catálogo
imagen cabecera catálogo Hasta que me orinen los perros
título críticas

I

 

Aquí, en esta ciudad, estamos hechos para odiar a la gente. Si alguien te adelanta con el auto, lo odias. Si alguien tiene trabajo, o más dinero que tú, o una mujer más linda, o peor todavía, si alguien tiene el descaro de hacerte ver que está más o menos contento en la vida, termina siendo odiado en cosa de instantes. Este odio, antes que un sentimiento, en el que muchos suelen mezclar la admiración y el desprecio, es una censura. Sin embargo, siempre se expresa como odio. Y vivir así, entre tanta inquina y reproches, no es fácil. Pero algunos limeños, en fin, tienen la piel dura y se las arreglan. Alberto, por ejemplo.

Anoche un fumón le puso un revólver en la cabeza y le robó el auto.

Naturalmente, el pobre odió su mala suerte, odió al mundo, odió la terca estupidez de creer que alguien está en condiciones de salir adelante a costa de trabajo y dedicación. Odió, sin límites, a cada miserable de Lima que permite que eso suceda. Y es que, a decir verdad, no solo se habían llevado su dinero y el auto, su herramienta de trabajo, sino sobre todo varios años de esfuerzos y ahorro, años de soñar que de veras existe un futuro.

Futuro. Qué palabreja. Cuando Alberto era un niño, se la repetían todo el tiempo sus padres y los profesores del colegio como si fuera una meta alcanzable. Ahora, ya sabiendo que el presente es lo único que importa, el futuro solo significa minimizar los riesgos.

Alberto es taxista, por la mala voluntad del capitalismo salvaje y no porque le agrade andar por ahí dando vueltas. Manejar es lindo si uno se va de paseo o sale con su chiquilla, pero pegarse un sentón de doce horas diarias oliendo el monóxido de las combis y esquivando a tanto analfabeto al que le dan un auto, es distinto. Eso es mierda seca con pelos. Alberto acabó haciendo taxi porque le hicieron reingeniería. ¿Qué significa eso?, preguntó. Alguien, muerto de vergüenza, le dio explicaciones. Un moderno plan laboral para obtener el máximo de rendimiento con el mínimo de recursos. Con la reingeniería lo sacaron de carrera. Tú eres un recurso prescindible, hermano, chaucito.

Así que sigan sumando. Aquí también perdió años de esfuerzos, sin importar que en tres ocasiones hubiera sido ascendido y felicitado por su desempeño en la oficina, y hasta dejó de pensar con orgullo en esos otros años por los que, estudiando de noche y durmiendo mal, le entregaron su diploma de contador. ¿Qué pensaba ahora de ese cartón?

—Nada —le dijo Alberto a Rosa, su mujer—. No sirve de nada —y decidió invertir su indemnización en comprar un auto para trabajarlo de taxi. Quería un buen auto, para que le durase, y por ello gastó también la reserva de su mujer, que no era mucho, pero ayudaba.

Y ahora les robaban el auto. Alberto y Rosa, pues, estaban en la calle.

La pareja, en los últimos meses, iba de mal en peor. Vivían en las escarpadas lomas de un cerro, en uno de tantos barrios del Cono Norte, con pocas pistas asfaltadas y nubes de polvo, aunque contaba con luz, agua y desagüe. Antes habían vivido en Breña, un distrito modesto, ocupando la azotea de la casa del padre de Rosa. Allí estuvieron tres años. Breña, al menos, quedaba en plena ciudad. Luego, sin muchos miramientos, la familia les pidió que se fueran. Las hermanas mayores de Rosa parían niños cada año, y ya la casa, perdónanos Rosita, nos está quedando muy chica. Ustedes son jóvenes y sin hijos.

Era cierto. Alberto y Rosa no tenían hijos. Ella había querido tenerlos, pero nunca quedaba preñada. Consultó a un médico y este le dijo que con un breve tratamiento lo conseguiría. Pero no insistió. Alberto, además, le proponía esperar tiempos mejores.

En cuanto al auto, tras haber pasado cinco días a la deriva, asentando la inútil denuncia en la Comisaria y buscándolo desesperadamente por las calles, lo dio pronto por perdido, siguiendo el consejo de un vecino que lo empujó a que se buscara otra cosa.

—¿Tu carro era Toyota Station? —preguntó.

—Sí —dijo Alberto.

—¿Color blanco?

—Blanco, sí.

—Bueno, viejo, de ésos hay miles, incluso más que Ticos. De modo que empieza a olvidarlo. Ya ha de estar canibalizado y hasta vendido por partes, como repuestos.

Los tiempos mejores llegarían porque Alberto decidió aplicar una variante de la reingeniería a su desgracia. «El máximo de rendimiento con el mínimo de fatiga —se dijo—. Así también piensan los hombres de empresa.» La decisión la tomó en un grifo, donde, al comenzar la jornada, él y otros taxistas acudían a revisar el auto, echar gasolina y comentar las novedades del día. Alberto ya no tenía auto para llenar el tanque. Pero sí un cerebro sediento de ideas. Y una idea, de pronto, le rebalsó el cráneo, justamente durante la noche en que oyó el rumor de un negocio rentable que podía estar al alcance de sus manos.

Alguien, leyendo un diario, habló entonces de borrachos dormidos, y otro sujeto, no recordaba quién, insinuó que Raimundo sabía de eso. Raimundo, un zambo que vestía camisas llamativas y a quien conocía de hola y chau, era un taxista de Los Olivos. Todos eran taxistas nocturnos, incluyéndose él mismo. Alberto había sopesado los pros y contras de su horario laboral. Lo bueno era que en las noches no se tragaba mucho tráfico y la máquina consumía menos combustible. Lo malo era que, si no estabas mosca, te cagaban la vida. Y eso, sin duda, lo sabía él. Nadie tenía que darle mayor detalle.

—Raimundo —dijo Alberto aquella noche, misterioso, tomando a su colega de un brazo y llevándolo hacia un aparte—. Necesito hablar contigo.

Raimundo era un tipo avispado, pero simpático y lleno de quimbas.

—¿Qué pasa, hermanito? ¿Te me vas a declarar?

—Enséñame.

—¿Qué?

—Quiero que me enseñes —le dijo Alberto.

—¿Que te enseñé qué?

—Lo de los borrachos.

Súbitamente sofocado y sacudiendo la cabeza, el taxista puso una exagerada cara de desconcierto y confusión.

—¿De qué me hablas, Alberto? No te entiendo.

—Tú me entiendes, negro. Necesito que me metas en tu chamba.

—¿En qué chamba?

—En la de los borrachos, pues.

—¡Oye, tú estás loco, carajo! ¿Qué has comido?

Mirándolo fijamente, Alberto insistió. Agitado, sin saber adónde fugar, el taxista asediado comenzó a fruncir el ceño.

—Tú sabes, hermano.

—...

—Sabes que estoy de malas. Dame una mano.

—Oye, viejito...

—Además, todos dicen que tú eres el mejor en el ramo... El más capo.

Fue entonces cuando Raimundo borró de su semblante el gesto de desentendido y esbozó dos sonrisas truncas. Alberto había tocado una fibra sensible.

Ganado por la vanidad, tan pronto se enteró de que mucha gente lo consideraba «el mejor en el ramo», Raimundo le dedicó una mirada analítica, como evaluando si acaso había tropezado con un soplón. Decidió que no. Hacía meses que veía a Alberto junto a sus amigos taxistas y, si bien casi nunca charlaba con él, le daba buena espina. Pero una cosa era tener una buena impresión y otra pegarse una calateada en plena calle.

Alberto, en efecto, se estaba refiriendo al secreto que Raimundo y otros yuntas suyos tenían bien guardadito. Ellos, de manera regular, solían buscar pasajeros lo suficientemente pasados de copas para que se les durmieran en el auto. Luego, desviándose del destino hacia donde debían dirigirse, los entregaban en dos o tres huecos, que eran guaridas de reducidores y ladrones de poca monta. Vendían borrachos. A veces, si tenían suerte, ganaban en una noche lo que otros taxistas sacaban en dos semanas.

—Este es un negocio para hombres —murmuró Raimundo.

Alberto lo miró fijamente a los ojos:

—Dime lo que tengo que hacer.

—No, hermano. Para esto hay que tener temple.

—Pruébame. No te voy a fallar.

—Hablemos otro día.

—¿Por qué otro día? Hablemos ahora.

Tomando aliento, Raimundo volvió a las quimbas, estirando las piernas y girando la cabeza, como si fuera un atleta calentando para iniciar una maratón. Finalmente, tras hacerse de rogar unos minutos, accedió a iniciarlo en el negocio.

—¡Puta que eres ladilla, Alberto! —rezongó—. Pero ya, caray, está bien, te voy a probar. Si te va mal, eso sí, tienes que mantener la boca cerrada. De lo contrario, te jodes con nosotros, ¿está claro? —Alberto asintió, escuchándolo con suma atención.— Primero te voy a adiestrar en las mañas. Esto es bien solapa, hermano. Te hablo de un secreto de secretos —y acto seguido le contó en rasgos generales la práctica de la venta de borrachos, desde el levantamiento de la víctima hasta el bolsiqueo previo y la comisión por venderlo.

Ambos se sentaron a la mesita de un kiosco, pidiendo café.

—Se trata de robar y vender borrachos —continuó Raimundo, ya dispuesto a dictar cátedra—. Mira, tu chamba consiste en dar unas vueltas de más con el taxi y esperar a que el borracho se duerma. Para eso puedes usar música, boleros y algunas vainas clásicas. A mí me va muy bien con Chopin. Ese pata da sueño. Los casettes los venden a precio huevo en un mercadito del centro. Más fácil, imposible. Y una vez que el borracho baja la cabeza, lo cacheas, luego le limpias el billete y al final vendes el resto. Esta es una forma de sacarle partido a todo, sin mancharte las manos ni dejar pistas... Sería muy raro que el tipo pasado un tiempo se acuerde de ti, pero si tú te quedas con un encendedor de oro o un reloj fino podrías ganarte un canazo. De ahí que lo mejor sea vender al borracho.

—¿Y a quién lo vendes?

—A varios huecos de fumones y otras ratas, que están llenos de compradores. Te dan entre quince y veinte soles, según lo que ofrezcas. Un choborra vale por su ropa, sus zapatos, sus adornos personales y, sobre todo, si se trata de alguien solvente, por sus tarjetas. Hoy encuentras harto huevón con tarjetas de débito y crédito.

—Esa es la parte peligrosa —se inquietó Alberto.

—¿Cuál?

—La de lo huecos.

—Más o menos —admitió Raimundo—, pero yo tengo gente segura. Son tipos bien maleados, claro; si no, no serían seguros. Pero no les juegues sucio... Por lo demás, ellos esperan sentados. No olvides que tú eres el proveedor.

—Hay algo que no entiendo —dijo Alberto—. Tú hablas de limpiar el bille. ¿Te llevas todo?

—¡Nooo, pues, hermano! —Raimundo desorbitó los ojos—. Solo la mitad. De la otra mitad, la gente del hueco te da una comisión. Generalmente pagan veinte mangos, el equivalente a cuatro carreritas. Pero si el choborra carga trescientos o más, cambia la cosa. Tú te habrás ganado una tajadaza y además la gente del hueco te soltará una comisión respetable. Por lo menos cincuenta mangos.

—¿Ellos no saben que tú ya los pelaste?

—No.

—¿Y eso no te preocupa?

—No estás llevándole un misio. Si te toca un pata con la billetera vacía, basta un par de cachetadas y se acabó el asunto. Lo obligas a bajar.

Alberto se rascó el mentón:

—¿Y qué pasa si el borracho despierta justo cuando lo pelas?

—¡Nada! —dijo Raimundo—. No olvides que él está borracho y que tú tienes una buena excusa. Bien puedes decir que buscabas un documento para averiguar su dirección. Podrías molestarte e incluso recriminarlo por dormirse, por hacerte perder el tiempo o por ensuciar los asientos... Ahora bien, hay otras mañas más pendejas. Y con estas, por si acaso, es necesario tener cuidado.

—¿A qué te refieres?

—Encontrarás dos tipos de borrachos. Los que caen muy rápido, y los otros, que son como muñecos porfiados: viajan dormitando y luchan por mantener los ojos abiertos. Para estos últimos, tengo una vieja receta.

—¿Qué?

—Cloroformo.

—¡Puta madre!

—No te asustes —rió el maestro—. Es droga blanda.

—¿Y qué haces?

—Simple. Antes de pelar la billetera, le acercas el cloroformo en un pañuelo. Y cuando el tipo afloja, lo aprietas contra su nariz. Queda un rato adormecido.

—Habrá una dosis, me imagino.

—Depende del peso. Si el borracho es alto y gordo, echas más. Pero no puedes pasarte de tiempo: darle a oler mucho es peligroso. Tenemos un amigo asistente de anestesista, que trafica sedantes; él me asesora.

El zambo Raimundo las sabía todas. Llevaba un año en el negocio y, fuera de cuidar al milímetro los detalles del modus operandi, se obsesionaba con la seguridad. Nunca te juegues la vida, decía. Lo primero, hermano, es aprender a reconocer los bultos bajo la ropa, dado que como están los tiempos mucha gente lleva una pistola al cinto.

—¿Una pistola?

—Sí.

—¿Lo desarmas?

—¡Ni de vainas! —hizo un ademán precavido—. Algunos, sí, pelan la pistola y siguen p’adelante. Yo no. Yo prefiero salirme del borracho. Lo despierto y le pido que se baje. Y si se pone bravo, lo llevo adonde quiera. Con las armas no se juega.

De la teoría, Alberto pasó a la práctica.

Tres días le tomó estar en condiciones, pues se le hizo difícil hacerse con un taxi. No conseguía carro prestado, ni menos carro de alquiler, sin dejar un depósito en garantía. Pero al cabo, consultando aquí y allá, encontró a un primo que tenía un amigo caído de fondos y que, para nivelarse, alquilaba su taxi por las noches. Consiguió un Nissan.

—Ven esta noche —lo animó entonces Raimundo.

—¿Adónde?

—A la avenida La Marina. Allá hay mucha juerga.

Y Alberto se presentó donde le dijeron. Así empezó todo.

....................................................................................
 
Volver a ficha del libro
  

© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

Otras editoriales del grupo: Biblioteca Nueva