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imagen cabecera catálogo Lo rojo y lo azul
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Capítulo I

Salió de Augusta, pero no como otras noches, solo y sin rumbo, a ofrecerse como cuerda de violín a cualquier vibración nómada; hoy no podría detenerse a poner en contacto sus nervios con ningún temblor del río, de un pulso, de una estrella; el pretil no era término, sino comienzo de jornada.
El puente estaba desierto. Los ómnibus de la próxima Estación del Norte huían de él, resbalaban precipitadamente por su lomo desnudo, de color de acero, regado de luz por algún foco de automóvil. Ya no esperaba allí Carlota para tomar juntos el aire y el amor en un mismo ponche diariamente removido. También aquel agua y aquellas piedras se habían convertido en historia.
Como del río se alzaba una bruma donde bien podían rápidamente disolverse los último recuerdos, los fue lanzando al aire, y así todos los resortes de su espíritu —como sus brazos y sus piernas— comenzaron a adquirir la agilidad necesaria a cualquier juventud que se lanza a la pista azarosa de la vida. Su equipaje exterior se componía de un periódico de la noche, de un pasaporte militar y de una «lista de embarque» donde se le marcaba, oficialmente, bajo las penas más severas, una ruta. Su equipaje interior era demasiado voluminoso, aunque Julio no podía entonces advertirlo: posos de toda la antigüedad se habían sedimentado allí.
Como iba a cambiar de vida, no sólo de ciudad, al asomarse a la ventanilla para pedir su billete pudo decir al empleado:
—Una tercera para otra existencia.
Tenía veintiún años y un programa vital completamente en blanco. Pero en su atolondramiento, porvenir, pasado y presente se fundían. Al entrar en el andén no pensó en que un vagón de tercera le esperaba allí no sólo para transportarle a un cuartel, sino para sumergirlo en una fábrica de refundir individuos. Era recluta del último reemplazo y tránsfuga de un taller sacerdotal. Huérfano y sin fortuna. Solo frente al mundo. Un día tuvo que elegir entre dos objetos: el azadón y la gramática latina; hoy —felizmente— no era sometido a la máxima tortura del espíritu, donde el espíritu se define: la elección. Ante él se había situado un solo objeto: el máuser.
Era un momento solemne; pero Julio no solía darse cuenta de ninguna solemnidad. Cruzaba por sus días trascendentales a pie enjuto. La mole inmensa de zozobras que suele anegar a otros viajeros se retiraba estupefacta al ver tan magnífico aturdimiento.
Subió al vagón; se sentó junto a cualquier ventanilla y se distrajo presenciando adioses. Como a él no acudió nadie a despedirle, tenía ante sí completamente libre un turbio paisaje sentimental; podía divertirse asistiendo al tierno espectáculo de las despedidas de los otros. Despedidas bien clasificables; de amigos, de parientes, de novios, de amantes. Casi todas falsas o muy mal ensayadas. Menos las de los últimos, porque el amor es el único capaz de inventarlas.
El departamento comenzó a nutrirse. Era un tren correo que llegaría a Barcelona a la mañana siguiente, después de detenerse en todos los pueblos del trayecto. Se irían viendo subir y bajar rostros adormilados, mustios, como de gentes que han mutilado la noche.
Dos minutos antes de marchar entró en el vagón una joven seguida de una anciana y de un mozo con dos maletas. Julio —que ya se había resignado al dúo, porque pobreza y promiscuidad suelen ir siempre juntas— se apartó de la ventanilla, ayudó a colocar el equipaje, contestó a un susurrado «Gracias» de la joven.
—Puede sentarse aquí si lo prefiere.
E indicó un lugar frente a él, desocupado. Pero nunca pudo saberse qué dijo entonces la invitada. Fue aquello un amasijo verbal, subrayado por gestos recelosos de la anciana. Julio temió insistir, porque de pronto juzgó como demasiada fortuna viajar frente a una mujer que creía encantadora y temió que una impaciencia hiciese abortar el dúo.
La anciana bajó al andén. La joven se acercó a la ventanilla y él le cedió su puesto, que ella aceptó con otro «Gracias» de escaso relieve.
Julio pensó:
«La claridad de sus frases crecerá seguramente en proporción a la distancia de la vieja. Sin ningún freno doméstico evolucionarán más ágiles.»
El tren comenzó a removerse.
—Adiós. Guillermina.
—Adiós, abuela.
Todo acabó con lágrimas en el andén y en el vagón. Las de Guillermina, muy dóciles, se retiraron en cuanto se vieron libres de la presencia de la anciana. Julio siguió presenciando restos dramáticos de despedidas. Dos amantes seguían apretándose la mano con gran peligro del hombre, que avanzaba dando brincos a lo largo del andén, hasta que el tren cortó bruscamente la peligrosa y desesperada comunicación.
Poco después, el tren cruzaba el río, se sumergía en plena llanura. A un lado y a otro, sembrados, algún arbusto, extensiones desnudas, lucecitas, gentes en traje de fantasma, postes ágiles, montañas lentas. La ciudad quedaba atrás, con todas sus vidas estancadas o audaces, con sus ideas fósiles o andariegas, con sus placeres siempre monótonos, siempre envenenados de tedio, según el testimonio del Kempis... Así, al menos, lo deducía Julio de los conceptos encerrados en su antiguo equipaje. Al manosear el concepto, esbozó una rectificación infantil:
—Tendré que comprobar personalmente lo del veneno.
La ciudad quedaba atrás con su enrejado luminoso, que para Julio apenas era un laberinto geométrico, hitos de avance de alguna gran pizarra donde nunca los problemas se le habían ofrecido sino en formas angulosas, hirientes. Un gran esquema vital que nunca para Julio había redondeado sus ángulos ni ondulado sus inflexibles paralelas; cierto amasijo de rutas sin nada suave, sin nada muelle, que Julio había recorrido alguna vez comiéndose un mendrugo —auténtico placer de aquel día— mientras leía a Virgilio, placer dudoso, tan insignificante al lado de aplacar la fiera de un estómago. Porque una ciudad que alguna vez hemos recorrido con hambre es difícil que conserve para nosotros ningún otro encanto que no sea el de haberlo satisfecho. Aplacar el hambre es algo gigantesco que borra todas las demás voluptuosidades de la tierra. Como la voracidad sexual desvanece cualquier dudoso perfil de la mujer, el hambre verdadero, el único, no reconoce más fascinación que la del pan. El salvaje no puede estimar, devora; recorre el mundo sin darse cuenta de él... Julio, en sus primeros años de adolescencia, había recorrido la ciudad convertido en salvaje, cerrados los ojos a cualquier alta contemplación, como una torre inclinada sobre sus propios cimientos —sobre su propio vientre— incapaz de mirar libremente a las estrellas.
Fuera, nada había que mirar, porque todo iba quedando sumergido en igual sombra. Julio se replegó en el asiento, abrió su periódico, intentó leer... Vano propósito; la luz era tan mezquina que apenas podía leerse en los rostros.
Un viajero de tercera —como un inquilino de piso de tercera— disfruta con relación al aire, a las frondas, al sol, al agua, al espacio —a todo lo que el orbe intenta producir gratuitamente— de derechos muy limitados. Es un viajero que salió del rango de salvaje para llegar al de civilizado, y se quedó en la mitad del camino; sin el agua y el bosque y el sol del primero, y el baño, las terrazas del casino y los arcos voltaicos del segundo. No hay individuos en un viaje con billete de tercera; sólo hay series, expediciones, masas. Todo viajero de tercera, como Julio, viaja en tren militar.
«Soy —pensaba Julio— uno de esos entes fracasados que ayuda a producir civilización sin quedarme con nada, como esos oficiales de joyería a quienes se registra al salir del taller. En mí —infeliz viajero de tercera— ha fracasado el comúnmente llamado progreso.»
De modo que el campo de experiencias se reducía fatalmente a una: contemplar a los vecinos de asiento. Julio detuvo su contemplación en Guillermina, situada en el banco de enfrente, silenciosa en medio de una fila de cinco también mudos viajeros. Los dos más próximos a Julio eran un sacerdote con dulleta de merino y un labriego con pantalón y chaqueta de pana, sobre los cuales la mirada resbaló como por una rampa de ortigas.
Los ojos de ella eran verdes; pero Julio no podía advertirlo, como no podía descifrar el artículo de fondo de La Crónica. Los de Julio eran castaños, neutro color que Guillermina ya había rápidamente percibido, al asomarse, bajo la luz del andén; porque las mujeres, en estas operaciones, suelen dividir y subdividir el tiempo hasta el infinito. Les basta con milésimas de segundo.
El clérigo comenzó a rezar maitines —Julio conocía los salmos— y el labriego inició un cabeceo rítmico que atentaba contra la integridad de su nariz. Un momento de extremo peligro hizo asomar la risa de dos bocas, a la de Julio y a la de Guillermina. Como la risa es un valor social, pronto se contemplaron ambos en concepto de amigos que han disfrutado juntos de un mismo deleite.
Además, su charla podía ahuyentar el sueño y la peligrosa dinámica del labriego.
—¿Va usted lejos?
—A Barcelona.
—También yo.
Cuando al llegar a una estación, cerca de medianoche, bajaron a un tiempo el sacerdote de merino y el labriego de pana, Julio y Guillermina se sentaron frente a frente.
—Faltan ocho horas. ¡Qué fastidio! —apuntó la viajera, sonriendo.
—No tanto —replicó Julio.
—Sí, sí, ocho horas.
—No lo decía por el tiempo... Lo decía por el fastidio.
—¡Ah, ya! Muchas gracias. Eso lo dirá por usted, porque yo me aburro.
—Naturalmente, joven. Le agradezco su amabilidad.
Julio pensaba en un recorrido de ocho horas junto a una hermosa desconocida, como en una encrucijada de caminos hacia posibles aventuras. Solía pensar en una acomodación de una vida a la de cualquier otro ya trazada. Asistir a vidas distintas mientras recorría la suya —intransferible— sin darse cuenta. ¿Por qué no le decía a Guillermina?:
—Desdeñosa viajera: este mozuelo que estás mirando no tiene dónde reclinar hoy sus ensueños como no sea en el cabezal de esparto de un cuartel. Este mozuelo que estás mirando no conoce ningún modo de conquistar este mundo visible porque sólo le enseñaron los modos de conquistar el invisible. Soy, pues, un hombre que chamarilea en tropos. Un atolondrado viajante en nubes.
Pero Julio nunca hubiera revelado la verdad acerca de sí mismo. No por querer ocultarla, sino por desconocerla.
Ante una insinuación de Guillermina, comenzó distraídamente a balbucir:
—Ahora voy a incorporarme... Me destinaron a Infantería... Es un buen regimiento... Quizá tenga que ir al Rif.
Pero ése era su destino circunstancial y Guillermina hubiera deseado conocer el destino verdadero de la vida de Julio, el gran destino con el que suele siempre contar una mujer al pensar en el hombre: el cotizable. Entonces Julio se enredó los pies:
—Después, no sé... Me ofrecieron un buen empleo... Claro que eso depende... Tengo que prepararme para el Catastro...
Guillermina le miró con lástima. Aquel anuncio de posible marido que toda joven española ve en cada hombre nuevo que conoce, había fracasado. Miró a Julio triunfalmente, porque ella tenía bien trazado su camino. Primero, mecanógrafa, en la Banca Bermúdez; después, jefe de la sección de correspondencia, tal vez secretaria del inspector general. Su porvenir era claro frente a la nebulosa del porvenir de Julio. Se casaría fácilmente con algún empleado de la Casa... ¿Y por qué no con el gerente? Una vez pasó junto a ella, porque Guillermina vivía cerca de la sucursal en Augusta de la Banca Bermúdez; él se quedó mirando de hito en hito... A él iba recomendada. Entre dos macetas de claveles, Guillermina estaba «encantadora», según el léxico galante del inspector, un hombre todavía joven, de madurez muy bien decorada con una enorme cuenta corriente...
«¿Cómo habrá hombres así —pensaba Guillermina—, sin una idea segura en la cabeza? Este joven acabará por vivir a costa de alguna pobre tonta...»
Guillermina llamaba «ideas» a los presupuestos del mes redactados en vista de cada saneado ingreso. No le abandonaba nunca el sentido administrativo de la vida.
—¿Sigue usted una carrera?
—Una muy larga; pero no me sirve. Es como si hubiese andado cuarenta kilómetros a pie hacia Huesca y de pronto me diese cuenta de que el viaje era hacia Teruel.
Debió decir: «Mi vida es una estrella de los vientos. Nunca tuvo un verdadero enfoque, sencillamente porque no había llegado el momento de dispararse...» Guillermina tuvo un momento de lucidez, y replicó:
—Se rectifica.
—Sí, pero me queda el cansancio, mucho cansancio.


Comenzó a filtrarse en el diálogo el frío de la madrugada. Julio se volvió a acurrucar en el asiento, bien embozado en su capa; ovilló todos sus músculos; sólo dejó libres los ojos, que siguieron escudriñando en Guillermina. Habían quedado solos en el departamento cuando ya nada tenían que decirse como viajeros y nada más lejano de ambos que dialogar como amantes. Se habían declarado —sordamente— una franca hostilidad. Su sentido de la vida era opuesto. El de Guillermina era bien claro; por eso era tan dudoso. El de Julio parecía ser excesivamente obscuro; por eso era tan humano. Guillermina lo preestablecía según datos que reputaba auténticos; Julio no tenía otros datos que su propia vehemencia, que su propio instinto vital... Fantasmas en el cerebro y en la noche. Voces soñolientas de los mozos, temores del porvenir, campanas en los andenes, risueñas perspectivas ideales, revisores intempestivos, tricornios de hule, besos en las portezuelas... Todo se reeditaba con implacable monotonía.
La viajera, al fin, se dejó vencer por el sueño. De Guillermina quedó apenas, acurrucada en un rincón, su propia caricatura. Macilenta, perdido el dominio de sus ojos, de su boca, de sus manos, Julio acabó por compadecer aquella intimidad tan mal aderezada.
«Si los viajes de novios —reflexionó— pasan por muchos de estos trances, ¿cómo se podrá resistir una luna completa?»
Y se mantuvo firme, sin un desmayo, sin un solo minuto de abandono, hasta llegar a Barcelona. Pocas estaciones antes, Guillermina se despertó azorada, como queriendo rectificar algún ademán poco digno, algún escorzo risible, capaz de desbaratar el sentido de una fisonomía.
—¿Descansó un poco? —preguntó Julio.
—Estaba rendida...
Se advertía en ella un gran deseo de rectificar todos los posibles desmanes de su vida inconsciente. Y los desperfectos de su belleza. De su bolso fue extrayendo a pedazos su seducción desaparecida: el rojo de sus labios, el rosa de sus mejillas, el negro de sus párpados, el orden de su pelo. Minutos después, Guillermina estaba rehecha. Cuando recuperó su instrumento de fascinar, comenzó en seguida a utilizarlo. Sonrió, sin saber por qué.
«Esta mujer —pensó Julio— seguramente espera que yo aplauda su trivial resurrección... Pero ¿qué podría yo decir ahora? No tengo la experiencia del piropo ocasional. A ella podría dirigirme con dos estrofas de Arolas, pero no con dos frases de urgencia. No soy capaz de obtener éxitos inmediatos, porque me falta el don de la oportunidad. La verdad es que siempre la mujer fue para mí un tema de retórica escolar... o un aborto del infierno, si la clase era de teología... Y ahora ninguno de los dos sentidos me sirve.»
Guillermina comenzó a recoger su pequeño equipaje. Julio tenía allí a mano el suyo —un periódico de la noche, provinciano— y, antes de arrojarlo por la ventanilla, lo contempló unos momentos conmovido, como a un buen amigo que se nos va para siempre.
«Eres mi último día, mi ayer. Contigo se cerró para mí una especie de vida... ¡Ea! No quiero lastre ninguno. ¡Vete con mis otros recuerdos!»
Y lo arrojó por la ventanilla.
El viento zarandeó unos instantes el guiñapo de tiempo, lo enrolló a un poste, acabó allí de destrozarlo bajo el haz vibrante de segundos que estremecía los capullos blancos de la red telegráfica, pulso del nuevo día.
Julio se dispuso a entrar en él con los ojos más libres que nunca. Al detenerse el tren, Guillermina le tendió la mano.
—Buena suerte. Que no le destinen a África. Tal vez algún día nos veamos...
—Buena suerte, Guillermina. Tendré mucho gusto...
Se perdieron de vista en el andén. Ya fuera de la estación, Julio accedió a las proposiciones de un guía.
—Bien. Lléveme al cuartel del regimiento número doce.
Y echó a andar junto al desconocido.


Un pelotón de jovenzuelos desharrapados cruzaba por una ancha avenida. Julio pensó:
«Deben de ser también reclutas. Van en la misma dirección.»
Y cortó con unas monedas su comunicación con el guía; siguió a los jovenzuelos y, al llegar a un cuerpo de guardia, cortó la comunicación con su propia personalidad. Tan mal fraguada aún, tan poco firme, que no sintió el tijeretazo. Era como partir en dos una nube.
Fue entonces cuando quedó convertido en número, en elemento táctico. La abigarrada fila comenzó a entrar en el cuartel entre las sonrisas de lástima de muchos veteranos y la indiferencia profesional de jefes y oficiales. Se escuchaban los antiguos, los tradicionales chistes, estúpidamente reproducidos. Un zafio corneta imitó el balido, para imprimir en la mente de los azorados reclutas esta profunda idea preliminar:
—Desde este momento sois rebaño.
Dos reclutas contestaron con una rápida alusión a la madre del corneta, pero alguien —algún cabo— impuso bruscamente silencio. En el mismo umbral de la milicia se inculcaba a los neófitos la conveniencia de renunciar totalmente al diálogo, como un peón de ajedrez debe renunciar a discutir aun con los jugadores más torpes. Las ideas acerca de su nueva posición en el mundo irían lentamente adquiriéndolas por diversos procedimientos, algunos de ellos medievales. Hoy se utilizaba —sarcásticamente— el metafórico; después se utilizarían métodos directos. Ideas sin posible revisión, que era preciso fijar en la memoria como hitos de avance, cuya infracción equivaldría a un descalabro, a una malaventurada incursión en el Código de Justicia militar. Ideas simplicísimas, depuradas ya de toda emotividad, que los veteranos solían encerrar en fórmulas brutales, en esquemas de enunciado imposible de reproducir aquí. La misma idea del honor, en sus diversos escalones desde el general al cabo, iría perdiendo en majestad hasta quedar convertida en desplante viril, en majeza. La disciplina se encerraba en fórmulas parecidas a ésta:
—Cuando se viene al cuartel hay que dejárselos detrás de la puerta.
Los reclutas habían ya agotado en el trayecto por ferrocarril, y a través de la ciudad, su remanente de buen humor, de gritos y de atrocidades. Venían rendidos de cansancio, seca la garganta, doloridos los pies, los riñones. Entraban blasfemando entre dientes, los más; mirando estúpidamente, muchos; hondamente perturbados, todos. Eran la masa infortunada en el reparto social donde otros, mediante cuotas incorporadas al tesoro, constituían una tan legal como absurda excepción. Porque estos hombres sin fortuna sólo podían ofrecer su cuerpo, ahora mal cubierto de guiñapos que en seguida habrían de arrojar al trapero.
Entraron en un departamento donde aguardaba un facultativo.
—¡Desnudarse todos! —gritó un sargento.
—No —rectificó el médico—. Pueden hacerlo de diez en diez; porque no andamos bien de calefacción...
«¡Claro! —pensó Julio—. Hay que despedirse del último recuerdo que quedaba. Vamos a entrar en una nueva vida... ¡A renacer!»
Y en seguida quedó en traje de feto, completamente desnudo.

 

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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