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reseñas y críticas Submáquina
Maquinando balas

«Esther García Llovet (Málaga, 1963) publicó en 2009 Submáquina, espléndido libro que cifra parte de su potencial en el extrañamiento. Ignoro si éste es deliberado, aunque la ausencia de efectismo en el uso del mismo hace pensar que se trata más bien de que la obra exigía una coherencia dentro de un despiece aparentemente desordenado para constituirse como tal. Submáquina narra varios episodios de la vida de Tiffani Figueora, ex policía que ahora trabaja por cuenta propia. Dichos episodios pueden leerse, y además funcionan de maravilla, como cuentos, aunque el libro gana por el eco que unas piezas ejercen sobre las otras. A pesar de que hay mucha acción, la atmósfera y el intersticio priman, y se despliega un paisaje moral que también es físico. El libro traza un caos inevitable, fruto de su ordenación y de las elipsis, y un contenido que, sin hacer especiales acrobacias, resulta no obstante raro en su conjunto. La escritura es limpia, rápida, con algún fogonazo lírico que no llama la atención porque lo que está en primer plano es lo que se cuenta. El narrador, distante, se resiste a la subjetivización y a las conclusiones. Desde el punto de vista temático, resulta difícil decir de qué trata Submáquina. No hay aquí ningún Gran Tema, sino una alternancia de motivos que, aun cuando son muy concretos, dibujan un argumento abstracto. En teoría ello posiciona a estas 152 páginas, que se leen a una velocidad de vértigo, en el supuesto lugar de lo puramente literario; sin embargo, tal lugar implica una voluntad de planificación de la que García Llovet parece prescindir, al menos por la libertad compositiva que rezuma el libro, libertad que no desdeña el azar: Marguerite Duras decía en Escribir que parte de la bondad de una obra radicaba en los errores que se tornaban aciertos. Digo que no hay ningún Gran Tema, pero si a la autora se le hubiera antojado podría haberlo habido. Porque lo que sí hay es autonomía.»

Elvira Navarro, Revista 330 ml., Julio de 2011
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Submáquina

«Estamos ante una colección de relatos protagonizados por uno —o quizás varios— personajes que responden al mismo nombre: Tifa; y es que la cuestión de la identidad de la protagonista es una tarea que queda pendiente para el lector. Esther garcía llovet nos ofrece un libro impecable y a veces magistral en su escritura, oscuro —más que integrante de ese género que se da en llamar novela negra—, deudor sin duda de la obra más desasosegante de Roberto Bolaño. Cabe destacar sobremanera el que lleva por título "Seguro", un relato que es casi una novela corta y que constituye una versión renovada de El corazón de las tinieblas, pero con final inspirado en Apocalypse Now, la película de Coppola. En "Seguro" la jungla ha sido reemplezada por la frontera entre Méjico y Estados Unidos y el tenebroso Kurtz por la casi más tenebrosa Repa (la Reparadora). Un libro, este de Submáquina, que viene a confirmar a una autora que ha hecho de la calidad una de sus señas.»

Javier Moreno, Quimera, Octubre de 2009
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Submáquina

«La vida de Tiffani Figueroa metida a submáquina. Nada que ver con replicantes, sino más bien con pólvora. La submáquina es una especie de pistola que combina el disparo automático con el cargador corriente. es un puzzle de cinco piezas: cargador, resorte, seguro, recámara, gatillo, cañón. Piezas que actúan como capítulos, o como afilados relatos (es estilo de García Llovet es de cuchilla de afeitar), o como fogonazos de momentos clave en la vida de Tiffani, Tifa, musa de la segunda novela de la celebrada autora de la mutante Coda. Se sabe que fue policía pero que ya no, que se ha casado más de una vez, que tiene al menos un hijo, un hijo que se casa, como se casa la hija de Don Vito Corleone en El Padrino, que nunca pierde al póquer (es especialista en póquers de reyes), que conduce como un demonio y que está desaparecida. Aceptó un trabajo que no debería haber aceptado (como aceptó que un taxista algo cabrón la llevara a un descampado e hiciera con ella lo que hizo el camionero con Thelma en el clásico de Ridley Scott). Cometió un crimen que quizá no tenía otro remedio que cometer. Construida a modo de rompecabezas, con prosa afilada y estilo de película de tipos duros que lo tienen todo controlado (algo así como la serie Ocean's Eleven de Soderbergh), Submáquina pone al lector al otro lado de la cerradura de la puerta blindada en que ha convertido su vida la protagonista y le invita a mirar sin pudor, a echar un vistazo a la superheroína sin complejos Tifa Figueroa, acostumbrada a huir, a fardar y a ligar con jovencitos.»

Laura Fernández, GoMag, Mayo de 2009
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Submáquina

«La historia de Tiffani Figueroa en Submáquina es la de tantas vidas, supervivencia a base de errores, cambios y saltos fronterizos. Es difícil no equivocarse en la vida, no encender automáticamente el piloto que da muchas vueltas para llegar a un sitio muy cercano. Los errores, desde pequeños, son cometidos de manera natural. En el caso de la Tiffani Figueroa que describe Esther García Llovet, sus matrimonios, sus historias, sus trabajos, son golpes de coyuntura. Lo grave es que, de tanto deambular, las coyunturas se hacen eternas. Lo que iba a ser temporal se convierte en perenne, ni más ni menos. Y los anillos, como los cactus secos, permanecen siempre en el mismo lugar. Y nunca puedes fiarte de lo que pasará en un examen, porque todo tiene consecuencias. Todo, da lo mismo que tengas 15 que 50 tacos. La gente se mete en cebollas sin venir a cuento, se sube a coches que no debe y va a fiestas a las que tampoco debería. Y la edad siempre es falsa: cuando tienes 16 piensas que estás con 35, aunque quisieras aún más, y eso es un follón del carajo. Y el anillo sigue girando. Se lee rápida esta historia de recuerdos y encuentros, de fronteras de muerte. Raras son las fronteras sin muertos, te encuentras con los moquetos o no. Y los videos es mejor no verlos porque idolatras a personas que no se merecen peanas. Y un espectro sin alzas es como una hormiga dentro de un terrón de azúcar: se muere, antes o después, de éxito. Los cambios, los niños que parecen adultos (¿o es al revés?), las agendas perdidas, el hambre de billetes, las plegarias antes del viaje. Y los muertos numerados. Y las consecuencias de las bodas. Y todo lo demás.»

Salvador Juan Fernández, gintonicdream, 14 de septiembre de 2009
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Submáquina

«Estilizada, adelgazada en centenar y medio de páginas, la materia narrativa de Submáquina se estructura en torno a seis relatos sólo en apariencia inconexos con dos hilos en común: la presencia (o ausencia) de Tiffani Figueroa (una ex policía que trabaja como detective privado) y un indescriptible olor a frontera.
»Los seis fragmentos que forman el substrato de Submáquina (Cargador, Resorte, Seguro, Recámara, Gatillo, Cañón) anuncian el mecanismo del disparo que estalla a mitad del libro y cuyo eco se prolonga en la sordera alucinada de la lectura. Escrita con un estilo seco, mordiente y eficaz, la narración se presenta como una novela negra sui generis cuyo desenlace no cierra la narración, sino que la hace bascular hacia la médula: ese medio centenar de páginas que prefiguran la comisión de una búsqueda desesperada en la frontera literaria por antonomasia y que va a culminar en la resolución inesperada de un asesinato. Allí la prosa de García Llovet respira los ecos del mejor McCarthy y del último Bolaño, marcando un espacio desolado, despiadado y salvaje, atravesado por traficantes, prostíbulos y largas carreteras desérticas.
»Con todo, lo mejor del libro es que funciona como una partida de póquer donde las jugadas más temibles no se muestran. El lector descubre, a través de las cartas que van cayendo sobre la mesa, las formas de la sangre, la ternura y la tensión insoslayables que apuntalan las figuras. No hay truco ni escamoteo, sino la cortesía de una voz que supone no sólo inteligencia al lector sino también la imaginación suficiente para rellenar los huecos. Submáquina es una novela que se lee de una bocanada, buscando aire para respirar, para sacar la cabeza. A ratos me ha recordado aquella frase mítica de Faulkner sobre la cerilla encendida en mitad de un sótano que no sirve para ver mejor, sino para ver mejor la oscuridad.»

David Torres, El Cultural, 11 de septiembre de 2009
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Esther García Llovet | Submáquina

«Una de las sensaciones más infrecuentes para un lector asiduo es la sorpresa. A veces pensamos que ya lo hemos leído todo, por eso cuando nos encontramos con un autor o un texto que nos descoloca, aunque sólo sea por unas páginas, aplaudimos. A nosotros nos ha ocurrido con Submáquina (Salto de Página), una colección de relatos disfrazada de novela, el segundo libro de Esther García Llovet. Ya estábamos advertidos con su anterior trabajo, Coda, de que aquí había tomate, lo que se ha confirmado con creces en esta nueva entrega. ¿Es una novela o una colección de relatos? Da exactamente igual. La mayor fuerza de García Llovet reside en su capacidad para dar color a las situaciones, para meternos de lleno no en lo que está sucediendo, sino en la sensación que producen esas situaciones. No hay que ser muy perspicaz para percibir la pasión que la autora siente hacia la novela y el cine de color negro, uno de los géneros que más nos han enseñado a describir ambientes con pocos detalles, sólo los precisos: una música, una sombra, una frase. En un momento de Submáquina llegamos a leer que la imagen que vemos/leemos es tan fuerte, y tan cinematográfica, que pide un pie de foto. La visión cinéfila salta en cada línea del libro.
»La historia está llena de fronteras en las que uno cambia no sólo de país ("Aquí las mujeres vienen a perderse, no a encontrarse"), personajes solitarios en busca de algún tipo de cariño ("La única forma que tenía de llamar la atención de mis compañeros era clavándome chinchetas en las suelas de los zapatos"), frases rotundas ("A mí la vida es lo más raro que me ha pasado nunca") e imágenes que al principio nos llaman la atención por insólitas, pero luego se nos quedan en la memoria por ciertas: "Las cosas a veces se acaban enrareciendo, se van volviendo cada vez más extrañas igual que las letras extrañas se acumulan al final del alfabeto". Hay escritores que escriben bien, otros tienen una imaginación prodigiosa y los hay que se inventan el mundo en cada historia. García Llovet pertenece a estos últimos. En esta ocasión lo hace con las aventuras de Tiffani Figueroa, una mujer fatal a la que no le gusta la gente, sino los extraños, y que a diferencia de otras heroínas de cine, tiene poco de espectadora de su propia historia. Tiffani es de las que cogen el coche y se largan, aunque para ello tenga que atravesar las fronteras más negras.»

Notodo.com, Agosto de 2009
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Submáquina de Esther García Llovet

«Verás… En este país hay dos clases de narradores contemporáneos, los que tienen revólver cargado porque han entendido a Bolaño y los que cavan…»
Javier Avilés, El bueno, el feo y el malo de la narrativa española actual

«Nos gusta citar influencias en los autores a los que leemos. No tanto por demostrar nuestra porción de erudición (casual y circunstancial en la mayoría de ocasiones), sino más bien por dejar claro que compartimos con el autor referencias comunes. En torno a Submáquina, de Esther García Llovet se cita a Cheever, a Lynch, a Cronenberg, y muchas películas de frontera. Se cita, claro, como un remanente inevitable a Bolaño.
»(No se cita (gracias, gracias) ese término insidioso que “alguien” en El País se inventó para definir cierto tipo de narrativa)
»(Lo de La Frontera es un tema a desarrollar, de cómo el western, el chambara o la novela negra se desarrollan en un espacio mítico y sin ley en el que la voluntad individual es el principal motor de acción y la moral de cada uno define a los personajes que se convierten así en arquetípicos)
»Submáquina es un western, es novela negra y es literatura de frontera. Y, por su forma, no es nada de ello. Si acaso un híbrido en el que la estructura es fundamental. Es una novela compleja en su constitución y al mismo tiempo, al emplear recursos de género, sencilla en su desarrollo.
»Con Bolaño comparte el territorio mítico de la frontera y la desestructuración del relato. Pero la aportación más interesante de García Llovet es el personaje principal, Tiffani Figueroa, ex-policía, investigadora con un oscuro pasado, que se integra de forma expeditiva al despiadado mundo de la frontera. Y ese mundo es tradicionalmente masculino, en el que la mujer es objeto y víctima. El relato de género al que me refiero suele ser misógino, si acaso, a la mujer aparte de esos papeles secundarios se le reserva el de villana sin escrúpulos. García Llovet rompe con la tradición e introduce a su personaje (del que espero más historias) en un territorio más hostil de lo que suele ser. Tiffani Figueroa es una gran heroína.
»Y esto me lleva a otra referencia que me parece leer entre líneas. El héroe actual, al menos desde hace un tiempo, no puede escribirse olvidando al Corto Maltés. Un héroe que actúa fuera de la ley, que quiere hacernos creer que obedece únicamente a sus intereses, que es cínico, frío y egoísta, y que finalmente se comporta en contra de esa imagen que intenta imponer a quienes le rodean, ayudando a los desvalidos de forma altruista, emocionándose e implicándose en aquello que no le concierne.
»Esa dicotomía del héroe actual está presente también en Tiffani Figueroa, y lo está, como corresponde a toda buena narración, de forma velada, no implícita, oculta en la fragmentación y la estructura, intuida en los distintos puntos de vista, en los distintos narradores de Submáquina.
»Esther García Llovet no cava.»

El lamento de Portnoy, 12 de julio de 2009
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Submáquina de esther García Llovet: escapar cuando no se tiene adonde ir

«Leo la última página de Submáquina y cierro el libro. Contengo la respiración. La historia de Tiffani Figueroa es mucho más que una historia de frontera, fuertemente influenciada por 2666 de Roberto Bolaño, por Lynch, por Altman.  Se trata de otra vuelta de tuerca, quizás la definitiva, al cacareado nuevo modelo de novela fragmentaria del que tanto se ha hablado en los últimos tiempos. Varios capítulos con nombres de piezas en un ingenio letal que es la misma novela y que se caracteriza por una prosa prieta y brillante, por una textura dionisiaca y violenta. El debate de si estamos ante una novela o un libro de relatos es francamente cansino. ¿Qué más da? Yo veo ahí, desde luego, una novela de las que me interesan —pero claro, yo soy novelocéntrica, yo veo novelas por todas partes—, y para mí Submáquina es un paso más en esa articulación radial sobre un centro inefable que significó Nocilla dream, y que corrobora que no se trataba de un experimento aislado sino que la ficción en nuestro país, aunque sea marginalmente, se está moviendo hacia esos límites.
»La puerta hacia esa nueva manera de entender la narración bebe, por supuesto, de antepasados lejanos, como no ha dejado de mencionar la crítica ¿Experimentación? John Dos Passos lo inventó todo en materia de collage y de superposiciones y de viñetas. En cuanto a la concepción enmarañada de la novela, la radialidad extrema estaba ya presente en el delicioso y oscuro Nightwood de Djuna Barnes, todos ellos textos de los años treinta del siglo XX y estoy citando sólo a algunos de mis clásicos. Pasaré por alto referencias más obvias y recientes.
»Pero de manera más cercana en el tiempo, esta concepción de la novela como remolino, como fourre-tout, ha sido despertada, al menos en nuestro país, suscitada, provocada, a mi parecer, directamente por las novelas largas de Roberto Bolaño, o quizás por la edición que realizó de la última, 2666, Ignacio Echevarría. Si las novelitas que la componen hubiesen sido publicadas, en su momento, como deseaba su autor, de una en una, adiós al invento y nuestro gozo en un pozo. Cuestión de azar.
»Una noche de 2006, en un bar de Albuquerque, bebiendo tequila reposado con Francisco Goldman, su mujer Aura Estrada y la editora Barbara Epler, les conté mi certeza de que las maxi-novelas de Bolaño funcionaban como los dibujos de los extraterrestres en los campos de trigo de Arkansas o de Texas, cuyo diseño sólo puede verse a vista de pájaro. Esa era la magia para mí de esas dos maravillas verbales, donde el lenguaje, funcionaba como vegetación que debe ser podada con tijeras…, como papel plegado que se recorta y luego, al desplegarse, se convierte en una greca.
»Se preguntarán, aparte de la temática americana, de la estructura no lineal, de la elaboración de un espacio simbólico fronterizo, muy cinematográfico, en torno a la frontera de Estados Unidos con México, donde estaría encarnado ese abismo negro que es el mal, el misterio, la belleza, la muerte, ¿qué une a estas dos obras de Bolaño con Nocilla dream o, en este caso, con Submáquina? Pues, francamente, creo que no hay más que dejarlas hablar: las cuatro están construidas en torno a un centro vacío, son radiales, y configuran ese centro significativo por pura omisión, lo van delimitando al rodearlo.
»A mi entender, las cuatro novelas son artefactos donde el espacio, no el que describen, sino la configuración del espacio dentro de la misma narración es completa y absolutamente significante. Se trata de novelas de espacio puro, casi podría decirse que matéricas. No sé si esto es nuevo pero estoy convencida de que está omnipresente en esta nueva manera de escribir “sitios”, —mucho se ha hablado de espacios virtuales, de micronaciones, de ínsulas, de de territorios fronterizos—, no en vano, son éstas narraciones que edifican espacios, piedra a piedra, espacios metafóricos que significan cosas.
»Esta construcción se lleva a cabo mediante una especie de síndrome de Diógenes elevado a la enésima potencia, las novelas son mercados de pulgas interminables, vide-gréniers, rastrillos, desvanes, cajones sucios donde alguien va guardando figuritas de pastel de boda con trozos de dulce podrido, se edifican mediante la familiaridad detallista, casi depravada, con los objetos, que, acumulados, son metáfora perfecta del mundo. Y es que  las cosas de las que hablaba Perec se han multiplicado y asaltado nuestras vidas y nos envían todos los días cientos de mensajes. La ternura, en estos textos, se desplaza de las personas desencarnadas, apenas entrevistas, hacia los objetos.
»Son los objetos los que cuentan las historias, los chicles de bola, las barras de labios de color Sleeping Beauty, los zuecos ortopédicos de la Repa, el anorak donde Pucca guiña un ojo de una adolescente, las guanteras de los coches con suspensión hidráulica… Se trata de una manera de narrar donde la mirada se disloca y se va por las esquinas, técnica no ajena a la pluma sucia de los cuentistas americanos, y pienso en Carver y en Cheever, pero también en Flannery O’Connor. María Zambrano hace ya muchos años dijo que el poeta llega mucho más lejos que el filósofo porque se aferra a los objetos.  En este sentido, estas novelas son absolutamente poéticas, no sólo por su perfecta materialidad, sino porque nos hablan de lo abstracto sin necesidad de nombrarlo, quedándose sólo en la textura rugosa de la acumulación. Macrosignos.
»Siempre he detestado el término novela fragmentaria porque creo que de lo que se trata es justamente de todo lo contrario. Par mí, Nocilla dream es una novela global, no una novela fragmentaria, tiene ínfulas de comprehensión, quiere abarcarlo todo. Lo mismo ocurre con las dos maxinovelas de Bolaño, aunque quizás esto sí que es evidente. Bolaño nunca ocultó su fascinación por la novela total decimonónica y escribió dos mobidicks contemporáneas que quitan el hipo. En cuanto a Submáquina,  yo no sé si es una novela global, bueno, sí: estoy segura de que no lo es, pero desde luego tampoco es una novela fragmentaria puesto que funciona con una unidad exquisita y de una manera tan tensa y redonda que muchas otras novelas de espíritu tradicional (planteamiento, nudo o desenlace) ya la quisieran para sí. Más bien yo diría que Submáquina es una novela prismática, caleidoscópica, como una de esas lámparas bolas de espejitos que podrían iluminar alguno de los tugurios alfombrados de los que está lleno el texto de García Lovet.
»Además, Submáquina no es sólo una novela de género, subvertida, negra, sino que es un espléndido ejemplo de antiliteratura femenina, y esto me encanta por lo poco común, donde se toma como base formas evidentemente masculinas y como referencia cánones femeninos, negándolos, pervirtiéndolos, mutándolos. No en vano a Tiffa la desvirga un taxista cerca de un matadero (¿por qué me recuerda este pasaje a la Campana de cristal de Plath?), Tiffa se pinta las uñas de rojo en un diner, Tiffa se tiñe el pelo de rubio, Tiffa estuvo casada tres veces. En ese sentido García Llovet está reescribiendo las reglas de lo que ha de ser la escritura de género, y en ese sentido es digna hija de las grandes narradoras marginales del XX, autoras que tomaron el mundo que les había tocado en herencia y fueron  revolucionarias, malvadas, masculinas, promiscuas, duras. Pienso en Djuna Barnes, pienso en Jane Bowles, pienso en Jean Rhys, en Carson MacCullers que fueron autoras rabiosas de romper los moldes y de pegarse hasta con las paredes.
»Para concluir: subyace en Submáquina un espíritu deliciosamente antididáctico y antialeccionador, aura que también impregna todo Bolaño, una cierta épica de la destrucción, diría yo, cierta fascinación oscura. Son textos que conllevan el acercamiento o el directo chapuzón en la violencia, no para condenarla, o para extraer conclusiones morales, como quería la literatura “bienintencionada” que nos asola desde hace 25 años y que no parece haber dejado de dar sus últimos coletazos.
»Estos retratos de mundos extremos, bajos fondos, crímenes cotidianos, pobreza y mierda, no son alegatos en contra o a favor de la justicia en el mundo, sino que son retratos de cómo es el mundo, instantáneas de un vertedero desolador, viñetas  expresionistas, bellas. Parece que el autor y el lector se acercasen tímidamente y luego, sin melindres, a husmear el olor de la basura, y a menudo encuentren que este olor es delicioso.»

Blanca Riestra, Furorymisterio, 8 de junio de 2009
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Submáquina

«Rara vez el mercado editorial, tan tendente a la uniformidad, nos sorprende con un libro que escape a encasillamientos fáciles. La literatura de género ofrece unas coordenadas que editores, libreros y lectores, aceptamos y asumimos, tanto por gusto como por mera rutina.
»Pero la editorial Salto de Página nos ha traído con Submáquina, de Esther García Llovet, una obra que apuesta por caminos menos transitados, y opta por contarnos su historia de una manera personal. Tampoco caeremos en exageraciones –esas a las que somos tan dados los críticos cuando queremos convencer, a veces de forma categórica, de que hay que leer tal o cual obra–. Preferimos no exagerar, y diremos que la autora muestra unas referencias culturales bien claras, de las que se sirve para contar su historia, pero con una voluntad de estilo que va más allá de la mera imitación. Por tanto, baraja las cartas con suficiente habilidad como para sacarse unos cuantos ases de la manga, regalándonos con fluidez, sin estridencias, unas cuantas sorpresas.
»García Llovet debutó en las letras en 2003 con Coda, llegando a ser finalista del IV Premio Casa de América de Narrativa. Con este libro ya dejó claro cuál sería su estilo.
Y ese estilo está marcado por la narrativa cinematográfica, visible en el desarrollo sintético de la acción, la capacidad para recrear pequeños detalles, la agilidad a la hora de combinar historias de diversos personajes –si me apuran, a la manera de Robert Altman–.
»También llama mucho la atención la forma de retratar los acontecimientos. Tanto Coda como Submáquina, son obras realistas, pero sólo en apariencia, pero García Llovet sabe dotarlas de un aire indefinido, fantasmal, abstracto, que les dota de una atmósfera taciturna, de ensoñación –seguiremos con las comparaciones cinéfilas: ¿quizás a la manera de David Lynch, o al estilo de David Mamet, que hacen esas películas donde la mascarada, el engaño, la representación, son llevadas al límite?–.
No debía escapársenos que la autora es psicóloga clínica y guionista de cine documental. Quizás de ambas profesiones nazcan tanto esa mirada distante, propia de un voyeur –del voyeur que todo cinéfilo es– como la escasa implicación en lo narrrado. Los personajes parecen abandonados a su suerte, y no pretenden nuestra simpatía. Lo único que podemos hacer es mirarlos con cierta extrañeza.
»Respecto a la singularidad de estas novelas, hemos de decir que podría llegar a ser un arma de doble filo, pues si bien sorprenden, también pueden llegar a desconcertar. Sus argumentos llegan a comprenderse, ante todo, de manera intuitiva, y muchas veces la trama no se desarrolla tanto en función de una lógica narrativa como buscando recrear un ambiente, una atmósfera. Dicho en otras palabras: no queda muy claro si Coda o Submáquina son novelas, o más bien libros de relatos que comparten espacios y protagonistas comunes.
Submáquina nos cuenta, de manera fragmentada, la historia de Tiffani Figueroa, una policía retirada que ha pasado por varios matrimonios. Le gusta conducir y jugar al póquer… La lectura de esta ¿novela? entusiasmará a todos aquellos que disfruten con una literatura llena de sugerencias y pequeños hallazgos. Los que prefieran seguir fórmulas establecidas deberían leerla con paciencia. Seguro que, una vez concluida la lectura, conservarán parte del paisaje, de la gente que lo habita, en la memoria, intentando discernir lo leído de lo imaginado.»

David G. Panadero, Prótesis, 26 de mayo de 2009
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Submáquina

«Ha nacido una estrella: Tiffani Figueroa, la voz contante de estos seis relatos cuyos nombres conforman un revólver —destaca "Resorte"—, y con ellos una estructura casi novelesca, igual que Coda, pero a la vez independiente. Y, como en aquella ópera prima, las coordenadas de García Llovet se localizan más en el cine: Lynch, por los escenarios y la envoltura, entonces Altman; ahora más documental, quizá Portabella, y más de acá, Arriaga mediante.»

Elena Medel, Calle 20, Mayo de 2009
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En la frontera

«Submáquina es un libro en la frontera, temática y estructuralmente, al menos ésa es la impresión que me ha dejado como lector. Los territorios (tránsitos sentimentales y tránsitos territoriales) por los que se mueven los personajes y la propia Esther García Llovet como autora son fronterizos, oscuros, han sido recorridos pero sólo de noche, con una dosis nada despreciable de canguelo. Submáquina podría haber sido una novela, pero es una colección de relatos. Podría haberse ajustado a los cánones del género negro, pero no lo ha hecho. Se transparenta, por tanto, una necesidad de la autora de ir más allá, de no quedarse en el suelo firme, seguro, pero pobre, y eso es para mí un triunfo absoluto, pues esa clase de apuestas son las que a la postre distinguen a los artistas de los artesanos.
»Para este viaje fronterizo García Llovet se ha llevado una mochila con una atmósfera tan turbia como envolvente, imágenes atractivas, a veces impactantes, de extrañamiento de los límites cotidianos, y una manera de perfilar la psicología de los personajes de acuerdo a lo que hacen, dicen o, muy ocasionalmente, otros personajes dicen sobre ellos, es decir, sin injerencias facilonas del narrador (ese yomimeconmigo o elconleconsigo en muchas ocasiones tan vacuo y cansino), ya sea éste en primera o en tercera persona. De lo que se desprende que la autora, y ésta es la segunda de mis conclusiones, no sólo es una artista sino que además es muy profesional y conoce al dedillo los resortes de la técnica.
»Submáquina recuerda a veces a pero no se parece a. En los relatos se manifiestan influencias del cine y de la literatura, nada veladas (por expreso deseo de la autora, supongo) pero el resultado final los termina asimilando en un producto nuevo, en una imagen propia de marca, de autoría. Están Bolaño, Van Sant, Lynch, pero lo importante no son ellos sino el tamiz por el que han sido filtrados, eso es lo que prevalece a lo largo y ancho del libro. En definitiva, Submáquina es un libro de autor, de lenta degustación, con una prosa ajustada pero brillante, que le deja a uno la sensación de haberse asomado a más de un abismo. Merece mucho la pena.»

Juan Carlos Márquez, Relataduras, 14 de abril de 2009
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Licencia de armas

Para los tiburones, para la mayoría de los peces (excepto para los peces voladores), el infierno es la superficie del mar.
ROBERTO BOLAÑO, «Últimos atardeceres en la tierra»

«La primera elaboración mental en la que uno cae cuando se encuentra con el título de este libro le hace bosquejar el fantasma de cualquier androide salido de la imaginación de Philip K. Dick o de los fotogramas de la Metrópolis de Fritz Lang. En cuanto se acerquen a Submáquina verán que no es el caso —o no del todo, que la cosa traerá matices luego—, y que el título obedece a algo más que a ese juego de palabras y metáforas entre los títulos de las seis piezas («Cargador», «Resorte», «Seguro», «Recámara», «Gatillo» y «Cañón») que arman este artefacto literario: cuidado, García Llovet les está apuntando al entrecejo y no va a dudar en cometer el crimen.
»¿O debiera decir que es Tiffani Figueroa quien les tiene en el punto de mira? ¿Se pondrá García Llovet estupenda y flaubertiana y dirá alguna vez aquello de «Tiffani Figueroa soy yo»? Es cierto, el eje sobre el que gira el tambor de este libro es la construcción del personaje de Tiffani —me van a permitir que en esta deriva no utilice el diminutivo, tan horrísono en mi otra lengua materna— pero las seis balas que se alojan en ese tambor no son para jugar a la ruleta rusa, pues no hay azar en la concepción del libro, y todo el riesgo que asume su autora es literario, es decir, el mejor de los posibles.
»Hay quien recibe Submáquina como novela y no como libro de relatos. Aunque parezca que ahora mismo yo esté posicionándome en una de esas dos interpretaciones al incluir este comentario en mi serie sobre el cuento, lo cierto es que no es relevante. Submáquina es escritura a secas, y de paso supone la confirmación de Esther García Llovet como una muy buena escritora, que maneja la tensión narrativa y la ambientación de manera soberbia y mesurada. Otro de los valores de Submáquina es que su autora no está demasiado pendiente de las etiquetas ni de los requisitos aduaneros del género —de ningún género— y, haciendo honor a la invocación estética de lo fronterizo en todo el libro, Esther García Llovet se convierte en una espalda mojada que burla la vigilancia de la ortodoxia literaria y, sobre todo en lo estructural, se permite el lujo de la libertad creativa. Submáquina tiene mucho de novela, es cierto, y, de manera casi confesional, rinde homenaje al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes o 2666, pero no con aquella demora en su desarrollo, sino con la agilidad y el vértigo de las piezas cortas de, por ejemplo, Putas asesinas. Reinterpretar la mirada del Bolaño total y excesivo a través de la prosa del Bolaño francotirador es un mérito más en este homenaje implícito.
»Me voy a permitir una broma, cariñosa, pero justificada: dice en el prólogo de este libro Fernando Royuela —alguna errata por ahí ya lo ha rebautizado a lo Cortázar— que Submáquina «No es comida rápida sino alta gastronomía literaria. Su lectura por lo tanto no debe ser voraz, sino atenta y gustativa». La lectura se la dejo a los lectores, pero no estoy de acuerdo en lo otro: en cierto modo, Submáquina ES «comida rápida», es el hambre que aprieta el estómago en un atasco de operación salida y que se alivia —y vaya si lo hace— en cualquier gasolinera, es el cuarto de libra en la plancha y el cocinero en camiseta panadera que te deja la carne medio cruda y el sudor en el olfato, es el vaso sucio con el rastro caramelo del refresco, el sky rojo de los taburetes del dinner, el aparcamiento oscuro de un café de carretera en el que follan el camionero y la mulata —donde podrían haberlo hecho perfectamente el taxista y una Tiffani mocosa— y es, sobre todo, la vida que ocurre a toda velocidad, la vida que no espera y empuja, la vida que te pone delante el menú sin tiempo para pensar la respuesta —su protagonista es una mujer que se ha fabricado a sí misma sobre la marcha, sin planos, asumiendo el error y la improvisación—. En ese sentido —y sólo en ese sentido, como demostraré en esta misma entrada—, Submáquina es «fast good» contemporáneo, literatura ágil y sin ese refinamiento gastronómico impostado de las «grandes obras» que hablan más del ego de su autor que de la vida que habita sus páginas. Aunque su escritura es muy cuidada —y claro que le doy la razón a Royuela, sólo estaba rizando el rizo— Submáquina es, sobre todo, un libro en el que la vida es imperfecta y sorpresiva, es decir, verosímil:

Ese verano alquilé una moto y estuve viajando cerca de tres meses, o cuatro, no recuerdo. Viajaba por la carretera de la costa, con el sol de frente, dejando atrás playas vacías justo el instante antes de ponerse el sol. Me acuerdo de las sombras de los rascacielos avanzando por la arena de la playa hasta llegar al mar. Una mañana entré a comer a un restaurante y al sentarme en la barra la camarera me saludó y me preguntó adónde iba. Se llamaba Corina, lo ponía en su chapa. "No estoy segura", le contesté. Y era verdad.
—Pues eso ya es demasiado lejos.
Me sirvió una hamburguesa doble que no había pedido y que no me cobró. Luego Corina me dijo que eso es lo malo de los viajes. Que siempre hay que llegar a alguna parte. Y que todos los sitios existen ya
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«Recámara» (página 55).

»La creación del personaje de Tiffani Figueroa en Submáquina se asienta sobre los espejos que otros personajes —tan violentos, dulces, vulnerables y terribles como ella misma— le enfrentan, sobre la huella de lo fugaz, del indicio y de lo no dicho, sobre la necesaria complicidad del lector y sobre una manera de disponer la información que recuerda a las notas, pruebas y fotografías que en una investigación policial se clavan en el corcho de la sala de briefing: también el lector está contratado como detective en este libro. Si en Mientras agonizo William Faulkner se sirve de la voz de cada personaje para construir una historia, García Llovet deconstruye esa historia en voces distintas para presentar a un personaje. Cada pieza de Submáquina es autónoma, o puede llegar a serlo, pero forma parte indisoluble de un mecanismo que sólo cuando se acciona de manera conjunta consigue el disparo, el crimen, la obra de arte —si se me concede hacerle caso al Marqués de Sade—. Dilucidar si estamos ante una novela hecha de relatos o nos encontramos con seis relatos que hacen una novela, como digo, no es relevante.
»Y no es sólo esta frontera de género la que burla Submáquina, pues también va más allá de los clichés más efectistas y predecibles de la novela negra o el thriller. Del mismo modo que la prosa de García Llovet es austera y tiene la alevosía y premeditación del mejor de los delitos —el que no se permite el error ni encuentra castigo, el verdadero crimen perfecto en literatura, aunque le deje a uno en ciertos momentos con ganas de alguna deriva, de alguna concesión «lírica», aunque ese «pero» sea defecto de fábrica de quien esto escribe—, lo que de veras evoca a Hammet o a Chandler es el qué y no tanto el cómo, el trasunto del antihéroe y no sus escenas de acción o las tramas deliberadamente escatimadas al lector. Lo que evoca al mejor género negro y lo trasciende no es el cliché externo, sino el tortuoso viaje interior del protagonista como depredador y presa a la vez. Es ese ascenso del tiburón a los infiernos exteriores que dibuja la cita de Bolaño que abre esta deriva, la vía directa por la que un vientre hinchado —de culpas y secretos— asciende en línea recta a la superficie de las cosas: García Llovet le da la vuelta a la piel de Tiffani Figueroa y nos muestra su infierno particular, sin caer en la solemnidad de un narrador demiurgo e idiota, mostrando a ráfagas los pecados y la vulnerabilidad de una verdadera autómata en su inercia vital y en sus contradicciones. De repente me acuerdo del Deccard de K. Dick y creo que esta mujer «submáquina» es una replicante de sí misma, hecha de jirones de realidad, de recuerdos implantados por la velocidad con la que le sucede la vida y que, como todos, intenta desesperadamente huir de la muerte en cada exceso, en cada encuentro, en toda su soledad.
»Es cierto, como ya se ha comentado varias veces en otras reseñas, que Submáquina puede traerle al lector un catálogo de referencias cinematográficas, pero en eso también es un libro inteligente y si algo evoca de Amores perros o 21 gramos tiene más que ver con los guiones de Guillermo Arriaga que con la a veces reiterativa puesta en escena de Iñárritu. Claro que hay David Lynch en algunas de las costuras del libro, pero más por la manera sonora e hipnótica de contar y de provocar un eco en cada ambiente, que por los enanos y todo el circo simbólico. De repente uno relee algunos pasajes de Submáquina, especialmente uno en el que la nieve hace acto de presencia, crujiente como el papel de la diana móvil en una galería de tiro, y piensa en Fargo y en su estética desolada, y en que bien podría aparecer el personaje que allí interpreta Frances McDormand en este libro, si uno pudiera creerse una moral tan sólida, que para nada casaría con la del personaje axial de Submáquina, tan humano precisamente por sus contradicciones.
»Submáquina no es sólo un libro que se haya escrito, es sobre todo un libro que se ha consumado, cometido y ejecutado, como el mejor de los crímenes, pero que en algo es absolutamente legal, y es que se ha disparado con licencia de armas, porque Esther García Llovet se ha tomado todo el tiempo necesario para ganársela, porque se ha curtido en el trabajo para acertar en el blanco, y porque Tiffani y la literatura de Submáquina están hechas de abismos y renuncias, de supervivencia y sordidez, en definitiva, de las mismas piezas que construyen todos y cada uno de nuestros puzles personales. Submáquina deja en el aire el rastro de pólvora de esa cualidad tan peligrosa, doliente y encendida de la condición humana, que nos impulsa adelante como un tiro y sin remilgos: nuestro deseo de libertad, aunque ese impulso nos empuje a las fronteras del infierno.

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»Sobre la edición:
»Como ya señalé en mi devolución para Como una historia de terror, de Jon Bilbao, en Salto de Página apostaron desde el principio por un diseño reconocible y que ayudara a fijar la imagen de la editorial en la retentiva del lector. Si en aquella ocasión cuestionaba todo el espacio que ocupaba el fondo púrpura metalizado de las cubiertas, ahora creo que tampoco es mala cosa, ya que eso obliga a la brevedad en los textos de solapa y contracubierta, lo que limita la información, sí, pero también evita los típicos excesos —ese solapismo atroz— en los que caen algunos editores. Bien está ser breve, dar las indicaciones justas y dejar que sea el lector quien juzgue por sí mismo. Para la cubierta de Submáquina, además, se ha escogido una ilustración sobre mucho blanco, sin marco, que respira un poco mejor en el espacio del que dispone.
»De las tripas, nada que añadir a lo comentado a cuento del libro de relatos de Jon Bilbao: caja de texto un poco larga, tipografía impecable y algunos detalles originales en la portadilla o los créditos del final. De paso, compruebo que la ausencia de guiones largos en los diálogos de Como una historia de terror fue elección de Jon Bilbao.
»De nuevo cabe destacar el trabajo de Salto de Página, no sólo con estos dos títulos sino en general en todo su catálogo, sobre todo de un tiempo a esta parte, con algunas antologías que vinieron y otras que están a punto de llegar. Con su apuesta por la buena literatura, su capacidad de adaptación a los nuevos modos de lo literario —que ya no beben sólo de la prensa impresa— y su manera de defender y mover cada libro, Salto de Página se está convirtiendo en una garantía para los buenos lectores y en un refugio para los escritores que, esperanzados, vemos que todavía quedan unos cuantos editores con criterio.»

Sergi Bellver, Bitácora de Sergi Bellver, 8 de abril de 2009
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Submáquina

«Submáquina, en su totalidad, tiene gusto a novela a pesar de que cada parte que lo forma (relatos que podrían ser tomados como capítulos) tiene sentido por sí misma, desgajada del libro. De todos modos, cada relato suma información al anterior y nos regala fogonazos de la vida y la personalidad de Tiffani Figueroa, protagonista de todas estas historias. Todo el libro es en realidad una construcción profunda de este personaje, una selección acertada de los instantes que más nos van a decir de ella.
»El propio título del libro, Submáquina, es una traducción literal del inglés “submachine”, arma relativamente ligera que combina el fuego automático con el cargador de pistola, y cada uno de los relatos lleva por título una parte del arma (Cargador, Resorte, Seguro, Recámara, Gatillo, Cañón). Tiffani Figueroa es realmente esa submáquina y cada relato es una parte imprescindible para comprender su funcionamiento, su manera de reaccionar.
»En el primero de los relatos, Cargador, la actual pareja de Tiffani Figueroa denuncia su desaparición y en el último, Cañón, asistimos a la boda de su hijo y a su coqueteo con uno de los camareros de la celebración, que es el hijo de uno de sus ex maridos. Sabemos, por lo tanto, que se ha casado varias veces, que tiene hijos, que ha desaparecido, que se cuenta que ha sido policía y que en la actualidad se dedica a investigar por su cuenta. Precisamente un encargo, la búsqueda de una mujer, la lleva hasta la frontera. También asistimos a dos momentos de su pasado que explican la mujer que es: el abandono de su madre y su encuentro con un taxista cuando era una adolescente.
»Esther García Llovet utiliza un estilo cortante y duro para contar la historia de una mujer también dura, acostumbrada al dolor y a caminar por el filo de la navaja, una mujer que parece dispuesta a ponerse constantemente a prueba y hacerse daño. Los relatos están plagados de alusiones a la cultura popular, marcas de comida y bebida, cantantes de salsa y reggaetón y guiños a Bolaño, Ford y David Lynch. Es una prosa desolada y sangrante que muestra el mundo como un desierto de soledad. Un libro que da gusto leer, paladear, pasearse por sus páginas y por el instinto suicida de su protagonista, Tiffani Figueroa. La editorial Salto de Página ha acertado de nuevo en su apuesta por una de las autoras más interesantes del panorama literario actual.»

Marta María López, El desván de los libros, 5 de abril de 2009
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Submáquina de Esther García Llovet

«Fernando Royuela dice en la introducción a este proyecto literario: “Cualquier experimento narrativo debe ser de entrada celebrado...”. Yo opino lo mismo que él.
Es mucho el riesgo que corre Esther García Llovet y es de alabar la apuesta que Salto de Página realiza al editar Submáquina.
»Nos encontramos con un conjunto de relatos que muestra a frazadas la vida de la protagonista central de la obra, Tiffani Figueroa. La lectura de los relatos nos ofrece distintos aspectos de su vida: los traumas que marcaron su infancia, su adolescencia, la forja de su carácter extremo y libertario, los despojos de sus familias, el gusto por la vida al filo, su trabajo como detective, el porqué de su ausencia, de su permanente búsqueda. A frazadas, sin llegar a completar el puzzle, pero ofreciendo los suficientes datos como para hacer de los relatos un todo que haga al lector tener una comprensión cenital de la obra. Esa visión del todo le llevará al convencimiento de estar en tierra de nadie: esas breves narraciones podrían conformar una novela, un nuevo modelo de novela.
»El juego literario está presente en todos los aspectos de Submáquina. Es pues una obra que busca la complicidad del lector, su implicación en ella de modo activo. Eso me gusta.
»De entrada la estructura es novedosa, fragmentaria y actual, en la que se detectan influencias cinematográficas de películas como “21 gramos” o la oscarizada “Crash”. Es un caso inverso a lo tradicional: suele ser el cine el que se nutre de la literatura a la hora de estructurar una obra, y no al revés.
»Hay entre los relatos una serie de hilos de seda invisibles, aparentados, que unen unas historias con otras; apenas un apunte, un dato, que explica actuaciones en los otros relatos, comportamientos futuros.
»Otra característica de los mismos es la búsqueda de la situación límite, del territorio-frontera, no sólo físico, también síquico. El gusto por el vértigo, por vivir en el filo de la navaja.
Ese lector cómplice debe desentrañar los símbolos presentes en las narraciones, debe anotar mentalmente voces de niños al otro lado del teléfono, sonidos de disparos en la noche, imágenes descritas con acierto, hechas para perdurar en la mente del lector, para conducirlo hasta el final del laberinto.
»Esa misma busqueda del límite la podemos encontrar en el estilo de su escritura. El gusto por trasgredir (esas sucesiones y enumeraciones sin cambio de sentido con la puntuación) que hace también algo más complicada la lectura.
»Estamos, pues, ante una obra arriesgada, que experimenta con el argumento (no todo se dice, ni siquiera se muestra), con la estructura (un puzzle al que, precisamente por lo anterior, le faltan piezas) y con el estilo narrativo. Quizás demasiados riesgos pueden pensar ustedes, y quizás tengan razón, pero yo veo en Submáquina un traje único, un modelo de pasarela extremo, imponible, que nadie llevaría por la calle, pero que, a la larga, marca una tendencia.
»No debemos saberlo todo de las personas, de hecho, no lo sabemos, ¿por qué habríamos de saberlo de un personaje? El estilo es a veces exquisito y a veces repetitivo, pero lo que es indudable es que es el estilo narrativo que ella ha querido otorgarle a su obra. Quizás, sí, quizás la estructura esté bien apuntalada, ese bocadillo con un sabroso relato central, pero el declive a partir de él, por la menor fortaleza de los relatos finales va aguando el licor en nuestra boca dejando un poso último de promesa sin cumplir.
Ese es el único pero. Todo lo demás son felicitaciones porque Esther ha sido valiente y ya lo dijo William Faulkner: “El mérito de una obra se mide por los riesgos de fracaso que el autor afronta, entre lo efímero de su esfuerzo y la intención de ser perdurable."
»Sólo una apostilla a estas palabras de Faulkner: no creo que el esfuerzo haya sido efímero.»

Esteban Gutiérrez Gómez, El laberinto de Noé, 3 de abril de 2009
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Submáquina de Esther García Llovet

«Tiffani Figueroa, Tiffa, es en mi opinión una inadapta social. Marcada por el abandono de su madre, su padre le dedica menos tiempo del que necesita… Hechos a los que Esther García Llovet apenas dedica unos fragmentos, pero que el lector entiende como la causa de que la protagonista vague sin rumbo por su vida una vez alcanza la edad adulta.
»Ex policía, ex mujer, madre, comete un asesinato en la frontera entre México y EEUU… Así pasa la vida de Figueroa, de un lado a otro, recorriendo caminos que parece que nunca termina.
Con saltos en el tiempo e historias fragmentadas, la autora nos presenta una protagonista a la que el lector no sabe si termina de entender. Un libro que bien podría ser una road movie, algo no muy descabellado si tenemos en cuenta que García Llovet estudió cine y ha sido guionista de documentales.  No hay un principio y tampoco un final, sólo los acontecimientos que suceden a lo largo de la vida de Tiffani son el hilo conductor del libro, si es que realmente hay un hilo conductor.
»Submáquina mantiene al lector en un constante interrogante, se pregunta sobre el tema, sobre Tiffani, sobre qué es lo que la autora nos quiere hacer ver… y es que, como dice Fernando Rayuela en el prólogo, “Submáquina (…) no es comida rápida sino alta gastronomía literaria. Su lectura por lo tanto no debe ser voraz, sino atenta y gustativa”. Pero juzquen ustedes mismos.»

Marina Díaz, Tinta digital, 30 de marzo de 2009
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Tiffani de la frontera

«Días atrás, intercambiaba con Cristina Monteoliva, a través de Facebook,  opiniones sobre Submáquina, la novela de Esther García Llovet, editada por la editorial Salto de Página.
En algo coincidíamos después de leer su crítica en La biblioteca imaginaria: la forma de escribir de su autora es diferente. Breve, lejos de barroquismos pretenciosos que intentan justificar lo mucho que sabe el autor. Cierto que yo contaba con una ventaja: estuve en la presentación de la novela en Madrid, en El bandido doblemente armado y pude charlar con la autora.
»Submáquina es en realidad un conjunto de relatos que la autora decidió unir para formar esta novela. Por eso es poliédrica, muestra a la protagonista desde diferentes puntos de vista, empezando por el hecho de que ni siquiera tiene un único narrador —CM—. Tiffani Figueroa, su protagonista, es el leitmotiv de Submáquina.
»Pero a diferencia de lo que observaba Cristina, esta novela está llena de imágenes cinematográficas que bien podrían estar sacadas de Perdita Durango, Traffic, Amores Perros, Babel o No es país para viejos.
»Una frontera y un sueño: pasar al otro lado y dejar éste lleno de miseria humana porque Submáquina es un collage de miserias humanas. Taquerías, insomnio, muertos y capítulos en formato de bala (todos son partes de un revólver —CM—).
»La autora no buscaba estos guiños cinéfilos sino más bien, breves e intensos homenajes a la novela negra de las que es compulsiva lectora.  Esther García Llovet es, en las distancias cortas, tímida y huidiza. Sin embargo, escribe con la misma precisión que un buen killer hace su trabajo. Va a tiro hecho.
»Y una frase de Esther: la Literatura es como una aceituna. Te la metes en la boca y lo que sobra no se parece en nada a lo que te has comido.»

Fernando Ortega, Noticias cada día, Vagamundos, 24 de marzo de 2009
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Submáquina de Esther García Llovet

«La nueva novela de Esther García Llovet (Málaga, 1963) es todo un ejercicio literario arriesgado, desde su inicio, hasta su final, con ese posible incesto quedando en el aire.
»Submáquina explica la historia, entrecortada en muchos capítulos, de Tiffani Figueroa, ex policía que ahora trabaja por su cuenta. Casada varias veces, jamás pierde al póquer, siempre y cuando ande sobria. Se traslada hasta la frontera, para resolver un caso, pero allí comete un terrible crimen, aunque se dice que lo terrible hubiera sido no cometerlo.
»El libro invita a un viaje por el margen de la ley, visitando lugares peligrosos, cual novela negra, con mujer fatal, encarnada en la persona de Tiffani, conocida como Tifa, extraños hombres, niños perdidos, madres locas y policías corruptos.
»Es un texto breve, pero intenso, separado por capítulos que se conectan en su final. Uno a uno no dirían gran cosa, pero todos juntos hacen un todo.
»Como explica Fernando Royuela en su prólogo: “Submáquina no es comida rápida sino alta gastronomía literaria”.
»La prosa de Esther es rica en matices, directa, seca, sin florituras, su historia es fría y su escritura así lo asegura. En un extracto de la novela leemos: -Gracias – contesta Tifa mientras se quita el anorak. Hace calor en la cafetería aunque afuera la temperatura ha caído a bajo cero, los jardines llevan horas sepultos bajo una nieve algo narcótica y el aire cruje como el celofán de un regalo junto al árbol.
»Esther sabe como mantener la tensión durante las páginas de su historia, sobre todo cuando Tifa viaja a La Federal y Cáneva entra en acción. El suspense es absoluto, la tensión magnífica y la mejor novela negra saca su cabeza en las pocas páginas que acaban el relato.»

Salva G., Llegir en cas d'incendi, 16 de marzo de 2009
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Submáquina

«No es fácil romper con ciertos estereotipos. Aunque las mujeres ocupan cargos en todos los sectores laborales (o casi todos), algunos puestos todavía hoy en día se asocian al sexo masculino. Pongamos por caso el mundo de los detectives: si nos dieran un apellido al azar, sin nombre, muchos pensaría, automáticamente,que se trata de un hombre, de uno de esos tipos duros que nos muestran las películas. Menos mal que hay escritores en España como Esther García Llovet que tienen claro que las mujeres pueden hacer todo lo que se propongan, también resolver casos de forma temeraria. Así que hablemos de Submáquina, la novela de dicha autora.
»Tifa, Tiffani Figueroa, esa mujer misteriosa que ha estado casada en varias ocasiones y nunca pierde al póquer cuando juega con cartas infantiles, es una ex policía que ahora trabaja por su cuenta. Su último trabajo como investigadora privada la llevará a conocer un submundo tan peligroso, que casi le cuesta la vida. Sin embargo, como pronto descubriréis, Tifa es una mujer dura de matar, y no hay caso que se le resista.
»Podríamos emplear cientos de calificativos para hablar de una historia como ésta, todos probablemente tan precisos como el gatillo de una pistola. Diremos, en primer lugar, que ésta no es para nada una novela simple, empezando por el hecho de que ni siquiera tiene un único narrador. Aunque predominan los capítulos narrados por la propia Tifa, esta mujer de treinta y tantos que no parece tener un objetivo claro en su vida, también existen otros episodios, que abren y cierran la novela, en los que un narrador externo nos da su punto de vista. Y es que precisamente de eso trata todo: de distintos puntos de vista, de la forma en la que ellos ven a Tifa, y ella misma se ve. Con todas las piezas del puzzle el lector, si es hábil, conseguirá componer el todo, de reconstruir la historia.
»Sin duda, todo esto que te cuento no sería posible si Esther García Llovet no tuviera una forma tan particular de narrar, donde todo tiene un sentido por descubrir, empezando por el título de los capítulos (todos son partes de un revólver), las descripciones son las justas y precisas, bellas y muy en sintonía con lo que se pretende trasmitir, y los personajes están perfectamente definidos. La atención del lector quedará, de esta forma, atrapada en esta red, imposible no detenerse de vez en cuando para paladear todos los mensajes.
La protagonista absoluta de esta novela negra no es otra que la ya tan mencionada Tifa, una mujer de armas tomar, condicionada totalmente por un pasado triste y oscuro, que busca, sin darse siquiera cuenta, un porvenir. Quizá no lo consiga, quizá se quede por el camino, como esos que tratan cruzar la frontera. Pero está claro que Tifa no se rinde por nada del mundo, y lo intentará cueste lo que cueste.
»Los personajes secundarios no están muy dispuestos, en su mayoría, a ponérselo fácil a nuestra intrépida detective. Tampoco es que ellos vivan en un mundo ideal, donde todo es de color de rosa. Sobrevivir es lo más importante en el lugar de donde vienen, por tanto, ¿qué podemos reprocharles, realmente?
»En definitiva, Submáquina (no, no pienso desvelaros el significado de este título, para eso tendréis que leer este libro) es una apasionante novela negra en la que se ponen de relevancia temas tan reales como son el mundo de las drogas y las mafias que ayudan a cruzar fronteras a pobres desdichados, así como el peligro que corren éstos que intentan huir al otro lado en busca de un sueño que no suele existir, sin olvidarnos de cómo puede condicionar nuestra edad adulta, la forma que tenemos de enfrentarnos a la vida, todo aquello que nos sucede cuando somos niños o adolescentes.
»Muchos son los estereotipos que aún debemos derribar, como ese que dice (porque habrá más de uno que aún lo piense) que la novela negra no puede llegar a encuadrarse dentro de la buena literatura. Leed Submáquina y juzgad vosotros mismos. Estoy segura de que esta novela os sorprenderá muy gratamente.»

Cristina Monteoliva, La biblioteca imaginaria, 16 de marzo de 2009
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Submáquina de Esther García Llovet

«Tifani Figueroa —ex policía y en la actualidad investigadora de alquiler— es el suelo sobre el que se cimientan las seis historias que integran Submáquina, publicado recientemente por Salto de Página, editorial madrileña que en poco tiempo ha crecido hasta situarse en primera línea gracias a los acertados títulos que reúnen en su catálogo. La autora, Esther García Llovet (Málaga, 1963), cuyo anterior libro, Coda (Lengua de trapo, 2003), fue finalista de los premios “Órbitas” y “Casa de América de Narrativa”, ha creado en esta ocasión un personaje impasible, una mujer curtida, enigmática, y ha optado por mostrarla a rachas, en las dosis justas para despertar una intensa curiosidad, para que con cada relato el lector necesite saber más de ella. Y es que hay momentos en que García Llovet ha preferido esconderla, camuflarla entre las historias de los secundarios que la acompañan, dejarnos con la miel en los labios… En el primer cuento, Cargador, se nos da a entender que Tifani ha desaparecido. “No le gustaba la gente. Le gustaban los extraños”, dice el protagonista de ese relato. Y creo que esa información adquiere trascendencia a medida que se avanza en la lectura del libro. Es fácil la primera vez que se accede a ese detalle —al final de un párrafo, como algo dicho al vuelo, sin importancia—, tomarlo como un rasgo más del personaje, un elemento de los tantos que ayudan a la autora a configurar la personalidad de Tifani. Pero en el siguiente relato, Resorte —en el que se cuenta el contacto sexual que de manera fortuita mantiene la protagonista con un taxista—, ya se intuye que esas líneas —“No le gustaba la gente. Le gustaban los extraños”— no son de relleno, ya se intuye que esas líneas poseen un significado particular. Y al leer Seguro —el más extenso, 65 páginas, y en mi opinión el más acertado del volumen junto con el anterior, Resorte—, se tiene el convencimiento de que únicamente ese trazo ya basta para definir a Tifani Figueroa. Submáquina es un puñado de relatos escritos a conciencia que consiguen perturbar precisamente por lo que he dicho con anterioridad: el lector se queda con la miel en los labios, con la misma sensación que a veces se experimenta al final de una de esas buenas películas que te dejan satisfecho, sí, pero con la convicción de que habrá segunda parte. ¿O no, Esther? ¿Me equivoco al pensar que volveremos a tener noticias de Tifani Figueroa?

»Coincido con Fernando Royuela cuando en el prólogo que abre el libro dice que la atmósfera creada por Esther García Llovet es un elemento fundamental. Las escenas descritas por la autora me han traído a la cabeza el mundo que Guillermo Arriaga suele representar en sus guiones, o la deriva de muchos personajes creados por Barry Gifford. Y lo digo sin intención de emparentar la escritura de García Llovet con la de éstos, pero es que la sensación que en su día me produjeron Arriaga o Gifford se asemeja mucho a la que hoy me ha producido Submáquina: un efecto de electrificación causado por el nervio de las historias, una energía que se acumula mientras se lee y de repente ¡¡CHASQ!!: una chispa electrostática. No sé si me explico. Como ese chasquido que sacude nuestro cuerpo al descender de un coche y tocar su carrocería después de un atractivo paseo. ¿Podría darse el caso, pues, de lectores que estando sus cuerpos cargados de electricidad estática esa repentina descarga acabara por incendiar el libro entre sus manos? Y tanto que podría. Cosas más raras se han visto. En previsión del riesgo advertido creo aconsejable sostener el libro usando unos guantes ignífugos y lo más importante, no olvidar una cadenita que colgando de la cubierta satinada favorezca el paso de la electricidad a tierra. Una vez cumplidos estos requisitos, déjense llevar, relájense, el viaje no es largo pero sí intenso; háganme caso, si quieren saber dónde ha ido a parar Tifani Figueroa tendrán que conducir hasta la frontera.»

Pepe Cervera, El tacto de un billete falso, 9 de marzo de 2009
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Submáquina de Esther García Llovet

«Cuando Esther García Llovet leyó La lección de anatomía, mi última novela, me dijo que su personaje favorito era mi tía Marisol. Pensé en mi tía Marisol, una excéntrica mujer de cabellera roja y costuras detrás de las orejas, que hacía burla a su marido, de cuerpo presente, tras uno de esos obscenos escaparates del tanatorio, y me preocupé por Esther. Ahora doy cuenta de que mi tía Marisol habría podido ser perfectamente uno de los personajes de Submáquina, un libro armado como una pistola y dispuesto a disparar.
»Esther García Llovet, quizá como mi tía Marisol, es una perra verde. Un bicho raro en el contexto actual de la literatura española: el mundo de sus escritos es también el de una perra verde. El de una exquisita rara avis. Con los mimbres de la literatura de género, García Llovet escribe algo que no es literatura de género; adelgaza el “negro” dejándolo en la musculatura de sus tipos y de sus ambientes; de la trama quedan los fogonazos, las casualidades, la vulgaridad de los secretos, la convicción de casi todo está roto en el lenguaje, en las artes, en la realidad, en los géneros que elegimos para representar la una a través de las otras.
»En Submáquina se presenta un lugar cosmopolita, mestizo, peligroso, mutante, que, pese a su condición simbiótica, está marcado por las contradicciones no resueltas; un lugar donde se escucha algo así como a “Ray Charles cantando en tailandés”, las mujeres se llaman Tiffany Figueroa y se ve a gente vestida con “un plumífero plateado con las costuras saltadas y quemaduras de cigarrillos y olía a Chanel”; la imagen de esa prenda resume el universo de Submáquina y posiblemente el de su autora, esta perra verde: un universo donde aparentemente se concilia el glamour y lo cutre, pero sólo aparentemente; una olla a presión a punto de estallar quizá cerca de Tijuana o de Miami o en el imposible solapamiento de los dos territorios que, gracias a las ficciones, han terminado convirtiéndose en espacios míticos...
»El desconcierto, la extrañeza, definen la atmósfera de esta construcción literaria con cierto aire a lo David Lynch que reconozco a menudo en los textos de su autora: niños que se comportan como personas adultas, ancianos aniñados, actitudes, gestos enanoides, una parada de los monstruos de la que todos formamos parte: no hay más que escarbar un poco dentro del corazón o del intestino grueso, por debajo de las cicatrices de cirugía que nos surcan la conciencia más que la piel. Los rostros de estos seres de ficción son como las máscaras de ciertos actores que a veces repelen y a veces nos imantan a sus gestos por sus fisonomías alienígenas: Willem Dafoe, Christopher Walken y su cutis plastificado. Dafoe, Walken, Lynch, David Cronenberg, el Win Wenders de Paris Texas que deja su impronta en el atrezzo de estos fragmentos encadenados, pistas que la autora desparrama como miguitas de pan: cabezas de Barbies, parejas de novios sobre la tarta nupcial, fetiches feos, tacones raspados, minifaldas que pueden llegar a marcar tendencia. El lector superpone los rastros para sumergirse en una sucesión de imágenes de cine que, sin embargo, no son cine, sino literatura pura y dura: las comparaciones chandlerianas, las visualidad y sensorialidad del texto —que a ratos tiene incluso banda sonora: siempre hay alguna música o algún ruido de fondo, distorsionante, distractor, como esas polillas que suenan contra los neones— se consiguen con una prosa exactísima, como el güisqui decantado, quintaesenciado en el alambique, una prosa tan depurada y eficaz como los resortes en los que se incardinan los seis fragmentos que componen Submáquina.
»Al final, la excentricidad como actitud es una manera de expresar el límite: una forma de mirar a la realidad por debajo de la falda para que salga a la luz el desarraigo, la hipocresía, el sentimiento elegíaco. Puede parecer que la autora de Submáquina sobrevuela lo real y se escabulle con lenguajes aprendidos: como si le pusiera a la vida o la cámara con la que se retrata la vida una media por encima de la cabeza, un difumino espurio, un filtro. Pero es mentira porque esta autora cuestiona cada código, cada imagen, cada palabra y, con su literatura, se rebela como la Repa, Sabina Vargas, que, a lo Mae West, sentencia: “Lo que hago está mal. Pero lo que no hago es aún peor.” A lo mejor ella no lo sabe, pero Esther García Llovet es como el hombre enmascarado, como su Tiffany, como Errol Flynn haciendo de héroe... Esther, por su rareza, por su espíritu de subversión, por su lateralidad en el campo de la literatura actual, es básicamente una romántica: una estupenda y maldita escritora romántica que, con la mala acción de su escritura, funda, refleja, distorsiona, mezcla mundos que están en éste porque sabe que es de cobardes pretender escapar de él.»

Marta Sanz, La tormenta en un vaso, 5 de marzo de 2009
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Un peligroso viaje entre fronteras y fantasmas

«Si fuera cierto que en España se está viviendo un auge (o un despertar editorial) de la narrativa breve, el nombre de Salto de Página habría que empezar a tenerlo en cuenta tras la publicación del último libro de García Llovet.
En síntesis
Enumerar los seis títulos compilados en este libro es la mejor manera de resumirlo, despertando los prejuicios más acertados del lector: “Cargador”, “Resorte”, “Seguro”, Recámara”, “Gatillo” y “Cañón”. Si a los títulos se les suman algunos encargos a ex-policías, taxistas que follan con menores mentirosas, póker, viajes, divorcios y, sobre todo, el retrato esquivo y desencajado de Tiffani Figueroa, ya tenemos el meollo de este estupendo libro.
La cita
“Ver la frontera es como ver la última noche sobre la Tierra. Cambias.”
La autora
El de Esther García Llovet (Málaga, 1963) es uno de esos casos típicos que no tiene prisa por entregar sus libros, una autora que deja pasar entre el primero y el segundo cinco fructíferos años. Es así como surge una buena entrega de cuentos deslumbrantes, con temáticas muy particulares. De hecho, su anterior libro, Coda (Lengua de Trapo, 2003), tuvo el discreto reconocimiento de ser finalista del premio Casa de América pero la enorme recompensa de haber generado un buen puñado de lectores fieles, que ahora volverán a encontrarse con ella.
Secretos a punto de estallar
El adjetivo “fronterizo” es perfecto para este nuevo libro de García Llovet, o al menos no desentonaría en absoluto, y no sólo porque cierta frontera física sirva de ambientación a alguno de sus relatos. Fronteriza es también la concepción que su autora parece tener de un libro de cuentos, y fronteriza además —saltando constantemente a un lado y otro del límite— la capacidad para aunar elementos temáticos muy diversos y propuestas poco frecuentes en su emparejamiento.
Los ojos del lector, desde luego, no van a poder detenerse sólo en unas tramas que apuntan trepidantes, cargadas de acción, y un punto pulp. Porque cuando esté a punto de hacerlo, los huecos, las insinuaciones perfectas y las elipsis calculadas van a hacer su aparición y desvelar lo que se sospecha desde las primeras páginas: que éste va a ser un libro cargado de secretos a punto de estallar. Sólo se puede zanjar la cuestión afirmando que ni este libro ni su propuesta va a poder encasillarse, gracias a la capacidad de la autora para ir deslizando la mirada de un sitio a otro, centrándola ahora en una Smith & Wesson, ahora en un recuerdo adolescente, primero en el ánimo de vengaza para después hacerlo en la contemplación impasible de cierto tipo de fracaso vital, sólo se puede zanjar la cuestión afirmando que ni este libro ni su propuesta va a poder encasillarse, definirse de una única manera.
Leer Submáquina es como uno imagina que puediera ser tener a John Cheever y Quentin Tarantino juntos en una misma fiesta. (Bolaño también estaba, creo.) Un enorme libro de cuentos: sin complejos, sin límites preestablecidos.»

Paul Viejo, Público, 28 de febrero de 2009
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Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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