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(Marrakech, un año par de este siglo)
Dorita murió durante la siesta, para terminar de amargarme las vacaciones. Estaba seguro. Me había pasado veinte de nuestros veintidós años de matrimonio inventándole muertes de pestañas hacia dentro. Y cuando por fin ocurrió, no fue ninguna de las que le había deseado. Quitando los atentados varios, los venenos y las pirañas en la bañera, que eran más bien ejercicios inocentes de felicidad, siempre supe que moriría antes que yo y en la cama. Pero no esperaba que fuera así, en una ciudad desconocida, en un hotel que se mentía por lo menos una estrella de más, y de repente.
Siempre creí que Dorita moriría después de una eterna agonía que me iría matando con ella, comiéndose los pocos ahorros y los menos años que me quedaban, hasta suspirar su último rencor con los ojos abiertos y la palabra «inútil» dibujada en la boca afilada.
Pero no, murió al final de la siesta, en Marrakech, sólo para terminar de amargarme las vacaciones. Dio tres pequeños saltos en la cama, como hipos del cuerpo, y se quedó seca. Escondí la novela bajo la almohada, por puro reflejo, y la miré un rato. Su pecho monumental y blando no se movía bajo la combinación rosada. Esperé y oí un corazón atolondrado, pero era el mío. Por fin me atreví a tocarle la muñeca y no le encontré el pulso, pero nunca supe hacerlo. De pronto dio un salto enorme, se sentó y soltó un grito ahogado. Quiso bajar de la cama pero a mitad del movimiento la muerte impuso sus reglas y cayó con violencia contra la mesa de noche. Rodó hasta la alfombra y ahí quedó.
Me hubiera gustado tener cigarrillos pero llevaba quince años sin fumar. No me dejaba. Caminé por la habitación, paladeando una sensación de ligereza que no recordaba. Estaba muerta, yo estaba vivo. Y eso merecía un brindis. Abrí el minibar esperando su grito exasperado que no llegó. Era la prueba de fuego. Dorita, de una puta vez, estaba muerta.
Me bebí de un trago la minúscula botella de J&B. Me quemó con ese fuego antiguo. «Sólo una copa en Navidades y de cava, nada de champán, Octavio, que hay que defender lo nuestro y además es más barato.» Abrí otra miniatura de botella, de vodka, y también la vacié sin respirar. Libre. Y sin necesidad de gastarme una fortuna en pirañas. Había muerto por su cuenta, como si la suma de tantos pensamientos de madrugada le hubiera caído desde la montaña de años que llevaba esperando ese momento.
Una voz lejana dijo algo que no entendí, en un idioma que sonaba como hojas secas y pisoteadas. Me asomé a la ventana y me llamó la atención que hubiera pocos turistas en la piscina. Más allá de los altos muros del hotel, Marrakech se agrisaba en su vieja pobreza rojiza, salpicada por algún edificio nuevo y pretencioso. Me pregunté qué coño hacía ahí, en un país que nada tenía que ver conmigo y tan lejos de Barcelona. « El viaje de mi vida, inútil —había repetido Dorita—, me lo merezco después de tantos años de mediocridad y no voy a ser menos que la del tercero D, ese putón teñido que, eso sí, tiene un marido como debe ser y cada verano, al extranjero.»
Muerta, en la alfombra, y con un costado de la cara desfigurado por el golpe, Dorita no parecía alguien que realizaba el viaje de su vida.
Y tampoco parecía muerta de muerte natural.
Me bebí una botellita de ginebra, pensando en cómo explicaría eso a los herméticos empleados del hotel o a los policías cobrizos de mirada esquinada, que en las excursiones a los zocos me asustaban más que los posibles ladrones. Miré por la ventana y no vi a ninguno de los españoles. Un tipo de mi edad pero con el cuerpo más joven se lo pensaba en lo alto del trampolín. Tenía un bigote delgado, la piel oscura, y metía la tripa que le estaba ganando lentamente la batalla. Debajo, sentada al borde de una tumbona, una mujer árabe vestida de negro y con un pañuelo que le cubría la cabeza vigilaba sus movimientos con algo de temor, sin perder de vista a cuatro niños revoltosos que jugaban al fútbol usando como portería un cartel que prohibía en cinco idiomas jugar al fútbol junto a la piscina. Cerca de ella, una rubia envejecida y seca se ofrecía a ser lamida por el sol , que no quería; y más allá un grupo de muchachas hacía topless desafiando a la gravedad. Pero el tipo del bigote no posaba para ellas, sino para la sueca (tenía que ser una sueca, con esas tetas pequeñas y firmes y esas piernas interminables), que al otro lado de la piscina no lo miraba. El tipo tomó aire y se acomodó el paquete en el tanga. Sin saber por qué lo imité y sentí una dureza remota que me crecía desde dentro. Miré a Dorita de reojo, pero seguía muerta y con esa media sonrisa de triunfo que ponía cuando me hacía una putada, es decir siempre.
—Tu muerte ha sido tu última afrenta —le dije, y me sentí poeta con décadas de retraso.
El tipo del bigote saltó y la mujer del pañuelo aplaudió discreta. Los hijos también aplaudieron y las chicas del fondo bostezaron. La sueca se incorporó a medias y con ella sus tetas doradas. Se pasó bronceador por las piernas, los hombros y las tetas, y estiró la mano hacia la espalda, en un gesto inconcluso. De la nada apareció un tipo joven y musculoso, con pinta de italiano, y se ofreció. Ella se tendió boca abajo y el tipo del bigote supo que no valía la pena intentar otro salto, pero se palpó de nuevo el paquete antes de volver con su mujer. Yo hice lo mismo, pero esta vez no miré a Dorita, sino a las manos del italiano que recorrían a la sueca espalda abajo y me sentí mareado, no supe si por la bebida o por sus nalgas. Abrí mi pantalón y el sexo asomó tenso, desconocido, como saltando un abismo de veinte años o más. Golpeé con él en el marco de la ventana y solté una risita. El italiano amasaba con descaro el culo de la sueca y ella ronroneaba, estaba seguro. Hablaban, imaginé que en inglés a tropezones, pero sus gestos eran sinuosos y se entendían. Faltaban menos de dos horas para la cena y subieron a la habitación de ella, y allí yo la besé en todo el cuerpo, le comí el sexo como nunca lo hice con Dorita, le permití que lamiera el mío como ella siempre se había negado y le entré con ternura y la puse a cuatro patas y la penetré con distancia y método, sordo a sus quejidos de dolor y placer que resonaban por toda la habitación cada vez que mi pelvis chocaba contra su culo. Cuando acabé, sus gemidos se mezclaron con una gran ovación lejana, como si una multitud gritara goooooolll aplaudiendo mi jugada.
Busqué en el baño una toalla para limpiar la ventana y saqué otra botella del minibar. No recuerdo qué era. Me di una ducha tibia y pensé que no sabía qué hacer. Cómo denunciar la muerte de mi esposa, cómo organizar el traslado del cadáver, el papeleo. Cómo explicar que la herida en su cabeza era casual, si sólo conocía una frase en francés y no recordaba lo que quería decir.
—Vulevúcuchéavemuá —me imaginé declarando a un delgado oficial de policía, con dos ojos como dos tajos y ese odio adormecido que me asustaba de los marroquíes.
Las clases de francés , como la contratación de los hoteles y la elección del recorrido, habían sido cosa de Dorita. «Para qué gastar el doble en profesores si eres tan inútil que no te enterarás de nada», había dicho.
Me sequé con cuidado y me puse la camisa llamativa que ella había comprado para su hermano «porque para usar estas cosas hay que tener cuerpo y clase». Metí a Dorita debajo de la cama y puse el aire acondicionado al máximo.
—Vuelvo en un rato, no te marches —le dije.
Y el resto de borrachera que aún me duraba me regaló una risa que no era la mía pero que me gustó.
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