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América I
 
6 de enero de 1899
 

Un fantasma recorre el mundo. Lo dice Hans señalando su libro negro. Un fantasma que huele a hollín y a calderas, a industria y polvo. Es enorme y ya se extiende por las costas de América. Salta de isla en isla. Sin miedo. Contra él se han conjurado el Papa y el Zar, los radicales franceses y los polizontes alemanes.

—Pero el fantasma viene.

Sonríe Hans, frente a mí. Y gesticula como un iluminado. Con su español de taberna.

—El fantasma... —repite.
The ghost is coming. Die Phamton kommen!

Pobre Hans. Pobre hombre loco. Lleva meses anunciándolo. Recorriendo Cuba de este a oeste, hablando de burgueses y medios de producción, de algo llamado equidad. Algo llamado plusvalía. Con su acento germano, tan apocalíptico. Y ahora lo acusan de espiar para Prusia.

—Falso —dice.
Todo falso.

Hans es calvo, pero desde la zona media de la nuca le sale una melena grasienta que cae por debajo del cuello. Tiene aspecto de artesano o de viñeta para un cuento de los Hermanos Grimm. Sólo llevamos un día juntos y me ha contado su historia. Llegó a La Habana desde Marsella, pero nació en Hallstatt, un pueblo a orillas de un lago austriaco donde nunca pasa nada. Hay una mina de sal, y por eso se ha hecho proletario. Dice que nunca ha espiado para nadie, pero los yanquis andan paranoicos. No es su culpa, es del káiser, y él no es el káiser.

—Te creo —digo.

Él sonríe. Le caigo bien. No sé su edad. Ni me importa. Nos une una condena a muerte que debe certificar un juez. Él por espía, yo por criminal. A falta de calabozo, compartimos la única habitación de este bohío. Yo llegué primero, todo sea dicho. Venía de la montaña, cansado, herido. He vivido en este valle varios meses. Acompañado de gente que ha muerto. Aquí estaba cuando vi entrar a los yanquis con sus botas sucias y sus carabinas Krag. Traían a Hans atado con cadenas. Preguntaron mi nombre y fui arrestado en el nombre de Dios. Por matar a un soldado, a uno que encontraron amordazado en una esquina del río, y el río en una esquina del valle.

—¿Lo hiciste?

Lo hice, pero ese soldado era mi amigo. Lo juro. No me creen. Tendrá que decidir el juez. Por mí y por Hans. Un juez americano. Si mis cuentas no están mal, América lleva seis días gobernando mi país. Habrán izado la bandera en la Plaza de Armas y estarán de celebración. No es una invasión, es una ayuda. De pueblo a pueblo. De hermano a hermano. Yo sé de eso, he peleado esta guerra aunque ahora tenga poco que celebrar. Yo también he sido soldado, y he disparado, he matado. Se lo digo a los yanquis, pero no me quieren oír... les da igual. Ya tienen su historia. Han encontrado a un espía, y a un asesino confeso. He firmado una declaración admitiendo mi culpa. Sin atenuantes. Tal vez eso me garantice el perdón.

—Mal, muy mal —dice Hans.

Él no firmará nada. Tenemos estrategias distintas. Y sólo uno lo conseguirá. Lo sé. Lo intuyo. Me dicen que el juez escuchará lo que tenga que contarle. Entiende español.

—Siempre que le hables en presente simple —aconseja Mike.

Mike es el guardia que nos vigila. Debe de ser irlandés ( o su padre, o su abuelo). Mike duerme mucho, y no le gusta que hablemos. Si Hans protesta lo manda callar con sus manos gruesas, dedos de matarife. Y Hans calla. Hasta que llegue el juez. Pero tarda. Un día, dos... lo peor no es el calor, ni los grilletes. Lo peor es la comida. Un sebo que cuesta digerir, tejidos correosos que paralizan la digestión y provocan diarreas. A mí, a Hans, a todos. Pido ver al capitán y le digo que soy cocinero, si matan una vaca sé asarla con piedras y mojarla en zumo de naranja amarga. Pero hay que encontrar la vaca. El capitán me escucha. No sé su nombre, así que lo llamo John. Parece buena persona. En los días que lleva aquí no ha dejado de afeitarse, como si la higiene fuera la única forma de mostrar su condición de jefe. Esta es su primera guerra. Basta con mirarlo: joven, desgarbado, manos huesudas y mentón de blanquito comedor de pasteles. Tendrá una madre en América que le reza mucho.

—¿Dónde hay vacas? —pregunta.
—En el pueblo.

Viñales queda a un par de kilómetros. Ellos son la autoridad. El capitán duda pero lo hace. Esa noche soy conducido hasta el patio que hay fuera. Allí está el pelotón sentado junto a una hoguera. Y la vaca muerta. Odio destripar animales, pero lo hago... De un lado ocho soldados americanos armados y hambrientos. Del otro yo. Y yo soy Alex, Alex Pashinantra. Alex por Alexander, Alexander por Alexander Von Humboldt, segundo descubridor de Cuba y gran ídolo de mi padre. Yo no soy ídolo de nadie, no creo en fantasmas y nunca he matado a un inocente.

Ésta es mi historia.
 
 
El milagro

San Ignacio de Loyola. Todo empezó con él. Se fue a una cueva a pedir una prueba de Dios y algo pasó que lo dejó iluminado. Y feliz. Y salió a trotar mundo en compañía de curas alegres. Los jesuitas. Esto no lo leí en ninguna parte. Me lo contó mi amigo Luis Otero durante la guerra. Entonces éramos compañeros de regimiento. Luis había sido seminarista y luego cocinero. Fue el primero que me habló de San Ignacio, y mira qué casualidad, el destino quiso que estuviésemos juntos la única vez que lo invoqué. Arriba el cielo encapotado y abajo seis españoles con sus escopetas a punto de fusilarnos. Situación jodida, pero eso es la guerra. Yo llevaba ya un año y medio metido en el monte, corriendo, huyendo, gritando, matando. No me enrolé, me enrolaron. Un día llegó a casa un amigo de mi padre y dijo: «La cosa está mala». Valeriano Weyler andaba con su plan de reconcentración metiendo a la gente en campamentos con alambradas. Sólo se salvaban las ciudades. Yo vivía en un caserío de mierda cerca de Palmira, así que había que irse. Mi padre podía encontrar sitio en la casa de mis abuelos en Cienfuegos, pero yo estaba joven y era otra boca que alimentar.

—Busca a tu primo Berisa en La Habana —ordenó mi padre.

Próspero Berisategui, alias Berisa. El genio de la familia. Con dieciocho años se había ido a estudiar medicina a París y tenía un gabinete en la capital. Era un viaje largo y jodido, pero sólo yo podía hacerlo. Mi padre me dio la yegua de la casa y esa misma tarde salí hacia La Habana, pero nunca llegué...

Cinco meses después correteaba por las llanuras de Camagüey cocinando para un regimiento de mambises a las órdenes del coronel Ñico Baeza. El cómo terminé allí lo contaré más adelante. Lo importante es que así conocí a Luis Otero, el maître. Y me convirtió en su pinche, que es una bonita forma de salvarme la vida en medio de una guerra... Con los mambises pasé un año entero, el peor que tuvo el ejército cubano, diezmado por el hambre de la reconcentración y las deserciones. A un grupito de gente con machetes se lo llamaba compañía, con tres caballos regimiento y si tenías la suerte de conseguir un cañón te convertían en división. Fueron meses jodidos, pero yo venía de algo peor (que ya contaré) y necesitaba desahogarme gritando, matando o guisando.

Luis Otero, además de ser el tipo más viejo del regimiento (tenía treinta y cinco años), era culto y había vivido en España. Allí le enseñaron a cocinar, a hacer embutidos con sangre de cerdo y preparar alubias que subían la temperatura a cincuenta grados, que aunque fuera muy loco te sacaban el calor.

—Como los moros —decía él—, que para aguantar los calores del desierto beben té hirviendo con hierbabuena.

Por eso me enseñó a sustituir la cafeína por infusiones de monte. Y todos se quejaban pero daba igual. Luis tenía prestigio y había sobrevivido a dos años de guerra. Se le respetaba como a un oficial y siempre tenía algo que ofrecer, aunque fuera un trozo de raíz o un erizo hervido con hojas de mango. En el regimiento hubo muertos por tiros y explosiones, paludismo y parásitos, pero nadie murió de hambre, y ese fue su mérito. Siempre inventaba platos para engañar el estómago, y sabía darles sabores; que no faltara el aliño, que no faltara la sal.

—Con soserías no se gana la guerra —decía.

Y fue justo robando en una salina, en el verano del 98, que nos cogió una escuadra de españoles, en la costa norte, cerca de Canasí. A los tres soldados que nos servían de escolta los fusilaron primero. Cuando nos tocaba el turno a Luis y a mí empezó a llover. A chorros. Un aguacero de verano. Tuvieron que parar. Nos metimos todos en un bohío abandonado. Desde allí vi las tiñosas en el cielo esperando para darse el festín. Entonces Luis me contó lo de San Ignacio de Loyola pidiendo fe en una caverna medieval, y me animó a que le rezáramos.

—Total, ya no hay nada que perder. Y si a él se le apareció Dios a nosotros nos vale un santo, el que sea...

Así que rezamos, sin normas ni ortodoxias. Y todo lo que ocurrió fue que paró de llover, y el capitán al mando se puso de pie, se estiró el uniforme y dijo «arriba, a terminar». Nos amarraron a una ceiba vieja, frondosa. El tronco era tan grueso que cabíamos los dos dando la cara al pelotón. Los españoles formaron frente a nosotros con sus máuseres llenos de fango y se oyó la primera orden, «¡Carguen!» Cargaron. Cerré los ojos y pensé en San Ignacio, no sé cómo lo hizo Luis, pero yo lo busqué en la oscuridad de mi cabeza y sólo vi puntos rojos que iban de un lado para otro. Entonces escuché «¡Apunten!» Y los puntos enloquecieron y sentí un frío en el cuerpo que se hizo eterno... no se oyó la orden de fuego. Se oyó... un caballo.

Tracatán tracatán tracatán tracatán tracatán...

Abrí los ojos. Hacia nosotros venía un jinete a galope. Todos nos quedamos pendientes de él, incluido el capitán y su escuadra. Era un jinete español. Llevaba la camisa empapada de sudor. Cuando llegó no hizo ningún gesto por bajarse del caballo. Levantó un brazo en señal de anuncio, y gritó.

—¡Se acabó la guerra! —dijo—. ¡Se acabó!
Nos quedamos todos quietos.
—¿Tú quién eres? —preguntó el capitán.

—Gonzalo Mendieta, a sus órdenes, del cuarto batallón de Sagua la Grande.

—¿Quién te manda?

—El coronel Carpizo... ayer llegó la noticia al estado mayor. Se ha rendido Santiago.

Pausa. El soldado Mendieta suspira, y lo repite:
—Se ha rendido Santiago.
—Me cago en Dios... —bramó el capitán.

—Tengo que seguir hacia Jibacoa, capitán, allí los mandos no saben nada.

Hincó las espuelas y se largó cruzando un potrero.

Luis y yo sanos y salvos caminando de vuelta al monte. Bueno, en realidad no fue tan sencillo, hubo un debate para decidir que hacían con nosotros. Un par de soldados insistieron en fusilarnos, pero otros dos se oponían, dijeron que ya estaban hasta el culo de guerras y muertos, querían volverse a Castellón (eran de Castellón, un detalle que no olvidaré nunca). En fin, ¿para qué matarnos? El capitán tenía la última palabra, y decidió... echarlo a suerte. Luis y yo amarrados al árbol mientras aquellos tipos lanzaban una moneda al aire, no sé qué moneda era, tampoco sé qué representaba cada cosa, vi que daba vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas ... hasta que la atrapó el capitán, se la puso sobre el puño, levantó la mano y...

—Los hijoputas tienen suerte —dijo uno de los que nos quería fusilar. A su compañero le tocó soltarnos.

Se fueron por donde habían venido, y además, se llevaron la sal. Luis y yo nos quedamos un rato más bajo la ceiba.

—Luis... —dije.
—¿Qué...?
—¿Qué ha sido esto?
—No sé, pero vino de arriba.
—¿Del cielo?
—Creo que sí.
—Entonces es un milagro.
—Es un milagro.

Y nos miramos muy serios. Y echamos a andar. De vuelta al monte, pero yo no me podía sacar el milagro de la cabeza, y diré por qué. No soy católico, ya sé que está mal visto y es poco común, pero no lo soy, ni siquiera estoy bautizado. La culpa es de mi padre, que aunque dice llamarse Javier su verdadero nombre es Salman Pashinantra. Él nació en Cienfuegos, en casa de una comadrona de la calle Urrutinel, pero su padre, o sea, mi abuelo, era indio; Ravin Pashinantra. Llegó al caribe a mediados de siglo, como tanta gente de la India. Trinidad y Tobago está llena de tipos de Calcuta. Mi abuelo pasó por allí, pero se enteró de que el país de la caña era Cuba, y él tenía cierta experiencia como capataz en ingenios de Sholapur, cerca de Bombay. Así que tomó un barco que le dejó en la bahía de Cienfuegos, si lo hubiese dejado en la de Santiago se habría quedado allí, porque en esta isla hay caña en todas partes. Al principio no lo pasó muy bien, pero en cuanto vieron que sabía del tema lo empezaron a llamar. Recorrió varios ingenios y terminó en el de Palmira, ganando un sueldito que bastaba para engendrar hijos. Así que los engendró. Y se casó con Manuela Ortiz, una católica moderada que se empeñó en bautizar a mi padre, y el abuelo Ravin lo tuvo que consentir. Fue lo único, porque aunque en el registro lo inscribieron como Javier en casa siempre fue Salman, y no tuvo comunión. De la educación se ocupó mi abuelo, que le enseñó a leer con la Enciclopedia Británica de 1852, que tenía veintiún tomos y olía a vino de curas. Por eso mi padre aún confunde palabras, aprendió a decir casa después de house, pero él le ha sacado partido manipulando su acento hasta convertirlo en síntoma de hombre culto. Hombre al que nunca se le ha impedido el paso en los salones de Cienfuegos. Yo no soy así, yo hablo a lo cubano, tengo cara de cubano y hago cosas de cubano, por ejemplo, atracarme de guarapo de caña. Por lo demás, tampoco estoy bautizado. Mi madre murió en el parto.La maldita cadera estrecha. Mi abuela dice que tenía mis cejas. Nada más. Mis pómulos son de Pashinantra, y mi piel morena, y mis labios finos, poco carnales. En fin, a lo que iba; que con mi madre muerta nadie presionó para que me llevaran a una iglesia. Me formé al amparo de mi abuelo Ravin, déspota y probritánico, y en su credo nunca hubo sitio para santos ni milagros. Hasta que tuve veinte años y apareció un jinete anunciando el fin de la guerra.

Veinte años.
Tracatán tracatán tracatán tracatán...

Pusimos rumbo al regimiento bajo un cielo nuboso. Hasta que a la altura de un sembrado de yuca Luis me agarro de la mano, puso cara de trance y dijo:

—¿Y si no volvemos?

En una guerra hay muchas maneras de morir, pero hay dos muy claras: el fusilamiento y la horca. A los españoles les gusta fusilar porque les da cierto aire de ejército moderno. Los mambises prefieren las matas de guásimas. Ahorra balas. Nosotros acabábamos de librarnos de la primera opción. Y lo que Luis proponía conducía directamente a la segunda. Todo el mundo sabe lo que hacen los mambises con sus desertores.

—¿Te has vuelto loco, o qué cojones te pasa?
—La guerra se acabó —dijo él.
—La guerra se acaba cuando tu jefe dice que se acaba.

No era una frase mía, sino de Ñico Baeza, nuestro jefe de regimiento.

—¿Quieres caminar cuarenta kilómetros para comprobarlo? —insistió Luis.

Luis nunca hablaba por hablar, seguro que tenía un plan. Los planes me dan curiosidad.

—¿Qué estás pensando? —le pregunté.
—Estoy pensando en la señal que nos han mandado.

San Ignacio de Loyola, un caballo. Tracatán tracatán tracatán.

—Los milagros no ocurren por gusto —aseguró—. Aquí ha pasado algo muy gordo para que pretendamos ignorarlo y seguir igual que siempre.

—¿Igual que siempre?
—Cocinando para el regimiento.
—¿Y desde cuándo eso es un problema?
—Desde que acabó la guerra —afirmó él.

Y eso era un hecho. El asunto no estaba, por tanto, en si debíamos creer o no al jinete español, sino en valorar las opciones que teníamos, que en un país arrasado y con olor a cadáver no eran muchas. Ésa fue la primera oportunidad que tuve para evitar que pasara lo que luego pasó. Sólo tenía que haber dicho: «Pues si no quieres volver al campamento iré solo?». Y me hubiera ido. Y no hubiera sido un problema porque si de verdad la guerra había terminado me limitaría a cocinar ajiacos hasta el día de la paga final (porque la habría). Pero no dije nada. Por no dejarlo solo, por dudas, por miedo. Yo qué sé. Porque a mí también me emocionaba lo del milagro, y uno nunca sabe.

Nunca.

—¿No habías pensado en nada para después de la guerra? —preguntó Luis.

No creí que fuera a acabar tan pronto. Yo llevaba sólo un año. Tampoco que fuera a sobrevivir a ella. Pero me había equivocado. Estábamos vivos. Y si uno está vivo lo normal es volver a casa. Mi padre y mi abuela estaban en Cienfuegos. Luis tenía familia en Camagüey, hermanos a los que no había vuelto a ver desde que se unió a los mambises.

—Volvería a Palmira —dije.
Él me miró fijamente.
—¿Y si montamos una fonda?
—¿Una fonda?

No era ninguna tontería. En el país sobraba el hambre y a Luis le sobraba arte para los calderos.

—No tenemos dinero... —le dije.
—Buscamos algún socio y ya está.
—Un socio, ¿qué socio?

—No lo sé. Mi familia conoce gente en Camagüey. Tu padre tiene amigos en Cienfuegos.

Pero Cienfuegos y Camagüey estaban llenos de refugiados hambrientos. Demasiados problemas allí como para encontrar inversores. Lo ideal era abrir la fonda en La Habana, pero no conocíamos a nadie en la capital. Eso pensé, durante un par de segundos, porque enseguida me vino una imagen a la cabeza. La imagen de un adolescente esperando a que le tomen una foto. Una imagen de triunfador: mi primo Berisa.

—Mi primo Berisa —dije.

Hacía más de un año que había salido de Palmira para encontrarme con él. Le expliqué a Luis que era un buen tipo, ganaba dinero y no iba a negarse a ayudarnos.

—Mi primo Berisa —repetí.

Con entusiasmo, en medio de un sembrado de yuca. Y Luis también se emocionó, como si mencionar a Berisa fuera el toque final y esperanzador de un día de milagros. Y ninguno de los dos volvió a mencionar la vuelta al regimiento. No sé si seríamos buenos patriotas, pero decisiones como ésa son las que hacen un país.

 

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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