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imagen cabecera catálogo El año del desierto
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Mapas

Divido el pelo en cuatro mechones, cruzo los dos centrales y los aparto al medio en dos pares. Entonces empiezo la trenza. El mechón de la derecha pasa al medio por encima del mechón de al lado; el de la izquierda pasa al medio, pero lo hace por abajo del mechón de al lado y por encima del recién cruzado. Voy explicándola a medida que avanzo. Repito los movimientos una y otra vez hasta llegar a las puntas, hasta que queda una trenza chata con una fila de cuadraditos en medio. Ellas me piden que les enseñe otras trenzas, pero tienen que seguir estudiando y yo tengo que ordenar los libros en los estantes.
Suena el timbre de las doce y la biblioteca queda vacía. Termino de guardar los libros, pongo bien las sillas y voy al cuarto de la mapoteca. Despliego los mapas viejos sobre la mesa, miro los lugares, los nombres, las avenidas. Recorro con el dedo las estaciones de tren y las calles, trato de acordarme de algunas esquinas, algunas cuadras o plazas de esa grilla enorme, inexistente. Las calles de la ciudad donde ahora vivo son menos ordenadas y geométricas, parecen un enredo, algo que fue creciendo de un modo irregular alrededor de catedrales y castillos, como muchas otras ciudades europeas.
Este trabajo me gusta. Me gusta el silencio. Estuve cinco años en silencio, hasta que las palabras volvieron, primero en inglés, de a poco, después en castellano, de golpe, en frases y tonos que me traen de vuelta caras y diálogos. A veces tengo que encerrarme acá para hablar sin que me vean, sin que me oigan, tengo que decir frases que había perdido y que ahora reaparecen y me ayudan a cubrir el pastizal, a superponer la luz de mi lengua natal sobre esta luz traducida donde respiro cada día. Y es como volver sin moverme, volver en castellano, entrar de nuevo a casa. Eso no se deshizo, no se perdió; el desierto no me comió la lengua. Ellos están conmigo si los nombro, incluso las Marías que yo fui, las que tuve que ser, que logré ser, que pude ser. Las agrupo en mi sueño donde todo está a salvo todavía.
El silencio de la biblioteca parece estar fuera del tiempo. Acá las cosas no cambian. Sólo el clima, que en los días de lluvia me hace doler la pierna y hace que la renguera se me note un poco más. Las chicas me bautizaron the pirate («la pirata» o, quizá con más crueldad, «el pirata»), pero se cuidan de decirlo delante de mí.
Últimamente estoy teniendo un mismo sueño: me pruebo ante el espejo del local el vestido azul que nunca pude comprar. A veces, lo pago con billetes y salgo caminando entre la gente con el vestido puesto; otras veces, no lo pago y salgo corriendo, descalza. A los pocos pasos, descubro que el vestido está todo desgarrado y sucio. Pero siempre tengo la pierna sana en el sueño, y tengo el pelo largo y la ciudad donde nací sigue estando en su lugar.
 

Suárez & Baitos

Era mi último viaje en tren a Capital. Cuando arrancamos en la estación de Beccar, el aire tibio de verano empezó a entrar por las ventanas rotas. No pude leer el libro de Hawthorne que llevaba en el bolso. Miré pasar las estaciones como si viera todo por última vez: San Isidro, Acassuso, Martínez, los árboles enormes, mi colegio, los jardines abandonados, La Lucila, Olivos, los depósitos, Vicente López, Saavedra, los playones de los supermercados; después Núñez, Belgrano, los caserones antiguos, Lisandro de la Torre, los caballos vareándose en las pistas laterales del hipódromo, las canchas de tenis, los edificios altos, y la llegada cada vez más lenta hasta Retiro.
En el Bajo podía tomarme un colectivo —eran diez cuadras hasta Suárez & Baitos— pero preferí caminar, a pesar del calor. Subí por Reconquista, por las cuadras llenas de puestos de comida rápida, donde surgieron tiempo después tantos prostíbulos, donde Catalina y yo tuvimos que buscar a Benedicta, entre cafishos, enanos y olor a frito. Había poca gente por la calle. Ya estábamos en el segundo día de enero y muchos se habían ido de vacaciones.
Entrar en el aire acondicionado del edificio fue un alivio. Me arreglé frente al espejo del ascensor. Cuando se abrieron las puertas, vi una guirnalda sobre mi monitor. Se habían acordado de mi cumpleaños. También encontré una nota pegada en la pantalla. Yo era la única de las secretarias que tenía todavía una computadora en su escritorio. Aunque ya no funcionara el sistema informático, había que aparentar que seguíamos usando la última tecnología. Cuando entraba un cliente, yo simulaba que tipeaba algo en el teclado. En realidad todo eso estaba muerto hacía varios meses.
Suárez & Baitos era una compañía de inversión fundada por dos economistas de cuarenta años que habían sido muy amigos. Las oficinas estaban en los últimos pisos de la Torre Garay, sobre la calle Reconquista, a unas cuadras de la Plaza de Mayo. Lo primero que veían los clientes al salir del ascensor era mi cara detrás del escritorio y eso me obligaba a llegar temprano, estar siempre prolija, discreta y apenas maquillada. Teníamos un tailleur azul de uniforme que me quedaba bien. Los hombres de traje y corbata me miraban y las demás secretarias me tenían algo de envidia. Una vez las escuché decir en voz baja «es puro pelo» y, cuando me vieron, cambiaron de tema. De algunas puedo decir que éramos amigas; a veces íbamos a almorzar juntas a las Galerías Pacífico o a los bares irlandeses de la zona. Pero no pasaba de ahí.
La nota pegada en la pantalla decía «Feliz cumple Mery. Pasé temprano, te llamo a las 11». Era de Alejandro; así me llamaba él: «Mery», y así escribía mi nombre. A veces venía hasta la recepción a dejar paquetes para la compañía, y las chicas pasaban curiosas, como yendo a otro piso, pero queriendo, en realidad, comprobar que Alejandro fuera mi novio. Les costaba creer que yo saliera con un motoquero que hacía mensajería, cuando podía quizá seducir a alguno de los tantos hombres de corbata que me rondaban. A mí me gustaba que eso las sorprendiera.
Alejandro era tan buen mozo que las chicas se inquietaban cuando subían con él en el ascensor. No era carilindo. Tenía ojos claros y era morocho, con rasgos fuertes. Se parecía un poco al actor Benicio Del Toro, parecía un tipo duro, pero era buenísimo, muy callado. Cada tanto me miraba como si estuviera a punto de decirme algo, y no decía nada, sonreía, y la cara se le transformaba, despejando el gesto huraño, introvertido. La primera vez que me invitó a almorzar me puse violeta, le dije que no podía y traté de ignorarlo como una estúpida. A él también le dio un poco de vergüenza, pero igual otro día se volvió a animar y fuimos a un restorán del Bajo. La mañana de mi cumpleaños, ya hacía casi tres meses que salíamos.
A las once me llamó desde un teléfono público; se oían los autos detrás.
—Abrí el primer cajón, te escondí algo.
—¿Qué?
—Abrí el primer cajón de tu escritorio, dale que se va a cortar y no tengo más monedas.
Adentro encontré una bolsita de terciopelo. La abrí y saqué un anillo de plata con una piedra aguamarina ovalada que habíamos visto el fin de semana en la feria del Parque Centenario. Me lo puse y le agradecí. Me encantaba ese anillo. Lo perdí ese año en los éxodos, cruzando a nado un arroyo.
—¿Pasás hoy? —le pregunté.
—A las seis no puedo, encontrémonos a las siete en el bar de Cerrito y Sarmiento.
Yo me acordé de que él quería ir a la marcha contra la intemperie que se iba a hacer esa tarde en Plaza de Mayo.
—¿Vas a ir?
—Sí —me dijo.
Nos quedamos callados un segundo. Él me había querido convencer de que lo acompañara, que no iba a pasar nada; yo lo había querido convencer de que no fuera porque era peligroso; al final, sin decirlo, habíamos llegado a un acuerdo: cada uno dejaba al otro hacer lo que quería.
—Tené cuidado, Ale.
—Sí, nos vemos a las siete. ¿Se mudan mañana? —me preguntó y, cuando le dije que sí, se cortó y no supe si me había oído.
El día pasó un poco más tranquilo que de costumbre. La gente llamaba resignada a que les dijeran que tal o cual asesor no estaba, que seguía de vacaciones; ya no tenían el apuro histérico de antes. Nadie corría con circulares del Banco Central, ni por feriados bancarios sorpresivos. La música del juego de la silla se había cortado hacía rato. Sonaba el teléfono, pero no tanto. Yo podía operar con varios llamados a la vez, contestando en castellano o en inglés. Hacía bien mi trabajo, usaba uno de esos head-phones para atender sin manos. A veces me daban algo para traducir y lo iba haciendo entre llamado y llamado, pero ahora iba más lento porque tenía que usar la máquina de escribir eléctrica, una ibm verde que parecía un tanque. Tuvimos que acostumbrarnos a escribir primero a mano para poder corregir todo el texto y después recién pasarlo porque si cometías un solo error tenías que empezar todo de nuevo. La única ventaja que les veíamos a esas máquinas era que, al menos, no se colgaban para siempre como las computadoras, llevándose a la tumba de los electrodomésticos toda la memoria de la vida. Como no teníamos más e-mail, hacíamos nosotras mismas el correo interno y así empezamos a vernos otra vez las caras. La gente hablaba más en los pasillos, circulaba, saludaba más. Se notaba que había menos trabajo. Decían que las cosas no estaban bien entre los socios, se rumoreaba muy por lo bajo que Baitos podía llegar a asimilar a Suárez.
A las cuatro llamó papá para decirme que había «disturbios» en el centro, que me volviera temprano. Le dije que iba a ir al cine con Alejandro y que íbamos para el otro lado, que no se preocupara. Me lo imaginé ahí sentado, con el televisor encendido, entre las cajas y los canastos ya embalados para mudarnos al día siguiente. Papá dormía y veía televisión todo el día, se ponía paranoico porque veía todos los noticieros. Habíamos tenido que suspender el cable y, como el televisor grande no sintonizaba bien los canales abiertos, papá había rescatado del altillo un televisor en blanco y negro, chiquito y rojo, que él le había comprado a mamá los últimos días en el hospital. Lo enchufó y logró sintonizar cuatro canales nacionales. Los canales se cambiaban girando una perilla, pero, de todos modos, papá se quedó con el control remoto del otro televisor en la mano. Apretaba los botones como un tic que no se podía sacar de encima. Cuando se acababa la transmisión, se iba a dormir y no se despertaba hasta que se reanudaba al día siguiente a las once de la mañana. Encaneció, así, en pantuflas y rodeado por ese parpadeo de imágenes y ese fondo de voces y cortinas musicales.
Yo no soportaba ni media hora de televisión. Las emisoras no producían cosas nuevas y estaban recurriendo a los archivos de programas grabados, novelas, películas nacionales; los actores rejuvenecieron, los galanes recuperaron el cabello, y resucitaron los cómicos, las divas volvieron a ser rubias de veinte sin operar, los boxeadores volvieron a pelear, y daban las novelas de mi infancia, Perla Negra, El infiel, Más allá del horizonte. Lo bueno es que papá se reía viendo los programas de su época, los chistes sin malas palabras y las películas de escaleras de mármol y conversaciones donde decían frases como «Usted, Martita, nunca volverá a amarme».
A las cinco me cantaron el feliz cumpleaños en la sala grande. Entre todos me regalaron un bolso verde, de playa, muy lindo. Corté la torta de merengue y chocolate que pedíamos siempre a la misma casa de comidas cada vez que alguien de Suárez & Baitos cumplía años. La comimos medio rápido, parados, con vasitos de coca. Por el ventanal se veía el estuario que llegaba hasta el horizonte, el puerto con grúas y containers, la dársena norte, los cuatro diques, los demás edificios torre, el pajonal y los camalotes que se habían acumulado en la Costanera Sur y que llamaban la Reserva Ecológica. La altura del piso veinticinco permitía esa mirada geográfica. Era la vista de los hombres poderosos. Por eso habían puesto las salas de reunión hacia ese lado. No era una linda vista, pero parecía perfecta para hacer negocios. Como si fuera un lugar en otro país, lejos del barro nacional, como visto desde un avión. Era la altura de la economía global, de las grandes financieras del aire, donde se establecían a la perfección los contactos telefónicos con las antípodas. Como si, ahí arriba en el mejor oxígeno, en la cima del mundo, pudieran tocarse la punta de los dedos con New York, con Tokio. Eran salas no muy grandes, con tres sillas y un escritorio de madera en medio, con separaciones de vidrio y persianas americanas. No se hablaba fuerte ahí. Eran confesionarios bursátiles, cubículos donde se susurraban las operaciones, las transferencias, los fondos, el perdón de los pecados tributarios. El truco del lugar era la altura, lejos del tercer mundo, el horizonte lejano, diáfano, donde podía verse, en los días más claros, la orilla de enfrente, la salvación off shore, el Uruguay, la ciudad de Colonia del Sacramento.

***

Un rato antes de salir, pasó Lorena, una de las secretarias, anunciando por todo el piso que podíamos irnos «porque parece que hay quilombo». Siempre que había disturbios en el centro nos dejaban salir más temprano. Alejandro debía estar ahí metido. Me puse unos jeans para no llamar la atención por la calle. No me quedaban muy bien, no eran mis Levis buenos, sino unos Tex que me había comprado en el Carrefour cerca de casa porque estaban baratos. Los tenía siempre en el cajón de mi escritorio por cualquier urgencia. Traté de escabullirme sin que me vieran, pero justo apareció Baitos y bajó conmigo en el ascensor. Era un ex rugbier economista, que no trataba de caerme simpático. Tenía una oreja medio machucada, era retacón y peludo. Cuando entrabas a su oficina, tenías que tener cuidado de no recibir un palazo porque estaba distraído, practicando su swing de golf.
—¿Cuántos cumpliste? —me preguntó.
—Veintitrés —le dije y no sé si me oyó, porque le estaba echando una miradita a mis jeans.
—Ojo en el colectivo —dijo—, recién escuché por radio que en Constitución dieron vuelta un colectivo y lo quemaron.
Me sentí tentada de decirle «Voy en moto», para descolocarlo, pero, al menos esa tarde, no era cierto. Nos quedamos callados hasta planta baja. Cuando se abrieron las puertas, huimos del silencio incómodo y encaramos apurados los molinetes con la tarjeta de identificación; mi molinete giró y pasé, pero el de Baitos falló y le pegó en seco. Por el rabillo del ojo lo vi que se doblaba. Saludé a la gente de seguridad y fui hasta la puerta. Él, por fin, logró pasar y fue hacia la cochera donde guardaba su auto que, según decían, era blindado.
Afuera hacía un calor horrible y lento. El sol todavía picaba en los hombros. Me hubiese gustado que Alejandro me pasara a buscar con la moto como otras veces. Yo me subía y arrancábamos y veía nuestra imagen reflejada en los paneles espejados de la Torre Garay. Mi cara apoyada contra su espalda. Mi pelo volando hacia atrás. Me gustaba ir así. Cerraba los ojos para sentir solamente la aceleración que me sacaba de ese lugar, que me alejaba, una fuerza, un movimiento que se mezclaba con mis ganas de fugarme, de cambiar de aire.
Subí caminando por Sarmiento. La calle estaba alfombrada con volantes. Agarré uno. Decía: «La intemperie que el Gobierno no quiere ver». Tenían fotos de una cuadra antes y después de la intemperie. En el antes había casas, una al lado de la otra, y en el después se veían sólo los baldíos. Lo tiré por si me agarraban con eso encima. Pasó un tipo en cuero, usando como tambor un tacho de basura de los de plástico. Para el lado de la Plaza se oía el latido enorme de los bombos. Como estaba a tres cuadras, no me preocupé mucho, hasta que vi pasar a la montada. Primero oí el repiqueteo de herraduras contra el asfalto y después vi pasar los caballos alazanes al galope. Los policías ya venían amenazando con el látigo. Vi que los otros corrían y corrí hasta la esquina. Pasaban chicos con la cabeza envuelta en una remera, pasaban tipos de corbata con el saco en la mano, eufóricos. Lo de siempre. En cada marcha contra la intemperie pasaba lo mismo. Me apuré hasta Cerrito. Quería encontrarme con Alejandro y nada más. Unos tipos arrastraban carteles de «Hombres trabajando» para hacer una barricada. Otros trataban de romper un vidrio y no podían; los cascotes y los pedazos de baldosas rebotaban, haciendo ondular el reflejo como si fuese agua. Se oían frenazos de autos y después explosiones o tiros. Ahí me empecé a asustar. Pasaron más tipos corriendo, y chicas también. Yo me quedé al lado de unos fotógrafos. Pasó un camión hidrante y nos escondimos en la entrada de un departamento pero nos mojaron igual.
Crucé la 9 de Julio y casi me pisa un auto porque algunos iban a contramano o giraban rápido en «u». Corrí hasta el bar. Afuera estaban los mozos de saco blanco que habían salido a la vereda para mirar. Me conocían de vista, porque nos encontrábamos seguido en ese bar con Alejandro. Uno de ellos agarró un fierro y empezó a decir:
—¡Que vengan, que vengan!
Los otros se rieron. Parecían contentos. Adentro no había nadie. Todavía no eran las siete. Así que me quedé ahí con los mozos, que me miraban de reojo porque yo tenía la musculosa mojada. Vimos pasar a toda velocidad, hacia el lado de la plaza, unos autos con las ventanas abiertas y caños de armas largas que asomaban hacia afuera. Se oían disparos, vidrios, gritos. Me empezaron a picar los ojos y la garganta. Tardé en darme cuenta de que era el gas que ya se estaba esparciendo por todos lados. Les pedí agua a los del bar y me trajeron un vaso, pero no logré sacarme el gusto ácido de la boca y la garganta. Me dijeron que mojara el pañuelo y me tapara para respirar. Eso me mejoró un poco. A media cuadra del bar, un McBurger estaba en llamas. Los mozos bajaron la persiana de metal para evitar problemas. Cuando estaban cerrando la puertita más baja, me invitaron a meterme dentro con ellos; insistieron bastante, diciendo:
—Dale, rubia.
Preferí quedarme afuera. Pasaron dos chicas, una ayudaba a la otra que tenía sangre en la cara. Alejandro no venía y lo odié por haberme hecho meter ahí. Se oyeron más disparos. Me acurruqué detrás de un árbol, frente a un local. Contra las persianas metálicas golpeaban piedras o pedazos de cosas. Yo pensaba: «No tengo nada que ver, no me puede pasar nada, vengo a encontrarme con mi novio». Hasta que vi pasar una camioneta de la policía con un tipo muerto atrás. Algo me pegó cerca y un vidrio, a mi espalda, se rajó con forma de telaraña. Me vi rota en el reflejo, como hecha pedazos. Me acordé de que no había traído el documento. Entonces escribí en un papelito: «Soy María Valdés Neylan», anoté mi número de documento, la dirección de casa y el teléfono, y me lo guardé en el bolsillo del jean. Tenía miedo de que me mataran y que no supieran quién era.
Hice el gesto de buscar en el bolso mi teléfono celular para llamar a alguien. A veces me olvidaba de que ya no lo tenía, me quedaba el hábito de tenerlo siempre encima. Escuché un ruido, un galope, y pasó a mi lado un caballo de la montada desbocado, sin jinete. Alejandro no venía. No sé cuánto tiempo pasó. Pensé en irme. En buscar un baño. Pero no me podía mover. Me quedé ahí en cuclillas, llorando, y me hice pis. Pensé que a Alejandro le había pasado algo, que lo habían llevado preso o que él había llevado a alguien al hospital. No me podía quedar más ahí. Me fui caminando, con una mezcla de pánico y bronca. Se me debía ver el jean mojado. Quería cambiarme, lavarme la cara, debía tener los ojos hinchados y el maquillaje corrido. Me sentía fea, sucia. Llegué hasta Callao pisando vidrios rotos. Llamé por un teléfono público a lo de Alejandro para ver si estaba ahí, pero no me contestaba nadie. Pasaba gente cargada con fardos de ropa nueva, con estéreos, videos, licuadoras. Los dueños de algunos locales estaban armados detrás de las persianas a rombos. En Lavalle me tomé el 60 del Bajo y a las nueve estaba en casa.

***

Esa noche tuve un sueño largo, sin nadie; sólo veía cosas que parecían vivas, materiales que cambiaban. Unos charcos en una azotea y la lluvia que caía, todo mojado, el agua filtrándose en la estructura de hormigón y adentro el hierro oxidándose, largando chorreaduras negras, hinchándose hasta quebrar la mampostería. Veía grietas donde anidaban unas palomas y dejaban semillas que se hacían plantas de raíces expansivas, raíces apretadas que rajaban la losa, arbolitos que se abrían paso en el verdín de una cornisa. Podía ver un arañazo en la pared descascarada, la junta de los ladrillos lavándose en el aguacero, el ácido del tiempo que arruinaba las capas de pintura, las aureolas del óxido creciendo...
Sonó el despertador. Ya eran las siete y a las ocho venía el camión. Le toqué la puerta a papá para que se despertara. Desde el teléfono de la cocina, volví a llamarlo a Alejandro y me atendió el hermano.
—¿Está Ale, lo viste?
—No, no vino. Pero me llamó a las seis de la mañana.
—¿De dónde te llamó?
—Desde la calle. La policía le confiscó la moto y ahora se iba a ver si la recuperaba.
Me tomé un café y me puse a guardar las últimas cosas, pensando que, al menos, no lo habían metido preso y que andaría por ahí buscando su moto. Guardé el televisor rojo en una caja, donde entraron también unas bandejas y la cafetera eléctrica. Cosas que habían quedado sin vender en la feria americana el fin de semana anterior. Había puesto unas mesas en el patio de adelante. El departamento donde nos íbamos a mudar era más chico que la casa, y no entrábamos con tantos cachivaches. Papá hizo un gran esfuerzo para no decirme nada, no quería ni ver cuando vacié los placares de mamá. Se arrimaron algunos curiosos y vendí varios portarretratos, mi ampliadora y unas bateas para revelar, unas mesitas de jardín, el juego de chimenea, el microondas, algunos adornos y bastante ropa. Me agarré para mí unos vestidos de mamá, con diseños psicodélicos, y unos soleros medio hippies que me vinieron bien porque me estaba quedando sin nada que ponerme. Yo tenía su mismo talle. Si hubiese sido por mí, me hubiese mudado con mi cama, mis libros, mis discos de música celta, un poco de ropa y mi sobre de fotos; no necesitaba más que eso. Quedaron muchas cosas que tuvimos que dejar en la casa porque no entraban en el departamento. Era un tres ambientes en Barrio Norte que había sido de mi abuela Rose y que estaba alquilado desde su muerte hacía varios años. Quedaba casi en la esquina de Peña y Agüero.
Había ido al departamento días atrás para combinar la entrega con los inquilinos, un matrimonio joven, al que papá y yo llamábamos «los Salas»; él era un tipo prolijo, de anteojos, y ella una gordita contenta que saludaba siempre desde la cocina mientras arreglábamos las cuentas en el comedor con el marido. Pero esta vez los encontré a los dos esperándome en el living, muy asustados. Me dijeron que habían cambiado de idea. Me pidieron por favor que les renovara el contrato porque no tenían dónde ir; nadie les alquilaba nada en Capital. No había lugar. A mí me dio pena pero, a la vez, papá y yo teníamos derecho a vivir ahí porque éramos los dueños. Al final hablaron por teléfono con papá y él los dejó mudarse a nuestra casa en Beccar por un alquiler bastante bajo.
Cuando estuvo todo cargado en el camión de mudanza, papá dio una última recorrida por la casa vacía, para ver si no nos olvidábamos de nada, y cerró la puerta con llave, tragándose cualquier comentario. Seguimos al camión en un remise. No hablamos una palabra hasta que papá le dijo de mal modo al chofer que pasara al camión porque necesitábamos llegar antes.
—Tenemos que avisarle al portero —me dijo excusándose.
Yo creo que lo puso mal lo mismo que a mí: esa lentitud forzada por tener que seguir a otro auto, y nosotros dos en el asiento de atrás, callados... Se parecía al día del entierro de mamá. Por suerte el remisero aceleró. Cerca del Planetario, papá dijo:
—Espero que estemos haciendo bien.
A mí me sonó como «Más te vale que no te hayas equivocado». Porque yo lo había convencido de que teníamos que mudarnos. Fue Alejandro quien me advirtió del avance de la intemperie. Me contó que a su amigo Víctor Rojas se le había desmoronado su casa recién construida en Cañuelas. Me dijo que estaba pasando lo mismo en todo ese cinturón del conurbano, por Florencio Varela, La Matanza, Tigre. «Decile a tu viejo que venda la casa. Si sigue así, en noventa días está por tu barrio», me había dicho.
Al principio, papá no me quería creer, decía que si no aparecía en la televisión, no era cierto. En algún noticiero se habló del tema, pero no decían la palabra baldío, que parecía estar prohibida, decían «área de replanificación». Después se dio cuenta cuando empezaron las publicidades del «Plan de Estabilización de la Vivienda Familiar». Ahí empezó a preocuparse. Anunciaban que se iban a distribuir materiales de construcción de gran durabilidad, pero sólo llegaron unas chapas que la gente trató de unir con alambre. También repartieron, en camiones cisterna, un líquido viscoso con el que aconsejaban recubrir fachadas y medianeras para evitar la erosión. Papá hizo llenar un tacho grande y revistió las paredes sin ganas, porque se dio cuenta de que no era más que un simple barniz. Cuando quisimos vender la casa, ya era tarde. Nadie compraba propiedades fuera de la Capital.
Cuando llegamos en el remise, unos chicos se abalanzaron para abrirnos la puerta, se pelearon. Nos pedían una moneda, comida. Casi no se podía caminar por la vereda, había gente desesperada por todos lados, gente acampando contra las paredes de los edificios, bajo chapas, cartones, toldos. Los ranchos ocupaban toda la vereda y la gente se sentaba y cocinaba en la calle, tratando de no ponerse en el camino de los autos que pasaban despacio para no pisar a nadie.
El camión llegó y empezaron a bajar nuestros muebles a la vereda. Por un rato pareció que nosotros también nos habíamos quedado en la calle. Inquietaba un poco esa transición, el desalojo momentáneo. Parecía que había que hacer las cosas rápido, si no, uno podía quedarse afuera. Los peones de mudanza bajaron del departamento los muebles del matrimonio Salas, los cargaron al camión y subieron los nuestros por el ascensor. Sólo cuando estuvimos dentro y cerré la puerta, pude tranquilizarme un poco.
Iba a llevarnos un tiempo sentirnos cómodos. Yo me agarré el cuarto que había sido de la abuela, y papá armó su cama donde había sido el escritorio. Pero los muebles parecían estar fuera de lugar, no coincidían con las manchas amarillas que habían dejado en las paredes los muebles de los Salas. Una mesita que en casa quedaba muy bien en la entrada, ahora parecía diminuta en un rincón, desnuda. Daba frío, casi.
Cuando estábamos deshaciendo las valijas, lo vi a papá mirándome emocionado.
—Estás muy parecida a tu mamá. Recién te vi de reojo, así, con ese vestido, y me pareció verla a ella cuando andaba por la casa ordenando.
Pensé que quería que le diera un abrazo, pero, cuando me acerqué, se dio vuelta para seguir sacando su ropa. Le puse la mano en la espalda.
—Vamos a estar bien acá, Pa.
—Sí —me dijo, sin mirarme. No le gustaba el departamento.
Al rato, mientras yo limpiaba unos cajones forrados con papel de diario, vi una foto de mamá. Saqué la hoja. Era un aviso fúnebre en el diario The Celtic Cross, de la colectividad irlandesa. Decía «Margaret Neylan de Valdés (q.e.p.d). Su madre Rose, su esposo Antonio Valdés y su hija María Valdés participan con dolor su fallecimiento y ruegan una oración en su memoria». Me acordé del momento exacto en que me dijeron que mamá había muerto. Yo tenía doce años. Hacía un mes que ella estaba en el hospital aunque a mí me había parecido mucho más. El día de mi cumpleaños me había dejado subirme a la cama con ella. Papá a veces venía a casa, cuando no se quedaba en el hospital a dormir. Aparecía en horarios raros, se bañaba, buscaba ropa y volvía. Para cuidarme, se turnaban mi abuela y una cocinera que se llamaba Vilma, como la de los Picapiedras. Un día volví del colegio y, cuando entré por atrás, por la cocina, Vilma me dijo: «¿Te dijeron que murió tu mami?» Sentí el golpe, el sacudón por dentro, y le dije a Vilma que sí, que sabía, y no era cierto. Subí las escaleras corriendo y me tiré en su lugar de la cama. Lloré hasta que me quedé dormida y me despertó papá cuando ya era de noche.
Ahí estaba el recorte con la foto y la fecha. Seguramente lo había guardado mi abuela. El diario habría quedado años en algún placard y los Salas después, sin saber, lo habían usado para forrar los cajones. Lo guardé entre mis cosas, sin mostrárselo a papá. En una semana iba a ser el aniversario de su muerte; sentí ese peso, justo debajo del esternón.
Papá desconectó el portero eléctrico porque constantemente tocaban el timbre para pedir comida, o zapatillas viejas, o preguntaban si alquilábamos un cuarto para pasar la noche. Durante el día, los ruidos de la calle llegaban como un conjunto de voces, motores y bocinas; pero de noche subían hasta ese sexto piso sólo los ruidos de los ranchos: los llantos, las carcajadas, las peleas que parecían estar sucediendo delante de uno, los tachos que se caían o los tiraban, un estruendo de latas y puteadas.

***

Varios días estuve sin saber nada de Alejandro. Ya antes habíamos pasado un día o dos sin llamarnos, pero esto era distinto. Fui dos veces a la mensajería donde trabajaba, para ver si lo encontraba, pero me decían que no había ido. Le dejé un mensaje en un papelito doblado: «Ale, llamame, no entiendo qué pasa». Ese silencio me volvía loca, me llenaba  la cabeza de palabras y teorías.
Tuve que ir al banco a cambiar unos dólares que papá había guardado en una media. La cola llegaba hasta la puerta, no avanzaba, y yo estaba atascada en mis propias suposiciones. Creía que Alejandro no quería verme más, que se había aburrido de mí. Imaginaba que me decía cosas que nunca me había dicho: que era demasiado cheta, que vivía en una burbuja, que me resbalaba todo, que me gustaba demasiado el shopping. Y entonces le contestaba, me peleaba con su fantasma, diciéndole que yo lo mantenía a papá y trabajaba todos los días y tenía derecho a comprarme lo que quisiera cuando tenía algo de plata y que, al fin y al cabo, a él le había encantado que yo le regalara ese perfume Armani... O quizá por el cansancio de estar ahí parada, me daba por vencida, porque era mejor así, porque siempre había sabido que algún día se iba a terminar porque no podía durar siendo los dos tan distintos, y cuánto tiempo —hasta empezar a odiarlo o a odiarme— me iba a aguantar ese pellizquito de realidad, ese vértigo, en cada «she» cuando decía posho o pashaso, sólo ese sonido saliendo de su boca que marcaba la distancia que nos separaba, que me dolía, porque era cierto, era un error, pero qué lindo error, qué lindo tipo, el hombre más lindo que había conocido, tan reservado, misterioso, y de golpe estaba segura de que me quería quedar con él, que nada nos iba a separar, que podía funcionar, ¿por qué no?, después de todo...
Pasé varias veces del amor a la bronca, y la fila seguía inmóvil. Para no pensar más, me puse a leer el libro que llevaba en el bolso. La gente se puso más impaciente. Cuando saqué el libro y me sumergí en la historia, los que estaban detrás empezaron a resoplar y a quejarse por la demora. La placidez autista de la lectura provocaba irritación. El hecho de que alguien leyera en la fila parecía demorar aún más las cosas. Quizá cuanto más rápido se le pasaba a uno la espera, más lento se le pasaba a los demás. Al rato, se me acercó el guarda y me dijo:
—No se puede leer en la fila, señorita.
—¿Por qué? —le pregunté, y un tipo que estaba más atrás, con la aprobación de todos, dijo:
—No se puede leer, querida, si estás esperando estás   esperando.
Me fui a buscar una casa de cambio con menos gente, pero en todos lados estaba igual. La fila en la que me puse se empezó a deshacer. Alguien se había desmayado, y empezaron a decir que unos se estaban colando, entonces otros fueron        a tratar de evitarlo, y se adelantaron y se colaron porque, total, todos se estaban colando, y un viejo gritaba que las filas eran dos, pero era un gran embudo de empujones y mal humor frente a la única ventanilla abierta. No se podía organizar ni discutir nada, empezaron los tirones, los manotazos, y quedé atrapada en un enredo de gente que se agarraba de la ropa, dos tipas enfurecidas tirándose del pelo, unos tipos ahorcándose de la corbata, tratando de pegarse rodillazos sin lograrlo, porque en la aglomeración no se sabía bien de quién eran esas piernas o el codo que asomaba y una mano de ahogado, desesperada, que en el forcejeo nadie notaba.
No sé cuántos días pasaron así, entre filas, calor, incertidumbre, hasta que el hermano de Alejandro me llamó para decirme que Ale estaba en Campo de Mayo; lo habían enrolado. No entendí hasta que me dijo que estaba haciendo la conscripción. Me chocó tanto como si me hubiera dicho que se había metido a cura.
—¿Por qué hizo eso?
—No lo hizo, te obligan, ahora el servicio militar es obligatorio —me dijo—. Dentro de poco me toca a mí. Ale me pidió que te avise que está bien, cuando pueda te va a llamar.
No lo podía creer. Yo había querido enfrentarlo a Alejandro, preguntarle qué le pasaba, pelearnos un poco, replantear las cosas, pero esto me dejaba muda, me sentí casi ridícula con mis diálogos mentales girando en falso y para nada, y sin poder evitar que el pobre Alejandro estuviera ahí encerrado, cortando el pasto al sol, o haciendo flexiones, o cosas peores, con armas. No sabía qué pensar.

***

A la mañana, en Suárez & Baitos me crucé con Lorena, que bajaba a comprar carbónicos para tipear cartas en las máquinas viejas, porque no andaban las fotocopiadoras. Después, Baitos le pidió también que lavara las tazas de la sala de reuniones.
—Yo no soy la mucama —me decía, susurrando enojada.
—A mí me pidió que cambiara el botellón de agua —le dije yo—. Era tan pesado que me tuvo que ayudar Daniela.
—Si no quieren pagar mantenimiento ni limpieza, que no paguen, pero que no pretendan que hagamos todo nosotras.
Nos quedamos calladas porque venía Baitos por el pasillo con una espada en alto. Se le había roto el tornillo que ajustaba el filo de la guillotina de papel, y estaba recorriendo todo el piso buscando un repuesto con el filo en la mano, haciendo el chiste de que estaba por cortarle la cabeza a alguien.
Al mediodía, comí rápido mi tupper de ensalada en la cocina, mientras Daniela me cubría en la recepción hasta las dos.
—¿Querés venir a Galerías Pacífico? —le pregunté a Lorena.
—No, me da fiaca.
—Vamos a mirar, nomás. No compramos nada.
—A las tres viene mi tía, tiene cosas nuevas.
—¿Va a traer de esos pantalones negros?
—Sí, seguro. Pero yo no me puedo comprar nada. Hasta que no baje un gramo no me compro un solo pantalón.
Su tía venía a vender ropa en el baño, y nos pasábamos una hora probándonos minis, pantalones y remeras, paradas sobre la tapa del inodoro para mirarnos bien en el espejo.
 

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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