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Capítulo III

Dos semanas después, en la campiña, Noemí remedó los contoneos de su madre ante unos camioneros que se detuvieron en el kiosco a tomarse un jugo. Estos la miraron y ella, halagada, conteniendo apenas una sonrisa, percibió el efecto que causaba su caminadita.

Braulio se detuvo también a mirarla.

—Esta niña ya tiene su cuerpazo —sentenció un camionero, relamiéndose.

El conviviente de su madre soltó una carcajada, pero, campechano, tolerante con el fin de no perder la clientela, convino para sí mismo que Noemí efectivamente había crecido y que tenía las nalgas redondas, duras y prominentes, así como las piernas fuertes. «Eso le está saliendo de tanto nadar, caminar en la arena y pedalear en el triciclo», pensó.

Y otro día, en que Noemí hizo un rápido desfile ante otra gente de paso, desapareció enseguida y se escondió tras el kiosco para aguaitar y oír lo que decían de ella.

—¿La chiquilla es tu hija? —le preguntaron a Braulio.

—Mi hijastra —dijo éste.

—¡Qué suerte, cojo! Ya casi está lista para la parrilla.

—¡Es una mocosa, hombre!

—¿Ya le llegó su regla?

—Sí, creo que sí.

—Entonces está lista, pues, hermano.

—¿Te parece?

—Mira, tiene su buen tamaño y en estas cosas lo que importa es el peso. Si pasa de cuarenta kilos, va derechita al catre. Claro que todavía podrías darle un tiempo más de maduración, hasta que le crezcan las tetas.

Noemí, apoyada contra la cañabrava del kiosco, se miró el pecho. Vestía un polo de tela blanca y percudida que, a la altura de los senos, perfilaba hacia adelante las puntas de sus pezones. Ella, desnuda, los comparaba con los tiernos cuernecillos de las terneras.

«Tengo el culo firme, aunque pocas tetas», pensó y recordó las jactanciosas palabras de Rosaura, su madre, sosteniéndose los senos con sus dos manos en bandeja.

Luis Alberto tomó sumo interés en este aspecto del crecimiento de Noemí. Una etapa maravillosa de toda niña que se vuelve mujer, le diría al chueco Tapia, la sensación de que sus pechos se abultan, la sorpresa de inquietar al macho, el impulso de querer gustar.

—¿Mentirá también en eso?

—Bueno, en este punto específico, el momento en que ella advierte que su cuerpo atrae las miradas, no tendría motivos. Es algo común, les pasa a todas.

—¿Y sobre lo otro, su niñez en la playa?

—Quién sabe.

—¿Te dijo dónde vivía?

—A diez kilómetros de un pueblito de Piura, un lugar con veranos eternos, no recuerdo el nombre. Lo tengo apuntado en una de mis libretas.

—A lo mejor te cuenta la vida de una vecina o de alguna compañera de puterío —dijo el chueco, rascándose el mentón.

—Podría ser. ¡Pero qué importa! Por ahora prefiero dejarlo así. Sea como fuere, si me está mintiendo, sus mentiras las veo demasiado elaboradas: abunda en pormenores.

—¡Que eso no te llame la atención, Luis Alberto! ¡Este es un país de cuenteras!

En La Nené el trasero y los pechos de Noemí arrancaban suspiros y piropos de grueso calibre. Ella se sentía complacida, orgullosa. Me costó lo mío, le dijo a Luis Alberto , no sin cierta nostalgia, una noche en que ella aceptó tirar y hablar al mismo tiempo, dos en uno , susurró, como el chicle, bautizando así el dupleteo de la visita. Y es que Luis Alberto, estimulado por el frío, mezcló esa vez, haciendo rima, arrechura y literatura.

—Solo por esta vez te lo acepto —le dijo Noemí.

—Gracias —repuso él—. Yo sabía que tú eras una puta linda.

—¿Puta linda? Sí, a veces soy una puta linda.

Y un rato después, abrazada al muchacho que acababa de despeñarse en un ronco gemido de placer y satisfacción, agregó hablándole al oído:

—Sabes, el crecimiento de mis tetas también tiene su historia.

En un santiamén el muchacho fue todo oídos.

La preocupación de Noemí por el tamaño de sus senos marcó el fin de su infancia y el urgente salto a su adolescencia. Y ese salto, que acabó siendo varios saltos y extrañas piruetas en la blanca arena playera, ejercicios según ella para fortalecer el pecho, lo dio por enésima vez una tarde, a eso de las tres, jugando con Chelita, una chusca negra. La perra se llamaba Chelita por la cerveza negra que le gustaba a Braulio, no porque fuera hembra.

La niña saltó unos veinte minutos, y lo mismo hizo Chelita, creyendo que jugaban con ella, y acto seguido se zambulló en el mar. No tenía ropa de baño, pero sí un polo y un shorcito con los que se bañaba. Ella nadaba y buceaba, sin alejarse mucho, y Chelita la miraba nerviosa desde la orilla, porque tenía terror a las olas. A decir de Jeremías, el mellizo de Noemí, cuando la perra era cachorra se había bañado un par de veces, pero al cabo una ola la revolcó malamente y desde entonces no quiso saber nada con el mar.

En la terraza, dejando las muletas junto al desvencijado sofá de mimbre en el que solía sentarse, Braulio miraba el océano azul y el vuelo de las gaviotas, y de vez en cuando contemplaba a la niña, que salía del agua, las ropas húmedas pegadas al cuerpo y el pelo castaño aclarado por la sal marina. Era la hora de más calor y el movimiento de la carretera disminuía casi a cero. Y en la casa, terminado el almuerzo, reinaba la calma.

Nadie, ni las moscas, se movía del sitio; el sol pegaba fuerte. Chelita venía entonces a despatarrarse a la sombra, a los pies de Braulio. Todo se detenía. Si por ahí aparecía un extraño sudoroso, Chelita ladraba, pero ladraba echada, sin siquiera levantar el hocico.

Rosaura, como todas las tardes, salía en un colectivo contratado por ella para ir al pueblo «a mostrar la mercadería», antes de trasladarse al chongo, donde trabajaba de cinco a una de la madrugada. Jeremías, bajo un toldo de lona, tejía redes a nueve kilómetros. El único ser viviente, si se quiere, era Luzmila, quien acudía a la campiña. Allí Luzmila se refrescaba en la acequia, jugando con los pescaditos, y lavaba la ropa de la familia. Solo Noemí y Braulio quedaban en la casita, callados, abanicándose en la terraza o leyendo chistes y diarios pasados que dejaban los camioneros, o bien descabezando una siestita.

—¿Qué hacías allá? —le preguntó Braulio esa tarde.

—¿Qué hacía cuándo?

—Cuando brincabas en la playa.

—Ejercicios.

—¿Ah, sí? Se veía muy raro.

—Es que son ejercicios para sacar tetas —le confesó Noemí, mirándose un instante el talle silueteado por la ropa mojada—. Yo los he inventado.

Meneando lentamente la cabeza, Braulio sonrió. Su rostro curtido, de cejas gruesas y trazos angulosos, se suavizaba cuando sonreía.

—Ya te crecerán —dijo.

—Pero es que yo quiero que me crezcan como las de mi mamá.

—¿Grandes?

—Grandazas.

—Ah, pero eso es más difícil.

—¿Más difícil? ¿Por qué?

—Porque sí —repitió Braulio con aire misterioso—. Es más difícil.

Dos días más tarde, en la campiña, donde recogían fruta robada tras soltar siempre una pequeña coima a los peones del fundo, Noemí insistió en el asunto.

—He estado pensando —dijo en un resuello, entre ansiosa y fatigada, cargando las últimas papayas y naranjas en el triciclo—. La vez pasada tú dijiste que era difícil sacar tetas. Bueno, si me dices que es difícil, quiere decir que yo podría hacer algo para conseguirlo.

—Claro.

—¿Qué?

—Algo difícil, ya te dije.

—¿Pero por qué es tan difícil?

—Porque necesitas ayuda, Noemí —murmuró él, alistando sus muletas para volver a la casa, mientras que ella subía al triciclo —. Mejor no hablemos de eso. Traerá problemas.

Esas últimas palabras despertaron en la niña una febril curiosidad.

Toda la semana, a toda hora , ella interrogó a Braulio sobre la manera de desarrollar las tetas. Él, asustado, pedía que se callara, cállate, carajo, no deben oírte. ¿No deben oírme?, se intrigó ella. No, ya lo sabes, replicaba él. Esto trae problemas. Pero la niña, entercada como mula de altura, no lo dejaba en paz.

De manera que, en una de esas noches en que el calor lo botó de la casa, Braulio se dio por vencido y decidió ayudarla. Esa noche, noche de luna, pasadas las diez, vio a Noemí sentada en la orilla. Ambos estaban solos. Jeremías y Luzmila dormían, y Rosaura, con sus deberes de culo alegre, estaría como siempre en el chongo. Braulio, tan pronto se aproximó hacia la niña —Noemí admiraba la fosforescencia y la espuma de las olas—, clavó las muletas en la arena y se sentó a su lado. Ella no se dio por enterada.

—¿No puedes dormir? —preguntó Braulio.

—No puedo —dijo torciendo la boca.

—¿Estás molesta conmigo?

—Sí.

—¿Es porque no te ayudo con lo que quieres?

La niña asintió. Y entonces Braulio, agarrando un puñado de arena y dejándolo caer suavemente entre sus dedos, murmuró que ya no estuviera molesta, que la ayudaría.

—¿De veras? —dijo la niña volviéndose a mirarlo.

—Sí, pero no ahora.

—¿Cuándo?

—Mañana en la tarde, cuando estemos solos en la casa.

Y enseguida, una vez más, le advirtió que no debían oírla hablar de esto, pues tendría que ser un secreto entre ellos. Nadie deberá saberlo, Noemí. Ni tus hermanos, ni tu mamá. Especialmente tu mamá, precisó, pues podría ponerse rabiosa. ¿Rabiosa por qué?, preguntó ella. Porque las mujeres se ponen rabiosas por estas cosas y luego lo malogran todo, contestó él. Y entonces Noemí, besando los dedos en cruz con un juramento, prometió que no se lo diría a nadie, que sería una tumba como decía Braulio, un total secreto.

—Y así fue que me besaron las tetas —le dijo Noemí a Luis Alberto—. Braulio me dijo que la boca de los hombres hacía que las tetas crecieran. No sé si me engañaba. Creo que él creía en eso. Alguien se lo había dicho en otros tiempos, en su vida de burdeles, cuando aún tenía la pierna completa. Me dijo que había pensado en algún momento decirle a un camionero amigo que fuera él quien lo hiciera, pero después se desanimó, porque le entró miedo de que un hombre que no me conocía fuera muy bruto conmigo.

—¿Y tú le creíste? —se asombró Luis Alberto.

—Le creí, claro. Y hoy, a veces , sigo creyéndole. Todavía no sé qué pensar.

—¿No hubo forcejeo?

—No —dijo—. Fue todo tranquilo.

—¿Pero te sentías rara?

—Solo al principio. Estábamos en mi cuarto, a las tres de la tarde, y me dijo que me quitara la ropa. ¿Se necesita eso?, pregunté entonces, sorprendida. Él pestañeó, mirándome en silencio. Obediente, me saqué la ropa. Luego Braulio se sentó en la cama y yo me quedé desnuda y de pie enfrente de él. Hacía bastante calor, pero creo que por un momento sentí un poquito de frío. Me dio como un mareo estar desnuda delante de una persona que no era mi madre o mi hermana. Él me acarició el pelo, dijo que me calmara y, jalándome despacio con una mano, acercó sus labios a mi pecho. Fue entonces cuando sentí una cosquilla. Empecé a reírme, pero él me dijo que no me riera, que me aguante. Me aguanté. Cerré los ojos para aguantarme mejor, pues Braulio ya tenía dentro de su boca uno de mis pezones que se había puesto durito, más durito que de costumbre, y a mí me parecía que su boca, su lengua y su saliva eran lo más tibio y lo más suave que había conocido.

—Dijiste antes que te gustó.

—Hmm, mira, no sé si me gustó en ese instante, pero sentí algo bonito. Más bien empezó a gustarme un poco después, cuando Braulio me dijo que debía hacer la prueba.

—¿La prueba de qué? —se extrañó Luis Alberto.

—De que mis tetas iban a empezar a crecer poco a poco.

—¿Y cómo era eso?

—Metió una de sus manos entre mis piernas. Así se hace la prueba, me dijo. Fue al día siguiente. Esa tarde Braulio se desnudó al igual que yo y nos echamos juntos en la cama, pegaditos, y entonces me besó nuevamente el pecho, aunque esa vez lo hizo con las dos tetas, y luego, hablándome bajito al oído, me pidió que respire tranquila porque me iba a hacer la prueba. ¿Cómo es la prueba, Braulio?, me preocupé. Tiene que haber agüita, dijo él. No le entendí nada. Pero por si acaso otra vez cerré los ojos, para aguantarme la risa y los nervios, y de pronto sentí que su mano se deslizaba entre mis muslos y que luego uno de sus dedos rozaba apenas mi vagina como si quisiera sanarme una herida.

Luis Alberto llegó a la conclusión de que entre ella y él, la escritora era ella. Noemí, cuando se olvidaba de hablar groserías, sabía hablar con la destreza con que puteaba. Le parecía un auténtico prodigio, ya que, pese a su escasa educación, conseguía expresar con propiedad mucho de lo que sentía, al punto de emocionarlo con sus vívidas descripciones.

—Estás mojadita, mira —le dijo.

—¿Y eso es bueno?

—Sí. Muy bueno. Quiere decir que ya te va a empezar a crecer todo.

—¿Todo?

—Todo —confirmó Braulio—. Casi tanto como me crece a mí esto —y le mostró su pene erecto, que ella observó con los ojos desmesuradamente abiertos—. ¿No lo habías visto? Esto también se hincha. Cuando recién nos metemos a la cama, está dormido, pero vas a ver que pasado un rato de estar besándonos se vuelve grande.

Noemí lo comprobó varias veces y se alegró.

Pero se alegró más otro día cuando él besó dulcemente su vientre y sus muslos, y le lamió la vagina por casi media hora. La niña se estremecía en ensueños y temblores cuando la lengua de Braulio la exploraba. Y pidiendo más de eso, empezó a florecer. Los colores de su piel se encendieron con un tono rojizo y dorado, que él atribuyó al sol y los besos, y se le desató un apetito voraz. Comía pescado y frutas como si fueran los chocolates que una vez al mes le traía Rosaura. Todos los días , por cierto, soñaba con que llegaran las tres de la tarde. Diez minutos antes, muerta de ganas, solía esperarlo desnuda en su tórrido cuarto. Y un día sintió que no cabía en su piel de tanto gozo cuando él le aseguró que sus tetas se habían hecho más grandes. ¿No te has fijado? La niña saltó de la cama y se miró al espejo. Sí, dijo radiante de entusiasmo, es verdad. Están mucho más grandes y redondas.

Fue entonces cuando Braulio le dijo:

—Bueno, ahora vamos a hacer algo que te va a doler en tu abajito, pero solo por esta vez. Después te va a gustar mucho.

Y ahí Noemí perdió su virginidad. La perdió sin sentir el dolor que él le pronosticara, pero consciente de que una tiesa felicidad llenaba su cuerpo, la completaba. Tenía doce años, aunque ella aclaró luego que solo le faltaban dos meses para cumplir trece.

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© Editorial Salto de Página S.L.
Sociedad inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, España. Tomo: 23.393; libro: 0; folio: 204; sección: 8; hoja: M-419609.

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