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reseñas y críticas Siete
Siete de Alberto Chimal

«La creatividad según José Antonio Marina consiste en inventar infinidad de posibilidades distintas. En las historias de Alberto Chimal lo inverosímil forma parte de lo cotidiano. Lo que me ha gustado del libro Siete, que recoge más de una veintena de relatos de este narrador mejicano, es la capacidad de sorpresa. Chimal en sus relatos no utiliza la puerta, prefiere inmiscuirse en la historia a través de una ventana o de una rendija para mostrarnos una nueva perspectiva y aproximarnos a otra dimensión.

»Al leer esta recopilación de cuentos – edición a cargo de Salto de Página– uno tiene la impresión de estar adentrándose por la madriguera de conejo por la que se inmiscuyó Alicia para acceder a otros mundos.  A veces es más importante lo que no se dice, lo que queda fuera del texto, flotando como una mariposa en la mente del lector. Ocurre lo mismo que cuando uno lee El huésped de Amparo Dávila. Se desconoce cuál es la criatura que atormenta a la protagonista y precisamente ahí está su grandeza. En el poder en sí mismo de la sugestión, de lo invisible que queda entre líneas, que atormenta al lector y le obliga a hacerse preguntas.

»A lo largo de las páginas nos topamos con relatos largos, breves y también  minificciones que exploran la condición humana. El Álbum es una enumeración perfecta de la juventud desestructurada, una alumna aventajada de Dexter Morgan retratada a base de polaroids. En Se ha perdido una niña hay cabida para los viajes en el tiempo y las realidades paralelas de una URSS que aún no se ha desmembrado. Valoración sobre un tema de Coleridge aborda el desdoblamiento de la personalidad. Mogo nos muestra que hay dos mundos: el de las personas que tienen los ojos abiertos y el de los que están dormidos. Veinte robots son fragmentos que recogen algunas de las vivencias de los androides en un mundo venidero. En Corredores nos topamos con un Leonardo Dicaprio que no falleció tras hundirse el Titanic y emprende un viaje hacia los rincones más desconocidos de la imaginación y las pesadillas.

»Algunas de las historias de Alberto Chimal son como episodios de La dimensión desconocida. Uno no sabe lo que se va a encontrar y es precisamente por eso por lo que resulta fascinante. En Siete tienen cabida el relato fantástico, la ciencia ficción, las nuevas tecnologías, el terror en su estado más salvaje, el realismo y, cómo no, la vida cotidiana, dura y descarnada. Aspectos que tocan todos los palos de la baraja: el sexo, las drogas, los narcos, los mitos y las leyendas (como esas dos brujas ancestrales que se odian a muerte en El juego más antiguo y asistimos a todo un proceso de magia y metamorfosis), la incomunicación, los despidos, la crueldad humana, Dios o el universo cinematográfico. En los relatos también hay ironía y mucho sentido del humor.»

Rubén Gozalo, Melibro, octubre de 2013
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Alberto Chimal: Siete

 «A estas alturas, qué le voy yo a contar del siete y sus connotaciones mágico-religioso-filosóficas. Nunca he incursionado en las pantanosas aguas de las elucubraciones sobre arcanos numéricos, pero “Siete de sirenas”, “Veinte de robots”, y “El club de los seis”, son relatos cuyo título se auxilia de un número (por si no se ha dado cuenta). Y de lo que yo no me he dado cuenta todavía es de si el veinte (20) reviste algún valor místico-funcional para un robot pecholata, o cualquier otro autómata con el microprocesador / microcontrolador atiborrado de lógica fuzzy.

»Pero bueno, en realidad de los títulos de estos relatos no me interesan los números si no como determinantes. A ver qué le digo: si juntamos el siete (7 número güeno, “¡ay numeriiito, numerito guapo!”, que hubiera podido cantar El Fari, si en en vez de en el torito bravo se hubiera fijado en el siete), si juntamos el 7, repito, con las sirenas, deduciremos que lo mejor que incuba dentro de sí el ser humano, es su yo ficcional, pues no hay nada más ficcional inocente, y poco práctico, que una sirena.

»Si cogemos el seis, número diabólico donde los haya y lo mezclamos con “club”, no puede salir nada bueno. Un club significa exclusividad y gente, y con lo mala que es la gente, que no inventa nada bueno, pues ahí tenemos unas cuantas perversidades como las que se describen a propósito de las obras de seis los refinados sádicos de “El club de los seis”, que viven tan contentos con su arte (y sus grandes fortunas).

»Y si el veinte lo pegamos con cianocrilato, (o Loctite por citar una marca comercial) a “robots”, pues nos sale “10110 de robots” (pasado a binario). Como una de las leyes de la robótica es que un robot nunca puede dañar a un humano, y teniendo en cuenta que los robots pintan los coches, manejan materias peligrosas, y desactivan bombas, pues  ya tenemos que el 20 podría ser el número de la sinergia (queda inaugurado este pantano, y el 20 como guarismo de la sinergia).

»Siete (que no Veinte), es desde luego un libro sinérgico, es un sumatorio de esfuerzos orientados a la consecución de un/unos objetivo/s común/es. Me figuro que en este volumen los citados objetivos serán los de toda la vida: entretener, impactar al lector en la forma, e impactar al lector en el fondo para que reflexione.

»Veintiséis relatos (26) dan para cubrir todo el espectro anterior. Y si el fondo de todo es el entretenimiento, base de pizza sobre la que esparcimos el resto de los ingredientes, la base está en cada uno de ellos, no los sostiene el aire. Entretenimiento convencional, tranquilo, hasta cierto punto no carente de poesía, de cierto aire de añoranza de una paz, de un orden intuido, es el que transpira “Se ha perdido una niña”. Pero para entretener hay que captar la atención del lector. Y ganar su complicidad. Por ejemplo a través de un guiño del tipo “seguro que a usted también le gustaría ser así de transgresor y escandalizador de los bienpensantes de su entorno”.  “Kink” responde a lo anterior.

»Sin que por ello produzcan sueño, algunos de estos relatos entretienen a partir de situarse a medio camino entre el perverso espacio de lo onírico vivido y lo onírico real. Ya sé que son dos expresiones imposibles, pero así de indescriptibles son algunas de las habilidades de las que se sirve Chimal para ir un paso más allá del actual estado del arte en lo formal-temático: en “Corredores”, Leonardo di Caprio es un hombre que se hundió con el Titanic pero que no ha muerto. Buena prueba de ello es que reaparece 100 años después en el sueño de un empresario japonés. El editor de este texto aquí y allá quita exactamente 70.000 palabras que según su criterio son explicaciones tediosas. O “La vida perdurable”, que recuerda a esos cuentos chinos en que los protagonistas viajan a reinos mágicos, y de paso se atisba una  ridiculización del sentido absoluto de “fama”, la  que algunos protagonistas se atribuyen, siendo la fama una situación tan relativa por dependiente del entorno: nadie conoce al más famoso de los constructores de iglús del mundo, lo que no quita que eso sí, sea el más famoso del mundo en un reducido círculo de habitantes en torno al Círculo Polar Ártico (¡Ejem! no es esa la temática del relato, si no un ejemplo que me ha servido).

»Chimal es un tío listo, y por eso da una de cal y otra de arena. Sabe que lo experimental-modernísimo terminaría cansando, y por eso echa mano de lo tradicional-socorrido, ya sea a través de la fórmula del manuscrito encontrado en “La balanza”, o recurriendo a la artimaña temática de la difícil ubicación/determinación de lo real a través de la modalidad del amigo/a invisible (me refiero al amigo inventado, no a la últimamente implantada modalidad del regalo sorpresa e inútil). “Mogo” es el relato que abunda en ese tema de toda la vida con las formas de toda la vida, pero que a pesar de todo, por ese gusto nuestro de volver a escuchar las mismas historias atemporales, se lee con la comodidad del camino transitado. Y si no, pues se va a beber de las fuentes del cuento antropológico y no trata de ocultarlo. “Los justos”, con su clara moraleja ejemplarizante sobre la irreversibilidad del castigo y un sutil fondo de película de juicios,  es uno de ellos. Y viniendo Chimal de un país en el que según dicen “se teme más a la vida que a la muerte”, donde la noche de los difuntos se celebra por todo lo alto con “cuhetes” y balaceras de cuerno de chivo, tampoco podía faltar el  tributo a los muertitos a través de “La mujer que camina para atrás”.

»Para no aburrir con el tema del entretenimiento, ya lo último que digo es que la madre de todos los anzuelos con que Chimal mantiene al lector enganchado en un libro tan largo es la variedad y lo divergente. “Álbum” puede parecer un ejercicio tallerístico, eso da igual, pero no cabe duda de que es correcto, aprovechable, y moderno en el formato. “Capo de capos” es ultramoderno, pero eso en su ironía y su fluir disparatado, en el narrador, en sus disgresiones. Y además crónica social en clave de soap opera de los Hermanos Marx, reflejo fiel del México desangrado por el narco.

»Pues eso, que ese necesario batiburrillo formal de relatos (el contundente y perfecto “El señor de los perros” sigue el modelo de Rashomon, la película de Kurosawa, con personajes que hablan a un interrogador invisible), está trufado de alusiones, de guiños que son reproches al cristianismo como en “Navidades alrededor del mundo”, donde unos cocoteros con cocos parlantes profesan un cristianismo profundo que no puede ser reafirmado por la comunión (aunque los cocos son parlantes no tienen boca para tragar la ostia y el oficiante los rocía en su lugar con agua bendita expelida por una pistola de agua). Otros son ficciones que recrean monstruosidades paradigmáticas reales como en “Acerca del alma”, que además encierra una paradoja. Monstruosidades modernas y posibles gracias a las redes sociales y las nuevas tecnologías, “Manuel y Lorenzo”. A El señor de los perros” no lo incluiremos en el lote porque esas monstruosidades suyas provocan más escándalo que dolor.

»Ya que la cosa iba de números, si me preguntan  por la cantidad, que qué relato sobra, yo diría que no por largo, en el libro sobre alguno. Ahora, si me preguntan cuál representa mejor el espíritu predominantemente gamberro del volumen, respondería que “Variación sobre un tema de Coleridge”, que empieza: “Recibí una llamada: era yo, desde un teléfono que perdí el año pasado. Me pregunté dónde se había quedado el aparato; me contesté que en tal y tal cafetería, que yo ni siquiera recordaba”.

Una vez más Siete confirma su fama de número afortunado, porque simboliza o reporta una buena lectura. Si usted no es de los de lectura, sino de bingo, pues qué se le va a hacer, eso que se pierde.»

José Cruz Cabrerizo, ojosdepapel.com, 5 de septiembre de 2012
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Álbum de fotos La primera sensación al comenzar a leer este libro puede ser de desconcierto. Me refiero a la sensación de un lector que no conozca anteriormente la obra de Alberto Chimal (Toluca, México, 1970). Pero ojo, activar el desconcierto no es una mala manera de empezar a leer. Supone enfrentarse a las expectativas, sacudir lo esperado. Y no solo por descubrir que son muchos más de siete los relatos que se ofrecen en este libro, ni por comprobar que un narrador mexicano no tiene necesariamente que ocuparse en su obra del narcotráfico o la violencia urbana. El choque, en realidad, se debe a algo mucho más estimulante: el autor se escurre, huye de etiquetaciones, se nos escapa continuamente, casi diría que se ríe de nosotros. Y sin embargo, ahí va quedando su poso, haciendo suelo a medida que uno avanza en la lectura. Al principio pensé: “ah, es un autor que maneja muchos registros y muchos temas y muchas maneras distintas de contar; le va un relato largo, pero también un microrrelato; le va experimentar, pero también recrear la tradición”. Sí, uno puede sentirse perdido en el comienzo. Pero más adelante añadí: “y sin embargo está claro que hay una identidad en todo esto, hay un mismo nudo de donde parte todo, hay una voz fortísima, unitaria”. Y por último, al terminar, una revelación: “qué tremendo este Chimal, cómo me engañó y hasta dónde me ha llevado”. ¿Hasta dónde? Hasta ganarme como lectora. Hasta leer más de él en el futuro. Es bueno, sí, y brillante, y también turbador. Abigarrado y torrencial a ratos, comedido y discreto en otros, este libro de relatos —una amplia antología que cuenta con algunos inéditos— funciona como un álbum de fotos: si se miran todas las imágenes —todas las piezas— tendremos ante nosotros el rostro caleidoscópico del autor. Y esta comparación proviene del mismo libro: uno de sus relatos se titula justamente así, “Álbum”, y en él, en apenas dos páginas, se relata una auténtica tragedia únicamente mediante la sucesión de sintagmas nominales que impactan en la mente del lector al modo de instantáneas fotográficas. Así funciona la narrativa de Chimal: con potencia. Tiene poder, tiene eficacia, engancha. Dice Jiménez Morato en el prólogo de este libro que Chimal pertenece a la estirpe de los narradores de historias, de los que se dejan llevar por el puro deleite de narrar. Sí, pero además se deja llevar también por el deleite de experimentar. En sus relatos se mezclan tiempos, voces, materiales, hay un juego constante con los elementos narrativos. Por ejemplo, en “El señor de los perros” distintos personajes se turnan para hablar, en “La pasión según la sombra” se alterna la historia con el recuerdo de la historia, en “Shanté” se fusiona el pasado con el futuro, lo vivido con lo deseado y se plantea un tema recurrente: el problema de la identidad, también presente en “Variación sobre un tema de Coleridge” o en “Las balanzas”. Lógicamente, en una selección tan nutrida de relatos, el lector encontrará algunos más logrados que otros. A mí no terminan de convencerme los de tono fabulístico-moral, del tipo “La verdad”, “Los justos”, “Las flores”, que por lo que se explica en el prólogo son los más antiguos de la producción aquí reunida. Tampoco entiendo por qué se abre el volumen con un relato más bien mediocre o, desde luego, que a mí me parece muy lejos de la altura de los que aparecen después. Y hay algunos momentos en los que Chimal se deja llevar por las piruetas del ingenio, porque sabe manejar bien el efecto sorpresa. Pero esto no enturbia en absoluto la fuerza de muchos —la mayoría— de sus relatos. Mis preferidos son los más ambiguos, aquellos en los que Chimal maneja sus recursos con desenfado y provocación. Hay varios en los que la imaginería religiosa se deforma hasta el esperpento: en el fabuloso “La llegada del reino” se relata el segundo advenimiento con un Jesucristo caracterizado de 'celebrity', vestido de Armani y rodeado de estrellas de Hollywood; en “La pasión según la Sombra” los actores de una representación popular de Pascua declaman sin querer —y sin ni siquiera conocerlos— fragmentos teatrales de distintas épocas, desde los Entremeses de Cervantes hasta el Kaspar de Peter Handke, pasando por Calderón, Molière, Racine, Schiller o Beckett. El amante del teatro disfrutará muchísimo con este relato, en el que, en el momento de expirar, Jesucristo es invadido por la voz de Don Juan (“De mis pasos en la tierra responda el cielo”), del mismo modo que el amante del cine disfrutará con “Corredores”, un relato de corte onírico con un Leonardo DiCaprio entrado en carnes como protagonista. Las referencias culturales -en el sentido amplio de cultura- son constantes, pero esto no convierte la narrativa de Chimal en cultista o impenetrable. Apenas hay alardes, porque en casi todos los casos las referencias quedan supeditadas al sentido de la historia. Y sí, a pesar de la pluralidad del conjunto, hay líneas comunes, como la exploración en la crueldad, que aparece en “Manuel y Lorenzo” (un relato que avanza con el diálogo de dos amigos sin escrúpulos), en “Acerca del alma” (basado en la historia de Joseph Fritz, el conocido monstruo de Amstetten), o en “El club de los seis” (donde la violencia como experimento llega hasta el extremo). También hay violencia soterrada en “La mujer que camina para atrás”, un perfecto relato de terror, y una visión irónica de la sociedad del espectáculo esparcida por aquí y allá con total naturalidad. Muy recomendables también para los fans de la brevedad son los brillantes microrrelatos agrupados en series (“Siete de sirenas”, “Veinte de robots”, “Catálogo de sectas”), en los que Chimal no solo demuestra habilidad, sino también un dominio indudable del género: más allá del chispazo inicial, permanece el sentido. En realidad, este podría ser el resumen de todo el libro: más allá de la reverberación del 'flash' fotográfico —ese álbum de instantáneas heterogéneas que constituye esta antología de relatos— permanece el sentido de las historias: gana la narración y, por tanto, ganamos todos. Hay humor y hay absurdo, realismo y onirismo, brutalidad y sutileza. Todo eso, junto o por separado, en un afán al principio confuso pero finalmente logrado de mostrar todas las caras posibles de Chimal. Y, por lo leído, es una cara que nos interesa.
Sara Mesa, Estado Crítico, 9 de mayo de 2012
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«La editorial Salto de Página, a través de esta selección preparada por el crítico Antonio Jiménez Morato, nos descubre la narrativa breve del mexicano Alberto Chimal (1970), quien se ha prodigado en el cuento en su trayectoria. En la veintena larga de relatos de este libro, Chimal mezcla de una forma muy personal la fantasía y el género, lo cotidiano y lo insólito, la metáfora y el drama, logrando una inquietante versión de lo real. Siete es lo mejor de un cuentista genuino, extraño y arrollador.»

Sergi Bellver, BCN Mes, mayo de 2012
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Siete, de Alberto Chimal

«Algunos de los premios literarios más importantes en México y una presencia muy activa en foros digitales preceden a este autor indispensable en el panorama actual del difícil arte del relato. Este volumen compila una veintena larga de historias con las que Chimal lleva al lector de la mano a una serie de mundos tan imposibles como deliciosos. En la mejor tradición latinoamericana del género, la lectura de Alberto provoca adicción.»

Javier Márquez Sánchez, Esquire, mayo de 2012
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Siete

«Tenía un cuerpo perfecto y se contoneaba maravillosamente. Sólo al quitarse el tanga descubrí que no era una mujer. ¿Estamos acostumbrados –malacostumbrados quizás- a esta clase de relatos? Es posible, pero no del todo. No se trata –simplificando- de un combate Poe vs. Chéjov. Gonzalo Calcedo y Sergi Pàmies lo confirman: para que un relato sea bueno no tiene –obligatoriamente- que ocurrir algo inesperado. Basta sugerir en lugar de mostrar con descaro.

»Siete es una colección de veintiséis relatos del escritor mexicano Alberto Chimal. Un conocido –y reconocido- autor en su país con más de una docena de libros de cuentos, una novela, un ensayo y una obra de teatro publicados. Siete, según se afirma rotundamente en la portada, es una recopilación de sus “mejores relatos”. Y esa afirmación crea una peligrosa expectativa. Peligrosa porque ya sabemos lo que a veces pasa con las expectativas. Con una recopilación literaria sucede lo mismo que con la música: que esperamos encontrarnos veinte canciones redondas y perfectas. Y en Siete no sucede eso.

»Lo que nos vamos a encontrar en estos veintiséis relatos de Alberto es una multitud de registros y estilos. Genial despliegue imaginativo y lingüístico. Humor y alquitrán. Pasarela con ¿lo mejor de la colección de su fondo de armario? Diversidad temática y formal. Relatos largos, medios y cortos. Argumentos diferentes en cada uno: clasicismo, historia primitiva, ciencia ficción, cuento árabe y oriental, tragedia clásica, -en algunos me ha recordado a Ángel Olgoso- obsesiones bíblicas, narración contemporánea e incluso diálogos teatralizados.

»Chimal es capaz de todas las metamorfosis, es un fabulador sorprendente, un contorsionista literario, un camaleón que muta y cambia de color. Y todos esos méritos son algo que no le voy a negar. Alberto es capaz de recrear una realidad paralela dentro de la cotidianidad. Realidad por él reducida, alterada, manipulada y troceada; por él convertida en microscópica, incompleta, misteriosamente deformada y a la vez real. Sí, todo eso, pero también en bastantes relatos abusa sin control de esa capacidad de fabulación. Y semejante exceso y desvarío me lleva a la perplejidad y de ahí al rechazo y la deserción.

»Normalmente en un ramo solemos descubrir un par de flores de plástico. Un trampantojo, una licencia, una excentricidad de autor que completa el conjunto. Alberto lo hace al revés; en un ramo artificial descubrimos la belleza misteriosa y natural de varias flores auténticas. Desconozco si esta selección la ha hecho el autor o el prologuista a su gusto. Pero el mío me dice que en este viaje de largo recorrido (293 páginas) se mezclan las historias absolutamente seductoras y formalmente diversas como “Se ha perdido una niña”, “Álbum”,“Manuel y Lorenzo”,“Variaciones sobre un tema de Coleridge”,“La mujer que camina para atrás” y “La partida”; los relatos híbridos entre un sí y un no, unas veces más que sí y otras a medias como “Shanté”, “Mogo” y “El señor de los perros”; con los delirios que superan todas las líneas en un gratis total: “Capo de capos”, “Navidades alrededor del mundo”, “Corredores” o “La llegada del reino”.

»Un libro de relatos no tiene que ser el tren de la bruja o el cubo de rubik. Una mosca en la sopa o un test de inteligencia, ni la interpretación –libros con manual de instrucciones- de una pintura abstracta para que se luzcan los críticos y los lectores se autoflagelen porque no saben apreciar su valor. No hacen falta la obviedad ni la resolución de la fábula para apreciar su sabor en el paladar de cada uno. Basta la seducción con cualquiera de sus disfraces.  Los relatos de Chimal producen desasosiego sin mostrarse del todo. La realidad puede producir inquietud incluso pixelada, insinuada, iluminada de forma indirecta. Y Alberto lo sabe y lo consigue. Y dentro de ese claroscuro, ese escenario por él creado –mitad irrealidad y mitad verídico- somos capaces de reconocer al hombre y su laberinto. Por eso me sorprende tanto cuando pierde el equilibrio y cae en lo cómico y el lugar común para epatar y ganarse la calderilla de unas carcajadas, o cuando el absurdo toma el poder y el relato se convierte en un viaje lisérgico.

»Sin duda me quedo con esa parte del narrador de talento e ingenio que entre el asombro y el dolor, lo verdadero y lo inconcebible nos muestra a un monstruo de dos cabezas con apariencia de hombre.»

Luís Borrás, Culturamas, 20 de marzo de 2012
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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