand, el marinero Agger) el que más protagonismo atesora es sin duda el doctor Henk Mathias Christian, del que vamos conociendo ráfagas biográficas a través del flashback, que nos van ayudando a trazar una tenebrosa cartografía interior en la que destacan su padre autoritario, su hermano siempre enfermo o sus heridas bélicas en Creta.

»Moviéndose por aguas deshabitadas, arribando a islas prácticamente desiertas donde no les queda más diversión que la melancolía o la borrachera y viéndose obligados a convivir durante interminables semanas en el estrecho habitáculo de un barco hostil, donde la radio se convierte en la única compañía en medio de tinieblas eternas, una muerte vendrá a agrietar la frágil relación de estos hombres duros, que se culpan entre sí y que recurren a la violencia más atroz para castigar al presunto culpable.

»Fernando Clemot vuelve a demostrar en estas páginas su extraordinaria capacidad para esculpir atmósferas con palabras y para insertar en ellas a unos personajes de psicología tortuosa, nada superficial ni complaciente. El resultado es una novela que embriaga y que puede llegar incluso a asfixiar (absténganse los lectores que gusten de las intrigas fáciles o transparentes), donde todos los miedos, las angustias, los horrores de la memoria, los perfiles angulosos de la culpa y las charcas del oprobio están acechando en cada párrafo, en cada imagen que los personajes protagonizan o rememoran. Quienes se decidan a bracear por estas páginas saldrán de ellas, puedo asegurárselo, con la musculatura robustecida y admirando al autor.»

Rubén Castillo, Librario íntimo, 29 de agosto de 2015
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«Encerrados, solos, aislados. Un barco y su tripulación,con una misión que los lleva lejos de toda civilización, a las costas de una isla rodeados de frío y viento, donde ni un alma les oiría pedir auxilio, donde la radio se silencia y sólo las voces de sus cabezas les acompañan a todas horas. Un experimento sobre sueños donde ellos son los sujetos de estudio, realizado por un doctor presa de sus temores, de recuerdos fragmentarios y culpabilidad. El mundo antiguo contra el nuevo. Un libro que nos lleva al límite de la cordura, donde ya no hay vuelta atrás.
“Callan las voces y cesa también el ruido en cubierta: entonces puedo meditar sobre la naturaleza del lugar en el que me hallo encerrado. No hay más luz que la de la lamparilla de la mesa y apenas llega a iluminar los rincones. Es el mismo cuartucho donde ha estado Kalendzis: allí lo había curado días atrás y todavía quedaba en el aire una señal de víscera impregnada”.

»Polaris es una metáfora de nuestra sociedad, donde los individuos, como borregos, siguen las órdenes de los que están arriba, sin hacerse preguntas, sin cuestionar su poder o derecho. Donde esos individuos sin rostro nos manejan como marionetas para su beneficio. Una sociedad donde el que pone en duda todo ese mecanismo es rechazado, es el loco, el enfermo, el inadaptado.

»“Farrard leyó las cartas y relató lo que ocurriría durante aquellas noches. No explicó el capitán el porqué ni nadie le pidió que lo hiciera. A nadie pareció importarle. Obedecían como el ganado”.

»Una historia compleja, llena de matices, oscura, angustiante y embriagadora, que nos lleva a leer con lentitud e intensidad, a preguntarnos en cada capítulo qué más, a parte de la trama, nos ha querido mostrar el autor, pues múltiples secretos y verdades se ocultan tras la máscara de la novela.

»“Tras veinte minutos caminando nos detuvimos allí: había dejado de nevar y la luna iluminaba el horizonte dejando en un claro toda la bahía. El aire estaba congelado, extático. Se distinguía el Eridanus anclado en el espigón más lejano del puerto: había luz en el puente y las luces de proa y popa estaban encendidas. Más allá de la bahía se intuían también lagunas y algunos acantilados hacia el Norte, de color blanco o rojizo. Hacía viento y el cielo estaba despejado. El oleaje removía un mar negro como el petróleo en cuyas crestas brillaban chispazos de un blanco eléctrico. Se veía la línea de luces de la calle que habíamos dejado atrás, como marcada por un tiralíneas. Me di cuenta de que estábamos arriba, casi a la misma altura que las luces rojas del cerro. Inspiré hondo como si quisiera absorber toda aquella miseria: Raufarhofn era un lugar tristísimo”.

»He sentido la desesperación, la impotencia y el asco. He seguido las pistas a bordo del Eridanus, mezclados con niñez, guerra y pesadillas, para llegar a la verdad.

»“(…) apenas hace falta la presencia del hombre para que el horror llegue con él, una leve brisa de presencia humana ya lo despierta, lo arrastramos de forma congénita. Quizá sea la crueldad nuestra característica más definitoria. La crueldad es la aduana de la inteligencia. El hombre arrastra el dolor y el delirio como una plaga (…)”.

»¿Por qué una tripulación probada y sensata acabaría enloquecida? ¿Qué ocurrió tras la parada en Islandia y cuál es la razón de las nuevas órdenes desde la Central?

»“Fui un estúpido fanático que pagó cara su cuenta. El hierro lame el hierro en la obra muerta del barco como el metal lame la piel y taja la carne que se corta limpia en filetes”.

»Una novela recomendada a aquellos que disfruten de las historias oscuras y con fundamento, con la crítica social y la locura. No apto para temerosos del mar y la psique humana.»

Isabel del RĂ­o, La Odisea del cuentista, 28 de agosto
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¿De qué huye, Doctor Christian?

«Océano Ártico, 1960. Un carguero de prospecciones llamado Eridanus se dispone a fondear algún punto en la costa de Groenlandia. Su tripulación ha partido de Islandia siguiendo las instrucciones de la empresa naviera a la que pertenece, la misteriosa La Central (no conocen a sus altos mandos, y sólo obedecen órdenes impresas en cartas que el capitán ha de ir abriendo durante el trazado de su ruta), pero un brusco giro de los acontecimientos los ha desviado a la isla de Jan Mayen, en Noruega. A esta isla la precede una historia turbulenta, de inviernos terribles y temporales memorables, desde que su descubridor en el siglo XVI, un monje irlandés, la confundiera con el mismísimo infierno. Bien la conoce el doctor Christian, el personaje principal de Polaris, como sabe también que aquella se ha tragado a numerosos pescadores, muertes desdichadas como las de diversos marineros en distintas expediciones. Pero después de haber sido olvidada y deshabitada durante dos siglos, Jan Mayen sirvió de base a los americanos para establecer allí una estación de radionavegación en la Segunda Guerra Mundial, que bautizaron como Atlantic City y que sigue activa cuando el Eridanus se aboca a sus costas.

»Y es aquí donde todo en el barco cambia. Algo está pasándoles a sus tripulantes: una ola de violencia los invade, los camarotes se tornan calabozos y dos matones de La Central se embarcan con ellos para interrogarlos. Quieren saber qué ha pasado, qué está pasando, o eso al menos, quieren hacerles creer. Así, uno por uno van sacándoles las palabras a puñetazos, con amenazas y ciertos métodos poco ortodoxos, sin dejarse ver el rostro. Y en este punto empieza la novela, en medio de un silencio insólito en cubierta y alguien —que narra— encerrado en un cuartucho. La embarcación está fondeada, no tiembla como debe hacerlo habitualmente, nadie parece moverse en los pisos superiores y el barco se asemeja a un cadáver. Descubrimos que el narrador está siendo interrogado.

»El doctor Christian, el médico a bordo, es quien nos cuenta la historia: asistimos a su interrogatorio, una narración a varias voces, donde pasado y presente se mezclan sutilmente; donde el enfermo de ansiedad que es el doctor, superviviente de la Segunda Guerra (ya descubrirá el lector los pormenores) y un ser atormentado por cuanto carga a sus espaldas, será quien nos traslade la serie de enigmas que componen la novela. Toda ella es la larga conversación del doctor con los dos emisarios de La Central, aunque el autor entreteje a la perfección intervenciones del resto de tripulantes (la de Harris, uno de los oficiales, será fundamental), reflexiones del protagonista y diálogos en voz alta. Asimismo, todo lo que narra Christian está envuelto en misterio: la ansiedad lo carcome y necesita cada vez una dosis mayor de sus pastillas, la sorpresa en la rutina lo debilita y nosotros como lectores no sabemos a quién tenemos delante ni con quién nos la estamos jugando mientras se suceden los capítulos (sin título, sin pistas); no sabemos si queremos estar de su parte o no.

»¿Quién juega con quién? ¿Quién huye de quién, La Central del médico desahuciado o éste del gigante manipulador? Les diré que tardarán en descubrirlo. Tardarán en saber por qué es él el protagonista, por qué sus vivencias con el Eje retornan ahora al divisar Jan Mayen, por qué se superponen escenas dolorosas (el dolor retrospectivo, que no el arrepentimiento, juega un papel muy importante en Polaris) de tiempos distintos. Con todo esto crea el autor una atmósfera densa dentro del barco que lo sobrepasa y alcanza a quien lee, que reconoce el peligro que acecha en cada rincón del buque y que desconoce qué ocurre pero lo intuye importante y se siente fuertemente atrapado. Pronto se hace una con el ritmo de la narración, apresada por las impresiones físicas y el ambiente logrado de presión y de amenaza.

»Y es que Polaris está construida sobre la base de varios misterios sin resolver —al ritmo propio de la lectura, quiero decir—, el juego con las cuestiones morales, el miedo colectivo como fundamento de la modernidad, el control ejercido por el poder, el traumático recuerdo de la Guerra; y en torno a una compleja simbología que se va desplegando ante el lector a su debido tiempo. Porque el simbolismo es central en Polaris, desde el título de la novela, pasando por la mencionada La Central, las alusiones al hongo de la bomba atómica, la radio impenitente que arrulla a los marineros así estén en Groenlandia como en el mar de Alborán, los nombres de las constelaciones… Nada vive en esta novela por casualidad, es el tipo de novela que precisa de un lector activo y predispuesto: la información se nos da con cuentagotas (aunque esto lo descubrí como lectora más tarde, cuando ya estaba en disposición de saber qué era relevante y qué no para reconstruir la historia) y no en el orden convencional.

»Es muy difícil sustraerse de los misterios que surcan Polaris, y cuando escribo esto todavía revivo la emoción de la lectura, donde mucho tiene que ver la destreza de Fernando Clemot con el lenguaje para lograrlo. El misterio te envuelve pero también el lenguaje te atrapa, la narración. Es preciso, riguroso, no siendo amable ni complaciente con el lector. Y cuando el lenguaje adquiere esta relevancia es cuando sentimos que estamos ante una novela importante, extraordinaria. Pueden comprobarlo y deberían comprobarlo. Lean la última novela de Fernando Clemot (Barcelona, 1970), que acaba de publicarse en la colección Púrpura de Salto de Página, ésa que está reuniendo poco a poco lo más granado de la narrativa contemporánea en español.»

Almoraima González, Diario de Sevilla, 25 de agosto de 2015
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Polaris o el abrazo de la ansiedad

«Polaris es la primera novela que leo de Fernando Clemot, pero sin duda no será la última, ya que la obra publicada por Salto de Página me ha hecho interesarme por otras narraciones del autor de la ciudad condal, como El libro de las maravillas o El golfo de los poetas. He descubierto a un autor, sí, aunque de una manera extraña.

»De una manera extraña porque Polaris no es una novela que entre por los ojos, en la primera frase o en el tan importante pacto con el lector. Es obvio, esto no le resta un milímetro de grosor a su calidad. Pero Polaris posee una estructura rígida, una identidad elíptica en muchos casos, y una prosa densa —a lo que contribuye, sin duda, la supresión de los diálogos—, características que no la hacen accesible, a ojo desnudo, al gran público (y cuando digo gran público me refiero a lectores de 50 Sombras de Grey o cualquier novela histórica que se haya tenido a bien publicar); lo cual es más un requiebro hacia la novela que un ataque a su innegable valor literario. Una densidad prosística que, por otro lado, no supone una rémora para una sorprendente soltura narrativa: Polaris te atrapa tanto como te molesta, lo cual parece un calculado mecanismo narrativo de Clemot para que no sueltes su novela hasta terminarla. Tintes conradianos, sí, pero también ecos melvillianos, y no solo por eso del mar, sino también por el simbolismo.

»Para gente que sufre de ansiedad, como yo, Polaris será como una terapia de grupo, porque este thriller gélido y psicológico expone como pocos la subjetividad que subyace a nuestras obsesiones, a nuestras angustias; a aquellas generadas por el pasado, y a aquellas que surgen sin causa aparente, que son, además, las más persistentes e incómodas. La coartada existencial del doctor Christian no le libra de que a sus emociones se le aprieten las tuercas hasta límites y realidades que es incapaz de prever. Irás leyendo, pasando página a página, y lo que en principio te resultaba molesto de repente pasará a envolverte; una atmósfera cargada de opresión, un novela gross ambient, donde los símbolos representan mucho más de lo que puedes llegar a pensar. Mención especial la Central y el ahoguío que produce su constante ausencia totalitaria.

»Puede que sea únicamente por la extrema similitud de ambas palabras (o precisamente por eso), pero a mí Polaris me ha recordado mucho en cuanto a significado se refiere, a esa traducción filosófica que yo he querido ver, a Solaris de Stanislaw Lem. Tienen muchos puntos en común, más allá de las seis letras que ambos títulos comparten en idéntico orden. La soledad existencial del personaje, sus recuerdos, su situación, la vigilancia, la tensión, el envolvente malestar psicológico. A lo mejor veo tigres donde solo hay gatos, pero me suena a críptico homenaje que no lo es en absoluto.

»No lo voy a negar, todo sitio donde aparezcan la Segunda Guerra Mundial, nazis o alemanes —o soviéticos, que van a remplazar a los nazis como nuevos antagonistas de novelas en pos de la libertad— me cansa, y se podría haber escogido otro atrezzo histórico, pero en Polaris, por suerte, se reduce solo a eso, y Clemot nos libra de cualquier tipo de disquisición moral, y, por supuesto, de héroes anglosajones. Estremece más el pasado infantil-juvenil del protagonista que su accidentado paso por la guerra.

»Con el calor que sufrimos este verano en España, no se me ocurre mejor manera para refrescarte. En serio, la capacidad de la novela de trasladarte a otras latitudes y situaciones es mágica. El frío y las paredes te abrazarán, y su resolución te estallará en la cara como un cóctel molotov. Prepárate para el cambio de temperatura.»

Daniel GarcĂ­a Raso, La cara dde Milos, 28 de julio de 2014
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Clemot navega en aguas turbulentas

«Hay una literatura marítima luminosa de refrescante tono juvenil que exalta la aventura y el viaje por mar en la que brillan las novelas de Fenimore Cooper, el capitán Marryat o Salgari con sus corsarios. Pero también existe otra literatura más tormentosa que nos muestra los barcos como cruceros no especialmente placenteros. Más bien las embarcaciones son en esos libros como cajas de cerillas flotando en un medio inestable que cualquiera acaba encendiendo: los espacios pequeños, las demasiadas horas de tedio, la incertidumbre, los roces que no hacen el cariño… En la frontera entre la aventura y lo opresivo está el Nautilus con el que el capitán Nemo surca sus 20.000 leguas de viaje submarino. Y si descendemos a un fondo marino aún más turbio, por ahí resoplan novelas como Moby Dick de Melville, con su navegación hacia las fronteras de la cordura o El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, que va estrechando el río con una opresión más animal que vegetal. Clemot es un tipo risueño en la distancia corta, pero apaga las luces y enciende las sombras cuando se pone manos a la letra. En Polaris pone una muesca más en el género de novelas marítimas opresivas donde la navegación tiene más de pesadilla que de sueño.

»Subimos a bordo del Eridanus, un barco de prospecciones que se mueve por el Mar del Norte y cada vez más hacia el Norte. Lo vemos atracar en un desolado puerto de las Islas Feroe donde hay un bar minúsculo, gélido y desangelado que a los tripulantes les parece un Hard Rock Café. Saben que lo que hay más adelante es aún más desértico. Todo lo va relatando el doctor Christian en lo que al principio parece una conversación, pero pronto descubriremos que se trata de un interrogatorio. Dos enviados de La central tratan de esclarecer unos hechos sórdidos sucedidos a bordo, pero quieren llegar hasta allí recomponiendo el relato de los días anteriores con la precisión científica del médico de a bordo. Una precisión para ciertos detalles que, sin embargo, se hace algo más borrosa en otros. El Eridanus tenía un extraño sistema de funcionamiento: al salir de puerto se embarcaron unos sobres fechados día a día y cada mañana el capitán abre uno de los sobres y recibe las órdenes para ese día.

»Al abrir uno de los sobres aparece una orden que al doctor Christian le resulta absurda: han de despertar cada noche a un par de marineros de madrugada y hacerles un cuestionario sobre el sueño que estaban teniendo. Un paso más en el ominoso ambiente del barco, que se va enrareciendo por momentos. Igual que el interrogatorio al médico se va tensando. El Eridanus recibe, poco antes del día fatídico que los inquietantes sabuesos de la Central tratan de esclarecer, una orden que invalida la ruta prevista. Se han de dirigir aún más al norte, en pleno Océano Glaciar ártico para unas prospecciones. La tensión crece por momentos entre la tripulación y el doctor ha de recurrir cada vez con más frecuencia a sus pastillas contra la ansiedad. Todo está a punto de estallar, pero no sabemos en qué consistirá la explosión. Toda la novela está escrita en clave de amenaza, pero no sabemos por dónde va a reventar. Ese cartucho lo guarda Clemot para el final. Consigue, efectivamente, trasladar al lector la atmósfera opresiva del barco y someternos a una navegación lectora que nos llena de zozobra. Si lo que quería era angustiarnos, lo consigue. Las últimas páginas se leen con la avidez de una emergencia de naufragio.»

Santiago Birado, LibrĂşjula, junio de 2015
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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