catálogo
imagen cabecera catálogo Como una historia de terror
título críticas

Redújose todo a amenazas, fue sólo una ficción de
terrible efectismo,una farsa desde el principio al fin,
planeada por el tremendo desdén con que nos tratan los
poderes infernales.

 
JOSEPH CONRAD, Lord Jim
 
 
 
 
I
 
 
El propietario salió a la terraza y dejó que inspeccionaran la casa a sus anchas. La mujer subió las escaleras hacia el piso de arriba. El hombre recorrió la planta baja pulsando interruptores y abriendo y cerrando armarios. Los muebles habían desaparecido. Quedaban rectángulos de polvo donde antes había sofás, camas y aparadores. En los maceteros de la terraza languidecían flores faltas de riego.
Las líneas de la casa reproducían las de las clásicas cabañas de montaña: base rectangular y cubierta a dos aguas; algo tan simple como el dibujo de un niño. Pero más allá del sencillo planteamiento se trataba de un diseño moderno. Las paredes exteriores eran de cristal: una vivienda abierta al entorno. Estores de algodón crudo constituían su única protección contra las miradas ajenas.
Se hallaba levantada sobre un zócalo de hormigón, provisto de un voladizo por el que discurría una terraza. Y dentro: paredes que no subían hasta el techo, una chimenea de obra en el salón y un altillo donde se albergaban dos habitaciones, todo pintado de blanco. La estructura era de madera de cedro y la marquetería de aluminio lacado. El salón, la cocina, el cuarto de baño y la habitación principal se hallaban en la planta baja. La viguería del tejado, también de cedro, estaba a la vista. Todo era nuevo, menos de un par de años. A un costado de la casa y un poco separado de ella, había un garaje para dos coches, con paredes de ladrillo y tejado de uralita, como si el constructor se hubiera quedado sin fondos para hacer algo acorde al diseño de la casa.
Desde la fachada principal, hacia donde estaba orientado el salón, se disfrutaba de un amplio paisaje verde. Ubicada en la falda de una colina, la construcción abarcaba una panorámica de campos, bosques, nuevas colinas y elevaciones mayores del terreno. En toda esa extensión, unas torres de tendido eléctrico, un puñado de construcciones alejadas y dispersas, y, más allá, apenas distinguible entre las nubes bajas, el penacho gaseoso de una central térmica eran las únicas evidencias humanas visibles. Una pista sin asfaltar remontaba la ladera y concluía en un rellano de grava frente a la casa.
Las habitaciones de la parte posterior ofrecían una vista muy diferente. A escasos metros daba inicio una enmarañada masa boscosa, cuyas copas se elevaban más allá del tejado. La apretada urdimbre de troncos, ramas y maleza, entre el gris ceniza y el verde musgo, se oponía al escrutinio de la mirada. Varios metros cuadrados habían sido talados y limpiados para crear un jardín trasero. La mujer lo contempló desde la que ya imaginaba futura habitación de los niños. Los propietarios se habían desentendido de una piscina prefabricada, que ocupaba el centro del jardín. Estaba vacía, salvo por unos centímetros de agua verde donde un flotador infantil semideshinchado navegaba empujado por la brisa. Junto a la piscina: una mesa y un puñado de sillas de jardín descoloridas por la intemperie, con hojas muertas adheridas y las patas hundidas en la hierba sin segar. Alrededor de todo ello asomaban los tocones de los árboles talados. Un poco más allá, el bosque ejercía la impresión de una avalancha vegetal que resbalara hacia la casa.
Se reunieron en el vestíbulo y salieron a la terraza, donde el propietario aguardaba fumando. Iba sin afeitar y lucía unas afianzadas ojeras. Llevaba la camisa arrugada, colgando por fuera de los pantalones. Los ojos enrojecidos acrecentaban la hosquedad de su expresión. Cuando los vio salir dejó caer la colilla al suelo de madera y la pisó, sin preocuparle la impresión que pudiera causar a los potenciales compradores. El hombre preguntó por el suministro de propano, la tensión eléctrica contratada, el estado del tejado y la situación de la fosa séptica, mientras hojeaba las páginas que habían recibido por fax, donde figuraban las características de la casa junto a unas fotografías borrosas de la misma. El propietario respondió escuetamente pero con seguridad; él mismo había levantado la vivienda, reconoció con orgullo insatisfecho. Concluyó asegurando que la propiedad se encontraba en perfecto estado, sólo necesitada de una buena limpieza. Se hizo el silencio mientras el hombre revisaba por enésima vez los datos recogidos en las páginas, la mujer contemplaba el paisaje con los brazos cruzados y la cadera apoyada en la barandilla de la terraza, y el propietario miraba el reloj y se revolvía, sin ocultar su deseo de poner fin a la visita cuanto antes.
¿Qué pasa con el precio?, quiso saber el hombre, y la mujer se volvió para atender mejor a la respuesta.
Está ahí, dijo el propietario señalando las hojas. Al final.
Ya lo sé, respondió el hombre, y apuntó con el dedo a la cifra indicada. Y nos ha sorprendido bastante. Llevamos meses buscando una casa. Hemos visto muchas. La mayoría peores que ésta. Y más caras. Bastante más.
¿Le parece demasiado barata?, preguntó el propietario torciendo la boca.
Nos gustaría saber por qué no pide una cantidad mayor, terció la mujer. Su voz poseía un tono grave, casi masculino. Es evidente que lo vale.
El propietario desvió la vista al suelo.
Necesito el dinero. Tengo una urgencia económica.
¿Es por eso por lo que la vende?, quiso saber ella. ¿Sólo por eso?, recalcó.
Por eso y porque mi mujer y mis hijos se han cansado de vivir tan aislados.
Entiendo, musitó el hombre.
La mujer volvió a girarse para admirar el paisaje.
Aseguraron que lo pensarían, que la vivienda y su entorno les habían causado una buena impresión —muy buena—, lo que no bastó para que el propietario mudara el gesto huraño. Se despidió de ellos con un movimiento del mentón, subió a su coche y partió colina abajo a mayor velocidad de la que parecía recomendable en aquella pista de tierra. El hombre y la mujer permanecieron ante la casa, apoyados en su monovolumen, mientras observaban cómo la luz del atardecer mutaba el aspecto de la fachada, arrancando brillos a la estructura de madera y encendiendo los cristales con un brillo mostaza. La casa pedía a gritos tener la puerta abierta de par en par, y flores nuevas en la terraza, y un par de niños corriendo por la ladera, con los brazos extendidos como alas.
¿Qué te parece?, preguntó ella.
Está lejos, respondió él, y escrutó el paisaje tratando de ubicar el lugar donde, oculta tras una loma, estaba la estación de tren, a un par de kilómetros de distancia, quizá tres. Si se mudaban deberían recorrer ese trayecto cada mañana para tomar el tren; y después, más de una hora hasta la ciudad, donde ambos trabajaban. Cada día. Ida y vuelta.
¿Pero qué piensas de la casa?, insistió la mujer.
La casa no está mal.
Es la mejor que hemos visto. Con diferencia. Y el precio...
Lo sé, dijo el hombre.
El precio era bajo dadas las características de la vivienda, pero no dejaba de representar una cantidad considerable. Comprarla los obligaría a endeudarse.
No me explico cómo no la ha vendido todavía, pensó ella en voz alta.
Había sido la mujer quien, dos días atrás, había descubierto el anuncio mientras hojeaba el periódico: OPORTUNIDAD. Vivienda de lujo. Familiar. Vistas. Entorno incomparable. 3 hab, 2 cb, gar. URGE VENTA. Llamó de inmediato, y esa noche, cuando llegó a casa, encontró las páginas con los datos de la propiedad enroscadas en la bandeja de entrada  del fax.
Me imagino, dijo él, que a la mayoría de la gente no le gusta vivir en un sitio así de alejado.
No está tan alejado.
Más de lo que habíamos acordado cuando empezamos a buscar. Bastante más.
Ella guardó silencio, dándole la razón.
Instantes después añadió:
Pero podemos pagarla. Y a mí me ha gustado.
Pasaron unos instantes más hasta que el hombre reconoció que a él también.
Un par de días después llamaron al propietario, que recibió la noticia sin especial demostración de alivio o alegría. Su voz quedaba ahogada por el ruido de un televisor y el llanto de un niño. Todo ello sonaba muy cercano, como si estuvieran pegados al teléfono.
De inmediato se pusieron en marcha los trámites de compra, que fueron resueltos a la mayor velocidad posible. Al cabo de escasas semanas el hombre y la mujer abandonaron su piso de alquiler en la ciudad y se trasladaron a la casa de la colina. Pidieron unos días libres en sus trabajos para llevar a cabo la mudanza y poner en orden la nueva vivienda.
Provistos de guantes y con pañuelos atados a la cabeza, acometieron la labor de limpieza. La primera mañana descubrieron, entre sorprendidos e indignados, que los contenedores de basura más próximos se hallaban junto a la estación de tren. Sudoroso como estaba y sin cambiarse de ropa, el hombre condujo hasta unos grandes almacenes próximos a la ciudad y compró tres cubos de basura. En el camino de regreso se detuvo en un establecimiento de venta y alquiler de maquinaria agrícola, donde se hizo con una segadora por espacio de un par de días. Pusieron los cubos en la terraza y fueron echando dentro todo lo que sacaban de la casa, incluida una docena de cajas de cartón medio deshechas por la humedad, repletas de mantas y ropa vieja y maloliente, con que se toparon en el fondo del garaje. En los armarios encontraron más cosas desechadas por los anteriores ocupantes: un aparato   de vídeo anticuado, un juego de café, un par de zapatillas de deporte incrustadas de barro… Cada vez que los cubos de basura quedaban llenos los cargaban en el monovolumen y los transportaban hasta los contenedores de la estación. Mientras trabajaban, Bambú, el dachshund de pelo duro de la pareja, correteaba a su alrededor, delirando por todo lo nuevo que había para olisquear. El bosque, en particular, despertaba su atención, si bien lo contemplaba desde distancia prudencial. De cuando en cuando lanzaba en su dirección una sarta de ladridos. Luego corría a refugiarse entre las piernas de sus amos, quienes, atareados como estaban, le gritaban para que se apartara.
Comieron en la cocina, bocadillos y cerveza. El tamaño de la estancia triplicaba el de su cocina de la ciudad. Las voces y el sonido de los pasos resonaban de un modo al que les costaría acostumbrarse.
Entre los objetos abandonados en la casa figuraba una colección de tallas de madera. Estaban alineadas sobre la chimenea y reproducían, o trataban de hacerlo, formas de animales. Un búho, algo que podía ser una jineta, una ardilla…, así hasta una decena de animales del bosque. Eran piezas toscas, carentes de detalles, mal proporcionadas —cabezas hidrocefálicas y cuerpos ridículos—, en las que se apreciaban las dentelladas de la navaja utilizada para crearlas. Supusieron que serían obra de alguno de los antiguos propietarios, fruto de un hobby en que distaba de ser diestro.
¿Qué hacemos con ellas?, preguntó la mujer sosteniendo un lirón de madera en una mano y una bolsa de basura en la otra.
Él, ocupado en limpiar las extensas paredes de cristal, apenas le dedicó un vistazo.
Lo que tú quieras.
Ella estudió la figurilla dándole vueltas en la mano y volvió a depositarla junto a las demás. El conjunto no dejaba de poseer atractivo, dentro de su tosquedad no intencionada, acorde al entorno de la vivienda.
Esa primera noche se derrumbaron en la cama, quedándose dormidos antes de tocar la almohada. Poco después se despertaron con el cuerpo dolorido, si bien no por los esfuerzos del día. Pasaron largo rato exterminando los mosquitos que habían invadido la habitación. Así averiguaron que no era recomendable dejar abierta la puerta corredera que daba a la calle.
Mira eso, dijo él con un susurro.
Por descuido habían dejado encendido el farol que iluminaba el jardín trasero, hacia donde estaba orientado su dormitorio. Una nube de insectos revoloteaba en torno a la luz y un flujo continuo de murciélagos brotaba del bosque para cebarse con ellos. Cuando los murciélagos cruzaban ante el cristal, casi rozándolo, su vuelo resultaba tan patente como bajo el foco de un estroboscopio. Quedaba fijado a las retinas de la pareja en forma de imágenes intermitentes donde se apreciaban cadenas de huesecillos transparentadas en las alas. Escasamente familiarizados con la fauna campestre, sus movimientos les resultaron poco naturales, alejados del reconocible batir de las aves, recordándoles a los murciélagos de las viejas películas de terror: meras réplicas de goma agitadas en el extremo de un hilo.
Segaron el terreno alrededor de la casa. Barrieron y fregaron el interior. Vaciaron de hojas muertas los canalones. Retiraron las telarañas de debajo de los aleros. Sembraron el garaje de veneno para roedores. Adecentaron la mesa y las sillas del jardín trasero y, con gran trabajo, desmontaron la piscina prefabricada, que guardaron en el garaje a la espera del verano. Al retirarla dejaron a la vista un círculo de hierba aplastada y marchita, entre la que se revolvían lombrices.
De uno de los numerosos viajes en busca de suministros, el hombre regresó con una caseta para Bambú —la primera que tenía— y un comedero para pájaros. Instalaron ambos en el jardín trasero, adonde las aves del bosque podían acercarse a picotear y donde Bambú debería acostumbrarse a dormir —también por vez primera— en la calle. El animal olisqueó poco convencido el interior de la caseta y luego se alejó como si no tuviera nada que ver con él. Aunque cuando dispusieron dentro sus cuencos para el agua y la comida, sus juguetes y el cojín sobre el que dormía, pareció resignarse a la idea.
Cada tarde, como conclusión de la jornada, el hombre, la mujer y Bambú daban un paseo por los alrededores. El perro correteaba sin alejarse de ellos.
La vivienda más cercana estaba a un kilómetro, aunque no resultaba visible hasta que uno se encontraba a escasas docenas de metros de ella, atrincherada como estaba en el fondo de una hondonada. Una casa vieja, de piedra. Las minúsculas ventanas de sus muros tenían más aspecto de oquedades que de ventanas, ajenas en apariencia a la función de proveer de luz al interior, más como el resultado de un trámite con el que era obligación cumplir. Anexo a la casa se alzaba un corral de madera cuyas paredes se inclinaban unas hacia las otras en lo que parecía un equilibrio más que precario. Frente a éste, una superficie cercada y enfangada donde hozaba una docena de cerdos.
Nunca se acercaban a la casa, limitándose a observarla desde el borde de la hondonada. Las faldas de ésta se encontraban salpicadas de círculos negros: restos de pequeñas hogueras. A docenas. A veces tocándose entre sí, formando extrañas tramas, sin que nada permitiera adivinar el motivo de semejante cantidad y disposición.
En una ocasión vieron salir de la casa de piedra a un hombre. Vestía mono de faena. Se sentó en un banco junto a la puerta y se calzó unas botas de goma hasta las rodillas. Luego se dirigió al corral, donde los cerdos, percibiendo su cercanía, habían duplicado el volumen de los gruñidos. Avanzaba encorvado. Antes de llegar junto a los animales, se paró y miró por encima del hombro directamente hacia donde estaban el hombre y la mujer. Permaneció sosteniéndoles la mirada hasta que dieron media vuelta y se largaron.
El día antes de volver al trabajo se detuvieron a contemplar cuanto habían hecho. Los suelos brillaban. Las huellas de dedos que antes emborronaban las paredes de cristal habían desaparecido. En el garaje reinaba un aroma fresco y húmedo que dilataba los pulmones. Sus antiguos muebles, tan ligeros y apropiados para el piso de la ciudad, parecían encogidos y desvalidos en el nuevo entorno, mucho más amplio, especialmente cuando los estores se encontraban levantados y los campos y el bosque parecían a punto de dar un salto y colarse adentro de la casa.
Se retiraron temprano. A la mañana siguiente debían madrugar. Fue esa noche cuando la mujer soñó por vez primera con las ardillas.
Vio alzarse lentamente uno de los estores, como si de un telón se tratara, que expuso ante su vista el jardín trasero. Se encontraba tal y como lo habían dejado esa tarde, segado y ordenado. Lo alumbraba un sol oblicuo y cálido. Por espacio de unos momentos —de duración imposible de determinar dado el ámbito onírico en que se desarrollaban— la quietud fue completa, hasta que un par de ardillas emergió tímidamente del bosque para adentrarse en el césped segado. Cada pocos pasos se alzaban sobre sus patas traseras y oteaban a su alrededor. De ese modo, mediante una interminable serie de aproximaciones sucesivas, llegaron al comedero para pájaros. Consistía éste en una bandeja de madera, protegida por un tejadillo y emplazada en lo alto de un poste. A pesar de lo recto y liso de éste último, los roedores lo escalaron sin dificultad. En la cima olisquearon la mezcla de cortezas de queso, frutos secos, copos de avena, migas de pan y trozos de manzana que la mujer, durante su vigilia, había depositado con la esperanza de atraer la mayor variedad de aves posible. Siempre alerta, los roedores lanzaron nuevos vistazos al entorno. Los pinceles que adornaban los vértices de sus orejas temblaban como diapasones. Y comieron.
La mujer, sin abandonar su estado durmiente, interpretó esto como un buen presagio.
Luego vio aparecer a Bambú. El perro corrió hacia las ardillas lanzando ladridos. Los roedores soltaron lo que estaban mordisqueando, brincaron del comedero y desaparecieron en el bosque mucho antes de que el perro pudiera alcanzarlos. Pero eso no desanimó a Bambú, que sin vacilar se zambulló en la vegetación. Sus ladridos se oyeron cada vez más lejanos.
 

 

....................................................................................
 
Volver a ficha del libro
  

© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

Otras editoriales del grupo: Biblioteca Nueva