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El nacimiento

Dicen que nació mientras llegaban a un nuevo Asentamiento.
Que su madre, la Cantora, lo parió caminando, atada al borde de un carro, medio colgada, medio arrastrada.
La caravana estaba formada por un par de carros tirados por los de la Brigada de Servicios Dos, un burro y un caballo. Viejos y flacos.
Entre todos ellos iba la gente del Grupo.
En ese entonces ya estaba establecido el sistema de brigadas. Inclusive las divisiones entre Uno y Dos. Y el tiempo ya se medía en solsticios, uno de verano, uno de invierno.
Esa era la forma de supervivencia que se había dado en el Grupo. En otros había formas sociales de todo tipo. Cada uno armaba la estructura que podía. Para sobrevivir.
No pudo averiguar cuántos eran en el momento en que él nació, pero el Grupo no podía pasar de cien.
Cuentan que avistaron una fortaleza, un Lugar de Cambio, un círculo de estacas de cemento, hierro y madera, cubierto casi totalmente por pedazos de vidrio y clavos.
La caravana se detuvo a la distancia aceptada. Hacía días que no comían.
Cuando salió el Dueño del Lugar intercambiaron los saludos: las manos en el pecho del otro, los labios, cerrados, en los labios del otro, y la fórmula:
-Acá se sobrevive.
-Acá se sobrevive.
-¿Qué hay?
-Ganas de truequear.
-Adelante, adelante, hasta la puerta.
Cuentan que allí comenzó el trabajo de parto.
Por la comida les pidieron los dos animales, seis vírgenes púberes, por lo menos dos de cada sexo, y dos trabajadores.
No tenían tantas vírgenes.
Empezó el regateo. Se discutió, se gritó, se lloró miseria por ambas partes. Se ofrecieron cuchillos y una balanza.
Se transó al revés. Recibieron una ración para cada uno, dos chanchos machos y una hembra.
Entregaron el burro y el caballo, diez cuchillos sin óxido, un hierro aguzado en forma de lanza, tres piedras de pedernal, dos vírgenes hembras y un rato con una mujer y un hombre para el Dueño del Lugar.
No había pasado medio día, desde el momento de la llegada, cuando se dio la orden de partida.
Su madre era de la Brigada de Recreación Uno. Era la Cantora. Siempre había cantado. En las comidas nocturnas se contaba que nadie había entrado tan joven a Recreación Uno. Que no tenía una voz perfecta, pero que su alegría era contagiosa.
En el momento en que el Comisario General dio la orden de partida, su madre estaba retorciéndose por las contracciones, amordazada para no interrumpir el sueño del resto.
Sus vecinos la levantaron, le ataron las manos al más alto de los carros y le dieron un fustazo en las nalgas cuando empezó la caminata. Le sacaron la venda de la boca.
Los que tiraban del carro protestaron por el peso suplementario; al más cercano, el Secretario de Brigada le cruzó la cara con el látigo. No hubo más quejas.
Cuentan que ahí iba, medio caminando, medio colgada, emitiendo un sonido indistinguible, entre lamento y letanía.
Llovía desde hacía una semana. El agua lavó la mugre que le corría por las piernas cuando rompió bolsa. Nadie se enteró.
Iba desnuda de la cintura para abajo. Detrás de ella iba la vieja Goro, mirando al suelo. Como siempre.
Recuerda la vieja que en un momento le pareció ver un bulto entre las piernas de la Cantora. Que no prestó atención porque ella era de la Brigada de Servicios Dos y hacía casi una luna que no dejaba de trabajar.
La alertó un berrido, un ruido sordo, amargo, en el charco de barro que tenía adelante.
Se agachó y lo levantó. La Cantora no reaccionó: sólo caminaba.
La vieja cortó el cordón sin detenerse. Le hizo un nudo a cada parte.
Metió el bulto en su morral. Sabía que, cuando se perdiera de vista el Lugar, harían una breve parada para que los secretarios discutieran el resultado del trueque.
Y para sacrificar a los Voluntarios Dos que habían vuelto luego de su rato con el Dueño del Lugar.
Era la única forma de controlar las venéreas que conocía el Grupo.
Si sobrevivía hasta entonces, la vieja decidiría qué hacer con él; si no, podía ganar méritos aportando a la comida de los animales.
Sobrevivió.
Cuenta la vieja que se prendió a la teta de la madre con las manos, como un mono. Que así, por la vieja y por sus manos, se salvó.
Su madre, la Cantora, lo miró, balbuceó algo y no habló más, ni cantó, ni le dirigió otra mirada. Nunca más.

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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