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imagen cabecera catálogo El diablo de los ojos verdes
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Lo que vio la reina de Francia

 

Fue en aquella época, docta y galante, enciclopedista y supersticiosa, en el último tercio del siglo XVIII, cuando llegó a París el médico austriaco Antonio Mesmer.
A pesar de los fuertes y luminosos sarcasmos de Voltaire contra las prácticas supersticiosas, el pueblo amaba lo maravilloso, creía en vuelos de brujas sabáticas, en la ciencia misteriosa de los saludadores y en el poder del mal de ojo de los hechiceros. La Academia francesa era racionalista y atea, y mientras preparaba la formidable revolución ideológica, la muchedumbre acudía a la tumba del diácono de París, muerto en olor de santidad; tomaba tierra de la fosa, la mezclaba con vino y se la bebía, bebedizo que tenía el poder de arrojar a los demonios del cuerpo.
A pesar del helenismo de país de abanico que triunfaba en los jardines de Versalles, todo el pueblo vivía espiritualmente en plena taumaturgia.
Los clérigos no daban paz al hisopo ni al exorcismo. Los embrujamientos de Carlos II de España habían pasado los Pirineos. Se encendían hogueras para los sortilegios, porque el Parlamento de París también gustaba de los torreznos de bruja, como nuestra Santa Inquisición.
En este estado de cosas, llegó Antonio Mesmer a París, con su nueva teoría del magnetismo animal. En realidad, Mesmer no aportaba nada nuevo. Agustín Paracelso, en el siglo XV, opinaba también que la fuerza de la vida proviene de los astros, y que existe una corriente fluídica entre las estrellas y los hombres. Creía en la eficacia de los talismanes y de los ungüentos magnéticos. Como se ve, esta teoría de las relaciones interplanetarias no es más que una consecuencia de la astrología de los caldeos, mística corriente que duró toda la Edad Media y hasta fines del siglo XVII, en que algunos príncipes tenían astrólogos de cámara para que descifrasen su horóscopo y las influencias que tenían que temer de los cuartos de la luna y del anillo de Saturno.
Mesmer fue un nuevo apóstol del fluido magnético, que enlaza los hombres con los astros. Él se creía dotado de ese fluido imponderable, y por su influjo curaba todas las enfermedades. Muy pronto consiguió hacer una gran fortuna. Todas las damas que componían pastorelas galantes en el Trianón acudieron a la «cubeta de Mesmer». Abates madrigalistas y caballeros almidonados de peluquín y de casaca se sintieron enfermos y fueron a casa del médico brujo, a pesar de los informes contrarios a las prácticas magnéticas, firmados por la Academia de Ciencias y por la Facultad de Medicina, que aseguraban que Mesmer era un loco o un embaucador.


Al atardecer de un día de otoño, una dorada carroza se detuvo a la puerta del médico misterioso. Una bella damita, seguida de otra dama y un caballero, se apearon de la carroza. Era la Venus austriaca, la reina María Antonieta de Francia.
En un gran salón esperaba la flor de la femenina nobleza. La casa de Mesmer era otra fiesta en aquella época de fiestas, un entretenimiento exquisitamente misterioso y escalofriante. El calofrío de lo supersticioso era una voluptuosidad para las gentiles figulinas de cabellera empolvada. Se entregaban al misterio como a un amante inefable que sabía hacer vibrar las cuerdas de su histerismo elegante y decadente.
La imprevista llegada de la reina dio una gran solemnidad a aquella tarde taumatúrgica. Hubo un amable crujir de sedas, como en un ceremonioso paso de pavana; las risas desgranaron sus escalas de oro como en los simulacros mitológicos de los jardines versallescos. Una fugaz risa pagana volaba en aquella litúrgica capilla de la magia, donde todo era tenebrosamente teatral.
Mesmer besó la punta de los dedos de la divina y trágica reina de Francia.
María Antonieta presentó a Mesmer a sus acompañantes.
—La duquesa de Grammont. El conde Cagliostro, el brujo —exclamó con una sonrisa que en vano quería ser volteriana, señalando a un caballero pálido y moreno, con los ojos como dos llamas de alucinación.
Mesmer contempló al mago Cagliostro, que se acordaba de todas sus existencias anteriores. Sin embargo, no le causó asombro aquel extraño personaje, porque en aquel tiempo era de mal tono asombrarse de nada.
María Antonieta mostraba impaciencia por conocer el misterio de la «cubeta de Mesmer». Se hizo un hondo silencio en el que todos sintieron una vaga inquietud; zumbaba el viento en las vidrieras como el aletazo de un pájaro de agorería.
Antonio Mesmer se sentó al clavicordio, porque la música atrae a los buenos espíritus del espacio. Las resonancias hondas y litúrgicas esparcían una solemnidad religiosa en el ambiente. La cubeta estaba colocada en el centro del salón. Era una cubeta de madera negra, de gran tamaño.
En el interior, a manera de radios convergentes, había muchas botellas de agua magnetizada por Mesmer, en varias filas, unas sobre otras. La cubeta estaba llena de agua de color glauco, preparada con unas limaduras de hierro, vidrio machacado, escorias de hulla y arena.
De la cubeta partían muchas varillas de metal, a cuyo remate había una cuerda que rodeaba la cubeta. Sobre la maroma extendían las manos los enfermos y los practicantes del ocultismo, poniendo en contacto los pulgares con las piernas y los pies unidos, formando la cadena magnética.
Al cabo de unos minutos, Mesmer encargó a otro músico —un viejo organista de convento— que continuara el concierto, y él se acercó al grupo de los enfermos con una varita mágica en la mano. Era una varita imantada, de vidrio, que es el mejor conductor del fluido.
Apenas el médico brujo tocó la cubeta con la varita mágica, comenzaron las convulsiones. Cuatro madamas cayeron en una encantadora crisis, con los ojos en éxtasis, desgranando la locura de su risa perlada.
Cuando las contorsiones y los espasmos se acentuaban y los lazos y las sedas caían, dejando ver zonas de deliciosa carnación, Mesmer atraía a las poseídas hacia el «Infierno de las convulsiones» por la virtud de sus pases magnéticos. Era este «Infierno» un gabinete, guateado de raso negro, para amortiguar el choque de los cuerpos convulsionados por los retorcimientos histéricos.
En aquel cuarto sólo penetraba Mesmer, que seguía las crisis con toques de varita y envolviendo a las enfermas con el fluido de sus ojos de fascinación. Las señoras llamaban a aquel lugar, no se sabe por qué íntimos y misteriosos motivos, «La delicia de las damas». Cuando al cabo de un rato volvió Mesmer del delicioso «Infierno de las convulsiones», había una gran exaltación entre los que circundaban la misteriosa cubeta.
María Antonieta estaba pálida como los mármoles paganos de sus jardines reales. Exhalaba sollozos entrecortados y tenía los ojos espantados y fijos en el agua glauca que llenaba la cubeta. Sus manos, engarfiadas, se tendían hacia delante.
—¿Qué veis, señora? —preguntó Mesmer, fríamente.
La reina respondió con una voz de suspiro que parecía un eco muy lejano:
—¡Del agua turbia surgen muchas caras que me amenazan! ¡Son mendigos, ladrones, y llevan picas en las manos! ¡Ahora los veo mejor! ¡Hay muchos, muchos; está llena la calle de gentes patibularias que se dirigen a Versalles!
—¡Seguid, majestad!
—¡Una plaza muy grande! El cielo está gris y torvo. ¡En una carreta van muchas mujeres casi desnudas, con las manos a la espalda! ¡Qué horror, Dios mío! ¿Qué hacen con la duquesa de Grammont? ¡Va llorando en esa trágica carreta!
La duquesa de Grammont era una dama racionalista y volteriana que no creía en alucinaciones.
—¿Veis, señora, que me llevan en una carreta? ¿Y con el pelo suelto? Rogad a esos sayones que me permitan aguardar a mi peluquero para que me empolve la cabellera.
La amable fanfarronería cayó en un silencio glacial.
—¡Vuestro peluquero será esta vez el verdugo! —sollozó María Antonieta.
Sobre el rostro pálido de la reina, el mago Cagliostro clavaba sus pupilas de fascinación.
—¡La duquesa de Montmorency! ¡El señor Condorcet está muerto en una calle solitaria! Una muchedumbre feroz se apiña en la plaza. ¡Caen cabezas ensangrentadas, muchas cabezas espantables, con los ojos abiertos, que pronuncian palabras enigmáticas, al caer en el lúgubre cestillo! La muchedumbre, ebria de sangre, corre a las Tullerías… ¡Cuántos rostros conocidos y la flor de la nobleza francesa, todos los que ayer estaban en los salones de baile!
Estaba rígida y helada; parecía una Venus de mármol la rubia Venus austriaca. Súbitamente lanzó un alarido.
—¡El rey! ¡También el rey! ¡Su cabeza rueda, rebotando sobre el tablado! ¿Qué es esto? ¡Me veo yo misma !¡Parece que voy flotando en un mar de sangre! ¡Veo mi garganta con una línea roja como una cinta de carmín! ¡Jesús!¡ Jesús!
Y la reina de Francia cayó en una espantosa convulsión epiléptica.
—¿Qué habrá visto la señora? —exclamó la de Grammont—. ¿De qué cinta roja hablaba?
Cagliostro sonreía enigmático.
—Ya lo habéis oído. Una preciosa corbata color de sangre que le ceñía a su cuello de diosa. La «cubeta de Mesmer» ha sido galante con la reina de Francia.
Aquel misterioso Cagliostro, que se acordaba de las vidas anteriores y que sabía leer el futuro, quizá vio que la cinta roja que adornaba la garganta de la reina era la corbata trágica y sangrienta de maese Guillotin.
Era una galantería retórica del gusto de la época.

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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