catálogo
imagen cabecera catálogo A timba abierta
título críticas

I
 

La corbata baila al tibio viento otoñal, mira el hombre hacia abajo y los destellos de la tarde se concretan en el breve y bullicioso recorrido de la calle Doctor Cortezo. Pasan las gentes y todos parecen ir a algún lado con la determinación que ahora al hombre le falta, haciendo equilibrios absurdos en la cornisa mugrienta, como si al fin no se tratase simplemente de caer, o mejor, de precipitarse, como dirán en las noticias de mañana: detective se precipita desde lo alto del edificio donde tenía su despacho.

El hombre se tumba sobre la cornisa, no por querer pensárselo mejor, antes bien, es precisamente la reflexión lo que le hizo subir a la azotea, y el hombre ama la lógica y no la va a traicionar ahora por un arrebato; pero no quiere saltar, prefiere tumbar su cuerpo apalizado por cincuenta años de existencia y hacerlo rodar suavemente: un enérgico salto al vacío le parece demasiado alegre y vitalista para su estado de ánimo y para sus circunstancias. Al ruido atenuado del tráfago callejero se impone el crepitar en su bolsillo del paquete de ducados, y la mano acude al reclamo con fidelidad y agradecimiento. ¿Un último deseo?, sonríe con una mueca el hombre, con las gafas bailándole sobre el rictus que atrapa el cigarrillo, boca abajo yaciendo sobre su panza: y allá en la acera las rayas del pelo en los cráneos de la gente que pasa le devuelven fugazmente la sonrisa y la mueca.

El hombre tose, víctima de todos sus cansancios, se pasa la lengua por los labios, vuelve a asomar la cabeza al abismo, no le entra vértigo ni tampoco saborea especialmente su cigarrillo postrero, le vienen ganas de orinar y su postura le hace sentirse mal, ha decidido por fin hacer rodar su cuerpo y acabar de una vez cuando siente tras él un confuso revoltijo de chillidos graves y agudos entre los que cree distinguir alusiones a su propio nombre y profesión. El escándalo es tal que la curiosidad gana la partida a la indiferencia hacia todo lo humano: el aspirante a suicida deja de mirar al asfalto y gira su dolorido cuello para contemplar la insólita instantánea de un par de tipos inmóviles y jadeantes, el uno agarrado todavía al tirador de la puerta metálica de la azotea, bajito y con sombrero, traje oscuro con pantalones por encima del tobillo; el otro, un armario con jersey de cuello vuelto y grandes ojos bovinos que le miran sin pestañear: es su boca la que se abre suplicante para decir «no lo haga», arrastrando con tristeza y gravedad de hormigonera las vocales.

Como contestar o no le es indiferente, opta por seguir fumando a la espera de nada, mientras los dos tipos se hacen señas con cejas, ojos y movimientos de cabeza, como si jugaran al mus. Cuando terminan de ponerse de acuerdo, el más corpulento arranca de nuevo la hormigonera.

—Escuche las palabras de Jesús el Salvador, quien dijo: «He aquí que yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él, y él conmigo». Escuche la Voz y abra la puerta.

Intenta encogerse de hombros, pero sólo le sale una tos agónica. No escucha la Voz, pero un claxon suena en alguna parte de Tirso de Molina, y, como por contagio, enseguida dos o tres más se le unen. El tipo vuelve a la carga.

—Usted tiene un hermano, una hija, amigos: ellos no se merecen esto…

Un hermano cura al que desde hace veinte años sólo visita en el confesionario; una hija de diecisiete cuyo único tema de conversación es el del precio de la vivienda, y que vive con su madre; ni siquiera encuentra un referente en su vida para el concepto «amigo». Cargados de razón, los adoquines de la acera de los impares de la calle Doctor Cortezo le reclaman.

Pero antes una última calada: apurar el cigarrillo mientras los otros apuran sus argumentos.

—Es cierto que la vida es absurda y despiadada: envejecer, sufrir, desaparecer. Pero es lo único que tenemos, y a veces ocurre el milagro de la felicidad, el disfrute, la plenitud…

Desde luego podrían ser cualquier cosa, menos bofios. Pasa un minuto largo en que los tres se limitan a mirarse, hasta que el tipo del traje decide intervenir sacando de su pecho una voz chillona y destemplada para decir:

—La vida es un gran casino, y cada día una ficha que hay que jugar: le aseguro, detective Julio Cabria, que esta vez la apuesta que le espera en su despacho es doblada. No deje pasar esta mano…

 

 

Nunca nadie había visto al agente Meléndez sin chaleco o con prisa, y muy pocos dejar de sonreír, costumbre en la que había alcanzado matices no al alcance de todos los rostros: era su gestualidad afable, elegante y traicionera, y siempre en armonía con la voz modulada, con un deje suave y rasposo de vino urbano, fino y bien fermentado, pero de taninos envenenados.

Caminaba Meléndez como si siempre fuese primavera en una ciudad que dicen de nueve meses de invierno y tres de infierno, y su figura canija y canalla oscilaba de la comisaría de Leganitos al bar con la soltura de un orangután que pasa de una liana a otra liana. Erguido en sus trajes azules o morados se aplicaba a pisotear las colillas que veía encendidas en el suelo con sus zapatos color hueso, y ofrecía sin que se lo pidieran fuego de su mechero de plata.

Meléndez tenía novia, un fajo de quinielas a medio rellenar y cincuenta y cinco años, circunstancias que tuvo muy presentes cuando el lunes a primera hora fue llamado al despacho de su superior, el comisario jefe Subirats.

—Buenos días, Meléndez.

Subirats le recibió mirando por la ventana, dándole la espalda y retorciendo las manitas regordetas. Encima de la mesa había una carpeta azul y otra blanca. El día estaba nublado y Meléndez tuvo una mala corazonada.

—¿Desde cuándo nos conocemos, Meléndez?

Meléndez cruzó las piernas, sacó un cigarrillo, lo encendió y arrojó otro sobre la mesa.

—Al grano, jefe.

Subirats se dio la vuelta y le miró con sus dos ojazos azules y la misma cara de indiferencia que le valió el mote de Pasmao, el Búho y últimamente el Empanao. Agarró el cigarrillo y lo encendió mientras se desplomaba sobre la silla.

—Es la tercera vez que me incordian de arriba para que te prejubile. En opinión de Personal tu actividad no se puede calificar de frenética. Y, si quieres saber mi opinión, llevan razón. Tú lo sabes. No quiero recordártelo, pero desde hace quince años sólo cazas moscas.

Las palabras de Subirats, envueltas en una nube de humo, entraron por una oreja de Meléndez y salieron por la otra, antes de dispersarse pacíficamente: en mitad del camino tuvieron tiempo de encontrarse con sus homónimas confinadas en un amargo monólogo interior: Sí, hace quince años fue lo de la Operación Jaula y el crimen de la calle Velázquez: mis dos últimos grandes servicios. También fue el año en que enviudé, lo sabes bien, hijo de perra: bajé mis humos, perdí el olfato, y si no acabé alcoholizado o en la López Ibor fue porque yo mismo me até con las esposas a la vieja caldera, en el sótano de mi casa de Galapagar, hasta que salí del pozo. Algún día te contaré cómo pasé esos días infernales: algún día que te lo merezcas. Siempre llevo la llave de las esposas colgada con una cadenita de plata al cuello, para que nunca se me olvide la experiencia. Y ahora me vienes tú con lo de las moscas, y vas a poner mi carrera en bandeja a los de Personal, que no son más que unos niñatos progres que van de listos. Dinero de los contribuyentes. Malditos seáis todos.

El despacho se iba llenando de un humo que la luz que entraba por la ventana rebanaba en láminas perfectas. Meléndez leyó su nombre en la portada de la carpeta blanca y supuso que allí estaban todos los papeles de su prejubilación listos para ser firmados.

—Entiendo. Pues tendrán que jubilarme. Yo me entretengo con mi trabajo: no tengo nada mejor que hacer.

—Te mandarán a Colmenar de Oreja, Velilla de San Antonio o a algún otro lugar inhóspito del mapa para el resto, los restos, de tu carrera profesional. Allí no pintarías nada. Tu hábitat es el centro de Madrid. Sólo aquí puedes rendir: en el centro de Madrid…

Meléndez observó que la distraída mirada de Subirats se dirigía hacia la carpeta azul, y tuvo una nueva corazonada. Conocía a su jefe: el Pasmao tenía otro problema, y lo tenía encima de la mesa. Estiró la comisura de los labios hasta perfilar una media sonrisa lateral.

—¿Qué tiene que ver el centro de Madrid con esa carpetita azul?

La pregunta despabiló a Subirats, que le pidió silencio, como si hubiera alguien más delante. Luego apagó el recién empezado cigarrillo y encendió otro. Miró a Meléndez con los ojos entrecerrados unos segundos, y por fin se decidió a hablar, dando con la mano un revés displicente a la carpeta azul.

—Esto que tengo delante no sé lo que es. Me lo han mandado de Central esta misma mañana y su código no es prioritario, pero tampoco puedo archivarlo. Digo que no sé lo que es porque si no es prioritario ni secreto, pero lo firman la INTERPOL y el cuerpo especial de informática de la policía, tú me dirás qué es.

—Información no contrastada, jirones de chivatazos, bulos.

—Eso es. Seguramente una de tantas pistas falsas. La policía europea tiene algo, pero no sabe qué: aquí nos dan tres o cuatro piezas de un puzzle por si nosotros podemos encajar alguna otra más. Alguien tendrá que hacer un informe, aunque sólo sea para constatar que no hay nada de qué informar. El tema es que en Central están interesados en que se vigile especialmente el centro de Madrid. Y en que se detecten movimientos de italianos.

—¿Italianos?

Subirats abandonó su gesto preocupado y se reclinó en la silla. Muy despacio, sin dejar de mirar a Meléndez, guardó la carpeta blanca en un cajón de la mesa. Tuvo una ocurrencia.

—Prego.

Meléndez inspiró hondo, sonrió y se acarició la patilla derecha, que formaba una jota mayúscula perfectamente simétrica a la de la izquierda.

Segundos después salía con la carpeta azul enrollada en el bolsillo de su chaqueta y silbando entre dientes el estribillo de Volare.

 

 

Tras su remodelación, la plaza de Tirso de Molina había ganado espacio, flores, terrazos como búnkeres, farolas con aspecto de invasores orwellianos, columpios futuristas y vida vecinal; había perdido árboles, automóviles, arena, ruido, lugares donde sentarse y épica. De las antiguas trifulcas a hachazos, navajas o palos en mitad de la plaza se pasó a la patrulla policial permanente; y la tribu de los nómadas de la botella, ronca, desdentada y animosa se llevó sus orines, sus disputas estentóreas y sus imitaciones de Camarón a los portales de las calles colindantes. Los grupos de punkis adecuadamente tirados en el suelo con litros de cerveza entre las piernas y los puestos anarcos de los domingos por la mañana seguían allí, como prolongaciones naturales del Rastro, y la gente se tomaba un vermú y se llevaba bajo el brazo el suplemento dominical de la prensa burguesa y en el bolsillo un cedé de Boicot o un libro del Príncipe Kropotkin.

Aquel domingo de finales de septiembre hacía sol, y un viento libre y empecinado cabalgaba por la ciudad.

—Vale, tú dices ser un trabajador: pues dime cómo te organizas. Porque un trabajador sin organizar no es un trabajador: es un fulano, un pelele. Y lo peor, es alguien manejable. Un peón del sistema. Parece mentira que no hayamos aprendido nada.

Dos cenetistas discuten en un tenderete consagrado a Durruti. El público hojea los libros y escucha sonriente parte de los argumentos. El que habla lo hace con voz rotunda y con las mandíbulas apretadas; tiene entrecanas barbas de profeta y el flequillo abundante y encrespado de un bohemio. Lleva manga corta a pesar del viento impertinente, las gafas torcidas, el gesto desafiante. El otro viste un peto vaquero y tiene el pelo largo, recogido en una coleta lacia. Mueve mucho las manos, pero su voz no se impone al bullicio como la del otro, que va subiendo el volumen de sus reivindicaciones.

—Ya te he dicho lo que pienso. El individualismo es la ruina de la clase obrera aunque nos lo pinten de libertad. Libertad, ¿para qué? ¿Para decidir de qué color es el collar que vas a llevar puesto? ¿Qué vale más, defenderse, construir, atacar juntos, o morir solo? ¿Vas a dejar que el Estado gestione tu vida, mientras te las vas dando de anarquista?

El otro sigue gesticulando, gira sobre sí mismo, emite sonidos intentando explicarse: la gente ya no sonríe, pero aumenta el número de curiosos. La voz se hace implacable y estridente.

—¿Vas a dejar que el Estado gestione tu muerte? ¡Sí, la de todos vosotros! ¡A ver quién está sindicado de todos estos mirones! ¡Si el compañero Buenaventura volviera, qué vergüenza sentiría!

El público se da por aludido, se indigna, hace girar el dedo índice en la sien, circula finalmente, mientras el de la coleta da por finalizada su matiné dominical y comienza a recoger las monedas de lo que se ha vendido, ignorando los gritos y consignas de su compañero, que estalla por fin en una ira que se concreta en un último «¡Traidores a vuestra casta: pronto, muy pronto, veréis saltar todo en pedazos!» y en un certero patadón al tenderete, que proyecta hacia el cielo de Madrid portadas de libros que brillan al sol con el rostro poliédrico, curtido e irónico de Buenaventura Durruti.

El estrépito hace que las palomas que cuelgan de los hábitos de piedra de la estatua de Tirso se lancen a un unísono vuelo elíptico que surca elegante el aire de la plaza y finaliza exactamente en el mismo lugar en que lo iniciaron.

 

....................................................................................
 
Volver a ficha del libro
  

© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

Otras editoriales del grupo: Biblioteca Nueva