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reseñas y críticas Resort

Unas apacibles (y aburridas) vacaciones familiares en un todo incluido a orillas del Mediterráneo son el punto de partida de “Resort”, de Juan Carlos Márquez (Salto de Página, 2017). Sin embargo, la desaparición de un niño alemán en el hotel cambia las vidas de los residentes, que quedan retenidos en sus instalaciones en busca del pequeño a quien nadie parece haber visto y a quien nadie recuerda. La trama se articula precisamente alrededor de las rutinas de estos clientes que, pese a lo grave de la situación y estar “encerrados”,  apenas cambian sustancialmente sus planes: piscina, actividades para niños con jóvenes monitoras que captan la atención de los padres, buffet libre, familias numerosas y ruidosas como elefantes en una cacharrería, siestas con sexo y calor, … prácticamente todo sigue igual pese al  desconcierto inicial y a la presencia de policías (algunos de incógnito) que comienzan a mezclarse con los huéspedes del hotel.
Lo mejor de “Resort” de Juan Carlos Márquez es la agilidad de lectura y las reflexiones que nos deja a lo largo del camino: ni siquiera en vacaciones, el periodo más feliz y apacible del año (en teoría), somos  capaces de relajarnos, de ser solidarios, de empatizar con el otro. El egoísmo aflora en cualquier situación, incluso en ésta, en la que seguimos juzgando constantemente a los demás en una competición que parece infinita. Ir de vacaciones parece más una obligación social que una opción, la obligación de ser feliz, de sentirse feliz y de mostrarse feliz y privilegiado por ello. Y luego está toda la crítica mordaz que el libro ofrece este tipo de establecimiento, masificados en temporada alta y copados de turistas extranjeros que los visitan a precio de saldo. La felicidad, a ellos, parece salirles muy barata.
La atmósfera de “Resort” es peculiar. Los personajes no tienen nombre, son anónimos a los que nosotros también espiamos durante unos días. Podrías ser tú, podría ser yo, y podríamos ser prácticamente todos, porque todos conocemos con mayor o menor profundidad estos negocios; todos hemos conocido a esos padres sobreprotectores y a esas monitoras infantiles que parecen contratadas para seducir a los adultos; tampoco nos extrañan las peleas por las tumbonas de la piscina ni hemos reparado en miradas acusadoras a esos niños que corretean por el restaurante mientras sus padres apuran toda la cerveza de barra libre, libres ellos también de la carga diaria que suponen sus cansinos vástagos, al grito de “Aquí todos hemos venido a descansar”.
Los protagonistas no tienen nombre porque son intercambiables, porque un resort como el que describe Juan Carlos Márquez da precisamente para eso, para albergar a clientes que van y vienen sin cesar. No se repara en sus caras, no se repara en sus gustos, son los números que calientan la temporada estival en la costa. Y precisamente es ese anonimato lo que hace difícil que una persona (en este caso un niño) pueda esfumarse como si nada, como si nunca hubiera existido. Al año siguiente, nuevos turistas sin rostros volverán a llenar la piscina, a jugar a la petanca, a degustar comida de dudosa calidad y a vapulear la sangría…sin fantasmas en a la vista. Como si no hubiera pasado nada.

Mapi Pamplona, Dime lo que escribes, septiembre de 2017
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Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) vuelve a sorprendernos con su última novela “Resort” (Salto de Página, 2017). Si su anterior novela “Los últimos” (Salto de Página”, 2014) era una novela de ciencia-ficción, con pinceladas de serie B y de cómic, Márquez vuelve en Resort al formato de la novela corta. Las esencias de la escritura exprimidas al máximo. Y es que “Resort” es una novela para leerse de un tirón.
La nueva novela de Juan Carlos Márquez se sitúa  en el marco de un hotel de veraneo, los huéspedes –alemanes básicamente– repiten cada día la triada vacacional playa, siesta, buffet. Hasta que un niño de siete años, hijo de una pareja alemana, desaparece del hotel. Es entonces cuando se rompe la cotidianidad. Las autoridades deciden no dar difusión pública al asunto para evitar la alarma y los consiguientes perjuicios al turismo. Así que unas parejas de policías se alojan en el hotel para investigar, haciéndose pasar por turistas. En un periodo de 72 horas, nadie puede salir.
Pero paralelas a esa desaparición suceden situaciones que no invitan a la felicidad; el olor a queso que alguien deja en la tostadora disponible para los clientes, los espabilados que ocupan las hamacas a primera hora con toallas y no aparecen hasta última hora o los pequeños roces en el día a día, convierten en  presión cualquier atisbo de placidez.
Claramente es una novela sobre las relaciones. Con un estilo diferente Márquez nos sorprende con párrafos que combinan magistralmente felicidad y angustia. Deseos no cumplidos y palabras no dichas. La novela describe cómo el espacio nos condiciona de tal manera que rehuimos de nuestra vida y entramos a divagar sobre esas circunstancias. Un continuo nerviosismo que la novela nos transmite de principio a fin a través de personajes que carecen de nombre, a excepción del niño desaparecido.
Que nadie espere un thriller como tal. Resort va un poco más allá. Una sátira sobre las costumbres y el “ser felices”. Unas familias y escenarios reconocidos por cualquiera.  Un libro que es lo que no te esperas pero que refleja lo que ya sabes cómo es.

Edu GascĂłn, Tintamorfosis, 11 de septiembre de 2017
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Márquez ha escrito un libro terrible, que he decidido reseñar una vez finalizado el verano por razones obvias: destripa las vacaciones playeras, maldice el ocio arenoso y maltrata a los humanos que, reunidos en enormes y pálidos rebaños, se tuestan al sol del Mediterráneo. Un libro demoledor que, a lo largo de capítulos breves y despiadados como puñaladas traperas, traza un perfil lacerante, pero me temo que verídico, del ocio vacacional, del turismo de sombrilla y flotador.
No estamos ante un novato, Márquez ha firmado libros tan recomendables como Los últimos o Norteamérica profunda, pero sorprende su escritura precisa, su cruel acidez, una enorme capacidad para condensar, para situar el bisturí en el lugar preciso y realizar el tajo adecuado en un plumazo, apenas unos párrafos quirúrgicos. Resort se lee entre el espanto y la carcajada, de una sentada, encajando cada capítulo como un golpe bajo: cuando parece que los protagonistas, muchas veces anónimos, no pueden ser más mediocres, resulta que se pelean por una hamaca o meten la cabeza en las bandejas del bufet.
No perdamos la pista a Juan Carlos Márquez. Un tipo capaz de sacar tanta chicha ante semejante cúmulo de adocenamiento, de ser tan inteligentemente irónico con la mezquindad veraniega, de escribir un libro tan tronchante, es capaz de cualquier cosa.

Javier Pérez de Albéniz, El descodificador, 10 de septiembre de 2017
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No se puede hacer una reseña sobre “Resort” (...) no se puede hablar de la trama, ni de la forma. Sólo debería decir: leedla. Cualquier dato que se nos escape del puzzle que es esta obra estropeará su lectura, cualquier detalle restará significado. Léanla, hagan caso del librero, y no lean lo restante. (Y eso que no va a haber ningún chivatazo).
Márquez me recuerda a Highsmith en esta novela. Y lo hace porque se atreve a contar la mezquindad de la normalidad con parecida frialdad que la maestra inglesa. Mientras la etiqueta de políticamente incorrecto sirve habitualmente para que los aduladores de poderosos se justifiquen en sus tropelías, aquí podría servir para explicar que el autor se atreve a hurgar en la cotidianidad y contarnos qué y porqué son los que nos rodean, que nosotros no somos así, nunca, qué miserias tenemos -perdón, tienen- y cómo las sobrellevan.
Un niño se ha perdido en un hotel, hay policías por todos lados y turistas españoles conviviendo con más españoles y muchos extranjeros. Hay sombrillas ocupadas, hamacas ocupadas, buffet, colas, diversión prefabricada y ocio de todo a cien vacacional. Hoteles que resuelven la alegría y la vida y acaban mostrándola con crudeza.
La novela se compone de textos muy cortos, de dos o tres páginas máximo, esculpidos con esmero y con oficio en un español eficaz y certero. Textos como bofetadas con la mano abierta, elegantes y dañinos. Estructura, tal vez, de cuento alargado hasta el mínimo deseable para ser novela pero que conserva virtudes del cuento -su redondez, su universo completo- y de la novela en cuanto a que es capaz de ir más allá del pequeño mundo del hotel en lo que cuenta. Léanla, dos horas de diversión. O no.

LibrerĂ­a Praga, Blog, 4 de septiembre de 2017
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Hace años Carles Porta ya pasó una semana en un Hotel Spa  en El club de los perfectos, y aunque su escritura era absolutamente desternillante, el trasfondo no lo era tanto: los humanos hacemos locuras para parecer perfectos.
Ahora es Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) quien hace pasar a sus personajes setenta y dos horas en un Resort de la costa española. Y nuevamente, aunque todo está visto desde el prisma del humor, sin duda su escritura es divertida, el trasfondo nuevamente resulta perturbador: la novela está llena de egoísmo, desapego y banalidad, rasgos característicos de nuestra época.
En un complejo hotelero de la costa española llena de huéspedes de todo tipo y pelaje, desaparece un niño alemán, rubio, pelo corto, ojos azules, como miles de niños de aquel país.
Así que nadie consigue recordar si lo vio en algún momento de su estancia.
La policía ordena un despliegue de efectivos de paisano en el hotel y durante setenta y dos horas nadie podrá salir de él.
Con esta premisa, el autor, Juan Carlos Márquez, teje una tela de doble hilo, por un lado la efectiva investigación por parte de las parejas de policías creadas para la ocasión, deben pasar completamente desapercibidos en su estancia en el resort, y por otra una dura crítica a la sociedad, a sus formas, sus miserias, sus anhelos y sus deseos ocultos. Sin duda la sexualidad que desprende la pareja de policías apodados Lactante, para él y Darth Vader para ella podría ganar de tener más continuidad el viejo premio de La Sonrisa Vertical.
Juan Carlos Márquez es parco en palabras, pero sus palabras son efectivas. El viejo dicho que una imagen vale más que mil palabras, aquí se podría tornar en una palabra vale más que mil imágenes y es que en cada una de esas cortas frases el autor consigue que nos hagamos una idea clara de lo que nos quiere contar.
Y no hablaremos de ese final: terroríficamente perturbador.
Sí, sin duda Resort no sea el mejor tríptico de propaganda para irnos de vacaciones, por mucho que en alguna de sus páginas nos veamos reflejados en algunas de nuestras pasadas vacaciones, y más después de haberla leído, luchas en el bufet de desayuno, comida y cena, más luchas por un sitio en la playa, lucha por una hamaca en la piscina del hotel, fiestas agotadoras en la discoteca del hotel tras pasar un duro y cansado día en la playa…pero sin duda nos aliviará nuestras vacaciones si leemos que no somos los únicos que lo pasamos tan mal en nuestro hotel.
No es novela negra, aunque hay un desaparecido; no es policial, aunque los cuerpos del estado estén presentes en ella;  no es erótica, por mucho que las descripciones imaginadas por Lactante nos conduzcan a tener pensamientos impuros; no es histórica, aunque sin duda describa una época bien definida; ni de aventuras, aunque esté llena de ellas. No, Resort es todo eso y más. Es un auténtico 1984. Juan Carlos Márquez fisga en la vida de todos esos personajes, y nos las presenta en su forma más cruel: en la pura realidad.

Salva G., Propera parada: cultura, 31 de agosto
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En la superficie de la nueva novela de Juan Carlos Márquez no ocurre absolutamente nada. Situada en el marco de un hotel de veraneo, los huéspedes –extranjeros básicamente– repiten mecánicamente la triada playa, siesta, buffet. Solo un hecho rompe esta monotonía: un niño de siete años, hijo de una pareja alemana, desaparece del hotel. En la realidad que intenta reflejar, ocurren aún menos cosas. Las autoridades deciden no dar difusión pública al asunto para evitar la alarma y los consiguientes perjuicios a la gruesa vaca del turismo. Así que unas parejas de policías se alojan en el hotel para investigar, haciéndose pasar por turistas. En un periodo de 72 horas, nadie puede salir.
Todo esto en la superficie, porque en este microcosmos tan bien definido y tan presto a la felicidad, se agitan corrientes submarinas demoledoras; no percibidas, pero atenazantes. Así, el olor a queso que alguien deja en la tostadora disponible para los clientes, los espabilados que ocupan las hamacas a primera hora con toallas y no aparecen hasta última hora o los pequeños roces en actividades lúdicas, crean una presión que reconcome, que destruye cualquier atisbo de placidez.
En el fondo, es una novela sobre las relaciones humanas y sobre su implacable fracaso. Aunque en un estilo de informe administrativo, haya párrafos que saben combinar magistralmente el reflejo de la felicidad al mismo tiempo que el de la angustia, lo que queda en el ánimo del lector es que habitamos una profunda soledad hecha de deseos no cumplidos y de palabras no dichas. Y es una novela sobre cómo el espacio nos condiciona, no de otra manera se entiende a ese policía al que le obsesiona la convivencia con las compañeras en ese nuevo contexto y que evita a su mujer con la que aparentemente forma una feliz familia con bebé. Márquez, maestro, logra transmitir a la perfección ese nerviosismo.
Aparentemente es una sátira hiriente sobre las vacaciones –el componente policiaco se encuentra ausente–, pero “Resort” es mucho más. Totalmente desasosegante en detalles que –fascinados por la lectura– se nos pasan por alto. Absolutamente de ningún personaje se nos ofrece el nombre: son invisibles o intercambiables. Excepto el niño desaparecido, que curioso. Egoístas y prepotentes. Así es nuestro mundo occidental: preocupados por los refugiados, pero incapaces de ceder territorio en la playa.

CĂ©sar Prieto, Efe Eme, 28 de agosto de 2017
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#Resort en La libélula de Radio 3

Radio 3, 25 de agosto de 2017
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Hace unos años me sorprendía gratamente Juan Carlos Márquez con su obra Los últimos (Salto de página, 2014), una historia sobre el fin del mundo y las posibilidades de supervivencia en otro planeta. En aquella reseña destaqué su vivo e impecable estilo literario al servicio de una narración verosímil «con un tiempo y un tempo perfectamente medidos». A pesar de ser aquella una distopía alejada de mis intereses, he de reconocer que deseé seguir leyéndolo. Por eso cuando hace un mes recibí su última novela, Resort (Salto de página, 2017), esbocé una sonrisa de satisfacción porque sabía que no me iba a defraudar.
De entrada, su título y su portada no dejan lugar a la duda: el lector reconoce las vacaciones como el asunto que centrará la historia. En un complejo hotelero de la costa española ha desaparecido un niño alemán. Por lo que los investigadores policiales retendrán durante setenta y dos horas a los huéspedes del establecimiento hasta que se esclarezcan los hechos. Sin embargo, este argumento es más bien la excusa con la que Márquez conduce al lector a través de una narración ácida e ingeniosa donde los dramas propios de las vacaciones de verano (hacerse con un hueco en la playa abarrotada, llegar los primeros al bufet o conseguir una tumbona en la piscina) le sirven para testimoniar el comportamiento del español de clase media.
Resort es el paradigma del verano y sus apariencias: de la obligación de ser felices y disfrutar con la familia de una semana en un establecimiento «todo incluido» que ofrece una completa jornada de actividades en cuadrantes (zumba, futbolín o el aquagym, «el momento del álbum de la metamorfosis, […] historia viva de la evolución de la mujer») y un bufet variado e insípido, donde las verduras que acompañan al arroz han salido de un frasco de conservas y la repostería y los helados salen de un preparado químico con sabor a jarabe infantil.
Resort es la estampa que se repite año tras año en los meses de julio y agosto en las masificadas costas de nuestra geografía: «La primera línea de playa es una hilera sin fin de toallas, tumbonas y parasoles vacíos donde el matrimonio y su hijo no encuentran un hueco». En esa ridícula fila está el retrato sociológico más fiel del español medio, del que destaca un espécimen que se critica de manera feroz: quien disfruta siendo el centro de atención, «el punto de fuga, el cielo recién despejado donde confluyen las miradas, como si la discreción fuera una enfermedad terminal». Por eso su autor acierta al no nombrar a sus protagonistas («En los hoteles las personas intercambiables, invisibles en su omnipresencia, atrezo») y al emplear el presente de indicativo durante toda la narración a fin de convertir al lector en protagonista-testigo de esta historia con la que seguramente se sonrojará si se siente identificado o se reconoce.
Una vez más Juan Carlos Márquez destaca con su singular y magistral estilo para describir una realidad que denuncia el egoísmo y la superficialidad de las relaciones, empleando metáforas cortas y directas que golpean nuestra conciencia.
Quienes se hayan quedado sin vacaciones de verano encontrarán en su lectura una razón para alegrarse.

Sara Roma, Literaria ComunicaciĂłn, 19 de agosto de 2017
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El período estival es tan bueno como otro cualquiera, suponemos, para la edición de una novela que toma como punto de partida la desaparición de un niño extranjero en uno de esos complejos hoteleros que pueblan nuestras costas. Y aunque dicho así pueda parecer que estamos hablando de una obra policiaca repleta de “mal rollo”, la verdad es que este trasfondo no es más que el Macguffin de la historia.
Márquez, periodista y autor galardonado con varios premios literarios, nos hace aquí una polaroid de cosas que seguramente todos hemos visto en los noticiarios estos días durante el período vacacional: la lucha por el mejor sitio en la playa o por la hamaca de la piscina del hotel. Pero también nos habla de las relaciones interpersonales y de sus miserias, centrándose en las tribulaciones de un padre de familia -al que curiosamente parece molestarle todo lo que tenga que ver con el modelo de vacaciones de resort– y en el policía encargado de la investigación, también padre reciente que parece abrumado por sus nuevas responsabilidades.
El autor no toma partido, se limita a describir -y esto es importante, porque toda la narración parece una larga descripción- de manera aséptica los acontecimientos en una obra breve y ágil que se lee en un periquete. Y ahí lo dejaremos por temor a desvelar algún detalle importante de la trama (para los anglófilos, para evitar hacer spoiler).

Susana MartĂ­n Cuadrado, Rock and Roll Army, 17 de agosto de 2017
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Los estados de ánimo

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Un retrato veraniego poco favorecedor en el que cabe de todopese a sus sólo 128 páginas

PĂ©rgola, PĂ©rgola, agosto de 2017
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La última novela de Juan Carlos Márquéz, “Resort”, editada por Salto de Página, cuenta la historia de la desaparición de una niña en un establecimiento hotelero y la investigación que se lleva a cabo para encontrarla por parte de unos policías que, haciéndose pasar por veraneantes, se integran en la vida y el funcionamiento del resort. Los policías tienen que hacerse pasar por parejas reales, comparten habitación y, como si lo que ocurre en uno de estos lugares fuera contagioso, empiezan a comportarse de la misma forma que los turistas.
Pero en realidad no trata de eso, porque ni la investigación ni la desaparición importan. Lo que importa es como Juan Carlos Márquez nos pone un espejo delante para ver cómo nos comportamos, cómo es esta sociedad enferma en la que las parejas no son felices pero siguen viviendo juntas, en la que el deseo a veces no deja sitio para nada más, donde nadie es quien quiere ser. Tiene un sentido del humor muy particular y sus personajes están construidos apenas con tres trazos, pero muy precisos. Tiene un final sorprendente que te deja con ganas de más.

Antonio Martínez Asensio, Literatura y compañía, 28 de julio de 2017
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(...) También en verano transcurre la acción de Resort (Salto de Página), la última novela de Juan Carlos Márquez. En este caso, la trama se desarrolla en un hotel para turistas de una localidad costera innominada, suponemos que mediterránea. Un matrimonio español se hospeda allí con su hijo el mismo día en que desaparece un niño alemán, lo que provoca un estado de sitio en el complejo hotelero, con policías infiltrados que deben hallar alguna respuesta en un plazo de 48 horas, antes de que la noticia salte a los medios. En cualquier caso, las intenciones de Márquez no pasan por hilvanar un relato meramente policial. Más bien al contrario, la novela se ocupa de explorar las tensiones que puede provocar el encierro de un grupo de individuos en los que unos, en aras de su procedencia o su estatus socioeconómico, se encuentran en una posición de cierto privilegio. Ahí radica su mayor virtud: en la exploración de las miserias inherentes a la condición humana, con un estilo punzante y exacto que ya es marca de la casa del escritor vasco, un narrador tan solvente como irónico al que siempre está bien seguir de cerca.

Miguel Barrero, Zenda, 25 de julio de 2017
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(...) Si Los últimos era una novela de ciencia-ficción, con algunos toques de serie B y de cómic, bastante minimalista, Márquez vuelve en Resort a escribir otra novela corta. En cierto modo, parece que se ha propuesto trasladar las premisas de la escritura de relatos a las de la novela, adelgazando sus propuestos hasta llevarlas a su esencia narrativa. He visto más de un estado de Facebook, donde alguien enlazaba a Márquez, junto con una foto de Resort, para comentarle que había leído su libro, destacando la idea de haberlo hecho de un tirón. Efectivamente Resort es una novela para leerla de un tirón; aunque yo, por diversas circunstancias logísticas, tuve que terminarla en dos tirones.
El lector de la novela, al abrir el libro, se acerca a una familia media española en el momento exacto en el que los progenitores reciben dos llaves al llegar a la recepción del hotel de veraneo. La imagen no es casual («Coge las dos tarjetas llave que le ofrece la recepcionista y le entrega una a su mujer.», página 9), los personajes están atravesando un umbral, el que va de sus vidas cotidianas al supuesto placer de la vacaciones en un hotel, o en un «resort» vacacional en una playa de España, a quinientos kilómetros de su rutina.
Son dos los motivos narrativos que se entrecruzan en este libro: Por un lado tenemos una crítica de costumbres de las clases medias españolas de vacaciones en un hotel familiar; y por otro una investigación policiaca, puesto que en el hotel al que han acudido los protagonistas de la novela pronto desaparece un niño alemán y la policía ha infiltrado a agentes entre los veraneantes para tratar de encontrar alguna pista.
Márquez designa a su familia protagonista con los nombres genéricos de «el hombre», «la mujer» y «el hijo». De esta forma, el pequeño núcleo familiar pasa a ser un arquetípico dentro de su ácida crítica de costumbres (este juego con las denominaciones da pie a leer alguna expresión un tanto forzada: «El hijo del hombre y la mujer permanece ajeno (…)», leemos en la página 25.
A la principal pareja de policías jóvenes, infiltrados en el hotel, también se les hurta el nombre y, cuando no son «el policía» o «la policía», son designados por los seudónimos que les otorga su jefe para la misión, que son «Lactante» para él y «Darth Vader» para ella.
En realidad, el único que tiene en Resport un nombre propio es el personaje ausente, el niño alemán desaparecido Bingham Waas.
En capítulos cortos, de escritura concisa ‒aunque con más de un destello metafórico‒, Márquez clava las garras de su ironía sobre la comida del hotel (intercambiable entre unos y otros), o sobre el afán de propietarios que tienen los veraneantes al delimitar su territorio en la playa, o con toallas sobre las tumbonas de la piscina.
Para los jóvenes policías, Márquez deja la tentación del deseo furtivo en los hoteles; sobre todo por parte de «Lactante» que acaba de ser padre y, en los escasos días que constituyen el tiempo narrativo de la novela, encuentra más atractiva a su compañera de trabajo que a su mujer.
No faltan tampoco las bromas sobre las insustanciales noticias de los telediarios en verano (en este caso sobre una granizada en un pueblo).
Los capítulos de Resort son cortos; en muchos casos, sus frases también. De hecho, en más de un caso, se omite de ellas el verbo y se separan frases que, en principio, parecía que necesitaban comas: «Un mar en calma. Estancado. Una gran bañera de olas moribundas, muy separadas.», leemos en la página 14. Todo esto trasmite una sensación de rapidez a la lectura. Las metáforas insisten en crear un ambiente sarcástico ante la supuesta felicidad de las vacaciones: «Hay que dirigir el chorro de la ducha hacia la arena, esa sedimentación del día de playa. La alcachofa a pocos centímetros. Guiar la arena como se guía a los soldados prisioneros, a culatazos, con apremio, hasta el agujero.» (pág. 15) o bien «El niño va corriendo hasta el límite entre la arena y el mar y se queda quieto un momento, mirando el agua. Con un poco de quietud acaso y muchas ganas de entrar. Como un inmigrante ante una frontera.» (pág. 14)
La novela está narrada en tercera persona, y los capítulos sobre la familia y la pareja de policías se van alternando. Mediante el recurso del estilo indirecto libre, el lector se acerca más a la visión masculina de las situaciones (puntos de vista de «el hombre» y «Lactante») que a la femenina.
La familia intenta disfrutar de las vacaciones, aunque «el hombre» tiene que hacer esfuerzos por no enfadarse con los otros veraneantes o con las situaciones que se dan en el resort y que considera injustas. Esto hará que una violencia subterránea, cuyas raíces posiblemente se encuentren en la vida cotidiana que «el hombre» ha dejado a quinientos kilómetros, vaya macerándose hasta acabar apareciendo en la superficie del relato.
Además de esta violencia, que retrata nuestra vulgaridad de ciudadanos medios, en la novela se insinúa otra violencia más preocupante: ¿qué ha pasado con el niño alemán Bingham Waas? La policía ha infiltrado a agentes en el hotel y nadie puede abandonarlo durante las setenta y dos horas que siguen a la desaparición del niño. Los veraneantes pueden entrar y salir del complejo hotelero, pero no pueden volver a sus casas hasta que no transcurra ese tiempo. Los policías parecen desorientados, no hay pistas del niño y el suceso está a punto de saltar a los telediarios alemanes y españoles, lo que puede estropear la temporada turística del país.
Pese a que una de sus líneas argumentales es la policial, en realidad en Resort prima la crítica de costumbres sobre el thriller.
(...). Juan Carlos Márquez ha escrito una ácida novela corta sobre la familia media española, con niño pequeño, en un complejo hotelero de la costa, un escenario reconocible por todos. La crítica de costumbres, principal motivo de la novela, queda rebajada con la escusa narrativa de un policial difuso. Una novela breve para leer de un tirón y pasar un buen rato «a la sombra con un granizado», como me escribió Márquez en la dedicatoria que me firmó en la Feria del Libro de Madrid. Una novela irónica sobre «El verano y las apariencias. El querer ser felices. El querer dejarse engañar porque es la única manera de ser felices.» (pág. 18)

David Pérez Vega, Eñe, 25 de julio de 2017
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Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) ha llevado el espejodel callejón del gato valleinclanesco a la playa, a uno de esos resorts de lujo que se han multiplicado por todo el litoral, y en los que miles de turistas pelean sin consuelo por su centímetro de mar. testigo impotente de la picaresca rampante es una joven familia que llega siempre tarde a la primera línea de playa (un viejo con cadena de oro copa el lugar con una decenita de toallas para su inmensa familia) y al buffett del hotel (el mismo viejo, con la misma cadena de oro, y la misma prole abusadora les suele robar la mesa asignada por el hotel, como también se apodera de las tumbonas de la piscina, que acapara desde primera hora aunque no baje, si es que baja, hasta la tarde).

Sin embargo algo rompe ese ¿idílico? paraíso de vacaciones: un niño alemán desaparecce en un descuido de la madre y la policiía del lugar, temerosa de las repercusiones para el turismo, se infiltra en el hotel haciéndose pasar por nuevos clientes con apenas 48 horas para descubrir qué ha pasado con el pequeño Bigham Waas. Aquí el relato ebntra en una dinámica costumbrista en la que lo de menos será la investigación sobre el pequeño, porque el protagonismo del relato lo asume el juego de frustraciones que va descubriéndose en cada capítulo, cargado de un humor bastante más negro de lo que parece.

Aunque al final parece resolverse casualmente el enigma del niño perdido, Resort es un divertimento oscuro sobre la familia, el deseo y la paternidad, y sobre la necesidad de escapar de la monotonía cotidiana en esas pequeñas treguas que nos regalamos cada año... Unos bocados de felicidad que acaban revelándose tan insuficientes y mezquinos como muchos de esos clientes de los complejos hoteleros.

Elena Costa, El Cultural, 21 de julio de 2017
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No es por dar ideas, pero ese narrador irreverente y divertido hasta el sarcasmo que es siempre Juan Carlos Márquez nos invita a pasar setenta y dos horas en un resort en el que ha desaparecido un niño alemán. Con esa excusa, el novelista fisga en la vida de esos extraños que acabamos siendo los turistas y nuestras peleas por las tumbonas en la piscina del hotel, por colonizar con sombrillas un trozo de playa cerca de la orilla o el mejor sitio en el chiringuito. Un retrato guasón, sarcástico, que nos descubre las mezquindades que somos capaces de perpetrar en nuestras vacaciones, esa tregua de nuestras miserias y problemas que pactamos con la vida y que siempre, ay, dura demasiado poco.

El Cultural, julio de 2017
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Juan Carlos Márquez escribe las narraciones que Cioran habría escrito de haber tenido a punto las armas de narrar. Si Cioran se pasó la vida anotando las variadas formas del cinismo, la desconfianza y el egoísmo incrustado en la identidad, Juan Carlos Márquez escribe obras como Resort donde se exhiben, en breves fogonazos narrados, los efectos de todo ello en la cotidianidad. Sin endulzantes ni estabilizantes. El título —y la portada— apuntan sin ambigüedades a lo que hay en el interior: con un lenguaje parco, directo, a veces malcarado, las escenas de un resort en la costa mediterránea se irán sucediendo en los cuadros que conforman este libro, como en una suerte de exposición fotográfica en torno al veraneo, lo kitsch, el aburrimiento, la frustración, el circo de la felicidad.
Una exposición fotográfica, pero en forma de narración. He aquí una definición adecuada del libro. Juan Carlos Márquez introduce entre esas imágenes la física inquietante de la desaparición de un niño, pero incluso ese hecho brutal parece siempre una realidad abstracta, sin repercusiones en las escenas que se van hilvanando. Lo que vamos encontrando son composiciones estáticas, levemente unidas las unas a las otras por personajes comunes, que sirven al autor para merodear alrededor de lo que es, lo que busca, lo que enardece, lo que frustra a un individuo medio de nuestro oficialmente declarado “primer mundo”. Nada ocurre, nada evoluciona, lo que no quiere decir, por cierto, que la narración pierda brío en momento alguno. Hay que encararla bajo otros presupuestos, simplemente. Juan Carlos Márquez ha ido afianzando una manera propia de narrar novelas que son un cruce entre el relato y el libro de impresiones, con una deuda evidente con Hemingway y, en general, los autores que proceden del periodismo y, por lo mismo, desconfían del artificio, del palabrerío mal catalogado como “estilo”.
En Resort encuentran espacio los niños que destrozan la paz de la siesta, los viejos que colonizan a diario la primera fila de playa, los alemanes en filas ordenadas al asalto del buffet, el sexo reprimido, el triunfo de los cuerpos, la rutina ambiente, los placeres aplazados, el horror estético, el tedio de la vida, como una serie de cuadros para una exposición que sólo puede cobrar sentido en conjunto. Cada cuadro admite ser leído individualmente, pero gana nuevas perspectivas y nuevos sentidos si se considera como parte del conjunto. Así es como Resort pasa a ser un modelo de esto que se nos ha quedado como sociedad del entretenimiento, que no es más que el final grotesco adonde ha llegado la especie por este camino, que era el del consumismo, la rabia, los complejos, aunque nos lo etiquetaban con aquello de la “sociedad del bienestar”. Queda saber si otros caminos son posibles y si sabremos gestionarlos para alcanzar mejores objetivos, pero de eso Juan Carlos Márquez no habla en Resort. Sí lo hacía en su anterior novela, Los últimos, que abría un nuevo plazo para la especie, aunque en Marte, y ni así apostaba mucho por el optimismo. Aquí la vida de cada personaje parece decidida a culminar en el resort y, más allá, el mar, un territorio para metáforas machadianas, que aquí parece indicar teleológicamente la asunción de la nada. Como diría Cioran, de haber sabido escribir relato.

Santiago GarcĂ­a Tirado, Blisstopic, 10 de julio de 2017
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El verano y las apariencias.  El querer ser felices. El querer dejarse engañar porque es la única manera de ser felices.
Mientras su hijo llora y aprende una lección inútil que no le llevará a ningún lado, el hombre piensa que hace un momento su hijo era feliz construyendo su castillo, y él y su mujer tomaban el sol placenteramente, y ahora todo se ha ido a tomar por el culo por culpa de una vieja y su nieto, sin ninguna necesidad, por las putas apariencias. Pero pronto el niño tendrá de nuevo su pala y recuperará su castillo. Dejará de llorar. Aparecerá en el cielo de nuevo la avioneta.
Hay un empeño, una inquietud por exhibir incidencias y realidades que muchos pensamos, y por supuesto, muchos decimos sin miramientos, ni especiales cautelas, en el universo del verano delante de nuestros congéneres. Qué gente más fea. Cuánto hijoputa hay en los hoteles, en la playa, en la piscina, en el verano (entiéndase una miscelánea de carencias estéticas, armónicas y educacionales), siendo la gran consecuencia una referencia muy plausible en Resort, y realista, lo cual doy por descontado desde un punto de vista fatídico y desde una percepción categóricamente arrolladora y verídica que evidencia que la novela es mucho más admirable y meritoria como mecanismo analítico del presente que como intrigante, aunque de enigma y expectación no esté mal ejecutada. De hecho mantiene un notable hálito inquietante, enigmático, con la desaparición del niño alemán, aunque yo no he venido aquí a revelar el desenlace.
También hay consideraciones a referencias germánicas y fenómenos meteorológicos en la televisión, rematadamente originales.
A los alemanes les gustan las colas. Solo se necesitan dos alemanes que esperan para formar una cola. Son capaces de formar colas ante una fuente de ensalada de patata con brócoli mientras el resto del bufet permanece vacío.
La historia del nazismo es una historia de hileras. Pero el orden alemán fue derrotado por el orden de la naturaleza: primavera, verano, otoño, invierno. Los alemanes invadieron la Unión Soviética y, absortos en su propio orden, menospreciaron la llegada del invierno. Como absortos en la ensalada de patata y brócoli, se desentienden ahora del resto del bufet.
La televisión muestra imágenes de los efectos de una granizada en el interior del país. Granizos como pelotas de ping-pong que caen violentamente en un vídeo casero grabado con un móvil. Los planos de coches abollados se alternan con testimonios de testigos, que se limitan a repetir lo que pregunta una corresponsal muy joven con los labios muy rojos, al estilo pin-up, ataviada con un chubasquero rojo, si bien luce un sol espléndido. Tremendo. Uf, sí, tremendo. ¿Seguro que usted no había visto en su vida una granizada así? No, nunca.

La novela es realismo testimonial, y en consecuencia, una impugnación de esos matices tan triunfalistas e invictos que tienen  la publicidad de verano y  los reclamos de la felicidad, sacando a relucir la infamia, lo denigrante, la manera que tenemos de relacionarnos con la oprobiosa realidad, con una prosa que viene puntual, categórica y verdadera.  Resort cuenta con todo mi afecto, aunque también sea un afecto simétrico al repelús de muchos de los miserables que he podido reconocer sin problemas en sus páginas.
El efecto resultante, el corolario del libro, tiene mucho que ver con las paellas de la Plaza Mayor de Madrid, con los restaurantes de turistas, las despedidas de soltera y sus diademas fálicas, y con los grafitis de los cuartos de baño de los bares, en cuyo grafismo de polución veremos pollas, vulvas y frases obscenas. La literatura de Juan Carlos Márquez tiene mucho de eso: asilamiento de lo grotesco, la impudicia, contando la impudicia, precisamente para contar su aislamiento y negar su pertenencia. Estoy muy de acuerdo con este libro, aunque no sé si me dará el presupuesto este verano para irme de vacaciones a la Riviera Francesa a beber Veuve Clicquot y jugar a Tender is the night (Fitzgerald) que viene a ser el antagonismo de la horterada, y la discrepancia de Juan Carlos Márquez con el cosmos abyecto del verano. Seguro, te recordaré en un mes y medio en un chiringuito de Cádiz.

Javier Divisa, Eñe, 16 de junio de 2017
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Me lo he leído de una sentada, literalmente, durante un viaje de unas horas en el que iba de copiloto. Además, la novela se presta a ello, capítulos cortos y rápidos.
Una familia llega a un resort (un tanto cutre) de vacaciones, el día anterior ha desaparecido un niño alemán, rubio y con el pelo corto, como miles de niños alemanes. Nadie lo ha visto, nadie sabe nada, los padres no tienen sospechas, así que la policía se infiltra en el resort. Pero no es una novela policíaca, aunque haya policías; no es una novela negra, aunque haya caso; no es una novela erótica, aunque el narrador aproveche para contarnos las miserias emocionales y sexuales del protagonista. Es una mezcla original de todo esto, en cuanto a la temática; y en cuanto a la técnica, esta está muy cuidada para que, una historia aparentemente estática, no lo sea.
A medida que la novela se iba acabando, pensaba que el autor me dejaría con un final abierto, sin embargo, cuando la terminé me quedé plenamente satisfecho, no necesité ni una palabra más. ¿Cómo lo hace? Léela, si lo digo, reviento esta maravillosa novela corta policíaca erótica de intriga suspense psicológica sorpresiva.
Lo que más: el final. Cómo describe los deseos sexuales del protagonista.

Jesús Castro, Ética de Po, 19 de junio de 2017
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Para muchos, el verano es tiempo de vacaciones, vivencias en familia y estancias en hoteles en régimen de pensión completa, siempre que la economía lo permita. Los complejos hoteleros se llenan así de alemanes, belgas, ingleses y españoles que van de la piscina a la playa y de la playa al restaurante del hotel, casi sin mutar la rutina de un día a otro. Pero, ¿qué se esconde realmente tras este tipo de vacaciones? Para averiguarlo, nada mejor que leer Resort, la nueva novela de Juan Carlos Márquez que a continuación os comento.
Verano, algún lugar de la costa española. Un matrimonio y su hijo pequeño llegan al hotel en el que van a pasar sus vacaciones en régimen de todo incluido. Mientras se pelean con otros huéspedes por conseguir la mejor comida del bufet, un buen puesto cerca de la orilla o unos gorros para los juegos de la piscina, desaparece un niño alemán. Antes de alertar a la población y los medios de comunicación de tan terrible hecho, la policía decide infiltrar a varios de sus agentes entre los huéspedes del hotel con el fin de investigar lo sucedido. ¿Conseguirán los agentes encontrar al chico antes de que la noticia alarme a la población?
A menudo me imagino los hoteles poblados de extranjeros en verano, cuando lo cierto es que muchas familias españolas también deciden dejarse de complicaciones organizativas, rascarse el bolsillo y pasar el agosto en alguno de estos pequeños feudos costeros. Y así es como comienza esta historia. Tras un largo año laboral, de colegios y rutinas, llega en verano y una familia española compuesta por tres miembros, padre, madre y niño, ponen rumbo a sus merecidas vacaciones. Tal vez haya opciones más baratas y más originales, pero esta familia lo tiene claro: quieren lo de todos los años, o sea, el hotel cerca de la playa con actividades para niños y adultos, comida de dudosa calidad y normas que todo el mundo parece saltarse. Al calor insoportable y a la escasez de agua caliente a la hora punta de las duchas pronto se les sumarán otras pequeñas molestias personales y familiares que iremos desgranando durante la lectura: el poco tiempo de intimidad que tienen los padres, lo aburridas de las actividades tanto para niños como para adultos, la existencia de vecinos que se quedan siempre con los mejores sitios en la playa o el comedor…
Por otra parte, poco después de la llegada de la familia al resort, un niño alemán desaparece y una pareja de policías, ella soltera y él casado y padre primerizo y reciente, se instalan en el hotel haciéndose pasar por clientes para investigar la desaparición de un niño alemán al que nadie parece recordar ni echar en falta. El padre primerizo no parece muy contento por su reciente paternidad, y la cercanía con su compañera, joven y esbelta, hacen que afloren los sentimientos más insospechados.
Gracias a las vivencias de los tres miembros de la familia y de los policías, nos encontramos con la verdadera naturaleza humana al desnudo, tan auténtica como, a veces, incómoda en este mundo de correctismos políticos y mensajes supuestamente positivos en el que vivimos. Una naturaleza llena de fantasías sexuales, berrinches, olores desagradables y pocas ganas de entender al prójimo, menos aún en verano, este tipo para gastar con alegría del dinero ganado a lo largo del año en unas vistosas vacaciones en un hotel que, visto desde fuera, más parece un internado.
Resort, en definitiva, es una novela divertidamente ácida a la par que realista hasta el más mínimo detalle, que ahonda, en tan pocas páginas, en la psique de sus personajes para hablarnos sobre lo poco idílico que tiene el verano, lo forzadas que pueden ser las relaciones con los familiares en esta época del año y la sociedad consumista, individualista y superficial en la que nos vemos sumidos. Hasta el punto de no darle importancia a la desaparición de un niño en un hotel de lujo. Pero, ¿qué fue de ese pequeño alemán que nadie recuerda? Lo dicho: tendrás que leer esta novela, encajar todas las piezas que Juan Carlos Márquez te da en forma de breves capítulos y llegar hasta el final para saber la verdad sobre este asunto. O tal vez no. En todo caso, no dejes de visitar Resort, el hotel más increíble de este verano de 2017.

Cristina Monteoliva, La orilla de las letras, 18 de junio de 2017
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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