catálogo
imagen cabecera catálogo El escondite de Grisha
título críticas

Este duende tiene los ojos grandes y encenagados como dos charcos de tormenta. Las puntas de sus orejas asoman lívidas entre la pelambre, igual que su nariz, porque para él no existe otra estación que el nevado y tieso invierno. Así lo han dibujado: aterido. Lleva un sombrero picudo sobre la cabeza y un chaleco pegado al cuerpo, todo de color ceniza, un continuo de pieles sucias y remiendos como cicatrices. Acuclillado, la barba de chivo le cuelga por entre las rodillas hasta el suelo, donde se enrosca en una serpentina gris. Pero lo que distingue a este duende de cualquier otro, lo que te empuja primero a acercarte y luego a apartar la vista de él con un estremecimiento, es su gesto. Su envenenada sonrisa, partida en dos por el huesudo dedo índice de su mano izquierda: chitón, ni se te ocurra hacer un solo ruido cuando atravieses este umbral, o de lo contrario…

Este duende en particular, al que nadie se ha molestado en poner nombre por si acaso cobrase vida, está pegado en una puerta de la primera planta del Centro Cultural Pablo Ruiz Picasso, en el corazón de un barrio trabajador de Madrid. Y aunque el dibujo es bastante terrorífico, sobre él hay un cartel que dice: Biblioteca Infantil y Juvenil.
 

---

Nexus

 

No creo estar enfadándome, pero pienso: ¿por qué me habla como si fuera idiota?
—Lo primordial, escúchame bien lo que te digo, es que los críos te tengan miedo. Que se acojonen sólo con que los mires. Si dejas que uno se te suba a la chepa se acabó, irán todos detrás, como en un asedio. ¿Sabes lo que es un asedio?
Esto ya lo he vivido antes. Existe la creencia de que las personas de gran estatura somos propensas a cierta torpeza mental. Respondo:
—Lo vi en una película.
El bibliotecario amusga los ojos para asegurarse de que no me estoy burlando de él. Se ha presentado como Jesús, pero después de diez minutos me doy perfecta cuenta de que todo el mundo aquí lo llama Jota. Así que prefiero no llamarlo de ninguna manera, de momento.
Jota-Jesús tiene cara de niño travieso derrotado por los años. Y de acabar cayéndote bien, quieras o no. Cuando hace cuentas mentalmente mira hacia el techo y mueve los labios. Pero a mí no me quita ojo.
—Si consigues hacerte respetar, lo demás no tiene ningún misterio. Ordenar libros, coger préstamos, comprobar si las películas están rayadas… El mismo rollo.
La biblioteca infantil y la de adultos ocupan los dos extremos de un corredor donde no hay más opciones que la puerta de unos servicios y el rellano mal iluminado del ascensor. Todo el centro se ve limpio y ordenado como un hospital, pero el tiempo se deja notar en el granito desgastado del suelo, en los zócalos sueltos, los marcos claveteados de las puertas y el olor a grifería vieja. No es muy distinto de los lugares donde he trabajado hasta ahora.
Tú me preguntarías cuáles son mis sentimientos respecto al nuevo destino. Yo te contestaría que hay algo en todos los edificios públicos que me hace pensar en la ropa heredada de un hermano mayor. Tiene que ver con la sensación de tránsito. Con holguras en el ánimo. Tú apuntarías algo en tu cuaderno y dirías: Ahora intenta explicármelo sin metáforas, Olmo.
La puerta de la biblioteca infantil y juvenil permanece abierta de cinco a ocho de la tarde, de lunes a viernes; lo dice el horario que hay pegado debajo del duende. Por si no ha quedado claro: el dichoso enano tiene unos enormes ojos pardos que te siguen cuando pasas a través del arco detector, como si aguardase el pitido de la máquina para separar su dedo de los labios y apuntarte acusadoramente: al ladrón. Pero no me molesta. Estoy casi seguro de que es un aliado.
Hoy es temprano y sólo ha llegado una mamá que susurra cuentos a su hija, las dos hundidas en las butacas de espuma que conforman el rincón de pre-lecturas. Ocho mesas con sus sillas de colores se alinean desde aquella esquina hasta el puesto del bibliotecario adonde ahora nos dirigimos. Sentado tras el ordenador hay un hombre de cabeza abotargada, chaleco verde y movimientos de galápago. El sol que entra por la ventana hace brillar los pelos de su coronilla.
—Llegan los refuerzos —dice con voz gangosa.
—Éste es Emilio —me confía Jota, de modo que él pueda oírlo—. Hay que sacarlo de aquí antes de las seis, porque si no se convierte en ogro y se come a los niños.
—A las cinco y media ya empieza a rugirme el estómago. —Emilio deja un taco de libros en la estantería de Devoluciones que tiene a su espalda y se levanta de su silla, lentamente.— Madre mía. Tú no vas a necesitar escalera para llegar a la última balda.
Le sonrío y estrechamos la mano por encima de la mesa. A pesar de su tacto lánguido advierto que tiene las uñas devoradas.
—Soy Olmo.
—No lo jures.
Todos los funcionarios del centro sabían que iba a venir alguien llamado Olmo y todos los chistes ya han sido reídos, cosa que me alivia. Pero la ficha no decía nada de mi altura. Cada vez que Jota me presenta a una mujer percibo los guiños de él por debajo y el rubor en las mejillas de ella.
—¿Hoy tampoco ha venido? —Jota escudriña los rincones de la sala con cara de decepción.
—¿Grisha? No. No lo he visto en toda la semana.
—Qué raro. —Se volvió hacia mí.— Grisha es nuestra peor pesadilla. Viene todos los días, incluso en verano. Ya lo conocerás. —Jota posa sus ojos sobre un libro que aguarda clasificación en el escritorio.— ¿Otra vez éste? Pero, ¿se han vuelto locos ahí arriba? Esto no es para niños. Trata sobre los nazis, coño.
Emilio se encoge de hombros mientras abandona su escritorio, rezongando.
—Doctores tiene la Iglesia, ¿no, Jota?
Entonces Jota le agarra del brazo como si de pronto recordase algo.
—Oye, ¿cómo está Gloria? —más confidencial, casi inaudible.
Visto de frente, el rostro de Emilio es como un cuenco de arcilla roja en el que bailan dos guijarros grises, inexpresivos.
—Mejor —responde—. Mañana es su cumpleaños.
—¿De verdad? Joder. —Vuelve el humor. Cumpleaños sigue siendo una palabra mágica.— Habrás encargado un buen ramo de flores, ¿no? No hay nada que les guste más que desayunar con un buen ramo de flores recién traído encima de la mesa.
—No es mala idea. Puede que vaya a encargarlo luego.
—Ya estás tardando, macho. Y gástate lo que haga falta, no me seas rata, que te conozco.
Emilio abre un surco parecido a una sonrisa, ladea la cabeza y se marcha con sus brazos rechonchos oscilando a ambos lados del chaleco. Jota prolonga su mirada sobre él hasta que desaparece por el rellano. Luego se vuelve hacia mí.
—Esto no es para niños de ocho años —insiste con el libro en la mano—. Nazis, por el amor de Dios.
En vez de dejarlo donde estaba, lo sepulta en el fondo de un cajón bajo la mesa. Me guiña un ojo y yo sonrío, aunque desconozco si las barreras con que protegemos la inocencia deben levantarse un metro más aquí o más allá, un año antes o después. De algo sí estoy seguro: los doctores se equivocan demasiadas veces.
Mientras Jota sigue hablando —pero de alguna forma su voz encuentra acomodo en el silencio de la biblioteca, como si lo rellenase sin romperlo—, noto la mirada de la mamá que está sentada con su hija en el otro extremo. No me vuelvo hacia ella, aunque percibo con el rabillo del ojo que se trata de una mujer joven y de largo pelo negro. Se parece a Patricia, o al menos soy capaz de completar su perfil con los rasgos prestados de Patricia y eso me hace desearla lejanamente.
—Lo mejor es que pegues un par de voces el primer día —Jota continúa con su adoctrinamiento—. No sólo por los niños, también por los padres. —Echa un vistazo alrededor antes de seguir.— Había una madre que dejaba a sus dos críos aquí y se largaba toda la tarde, de compras, o al gimnasio, o sabe dios. Montaban cada pollo que no te puedes imaginar. Broncas todos los días. Y al final hubo que coger a la madre y ponerle las peras al cuarto, claro, y delante de todo el mundo. —Hace un gesto de asunto zanjado.— No se volvió a saber de ellos. Qué quieres que te diga, esto es un centro público, no un club privado. Aquí el cliente no tiene la razón, la tenemos nosotros.
Me cuesta esfuerzo anudar las palabras de Jota en mi cabeza. Su cháchara forma una borla cada vez más espesa de la que no consigo extraer ningún hilo, así que traslado mi atención al diagrama colgado en la pared donde se explica la colocación de los libros en las estanterías de acuerdo con un código de geometrías y colores: triángulo verde, cuadrado azul, círculo rojo, rombo amarillo.
Existen dos razones por las cuales adoro el trabajo de bibliotecario, y son el silencio y el orden.
Ahora mismo ambas prerrogativas son pisoteadas por un grupo de chicos que atraviesa la puerta entre carcajadas, empujones, acné. Jota me hace otro guiño: presta atención.
—¡Eh, chavales! Venid aquí un momento. Los cuatro.
Lo que viene a continuación es un fragmento traspapelado de otra representación. La bronca de Jota suena tan dramática que su efecto cae en las antípodas del respeto, según leo en el mapa de sus caras. Pero es mi primer día; hoy no toca poner en cuestión el sistema.
Cuando los chicos se disgregan, cabizbajos aunque rebullendo nuevas risas, Jota arquea las cejas y a la manera de un viejo sensei abre sus palmas hacia la sala que empieza a llenarse.
—Todo tuyos —concede—. Luego avísame y nos tomamos una caña en el bar.
—De acuerdo. Gracias, Jota.
Sonríe en el último segundo antes de darme la espalda, lo que interpreto como un permiso provisional para que utilice su apodo. Después cruza la frontera del duende y yo al fin soy libre para instalarme donde me tocará hacerlo todas las tardes a partir de hoy, en el lado estrecho del escritorio. Una familia de impresiones y objetos conocidos viene a darme su abrazo de bienvenida: el tapizado de la silla aún caliente, la cajonera que se clava en mis rodillas, la corona de roña alrededor de cada tecla del ordenador, la incongruencia tecnológica del fechador de tinta junto al lector de códigos de barras, la superficie gris y áspera de la placa desmagnetizadora, los vasos llenos de lápices que el primer mocoso volcará, la resma de libros de todos los tamaños que me ensombrece la espalda desde su limbo de conglomerado. Estoy en casa.
Porque, a pesar de lo que Jota se ha empeñado en creer, no es la primera vez que trabajo en una biblioteca infantil. Sé lo que hacen los niños. Conozco su timbre y su ritmo, la intensidad y el ataque de sus voces. En realidad, me entiendo con ellos mejor de lo que cualquiera podría suponer. A los más pequeños a veces los llamo «corazón», ¿te lo puedes creer, Julia? Ten cuidado con ese desplegable, corazón. Deja que te ayude a colocarlo, corazón.
Tú dirías que todo esto sólo se debe a mi entusiasmo por volver al trabajo. Que los niños son tan ajenos para mí como el resto del mundo. Sé que dirías exactamente eso sin necesidad de oírte.
La mujer de pelo negro se acerca a mi mesa y descubro que no tiene más de veinte años. Uno se podría preguntar si la pequeña que se esconde tras sus piernas es su hermana o su hija. Ella mantiene recta la barbilla mientras me alarga los dos cuentos que han elegido, como si aguardase dignamente un veredicto. Le sonrío.
—¿Me deja la tarjeta, por favor?
Busca en su cartera y me entrega el plástico azul que le otorga un nombre: Elisa. Veo en la pantalla la lista de los libros que Elisa ha sacado en el último año. Tú podrías trazar un perfil psicológico sólo con eso. Yo podría ligar con ella. ¿No te pareció tremendo el de Alice Munro?, le diría.
Pero no hago nada más que entregarle los libros y ella se marcha con su hijo, quizá de regreso a casa de una abuela que también será demasiado joven para ser abuela. Y las tres mujeres se sentarán a leer sus tres libros, y esa imagen será perfecta e indestructible. ¿Acaso alguien tiene derecho a juzgarlas?
Disfruto de mi trabajo, es cierto.
Cuando regresa Jota me doy cuenta de que ya se ha cumplido el horario de biblioteca; ésta es una sensación poderosamente apaciguadora, ser devorado por el tiempo de esta manera, en mordiscos blandos de ballena.
Jota me pregunta qué tal ha ido la cosa. Le digo la verdad, que no es heroica ni trágica: me gusta el aburrimiento crepitante de las bibliotecas infantiles. Él asiente, rellenando datos sobre mí en su ficha mental, luego me entrega el manojo de llaves para que cierre la sala y me dice que va a buscar a Emilio.
—Quedamos abajo para tomarnos algo —dice. Incluso cuando se muestra cortante es complicado odiarle. Tiene una de esas caras de hombre trabajador, con barba corta y castaña, la frente despejada.
Salgo el primero a la calle, me detengo en los escalones de piedra y vuelvo el rostro hacia el cielo al notar dos gotas de lluvia. Un continente de nubes se desplaza mansamente sobre Madrid, adelantando la noche. Ésta es la hora en que los miopes dejan de reconocer a sus amigos en las aceras opuestas, los bebés empiezan a llorar sus cólicos y las migrañas alcanzan su cénit de dolor. Pero yo me encuentro bien. Contemplo la fachada del edificio que me acaba de vomitar y no me parece fea, a pesar del rojo desfallecido de los ladrillos y de la sombra de polución que forma ojeras en cada cornisa. Las tres banderas que asoman de la marquesina principal cuelgan descreídas, como coroneles ancianos, apenas dejándose despertar por las acometidas pulsantes del aire.
Y entonces lo veo.
Un hombre encaramado en la azotea, cinco pisos por encima.
Lo más extraño es que no me dejo engañar en ningún momento. No se me ocurre pensar que se trata de algún operario, un reparador de antenas o de un instalador de tela asfáltica. Desde el primer instante sé que ese hombre piensa suicidarse, por su inmovilidad, por la forma en que no encuentra dónde poner sus manos y las deja colgar infructuosamente.
Lo reconozco.
Sólo he visto a este individuo unos segundos pero reconozco su jersey verde sin mangas, su cuerpo ahusado, su cabeza redonda y colorada. Es Emilio, el hombre a quien Jota busca por los corredores del centro sin saber que él tiene otros planes distintos a tomarse una cerveza con nosotros o encargar flores para su mujer.
Desde aquí abajo distingo las puntas de sus zapatos asomando por el borde de la cornisa. Cortejando al abismo. Sus ojos se encuentran con los míos y quizá se trate del momento más terrorífico de toda mi vida, porque mis emociones se quedan violentamente en blanco. No alcanzo a sentir otra cosa que… curiosidad.
¿Qué va a suceder?
Compruebo que soy el único que ha reparado en Emilio. Varias personas pasan rozándome de camino al interior de la biblioteca, pero mi gesto debe de ser tan limpio que nadie se contagia, nadie levanta la vista a la azotea desde donde está a punto de precipitarse una tragedia.
Llegados a este clímax preciso de la historia no importan demasiado las razones, si es que las hay. Todo lo que Emilio habrá contado a Jota y a sus otros compañeros, todo lo que ellos habrán averiguado por su cuenta. La genealogía de su infelicidad. Los síntomas. Nada de eso tiene ahora importancia.
Porque, en definitiva, ¿qué sabemos realmente de Emilio?
Sólo una cosa: que va a saltar.
Y yo seré el único testigo de cómo sus rodillas se encogen de súbito y su cuerpo se vence hacia delante. De cómo el hombre gira sobre sí mismo mientras cae, braceando, apenas dos o tres segundos de vuelo, suficientes para que su cabeza ocupe el lugar de los pies y se convierta en una flecha humana, un proyectil de hueso y carne contra la escalinata de piedra. El sonido del impacto. El color de lo que se escapa por los reventones de su ropa.
Pero no sucede.
En la vertical que nos separa se produce un imposible encuentro de miradas. El hombre, levemente inclinado como si se esforzara por leer algo en mi rostro, está a punto de perder el equilibrio.
Levanto la mano hacia él. No lo hagas. Retrocede.
Y fantásticamente, el hombre me obedece.
Pero sé que no se debe a mi mano erguida, tan poco creíble, sino a lo que él ha encontrado en mis ojos; el relato de su muerte en tercera persona, quizás, desprovisto de admiraciones o puntos finales.
Un instante de vacilación y Emilio da un paso hacia atrás, un paso de galápago en retirada, abandonando el borde de la azotea. Huyendo de mi mirada.
Bajo el brazo y permanezco inmóvil, parpadeando bajo las gotas de lluvia cada vez más duras, hasta que tengo la convicción de que Emilio no volverá a asomar. El momento del salto ha pasado, lo inevitable ha sido evitado y una voz me dice que yo tengo algo que ver en el desenlace imprevisto de esta discreta batalla, que imperativamente ha sido culpa mía. ¿En qué me convierte eso?
Antes de encontrar una respuesta siento el codazo de Jota, que sale del edificio.
—Anda, vamos —dice levantándose las solapas de su guerrera—, que no sé dónde se ha metido Emilio.
Yo podría explicárselo, pero este conjunto de palabras no me pertenece, debo guardarlas bajo llave, con el resto de basura temblorosa. Sé que tú entiendes a qué me refiero.


Creemos que tenemos alguna idea de lo que pasa dentro de la cabeza de las otras personas, pero no es así. No tenemos nada. Rumores. Noticias lejanas.
La mente. Me refiero también a la nuestra. A lo que flota y conspira entre las paredes de nuestro cráneo. Eso que llamamos mente no se puede analizar con índices y fórmulas de bibliometría, no se ajusta a catálogos ni clasificaciones. Por eso es de todo punto imprevisible. Los psiquiatras sois forenses, apenas. Porque indagar en quiénes somos se parece a un barco que atraviesa el océano en mitad de la noche; sólo sentimos las sacudidas que nos hacen tambalear o nos acunan, oímos las tormentas y con suerte vemos la espuma que se agita en la superficie, pero nunca hay forma de saber lo que se mueve por debajo, ni el tamaño de las olas que se ciernen más allá.
A veces, a esas gotas que nos salpican la piel y a esa espuma que atisbamos les otorgamos un nombre: Olmo, por ejemplo.
¿Y qué sabemos realmente de Olmo? ¿Qué podemos llegar a saber, por más atención que prestemos a su rostro, a sus palabras, a su cuerpo de gigante zancudo? Quiero saber quién soy y todo lo que puedo hacer es aferrarme a los hechos banales, a los datos que admiten ser consignados en un diario, porque responden a un cuándo y un dónde.
En ocasiones, también, hay otros nombres que nos salpican con su espuma, y nos aferramos a ellos.
Patricia.


Uno de cada dos sábados atravieso Madrid corriendo de Este a Oeste. Me cuesta entre veintiocho y treinta minutos llegar desde mi apartamento en la calle Nieremberg hasta el estudio de Patricia en el Paseo Pintor Rosales. Los itinerarios posibles son muchos, pero mi favorito es el siguiente: López de Hoyos hasta la Castellana, luego Paseo del General Martínez Campos, Eloy Gonzalo, Arapiles, Plaza del Conde de Suchil, Alberto Aguilera y finalmente Marqués de Urquijo hasta la esquina donde se encuentra el edificio de Patricia. Resulta difícil de explicar, pero hay árboles plantados a lo largo de todo el recorrido por el centro de la ciudad, árboles que viven entre semáforos, papeleras, señales y marquesinas de autobús, árboles plantados en nichos cuadrangulares para absorber el co2 de los vehículos y las evacuaciones de los perros.
Desde las ventanas del estudio de Patricia se abre una espectacular panorámica del Parque del Oeste. Incluso yo me quedo boquiabierto algunas tardes viendo cómo el sol se pone a lo lejos.
Patricia es una buscadora de personas. El día que me encontró a mí no pensó nada demasiado bonito; después se enamoró de mis piernas. Es lo que siempre dice. Cuando toco el botón del portero automático y echo a correr escaleras arriba, sé que ella está esperándome con la puerta entreabierta. No se anda con rodeos. A veces hacemos el amor de pie, allí mismo; me quita la ropa y me recorre con la lengua como un animal libador.
Luego, cuando está de buen humor, me hace sus preguntas Voight-Kampff. No te lo tomes a mal, Julia, pero lo que más me gusta es que no se parecen en nada a tus preguntas.
—Estás tumbado en la playa —me dice, acodada sobre la almohada, o en la misma alfombra, y mirándome intensamente a los ojos—. Notas que un escorpión te sube por la pierna. Tú lo miras: es tan grande que si te clava el aguijón ya puedes darte por muerto. Pero estás paralizado. Intentas mover una mano para quitártelo de encima pero no puedes, los brazos no te responden.
—Pediría ayuda —respondo.
—Nadie te oye. La playa está desierta.
—Entonces rezaría —respondo. Y todas mis respuestas son las correctas, demoradas pero las únicas posibles, como el sonido de una piedra al caer en un pozo.
Ella dice que lo copió de una película. El test de empatía, ideado para distinguir a los humanos de los replicantes. Patricia me llama su Nexus del placer, y a mí me gusta, por la forma en que lo dice, aunque yo no he visto esa película y creo que prefiero no hacerlo.
Patricia sabe expresar muy bien sus sentimientos, encuentra siempre las palabras que los nombran, pero eso no los hace más fáciles de entender. Está prometida con un hombre al que ama pero no desea. Jamás le haría daño, pero sabe que él se volvería loco de dolor si se enterase de lo nuestro. Lo nuestro, dice ella, es algo que no tiene nada que ver con el amor, ni siquiera con el sexo. Es algo distinto. Una excepción.
Algunos días, mientras vuelvo corriendo, veo mi reflejo en los escaparates, con mis pantalones cortos y la mascarilla anti-polución, y pienso que mi aspecto es verdaderamente extraño, quizás el de un replicante. Pero nadie me detiene. A nadie parece importarle. Es mi deber comportarme como un hombre libre.


—¿Qué tal en la biblioteca? ¿Has empezado ya? —me pregunta Adela. Tiene ochenta años y vive justo debajo de mí. Percibe cada uno de mis pasos sobre su cabeza y conoce todas mis rutinas, de modo que yo no tengo más remedio que entregarme a su confianza. Ella es la única persona que tiene una llave de mi apartamento, igual que yo guardo una del suyo para casos de emergencia de los que preferimos no hablar. Jamás se marcha de viaje, a pesar de que tiene fuerza suficiente para arrastrar un carro de la compra cargado de manzanas y leche de soja.
—Sí, ya he empezado. No queda lejos de aquí. Un día puede pasarse si quiere y se la enseño.
—No, si ya la conozco. Iba con mi hija cuando se llamaba Colegio General Mola, imagínate si hace años.
Yo río educadamente y me despido para subir por las escaleras mientras ella espera al ascensor. Durante un instante he pensado en decirle: Un bibliotecario trepó a la azotea para suicidarse, pero logré detenerlo sólo con mi mirada, ¿puede creerlo? No es que Adela se hubiera escandalizado. Ella siempre dice que quiere morirse. Que cuando llegue el momento lo hará como una paloma, en lo alto y sin hacer ruido.
Ya te conté por qué evito los ascensores. Mantengo una relación conflictiva con cualquier medio de transporte distinto a mis piernas. No sé manejarme con las grandes distancias, me atenaza la sola idea del desplazamiento. Si subo a un vagón de metro, por ejemplo, quiero gritar cuando el tren penetra en la oscuridad del primer túnel. Sé cómo se llama la estación a la que me dirijo, podría incluso memorizar el mapa completo de líneas, pero eso no me libra de la sensación de ahogo cada vez que las paredes se estrechan hasta casi rozar la cara opuesta del cristal. Una parte de mí está segura de que al otro lado de un túnel siempre espera la muerte.
Tampoco puedo conducir, aunque conozco la técnica. Y en los autobuses tengo que cerrar los ojos y sujetarme con fuerza al asiento; no acepto que los coches pasen tan cerca sin tocarnos, no entiendo que se pueda surcar un mar de aristas de metal a tanta velocidad sin acabar estrellándonos, o al menos encallando unos contra otros.
Cuando entro en casa encuentro un mensaje escrito en la pizarra-colgador de la pared. Consta sólo de una palabra, y dice:
SALTA.

....................................................................................
 
Volver a ficha del libro
  

© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

Otras editoriales del grupo: Biblioteca Nueva