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reseñas y críticas Zeta
Zeta, Manuel Vilas

«En una entrevista de 2009 en el programa Pagina 2 de Televisión Española, con motivo de la publicación de su novela Aire nuestro, Manuel Vilas (Barbastro, 1962) decía que tenía la impresión de que en España había dos clases de novelistas: los que todavía se baten en la Guerra Civil y los que lo hacen en la Guerra de las Galaxias. Era la respuesta a la pregunta que más pronto que tarde le plantean en referencia a su relación con al grupo Nocilla, ése al que en su momento se reprochó que se hubiera emancipado de la literatura hegemónica para ofrecer una narrativa que incorporaba ciertos elementos que la tradición española ha considerado literaria y argumentalmente irrelevantes o poco trascendentes, como la cultura pop, las nuevas tecnologías, la televisión, Internet, etcétera. Sea cierta o no la adscripción de Manuel Vilas a ese grupo —sea cierta o no, de hecho, la propia existencia del grupo—, no se puede negar que los relatos incluidos en Zeta, obra publicada en 2002 por la desaparecida editorial DVD Ediciones que ahora rescata Salto de Página, constituyen una prueba de que en Manuel Vilas había desde el principio (tal y como, por otro lado, afirma el propio Vilas en el prólogo, una pieza deliciosa, cargada de humor e ironía que bien podría haberse incluido entre los relatos que prologa) una voluntad de emanciparse de la literatura que se ofrecía en ese entonces, y proponer unas narraciones que, particularmente en Zeta, a menudo no son tanto narraciones como monólogos interiores o yuxtaposición de reflexiones y sordos lamentos expresados en primera persona por una serie de personajes que, en rigor, podría ser perfectamente el mismo en todos los relatos, lo que a mi juicio proporciona al libro más apariencia de novela que de conjunto de cuentos, o, por lo menos, mucho más que España, una de las obras más conocidas de Manuel Vilas, de la que el autor, dicho sea de paso, sostiene que es una novela por más semejanzas que guarde con un libro de relatos al uso, con todas las salvedades que quepa observar el empleo de la expresión «al uso» aplicada al autor de Barbastro.

»Zeta es la Zaragoza de Manuel Vilas, y Zeta es una de las protagonistas del libro, una presencia permanente, el escenario desolador por el que deambulan personajes sin expectativas, aquejados de una tristeza inmensa que sería insoportable sin la prosa irónica y maravillosa de Vilas. Tipos solitarios que mal que bien se han resignado a su suerte, y presencian impasibles cómo se desmoronan sus vidas y cómo aceptan malvivir entre los escombros. Víctimas, en suma, de ese capitalismo en torno al cual parece girar toda la narrativa del autor aragonés; el capitalismo no sólo como culpable de los problemas de la sociedad occidental sino, asimismo, como origen de la frustración más o menos resignada de no hallar alternativa que lo reemplace.

»Así, los personajes que aparecen en Zeta podrían ser cualquiera de las personas que se han visto afectadas por la crisis actual desde que se desatara en 2008, luego leída hoy, doce años después de que se publicara por primera vez, Zeta no sólo no ha perdido actualidad, sino que está de absoluta vigencia, como si su reedición respondiera a la estrategia de un avezado editor que ha sabido rastrear e identificar los puntos en común que guarda la ficción de Vilas con la realidad que acontece en 2014. Basta leer los relatos para identificar el contexto social en el que se desarrollan con cualquiera de las ciudades españolas devastadas —moral, anímicamente— por la crisis, por las calles de las cuales se puede uno cruzar a diario con los personajes de Zeta, esos nuevos ricos que renunciaron a la condición de viejos pobres en busca de la ilusión de prosperidad que procura la adquisición a plazos de un patrimonio efímero, intangible, ilusorio.

»Pero que el lector no se lleve a engaño, aunque lo sean no estamos hablando de relatos explícitamente pesimista, Manuel Vilas es un escritor en el que el humor es fundamental, y a pesar del fondo de amargura y de debacle moral (especialmente en esta primera obra, no así en las siguientes), maneja un registro personalísimo y muy reconocible que consiste en escribir aplicando a cada frase una suerte de teoría del iceberg de Ernest Hemingway sui géneris cuya parte visible lo constituiría el humor, la ironía, la mordacidad e incluso un cierto desenfado y irreverencia, mientras bajo la superficie se esconden todas esas tragedias personales.

»Como cualquier otra obra, Zeta admite varias lecturas y yo me aventuro a proponer otra: el escritor en ciernes confinado en una ciudad sofocante que carece de alicientes para continuar escribiendo, y sin embargo lo hace y acaba alcanzando reconocimiento, y se toma justa revancha escribiendo un cuento con un narrador arrogante y pagado de sí mismo que acaba siendo ese prólogo de Zeta, tan heterodoxo y sobresaliente como el propio libro.»

Arcadio GarcĂ­a, La tormenta en un vaso, 17 de octubre de 2014
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Blandengue y vampírica España

«(...) En cuanto a Zeta, de Manuel Vilas, decir que me ha gustado sería quedarme corta. Zeta me parece un excelente libro de relatos, tan peculiares, desvergonzados y siniestros que, parafraseando al autor en su impagable prólogo, sería un poco triste (él dice “terrible”) morir sin haberlo leído. El caso es que a punto hemos estado, porque Zeta era inencontrable desde su primera edición hace ya unos 15 años en la extinta editorial DVD, y es ahora gracias a Salto de Página (recientemente bautizada como “Santo de Página” en una curiosa errata de David Pérez Vega) que vamos a salvarnos, no del infierno, sino de no leerlo. En mi caso, es lo primero que leo de Vilas, aunque según él mismo eso da igual, porque es un libro completamente distinto a su obra posterior, “no un anticipo o un embrión”. Yo no sé si esto es del todo cierto, pero me quedo con hambre de más, pues descubro a un autor con un ingenio indiscutible y un sentido del humor amargo, desesperanzado y, a la vez, tremendamente vitalista.

»Los relatos de Zeta están ambientados en Zaragoza, explica él, pero hay que creérselo porque él lo dice. Yo creo que da igual, podrían pertenecer a cualquier ciudad de España. Vilas huye del costumbrismo y sus modernas revisiones (“costumbrismo pop”, lo llama) y nos muestra una Zaragoza en la que aparecen Franz Kafka, Lou Reed o Sid Vicious, entre otros, en la que hay vampiros -o más bien personajes que viven como vampiros-, bares desolados, solitarios que hablan con sus neveras en sus pequeños y cochambrosos pisos y toman valium a mansalva. Son pequeños monólogos atormentados que no conducen a ninguna parte, la misma voz cínica e infantil a un tiempo que nos recuerda —y mucho— a la de los cuentos de Beckett. Es adictivo, además. No cansa. Esa voz se nos hace familiar desde el primer momento, y no queremos dejarla, pedimos más. En la mayoría de los libros de relatos uno siente la necesidad de tomar respiro entre uno y otro. No en Zeta. Yo leí todos los relatos de corrido, completamente enganchada, luego releí muchos de ellos, desordenadamente, y esto tiene su sentido: el conjunto transmite la respiración agonizante y entrecortada del fracasado, un discurso coherente que parece haber sido escrito en estado de gracia.

»Los personajes de Zeta —o el personaje único, si se me permite— es, en efecto, un fracasado, y por eso quizá, como decía el autor en la estupenda entrevista que le hizo recientemente Francisco Camero, presagia la crisis española y sus efectos: “Estaba obsesionado con las ciudades, con la explotación, con la abundancia material de los ciudades (…) Es un libro sobre la soledad y el fracaso”. Lo es. Pero también —y evidentemente esto no supone contradicción alguna— es un libro que nos hace reír, y mucho. En la reciente presentación en Sevilla, el propio Vilas leyó algunas de las piezas, y al volver a ellas después de tanto tiempo, él mismo tenía que pararse y reír, sorprendiéndose como si las narraciones, definitivamente, se hubiesen independizado de su autor. Y eso que era amargo lo que leía: padres en asilos, parados extenuados e insomnes, gente que no encaja ni en su número de zapato. Pero a pesar de eso, él reía y todos reíamos. Justo esa es la magia de Zeta, la mezcla de luminosidad y negrura. Es un brillante libro de relatos que “vale la pasta que vas a pagar por él”: lo dice el mismo Vilas, y no, no bromea.»

Sara Mesa, Estado CrĂ­tico, 12 de septiembre de 2014
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Zeta, Manuel Vilas

«Todos estos relatos son buenos pero tienen un trasiego de tristeza importante. Llevan medio de sonrisa y un cuarto de estupor , aunque sean más tristes que comerse un kebab en agosto a las seis de la tarde, o unos macarrones de fonda chunga. Tela, Vilas, tela.  Se llama ironía. Reír llorando.  Aunque eso me lo dijo Jacinto Benavente en una tasca del Google. No voy a negar que hay mucha oscuridad y amargura pero de igual manera es esa hostia que se descojona la que se regodea en sus propias miserias y nos da el borde saliente de la vida detrás del costumbrismo.

»Y tiene ese hostiazo las vueltas que da el universo en el carrusel del hámster. Todas. Incluido el conformismo con la propia mierda que a uno le ha labrado la vida.
Zaragoza. Zeta. Que puede ser Valladolid o León.

Zeta, así la llamaré, es una ciudad de domingos cristianos, aburridos, malignos, barrios preñados de fantasmas con una mala fe católica, familias enteras que van de visita – domingo por la tarde – al Empire State Building, o sea, al Hospital Clínico Universitario.

¿ Quién puede soportar un domingo por la tarde  de 1979 cuando se tienen sólo diecisiete años y se vive en un pueblo con casas y sin aceras ? En una aldea donde hasta el Espíritu Santo la acaba de palmar.

»La droga y los pueblos. Más aburrimiento que Ricky Martin en la pensión Playboy.

Estoy viendo ángeles en el techo, estos cabrones se me quieren mear encima.

Yo estoy viendo monos montados en motocicletas Derby Variant y en Puch amarillas.

»El currante emigrante.

El trabajo es un cuento chino y un cuento triste. Siempre que he tenido que trabajar me ha temblado el alma. En París trabajé de camarero en una cafetería del centro. Yo era un hombre que viajaba con una bandeja en la mano llena de café y cruasanes. Cuando acababa mi turno, salía a la calle y me echaba a llorar.

»Memoria y sarcasmo. Desafíos al lector.

Recuerdo el sermón con que fui enterrado. Recuerdo la enfermedad que me mandó al otro barrio, una enfermedad sucia y deshonesta.

»Las correlaciones del carrusel del hámster.

El dinero es la vida. En eso se ha resuelto la democracia española: el dinero es la vida. Si no tienes dinero, pégate un tiro. Si tienes poco dinero, haz el favor de callarte.

Naturalmente, está usted en su derecho … de mirarnos como a perros sarnosos recién muertos, como a ” archipobres ” y ” protomiserias “, para decirlo con castellano del Siglo de Oro, y dejarnos a la intemperie, sin ataúd, sin lápida, sin cruz, sin misa, sin dios, sin alma, sin herederos, sin dignidad y sin vergüenza.

»Te ríes pero te jodes. Y si a ustedes les gustan mucho las formas literarias como trasfondo de la temática del sarcasmo y la angustia , yo les tengo que decir que estos relatos son la releche y están más currados que la jeta de José Luis Moreno en Noche de Fiesta, aún a costa de emanar una belleza que nace de la tragedia, como si fuera un claroscuro de Caravaggio con sombras del paro, la droga, la muerte, la nostalgia y el dolor.

»A ver, también tiene sus pasadas de raya. Puede ser molesto para determinado lector poco experimental el perseverante combate con el absurdo de Manuel Vilas. Vale, mola. Y vale, depende. Hay un Ford Fiesta que habla , y en un momento dado uno puedo valorar que la capacidad de sorpresa, el estupor quede denegado. Con esto , quiero decir que todo puede pasar en Zeta. Y todo, es todo: lo irracional en su integridad. Si tiene usted la continua capacidad de fliparse, esta novela es suya.

Qué bello es vivir. Qué bello es vivir recluido en un piso de dieciocho metros cuadrados con derecho a nevera. Un día de estos me sacó a mis padres del asilo, del asilo al padre, del cementerio a la madre, y me los traigo a vivir conmigo.

»Vaya tela, pero que contundencia. Y qué puta es la vida. Pero te ríes.»

Javier Divisa, Tarántula Revista cultural, 5 de septiembre de 2014
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Zeta, de Manuel Vilas

«Cuando leemos un libro hay algunos aspectos, más allá de la técnica y el argumento, que suelen centrar la  atención  del lector y que fundamentan su criterio artístico, literario. Uno de ellos es la voz del autor, que a la postre se manifiesta en el tono, en su peculiar timbre literario. Un timbre que suele ser más o menos característico, dependiendo de la fuerza que este (el autor) posea. Si leemos a un mal escritor no sabemos si es literatura o la esquela de un periódico. Sin embargo, si leemos a Borges sabemos en todo momento que es Borges por esa autoridad que baña su textos; o cuando leemos, digamos, a Vila-Matas atisbamos esa ironía, esa risa desde el ‘más allá’ que se despliega a cada párrafo y que lo caracteriza y define.

»Algo similar nos ocurre al leer a Manuel Vilas (Barbastro, 1962), quien imprime su personal tono de voz a sus textos, y en todo momento tenemos la certeza de que está ahí, de que escribe/ríe/disfruta al mismo tiempo que lo leemos;  que su ironía y su humor –negro, pero un negro posmoderno, o sea, inclasificable y socarrón- nos persiguen y nos iluminan y nos trasmuta en lectores-paseantes de un universo literario personal, que igualmente podemos encontrar en España (2008), por ejemplo.

»En estos cuentos que conforman Zeta -algunos rozan el microrrelato por su extensión- Manuel Vilas despliega su acertado lirismo-sarcástico y se sitúa por encima de todas las cosas. Porque, si bien es cierto que el narrador es decadente, gris y triste, el escritor que se esconde tras él se asoma con vehemencia,  nos da una bofetada y nos muestra otra arista de la realidad. ¿Qué realidad? No estoy seguro, porque la buena literatura tampoco te da todas las respuestas sino que se ‘conforma’ con recrear la suya propia, desde su propia perspectiva, socavando estrecheces para abrirse paso hacia… no estoy muy seguro tampoco… hacia otro lugar desconocido.  ¿Zaragoza? Zeta, la ciudad-libro que aquí comentamos, es la propuesta de una realidad paralela, distorsionada y poblada de sombras grotescas, valleinclanescas.

»Pero, lejos de perdernos en los laberintos de Zeta, Vilas nos muestra un camino coherente. Ese camino pasa por Lou Reed y hace un alto en algún descampado de una Zeta (Zaragoza), destartalada, nostálgica y extraña, muy extraña, casi surrealista, bañada por un verismo tan desconcertante que nos hace dudar y frotarnos los ojos, reír y apiadarnos de su principal protagonista-habitante. Y mientras leemos estas historias, nos preguntamos: ¿estoy ante una fantasía sensata o ante la crónica de un loco? El abanico de opciones se abre y la literatura vilasiana nos desliza a ese interregno de lo absurdo, de lo recordado, de lo irreal e hiperbólico. ¿Hiperbólico?  Sí, mucho.

»Casi todas las historias que se suceden en Zeta vienen rubricadas por una primera persona, lo que hace que el libro cobre cierta unidad y coherencia compositivas, a pesar de su disparidad de argumentos y variadas narraciones. Además suelen tener lugar en Zeta, la Zaragoza que ha reinventado el narrador, o quizá Vilas, esa  urbe ‘extraordinariamente perversa y rara’. En la que en un piso diminuto, malvive con su ‘cabra’  como un raro vampiro que desafía la eternidad, que lee a Parménides y que oye y venera a su dios particular: Lou Reed. En la puerta tiene su Ford Fiesta aparcado, con las ruedas manchadas con todo el polvo de los descampados de la ciudad.

»También es posible verlo departir con Kafka, un amigo de la infancia. O discutir con Sid Vicious, porque a pesar de que nos creamos eso de que  ‘no hay futuro’ este narrador es inmortal y sobrevivirá a sí mismo y a sus propios libros.

»Sobra decir que para escribir sobre la extraña y difícil vida en Zeta y ser un vampiro adicto a las drogas de la vida se precisa un estilo directo, heredero del realismo duro. Cargado de ironía y muchas ganas de confundir la experiencia con la literatura, y además, salir indemne.

»Libro de narraciones cortas divertido, original y que deambula por los márgenes de lo políticamente incorrecto sin dejar de apostar por la fantasía hilarante y el sarcasmo, la autoparodia y lo atemporal. Está escrito con una dicción perfecta, que roza momentos de inclasificable lirismo. Es posible que algunas piezas no lleguen a captar nuestra atención y se queden en meras anécdotas, pero en general el conjunto es bastante notable.

»Yo creo que hay que leerlo, no se sentirá el lector defraudado pero sí sorprendido y con ganas de seguir leyendo al Gran Vilas.»

Pedro Pujante, Acantilados de papel, 25 de julio de 2014
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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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