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imagen cabecera catálogo Algún demonio
título críticas

I

Lo más terrible de Dios es que no esté cuando lo busques. Sobre todo para quien quiso hallarlo en el último momento creyendo que aún había tiempo de pedir gracia y dar explicaciones. A Enrico Castells le tocó experimentarlo con treinta y nueve años y una impecable vida de ateo. Cuando se percató de que el instante había llegado lo primero que hizo fue levantar la cabeza y buscar a Dios en el cielo, que es su reino, pero allí sólo flotaba una nube en forma de botella de Ballantine's. La nube permaneció todo el tiempo que él estuvo arrodillado en la arena sucia de una playa sucia de un barrio proletario que se llamaba Alamar. Era el primer amanecer de su vida al otro lado del Atlántico, y tenía planes de esperarlo durmiendo en un chalet de dos plantas en zona high, a doscientos metros de Dos Gardenias, un club para beber mojitos, escuchar boleros y comprar discos empapados de folclor, pero Enrico Castells no estaba allí sino arrodillado en una playa desolada. Delante el horizonte y la nube de Ballantine's, detrás el taxista que se le ofreció en el aeropuerto, el tipo amable que le cargó una maleta y lo llevó hasta uno de esos carros americanos; Chevrolet o Cadillac, Buick o Dodge... quién sabe. El de todas las fotos.

«Me voy porque necesito bucear un poco dentro de mí», le había confesado Enrico a su amigo Pep Videla en la fiesta de despedida, antes de dejarle las llaves de su apartamento en el Paseo de Gracia. Y se fue por un año, que es lo mínimo que puede tomarse un hombre que se respete a sí mismo y quiera opinar sobre la realidad de otros mientras reconstruye la suya, plagada de mujeres , maricones y pasarelas. Harto de cazar exclusivas, Enrico Castells se fue con su nikon a La Habana, y fue feliz las nueve horas que duró el vuelo junto a otro catalán que iba al bautizo de su primer nieto negro cargado de regalos y jamones al vacío.

Fue feliz el señor Castells cuando aterrizó en la ciudad y subió al viejo carro americano que lo desplazó por calles oscuras desinfectadas de neón. Fue feliz mientras escuchaba en la radio un tema de esos lindos y simples, a base de guitarra y maracas, acompañado de una voz vieja que hablaba del amor montuno, menos sofisticado que el de su Barcelona chic. Acá la vida era una fiesta con mulatas en el malecón dejando el alma en el repiqueteo de la timba. Eso pensó Castells, y eso lo hizo feliz hasta que su amigo el taxista, que ya le había contado dos chistes sobre la visita del Papa a la ciudad , detuvo el carro al borde de una playa y sin decirle nada le pegó un puñetazo en la nariz que lo puso a sangrar. Y no fue todo, lo encañonó con un revólver maltrecho y le ordenó que caminara hasta la orilla. Castells intentó pedirle explicaciones pero el otro no abrió la boca, ni siquiera cuando recibió la billetera con mil seiscientos catorce euros. Nada. Enrico tuvo que caminar hasta la playa. Allí sintió el cañón del revolver en su nuca obligándolo a arrodillarse. Allí empezó a llorar y miró al cielo buscando a Dios, pero no había nadie, sólo aquella nube solitaria en forma de botella de Ballantine's.

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.