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imagen cabecera catálogo Padres hijos y primates
título críticas

Primera parte

Carretera

Los animales se ocultaban, o quizá percibían lo que se avecinaba y habían huido tierra adentro en busca de refugio. Desde su llegada a México, Joanes sólo había visto pájaros, omnipresentes y escandalosos, y las lagartijas de grandes patas que correteaban alrededor de la piscina del hotel. Ni rastro de las anacondas, jaguares y monos que había esperado encontrar, exhibiéndose para él, encaramados a nudosas ramas.
Tampoco la vegetación era como la había imaginado; el conjunto en absoluto respondía a su idea de la selva. No había árboles que bloquearan la luz del sol, ni lianas, ni orquídeas brotando en las horcaduras de los troncos. Lo que había era una vegetación tupida y uniforme, cubierta de polvo por el tráfico de la carretera y que sólo alcanzaba los cinco o seis metros de altura; una maraña de arbolillos y enredaderas con más apariencia de maleza que de selva tropical.
Conducía hacia el sur por la carretera que recorre la costa este de Yucatán y comunica las poblaciones de la Riviera Maya. Llevaba la ventanilla abierta y el codo descansando en el borde. Repartía su atención entre el tráfico y el cielo. Escrutaba la franja de nubes situada al este, sobre la isla de Cozumel, buscando algún cambio en ellas; unas nubes idénticas a las que había visto durante los días anteriores, de una tonalidad verdosa en su parte inferior, aspecto inofensivo y que no hacían pensar en la proximidad de un huracán.


Dos horas antes su suegro había aporreado la puerta de la habitación donde Joanes, su mujer y su hija preparaban las maletas.
Vamos a tomar una sauna, dijo cuando Joanes abrió la puerta. Nos relajamos y nos olvidamos del puto huracán.
Fue más una orden que una invitación. Así era como el suegro pedía las cosas.
¿Tenemos tiempo?
Su mujer continuaba plegando y guardando la ropa, al margen de la conversación, y su suegro se dirigía exclusivamente a él. Vio la encerrona.
¡Claro que sí!, dijo su suegro explosivamente. Su rotunda figura, de dos metros de alto y ciento veinte kilos de peso, llenaba el vano de la puerta. Tomamos la sauna. Luego nos subimos a esos putos autobuses y nos largamos.
Los autobuses eran los que iban trasladar a los huéspedes del hotel a un nuevo alojamiento en Valladolid, en el interior de la península, donde permanecerían hasta que hubiera pasado el huracán.
Me quedan cosas por recoger, dijo Joanes.
Pero su suegro no iba a dejarlo escapar. Respondió como si no lo hubiera oído.
Mueve el culo. Ya he untado al que se encarga del asunto. También va a largarse y no quería encender la sauna tan tarde.
La sauna era en realidad un baño de temazcal. Junto a la piscina había una pequeña construcción de adobe con forma de cúpula, que recordaba a un iglú o un horno de pan. Se accedía al interior a través de una puerta tan reducida que había que pasar por ella a gatas, y en la que el corpachón del suegro a punto estuvo de quedar atascado. Joanes, desde fuera, contempló por un instante cómo aquel culo gordo, bronceado, depilado y sólo parcialmente cubierto por un bañador Speedo de color amarillo se debatía para colarse por la puerta, y apartó la vista. El suegro logró entrar después de muchos apuros y un derroche de bufidos y peticiones de ayuda e increpaciones al temazcalero, que estaba dentro preparando el fuego.
En el interior el techo tenía poco más de un metro de alto. Joanes y su suegro se acomodaron como buenamente pudieron en el banco de obra que recorría la pared circular. En el suelo, el temazcalero atizaba una hoguera de leña sobre la que dispuso unas piedras porosas. Cuando éstas estuvieron bien calientes vertió encima una infusión de hierbas aromáticas, lo que provocó una erupción de vapor.
¿Ya está?, preguntó el suegro.
Sí, señor.
Entonces déjanos solos.
Debo controlar el vapor, señor.
No te preocupes. Déjanos solos.
Pero es la costumbre, insistió el temazcalero.
¿También hay que darte unos pesos para que te largues? Sal de aquí. Ya te avisaré cuando terminemos.
El temazcalero puso cara de ofendido y se escurrió por la pequeña puerta. En cuanto se quedaron solos, el suegro sonrió y dio una húmeda palmada al hombro de su yerno.
¿Cómo va eso?
Joanes, que sudaba con la cabeza gacha y los codos apoyados en las rodillas, alzó la mirada.
¿Cómo va qué?
Lo tuyo. El contrato que tienes entre manos.
Joanes lo miró a través de la nube de vapor, sin deseos de responder.
Mi hija me lo ha contado todo, explicó el suegro.
Joanes adivinó lo sucedido. Su suegro la había interrogado recurriendo a su estrategia habitual: un cóctel bien agitado de preocupación fraterna, interés inquisitorio, petulancia y prepotencia. Y a ella no le había quedado más salida que arrojar un trozo de carne a la bestia para aplacarla. Que su padre les hubiera prestado ayuda económica durante los últimos años la había obligado a hacerlo. Al igual que el hecho de que él corría con los gastos de aquel viaje; viaje que ni Joanes, ni su mujer, ni la hija de ambos deseaban hacer.
El suegro era pintor. Su obra gozaba del reconocimiento necesario para que dos de sus cuadros formaran parte de la colección Saatchi. Pintaba óleos de tonos terrosos; empastaba los lienzos con ocres, rojos y marrones, superficies de color uniforme cuya textura alteraban la gravilla y los fragmentos de corteza y de pequeñas ramas que entremezclaba con la pintura. Sobre todo ello fijaba unos pequeños cuadrados y rectángulos de fieltro, negros, grises o blancos. El resultado, cuando se observaba desde la distancia adecuada, hacía pensar en fotografías aéreas de paisajes devastados o desérticos, donde los rectángulos serían las siluetas de edificaciones perdidas en la terrosa inmensidad. El color de los recortes de fieltro, su número por lienzo y la forma en que figuraban distribuidos, marcaban las distintas épocas de su obra.
Seis meses atrás, el célebre pintor, viudo desde hacía diez años, había sorprendido a su familia al anunciar su repentino compromiso de boda. Había conocido a una chica en el salón de bronceado adonde acudía dos veces por semana. Era una de las empleadas. Al finalizar cada sesión, entraba en las cabinas individuales con un atomizador de desinfectante y un rollo de papel de cocina y limpiaba las camas de rayos uva para los siguientes clientes. Tenía veinte años menos que él, no sabía ni una palabra de pintura, estaba suscrita a un servicio de horóscopo personalizado por Internet y su sueño siempre había sido casarse en Cancún, con el azul turquesa del Caribe como telón de fondo.
Qué se le va a hacer, había dicho el suegro encogiéndose de hombros. La chica tiene ese capricho.
Unos días después los había llamado para comunicarles la fecha del enlace e informarlos de que había hecho reservas de avión y hotel para todos. Sería una ceremonia íntima. Sólo la familia más cercana. Él correría con todos los gastos. La boda se celebraría a finales de agosto. Para entonces su nieta, de trece años, estaría de vacaciones, al igual que su hija, profesora de filosofía de la ciencia en la universidad. Dio por sentado que su yerno podría desatender durante unos días su nada boyante negocio de equipos de aire acondicionado.
La ceremonia y el posterior banquete habían sido una sucesión de escenas kitsch capaz de hacer rechinar los dientes a cualquiera con un mínimo de sensibilidad estética. El momento culminante llegó con la aparición de la tarta, que descendió del techo en una plataforma, acompañada por una coreografía de rayos láser.
El anuncio del huracán se produjo esa misma noche. La pareja de recién casados había planeado que ellos y sus invitados se quedaran unos días en Cancún tras la boda, pero las nuevas circunstancias les hicieron cambiar de idea. No contaban, sin embargo, con que una multitud de turistas ansiosos por salir de allí colapsara el aeropuerto. Adelantar la fecha de regreso fue imposible.
Joanes se enjugó el sudor de las cejas, retrasando la respuesta. Con el calor, el volumen de su suegro parecía haberse expandido; sus nalgas se desparramaban por el banco de ladrillo.
El contrato no está firmado todavía, dijo.
El suegro guardó silencio a la espera de detalles.
Hay algunos puntos que aclarar.
Mi hija dice que ya está todo aclarado.
No exactamente.
¿Qué problema hay?
Joanes contuvo un suspiro.
Es un acuerdo complejo.
Mi hija dice que también muy lucrativo.
Joanes asintió. Un gesto seco y breve, apenas visible entre el vapor aromático.
Me gustaría que fueras más específico, pidió su suegro.
Prefiero no hablar de ello por el momento.
¿Y crees que no lo sé? Pero me preocupa el bienestar de mi hija y de mi nieta, así que dime algo que me alegre de oír.
No tienes que preocuparte por tu hija ni por tu nieta.
No me digas de lo que tengo que preocuparme y de lo que no, chaval.
Entonces preocúpate pero deja que yo me ocupe de ellas.
El suegro se inclinó hacia él.
Chaval, tú no puedes permitirte que yo no me ocupe de ellas. ¿Cuándo va a firmarse el contrato?
Depende de la otra parte.
¿Pronto?
Pronto.
Eso me gusta más. Ahora especifica «pronto».
Semanas. O días. Puede que ya estuviera firmado si no hubiera tenido que asistir a tu boda.
El suegro encajó el golpe sin parpadear.
Semanas o días, dijo masticando las palabras. ¿Necesitas que te eche un cable hasta entonces? Puedo pintaros un par de cuadros. No me llevará mucho tiempo. A estas alturas puedo hacerlos con los ojos cerrados.
Así era como el suegro los ayudaba: con cuadros que luego ellos vendían. Se presentaba en su casa por sorpresa, con gesto ceremonioso apoyaba un cuadro contra el respaldo de un sofá y quedaba a la espera de los comentarios de su familia. En especial, aguardaba los de su yerno. Para éste, opinar sobre arte moderno era como tener que hablar en un idioma que desconociera. Su incomprensión no podía achacarse sólo a unos conocimientos artísticos escasos, sino que se hallaba enraizada en niveles más profundos de su carácter. Tampoco le ayudaba que todos los cuadros de su suegro le parecieran iguales, ni el asombro y la irritación producidos por el nivel de cotización de unas obras monótonas y tristes, que se desmoronaban igual que una fachada vieja y que dejaban su sofá salpicado de gravilla y astillas pegoteadas de pintura. Bajo la mirada regocijada de su suegro, Joanes se esforzaba por decir algo que no pareciera demasiado estúpido y que pudiera pasar por un agradecimiento.
De nada, respondía el suegro dándole una palmada en la espalda. Luego besaba a su hija y a su nieta y se largaba con aire triunfante.
Unos días después los telefoneaba para averiguar por cuánto habían vendido el cuadro, y de forma invariable, fuera cual fuera la cantidad, ésta le parecía insultantemente baja. Se lanzaba entonces a despotricar asegurando que no sabía por qué los ayudaba si ellos se dedicaban a malvender su obra, cuyo valor despreciaban o eran incapaces de comprender, y juraba no regalarles un cuadro nunca más.
Hasta que unas semanas más tarde aparecía en su casa cargado con un nuevo lienzo.
Gracias, dijo Joanes, pero no hace falta.
¿Seguro?
Joanes asintió y desvió la vista de su suegro, al que el sudor le chorreaba por los hombros y la barriga.
A través de la pared de adobe se oían los pasos apresurados y las voces del exterior. Empleados y huéspedes del hotel ultimaban los preparativos para la evacuación. El huracán, bautizado por el Servicio Meteorológico de Miami como Gerald, se aproximaba a México absorbiendo energía de las aguas templadas del Caribe. De acuerdo a las predicciones, entraría en Yucatán a la altura de la isla de Cozumel. En ese momento habría alcanzado la categoría dos según la escala Saffir-Simpson. Tras tocar tierra se esperaba que se desplazara hacia el noreste barriendo la costa, hasta salir al golfo de México. Protección Civil había decretado la alerta Naranja; el huracán llegaría a tierra al cabo de veinticuatro horas, a la tarde del día siguiente.
¿Qué tal tus chicas?, preguntó el suegro. ¿Nerviosas?
Más bien molestas por no poder volver a casa. ¿Y tu mujer?
Lleva toda la tarde pegada al ordenador, chateando con su astrólogo. Cree que el huracán puede ser un mal presagio para nuestro matrimonio.
Joanes se abstuvo de hacer comentarios.
He hablado con el recepcionista, dijo el suegro. Por lo visto el hotel al que nos llevan no está sobrado de plazas precisamente. Vamos a tener que compartir habitación.
¿Quiénes?
Nosotros cinco. Dos camas dobles y una supletoria para la nena, añadió.
Joanes volvió a enjugarse el sudor de la cara.
Sólo será por un par de días, dijo, dirigiéndose más a sí mismo que a su suegro.
Éste soltó una carcajada. Se aclaró la garganta y escupió a las piedras colocadas sobre la hoguera. Su saliva se transformó en más vapor.
Lo dudo mucho, chaval. El recepcionista me ha dicho que los hoteles de la costa quedan inhabitables después de un huracán. Y las dos últimas veces el aeropuerto de Cancún estuvo fuera de servicio bastante tiempo. Muchos turistas se quedaron atrapados en los hoteles-refugio durante semanas. Y ésos fueron los afortunados. A otros no les quedó más opción que alojarse en escuelas, talleres, almacenes…
Joanes no quiso seguir escuchando. Sin despedirse, gateó al exterior. Su suegro le preguntó adónde demonios iba y le ordenó volver adentro, pero él no le prestó atención.
Se quedó plantado junto a la construcción de adobe. Tras el baño de vapor incluso el aire sofocante del exterior le pareció fresco. Dentro del horno, su suegro, que no podía atravesar la pequeña puerta por sí solo, gritaba pidiendo ayuda. Dos empleados de mantenimiento miraban a Joanes. Uno le preguntó si todo iba bien y él asintió. Estaban trabajando junto a la piscina. La habían vaciado hasta dejarla a un tercio de su profundidad habitual y hundían en ella tumbonas y otros muebles resistentes al agua. Allí estarían más protegidos del viento y la lluvia que en cualquier otro lugar.


Su mujer y su hija estaban discutiendo y no se fijaron en él cuando entró en la habitación. Su mujer agitaba ante la niña el memorándum distribuido por la dirección de hotel con las medidas a adoptar.
Aquí dice que en caso de huracán hay que vestirse de blanco.
Mamá, me niego a ponerme cualquier cosa blanca. Es una cuestión de principios. Y tú lo sabes, dijo enfáticamente la niña. Ni siquiera tengo algo blanco. Ni las bragas.
Puedo dejarte algo mío.
El flequillo de la niña le caía sobre los ojos. Se lo apartó con un teatral gesto de aburrimiento. Su pelo era negro y brillaba como el caparazón de un escarabajo. Llevaba una camiseta también negra, unos tejanos cortados por las rodillas –su única concesión al clima tropical– y unas zapatillas Converse de color fucsia adornadas con moscas pintadas a mano. Cerró los ojos y negó despacio con la cabeza. La petición de su madre era por completo innegociable.
Ésta resopló y dio media vuelta y fue entonces cuando vio a su marido.
¿Ya estás aquí? ¿La sauna te ha relajado?
No exactamente.
Papá, estás empapado, dijo la niña con una mueca de asco. ¿No tendrías que ducharte o algo?
Seguramente, respondió él, y pasó al cuarto de baño, de donde salió un momento después frotándose con una toalla que arrojó a un rincón. Se puso el primer polo que encontró en el montón de su ropa y cogió la cartera, el móvil vía satélite y las llaves del coche.
¿Adónde vas?, preguntó su mujer. Los autobuses nos recogen en un par de horas.
Necesito tomar el aire. Termina de recoger mis cosas, por favor.
Y antes de salir añadió:
Volveré a tiempo.
Un minuto después estaba en la carretera.

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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