catálogo
imagen cabecera catálogo Bajo el influjo del cometa
título críticas

Soy dueño de este perro (fragmento)

Había un hombre y una mujer pescando desde un bote. Una pelusa de bruma matinal cubría la superficie del embalse. Los sedales se perdían de vista antes de llegar al agua.

La mujer ahogaba un bostezo cuando se agitó su caña. Al instante volvía a quedar inmóvil. Despacio, cogió el mango con ambas manos y asentó los pies en la borda. El hombre se volvió para mirar. La caña sufrió otra sacudida, se curvó hacia abajo. El carrete arrancó a ronronear y después a silbar. El punto donde el sedal penetraba en la bruma se desplazó a la derecha, dio un quiebro y fue hacia la izquierda. Luego se acercó al pequeño bote de fibra de vidrio, para finalmente alejarse de él. El carrete liberó metros de sedal sin que la mujer se lo impidiera, hasta que la fuerza que tiraba de él cesó de repente. La caña tomó forma recta de nuevo. La mujer accionó el carrete, recuperando hilo sin hallar resistencia. El anzuelo había desaparecido.

Masculló una maldición, fruto del aburrimiento más que del fastidio. Posó la caña y revolvió en la caja de los aparejos. Junto a ésta descansaba el cubo en que habían pensado guardar la pesca del día y que permanecía vacío.

Otra vez, se quejó el hombre. ¿Llevas sedal de 0,5?

Igual que tú.

¿Y el anzuelo?

De los forjados. Y sólo nos queda uno más.

Él chasqueó la lengua.

Es por el sedal. El de 0,5 es poco.

No me recuerdes lo obvio, replicó ella.

Los movimientos de la mujer hicieron mecerse el bote. Aparte de eso todo estaba sereno. Desde la orilla llegaban gorjeos mañaneros. Una garceta atravesó la bruma a escasa distancia del bote. El hombre apoyó su caña contra la borda y desenroscó la tapa de un termo.

¿Quieres?, ofreció a su mujer.

Ella meneó la cabeza, concentrada en empatar el último anzuelo.

El hombre se sirvió café en un tazón provisto de tapa y se recostó contra el motor fueraborda.

El cielo iba adoptando un tono gris vidrioso. En la orilla una ringlera de álamos asomaba sobre la bruma. Más allá estaba la central nuclear. El imponente paraboloide de la torre de refrigeración se alzaba hasta gran altura, todavía con las balizas de posición encendidas. De su gran boca manaba una nube de vapor de agua que, con el frío de la mañana, presentaba una apariencia consistente y bulbosa, como un colosal cerebro albino.

Veinte años atrás uno de los ingenieros estadounidenses que supervisaron la construcción de la central se había topado con el embalse durante uno de sus paseos. El lugar tenía una forma aproximadamente circular, con unos doscientos metros de diámetro, y no parecía prestar servicio de ningún tipo. El dique de hormigón se hallaba adornado con pintadas.

El ingeniero no estaba disfrutando de la estancia en el extranjero. Padecía una profunda añoranza de su Wisconsin natal, y en particular de su gastronomía. Cuando dio con el embalse, de inmediato empezó a rondarle la idea de que aquel plácido depósito de agua dulce podía ayudarle a aliviar su nostalgia. Una rápida averiguación confirmó sus suposiciones. El embalse había sido construido para facilitar agua de refrigeración a una pequeña central eléctrica, ya en desuso. Las únicas funciones que continuaba desempeñando eran servir como lugar de pesca a los lugareños y de recreo para los más jóvenes durante el verano. El nostálgico ingeniero se acarició el mentón, complacido. Sin demora se puso en contacto con una compañía inglesa que prestaba servicio a viveros y restaurantes. Realizó un pedido de alevines de esturión lacustre, que le fueron remitidos por vía aérea. En cuanto los tuvo en su poder, los soltó en las aguas del embalse. Ya se relamía pensando en los platos de esturión con jengibre de los que disfrutaría al cabo de poco tiempo.

Los peces foráneos se adaptaron bien al medio. Proliferaron en gran número, en especial después de que el ingeniero de Wisconsin y sus colegas terminaran su labor y regresaran a sus hogares. Los esturiones crecieron. Crecieron mucho; hecho del que no pocos culparon a la presencia, a escasos cientos de metros, de un reactor de fisión. Los pescadores locales contaban historias sobre ejemplares de metro y medio de largo, revestidos de placas óseas duras como el metal y armados con mandíbulas erizadas de dientes. Los esturiones acabaron con la fauna del embalse y se convirtieron en sus amos y señores. Las orillas se llenaron de carteles que alertaban del peligro y prohibían el baño. Cuando un equipo de buceadores tuvo que reparar la válvula de alivio del dique, puso como condición hacerlo protegido por una jaula antitiburones. El estilo de pesca que practicaban los lugareños, relajado y poco exigente, más una disculpa para pasar un rato al aire libre que una verdadera actividad deportiva, dio paso a algo que se asemejaba a la caza mayor. En tales circunstancias, los pescadores fueron desistiendo uno a uno y sólo de vez en cuando aparecía alguien que, habiendo escuchado las historias que circulaban por los bares, se atrevía a probar suerte.


El sol ya estaba alto cuando la mujer y el hombre oyeron unas voces procedentes de la orilla, entre las que sobresalían unos ladridos agudos.

Para entonces no quedaba rastro de la bruma y pudieron ver claramente una grúa de carretera aparcada junto a un embarcadero destartalado. Al lado del vehículo había tres personas: dos hombres y un niño. De los hombres, uno era de mediana edad, apreciablemente robusto, y vestía ropa de faena: botas, tejanos manchados de grasa y una cazadora adornada en la espalda con el mismo logotipo que aparecía en los laterales de la grúa. El otro era más joven, su edad podía situarse al final de la adolescencia, sin que llamara la atención en él ningún rasgo destacable, al margen de lo que estaba haciendo. Los dos permanecían arrodillados y manipulaban algo que, desde el bote de la pareja, quedaba oculto a la vista. El niño, de unos diez años, los observaba sin perder detalle. Permanecía inmóvil, a una distancia prudencial, con los brazos colgando.

Desde el bote, el hombre y la mujer oyeron decir al que supusieron que era el conductor de la grúa:

Sujétalo bien. No lo sueltes.

Luego se levantó y corrió a la parte trasera del vehículo. Al quitarse de en medio, el hombre y la mujer pudieron ver en lo que estaban ocupados. Era un perro. Un cachorro. El joven lo mantenía sujeto contra el suelo; con una mano le aferraba la cadera y con otra la cabeza. El animal se revolvía con una energía sorprendente para su pequeño su tamaño y ponía en serios apuros a su captor, que empleaba todo su peso para controlarlo.

El conductor regresó cargado con algo que parecía un bloque de hormigón, con la forma y el tamaño aproximados de una caja de zapatos.

Aguanta un poco más, pidió al joven. Y tú, añadió dirigiéndose al niño, métete en la grúa.

El niño retrocedió unos pasos y volvió a quedar inmóvil, sin despegar los ojos del animal que se debatía en el suelo. El conductor no se entretuvo en repetir la orden, devolviendo su atención al perro. Dejó caer el bloque al suelo. Con un par de rápidos movimientos se liberó de su cinturón. Después volvió a arrodillarse.

En el bote, el hombre se puso en pie para ver mejor, con lo que la embarcación osciló peligrosamente.

¡Eh!, gritó. ¿Qué pasa ahí?

El conductor le dedicó un vistazo sobre el hombro y volvió a lo suyo. El joven gritó:

¡Déjennos en paz! ¡Métanse en sus asuntos!

¿Qué hacen?, preguntó la mujer. A continuación repitió la pregunta más alto, para que la oyesen desde la orilla. Aunque nadie respondió.

Cógelo. Cógelo bien, dijo el conductor. Vamos a levantarlo.

Él y el joven se pusieron en pie con dificultad. El primero sujetaba el bloque de hormigón y el otro hacía lo mismo con el cachorro, cuidándose de que no le alcanzaran los mordiscos. El conductor había rodeado el bloque con su cinturón y atado éste a una pata trasera de animal.

Vamos. Despacio.

Entre los dos llevaron el conjunto de bloque y cachorro al embarcadero.

Van a tirarlo al agua, dijo la mujer, alarmada.

El hombre se abalanzó sobre el fueraborda y empezó a tironear del cordón de arranque. El motor petardeó, resistiéndose a ponerse en marcha.

Rápido, rápido, suplicó la mujer. Luego gritó a los de la orilla: ¡No lo hagan! ¡No lo hagan!

El conductor y el joven la ignoraron. Sortearon las tablas podridas del embarcadero hasta llegar a su extremo.

A la de tres, dijo el conductor.

El niño los había seguido para ver de cerca lo que iba a pasar.

Hicieron oscilar adelante y atrás el bloque y el cachorro. Adelante y atrás. A la tercera los soltaron.

El animal lanzó un gañido mientras trazaba un arco en el aire.

El fueraborda se puso en marcha.

El bloque impactó contra la superficie levantando una columna de agua verdosa, y el cachorro desapareció tras él.

El hombre manipuló el timón y enfiló el bote hacia el embarcadero. Al mismo tiempo la mujer sacó una navaja de la caja de aparejos y se desembarazó del chaquetón con que se había protegido del frío del amanecer.

¡Fuera! ¡Largo!, les gritó el joven desde el embarcadero, aunque su voz sonaba más asustada que colérica.

El bote sólo tardó unos segundos en llegar adonde se había hundido el cachorro. Ondas concéntricas agitaban todavía el agua. La superficie era opaca. No podían ver al perro ni saber la profundidad del embalse en aquel punto. A pesar de ello la mujer se lanzó al agua de cabeza.

Un frío plateado la envolvió y sus manos se hundieron hasta las muñecas en el légamo del fondo. Filamentos de vegetación le acariciaron la cara. El agua tenía un color verde amarillento. Hizo un esfuerzo consciente por no soltar la navaja que llevaba en la mano. Giró la cabeza a un lado y al otro buscando al perro. A un par de metros el agua estaba más turbia a causa del cieno levantado por el bloque al golpear el fondo. Una figura borrosa forcejeaba dando tirones. Llegó a ella de una sola brazada. Tanteó hasta encontrar el cinturón que sujetaba al cachorro y empezó a cortar. De la boca del animal brotaban racimos de burbujas que ascendían hacia la luz.

En la superficie el hombre detuvo el motor. El bote estaba a tres metros escasos del embarcadero, donde el conductor de la grúa apretaba los puños y le increpaba a gritos. El hombre empuñó el gancho destinado a izar los esturiones sobre la borda y adoptó una pose amenazadora.

¡Fuera de aquí, animales! ¡Aquí ya habéis terminado!

El conductor pataleaba, haciendo que una lluvia de astillas se desprendiera del embarcadero y cayera al agua. Su cara había adoptado un tono cárdeno brillante. Amenazaba al hombre con los puños. Se produjo un intercambio de gritos, insultos y maldiciones durante el que el de la grúa llevó la voz cantante, imponiéndose en volumen y virulencia. El joven lo retenía como si temiera que fuera a lanzarse al agua. El niño rompió a llorar sin que nadie le prestara atención.

Entonces la mujer volvió a la superficie con un profundo sonido de inhalación. Llevaba al cachorro abrazado y el animal se debatía como si quisiera encaramarse a lo alto de su cabeza, lo más lejos posible del agua.

El hombre se apresuró a ayudarlos. Primero izó al cachorro tomándolo por la piel del cuello. Luego agarró a su mujer y tiró de ella. La embarcación se escoró, a punto de volcar. En el embarcadero continuaban los insultos. El conductor de la grúa se tironeaba del pelo.

¡Suéltenlo! ¡Devuélvanlo al agua!

Repetía las mismas palabras una y otra vez mientras hacía equilibrios al borde del embarcadero. El joven lo mantenía abrazado y tiraba de él hacia atrás. El niño se había acuclillado y continuaba llorando. Ofrecía un aspecto patético; se tapaba las orejas para no oír los gritos.

¡No saben lo que están haciendo! ¡Devuélvanlo al agua! ¡Al agua!

Una vez a bordo, la mujer se derrumbó en el fondo del bote. Sus ojos se cruzaron con los del cachorro, que había encontrado refugio bajo un banco y tiritaba y sufría arcadas. El hombre se abrazó a ella.

¿Estás bien?

Respondió agitando la cabeza.

Él arrancó el fueraborda, viró y se alejó del embarcadero. La distancia y el ruido del motor enmudecieron los gritos del conductor de la grúa, que continuaba advirtiéndoles de que no sabían lo que hacían.

El cachorro vomitó una bocanada de agua. La mujer lo atrajo hacia sí y lo acarició mientras le susurraba que ya había pasado todo, que todo estaba bien, que no se preocupara.

Se detuvieron en el centro del embalse. Desde allí vieron cómo el de la grúa discutía con el joven. El primero señalaba hacia el bote y el otro trataba de calmarlo y señalaba a su vez al niño, que seguía llorando.

Al cabo de un rato el de la grúa pareció calmarse lo bastante como para atender las peticiones de su compañero. Alzó el puño hacia el bote en un último gesto de amenaza o advertencia. El joven había tomado al niño en brazos. Los tres subieron a la grúa, que al ponerse en marcha soltó una nube de gases azules por el escape.

Hombre, mujer y perro aguardaron en el bote, a salvo en el embalse infestado de esturiones.

 

....................................................................................
 
Volver a ficha del libro
  

© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

Otras editoriales del grupo: Biblioteca Nueva