|
El anuncio Miralo. Primero fue el padre. Ahora lo es el mismísimo hijo. Dicen que así debe ser. Y yo también lo creo. No voy a andar gastando palabra al pedo repitiendo algo si para mí es una boludez. Te paso el dato: uno en la calle siembra cosas. Y es tu andar lo que bate quien sos. Si naciste para pararte de manos o para agachar la sabiola. Miralo. Se llama Gabriel Vera. Pero para todos no-sotros siempre va a ser «El chico». Lo mismo pasa con el bar. El papá de Gabriel, Lucio, le puso «San Cayetano». Pero en el barrio empezaron a decirle «Las cinco esquinas». Sin embargo este lugar va a ser inmortalizado por nuestros recuerdos con otro mote. Con el que nos identifica. —¿Tomamos un café en «Teneme al chico»? —¿Una cerveza en «Teneme al chico»? —Le damos al vicio esta tarde en «Teneme al chico», ¿no? Dale, Lagarto. Venite. Que nos falta uno para jugar al truco de a seis. «Teneme al chico». Casi casi una cantina del far west. Es lógico que estuviera en la misma calle del Jesse James. Otro punto de encuentro para los forajidos. Porque también como en el Jesse, siempre pintan los guantes en «Teneme al chico». No me preguntes por qué. Pero así como ese bar para muchos de nosotros es una casa también esas cuatro paredes son precisamente nuestro cuadrilátero. Lo más parecido en Casanova al ringside del Caesar Palace en Las Vegas. Sí, señor. Algunas veces las peleas empiezan por una cuestión de camiseta. La mayoría somos hinchas de la Fragata, algunos del Lafe. ¿Viste cómo son las cargadas cuando los muertos de tu equipo pierden? Yo tengo una teoría: lo hacemos por deporte. Los domingos —el día que nos dice la palabra sagrada que fue hecho para descansar— después de la siesta, ya sea jugando a las cartas o a la taba, mientras miramos el partido codificado o cuando ya empezó Fútbol de primera… algún quilombo se arma. Fija. Yo no los empiezo. Tampoco los paro. Es raro que me meta. Mucho menos ahora que estoy más cerca del retiro voluntario. ¡La mierda! Cerré los ojos. Me fui a dormir después de haber visto El hombre del rifle como todas las noches y cuando los abrí… tenía cincuenta. ¿En qué momento el Toddy se convirtió en vino y el vino en la amarga sangre de Cristo? No puedo calcular cuánto tiempo estuve muerto. Tampoco puedo decir que ahora estoy vivo. Porque esto no es vida. Soy un zombi. Les decía que los bardos en «Teneme al chico» no los empiezo ni los termino. Muy rara vez me meto. A veces por el veneno que me da que al otro día sea lunes. Otras por las broncas que vengo arrastrando de días anteriores. Con lo que me doy manija cuando la juego de filósofo. Pobre del pelotudo que ese día se la quiso dar de pija. Porque lo siento de culo. ¡Atenti! Fundamental es que no sea conocido. Extranjero en la ciudad. Esa es la condición sine qua non para que se libere mi diablo. Pero para serte honesto, últimamente eso ya no me importa. Haceme enojar. Ya vas a ver. Los parroquianos de «Teneme al chico» hablan de «cuando el Lagarto boxea». A veces lo cuentan y se cagan de risa. Otras se acuerdan y se cagan de miedo. Siempre es lo mismo. Un ritual. Una misa. Un domingo. Primero fue el padre. Ahora lo es el mismísimo hijo. «Teneme al chico.» Le quedó así al bar porque al principio, cuando se armaba, el viejo Lucio le sabía dar a cualquiera que estuviera en la barra a Gabriel; que por ese entonces era un bebé. Lucio los domingos los quería pasar sí o sí con su hijo. Suficiente todo lo que se perdía del nene en la semana. Pero además, Lucio quería que el pendejo mamara desde la cuna el ambiente. Lo que te decía al principio. Que el pibe aprendiera a pararse de manos y nunca a agachar la cabeza. Y el viejo Lucio pensaba que con su ejemplo el chico iba a aprender. «Teneme al chico» era lo que siempre pedía Lucio al borracho de turno, que se despabilaba de una cuando agarraba a Gabriel en brazos mientras que el papá se metía a separar y a repartir si era necesario. Lucio Vera tenía brazos de Popeye. Creeme: el tipo sabía hacerse entender. Lucio Vera. Brazos de Popeye y un corazón enorme… al que le faltó comer mucha espinaca. El cuore le falló al viejo Vera el sábado once de noviembre de mil novecientos noventa y seis a las diecisiete horas y veintiocho minutos. Quisiera mentirte que recuerdo muy bien la fecha por Lucio. Pero si la tengo grabada es por el hecho que hizo que él muriera. Terminaba el segundo tiempo de la final del Nacional B. Y de ese partido entre San Martín de Tucumán y Almirante, el ganador iba a jugar en primera. La fragata tenía que ganar sí o sí, porque en el partido de ida había perdido de visitante uno a cero. Y los tucumanos se la hicieron difícil y salieron a lo seguro: no jugaron a nada. Los once negros todos colgados debajo del travesaño de su arco, cuidando el empate sin preocuparse por marcar un gol. Un partido de mierda. Obvio que se caldearon los ánimos. A nosotros nos expulsaron a nuestro crack, el Félix Flores, que cansado de patear la pelota como si fuera un tirador de un pelotón de fusilamiento meta abrir fuego contra los condenados a muerte, lo levantó en el aire de una patada a un delantero de los cabecitas dejándolo culo pa’l norte. Después la balanza se inclinó a nuestro favor cuando les expulsaron a dos defensores de ellos y hasta al arquero que salió del área para cortar una jugada. Almirante todo se fue en malón. Le entramos a cascotear el rancho y parecía que se lo tirábamos en cualquier momento. La última pelota del partido fue un córner y en tiempo de descuento. El Barney Pereira, el arquero de la fragata, se corrió la cancha de punta a punta alzando los dos brazos bien arriba. El Tori Lescano lo vio y la tiró pasada al segundo palo. El Barney llegó por detrás de todos y cabeceó solo. El arquero de San Martín se estiró todo lo que pudo y no llegó. La pelota hizo un globo. Se le colaba, loco. La popular se vino abajo. Nico Bueno, el relator de Cachaquísimo dereyjú bailable en el 103.5 de la FM lo alcanzó a gritar. «¡Go-go-gol!», lo dijo ese hijo de puta y ahí en «Teneme al Chico» todos saltamos y algunos también lo gritaron. «¡Go-go-gol!», dijo ese hijo de puta antes de gritar más fuerte «¡No! ¡Travesaño!». Me agarré la cabeza con las dos manos. Nos agarramos todos las cabezas. Todos menos dos. Lucio Vera y el Pulgui. El Pulgui miraba a la barra con lágrimas en los ojos, endurecido. Tartamudeó cuando lo llamó. Yo no lo escuché pero pude leerle los labios. «Lucio», decía. Y para cuando yo pispié para ese lado, el viejo Vera estaba desplomado sobre la barra, agarrándose con las dos manos el pecho, ahí, donde dicen que está el corazón. Lo llevaron en la chata del santiagueño Sosa al Parisiense. Los doctores dijeron que cuando llegó ya estaba muerto. Esa misma noche lo velaron en la cochería de los Coelho. Ahí, en Quesada al 3000. En la misma calle donde están su bar y el Jesse. Si el Barney Pereira hubiera hecho ese gol… No sé si se hubiera muerto Lucio. La puta madre. Por lo menos hubiéramos jugado un campeonato en primera. La primera. Primera… Primero fue el padre. Ahora lo es el mismísimo hijo. Primero fue Lucio. Ahora lo es el mismísimo «chico». El que detrás de la barra me guarda el chumbo cada vez que sé que no voy a poder evitar irme a las manos. Lo intento. Miro al piso y ahí todo mi ser me repele recordándome que yo no nací para agachar la cabeza. Que yo soy de los que se paran de manos. Rara vez me partieron la boca. Se podría decir que tengo un récord impresionante. Si mi maestro fue Alí. Yo soy el campeón más grande de la historia de los pesos pesados en las cinco esquinas de Atalaya. Mis victorias fueron todas por nocaut. Tuve un empate histórico. Y mis derrotas… Mis derrotas son infinitas afuera de «Teneme al chico». Lo que te voy a contar es mi caída. Y aclaro: que si siempre entregué el arma antes de ponerme a boxear no fue para que no me tentara de sa-carla si las cosas no me iban bien. Por si me llegaban a llenar la cara de dedos. Si yo le daba el chumbo a Lucio o se lo doy al chico es para no llegar hasta el final. Para no terminar cueteando al pobre perejil que me vino a servir de punching ball cuando estoy para atrás. «Teneme al chico» no es un bar de viejos ni es un bar viejo. Es como todo lo que pasa por acá, en Atalaya. Algo que no avanza. Algo que está anclado en el tiempo. ¡No! Anclado en el tiempo no. Anclado en su mismo tiempo. Humo de cigarrillos. El paño de las mesas de pool. Los porotos para anotar los tantos. El olor a meo concentrado en los baños. Todo es igual desde que Lucio abrió. Todo menos el espejo detrás de la barra. Era lo primero en romperse cuando volaban botellas o vasos. Cuando revoleabas a uno por encima del mostrador. Lucio los cambiaba. Era supersticioso. No quería tener mala suerte. El chico no tiene la plata para cambiarlos. Y si la tuviera, estoy seguro de que tampoco lo haría. Haber heredado el bar para él es yeta. La tiene clara Gabriel. La tiene clara el chico. Tiene dos hijos varones. El menor creo que ya empezó la escuela. Y dicen que cómo juega a la pelota el más grande es increíble. Que va a ser el nuevo Messi. Eso sí: ese borrego no va a calzarse la camiseta del Brown. Tampoco la de Laferrere. Viven en Villa Luro. Y si el chico pudiera, también laburaría por allá. Del otro lado de la General Paz, en capital. Gabriel no les va a hacer a sus hijos lo que el viejo Lucio le hizo a él. Robarle el futuro para quedarse prisionero del tiempo de este bar. Los chicos del chico no van a hacer esquina. Van a ver y conocer otras posibilidades. Otras personas. Otros mundos. Lo que existe además de borrachos peleando dentro del bar del papá y el abuelo que no conocieron. Los chicos del chico nunca van a pisar «Teneme al chico». Por eso Gabriel no cambia el espejo. Porque no le pone un puto mango más a esta cárcel. El bar le da para vivir lo justo y necesario. Él hace lo mismo para mantenerlo con lo mínimo. De ahí que ese espejo siga sumando más impactos y marcas. Sobre él se dibujan cada vez más nuevas rutas de destrucción. Es irónico que un espejo hecho mierda te muestre en verdad quién sos. Eso me pasa a mí, cada vez que veo mi reflejo, cada vez que me encuentro conmigo mismo en «Teneme al chico». Lo que veo es a un viejo quebrado de rostro arrugado, tan arrugado como astillado está el espejo. Soy algo destruido. Algo feo. Soy lo que está roto y lo que todavía se puede romper más. Puedo vivir con eso. Puedo vivir con esa imagen. Con lo que no puedo vivir es cuando esa imagen corresponde a la de mi peor enemigo. A la del tipo que tiene bronca porque mañana ya es lunes. A la del quía que anda enroscado con algo y no puede zafar. Cuando esa imagen de mierda es la del puto Sócrates entrando a Casanova. Desensillando de un caballo negro para entrar en la cantina. Mi peor enemigo llegando a la ciudad. Yo, yo y yo. Primero fue el padre. Ahora lo es el mismísimo hijo. Aconsejándome y hasta animándose a intentar consolar con la labia. Un doctorado en «oreja» te da el otro lado de la barra. Y tanto Lucio como Leandro Vera resultaron ser flor de eminencias. Los dos siempre supieron guardarme bien el revólver cuando me calzaba los guantes. También los dos sabían venir a pedírmelo cuando veían en mis ojos que yo no se lo iba a dar por propia voluntad. —Lagarto, ¿en qué andás? —me preguntó el chico secando vasos recién enjuagados. Y como quien no quiere la cosa, abrió el cajón donde yo sé dejar la nueve. No le contesté porque para eso tendría que mentirle. Y no podía contarle una verdad a la que le tengo miedo. —Lagarto… —me llamó el chico y ante mi silencio él sólo negó con la cabeza. Terminó con el último vaso y me palmeó un hombro. Yo intenté mirar hacia abajo. Concentrarme en mis manos y en mi bebida. Pero no pude porque yo no nací para eso. Seguí sin abrir la boca y los que boquearon fueron mis ojos. El chico los escuchó bien atento. Y anunció: —Lo que vayas a hacer sólo te va a amargar más. Negué con la cabeza. Y en silencio mis ojos hablaron largo y tendido con mi adversario ubicado en el espejo roto, también proclamando algo que iba a abanderar. —Voy a hacer lo necesario para que te vayas de acá. Para que pueda tomar mi vaso de vino en paz. Hasta la próxima vez que sea lunes o que me enrosque con algo. Hasta que se me vaya lo azul de hacerme el pitufo filósofo. Primero fue el padre. Ahora lo es el mismísimo hijo. Lucio… Gabriel… ¡Salud! |