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imagen cabecera catálogo El universo de al lado
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I

Primero desapareció Bulgaria.
Fue curioso constatar que la ausencia del país balcánico, en sí misma, no pareció inquietar a nadie. Al menos, la prensa seguía dedicando más espacio a las veleidades de Paris Hilton o las revueltas callejeras en el otro París, el fagocitador del Sena, el de la torre a medio construir. Es cierto que se quejaron los países limítrofes: Rumanía, Serbia, Macedonia, Grecia y Turquía, cuyas fronteras habían quedado cortadas con la limpieza de una tarta de cumpleaños. Rumanía, en particular, se quedaba sin el Danubio. Las Naciones Unidas prometieron estudiar el caso.
Con Bulgaria habían desaparecido los búlgaros, excepto aquellos a quienes la fortuna pilló en suelo extranjero, y que solicitaron inmediato asilo en el país en que se hallaban. Bueno, eso al menos hicieron quienes asistieron a la volatilización de su patria desde suelo europeo o norteamericano. Los demás prefirieron irse a una isla desierta del Pacífico y fundar allí una nueva Bulgaria, mejor que la vieja. Nadie les hizo mucho caso, y al cabo del tiempo descubrieron que la isla sólo estaba desierta en esa época del año; en verano era destino turístico de alemanes y británicos.
Con Bulgaria desapareció la cultura búlgara. Aunque la literatura se salvó en su mayor parte por estar guarecida en bibliotecas de todo el mundo, y si bien en ciertos campos, como el cine y la música popular, lo acontecido era casi de agradecer, la pérdida irreparable de la arquitectura consternó a numerosos críticos e historiadores. El búlgaro se convirtió en una lengua muerta por derecho propio, y los nacionales sobrevivientes aquí y allá dejaron de hablarlo enseguida.
Las ONG deseosas de enviar ayuda humanitaria, perplejas, no sabían a quién socorrer. Por falta de una explicación sensata de lo ocurrido, los científicos se desentendieron, y una semana después del suceso, nadie hablaba de él. Las predicciones para los Oscar ocuparon las primeras planas.
La noche de la ceremonia de los Oscar se esfumó Paraguay.
Normalmente, ver a un paraguayo es sólo un poco más fácil que ver al Yeti. La inmensa mayoría de la gente vive sin Paraguay. Es verdad que esa mayoría, de hecho, no vive sino con su casa, su trabajo, un par de calles y dos periódicos, pero es que en esas calles no hay restaurantes paraguayos, ni los periódicos reseñan el acontecer político, o cualquier otro, de la nación guaraní. Como cuando se hace público un juicio por cohecho o se descubren ruinas bambara, la gente buscó ese día en mapas, en el diccionario, en Internet algunos datos esenciales. El día más importante de la historia paraguaya no fue, por consiguiente, el de su descubrimiento, su independencia, ni siquiera el del último golpe de estado, sino el de su desaparición.
Y, también hay que decirlo, una comedia paraguaya obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera.
La ONU designó a una comisión para que investigara lo ocurrido a dos de sus estados miembros. La representación norteamericana se había mostrado desconcertada, sin ideas claras al respecto: en esos casos solían apelar a una invasión humanitaria, pero ¿qué haces cuando el país a invadir ha decidido no dar la cara? Cuba y Venezuela llegaron a redactar un documento que acusaba a los Estados Unidos de haber robado Bulgaria y Paraguay, pero en definitiva decidieron esperar un poco, para procurarse alguna clase de prueba.
Entonces despareció la Luna. Y ahí sí puso todo el mundo el grito en el cielo.
Y Nick O´Donnell fue llamado con urgencia a Nueva York. Como ya estaba en Nueva York, se limitó a tomar el ascensor para bajar al nivel del suelo y dirigirse al sitio en que lo necesitaban. Aparte de él, bajaban una pelirroja envuelta en una tela llena de agujeros y escudos de armas, un ejecutivo joven y uno viejo, y un negro de la limpieza que protegía contra su pecho a un bebé excesivamente arropado.

-No conozco ese país -dijo Nick, preguntándose cuándo sería aconsejable ponerse cómodo.
-Tratándose de un americano, debo decir que me sorprendería lo contrario -suspiró el individuo moreno que, pese a ser un desconocido, parecía tener autoridad sobre los jefes que Nick conocía-. En este país la gente piensa que Mali y Bali es la misma cosa, y ambas una deidad hindú.
-O que Cancún está en Méjico -aportó Gallagher, el jefe inmediato de Nick.
Se hizo un silencio en que cada uno de los tres pensó que los otros dos eran idiotas.
-Cancún está en Méjico -dijo el desconocido.
-Muy bueno -dijo Gallagher-, funcionará con el enemigo. Ah, por cierto, Nick, ya puedes ponerte cómodo.
Nick se distendió. El individuo moreno tocó algo sobre la mesa y la luz perdió intensidad; apareció un mapa en la pared.
-Lipidia es un país que no figura en los mapas, porque los fabricantes de mapas han sido comprados por el oro lipidiano. Tiene un observador en la ONU, disfrazado de asistente del embajador de Costa de Marfil. Su misión, O´Donnell, será penetrar en territorio lipidiano, y realizar un atentado terrorista.
Nick asintió. El desconocido moreno se le quedó mirando con fijeza, como esperando una pregunta. Nick desvió la vista hacia su jefe.
Gallagher era un escocés pelirrojo y expansivo. Dada la naturaleza de su trabajo, esta última característica resultaba más bien un estorbo. Gallagher luchaba contra su bonhomía como un dandy contra la calvicie, pero era inútil, su innata cordialidad lo traicionaba. Ahora le sirvió un poco de whisky a Nick. Sólo a Nick: el otro aseguró que no bebía, ni siquiera estando de servicio.
-Tenemos -dijo- motivos para creer que la reciente desaparición de Rumania y Uruguay.
-Bulgaria y Paraguay -acotó el moreno.
-Eso. Que la desaparición de esos países tercermundistas, y ahora de la Luna, es obra de agentes lipidianos. Verá, Lipidia es un país diferente al resto, no sólo porque no aparezca en los planisferios. En otras naciones terroristas, los terroristas son un pequeño grupo, un partido o una secta fundamentalista que obra, según creen sus miembros, para salvaguardar la integridad religiosa, cultural, o nacional. Este fin justifica todo tipo de atrocidades contra el enemigo.
-Que casi siempre somos nosotros -aportó Nick.
-Exacto. Ahora bien, en Lipidia los terroristas, si bien tan fanáticos como cualquier otro terrorista dado, no son un pequeño grupo. Ni siquiera son la mayor parte de la población. Son toda la población.
Nick se bebió su whisky.
-Supongo que querrá decir toda la población masculina adulta.
-He querido decir lo que dije. Lipidia es el país terrorista por excelencia. Ejecutivos, deportistas, cineastas, amas de casa, incluso los militares no tienen otro credo que el atentado ciego donde mueran inocentes. Los niños, desde la escuela, son entrenados en la fabricación y uso de bombas, en tácticas de sabotaje, represión y asesinato. Por lo general, realizan las prácticas dentro de su propio país, atendiendo al principio de que sólo el buen ciudadano es culpable.
Nick trató de colocar sus objeciones en una fila ordenada.
-Pues ya me dirán cómo llevar a cabo un atentado terrorista en un país en que eso es rutina, y lograr que se note la diferencia -dijo Nick.
-Tendrás que ingeniártelas para ello. En todo caso, no estarás solo. Formarás parte de un comando de cinco miembros.
-¿Y en qué medida ejecutar una acción terrorista en Lipidia nos acercará a nuestro objetivo de recuperar la Luna? Yo diría que, si el atentado tiene éxito, se volverán más cautelosos que nunca.
-Se pondrán nerviosos y cometerán errores -dijo Gallagher-. Nunca un extranjero ha hecho estallar el más inofensivo petardo en Lipidia. Por supuesto, para llevarlos al estado que buscamos, vuestro atentado ha de ser el más original de todos los tiempos. El premio Nobel del terrorismo, por así decirlo.
Nick se encogió de hombros.
-Eso, asumiendo que la Luna efectivamente haya desaparecido. Quizás se trate sólo de que han hallado la forma de que no se vea desde la Tierra, cubriéndola con alguna clase de pantalla o.
-Descartado -replicó el escocés-. La NASA es concluyente al respecto: la Luna no está ahí.
-¿Y por qué no torturar un poco a algún lipidiano para hacerlo hablar?
Gallagher miró de reojo al moreno, y sonrió.
-Supongo que querrá saber dónde se encuentra Lipidia.
-Sería una ayuda -admitió Nick.
-Pues a nosotros también nos vendría muy bien enterarnos -replicó Gallagher con un suspiro.
-¿No saben dónde queda.? ¿Y para qué, en nombre de Dios, me muestran el mapa?
-Sólo para que comprobases que no aparece Lipidia por ningún lado. Y, así como no sabemos dónde queda el país, no hemos visto nunca un lipidiano vivo. Ni siquiera al asistente del embajador de Costa de Marfil. Quizás sólo se trate de una leyenda de las Naciones Unidas.
Aquello era demasiado para Nick. Se sentía desorientado, como si todo fuera irreal excepto su vaso de whisky. Y el vaso ya estaba vacío.
-No he sido del todo sincero -admitió Gallagher-. La verdad es que conocemos a un lipidiano. Uno sólo.
-Perfecto. Llévenlo a Guantánamo.
-No será necesario. Nick, te presento a Dante, el jefe de la operación.
Y el moreno le tendió una morena siniestra, que hizo crujir las sensibles articulaciones de Nick.
-¿Usted.? -balbuceó la víctima-. Entonces, ¿cómo es que no sabe.?
-Vine a los Estados Unidos siendo un niño. No recuerdo nada de Lipidia. De hecho, ni siquiera recuerdo a mis padres, pero sólo me quedan unas fotos, así que deben de haber muerto. O me abandonaron, que es igual.
-¿Y cómo sabe que nació en Lipidia, si no recuerda nada?
El moreno lo miró de hito en hito, y empezó a quitarse la camisa. Tenía la piel tersa, lampiña, y una musculatura difícil de conseguir por las vías legales.
-No quise ofenderlo -dijo Nick.
Dante se volvió. Tatuado en la espalda, tenía un mapa.
Un mapa de Lipidia. Sin anotaciones más allá de las fronteras.
-Ha crecido conmigo, así que las proporciones entre el norte y el sur pueden haberse alterado. Era un niño raquítico, ya sabe.
Volvió a cubrirse.
-Seremos cinco. Ya conoció a los otros en el elevador: Mercury, Chrissy y Rodríguez. Bulgaria, Paraguay y la Luna desaparecieron con una semana de diferencia, así que tenemos siete días para encontrar Lipidia, diseñar la operación y ejecutarla. Oh, bueno, y si es posible, escapar con vida. ¿Alguna pregunta?

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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