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1
Hay que remontarse a aquel día —un año antes quizás— en que El Eco de los Patricios transmitió a sus abonados y lectores cierta importante noticia, importante entonces sólo desde el mero punto de vista intelectual y social; pero hoy, con perspectiva de años, y casi de centurias, importante también desde el punto de vista político: minúsculo suceso entre la turbamulta de pronunciamientos, revoluciones, barricadas y guerras civiles que llenaron varios lustros; pero suceso clave, germen riquísimo, magno punto de partida por los personajes que, a causa de él, entrecruzaron sus vidas y trazaron las últimas etapas de sus destinos. Y al mismo tiempo relámpago de luz para entender a un par de hombres y a otro par de mujeres cuyos nombres, para gloria o vilipendio, aprenden todavía los niños de las escuelas.
Textualmente, la noticia decía así: «Suponer agotado el ingenio de la mujer americana en sor Juana Inés de la Cruz es uno de los errores que dificultan nuestro desenvolvimiento como país libre, progresivo e independiente. El ingenio de la mujer americana no sólo no se ha agotado, sino que, por el contrario, resurge pujante, con ímpetu selvático e indomable, como los árboles de nuestros valles, como la corriente alborotada de nuestros ríos y el fuego de nuestros volcanes. Sor Juana Inés pudo ser, y lo fue, décima musa del Parnaso. No es cosa ahora de disputarle la numeración, y hasta podemos considerarla tan lejos de nosotros y de nuestros ideales como para no tenerla en cuenta más que como pretérita gloria. Debemos, en cambio, proclamar, y proclamamos, la existencia de una nueva musa, que es la undécima en el orden cronológico, pero que los siglos reconocerán como primera en méritos. Nos referimos a la señorita Rosalía Prados, singular escritora, que hasta ahora encubrió sus actividades tras pudoroso seudónimo, pero que desde hoy descorre el velo de su misterio para recibir la admiración y el cálido homenaje de sus paisanos. La señorita Prados, cualquiera que sea su número como musa, iniciará esta noche, en los salones de la veterana y gloriosa Sociedad Científica y Literaria (a quien tanto debe el país), la lectura de su novela Arminda, o la mujer entre dos hombres, primera obra de su género que se escribe en nuestro suelo. ¡Extraordinario acontecimiento el de esta noche! No creemos que nadie nos aventaje en amor a las artes, como no creemos que nadie se haya atrevido a hacerlas populares y a todos accesibles en la medida que nosotros lo hacemos. Porque es, en verdad, un hecho desacostumbrado esta pública lectura de una obra novelesca antes de su publicación. ¡Ojalá se convierta la novedad en costumbre, y ojalá en la costumbre nos sigan, como en otras muchas cosas, los pueblos nuevos y felices!
»La señorita Prados, desde hoy undécima y primerísima musa, se propone añadir un mérito más a los muchos que posee. Pero debemos, sin embargo, reconocer y ensalzar su gran modestia, que sólo accedió a la lectura pública tras las insistentes solicitaciones de amigos y deudos, quienes de este modo evitaron la pérdida para la Patria de una preciada gloria y de orden espiritual, que son las glorias más preclaras.
»Los asistentes esta noche al café del Pasaje (donde la mencionada Sociedad tiene su asiento) estimarán en lo que valen los méritos literarios y morales de la señorita Prados, cuya sorprendente belleza es sobradamente conocida para que nosotros incurramos en la vulgaridad de elogiarla una vez más. A los parroquianos habituales no hay que recordarles la calidad del café que se sirve en dicho establecimiento. Pero los que nunca lo han probado se convertirán, desde esta noche, en sus asiduos concurrentes.
»Es el mejor café de nuestras plantaciones. Con eso todo está dicho.»
2
Arminda, o la mujer entre dos hombres había sido escrita bastante tiempo antes, cuando Rosalía Prados liquidaba su juventud entre fantástica y literaria. Había vertido en ella todos los sueños, eróticos o sentimentales, acumulados desde su descubrimiento precoz del amor y del pecado, que las lecturas de los primeros libros románticos llegados de Europa en las alegres fragatas le habían enseñado a deformar: historia convencional de un amor tan desdichado como imposible, intercalada de reflexiones morales y amplias descripciones del paisaje, con una tesis subterránea sobre el adulterio mental y un epílogo teórico que era algo así como una invitación a que los Poderes públicos reformasen el Código civil. Después de escrita, Rosalía había renunciado a las ambiciones artísticas para dedicarse enteramente a otra clase de ambiciones más inmediatas y concretas, como era un buen matrimonio. Si escribía con seudónimo las notas de sociedad en La Gaceta del Mundo Elegante era sólo por atraer sobre sí la atención de los varones casaderos y bien situados, la misma razón por la que se vestía a la última moda de París en competencia con Guadalupe Limón, que le llevaba de ventaja el ser muy rica y disponer para trajes de un caudal prácticamente inagotable; porque uno de los muchos abismos que la separaban de Guadalupe era un dorado abismo de latifundios y cabezas de ganado. Pero había sucedido que nueve años de vida social y modas europeas sólo le habían proporcionado mediocres pretendientes: pollos, todo lo más, con pasable patrimonio, pero sin el espléndido porvenir o el magnífico presente que ella apetecía como base de más fuertes ambiciones.
Entonces fue cuando apareció Clavijo. Había consumido ya en las guerras civiles sus años floridos, y la última revolución le había convertido en jefe militar de la República, que era como ser el amo; si bien, por ser la primera vez que existía aquel cargo, la gente no comprendiera su importancia. Rosalía adivinó que aquel generalito guapo y joven —¡nada más que treinta y cinco años!— llegaría a grandes cosas, no sólo a grandes puestos, y le puso los puntos, sin exceder en lo más mínimo las más respetadas conveniencias: miradas ardorosas o lánguidas, alusiones transparentes en la conversación y una insistencia verdaderamente molesta en convertir a Clavijo en personaje de las Notas de sociedad, lo suficiente para que todo el mundo conociera sus propósitos, e incluso sus sentimientos. Los incidentes del cerco fueron seguidos con el interés de un espectáculo público tan apasionante como unas carreras de caballos. Se cuenta que llegaron a cruzarse apuestas sobre el resultado y no faltó quien entreviese la posibilidad de que la política nacional saliese tan beneficiada como las buenas costumbres, porque un matrimonio templaría al excesivamente alborotado general.
Porque Clavijo era, según la fama, un pendón. Iba de una mujer en otra como el viento de una en otra veleta, sin permanecer mucho tiempo en la misma mujer y en el mismo amor, aunque no como ensayo o trasplante criollo de Don Juan, sino de cierta romántica manera, o quizá, más que romántica, dramática; pues del mismo modo que, allá en el fondo de su corazón, anhelaba una situación política estable y hasta confortable, deseaba un amor sosegado y profundo, en el que detenerse y descansar el alma y plantar sus raíces.
Pero la política le había proporcionado reputación de inquieto, y el amor de aventurero, y a Rosalía no le bastaba una aventura: necesitaba una boda. ¡Si ella fuese capaz de parar a aquel toro esquivo! ¡Si pudiese convencerle de que era ella, precisa y únicamente, la mujer que le convenía!
Es decir, sólo necesitaba cuadrarle y hacerse oír de él, porque esperaba convencerle fácilmente: para un general ambicioso ella sería la mejor espuela de ambición; ella, que las sobrepasaba todas. Sin embargo, sus ensayos no dieron resultado: Clavijo le hacía el mismo caso que a otra cualquiera. Si Rosalía era, como ella creía, una mujer singular, Clavijo no advertía su singularidad, y, en consecuencia, se portaba con ella como si sólo fuese una mujer bonita. Quedaba el recurso de admitirle como amante temporal y buscar la intimidad para mostrarse en ella mujer distinta a todas, superior a las más, esposa ideal para un político joven; pero no se decidió por temor al abandono rápido, que era la costumbre de Clavijo: el abandono con el pretexto fútil de una sesión de Cortes.
¡Oh, si hubiese un medio de llamar la atención del general, de provocar en él una mirada sorprendida y a la vez jubilosa: la mirada del que encuentra, por fin, la esposa pintiparada!
Y entonces fue cuando desempolvó su Arminda vieja de ocho años, y preparó la lectura pública, como fiesta social y casi patriótica, a la que el general Clavijo, tan periquito entre ellas, no podría faltar. Esperaba conmoverle con aquella faceta intelectual de su persona, tan desusada en la sociedad colonial, y convencerle de que había una mujer que no desmerecía a su lado: una mujer como aquellas europeas de quienes se contaban amores o enemistades con Napoleón y Chateaubriand o el príncipe de Metternich, y con la que, por lo menos, compartiría el terreno común de la inmortalidad gloriosa.
3
—Rosalía es completamente tonta —dijo Guadalupe al enterarse.
Y su vieja mucama Garambaina, negra como la noche, le respondió:
—Sí, señorita. Completamente tonta.
Garambaina, además de negra, era gorda y complaciente. Sus palabras jamás habían sido otra cosa que el eco de Guadalupe.
—Y ¿tú sabes por qué es tonta? —le preguntó su ama.
—Tú lo dices y basta, niña.
—Pretende conquistar al general Clavijo.
—¡Es muy mala persona el general! ¡No quiere el voto pa los pobrecitos negros!
—Es guapo y arrogante y tiene un pasado perturbador. Además, no es tan mala persona como dices.
—Así será.
—Pero al general no se le conquista leyendo una novela, no. Escribir es cosa de hombres, y al general le gustan las mujeres. Un bonito sombrero en la cabeza de Rosalía haría mucho más. Un bonito sombrero. ¿Y por qué no en mi cabeza?
Guadalupe permanecía entonces en su primera etapa de insensatez, y si bien se aproximaba ya a las postrimerías, obraba aún caprichosamente, sin que un conato de reflexión se interpusiera entre la ocurrencia y la práctica, como un pájaro bonito y sin seso; saltó de la cama, corrió al armario y abrió sus puertas.
—¡Mira, Garambaina, seis sombreros nuevos, recién llegados de Europa, como Rosalía no los ha soñado nunca! ¿Cuál crees que le gustará más al generalito?
—No lo sé. A mí me gustan todos, pero no me gusta Clavijo.
Guadalupe le dio un cachete en el hombro.
—¡Anda, y con qué gusto le ayudarías a vestirse, Garambaina!
—Si tú lo quieres, le ayudaré a vestirse; pero no me gusta. Es muy mala persona. No quiere el voto...
—A pesar de todo...
Guadalupe se detuvo en el medio de la habitación, dubitante.
—Y aunque lo sea. ¿Te imaginas la rabia de Rosalía si se lo birlo?
—Esa mujer no es tan guapa como tú. Y su madre era mulata. Una mulata mala como la peste. Bruja.
Puso una higa al recuerdo, y añadió:
—Mató a muchos hombres y a muchas mujeres. Hacía muñecos de cera y les clavaba el corazón con alfileres.
—Ya lo sabía.
—Su hija lo habrá aprendido.
—Seguramente.
Por un momento se le ensombreció el ceño. Imaginó a Rosalía reproduciéndola en cera y apuñalándole el corazón.
—Pero no importa. Aun así, veré de soplarle el cortejo.
Jamás había pensado en que Clavijo pudiera ser su amante y menos su marido: no le gustaba, a pesar de su buena figura y de su pasado. Además, Clavijo, con su marcada afición al federalismo y sus relaciones con el gauchaje, militaba en el bando opuesto a Guadalupe, que últimamente era algo así como la musa de los unitarios; pero la idea de jugarle una mala pasada a Rosalía Prados podía más que su pasión política y que sus preferencias amorosas.
Se detuvo ante las puertas de su guardarropa y sus ojos expertos recorrieron sombreros y vestidos, buscando la combinación más adecuada para asistir a una lectura literaria pública y nocturna y ser más importante en ella que la lectura y la lectora. |