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I

 

Chup, chup, chup, y unos empezaron a caerse y otros a correr, gritando.
Estaban cruzando con todo descuido la calzada, pisando las grandes teclas amarillas y blancas, que se hunden o levantan suavemente unos milímetros para desconectar en este tramo la energía que mueve los autos, unas personas hacia un lado, otras hacia el otro, entrelazándose sin chocar, todas afanosas y casi todas contentas de esta organización y del progreso que se puede conseguir o ir consiguiendo con sólo un voto por persona, y donde no hay voto, igual, con el silencio; cruzando a buen paso con la ropa interior perfectamente esterilizada y el mutuo desafío del desodorante y la colonia generalizados en nuestra civilización, recién rasurados los rostros o empolvados, los coches automáticamente detenidos, todo en orden y un sol espléndido sobre la ciudad, y de repente un hombre se tira sobre el asfalto, ha debido tropezar, un ligero salto hacia adelante y se deja caer de una manera grotesca; suena el claxon y no se levanta, sino que en seguida, allí al lado en medio de la calle y sobre el mismo paso de peatones una mujer se arrastra por el suelo, herida, mientras la niña que llevaba de la mano la llama desde la acera, sin atreverse a volver atrás para no quedar destrozada bajo las ruedas, y debajo del primer hombre empieza a aparecer la sangre y a oscurecerse, y los demás empiezan a correr y cuando aquello se despeja un poco se ven otras dos o tres personas tumbadas.
Ahora comienzan los gritos. Al principio, alguien quiso levantar a los caídos y averiguar la causa del accidente, pero al ver la sangre y sobre todo los agujeros que uno o dos tenían en medio de la frente, los que habían corrido o simplemente vuelto sobre sus pasos se enderezaron mirando asustados a su alrededor y, los que pudieron, chup, chup, echaron a correr a su vez. Los guardias se ocuparon ante todo de los conductores que atronaban la calle con las bocinas de sus vehículos, ráfagas impacientes de hombres con prisa por pasar una vez más sobre los cadáveres que ocupaban el lugar de las ruedas de sus coches, no aullidos de dolor ni de duelo, ni siquiera llamadas de aviso, sino sólo torpes manotazos sobre el aro del volante porque ya está puesta la primera y si no se arranca hay que volver al punto muerto y se tardará un minuto más en llegar a la oficina para entrar corriendo en el wáter, aparte de que si no quitan los cadáveres del paso de cebra no se establecerá la maldita conexión; pero uno de los guardias se quedó con el brazo en alto, chup, y al desplomarse sobre uno de los coches que le encajonaban hizo resonar la chapa con un duro golpe de puño.
¡Chup, chup, chup…!
―¡Están disparando! ¡Alguien dispara!
Ya se podía ver que allí había muertos y heridos. De lejos llegaban todavía los bocinazos de los últimos coches, pero en el cruce, y cerca del cruce, lo único que se oía eran los chillidos, y pronto no se oyó más que el alocado ruido de los pasos al correr la gente de un lado a otro, las puertas de los coches al cerrarse de golpe, los motores todavía en marcha. Algunos de los conductores se habían bajado y se sumaban a los peatones en su búsqueda de refugio; otros se habían tumbado sobre los asientos, o tras ellos, o debajo, conteniendo la respiración. Y entonces fue cuando de verdad todos o casi todos pudieron entender, chup, chup, el sonido seco y como lejano, casi silencioso, de los disparos desde algún punto realmente cercano, chup, chup, chup, y la gente seguía cayendo aquí y allá.
Un policía había desenfundado rápidamente su pistola y, protegido por las duras carrocerías de los autos, detenidos y casi pegados unos a otros en medio de la calle, se había deslizado como un zorro por entre ellos con la pistola y el brazo un poco levantados, hasta que algún cristal o algo le cegó, sólo un relámpago rápido de luz y fuego en alguna parte alta de alguna casa cercana, según confesó luego, así que de pronto se puso a disparar, tac, tac, tac, todo el cargador de 24 balas afiladas con la pequeña muesca del Estado, y los cristales de la sexta planta del Tourist Bg., dobles cristales con cámara aislante en medio, aún no blindados, saltaron hechos trizas y en cuestión de segundos un modelo de aire acondicionado para oficinas como aquél quedó inutilizado al establecerse la corriente con la atmósfera viciada y caliente de la ciudad, y aún sigue el pleito del Tt. Bg. contra el Estado.
En otro lugar cercano, la pareja del automóvil de patrulla estaba llamando por radio.
Con los tiros del policía y el ruido de los cristales rotos, el pánico había cundido aún más. Algunos aprovecharon o quisieron aprovechar el momento para salir de sus coches y tratar de ocultarse en algún sitio más resguardado, otros se lanzaron entonces a correr por las aceras para ganar un portal en que acaso tuvieran que entrar de todos modos, aunque menos descompuestos, si lo lograran, para tratar de realizar una gestión o ultimar un negocio, sin meterse con nadie, sólo cada uno a lo suyo como ha ocurrido siempre y fastidiar lo más posible al prójimo, pero chup, chup, dos ejecutivos que iban juntos y se separan y caen, y chup, chup, chup, un solo disparo muy poco ruidoso, lejano, o cercano, seco para cada uno de los que se ven caer en diversas posturas calle adelante, sembrando las aceras, colgando de las puertas de los coches, ahora frenados en las calles, a ambos lados del cruce, o mejor en los cuatro brazos de la cruz, en el centro de la ciudad; parados de dos, de tres, de cuatro en fondo o anárquicamente todo a lo largo de las calles, en el lado de la dirección obligatoria correspondiente, cientos y ya miles de coches a los que se van sumando más y más segundo a segundo. Los cadáveres y los cuerpos de los heridos esparcidos por entre los coches pero sobre todo tirados en el cuadrilátero formado por los cuatro pasos de cebra electrónicos, cuerpos inmóviles, cuerpos gimientes, brazos alargados y torcidos, brazos ocultos bajo el cuerpo, cabezas inclinadas, cuellos sangrantes y vueltos, piernas rotas, piernas descoyuntadas y pies descalzos, zapatos. Papeles, bolsos, carteras negras rectangulares, con un filo plateado y el cierre automático. La sangre deslizándose hacia bajos rincones, oscureciéndose, pegándose ya al asfalto. Al sol en algunos lugares, los menos; a la sombra de los altos rascacielos, de los edificios silenciosos e impenetrables, casi invulnerables. Todo quieto de pronto, a la espera, y todo en silencio.
Luego se oiría el zumbido de las aspas del helicóptero y en seguida se le vio cruzar rápidamente el cielo, demasiado alto, sin atreverse a entrar entre los altos edificios, pasadas constantes y cada vez más ruidosas, demasiado fugaces tal vez.
Los otros coches que habían acudido a la llamada no habían podido acercarse lo suficiente, a causa del embotellamiento, y el sargento les había recomendado que no utilizaran las calzadas libres por la dirección prohibida, para no hacerse notar demasiado, así que habían utilizado el subterráneo y estaban comunicándose desde muy cerca, todos ya encima de aquel maldito cruce. Esta maniobra de operación silenciosa y envolvente fue detalladamente explicada luego ante la Prensa, ocultando otras cosas, y no obtuvo más que plácemes y aplausos. Sólo uno de los agentes había caído, con lo que la viuda tenía ya una buena pensión y seguramente una medalla, aparte del orgullo que para ella debía representar, etc., y al sargento lo propusieron para otra y el ascenso, se lo merecía, olvidándose todos del valiente Callaghan en cuanto acabó el ruido, los coches pudieron volver a ponerse en marcha, una vez retirados los cadáveres y enviados rápidamente a los diversos centros médicos los heridos, metidos a toda prisa en las ambulancias, pasado el peligro después de la ejecución del francotirador en el mismo lugar de los hechos, el cuarto caso en la ciudad en aquel mismo mes y el número setecientos veintitantos desde 1963, en que se marcó el comienzo de la era del fusil con mira telescópica.
Callaghan, o Currigan, puesto que ni siquiera hubo interés en determinar bien su nombre, allí estaba el sargento que merecía ser teniente, se encontraba abriendo una lata de cerveza cerca de la ventana del apartamento de una muchacha puertorriqueña, medio desnudo, a una hora un tanto extraña para tomar cerveza y todo aquello y en aquel lugar, pero no demasiado, teniendo en cuenta que el puertorriqueño abandona todos los días su hogar por la mañana muy temprano, como todos los hombres que tienen que hacer un trabajo, y no vuelve hasta casi de noche, y oía distraídamente la música y la propaganda de la radio, a través de alguno de los suaves altavoces disimulados en las cerraduras de las puertas, de modo que pudo oír perfectamente la voz del sargento cuando desde la emisora comercial conectaron con la radio de la policía para transmitir el mensaje al surgir la emergencia.
Tiró la lata al suelo y se vistió la camisa en unos segundos, sujetándose el correaje negro y el cinto con el pesado vaivén de la pistola rozándole la cadera.
—Unos locos están tiroteando a la gente en medio de la calle —le dijo como despedida a la chica, aunque a ella nadie fue nunca a entrevistarla—. Me voy para allá.
—¿Es en tu distrito?
—Qué más da. Si no me cargo a alguien, no asciendo.
El espectáculo aquel de los muertos y de los heridos arrastrándose, los que no eran, chup, liquidados en cuanto se movían un poco, con todos los coches detenidos a lo largo de las calles, la gente escondida, las ventanas y las puertas cerradas, el silencio aquel tan irreal a semejantes horas de la mañana, sólo turbado hasta unos instantes antes por el aleteo del esquivo helicóptero y muy aisladamente ahora por el chup, chup de los disparos, le impresionó. En la boca del subterráneo, abriéndose paso entre multitudes atemorizadas e indecisas, escuchó de nuevo al sargento justo encima de su cerebro, en el pequeño receptor adaptado a las orejeras del casco:
—Atención. El origen de los disparos ha sido localizado sobre el edificio de la Prensa Asociada, el número quince de la Cuarta Horizontal.
El sol no pasaba de las primeras escaleras de la boca del subterráneo. La gente, temerosa y quieta allá abajo, le veía subir hacia la luz de la calle. Currigan se volvió:
—¿Cuál es el edificio de la Prensa? —y alguien diría que le había notado acento extranjero.
—Estamos bajo él —respondió un viejo.
Currigan miró hacia arriba. En las altas ventanas de los edificios de enfrente se reflejaba el sol. Sintió calor, algo parecido al calor. No se oía nada.
—Disparan desde arriba de este edificio —se volvió—, desde la terraza.
—¿La terraza? —se extrañó uno.
—Mala gente esos periodistas —comentó el viejo—, lo he dicho siempre. Todo se lo inventan, y cuando no tienen qué inventar, ya ve usted.
Callaghan tenía la pistola en la mano, veía su sombra quebrada sobre el primer escalón de cemento en que daba el sol. En cuanto al casco, le hacía sudar, nada más; ahora es cuando los jefes, el mando, los sargentos, etc., que ascienden por sus conocimientos tácticos y la forma de conducir las operaciones, deben hablar y dar instrucciones concretas.
—No hay ninguna terraza sobre este edificio —dijo otro de aquéllos—. Aquí encima han colocado una estatua la semana pasada.
—¿Una estatua? —Currigan estaba cada vez más dubitativo.
—¡Ah, sí! —Recordó el viejo—. Es una diosa, Minerva; la alegoría de la inspiración que necesita toda esa pandilla. Creí que nunca iba a servir para nada.
Callaghan esperó unos minutos más. De pronto se escucharon nuevos disparos, golpes fulminantes y rápidos, demasiado cercanos, pensó, aunque silenciosos, como acolchados. Y saltó del agujero empuñando su automática.
Sabía que no tenía que cruzar la calle, eso era casi todo lo que sabía en aquel momento. No la cruzó; corrió por la acera pegado al edificio y entró en un enorme portal extrañamente vacío y frío. Le preguntaron luego, pero no supo responder con exactitud, cosa extraña, pero comprensible y humana. No debía encontrarse aún perfectamente recuperado, pero el caso es que en seguida se vio allá arriba, quieto, casi sin respiración, tomando aliento ante la pequeña puerta entornada de lo alto del edificio, y nunca pudo dar una respuesta terminante sobre si había utilizado el ascensor o subido a la carrera las escaleras hasta el piso catorce.
Lo vio agazapado en medio de aquella especie de templete absurdo, bajo la estatua, como dentro de ella. Si no le hubiera disparado al helicóptero y desde éste no hubieran captado automáticamente esos disparos por medio del sonar fotoeléctrico, todavía estaría sin localizar a estas horas. De vez en cuando asomaba la punta de un ojo, con el rifle en las manos, sólo unos centímetros sobre el borde del edificio. Miraba a través de la mira telescópica acoplada al arma, largamente, con detenimiento, iba girando el rifle y su potente anteojo de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, contemplaba sin duda la calle, las ventanas, los autos, observaba a las personas tal como si las tuviera al alcance de la mano. Y sonreía. No disparó ni una sola vez mientras él lo estuvo observando desde su escondite, sólo unos segundos, recobrando el aliento y serenándose. Estaba arrodillado en el suelo, al borde de la profunda sima de la calle, los pantalones azules sucios de polvo y de cal, descalzo, con los calcetines negros igualmente manchados; a su lado vio los zapatos y dos rifles más, de distintas marcas y calibres, ambos con la mira telescópica puesta, diversos casquillos de los proyectiles disparados esparcidos por allí, dos botellas de coca-cola, una vacía y tambada, la otra medio llena, colocada a la sombra de una de las patas o piernas de la estatua aquella, algo dentro de unos papeles blancos, restos de comida, y el paquete de cigarrillos también en el suelo. Medio se volvió para echar mano de la botella, sin soltar el rifle, y entonces Currigan vio también que tenía una pequeña pistola sujeta entre el cinto y la camisa, bajo el pantalón, sobre la barriga. Lo vio, entonces fue cuando verdaderamente lo vio. Sintió un escalofrió, y sintió cierta pena, porque aquella cara de muchacho no podía ser la misma cuyos ojos centraban la cruz en el anteojo y bajo la cruz centraba las figuras que se movían allá abajo, no podía ser aquella la cara cuya mejilla derecha apretaba contra el hombro la culata del rifle y sonreía al sentir cómo el dedo se curvaba, cómo el dedo oprimía el gatillo, chup, la cara de los ojos que centelleaban al ver doblarse allá abajo aquellas figuras que caían a lo largo de la calle en medio de pequeños o grandes charcos de sangre.
Currigan disparó repetidas veces, casi sin asomarse, sobre aquel rostro infantil, un niño, que se asombró un poco, un pequeño instante. Pero no, no era tan niño. El criminal no podría ser juzgado por su rostro, que por otra parte había quedado completamente desfigurado, irreconocible. A Currigan le aliviaría saber, al ir conociéndose los detalles, que el loco había hecho el servicio militar en la clásica Infantería de Marina, deambulando por diversas partes del mundo en que había casos que resolver, y donde se había adiestrado en el manejo de las armas, con envidiable provecho y privilegiada puntuación; saber que el tipo aquel se había casado, aunque desgraciadamente dejaba un huérfano; y que había subido hasta allí con el arsenal disimulado en un cochecito de inválido que dejó abandonado en el ascensor, en busca de un buen lugar donde parapetarse y empezar a hacer justicia. Todas estas cosas se fueron conociendo y otras muchas quedaron ocultas, o confusas, como la historia de la película sin revelar, o el microfilm, o el dinero aquel que le encontraron encima, una cantidad exorbitante y que jamás se mencionó en ningún informe ni reportaje, o uno cualquiera de esos detalles que desvían la atención del público hacia peligros irreales o maniobras inexistentes, cuando las cosas están a la vista y son bien conocidas de todos, incluso lo que la Policía tuvo que confesar haber encontrado y clasificado como top secret para que la gente se tranquilizara o no pensara más en aquellos accidentes; y también la historia de la Guerra que Tomás Bowles, el maldito muchacho muerto en la azotea aquella mañana, había declarado a la International Rifle Association por medio de cartas y de abogados desde que se licenció de la Marina y dejó de disparar a las órdenes del capitán contra todo aquel que tuviera color amarillo, negro o marrón e incluso blanco en caso necesario. Salió también un compañero de Bowles asegurando que era un buen muchacho, ordenado y pacífico, que había cumplido sus deberes con la patria, recordando que a veces hablaba de su padre como si fuera a él a quien estuviera buscando realmente cuando había estado por ahí en las bases atómicas instaladas en los países extranjeros aliados y amigos, y diciendo finalmente con toda claridad que Tom había bromeado en más de una ocasión sobre la utilidad de las armas de fuego en una ciudad como aquélla, en que no había nada que cazar, ja, ja… No era para tomarlo a broma, le dijeron al chico éste, amigo del muerto. ¿Por qué no se presentó a denunciarlo a tiempo? ¿Yo, por qué? Allá ustedes si no acaban con todo ese negocio, animándosele la mirada violentamente y marchándose de allí con cierto aire amenazador y vengativo. Eso al menos le había parecido a Currigan, que aún no tenía autoridad ni mando para ordenar vigilarlo estrechamente.
Currigan dijo: No sé cómo llegué hasta allí, lo cierto es que lo vi, parecía un buen muchacho descansando después del trabajo, y cuando iba a echar mano de la botella para refrescarse le tiré y vi que primero le daba en la cara. No, él no tuvo tiempo de dispararme, yo sé arreglármelas. Quiso levantarse, eso sí, quiso utilizar el rifle, pero yo no le dejé, qué iba a dejarle, después de todo lo que me había metido en la cabeza el sargento y lo que había pasado allí.
Se había confiado demasiado, debía haber vigilado mejor aquella puerta. Se asustó un poco al verlo allí, igual que cuando uno sale distraídamente de un sitio y tropieza en la puerta con otro que quiere entrar en el mismo momento. Una sonrisa de disculpa, pase usted, no faltaba más, pero no, en lugar de eso el negro policía en la sombra le había golpeado desde allá, un dolor profundo, no en la cara, sino en toda la cabeza, un estallido, una explosión, y siguió sintiendo por unos instantes otros pinchazos, otros tremendos empujones a lo largo del cuerpo, cuando él levantaba la mano realmente para llevársela a los ojos y comprobar…, sí, algo húmedo y caliente en la cara, en sus manos.
Tenía más de diez balazos en el cuerpo, tres en el rostro, dos en la garganta, uno en el corazón, cuatro más esparcidos por los hombros, etc., todos acumulados desde la mitad del esternón hacia arriba. Fue el último cadáver que retiraron. A los heridos se los llevaron inmediatamente; algunos murieron por el camino hacia el Hospital y las diversas clínicas cercanas; otros se salvarían.

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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