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I

 

Los espejos del ascensor nos repiten, creando a partir de los cuatro pasajeros una multitud de clones. Es un ascensor moderno, como el edificio, y hace un momento, cuando subimos el hombre del traje azul y yo, en la planta número catorce, se me antojó un truco de feria, un truco cruel, porque en lugar de deformarnos, la óptima calidad óptica de los espejos nos mostraba con precisión. Y eso duele.

En el piso doce se detuvo el impulso muelle y entraron esta mujer y su fotocopia reducida, la misma altivez repetida en estaturas diferentes. La Madre (porque es una Madre con mayúsculas), se ocupa de aleccionar a la niña sobre lo que debe y no debe hacer cuando vienen a ver a papá a su despacho. Alarga la palabra despacho tras mirarme, porque lo que ve ratifica mi condición de probable subalterno del respetado papá. Ve a un hombre cercano a los cuarenta, con un bigote anacrónico y el pelo estirado para ocultar la posible calvicie. Un hombre algo encorvado, como esperando el próximo golpe o reponiéndose del último.

Nada patético.

Sólo banal.

Un hombre que podría ser guapo si en lugar de esa expresión bovina y amable mostrara un poco de fiereza, algo de ambición, una chispa de felicidad.

Visto un traje gris no muy gastado. De hecho, sólo me lo he puesto una docena de veces. Pero se ve como yo, ablandado prematuramente. Por eso la Madre, que se alarma porque la niña ha olvidado algo en el despacho de papá, me mira como diciendo que mi fatiga mediocre de previsible empleado de alguna de esas empresas, no es nada en comparación con lo que tiene que hacer una Madre. No oigo sus palabras, pero el hombre del traje azul, el otro hombre, sacude la cabeza caballeroso y detiene el ascensor con un gesto que no depende tanto de su dedo en los botones como de la autoridad que emana. Vuelve a manipular y subimos.

No me ha consultado.

No hace falta.

Él nunca consultará nada y el oro de sus anillos y el reloj y el llavero del Mercedes avalan sus decisiones.

Otra vez la planta catorce. Madre e Hija salen tras agradecer al señor e ignorar al invisible.

Volvemos a bajar. El hombre de azul saca un puro y lo enciende. No me consulta. No hace falta. Se limita a dispararme desde el espejo un gesto cómplice de que estamos entre hombres, retoca sus gemelos de oro y disfruta del humo. Yo también. Admiro el encendedor (de oro, claro) que se ha quedado en su mano para que yo lo pueda admirar, mientras abre y cierra la tapa con simplicidad ensayada. Hago al espejo un gesto hacia el mechero. Es una pregunta y él aprecia mi timidez y el respeto de mi ademán. Asiente apenas. Meto la mano en el bolsillo y él adelanta el mechero para darme fuego como si me diera una bendición. De reojo mira su habano, especulando qué tabaco barato sacaré del bolsillo. Supongo que apuesta con su mente sobre una u otra marca, como apostará en los casinos, dejando llover la fichas sobre el tapete. Se decide por la marca más barata de cigarrillos rubios, estoy seguro, y se prepara para que su expresión no traduzca misericordia. Puede que incluso considere la posibilidad de mejorarme ofreciéndome uno de sus habanos. Se advierte que está satisfecho, de sus negocios y de sí mismo, del mundo que funciona como debe para las personas con cuna y posibles, necesariamente pocos en cantidad pero ricos en calidad. Por eso se asombra cuando ve que el mundo no funciona ya como debe, y que en lugar de un paquete de tabaco barato saco del bolsillo la pequeña pistola negra, alargada por el falo del silenciador, le apunto a la frente y disparo.

Dos veces.

Se mira al espejo y presta más atención a su aspecto en general que a los agujeros rojos y gemelos en su frente.

Después muere.

Detengo el ascensor en la planta número tres. Las oficinas de ese piso están en obras y es la hora de la comida. Como advertían mis instrucciones. Agradezco al hombre caído la exactitud de los hábitos, y a la Madre el olvido que me evitó tener que poner en práctica la fase B. Esperar hasta la noche para abordarlo cuando volviera del club hubiera aumentado el riesgo y consumido un tiempo que no tengo.

 Bajo y dejo el pie calzado con zapato caro para impedir que se cierre la puerta del ascensor. La puerta empuja. El pie del hombre baila con el aire. Bajo por las escaleras con aire jovial, hasta la planta baja. Como vaticinaban mis instrucciones, ha cambiado el turno y el guardia de la recepción es uno diferente del que me vio subir. Yo también soy diferente, con la chaqueta sobre el hombro y el pelo revuelto, un joven ejecutivo prometedor, acaso uno de los genios de la informática que reinan en todas esas empresas de los pisos superiores y cuyo nombre acaba en punto com. El bigote anticuado viaja en mi bolsillo, junto a la pistola.

Saludo al guardia y salgo a la Castellana.

El sol baña Madrid. Pienso en la Madre del ascensor y en que su llegada estuvo a punto de obligarme a hacer horas extras. Pero la mujer tenía razón. Lo mío no tiene mérito.

Ser un asesino a sueldo es fácil.

Lo difícil es ser padre.

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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