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Tinto

De Carlos Ortega Vilas

Llegó en el invierno de mil novecientos cuarenta y dos. Era un cachorrillo descastado, de orejas caídas, rabilargo y espantadizo. Me lo regaló mi viejo en un arrebato de buenas intenciones, o de culpa, o qué sé yo. Se ve que primero lo bautizó, porque apestaba a vino barato. Lo llamé Tinto. Mi vieja, al verlo, se puso como una furia. Lo único que nos faltaba, gritó. Quiso echarlo de casa. Amenazó, lloró, pataleó. Despertó al bebé, que la imitó a conciencia. Pero ella siguió, fuera de sí, quejándose de todas nuestras miserias y de todas sus borracheras, hasta que al final el viejo le dio un revés. El perro se queda, farfulló. Es un regalo para Tomasinho, un regalo de su padre. No vas a quitarme eso. Se le humedecieron los ojos —lágrimas de borracho son como besos de Judas, decía mi madre— y salió, dando un portazo. Sácalo de casa, dijo ella, frotándose la mejilla. Llévatelo al patio. Y mira que no ladre. Ya tengo suficiente con los berrinches de tu hermano.

Dicen que los animales te quieren porque los alimentas, pero en aquel entonces, hasta el bebé pasaba hambre. Tinto me quería sin condiciones. Yo lo era todo para él. Si me iba, me rogaba con ojos tristes que me quedara. Si tardaba en volver, gemía, temiéndose abandonado. Y al verme de nuevo, corría hacia mí tiritando de ansiedad, con el rabo entre las patas. Cuando lo acariciaba, me mordisqueaba las manos en reprimenda, o lloriqueaba suavemente. Luego se abalanzaba sobre mi cara, meneando el rabo como un poseso, y me lamía frenético, de la barbilla a la frente, más concienzudo cuando exploraba con su lengua mi boca, mis ojos, mis orejas. El viejo decía que era un chucho, un vira-lata, pero me hacía reír. Me gustaba la sensación. La risa es redentora. Por desgracia, yo la conocí tarde. Y ella me abandonó pronto.

El tres de enero de mil novecientos noventa y cinco (terça-feira), la ciudad de Aveiro despertó brumosa e inquieta, conmocionada aún por la noticia que el Correio da Manha había publicado el día anterior, y de la que el Diario de Aveiro también se hace eco ese día. Por el Largo do Rossio, periodistas de todo el país —y no pocos corresponsales extranjeros— deambulan desde primera hora de la mañana, intercambiando dimes y diretes de café en café, mientras la bruma va reculando hacia los canales sin que por ello mengüe la incertidumbre. Es la situación confusa, y aunque los hechos parecen probados, ningún portavoz de la policía ni autoridad política o judicial alguna se ha pronunciado todavía al respecto. Sin embargo, se sabe que el Viejo ya ha recibido en su casa la visita de un magistrado y ahora todos especulan sobre el más bien reducido abanico de posibilidades que se abre ante él. Por un lado, algunos de los crímenes han prescrito. Por otro, el Viejo se muere, presa del cáncer. En semejantes circunstancias, ¿qué se puede esperar de la Justicia? Al parecer de muchos, nada más allá de un mero arresto domiciliario. Un gesto simbólico, ya que el Viejo hace años que no abandona su caserón de fachada art nouveau a orillas del Canal Central. Otros pocos defienden que debe respetarse la presunción de inocencia hasta que sea juzgado, como es de ley en una sociedad democrática, y no aventurar sentencias ni alentar juicios paralelos. Los primeros alegan a dicha observación que el Viejo ha confesado, de modo que sólo hay un veredicto posible. Eso, al fin y al cabo, es lo de menos. A su edad y tan enfermo, no irá a prisión, apunta alguien más, mientras una voz escandalizada hace ver que no se trata de un criminal cualquiera. Él es Tomás de Soussa, el Estrangulador de Setúbal, conocido más tarde como el Chacinador de Maputo. El mismo Tomás de Soussa a quien la prensa brasileña apodara el Esganador de Río a principios de los ochenta. Conocido en Aveiro y en todo el país hasta hace sólo un día bajo el nombre de Adão Oliveira Prado, el Viejo, paladín de los canes sin techo, fundador insigne de la Associação Portuguesa de Protecção aos Animais Desamparados... Que ahora, tras una década de ocultación y mentiras, se desvela ante los ojos horrorizados del mundo entero como el más feroz asesino —conocido— de la historia lusitana.

Sin embargo, la gran pregunta que mantiene en vilo a los esforzados periodistas que esa mañana deambulan de café en café entre el Canal Central y el Canal das Pirámides, por el Largo do Rossio, es una y de importancia vital para sus carreras —las de todos y cada uno, aunque de ser ciertos los rumores, la oportunidad se conjuga en singular—. Pues se sabe de buena tinta que el Viejo concederá una entrevista, una sola, y a un único medio. ¿Quién —resuena en todas las cabezas, ahogando incluso los dimes y diretes más jugosos que se esparcen por las barras de los cafés— será el afortunado?

Tinto cogió malos hábitos, tal vez por mi culpa. Comenzó a llorar por las noches. Lloraba, y despertaba al pequeño, que lloraba también, y entonces gritaba mi madre, mi padre se enfurecía y yo salía al patio para castigarlo. Pero no podía. En su lugar, lo cogía en brazos y nos acurrucábamos bajo un tablón apoyado contra el muro, que servía de refugio en los días de lluvia. Después de todo, era un consuelo sentir su cuerpo caliente junto al mío. Una mañana —había dormido toda la noche con Tinto—, alguien me zarandeó por el hombro. Era mi viejo. Tiró de mí y me sacó de la improvisada caseta. Yo tenía los músculos tan agarrotados que apenas podía mantenerme erguido. Tinto me siguió. Se desperezó, agitó el rabo sin mucha convicción, bostezó y se echó sobre el empedrado, con intención de seguir durmiendo. Mi padre lo observó, la mirada turbia. Ese perro tuyo tiene que aprender de una vez, masculló. A mí se me encogió el corazón, porque conocía esa mirada y ese tono. Mira al bastardo, continuó él. Míralo. Parece un cachorro de madame y no es más que un vira-lata... ¿Sabes una cosa, Tomás? Si no duerme de noche, tampoco va a hacerlo de día.

Entonces lo pateó con todas sus ganas. Tinto aulló. Yo agarré un palo, no sé de dónde lo saqué. Sólo recuerdo que lo sostenía entre las manos y amenazaba a mi viejo con él. Si vuelves a tocarlo te mato, borracho hijo de puta, chillé. Él se puso lívido. Me arrebató el palo y me golpeó en la cabeza. Caí al suelo. Sentí a Tinto, que ladraba con una mezcla de rabia y miedo detrás de mí, acurrucado bajo el tablón. Sentí el contacto pringoso de la sangre que resbalaba por mi cara. Antes de perder el conocimiento, aún lo vi, oscilando como el mástil de un barco a punto de hundirse. Luego tiró el palo y se marchó, supongo que a seguir bebiendo, porque en aquel momento a mí se me llevó la oscuridad.

A las doce y cuarto de ese mismo día, Jõao Weffort, corresponsal de un pequeño semanario independiente —el Cidadão Repórter—, recibe una llamada del director. «Jõao —retumba la voz ronca entre interferencias—, hoy es nuestro día de suerte. El portavoz del Viejo acaba de llamar a la redacción. No me preguntes cómo ni por qué, pero somos los elegidos. Que no se entere nadie hasta que hayas entrado en la casa, ¿me escuchas? Jõao, ¿estás ahí…?»

—Un momento —responde el periodista saliendo de la cafetería con paso vacilante. Ni por un segundo ha considerado tal posibilidad. Él, un reportero sin experiencia de una revista con escaso alcance mediático. Y ahora...

—...Tienes que ir de inmediato, no vaya a cambiar de idea, ¿me oyes? —continúa bramando el jefe.

—Le oigo, sí —contesta él, con una desagradable sensación de calor en el estómago—. Pero, ¿cuándo? ¿Ahora?

—¿Estás tonto? ¡Claro que ahora! ¡Saca tus posaderas de donde las tengas y ponte en marcha ya!

—Y… ¿No podría venir otro? —Jõao siente las manos sudorosas. Quisiera tirar el teléfono lejos, dar marcha atrás en el tiempo, no haber contestado esa llamada.

—¿Qué otro? ¿Es que no estás tú ahí?

—Sí, pero… Yo… No estoy preparado, no sé por dónde empezar… —balbucea.

—¡Por el principio! —grita el director. Luego prosigue, en un tono más sereno—. Escucha: todos saben lo que hizo Tomás de Soussa en Mozambique y en Brasil... pero casi nadie recuerda lo que pasó en Setúbal cuarenta años atrás. Se dice que apenas rondaba los diez cuando cometió su primer crimen. Ése es el principio, Jõao, y es perfecto: justo la clase de crónica que engancha a los lectores. Podríamos titularlo El nacimiento de un asesino.

—¿Y si no quiere hablar de eso?

—¡¿Se puede saber qué te ocurre?! Tú atácale por ahí. Una vez que empiece a hablar, todo irá sobre ruedas.

—¿Cómo está tan seguro? —murmura el periodista.

—Mira, Jõao… No sé qué busca el Viejo exactamente. No sé si es un psicópata de mierda o un sicario arrepentido, averiguarlo es cosa tuya. En mi opinión, sólo intenta confesarse a los ojos del mundo antes de irse al infierno...

—¿Y a mí me toca ser su confesor? —pregunta él, con un hilo de voz.

—Ahí voy. ¿Quiere la absolución? Pues dásela. Pero antes hazle hablar. Exprímelo, Jõao. ¡Exprímelo hasta que no le quede nada en el cascarón!

Jõao entra de nuevo en la cafetería. Paga la cuenta. Sale. Camina un trecho, hasta la Praça do Peixe, y busca un banco vacío donde sentarse. Luego saca del portafolios los apuntes que el redactor le ha dado la víspera y los repasa minuciosamente. Adão Oliveira Prado, identidad falsa de Tomás de Soussa. Nacido en Setúbal en mil novecientos treinta y dos. Acusado de seis homicidios en la década de los cincuenta, detenido y condenado, acaba misteriosamente en Mozambique durante la represión de los sesenta. Desaparece del mapa en mil novecientos setenta y cuatro y reaparece en Río, Brasil, donde prosiguen sus hazañas sangrientas como asesino a sueldo de métodos poco comunes —estrangulando a sus víctimas antes de asestarles un tiro de gracia en la nuca—. En mil novecientos ochenta y dos se pierde su pista definitivamente. Son muchos los que lo dan por muerto. Pero en mil novecientos ochenta y cuatro, con una nueva identidad —la que todos conocen hoy, la del Viejo, millonario excéntrico que no repara en gastos si de salvar animales se trata—, se establece en Aveiro. Un hombre apacible, en general respetado, que el dos de enero de mil novecientos noventa y cinco, tras una denuncia anónima, recobra su nombre. Y no lo niega. Él es Tomás de Soussa, el estrangulador, el carnicero. El matarife que ya no necesita ocultarse de las iras del hombre, porque Esa a la que tan bien cebó en el pasado nunca pierde el apetito, ni es leal, ni gratifica los favores.

Mi padre no regresó ese día. Ni al otro. Ni al siguiente. Yo enfermé. La fiebre me hacía delirar. Por momentos recobraba la lucidez, y entonces escuchaba a mi vieja, quejándose de su puta vida a voz en grito por la casa, mientras el bebé lloraba y Tinto se lamentaba en el patio, sin comprender mi ausencia. Quería consolarlo. Quería hacer callar a mi madre y al niño para poder pensar con claridad. Pero ni siquiera era capaz de moverme. No sé cuánto duró aquello. Sólo sé que alboreaba cuando escuché su llamada de auxilio. A duras penas logré levantarme. Me arrastré por el pasillo, hasta la puerta del patio, y entonces los aullidos mudaron en chillidos ahogados, espectrales, un sonido inhumano que me traspasó el pecho. En su último estertor creí percibir un reproche. Desde el umbral, vi a mi madre, una sombra oscura arrodillada junto al tablón. Bajé los escalones del patio, sin poder reprimir los espasmos de la fiebre. Cuando llegué a su lado, Tinto yacía inerte sobre un charco de pis, la cabeza ladeada de una forma absurda, los colmillos asomando por la boca entreabierta. Aparté de su garganta las manos de mi vieja. Ahora ya puede dormir, musitó ella... Ahora ya puede dormir, repitió, restregándose las manos contra la falda.

No supimos nada más de mi padre. El bebé siguió berreando, de noche, de día, día tras día. Mi madre, en cambio, ya no se quejaba tanto. El médico le recetó unos somníferos. Dejó de importarle que el bebé llorase y que él nos hubiera abandonado. Tu padre está muerto, decía. En el fondo del mar está, devorado por los peces ¡Pues que les aproveche!, y se reía. Luego se echaba a llorar. Comenzó a beber, a mezclar los somníferos con vino. Se quedaba dormida hasta de pie. Era la única que dormía en aquella casa, porque yo no podía pegar ojo. El bebé tampoco. Lloraba y lloraba, pero mi vieja ya no le oía. Aquella noche berreó durante horas y ella no se levantó ni una sola vez para intentar consolarlo. Yo sólo pensaba en Tinto.

Mientras sigue al secretario del Viejo escaleras arriba, a Jõao le da por fantasear con la puesta en escena. A él se lo figura mitológico, con algo de raíz o de rama seca. Retorcido, contrahecho. Un ser desfigurado por el quebranto físico y la depravación moral, confinado en un espacio decadente —paredes empapeladas en tonos oscuros, ventanas cegadas tras pesados cortinajes, una cama con dosel y una tropa de perrillos falderos velando su sueño—. Pero cuando el secretario abre la puerta, se encuentra en una habitación blanca y sencilla, con un amplio ventanal de cortinas diáfanas a través de las cuales puede percibir la lluvia, incipiente aún. No hay ningún perro faldero, ni de otro tipo, y el Viejo es sólo eso: un anciano, frágil, cansado, que lo observa con ojos acuosos desde una cama sin dosel.

—Siéntese, por favor —le indica, señalando una silla de espaldas al ventanal—. ¿Le apetece tomar algo?

—No, gracias —rehúsa Jõao, con un nudo en la garganta—. O mejor sí... Agua, por favor.

—Enseguida —asiente el Viejo, haciéndole una seña al secretario, que de inmediato abandona el dormitorio—. ¿Se encuentra bien?

—Un poco nervioso, tal vez... Si le soy sincero, ésta es mi primera entrevista. Importante, quiero decir...

—Lo sé —repone Tomás de Soussa—. Era mi única condición. Nadie le conoce. Supongo que dentro de poco eso cambiará. Para bien o para mal, no sabría decirlo. —El secretario entra en ese momento, con una bandeja, un vaso y una botella de agua mineral. Deja todo sobre una mesita auxiliar y sale de nuevo.— …Sírvase usted mismo, si no tiene inconveniente.

Jõao se levanta, llena el vaso. Bebe. Cuando vuelve a sentarse, parece más sereno. Pero sólo es fachada.

—Mi abogado dice que estoy loco —continúa el Viejo—. Y el juez me ha prohibido hablar con la prensa. Supongo que ahora estará dictando una orden para evitar que publiquen esta entrevista, al menos hasta que se levante el secreto de sumario, o me haya muerto... Entre usted y yo, creo que es más probable lo segundo. Aunque eso no es ningún secreto.

—¿Puedo preguntarle por qué lo hace? —se decide a intervenir Jõao.

—¿Oye eso...? Tormenta. La primera del año —comenta el Viejo, mirando más allá de Jõao. La lluvia golpea ahora con mayor ímpetu el ventanal—. No tengo una respuesta para esa pregunta —prosigue—. Pero no se inquiete, responderé a todas las demás... Ahora, si no le importa, le rogaría que comenzara. Estoy cansado.

Jõao traga saliva. Intenta concentrarse en los papeles que tiene ante él. Las líneas rehúyen su mirada. El texto entero amenaza con diluirse, con transformarse en una gran mancha blanca, mientras en sus oídos resuena la voz ronca del director. Empezar por el principio —un resplandor azulado y después, muy cerca ya, el trueno—, empezar por el principio —y el repicar de la lluvia arreciando contra los cristales.

—Veo que le cuesta enfrentarse a esto —murmura el Viejo—. No tenga miedo. Pregunte…

Al amanecer, se calló por fin. Era estúpida aquella criatura. No pidió ayuda. No gritó, no intentó defenderse. Ni siquiera dejó escapar un reproche. Dio un hipido y enmudeció. Entonces la oí llegar. Tomás, ¿qué haces?, preguntó con la voz metalizada que le salía directamente del gaznate cuando recobraba la conciencia. ¿Por qué está tan callado? Tomás, ¿qué has hecho?, insistió, clavándome las uñas en los hombros para apartarme de la cuna.

Ahora ya puede dormir, dije yo. A-ho-ra ya pue-de dor-mir, repetí, lentamente, para que pudiera comprenderlo.

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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