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imagen cabecera catálogo El humo en la botella
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I. Gambito letón

Gambito letón: Apertura de ajedrez en la que se sacrifica un peón de negras.


Anube, Mengele y Peña

Adelantó la cabeza hacia el cielo y tomó un trago de lluvia. El agua tenía un inconfundible sabor a mar que nunca antes había notado en Sevilla.
Joaquín Anube se lo tomó como una señal. Se estaba cansando de esperar, llevaban casi dos horas debajo del balcón. El presagio se cumplió inmediatamente. Al final de la calle aparecía ya la chica de la silla de ruedas.
Comenzaba lo que habían decidido llamar Operación Asalto al Furgón Blindado que les serviría para sufragar la todavía más importante Operación Gapo de Moco.
Alertó a sus compañeras de la silueta que se acercaba. Ana Mengele extrajo la navaja conejera y se pinchó suavemente el lóbulo de la oreja. Peña miró hacia otro lado, suprimiendo cualquier expresión a la que nadie pudiera atenerse, lo que confería una peligrosidad extra al gesto.
La chica ya era perfectamente visible; conducía con velocidad y dominio su silla de ruedas eléctrica, los hermosos rasgos casi ocultos por la capucha del elegante anorak metalizado con el que se protegía de la llovizna.
Ya se había hecho de noche y no pasaba un alma por la calle, por eso la habían elegido.
Cuando llegaba a la altura de la esquina donde estaban ocultos, Joaquín Anube, tal y como habían planeado, saltó ante ella y le preguntó o le pidió algo.
La actividad legal de la muchacha eran los cupones ilegales que vendía desde el velador de un bar en la calle Almadén de la Plata, una cobertura, en realidad, para las anfetaminas que pasaba a una clientela muy selecta, de confianza, casi siempre por encargo previo.
Al ver plantarse a aquel tipo rapado enorme ante ella con las piernas abiertas para impedirle el paso, en vez de frenar o intentar esquivarlo, giró la silla en su busca con un movimiento de barrido, hasta que los estribos le segaron uno de sus tobillos.
Con la sensación de que le habían amputado un pie, Anube intentó saltar a la pata coja pero el suelo estaba tan resbaladizo que su impulso sólo le sirvió para trastabillar un par de metros hasta terminar de perder el equilibrio y frenar con la cabeza contra uno de los vehículos estacionados.
La chica maniobró con los mandos del apoyabrazos y trató de marcharse de allí a la mayor velocidad, pero enseguida se dio cuenta de la presencia de las otras dos chicas, una de ellas armada de una extraña navaja curva, que se le echaban encima.
Paró en seco y pulsó la marcha atrás, no tenía tiempo de girar porque aquellas dos estaban muy cerca, así que retrocedió volviendo el cuello y apretando los dientes.
Asaltantes y asaltada no se dieron cuenta de que habían estado gritando hasta que las voces de un anciano se unieron a sus exclamaciones.
Debía de haber estado observando la agresión desde alguna rendija de su mercería, porque había abierto el cierre metálico de un tirón y salía ya en defensa de la chica con una regla de madera en la mano.
Aprovechando que había reducido para bajar la rampa hasta la carretera —Ana y Peña estaban a punto de alcanzarla—, en vez de seguir recto para subir al siguiente tramo de acera, fintó y, siempre de espaldas, dirigió la silla de ruedas hacia la carretera.
El sonido del claxon parecía llevar allí toda la tarde.
Anube logró levantarse y se había lanzado hacia el viejo tendero.
Que seguía gritando con su regla en la mano.
Peña y Ana Mengele, en seco.
El coche, las fauces ocultas entre el paragolpes y el asfalto, se tragó a la chica de la silla de ruedas de un solo mordisco.
Después siguió su camino cada vez más despacio, satisfecho del bocado, y se estrelló contra la fila de vehículos estacionados, demasiado indigesto para seguir rodando.
Los asaltantes y el anciano se quedaron parados, hechizados por el accidente; aún no había salido ningún curioso atraído por el estrépito.
Cuando la conductora, una gruesa sesentona con la cara ensangrentada, salió del coche, el dueño de la tienda y Joaquín Anube reaccionaron al mismo tiempo, pero Anube era más rápido y peor. Cogiéndole la pechera con una mano y tapándole la boca con la otra lo arrastró hasta su tienda antes de que la dueña del automóvil, bastantes metros más adelante, reparara en su presencia. Bien coordinadas, Peña y Mengele lo siguieron, entraron en el comercio y cerraron la cortina metálica detrás de él.
Anube le hizo soltar la regla de un rodillazo en los huevos, destinado principalmente a disuadirlo de cualquier otra resistencia. Para aplastarle la nariz y lanzarlo por encima del mostrador no necesitó ninguna razón; nunca había sido un tipo violento, pero se sintió muy bien después de hacerlo.
—Ya vale —dijo Peña, suavemente terminante—. Tiene que decirnos dónde guarda la pasta.
No todo estaba perdido, aunque ya no podrían echar mano al dinero de la mujer atropellada, aún podrían arramplar con las ganancias del establecimiento. Necesitaban conseguir fondos para mantenerse y cubrir los gastos del secuestro que habían planeado y que los liberaría de todo aquello. Fuera como fuera.
Mengele, la navaja por delante, salta el mostrador y, con la punta de la bota, le despeja la cara de las bobinas, las cremalleras, las cajas de imperdibles, las tiras de botones y la diversidad de prendas que le han caído encima para comprobar si está inconsciente.
La posición del cuello resultaba muy cómica, no sería compatible con la vida, pero era verdaderamente graciosa.
Ella empieza a decir algo sobre pincharlo para comprobar su estado cuando se abre una puerta al fondo de la tienda.
Detrás de la silueta se puede ver un salón humildemente decorado, debe de ser la puerta que comunica el establecimiento con la vivienda familiar
La muchacha de la enorme chepa sólo necesita un instante para hacerse una composición de lo que está ocurriendo. Cierra los puños y aprieta a correr hacia los intrusos gritando a todo lo que da de sí.
En la calle se desata una sirena que quizás sean dos.
Se miran Anube y sus dos compañeras, preparándose para la acometida de la recién llegada. Salir por donde han entrado es imposible; con el accidente, fuera debe de estar desorganizándose un jaleo de todos los infiernos.
Pero la hija del dueño se para muy poco tiempo después de haber arrancado, el pánico puede con la rabia. Lleva unas gafas de alta graduación, quizás haya necesitado estar a esta distancia para verificar el peligro que representan los extraños.
Poco a poco se da la vuelta, el culo gordo, camiseta de tirantas y pantalón de chándal anaranjado, la chepa tan protuberante que, de espaldas, apenas se le ve la cabeza.
Pero ya van a por ella.
Anube y Peña, detrás. Ana Mengele ha saltado sobre el mostrador y lo recorre de cuatro zancadas para llegar a la puerta antes que ella; ella, llega antes, y la cierra.
No tiene tiempo de poner el cerrojo.
Mengele se ha arrojado contra la hoja desde el mostrador, abriéndola de nuevo y terminando en el suelo de la vivienda, como la dueña, que ha recibido el impacto en la cara.
Se levanta rápidamente, es una mujer fuerte, pero Ana Mengele, que ha perdido la navaja en el salto, está muy enfadada y se abalanza sobre ella. Anube y Peña están también allí y no saben si separarlas o dejar que le siga incrustando los lentes de las gafas en los ojos.
Hay alguien más en el salón.
Cada vez ven más lejana la posibilidad de llevarse algún dinero de todo aquello.
Es un tipo de la misma edad que la mujer de la chepa, su novio o su marido. Lleva un jersey celeste cuello de cisne, muy abultado en la panza, y nada más. Mientras los mira con mucha atención para cerciorarse de que no es un sueño, se da tres, cuatro tirones mecánicos de la micropolla en un intento infructuoso de que alcance un tamaño mínimamente presentable.
Comienza a retroceder al mismo tiempo que Anube avanza hacia él.
En el suelo, Ana ha dejado a la muchacha más muerta que inconsciente y gatea en busca de su navaja.
La puerta del piso está situada junto a una ventana que permite ver a Peña que esta entrada da a una calle distinta de la del accidente, completamente tranquila.
—Aquí no vamos a sacar nada —les aclara, autoritaria, a sus compañeros.
Pero Anube ya ha alcanzado al individuo, que no ha pronunciado palabra, y lo desestabiliza a la primera hostia.
—¡Vámonos! —Peña.
Anube vuelve a golpear.
No es fácil detenerse a medio rock and roll.


Eme

Sigilosa, serena y completamente vestida, la chica del carro de la compra entra despacito en la biblioteca de la Casa de Reposo y se sienta a dos sillones de distancia de Eme.
Elige siempre aquel sillón porque desde él puede observar cómodamente uno de los seis grabados con antiguas escenas de Santaella adormecidos en las paredes; un signo más de que están en un centro psiquiátrico de baja seguridad; en otro cualquiera de los que ha estado ingresado Emeterio, Eme, se considerarían objetos susceptibles de convertirse en armas arrojadizas, ni se les ocurriría tenerlos allí.
La chica ha dejado la puerta de par en par; está prohibido cerrarlas en todas las zonas de ocio; por ella se sale a un inacabable pasillo pespunteado de habitaciones, áreas de aislamiento, de terapia, armarios cerrados con candando, todo en colores estridentemente relajantes; y sirve para que penetre una anodina música ambiental muy relajante también. Los asilos de lujo para enfermos psiquiátricos son tan relajantes que termina siendo casi imposible resistirse a incendiarlos con sus cuidadores dentro.
Eme se asegura de que a la chica se le haya pasado la crisis de hace unas horas, totalmente inusual en ella, y vuelve a concentrarse en la pantalla del ordenador. Hace unos días ha descubierto un nuevo blog, El secreto dialecto de los recuerdos manuales, cuyas entradas le producen una extraña atracción.
La escucha a su espalda, removiendo en el carrito de la compra. Intenta no mirarla. Pero casi nunca ha logrado cumplir sus propósitos.
Le está tendiendo un paquete.
Un paquete muy maltratado sujeto con un cordel y envuelto en papel manila como el que usaba su abuelo para embalar los objetos que enviaba a casa desde el manicomio; cuando se acerca, puede ver su nombre escrito en letra de molde.
Se lo quita de las manos.
Emeterio Tobasa.
Casa de Reposo Santaella.
Santaella. Córdoba.
Sin remitente.
El paquete no es muy grande, lo suficiente como para contener uno o dos libros; parece muy viejo; pero Eme no lleva más que siete meses ingresado allí.
—¿Cuánto tiempo hace que lo tienes?
—...
—¿Quién te lo ha dado?
—...
La chica mira hacia el suelo lamentando no estar programada para facilitar esos datos.
Después levanta los ojos y se concentra en su grabado preferido.
Él rasga el grueso papel azul y extrae un libro, un cuaderno y una tarjeta.
Respira hondo, como le aconsejan siempre. No le sirve para nada.
Lo recoge todo y sale de la biblioteca.
Camino de su habitación, regula el paso y el gesto; hace dos meses que, en secreto, está dejando de tomar la medicación en lapsos crecientes perfectamente medidos; preparándose a su modo para una reinserción social —la llama así porque considera aquella reclusión una condena, aunque sea casi voluntaria— a la que aún no ha puesto fecha; cree que posee mayores conocimientos sobre su mal que cualquiera de los médicos que lo han tratado hasta ahora; es probable que esté en lo cierto.
En su dormitorio, cierra la puerta y verifica el contenido del paquete. Podría suceder que en el trecho desde la biblioteca hubiera cambiado y se encontrara con algo distinto a lo que vio allí. Tiene veintiocho años; no le han faltado oportunidades desde los catorce para comprobar que, para él, la realidad es cualquier cosa menos inmutable.
Lo primero, el libro. La orden de la buhonería, de Michael McFarland. Una novela que tomó de la biblioteca de su abuelo cuando era niño y que lo marcó para siempre. Ha recorrido mil librerías dentro y fuera de España sin que nadie pudiera darle referencias del autor. En sus andanzas, se ha ido desprendiendo de todo cuanto tenía, perdiéndolo, vendiéndolo o empeñándolo, todo menos ese libro. Saca la castigada mochila del armario, y de ella, un volumen idéntico al que acaba de recibir, sólo que algo más estropeado. Había descartado por completo la posibilidad de encontrar un segundo ejemplar de aquella novela.
Toma la tarjeta, como si en ella pudiera encontrar la explicación. Un rectángulo amarillento de cartulina en el que con una antigua máquina de escribir han escrito un nombre, una dirección de Sevilla, la única ciudad que considera como propia, y una frase:

Chema Badajoz
C/ Pureza, 204 2º Derecha
Sevilla
Pregúntale a McFarland


Por último, el cuaderno. Pesado, de tapa dura, encuadernado en tela, de los usados para la contabilidad o como libros de actas, con unas cuantas páginas arrancadas al final. Muy viejo. Su abuelo escribía en esta clase de libretas unas interminables series de números que nunca fueron capaces de desencriptar. Cuando éste murió, su abuela recibió del manicomio donde estaba ingresado una caja llena que quemó en la chimenea tras comprobar que sólo contenían las habituales filas y columnas de cifras. En el recuadro blanco para el título de las portadas, su abuelo escribía un número con caracteres romanos, pero en éste han borrado lo que fuera que lo titulaba para sustituirlo por una palabra en mayúsculas, ADENDA, con una letra que ni se parecía ni pretendía parecerse a la redondilla preciosista que él usaba.
Al abrirlo, puede ver que, en vez de las indescifrables series de números que obsesionaban a su abuelo, el cuaderno está escrito con tinta reciente.


Set

Hacía unos treinta años que no jugaba al escondite.
—Cuenta quinientos antes de moverte —le dijo el de la pistola a Set Santiago—. Si te veo aparecer antes de habernos ido, te pego cuatro tiros.
Le habían quitado la talega con la que le cubrían la cabeza pero no le desataron las manos, muy doloridas ya a su espalda. Poco a poco se acostumbró al incierto resplandor que rajaba algunas de las capas de oscuridad de lo que parecía ser un edificio en obras o abandonado. La piel del rostro tirante por la sangre reseca. Se puso dificultosamente en pie y se dirigió hacia el rectángulo negro con la esperanza de encontrar la salida. Aún era de noche, así que no habrían pasado más de cuatro o cinco horas desde que aquellos dos tipos lo habían cazado.
Ni borracho ni con ninguna de las tías que tonteaban con cualquiera menos con él aquel sábado por la noche, Santiago salió solo del último bar de copas a eso de las dos, las tres como mucho; los tipos lo abordaron, descarados, en mitad de la calle, como si no les importara que estuviera vacía o no, pistola y navaja, ni media palabra. Lo metieron en un coche con un tercero al volante y, en cuanto arrancaron, le encasquetaron en la cabeza una talega con olor a pan rancio que no le dejaba ver ni las sombras.
No le cabían dudas de que aquello estaba relacionado con la detención de Jesús Esteban.
Supo, o creyó, que habían pasado más tiempo dando rodeos que cumpliendo el trayecto hacia su destino, pero fuera eso o no lo que hicieron, cuando lo bajaron del coche no tenía ni la menor idea de dónde o a qué distancia del punto de partida se encontraba.
Con el cañón del arma incrustada debajo de la oreja lo empujaron por un camino de tierra y lo hicieron entrar en un recinto con el mismo suelo. Cuando llegó a algún lugar donde se escuchaba un televisor a muy bajo volumen, lo hicieron caer de rodillas con un golpe en los tobillos, le quitaron la talega pero no la pistola de la cabeza.
Ángel Esteban, envuelto hasta el cuello con una manta, lo miraba despaciosamente desde la cama de lo que aparentaba ser una chabola. Ángel, terminal de sida, había aprovechado una libertad bajo fianza para huir de la justicia un par de años antes sin que la policía hubiera encontrado nunca una sola pista sobre su paradero. Su hermano Jesús era cliente de Set Santiago desde que ambos compartieron celda en el Centro Penitenciario Sevilla II. Salieron de la cárcel con poca diferencia de tiempo, pero Jesús sabía que tarde o temprano necesitaría a un abogado expresidiario y no perdió el contacto; hacía tres días que lo habían detenido de nuevo.
—Una vez le corté una oreja a un abogado que tuve —empieza a levantarse sin abandonar la manta, necesitará su tiempo—. Todos los abogados sois unas mamonas.
—...
—Es coña.
Ya que no puede incorporarse, Santiago se deja caer para quedar sentado en el suelo; la diferencia respecto a permanecer de rodillas no es muy grande, pero para él es importante.
Al fin ha logrado levantarse el dueño de la vivienda y se acerca sin prisa. Es un hombre de unos cincuenta de pelo largo, bigote gris deshecho, alto y tan delgado que uno llega a desear que no deje caer la manta que lleva como una capa para no tener que comprobar qué es lo que queda debajo.
—¿Has sido tú, verdad? El que ha delatado a mi hermano —apuñalándole la mirada—. He hecho que te traigan para ver si eres capaz de negármelo mirándome a los ojos.
—Claro que lo soy. No hay nada más fácil. ¿A tu edad todavía crees que la gente es incapaz de mentir frente a frente?
El crujido de las articulaciones de Ángel Esteban se superpone al sonido de los dibujos animados cuando se acuclilla para quedar a su altura.
—No necesito comprobar nada. Sé que has sido tú el que le ha pegado el chivatazo a la madera. Tienes que haber sido tú.
—No.
—Llevo años diciéndole a Jesús que no se fíe de ti —en lo suyo—. Él, que nada, que estuvisteis juntos en el maco y que eres cabal. Como si fueras el único abogado que ha pasado por la cárcel.
—Tu hermano es amigo mío —con cuidado de no enfatizar ni una sola de sus palabras—. Además, ¿qué saco yo con todo eso?
—No lo sé, todavía. Me da igual. Sé que has sido tú.
—¿Los anticuerpos te han vuelto adivino?
—¡Que sé cosas, cabrón! —trata de controlar la respiración y la dicción de cada palabra, porque de pronto está muy enfadado—. La gente no se atreve a aprender de los enfermos. Pero los moribundos tenemos mucho que enseñar.
—¡Qué tío! ¡Como para no envidiarte! —echándole unos cojones que no debería.
—No hace falta que me envidies, hijo de puta —baja peligrosamente la voz mientras le arrebata la navaja a uno de sus secuaces, que usa la mano libre para reforzar la presa que ejerce sobre el abogado—. ¿Quieres saber qué es lo que se siente estando como yo estoy? —le acerca la punta de la navaja hasta unos cinco centímetros de la garganta.
—...—Set mira hacia otro lado, los 101 dálmatas en el televisor, el montón de vídeos vhs de películas Disney apilados en una esquina coronados por un Santa Claus con las gafas rotas, un dragón de trapo junto a un montón de antirretrovirales sobre la mesa camilla.
—¿Quieres saberlo? —retira la navaja y se da un tajo en la palma de la mano, un tajo muy profundo, con ganas, como se infligiría alguien con imperdonables cuentas pendientes contra su propio cuerpo.
—...—Empieza a sudar y se impulsa hacia atrás, sólo para comprobar la firmeza de la llave con la que lo tienen inmovilizado.
—Ya verás —la mano entera se ha teñido inmediatamente de rojo negro, gotea por varios puntos mientras se la acerca con lentitud, y cuando al fin lo toca, restregándosela exhaustivamente por la cara, metiéndole los dedos en la nariz, pellizcándole los párpados, venciéndole los labios cerrados para introducirle los dedos, frotarle los dientes y las encías, Santiago nota que toda aquella sangre enferma lo está alterando de forma instantánea—. Nunca me lo agradecerás lo suficiente.
Se retira, incorporándose con esfuerzo, usa el dragoncito de trapo para comprimirse la herida, le da la espalda.
Espera algo que tarda en llegarle.
—Has sido tú. Diga lo que diga mi hermano, estoy seguro de que has sido tú el que lo ha vendido. Pero me falta un punto para... Me falta un punto, así que esta vez no voy a hacerte nada. Eso sí, vamos a vigilarte: tu cuenta corriente, lo que compras, los sitios a los que vas, todo. Y cuando tenga ese punto, vas a desear que hoy te haya contagiado lo que tengo yo para poder morirte por tu cuenta.
Ha terminado.
Hace un gesto para que se lo lleven.
Mientras sale del edificio donde los esbirros lo han dejado, preguntándose cómo va a desatarse las manos que aún lleva sujetas a la espalda, Set Santiago casi logra sonreír. La cosa no ha estado mal. Mucho mejor que si Ángel Esteban hubiera sabido el verdadero papel que ha jugado en el encarcelamiento de su hermano.
Hace unos treinta años que ha dejado de fumar y necesita un cigarro.

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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