catálogo
imagen cabecera catálogo Aliento a muerte
título críticas

Capítulo I

 

1. LA VENGANZA, 1868
HUGO BRUNO CLÉMENT
Óleo sobre tela (130x165,5 cm)
Colección Musée Gaston-Rapin, Mairie de Villeneuve-sur-Lot, suroeste de Francia (Lot et Garonne)

Esta obra fue exhibida en el Salón de los Rechazados de París. Napoleón III creó en 1863 este salón para albergar las casi tres mil obras rechazadas del Salón Oficial de la Academia de Bellas Artes. La pintura causó escándalo y fue catalogada de «obscena». Su autor, Hugo Bruno Clément, un oscuro discípulo de Manet, creó un paisaje difumado con características mexicanas, en el que contrastaba la piel blanca del desnudo femenino que porta la daga ensangrentada con el uniforme oscuro del militar francés muerto a sus pies. Este contraste entre los personajes se remarca en primer término, y la naturaleza muerta, protagonista por sí misma, aparece en segundo plano. La obra causó revuelo porque se trataba de una alegoría del triunfo de Juárez sobre los invasores franceses en el frustrado intento de imponer un imperio en México. Al mismo Manet le pareció una pintura chocante, y se opuso a que fuera exhibida junto a su obra La ejecución de Maximiliano (1868). Matisse diría más tarde: «Clément fue el único que atrapó el sentido de su maestro, obrando por reflejos y simplificando el oficio de pintor. No expresando sino lo que impresionaba inmediatamente a sus sentidos...»


HUGO BRUNO CLÉMENT (1843-1878)

Nació en Bélgica, trabajó como marino desde temprana edad, y más tarde, como ayudante en el taller de Édouard Manet, quien para muchos fue el primer pintor genuinamente moderno, al liberar el arte de sus miméticas tareas. Para otros, fue el último gran pintor de los viejos maestros, demasiado enraizado en una multitud de referencias histórico-artísticas. A Clément, su alumno efímero, se le consideró un pintor poco dotado, de técnica deficiente, incapaz de conseguir coherencia espacial o compositiva. Pero para algunos críticos fueron precisamente estos «defectos» los que lo vuelven maravilloso. Sus pinturas, metáforas de su pensamiento anárquico, están influenciadas por la lectura de Karl Marx y Mikhail Bakunin (Trolo). Fue ayudante de otros pintores hasta su muerte, ocurrida durante un duelo con un noble polaco.

* * *

5 de septiembre de 1868


La tarde marcaba el final, no sólo de ese día, sino del derramamiento de sangre que hubo por más de cuatro años en el país. El sol, esa enorme y lejana esfera color naranja, se hundía entre las montañas de la sierra. Sus rayos escapaban cual brazos aferrándose desesperados a cualquier nube antes de ahogarse en el horizonte. A esa hora, la piedra desnuda de los cerros comenzaba a pintarse de carmesí, como si se cubriera con la sangre del sacrificio, el último sacrificio de la guerra.
Para esta tierra no existía el prometido nuevo comienzo, como lo había anunciado en sus discursos el presidente Juárez. Para ella, como para muchas otras, eso era un sueño, tan ridículo como la idea de que México era una nación unida. Esta tierra se aferraba al dolor del pueblo, a la herida que perduraba entre sus moradores, triunfadores y vencidos. Aún después de fusilado el usurpador, expulsados los invasores y encarcelados los traidores, la tierra no daba frutos, ni siquiera una flor. Sólo ofrecía pequeños retoños sin color, como fetos enterrados en la tierra.
Ramiro pateó el pequeño brote de la planta, y lo arrancó de raíz. Algunas urracas chillaron a su alrededor. Esas fúnebres aves se daban banquetes comiendo los brotes tiernos. Eran las únicas que lo disfrutaban. Ramiro maldijo en silencio, con odio aderezado por la frustración. Lo último que había imaginado era que la hacienda El Huizache se pusiera en su contra. Le pertenecía, debía mostrar su orgullo, su casta y su triunfo. Pero como un potro desobediente, se aferraba a llorar por el pasado, donde había un emperador, donde los soldados extranjeros eran la ley, y donde él era tan sólo un vendedor de semillas que, aun con su espíritu liberal, se había negado a unirse a la guerrilla por miedo a perder su dinero.
Mientras se hundía en sus pensamientos sobre su desgracia, distinguió al final de los estériles campos dos figuras. Algunas urracas levantaron el vuelo asustadas por la intromisión de los desconocidos. Las siluetas se abrían paso lentamente entre los sembradíos, pisando las deshidratadas plantas que agradecían la muerte. La primera figura era la de un jinete en su caballo negro, que en otro tiempo fue hermoso. Se le veía hambriento y cansado, pero aún dejaba ver algo de su antigua presencia. Les seguía una segunda figura, un pequeño burro blanco como leche cortada. Un error de la naturaleza, albino. El asno llevaba una abultada carga: palas, picos y otras herramientas. El cansancio y la falta de agua empezaban a hacer mella en él. El jinete que montaba al azabache traía el pelo largo y sucio, con barba descuidada, tan enmarañada que podía servir de nido a una golondrina. Su sombrero arriero, de ala ancha, fue alguna vez del color del burro. Un desgastado sarape envolvía el resto del cuerpo.
Ramiro ajustó al cinturón el revólver Le Mat que le había robado a un zuavo francés. No podía confiarse, aun en los campos secos abundan los ladrones.
—¿Quién viaja? —gruñó al viajero. El caballo negro se detuvo a unos pasos de Ramiro. El jinete permaneció sin moverse, como escultura de bronce.
—Un gorrioncillo me contó que hay un pozo de agua al final del cerro. Mis cabalgaduras arrastran la lengua por la sed, no porque les desagrades —murmuró una voz ronca, de serrucho talando un tronco, apenas perceptible. Sólo Ramiro y las plantas moribundas la oyeron.
—Ese pozo tiene dueño. Yo recomendaría que no tomaras su agua sin su permiso —dijo Ramiro, en un tono retador. Su voz espantó a algunas urracas.
—Una caritativa recomendación. Quizás usted podría ir corriendo a pedirle al dueño el permiso para que mis monturas beban. Si te ves guapo, te regalo una moneda —contestó con el mismo tono de serrucho. El tronco estaba a punto de cortarse.
Ramiro rechinó los dientes. No estaba de buen humor. Un insolente sólo echaba ramas secas al fuego. Éste había colocado un buen tronco.
—¡Yo soy el dueño, malnacido! —escupió con odio. Dio dos pasos al frente y señaló al horizonte—. ¿Quiere otra recomendación, fantoche? ¡Regrese por donde vino! ¡Mi mano está nerviosa de regalarle unos tiros!
El jinete se movió por primera vez. Fue un movimiento rápido. Tan sólo un pestañeo. En ese lapso, se despojó de golpe de su sarape mostrando un viejo y raído uniforme imperial de capitán. Una faja de tela blanca aprisionaba un par de pistolas. Ramiro reparó en ellas. Los dos se quedaron inmóviles. La cara del forastero comenzó poco a poco a mostrar una sonrisa. Fue un gesto que le costó trabajo lograr. Lo hizo como si le doliera. No era algo que hiciera a menudo.
—Que yo recuerde, el dueño de El Huizache era un hombre llamado Blanquet. Un viejo de alma noble, familia respetuosa, temeroso de Dios. Eso es lo que mi memoria me ofrece. Pero no se preocupe, a lo mejor le sucedió lo que a mí: la guerra nos ha hecho olvidar cosas, por eso lo perdono —recitó el hombre sin poner ningún énfasis en sus palabras. Un escribano público pondría más sentimiento en una carta.
Para Ramiro fue un chiste oír ese nombre. Un chiste malo.
—Veo que a usted sí le ha causado estragos esta guerra. El viejo Blanquet murió hace años. Y, que yo sepa, fue un traidor a la patria —respondió nervioso. Sus dedos gordos como orugas jugaban con el revólver en su cintura.
—No sea irreverente con los muertos, ahórrese esas palabras, que de traidores ya tuvimos en exceso —exclamó el viajero. De nuevo brindó otra sonrisa. Sus músculos rechinaron para lograrla—. Pero lo vuelvo a perdonar. Yo sé que usted nunca mentiría, culpando al viejo al que le compraba las semillas para su tierra. Estoy realmente convencido de que comprar testigos no es su estilo, y que no deseaba matarlo en esa pocilga de cárcel. No, yo sé que usted no podría, sólo un cabrón como Ramiro Bello y Valencia podría hacer eso...
Antes de que pudiera terminar, Ramiro extrajo el revólver para vaciarlo sobre ese misterioso insolente. No logró ni siquiera apuntar. Sólo pudo ver los dos ojos negros y profundos de las pistolas Colt M1860 que rugieron, y comprender lo que sucedía. Una bala le acababa de traspasar la mano que sostenía el arma. La arcaica pistola Le Mat rebotó por la tierra. La otra le había atravesado la pantorrilla. Mientras Ramiro caía al suelo, los pájaros graznaron. Su sangre comenzó a abonar el suelo de la siembra. Más sangre, para una tierra saturada de sangre.
El jinete desmontó lentamente. Tan lento como para hacer crecer unos centímetros la milpa. Llegó hasta Ramiro, que se retorcía de dolor y odio, y no lograba soltarlos, como un ahogado se sujeta a su último aliento.
—¡No puedes hacerme esto!—balbuceó el herido.
El jinete extrajo un cuchillo de su cinturón, grande como una cuchilla de guillotina.
—Desde luego que puedo hacerlo. Y puedo porque sólo existe un sentimiento mayor que el amor a la libertad, que es el odio a quien te la quita —le explicó a Ramiro con el mismo tono calmado. Sin prisas rasgó los pantalones de Ramiro y le cortó los genitales. Los gritos fueron tan aterradores que las urracas huyeron cual comadres gritonas. Cuando tuvo el par de testículos en la mano como pequeñas granadas reventadas, los introdujo en la boca de Ramiro para hacerlo callar.

....................................................................................
 
Volver a ficha del libro
  

© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

Otras editoriales del grupo: Biblioteca Nueva