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imagen cabecera catálogo Mujer abrazada a un cuervo
título críticas

Capítulo I (Fragmento)

Voces…
¿A dónde va?
Se ha puesto amarillo de repente.
¿Habrán llamado a una ambulancia?
No hace falta ninguna ambulancia, sólo está borracho.
Dicen que estuvo en una clínica de rehabilitación en América.
¿Rehabilitación de qué?
A saber. Cualquier cosa.
Cruz parpadeó, volvió en sí y se quedó clavada en su butaca. Toda la audiencia de la sala había girado la cabeza para mirarla. Pero no, no a ella, suspiró, sino detrás de ella. Hacia la puerta por donde acababa de salir corriendo el doctor Montenegro, dejando vacío el atril y huérfana de explicaciones a la multitud asistente al iv Congreso Internacional de Virología y Biología Molecular Ciudad de Pamplona. Torsión de cuellos, ojos sin párpados, crepitar de lenguas entre las superficies de haya y las hileras de asientos tapizados en rojo.
Se frotó la cara con las palmas de sus manos, que estaban calientes. Siempre le transpiraba la piel y se traía una leve embriaguez cuando regresaba de safari (porque ésta era la palabra que ella había usado desde niña, safari, ¿cuál podría ser más apropiada?). Pero el vértigo se iba depositando en sus pulmones igual que un resabio de tabaco y pronto era purgado en dos o tres exhalaciones largas. Tenía una consciencia vaga de lo que había sucedido ante sus ojos abiertos durante aquel breve lapso de ensoñación, aunque era una información de segunda mano y fragmentada como notas adhesivas en la pantalla de un ordenador. Ahora esas notas estaban llenas de exclamaciones y subrayados que decían: «¡¡¡La conferencia ha terminado!!! ¡¡¡Algo malo ha sucedido!!! ¡¡¡Tienes que salir de inmediato!!!»
Los apuntes que descansaban sobre sus rodillas volaron al suelo cuando se puso de pie y sólo pudo atrapar su carpeta a tiempo. Alrededor todo eran hombres y ahora Cruz se los imaginó esperando con avidez el momento en que ella empinase el trasero para recuperar sus papeles. Sigan soñando, doctores. Se escabulló entre los asientos con movimientos rectos, asexuados.
En realidad no estaba gorda, era capaz de mostrarse científica también en sus observaciones ante el espejo y sabía que ningún parámetro de su volumetría se salía escandalosamente de la tabla. Pero incidían otros factores ambientales: el contoneo excesivo de sus caderas al andar (y no digamos al apresurarse por los pasillos de la Facultad entre clase y clase), la nada erótica respuesta gravitatoria de sus pechos sobre el plano inclinado de unas escaleras, la forma en que sus ojos se abismaban bajo las mejillas al sonreír… Ocasionales síntomas de carne mal gestionada.
Sin embargo nadie atendía a sus carnes ni a su torpeza en aquel preciso momento. El protagonista del solemne acto había hecho mutis en mitad de su discurso, casi precipitándose cabeza abajo por los escalones del proscenio, y ahora el resto de oradores cruzaba muecas de desconcierto en la mesa de la tribuna, bajo una pantalla gigante que se había congelado sobre la imagen de la estructura molecular del vih.
El primero en salir detrás del doctor Montenegro fue el doctor Nagore, colega de promoción y maestro de ceremonias, adelantando las palmas de las manos hacia el público en señal de tranquilidad mientras desaparecía por la puerta lateral. Luego se levantó la doctora López-Cercedilla, cruzó y descruzó los brazos varias veces y finalmente optó por seguir el mismo camino fuera del auditorio con la mirada fija en sus zapatos. El resto de ponentes no tardó en abandonar su lugar en la mesa, uno tras otro, haciendo bailar las tarjetas colgadas de sus blancos cuellos de catedráticos. Todos huyeron de la sala excepto el neoyorquino doctor Tolbert, quien rellenaba su vaso de Coca-Cola y sonreía concienzudamente como si llevara un rato esperando que sucediera algo así.
La puerta aún no había terminado de cerrarse cuando Cruz la voleó tras la estela del último fugado. Ella también llevaba un documento plastificado al cuello con una foto de carné y gruesa tipografía: Montenegro Ruiz, Cruz María, Estudiante.
Junto a los doctores, varios bedeles de uniforme intensamente preocupados se apretujaban ya en el acceso a los servicios de caballeros. Cruz corrió hacia ellos. Una muchacha con minifalda negra y línea de ojos violeta quiso detenerla.
—Soy su hija —proclamó Cruz.
—¿Eh?
—El doctor Montenegro es mi padre. ¡Papá!
Pudo abrirse paso con los codos hasta el interior, donde el doctor Nagore dejó de tocar en la puerta de una cabina.
—¡Papá! ¡Soy Cruz!
—No puede entrar aquí —Nagore negaba muy deprisa con su rostro largo y leguminoso, rechazando siquiera considerar las palabras de la intrusa—: esto es el servicio de caballeros.
Se oyó el rebufo de una cisterna, la cabina se abrió y apareció Gabino Montenegro, o una versión aproximada de él. Un mapamundi de humedad se dibujaba sobre su camisa color salmón y las solapas de su americana (que definitivamente no tenía coderas, comprobó Cruz; aquello había sido un toque de patetismo zurcido por su imaginación), y sus ojos se asomaban sobre dos cornisas negras de resaca.
—Campanilla —dijo el eminente doctor, y aunque Cruz hubiera querido disolverse en el aire de pura vergüenza, no pudo resistir el impulso de abrazar a su padre, dejando escurrir nuevamente la carpeta de sus dedos—. Campanilla, no sabes cuánto te he echado de menos. Qué horror. Que nos volvamos a ver de esta forma.
—No pasa nada, papá.
Los dejaron solos al instante. Nadie soporta una escena así.
Gabino atajó el hipo de sus sollozos y se escurrió de los brazos de su hija para enjuagarse la cara en el lavabo. El ambientador industrial era de lilas, inverosímil hasta la obscenidad. Su olor y la luz monolítica de los fluorescentes anestesiaban los sentidos de Cruz, apenas restaurados tras el safari.
—Iba a sentarme en las primeras filas —dijo a la curva de la espalda de su padre—. Pero no quería distraerte.
—Menuda actuación. Una clase magistral.
Consumida la emoción del reencuentro, la voz de Gabino Montenegro recuperó su hechura sanguínea, aplomada. Otra cosa eran los ojos y las mejillas.
—Doy pena —miraba el efecto de la autocompasión en el espejo y no le reconfortaba—. Es hora de que alguien me lo diga a la cara.
—No das pena. Han venido más de dos mil personas a oírte, licenciados y catedráticos.
—Y casi les vomito encima.
—¿Estás mejor?
Gabino se remetió la falda de la camisa bajo el montículo de su tripa y repasó su cráneo desde la frente hasta la nuca, levantándose mechones como cuernos blancos. Miró con atención a su hija, que se acuclillaba para recoger por segunda vez su carpeta del suelo.
—Estás guapísima —dijo con una sonrisa en forma de puente, valorativa—. Eres guapísima.
—Creo que todavía sigues mareado.
—Tu madre no me cuenta mucho de ti; si tienes novio y esas cosas. Sólo que eres una buena estudiante.
—Has… ¿Has hablado con ella?
Vio cómo se expandían las aletas de la nariz de su padre y se encogió como una alumna sorprendida copiando en un examen. Gabino inspiró una tonelada de aire y la devolvió en palabras que no escondían mensajes crípticos, sólo un dolor emanado desde muy abajo, de las vísceras.
—Anoche fui a casa pero no quiso hablar conmigo. No quiere verme.
Quedaron en silencio porque las explicaciones flotaban entre paréntesis, de sobra conocidas. Egoísmos. Separación. Víctor.
Cruz tomó la tarjeta identificativa de su padre entre los dedos y la estudió con una sonrisa. La fotografía mostraba a un tipo de pelo negro y boca carnosa, atractivo a grandes rasgos.
—Jesús, ¿de cuándo es esta foto?
—Vale, vale. He engordado y me han salido canas, pero sigo siendo yo, ¿no?
—No soy quién para criticar.
—¿A qué viene eso? Supongo que no serás de las que se visten de negro para parecer más delgadas, ¿no?
—¡No! Visto de negro porque me gusta el negro.
—Pues haces mal. El mundo ya es un lugar bastante siniestro. A las chicas os sientan bien los colores. A todo el mundo le sientan bien los colores. Con la excepción de los enterradores y los curas, que juegan en el mismo equipo.
El torso de Nagore asomó tentativamente por la puerta de los servicios. Dijo:
—¿Cómo estás, Gabino? ¿Crees que podrás continuar? La gente pregunta.
Montenegro suspiró una nube de vodka y jugos gástricos.
—Por lo menos tendré que salir a acabar mi discurso, o de lo contrario soy yo el que está acabado. Diles que ahora voy.
—No quiero meterte prisa, pero… ¿crees que tardarás mucho?
—¡Cinco minutos, coño, dejadnos cinco minutos! ¡Que hable Tolbert!
—Ya lo está haciendo.
Por el pasillo llegó el rumor de carcajadas; la audiencia completa del Congreso sacudía el abdomen. Nagore alzó los hombros y desapareció otra vez.
—¿Lo oyes? —Gabino se volvió hacia su hija, señalando el eco de las risas.— Lo que la gente quiere es reírse, no que le hablen de la muerte. Tu madre siempre dice que la medicina no hace feliz a nadie, porque cura pero no salva. Lo único que nos salva es el sacrificio, dice.
—No es eso lo que enseñan en la facultad.
—Ah, sí. —Gabino cambió las lentes internas de su mirada. Asintió, con una mano en la cadera y la otra apoyada en el mostrador de mármol.— Epidemiología Genética. Inteligente elección.
—¿Lo dices de verdad?
—Por supuesto. En realidad, he venido por eso.
—Pensaba que habías venido por el Congreso.
—Hay muchos congresos ahora mismo donde me pagarían mucho más, te lo aseguro. Pero tu madre me contó en qué tenías pensado especializarte.
—¿Y has venido para decirme que te parece una inteligente elección?
—No. He venido para hacerte un regalo. Un regalo anticipado de licenciatura, si quieres. Aunque es mucho más que eso.
El semblante de Gabino no admitía ahora redondeces sentimentales, se cuadraba en un gesto profesional. Cruz estaba fuera de juego.
—Un caso médico —dijo él—. Un caso médico muy particular que me contó Juan Nagore —un ademán hacia la puerta—. La última vez que estuvo en mi casa de Vermont. Por cierto, ya sabes que cuando quieras ir no tienes más que decírmelo, con tu novio o con quien quieras, yo te pago los billetes.
—No tengo novio, papá. —Pero el reproche era de papel transparente, y debajo se veía la culpa como un caramelo ácido atravesado en la garganta de Cruz: ella aún no había visitado a su padre.
—Bien, escucha. —Gabino acometió por primera vez la verticalidad sin ningún apoyo; usaba sus manos para exponer el caso ante los ojos de Cruz.— Una mujer da a luz a un bebé. Ella está sana, pero el bebé tiene fiebre y se muere a los pocos minutos sin que los médicos puedan hacer nada. Hemorragia interna masiva. Las causas son desconocidas.
—¿En qué país ocurre?
—España. Navarra. Siglo veintiuno. Pero tu pregunta es pertinente, porque casualmente el doctor que atiende a la mujer ha estado en África y la muerte del niño le recuerda a otro niño que vio morir por ébola en Gabón.
—¿Y la madre no estaba enferma?
—No. Ni era portadora ni había estado en África en toda su vida.
—Entonces… estamos hablando de una fiebre hemorrágica de origen desconocido.
Gabino estiró los dedos pulgar y meñique de su mano derecha y se los acercó a la oreja: un teléfono.
—El médico del hospital llama a Juan Nagore porque no sabe qué poner en el parte, Juan le hace una visita, y luego Juan cruza el océano para llevarme la historia. Me dice lo que te acabo de decir y algo más. La sorpresa. La razón por la que Juan sabía que me iba a interesar el caso y por la que yo te lo estoy regalando a ti, para que ganes el Premio Nobel de Medicina.
Cruz rio, pero notaba la espalda rígida como una tabla. Gabino se barrió la humedad de los labios con la palma de la mano y continuó:
—La madre y Juan mantienen una breve conversación, un par de semanas después de la muerte del niño. Ella es reacia a hablar: lógico, quiere olvidarlo todo y no le gusta que le hagan preguntas porque se siente culpable, aunque no sabe de qué.
—Sida —apostó Cruz. Una mueca apreciativa se ensanchó en la cara del padre.
—Bien visto, pero la madre también da negativo al vih.
—¿Una mutación?
—Chst —Gabino levantó una mano—. Aguarda. Juan Nagore intenta ganarse la confianza de la madre; le dice que es importante averiguar de qué murió su bebé para garantizar que pueda tener otros hijos sanos en el futuro, etcétera, etcétera. Pero ella le responde que da igual, que de todas formas no podrá tener hijos. Porque hay una maldición en su familia.
—Una maldición.
—Sí. Te estoy hablando de una mujer de veintitrés años, solo un año mayor que tú, con estudios, inteligente y normal.
—¿Y qué dice la maldición?
—Ni ella misma lo sabe, o no quiere contarlo. Pero a Juan le pica la curiosidad y busca antecedentes en su familia. Y los encuentra. En la década de los sesenta, dos tías de esta mujer dieron a luz a bebés muertos, amoratados de sangre. También su propia abuela, en el año cuarenta y tantos, dio a luz a un bebé muerto sin causa específica. Y hay otros tres registros de defunciones de neonatos a principios de siglo, dentro de la misma familia, uno de los cuales se describe algo así como «vino la criatura toda negra y ardiente igual que un trozo de carbón». Tanto es así que el médico del pueblo deja un comentario, casi ilegible, en un margen del certificado —Gabino señaló un punto en el papel imaginario de su mano extendida y abrió mucho los ojos—. Sólo una palabra, entre interrogantes: «¿Peste?»
Cruz echó el rostro hacia atrás; había algo de decepción en su compostura. Pero el doctor Montenegro no perdió el tono:
—Antes de que me digas que no puede ser peste, escucha. El pueblo en cuestión es Lortia, está en la parte más alta del valle del Roncal, a unos veinte kilómetros de Francia. Es posible que hayas ido alguna vez de excursión por allí, al menos yo iba cuando tenía tus años.
—No soy lo que se dice una chica deportista.
—Oh. Pues resulta que Lortia es famoso, para cualquiera que se moleste en leer algo de historia, por haber sufrido uno de los últimos y más dramáticos episodios de peste en Navarra, en el año mil seiscientos uno. Fue un brote tan virulento que en un solo verano murió la totalidad de los habitantes del pueblo, unos doscientos.
—¿Todos murieron?
—Tienes razón, no todos. Hubo quienes se fueron del pueblo a tiempo y salvaron la vida, entre ellos los tatarabuelos de nuestra mamá del siglo veintiuno, ¿verdad? Pero después de aquello Lortia se convirtió en un pueblo fantasma, un montón de casas deshabitadas al lado del río donde nadie quería poner el pie, así hasta casi dos siglos después, cuando se repobló con gente de otros pueblos y con los pocos descendientes de sus habitantes originales. Y a partir de entonces es cuando figuran en el registro municipal las extrañas muertes infantiles. —Hizo una pausa para rebañar mentalmente el plato de su exposición, y alzó las cejas—: ¿A qué te suena todo esto, Cruz?
La estaba poniendo a prueba; de modo que no era su regalo de licenciatura, sino su examen final. Cruz sentía la rabia y la vergüenza montando un escándalo en sus mofletes.
—¿Crees que el niño ha muerto de peste? —quiso enraizarse en el sólido escepticismo, pero el poder del enigma la hacía flotar unos centímetros por encima del suelo—. ¿El niño del siglo veintiuno?
—Dímelo tú: ¿cómo podría ser eso posible? O planteado de otra forma: ¿qué es la peste?
Yersinia pestis.
—Una bacteria —asintió Gabino—. Y la habríamos encontrado en la sangre del niño muerto, ¿verdad? Pero no estaba. No era peste. Y no hay forma de hacer contraanálisis porque el cuerpo ahora es un montón de cenizas guardadas en una urna.
—Volvemos al comienzo.
—No del todo. Atiende, la clave está en la pregunta: ¿cómo podría haber muerto de peste este niño, cuatrocientos años después de la última plaga de peste en su familia?
Ella tardó apenas unos segundos en atrapar el hilo invisible tendido por su padre:
—¿Me estás hablando de genética?
—Bravo. —Gabino se irguió y cruzó los brazos, satisfecho como si mirase una compleja maqueta de trenes en funcionamiento.
—Pero la peste no es una enfermedad hereditaria. A no ser…
—Duncan y Scott.
—… que no estuviera causada por una bacteria sino por un virus. ¿Crees que…?
—Cristopher Duncan y Susan Scott, Universidad de Liverpool —repitió él—. ¿Te suenan?
—Sí. Estudiaban el Sida, la causa por la que se da mayor inmunidad en la población europea que en ningún otro continente, y llegaron a la conclusión de que estaba relacionado con las pestes medievales.
—¿De qué manera?
—Si aquellas epidemias fueron víricas, podrían haber provocado una mutación en el receptor ccr5, el que cierra el paso del vih a las células.
—Un diez —Los ojos de Gabino habían recuperado su brillo; el entusiasmo científico fluía entre padre e hija como una corriente alterna.— Conclusión: ¿de qué estamos hablando?
Ella demoró la respuesta unos instantes, paladeándola:
—De un virus dormido.
—Explícamelo como si yo fuera un estudiante de primero.
—El virus se pega a la pared de la bacteria y le inyecta su adn, pero en lugar de comenzar a duplicarse se queda dormido, en estado latente. La bacteria se divide, propaga el adn del virus, lo transmite de generación en generación sin que pase nada, hasta que… por alguna razón el virus despierta, se comienza a reproducir a toda velocidad y destruye las células. Teóricamente es posible.
—«Por alguna razón.» ¿Qué razón?
—Si pudiera responderte a eso ya me habrían dado el Premio Nobel.
—Exacto. Pero tenemos una pista.
—¿Cuál?
—Te la he dicho antes. Rebobina —Gabino hizo girar la punta de su dedo índice en el aire.
Cuando cayó en la cuenta, Cruz no pudo contener un  respingo.
—La maldición —pronunció.
Respuesta correcta. Gabino le lanzó la más obtusa y desconcertante de sus miradas y se volvió a inclinar sobre un lavabo para humedecerse el rostro. Se frotó los ojos a conciencia. Luego ella le acercó papel para secarse y él lo tomó con una sonrisa cansada.
—Tu madre tiene razón. Eres mil veces más lista que yo.
—Quiero mucho a mamá, pero a veces se equivoca.
Las manos de Gabino se obsesionaron con el papel. Un movimiento acompasado con sus dudas.
—¿Qué tal… —carraspeó—, qué tal con Víctor en casa?
Así que se trataba de escoger un bando, de posicionarse sobre el tablero. Cruz no vaciló:
—Si me preguntas lo que pienso, Víctor es uno de los errores de mamá. Pero no sé qué tal les va. Ya no vivo con ellos.
—¿No? —La idea tenía un poderoso atractivo redentor para Gabino; ya no era el único que huía de casa.— ¿Con quién vives?
—Sola. Mamá me paga un estudio en el centro.
—¿Te lo paga? Bueno, ya sabes que… No quiero que parezca que me apropio de lo que no me corresponde, pero… Marian, tu madre, administra el dinero que yo envío para las dos. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé.
—Pero ahora es diferente, si vivís separadas. Te enviaré el dinero que necesites directamente a ti, sólo dame un número de cuenta…
—¿Has vuelto por mamá? —las palabras cayeron por su propia gravedad, como pensamientos demasiado maduros para permanecer suspendidos en la sesera. El rubor cercó de nuevo su rostro.
Su padre desplomó la cabeza muy despacio, se frotó las palmas de las manos ya secas y habló con los ojos cerrados:
—No se puede volver al pasado. Ya lo sé. Pero todos lo intentamos. En realidad no conocemos otra forma de vivir. El Gabino de hoy le pregunta al Gabino de ayer lo que debe hacer, a cada momento. Por eso estamos perdidos, nos condenamos a repetir los primeros errores toda la vida. Y a eso lo llamamos personalidad, carácter. Alma. Nos empeñamos en tener alma aunque sea para condenarnos.
Era lo más cerca que Gabino Montenegro podía arrimarse al abismo de responder que sí, que había vuelto por Marian; Cruz lo sintió y dejó que el silencio recolocara los ánimos en su lugar. Después:
—No estoy preparada.
—¿Qué?
—Te has adelantado dos años, papá. Aún no tengo la base para ocuparme de ese caso.
—Sí que la tienes. Me lo acabas de demostrar.
Cruz resopló.
—Mírame; puedo ir haciendo preguntas por ahí, pero con esta cara de estudiante nadie me va a tomar en serio.
—Ojalá pudiéramos esperar dos años, Cruz. Pero me temo que esto es una contrarreloj.
Zambulló sus dedos en el interior de la americana como si de pronto hubiera recordado que traía un telegrama urgente. Y lo traía, aunque codificado dentro de una Blackberry.
—Hace dos semanas… —tecleó esforzadamente—. Nagore recibió un mensaje anónimo en su correo del hospital. —Leyó de la pantalla—: «Nerea está embarazada. No se lo ha dicho a nadie. Cada día está peor y temo que cometa una locura. Ayúdenla, por favor.»
—Embarazada —repitió ella. De pronto todos los matices y las connotaciones de la historia adquirían un filo cortante. Un informe médico convertido en un grito de auxilio. El pasado transformado en futuro. Y Cruz en medio, con los ojos muy abiertos—. Pero entonces…
—Podría ser mucho más fácil de lo que pensábamos.
—Si el niño viene enfermo.
—Exacto. Pero no puedes presentarte en su casa de buenas a primeras y decirle que vienes a sacarle sangre a su bebé. Se supone que ni siquiera lo sabemos.
—¿Quién es el anónimo?
—El marido. ¿Quién más iba a saber lo del embarazo?
—Su madre.
—Está muerta. Y su padre también.
—¿Cómo voy a ayudar a alguien que no se deja ayudar?
La expresión de su padre zozobró al borde de la decepción: no me pidas todas las respuestas, no me hagas hablar como un profesor.
—Podría conseguirte una beca —ofreció, con premeditada monotonía—; tendrías dinero y toda la ayuda de la Universidad, pero…
—Crees que lo debo hacer por mi cuenta. En secreto.
—Discretamente. Creo que debes ir al pueblo, inventarte que estás haciendo algún tipo de estudio, y aprovechar para acercarte a Nerea y su marido, sin que ella se asuste. ¿Lo ves? Tu carita de estudiante buena te convierte en la persona ideal para este trabajo.
—Es lo que tenemos los gorditos. Parecemos de fiar.
—No me fastidies. Si tú estás gordita, ¿yo qué soy?
Cruz sonrió con el óvalo de sus ojos. Dijo:
—¿Un oso de peluche con resaca?
La garganta de Gabino se hinchó como un globo antes de romper a reír, rebosante de ganas. En ese instante se volvió a abrir la puerta de los servicios: Nagore introdujo su nariz con forma de vaina sin sospechar que había jugado un papel protagonista en la reciente conversación.
—Gabino… —tanteó. Por detrás ya no se escuchaban carcajadas, sólo un murmullo efervescente.
—Ya estoy, Juan. —Puso sus manos sobre los hombros de Cruz. Eran prácticamente de la misma altura.—Ven a despedirte al aeropuerto, mañana. Podemos comer juntos.
—Está bien.
—¿A las doce y media?
—Sí.
Gabino Montenegro abrazó a su hija y la besó en la frente. Luego salió al encuentro de su colega y de su público, dejándola allí sola. Embriagada de luz y de lilas. Intoxicada de emociones y cálculos complejos. Amenazada por una hilera de medias lunas de alabastro incrustadas en la pared, enjundiosas obras de arte destinadas a recoger la orina de los varones.
Cruz se enfrentó al espejo. Su media melena era igual de negra que la de su padre en la vieja fotografía. Igual de negra que su propia camisa y sus pantalones negros. Hasta su carpeta clasificadora la había elegido de color negro. Arrugó el ceño como si mirase a través de los ojos de otra persona, espió el pliegue de la ropa sobre sus curvas y sacudió la cabeza.
Sus labios la sorprendieron desde el espejo con una sonrisa levemente sádica.
—¿Lista para una contrarreloj, Campanilla?

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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